¿Y SI APAGAN EL MUNDO?
“Un pequeño número de grandes empresas tecnológicas con sede en
Estados Unidos controlan ahora una gran proporción de la infraestructura mundial de computación
en la nube, es
decir, la red global de servidores remotos que almacenan, gestionan y procesan
todas nuestras aplicaciones y datos”. Amazon
Web Services (AWS), Microsoft Azure y Google Cloud entre las principales, según
reportó recientemente el periódico español El Confidencial (ver ACÁ,
resaltado del original).
Lo anterior significa que, en manos de un potencia decadente, está
literalmente el funcionamiento del mundo. ¿Imagina usted lo que significaría un
apagón de la nube? Un sistema bancario bloqueado, un sistema de transporte
(aéreo, terrestre y marítimo) paralizado, unos sistemas comerciales colapsados,
unas redes de comunicación en ceros, un sistema de salud cerrado; y siga usted
el inventario de lo que ocurriría, siguiendo la cascada posterior al colapso de
los primeros grandes sistemas digitales globales (bancario, logístico, comercial,
de comunicaciones y de salud). Y ya hemos registrado los primeros episodios:
parciales y controlables, pero sintomáticos y significativos. Un ejemplo
reciente tuvo lugar en la madrugada del domingo 8 de marzo de 2026, cuando un
dron Shahid-136 bombardeó un centro de datos de Amazon Web Services en Emiratos
Árabes Unidos, provocando un incendio que obligó a cortar la electricidad y,
por lo tanto, el funcionamiento de los servicios de internet en su zona de
influencia, incluidos algunos países africanos; todo ello, en el marco del
conflicto que Irán sostiene con EE. UU. e Israel (ver ACÁ).
Así concluye el diario El Confidencial con lo que considera la primera gran
lección de esta guerra: “El conflicto ha dejado
una estampa inédita: la de un ejército, el iraní, atacando deliberadamente
centros de datos. El episodio revela que, al igual que puertos o centrales
eléctricas, estas infraestructuras ahora son blancos de guerra” (ver ACÁ).
No gratuitamente, el CEO de Anthropic, Dario Amodei, se negó a
cerrar un acuerdo con el Pentágono, que exigía rebajar los estándares de
seguridad de Claude, la IA de Anthropic, para poder usarla en aplicaciones
militares (armas autónomas) y de cibervigilancia ciudadana (ver ACÁ
y ACÁ).
Pero, entonces, el acuerdo lo cerraron los oportunistas e inescrupulosos de
OpenAI. Y, mientras tanto, seguimos sin estándares vinculantes de gobernanza de
la IA.
Rememora el mito del famoso botón rojo ubicado en los despachos de
los presidentes de los EE. UU. y de la URSS, durante la guerra fría, para
activar la guerra atómica, en caso de una confrontación abierta. Realmente se
refería al teléfono rojo, instalado en los despachos de los dos presidentes, a
raíz de la crisis de los misiles en Cuba, en 1963, con el fin de evitar
malentendidos que pudieran desencadenar eventos como ese, de consecuencias
mayúsculas. Ahora tenemos un nuevo botón rojo, pero esta vez real, y en manos
de los grandes oligopolios de la tecnología digital, “los tres grandes”, de cuyo
mal uso, accidental o deliberado, puede depender que el mundo contemporáneo se
apague en un segundo y, con él, millones de vidas.
De otro lado, por años, se nos ha hablado del evento Miyake (ver
corto documental ACÁ), como
aquel evento producido por una explosión solar extrema, que desencadenaría un
apagón de todos los sistemas eléctricos en la tierra y, consecuencialmente, un
apagón digital y de todos los sistemas que le son dependientes, como ya los he
indicado parcialmente.
Ahora,
un hipotético pero posible evento Miyake futuro se ve potenciado por la
aparición del enorme riesgo que la concentración oligopólica de las redes
globales digitales, especialmente de la IA y la computación en la nube, supone
para la humanidad.
El mayor
riesgo subyacente a la penetración absoluta de la tecnología digital en todos
los rincones del funcionamiento de nuestras sociedades es precisamente ese: si
su acceso se ve interrumpido, nuestras sociedades se paralizan irremediable e
instantáneamente. Nada permite el regreso, en tiempos razonables, a la
operación manual, como pudo haber ocurrido en los momentos iniciales de la
digitalización masiva de las operaciones. Y ese riesgo es hoy más real que
nunca antes y puede materializarse por diversos motivos: geopolíticos,
accidentales o ciberdelincuenciales. Literalmente, pendemos de un hilo (óptico,
láser, eléctrico…). Recordemos que las guerras del futuro se librarán frente a
un teclado o mediante comandos de voz dirigidos a sistemas “inteligentes”. Si,
en la guerra Rusia-Ucrania, los drones remplazaron a los soldados, en las
guerras del futuro, el código remplazará a los drones. Ya no se necesitará
atacar centros estratégicos (logísticos, informáticos, energéticos,
militares…); simplemente bastará silenciarlos y a prudente distancia.
Anteriormente, los muertos eran un paso previo a la victoria; ahora serán una
consecuencia posterior.
Es una
de las razones por las que la soberanía digital es hoy un imperativo político
de primer nivel. Permitiría la descentralización planetaria de los grandes
sistemas digitales, hoy concentrados en una pequeña élite oligopólica, de claro
sesgo geopolítico, por sus voraces intereses económicos. No gratuitamente, fue
un asunto de primer plano en la agenda del encuentro de Davos de este año (ver ACÁ). La descentralización
distribuiría también riesgos, diversificaría sistemas de protección y
ciberdefensa, acercaría a los tomadores de decisiones a las contingencias y
problemas y, sobre todo, reduciría significativamente el riesgo de un colapso
total.
Ramiro
Restrepo González
Febrero
de 2026
