NO MÁS FILANTROPÍA
La
filantropía nace en la segunda mitad del siglo XIX. Y es bueno recordar las
causas y dinámicas sociales que le dieron origen. Para ese momento, en Europa
había iniciado, poco más de un siglo atrás, lo que luego se denominó la revolución
industrial. Para casi todo el mundo pasó desapercibido que dicha revolución, si
bien había iniciado un ciclo de prosperidad económica excepcional, los
dividendos de dicha prosperidad habían empezado a distribuirse de manera
terriblemente inequitativa. Así, Europa, en cuestión de un siglo, conoció la
pauperización creciente de grandes masas de ciudadanos. Nacieron los cinturones
de miseria en la Londres de la época y en las demás capitales europeas; no
había aún sistemas de protección social que morigeraran la situación y las
condiciones físicas del trabajo eran bastante precarias y agobiantes. Esas
condiciones dieron origen a una realidad social explosiva y conflictiva
(huelgas, inseguridad pública, hambre, pobreza…), y se hacía urgente reaccionar.
Así, aparte de la represión, surgieron infinidad de iniciativas tratando de
responder a lo que entonces se conoció como “la cuestión social”. Veamos:
§ Surgió el sindicalismo en
Austria e Inglaterra, a partir de 1860, para reivindicar derechos y condiciones
dignas de trabajo.
§ Nació el cooperativismo en
Inglaterra, como propuesta alternativa al sistema de producción industrial
dominante. Y lo hizo en 1844, coincidiendo justo con la publicación del
Manifiesto Comunista de Marx, que precisamente está dedicado a todos los
trabajadores del mundo.
§ Se sentaron las bases de los
sistemas de protección social en Alemania, hacia 1880, de la mano del
canciller alemán Otto von Bismarck.
§ Se fundaron las primeras cajas de
compensación familiar en Francia, hacia 1891, de la mano de empresarios
preocupados por la situación social de sus trabajadores.
§ Y nació finalmente la filantropía,
como esa estrategia de los dueños del capital para distribuir ayudas a los más
necesitados.
§ Así, muchas otras iniciativas,
algunas de las cuales fueron efímeras.
El asunto
de fondo es que la revolución industrial instauró un modelo económico sobre
unos principios de inequidad social y depredación natural, que siguen sin
resolverse hasta hoy. Y, sí, todas esas iniciativas sirvieron como barrera de
contención a la conflictividad social inducida por dicho modelo. Pero una
advertencia es necesario hacer a esta altura: NINGUNA DE ESAS INICIATIVAS SE
ENFOCÓ EN RESOLVER LAS CAUSAS ESTRUCTURALES del fenómeno. Solo sirvieron
para mitigar sus efectos.
Así que las
preguntas que siguen sin respuesta se han multiplicado y se han vuelto más
acuciantes, mientras casi todas esas respuestas iniciales agotaron su potencial
o están en franca crisis: ¿qué peso tiene hoy socialmente el sindicalismo?, ¿qué
participación ha logrado el cooperativismo en la economía mundial?, y, por
supuesto, ¿para qué carajo ha servido la filantropía sino para mantener la
pobreza y la dependencia? Quizás la única iniciativa que supera todos los
anteriores interrogantes es la de los sistemas de protección social. Estos lograron
una legitimación legal y constitucional suficiente, representan un porcentaje importante
de la economía, han alcanzado unos niveles de cobertura significativos y, aun
en medio de su fragilidad y crisis crónica, siguen aportando mejoras tangibles en
la calidad de vida de infinidad de personas.
Y, de todas
esas iniciativas, la filantropía es la que sale más mal librada. Porque ha
terminado sirviendo más para esquivar cargas tributarias, que para resolver problemáticas
sociales; y eso sin contar la infinidad de manejos turbios que proliferan a su
alrededor.
Sé que
muchos encontrarán difícil aceptar que la filantropía debe abandonarse cuanto
antes, teniendo a la vista la inmensa vulnerabilidad de grandes masas de seres
humanos sumidos en el hambre, las guerras o la pobreza. Yo mismo me resisto a
pensar que, frente a esa infinidad de seres humanos, hermanos nuestros, no se
haga nada.
Pero ahí es
justo donde debemos abrir la puerta al concepto correcto: la ayuda humanitaria,
alineada con el derecho internacional humanitario. Para esas situaciones
justamente se acuñó este concepto, totalmente ajeno a la filantropía. Para
atender situaciones de vulnerabilidad emergentes, pero solo en su etapa crítica
inicial. En el entendido que dicha fase inicial deberá verse continuada por
otra fase de rehabilitación, hasta lograr que las personas recuperen su
autonomía individual y familiar, y puedan volver a hacerse cargo de sí mismas.
Igual a lo
que sucede con un herido en una guerra o un accidente: el área de emergencias
clínicas lo estabilizará y deberá dejarlo en condiciones de reanudar una vida
normal o de pasar al área de hospitalización para, posteriormente, recibir el
alta definitiva. Nada de esto sucede con la filantropía. Con la filantropía, si
lo mira bien, lo que se hace es dejar al paciente accidentado en urgencias de
manera indefinida. Por eso, la filantropía ha sido incapaz de generar
rehabilitación y autonomía. A cambio, ha generado sistemáticamente relaciones
viciosas de dependencia y de reproducción de la pobreza.
De suerte
que AYUDA HUMANITARIA, SÍ; FILANTROPÍA, NO. Y, de por medio, bienvenida
una revisión crítica a fondo del modelo economicista que heredamos de la era
industrial. Mientras no se sustituya por un modelo económico a escala humana
(Max-Neef), seguiremos viendo desfilar crecientes masas de seres humanos
desposeídos y vulnerables. Y esa sí es la verdadera causa estructural del
problema, que no hemos tenido la lucidez y el valor de encarar colectivamente.
Ramiro
Restrepo González
Mayo de
2026
