miércoles, 5 de agosto de 2026

ESPECULAR SIN PRODUCIR

 

He repetido incansablemente en este blog que el modelo economicista vigente tiene un solo objetivo: maximizar rendimientos. No generar empleo, que le resulta un mal a veces inevitable; no contribuir al desarrollo sostenible, pues lo percibe erróneamente como un costo; no producir más, si hay alternativas más rentables. En pocas palabras: lo que importa es el dinero por el dinero. Ya lo decía Milton Friedman desde 1970: “Existe una única responsabilidad social de la empresa: utilizar sus recursos y emprender actividades destinadas a aumentar sus beneficios”. Y, si para aumentar los beneficios, la visión economicista encuentra alternativas mejores que producir, pues las considerará legítimas y preferibles. Así, hemos llegado a hacer dinero a partir del dinero: lo denominamos la economía especulativa, para diferenciarla de la economía real que es con la que estamos más familiarizados. La novedad es que la economía especulativa siempre fue una actividad marginal. Pero, ahora, ES LA ECONOMÍA. Lo que era nuestra economía real (agricultura, industria, comercio, servicios esenciales…) se ve cada vez más raquítica, cada vez más asfixiada por la falta de inversiones que huyen hacia grupos de inversión, en el mejor de los casos, o hacia paraísos fiscales en el peor y cada vez más apetecido destino.

 

Ya lo advertía recientemente Heather Boushey, Economista Jefe del Centro de Washington para el Crecimiento Equitativo: “Está claro que nuestra economía está diseñada para crear un puñado de multimillonarios y un billonario […] Ya no se trata de crear oportunidades y estabilidad para la mayoría” (Ver ACÁ).

 

Vale la pena revisar algunas tendencias que ya resultan preocupantes, que se han ido instalando silenciosamente en nuestro horizonte económico:

 

Hace algunos años (2009), el filósofo catalán Jordi Pigem lo advertía en uno de sus libros, pero sonaba un poco teórico entonces, y quizás alarmista: “Más del 98 % de las transacciones monetarias que se efectúan hoy en el mundo no corresponden a la economía real, sino a dinero ávido de beneficios a corto plazo que circula por mundos abstractos, desligados de los bienes reales y de criterios éticos, sociales o ecológicos” (Buena crisis, página 27, ver ACÁ).

 

Más recientemente, la reconocida economista Mariana Mazzucato, producto de una investigación en la que analizaron “los registros financieros de las 300 mayores empresas no financieras cotizadas en bolsa de Europa durante los últimos 25 años”, según informan, llegó a conclusiones demoledoras (ver ACÁ):

§  “Las compañías obtienen cada vez más ingresos actuando como agentes financieros —cobrando intereses por bonos o deuda pública, percibiendo dividendos y concediendo préstamos a sus propios clientes— en lugar de hacerlo como productoras”.

§  “Cuando los beneficios de las mayores empresas europeas se destinan cada vez más a la recompra de acciones, al pago de dividendos y a activos financieros en lugar de a la producción y la innovación, el resultado es un coste social creciente derivado de una asignación ineficiente del capital”.

§  Los trabajadores han pagado el precio de esta continua acumulación financiera. La participación de las rentas del trabajo en la economía real (excluyendo los sectores financiero, de seguros, inmobiliario y público) es hoy menor que en el año 2000 y sigue disminuyendo”.

 

Damisa Moyo, periodista económica de Project Syndicate, nos ofrece por su lado alguna información complementaria:

§  En 2025, “el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmó una orden ejecutiva que les permite a los planes de pensiones […] invertir en activos alternativos como capital riesgo, deuda privada, infraestructura, bienes raíces, materias primas y criptomonedas” (ver ACÁ).

§  “Las acciones de empresas como Robinhood, Coinbase, Palantir y Tesla tienen períodos de tenencia promedio inferiores a un mes, lo que indica que muchos inversores están especulando con movimientos de precios a corto plazo” (Ídem).

 

Y las consecuencias, para la economía y la sociedad, son apenas obvias:

§  Un creciente riesgo sistémico para la estabilidad del sistema. Eso fue exactamente lo que ocasionó el crac de 2008: un colapso causado por los excesos cometidos en años de inversión especulativa (las entonces denominadas hipotecas basura).

§  Una creciente marginalización del empleo, la producción, el emprendimiento y el bienestar colectivo.

§  Una ampliación insostenible de las brechas sociales en las que grandes mayorías de la población se ven cada vez más excluidas de los logros de una publicitada prosperidad que solo beneficia a gigantescos pulpos financieros.

 

La misma periodista Moyo lo deja claro: “El capital que, de otro modo, podría destinarse a avances en atención sanitaria, infraestructura y otros sectores vitales, se desvía hacia operaciones bursátiles a corto plazo y juegos financieros” (Ídem).

 

Esa fue precisamente la visión del señor Friedman, fundador ideológico del neoliberalismo: una economía al servicio de sí misma, desprovista de todo compromiso social y ambiental. Lo que sorprende es que, 55 años después, sigamos pensando o tolerando igual manera de pensar. O quizás peor: que solo estemos asistiendo a un refinamiento de esa visión economicista, ahora en su versión de capitalismo digital.

 

Como bien anota el antropólogo español Ignacio Martínez, codirector de los yacimientos de Atapuerca, en reciente entrevista para Ethic: “Lo único que realmente pone en peligro nuestra humanidad es la dictadura del beneficio a cualquier costa, esos fondos de inversión despiadados capaces de sacrificarlo todo por un 3% más” (ver ACÁ).

 

Ramiro Restrepo González

Julio de 2026

TENEMOS LÍMITES

 

El modelo económico que heredamos de la Revolución Industrial nos instaló culturalmente en una visión de crecimiento ilimitado. Así, toda empresa y todo ejecutivo se ven autoexigidos a superar cada año sus metas de producción, ventas y rentabilidad neta (el insoportable EBITDA). Pero el nostálgico sueño de Adam Smith, de que una sociedad económicamente próspera alcanzaría el bienestar general por simple lógica económica, sigue en eso: en un sueño, después de 300 años de economicismo y más de un siglo de la muerte del señor Smith.

 

Y, ya en 1972, debimos empezar a tomar consciencia, de la mano del Club de Roma, de que el crecimiento ilimitado es una visión inviable y suicida. Ese año se publicó precisamente su informe Los límites del crecimiento (ver ACÁ). Este informe ha tenido 3 actualizaciones, con base en el curso real de los acontecimientos, tendencias y proyecciones ajustadas: en 2004, a los 30 años (ver ACÁ); en 2020; y, con motivo de sus 50 años, en 2022 (ver ACÁ). Todas ellas han confirmado y agravado las conclusiones del primer estudio, la central de las cuales es la insostenibilidad de una visión de crecimiento ilimitado.

 

En esa época, la publicación de este informe causó la natural controversia de una profecía contraevidente para el pensamiento de la época. Hoy es una evidencia científica, por lo que ya no es momento de profecías, sino de consecuencias, ante una sintomatología desoída negligentemente por más de medio siglo de economicismo puro y duro. Veamos las evidencias que hoy nos aporta la ciencia.

 

Los límites planetarios

 

El Stockholm Resilience Institute, en 2009, publicó un informe conocido como Planetary Boundaries (Fronteras Planetarias), detrás del cual está el respaldo de 28 reconocidos científicos, liderados por Johan Rockström. Este informe ha tenido ya tres actualizaciones (2015, 2023 y 2025; ver ACÁ). Las grandes conclusiones de estos informes son 3:

§  Nuestro planeta tiene límites claros, que el informe concreta en nueve.

§  Cada año, hemos venido acercándonos y traspasando cada uno de estos límites.

§  A 2025, ya habíamos traspasado peligrosamente 7 de esos 9 límites planetarios.

 

En resumen: HOY ESTAMOS AL BORDE DEL COLAPSO. Y, ante tal realidad, no se requiere ser un profeta y ni siquiera un científico, para darnos cuenta de las causas y consecuencias:

§  La causa raíz: nuestro modo de habitar este planeta es demencial. Y demencial es nuestro modelo economicista de crecimiento, que es el motor que ha alimentado dicho modo de habitar, visibilizado en lo que conocemos como la sociedad de consumo.

§  Las consecuencias: empezamos a padecer un entorno planetario cada vez más hostil para la vida y el bienestar, con una cascada de manifestaciones: climas extremos, contaminación multifuente, escasez hídrica severa, pérdida de biodiversidad, desertificación, desastres naturales, nuevas enfermedades y pandemias, conflictos por recursos, hambrunas…

 

Los límites humanos

 

Fácilmente olvidamos, producto de nuestra soberbia, que nosotros mismos somos seres altamente vulnerables, con límites igualmente muy sensibles. En su edición de octubre de 2009, National Geographic hizo un crudo inventario de los 9 límites biológicos del cuerpo humano. Son ellos:

§  Cuando la temperatura corporal alcanza los 42 °C, es imposible revertir la hipertermia y ésta será fatal.

§  A 4 oC en el agua, el cuerpo colapsa pasados 30 minutos, salvo un chaleco salvavidas que actúe como retardante.

§  En un edificio o mina en llamas, los adultos aguantan hasta 10 minutos a 150 °C y los niños sucumben pronto en un coche a 50 °C.

§  A gran altitud, la mayoría pierde la conciencia. Con pulmones más grandes y más glóbulos rojos, los montañeses lo toleran un poco mejor.

§  A más de 18 metros de profundidad en el agua, la mayoría de las personas se desvanece antes de 2 minutos. El mejor buzo libre llegó hasta 86 metros (las Fosas Marianas llegan hasta los 11.035 metros).

§  Sin respirar, usualmente se fallece antes de 2 minutos. Con entrenamiento, hay gente que contiene la respiración casi 11 minutos.

§  En caso de pérdida de sangre, se puede sobrevivir después de derramar 30 %. Con 40 %, se requiere una transfusión inmediata.

§  Si se pierde un 30 % del peso corporal por inanición, la muerte es inminente, aunque quizás una enfermedad actúe antes que el hambre.

§  Si no se remplaza el litro de agua que más o menos se pierde a diario, el cuerpo colapsa en poco más de una semana.

 

Y estamos hablando solo de nuestros límites biológicos, sin penetrar en el todavía poco conocido, complejo y asaz azaroso terreno de nuestros límites sicológicos. Solo esta pequeña muestra resulta suficiente para confrontarnos con nuestra más absoluta vulnerabilidad.

 

Otra frontera la constituyen los límites mínimos, ya no máximos, de las condiciones materiales y sociales para llevar una vida digna como seres humanos: vivienda, educación, salud, alimentación, protección, etc., los cuales empiezan a ganar protagonismo en la agenda pública por fortuna.

 

De ahí que resulte de una sencillez pedagógica y una solidez conceptual contundentes el modelo de Economía Donnut (economía rosquilla) ideado por la economista de Oxfort Kate Raworth (ver ACÁ). En esencia, como toda rosquilla, tiene un borde superior y uno inferior a su alrededor. Son los límites, máximos y mínimos, que todo modelo de desarrollo debe respetar. Son esos límites: a) superiores: los 9 límites ambientales o planetarios máximos ya mencionados; b) y mínimos: los 12 límites sociales mínimos requeridos para asegurar una vida digna. Este es el diagrama:

Fuente: Foro Económico Mundial

 

Es de un homo sapiens auténtico respetar los límites: del planeta, de la vida y de la condición humana. No hacerlo, como hemos venido haciéndolo sistemática y colectivamente, es de un homo demens. Así ha sido siempre. La diferencia sustancial estriba en que el ser humano contemporáneo ha extraviado colectivamente el rumbo y su tiempo se agota para retornar a las lógicas de la vida y de la evolución. Tenemos que tomar urgente consciencia de que nuestro estilo de vida y nuestro modelo económico son insostenibles, como bien lo expresa Boff: “[...] hay una aguda patología inherente al sistema que actualmente domina y explota el mundo: la pobreza, la desigualdad social, el agotamiento de la Tierra y el fuerte desequilibrio del sistema-vida”. Y complementa en el mismo escrito: “Para salir de esta situación trágica estamos llamados, de una manera muy real, a reinventarnos como especie” (ver ACÁ).

 

Ramiro Restrepo González

Junio de 2026

miércoles, 22 de julio de 2026

CAMBIEMOS DE METÁFORA

 

La historia de la humanidad ha sido la historia del poder. Y, más precisamente, del poder ejercido como dominación. Eso explica, por ejemplo, que todos nuestros deportes, especialmente los más emblemáticos, pongan en escena cuatro elementos muy simbólicos: a) las figuras de poder, como metáfora de los ejércitos; b) la cancha, como representación del campo de batalla; c) el juego, como representación de la batalla; d) y el más simbólico de todos, lenguaje, que resulta toda una refinada alegoría bélica. Así, en el juego, habrá ataque, defensa, repliegues tácticos, etc. Y, al final de cada partida, siempre habrá ganadores y vencidos, dominadores y dominados.

 

EL FÚTBOL: LA METÁFORA DE LA GUERRA

 

En la era actual, el ajedrez pasó, de ser el deporte rey en la Edad Media, a ser un modesto deporte de nicho, que ni ha logrado colarse en los Juegos Olímpicos hasta ahora. Por el contrario, el fútbol, nacido apenas en 1863, se volvió rápidamente el deporte de masas por excelencia y hoy domina la conversación ciudadana y los medios de comunicación masivos. Se ha vuelto, digamos, LA GRAN METÁFORA de una sociedad hipercompetitiva, en la que unos tienen que ser sacrificados, para que otros resulten glorificados. Así, el fútbol es hoy LA GRAN METÁFORA DE LA GUERRA y la polarización, de la confrontación de intereses, visiones, bloques e ideologías. Así lo describe muy acertadamente la nota editorial de El Colombiano (Colombia) con motivo de la iniciación del torneo Mundial de Fútbol: “El fútbol le da a cada nación la ilusión perfectamente igualitaria de que puede ganarle a cualquier otra” (ver ACÁ). Y así lo corrobora Rubén Conde, un investigador predoctoral español: “En el plano social, un Mundial funciona como el simulacro perfecto de un conflicto mundial. Los equipos operan como ejércitos regulares respaldados por banderas, himnos y fronteras” (ver ACÁ). Es que eso son las metáforas: sublimaciones de una guerra y una victoria siempre deseadas.

 

Me pregunto: ¿no es hora de que cambiemos de metáfora? Y quisiera arriesgar algunas razones para hacerlo y alguna propuesta que considero un excelente sustituto.


RAZONES PARA CAMBIAR

 

Mis razones para hacerlo son básicamente dos: por un lado, los desafueros y secuelas masivas que ya nos ha dejado el fútbol, como metáfora de la guerra; y, por otro lado, el cambio de paradigmas que está ocurriendo en la sociedad y la cultura contemporáneas.

 

Mi primera razón: los desafueros y secuelas masivas del fútbol. Ya presentan cifras abrumadoras, ocasionadas por todos sus excesos:

§  La tasa de lesiones, tanto en el fútbol profesional como, más aún, en el fútbol aficionado.

§  Las muertes, ocasionadas por múltiples causas. Las más visibles: avalanchas en los estadios, eventos súbitos durante los entrenamientos y enfrentamientos entre aficionados.

§  Y no olvidemos que ya, en julio de 1969, El Salvador y Honduras se enzarzaron en una guerra de seis días, denominada precisamente la Guerra del Fútbol, en razón de que el detonante fueron los disturbios provocados por el partido de las dos selecciones nacionales en su clasificación al Mundial de México 1970.

 

Es de anotar que las anteriores causas comportan todas un altísimo subregistro estadístico. Pero, aun así, se sabe que compiten con las cifras derivadas del narcotráfico y el consumo de drogas ilícitas; siendo, además, una de las grandes causas habituales de perturbación del orden público y la convivencia ciudadana. Y ello sin hablar de la forma silenciosa como el fútbol moldea la cultura ciudadana, permeándola de polarización, confrontación violenta y espíritu guerrerista. Nada más combativo, en efecto, que un fanático del fútbol.

 

Mi segunda razón: el cambio de paradigmas que está ocurriendo en nuestra cultura y nuestra sociedad. En efecto, estamos migrando del paradigma de la competición al paradigma de la cooperación. Al punto, que ya conceptos clásicos de la economía —dogmas para el economicismo dominante—, como la COMPETITVIDAD y su indicador, el PIB, son conceptos que se consideran obsoletos y están ya, hoy día, en vías de sustitución.

 

Valga una pausa, para señalar que este giro, del paradigma de la competición al paradigma de la cooperación, se nos presenta hoy como una urgencia civilizatoria, y no como ese viejo sueño que siempre pudo aplazarse. La hipercompetitividad, ahora llevada al frenesí por las grandes tecnológicas, con sus modelos de inteligencia artificial, nos ha puesto de frente contra el posible colapso del planeta y de nuestra propia especie. Ya, por ejemplo, los sistemas eléctricos de grandes regiones están siendo llevados al límite por los centros de datos; pero eso es solo un ejemplo incidental, de algo absolutamente más profundo. Estamos realmente ad portas del dilema final: o consciencia o colapso. Y así coinciden cada vez más voces sensatas, como la del filósofo de las ciencias español Antonio Diéguez: “La aparición de una superinteligencia artificial no alineada con los intereses y valores morales humanos ha venido a incorporarse recientemente a todos los viejos temores [...] Nunca fueron mayores los peligros porque nunca fue tan potente la tecnología para propiciar nuestra destrucción” (subrayados del original) Ver ACÁ.

 

Es decir, o replanteamos radicalmente los paradigmas sobre los que se han fundamentado nuestro estilo de vida y nuestro modo de producción, o confrontaremos nuestra insostenibilidad como civilización. No seríamos el primer imperio (el del capitalismo digital) en sucumbir, en la historia de la humanidad. Pero si parece que somos el primero en condiciones de reaccionar a tiempo y corregir el rumbo.

 

¿Y cuáles serían los elementos del nuevo paradigma civilizatorio? Ya emergen por todos los frentes de la actividad humana. Los sintetizo en dos: a) una nueva manera de relacionarnos con la naturaleza, que nos permita recuperar sus ritmos (armónicos y lentos) y sus ciclos (continuos y regenerativos); y b) una nueva visión del trabajo humano, expresado en la economía, que ponga de nuevo la economía al servicio del ser humano y de la vida y no a la inversa, como ha ocurrido hasta ahora.

 

Leonardo Boff lo expresa con gran lucidez: “Actualmente se confrontan dos paradigmas: el del poder y el del cuidado. El del poder actual como dominación caracteriza la modernidad. Fue con este poder que se sometieron los pueblos, muchos hechos esclavos, la naturaleza despiadadamente explotada, la materia, la vida y la propia Tierra hoy con poca sostenibilidad. El paradigma del cuidado renuncia al poder como dominación y establece una relación amigable con la naturaleza y respeta la Tierra como la Gran Madre y Gaia” (ver ACÁ). En pocas palabras, abandonar la visión de la economía como maximización de rendimientos, cosas, bienes y dinero. Y migrar a una economía del cuidado, de personas; una economía a escala humana (Max-Neef, ver ACÁ), una economía del bien común (Mazzucato, ver ACÁ).

 

POSIBLE NUEVA METÁFORA

 

Cualquier nueva metáfora tiene que reunir, al menos, tres condiciones: a) expresar claramente la estrecha relación de interdependencia del ser humano con la naturaleza; b) escenificar las nuevas relaciones de cooperación, solidaridad, fraternidad y comensalidad, entre los seres humanos, en oposición a las viejas relaciones de competitividad y dominación; y c) tener una alta carga simbólica y lúdica, que convoque desde el corazón.

 

En esa línea, no dudo en que mi favorita es LA DANZA. Desde las ancestrales y folclóricas danzas del fuego, la cosecha y la fecundidad, hasta las propuestas contemporáneas de la armonía, el disfrute del buen vivir y la identidad cultural de los pueblos y las generaciones.

 

Obsérvese que en la danza no se compite, se fluye. No se triunfa, se celebra. No se vence, se comparte. No hay jerarquías, hay roles e interpretaciones. Así, el campo de batalla es sustituido por una pista lúdica; los adversarios, por parejas y compañeros; el tronador bramido de las barras, por el armónico fondo  musical y el rítmico golpeteo sobre el tablado; así, el fanatismo ciego cede finalmente su paso al más placentero disfrute de los acordes, las cadencias y los ritmos.

 

Y, mientras el fútbol tiene el mismo monótono formato, cambiando escasamente de colores e insignias, la danza tiene infinidad de expresiones: clásica, flamenca, folclórica, popular, ballet, ancestral, ceremonial, religiosa… Casi que cada danza para cada circunstancia, lugar y cultura. Pero el mismo espíritu de armonía compartida y de celebración de la vida.

 

Se me dirá que la danza no tiene la misma fuerza, que no despierta la misma pasión del fútbol. Sin duda. Es que, en estadios superiores de consciencia, a los que la humanidad se prepara para ascender, el paradigma de la pasión cambia igualmente, así como la carcajada y el ruido son sustituidos por la sonrisa y la serena alegría de la vida. Es el advenimiento del hombre nuevo: el que nace de ese adolescente paleolítico que hemos sido, para adentrarnos en la madurez del sapiens, que aún no hemos llegado a ser. Es un cambio radical de paradigmas, que apenas comenzamos a comprender.

 

Sin duda, hay otras cuantas alternativas con perfil para sustituir al fútbol.  Será la dinámica histórica la que marque la opción o las opciones que terminen imponiéndose, un cambio que ya avizora su punto de inflexión en un horizonte no lejano. Por el momento, empecemos por decirle no a la guerra y a sus tóxicas metáforas.

 

Ramiro Restrepo González

Junio de 2026 

LOS DUEÑOS DEL ENCHUFE

 

La tendencia dominante a la concentración de la riqueza ha generado un fenómeno inédito en la sociedad global contemporánea: la concentración del poder en poquísimas manos, con una capacidad de influencia global determinante en todas las esferas de la actividad humana. Para ilustrarlo en esta nota, me centraré en tres de esas gigantescas constelaciones de oligopolios que ya dominan el escenario internacional, incluidos el político y el geopolítico. Son ellos las conocidas BIG 10, en el terreno del consumo masivo; las BIG 4 ampliadas, en el terreno tecnológico-digital; y las BIG FINANCE en el terreno del capital.

 

Las BIG 10 del consumo masivo

 

Son bastante silenciosas, con ayuda de dos estrategias que les han resultado muy efectivas: a) bajo perfil político y b) buen marketing de sostenibilidad. Son, como su nombre lo dice, 10 conglomerados multinacionales, que ya controlan el 80 % de lo que llega a nuestras mesas y a nuestro uso diario, en los cinco continentes. Cada una es una estrella, alrededor de la cual se aglutina un conjunto de empresas (planetas), cada una de ellas especializada en sus productos.

 

Son todas muy conocidas, pero no siempre visibilizadas como conjunto y como poder global. Son, en orden de ventas: Nestlé, PepsiCo, Procter & Gamble, JBS Foods, Unilever, Anheuser-Busch InBev, Tyson Foods, Coca-Cola, L’Oréal y Brithish American Tobaco. Algunas le sonarán desconocidas. Pero sus marcas y productos sí le son familiares hace años con seguridad. Resultan todo un laberinto de letra menuda, que el consumidor prefiere ahorrarse mirando directamente a la góndola. Ver más detalles ACÁ.

 

Su influencia publicitaria especialmente, y educativa con mayor razón, es formidable y suavemente seductora, marcadamente en el público infantil. Y su influencia política se evidencia en hechos como el registrado en Colombia: se necesitaron 11 proyectos de ley para que finalmente la lógica de la salud se impusiera al lobby de las multinacionales tabacaleras y pudiéramos por fin disfrutar de los beneficios de la prohibición del consumo de tabaco y cigarrillo en áreas públicas. Para no mencionar el sonado litigio internacional que las grandes tabacaleras mantienen contra el gobierno de Australia desde 2011, por haber impuesto este una cajetilla genérica para todas las marcas de cigarrillos (ver detalles ACÁ).

 

Las BIG FINANCE

 

Son grandes conglomerados financieros, que operan a nivel global. Así, influyen y controlan la ruta de miles de compañías en el mundo, de manera silenciosa, desde sus juntas directivas. Es el poder silencioso del dinero. Los cinco primeros son, en su orden: Blackrock, Vanguard Group, Fidelity Investments, State Street Global y J. P. Morgan Chase.

 

Nuevamente le parecerán desconocidos algunos de estos o de los siguientes cinco. Pero seguramente usted conoce bien a algunos. Debemos saber, por ejemplo, que Blackrock, a través de diversas figuras jurídicas, tiene invertidas en Colombia las siguientes cifras: a) en acciones de grandes compañías, 5.1 billones de pesos; b) en proyectos de infraestructura carreteable, 3.5 billones; y c) en compra de deuda pública, US$ 118 millones. No es ningún actor secundario, aunque Colombia es uno de sus destinos de inversión menores. Baste comparar: el PIB colombiano fue de unos US$ 457 mil millones (léase millardos, en la nomenclatura latina); y la capitalización bursátil de Blackrock es de US$ 9.4 billones (en la nomenclatura sajona), es decir, supera el PIB colombiano en más de 200 veces. Por eso, cuando nuestro país desea introducir reformas fiscales, ambientales o sociales, será un actor complicado de manejar en la mesa o en los tribunales internacionales de arbitraje. Ver ACÁ.

 

Las BIG 4 ampliadas

 

La broma comenzó con el simpático acrónimo GAFA (Google, Alpabeth, Facebook y Amazon). Ahora se ha extendido a Microsoft, Meta, Tesla, Nvidia, etc. Son el oligopolio que controla el desarrollo y el mercado de la revolución digital.

 

A quien dude de la perversa influencia social y cultural de sus productos, le bastará que consulte un poco acerca del impacto de las redes sociales y el uso adictivo de las pantallas. Y, a quien dude de su influencia económica y política, bástele mirar un solo dato: ya la capitalización bursátil de las seis tecnológicas más grandes (Nvidia, Apple, Google, Microsoft, Amazon y TSMC) “alcanza los 19 billones de euros, por encima del PIB anual de la UE (17,8 billones)”, según reporta el diario español InfoLibre (ver ACÁ). No gratuitamente vemos lo que ha venido ocurriendo en los Estados Unidos, donde Donald Trump ha eliminado toda regulación de gobernanza, seguridad y ética para facilitar los desarrollos de este oligopolio. De suerte que no nos engañemos: el costo de mantenernos hiperconectados se ha salido de las manos del razonable control de gobiernos y sociedades y empieza a rayar en lo prohibitivo. Más información ACÁ.

 

Unas conclusiones mínimas:

 

1.

Que la concentración de la riqueza y el poder global han llegado a tales cotas, que ya empezamos a transitar, de las dictaduras nacionales, a los totalitarismos globales. Baste saber que ya 69 de las mayores entidades económicas globales, entre las 100 primeras, son empresas y no Estados nacionales. Y la tendencia sigue su curso en favor de las empresas y en desmedro de las sociedades.

 

2.

Que el siglo XXI, en consecuencia, está empezando a ser gobernado por empresas, en sustitución de los Estados de corte westfaliano. Y no estamos preparados para ello. La ONU es una organización política de Estados, pero no una organización económica soberana de empresas. Y, mientras esta transición no se aclare, seguiremos a merced de los plutócratas, sin duda. El Foro Económico Mundial, de corte empresarial, ha sido solo una institución de transición en este proceso. Esa es justo la causa raíz de la profunda crisis de gobernanza que enfrenta Naciones Unidas: su irrelevancia geopolítica. De facto, ha sido sustituida silenciosa pero efectivamente por el poder de las plutocracias emergentes.

 

3.

Que el bien común queda seriamente comprometido, en medio de la feroz puja de oligopolios todopoderosos. ¿Qué será de la policrisis social y planetaria que vive la humanidad, por ejemplo, con el cambio climático y la inequidad rampante?, ¿a nadie le interesará?, ¿asistiremos impotentes al saqueo de los últimos recursos restantes del planeta?, ¿presenciaremos impávidos un colapso ya visible en el horizonte de pocas generaciones?, ¿se requiere acaso, con urgencia, un nuevo Breton Woods, que ponga orden, de nuevo, en un espacio global común radicalmente diferente al de la posguerra?

 

Mientras tanto, y cada que usted sienta la urgente necesidad de desconectarse de una realidad cada vez más ajena, agobiante y ruidosa, en ese mundo hiperconectado que nos han construido como cárcel, no deje de preguntarse: ¿QUIÉNES SON LOS VERDADEROS DUEÑOS DEL ENCHUFE? Entonces entenderá que otros han usurpado su libertad e hipotecado su futuro.

 

Ramiro Restrepo González

Julio de 2026

lunes, 6 de julio de 2026

EL FINAL DEL RACIONALISMO

 

Al francés René Descartes (1596-1650) se le atribuye haber puesto los fundamentos del racionalismo occidental contemporáneo, especialmente en su conocida obra El discurso del método. Por eso se le considera el primer pensador de la modernidad. Y un logro sí debemos atribuirle: liberar el pensamiento de las ataduras dogmáticas de la escolástica y la religión. En eso, contribuye a desarrollar el naciente individualismo del Renacimiento, que le tocó vivir, aunque traicionándolo en el fondo, al despojarlo de la visión trascendente de la vida y del ser humano. Pero, sin duda, sienta las bases para el desarrollo del racionalismo tecnocientífico posterior.

 

No me voy a detener en inventariar los avances que el racionalismo ha aportado al desarrollo del pensamiento y del conocimiento, especialmente de la ciencia, como la conocemos, y de la tecnología, como consecuencia, porque son evidentes y profusamente documentados. Pero sí me quiero enfocar en sus limitaciones y, sobre todo, en el agotamiento que empieza a evidenciar, habida cuenta de que sus efectos colaterales adversos ya empiezan a ser mayores que sus claros y pregonados beneficios.

 

Las limitaciones del racionalismo

 

El método cartesiano se apoya en cuatro reglas fundamentales y a eso dedica Descartes su Discurso del método: a) no aceptar nada como verdadero sin evidencia clara; b) dividir las dificultades en sus partes elementales, para hallar la solución; c) ordenar los pensamientos, yendo de lo simple a lo complejo; y d) revisar todo el proceso de principio a fin, para llevar a la evidencia (ver al respecto la obra citada, especialmente en su segunda parte).

 

Podemos identificar limitaciones en todas ellas, especialmente en las tres primeras, que son las sustanciales, pues la cuarta es procedimental. Veamos, como ejemplo, lo que nos dice sobre la segunda regla: “[…] dividir cada una de las dificultades a examinar en tantas partes como fuera posible y necesario para su mejor solución” (Op. cit.). De esa manera, al analizar cada parte de la dificultad, iremos sumando observaciones y hallazgos para construir la solución, según la regla tres, que nos indica ir de lo simple a lo complejo. Es, pues, por definición, un modelo analítico, que disecciona la realidad, como un cadáver, para llegar a la solución.

 

La lógica racional de Descartes es impecable. Pero su impecabilidad se limita a los sistemas simples y mecánicos, en los cuales las partes —una a una cada parte—, son el componente esencial, y pueden ser analizadas individual y separadamente. Pero resulta radicalmente insuficiente para abordar problemas en los sistemas complejos, en los que las partes individuales pasan a segundo plano y el protagonismo lo toma la dinámica de las interacciones entre todas las partes del sistema, porque el más pequeño cambio en una de las partes las afecta a todas. Así lo expresa lúcidamente Erwin László en entrevista para Millennium Alliance for Humanity and Biosphere, de Stanford: “Sabemos que todas las cosas están conectadas; es algo que está quedando muy claro actualmente en la ciencia cuántica. Esto no podía sostenerse bajo los términos de la ciencia clásica, en la que todo se percibe como algo mecánico —donde las conexiones son finitas y existen elementos ajenos a dicha conexión—, pero el universo no es un mecanismo; no es tal cosa, ni es como solíamos imaginarlo”. Ver ACÁ.

 

Pensamiento lineal y pensamiento complejo

 

Así las cosas, a un sistema simple aplica perfectamente la lógica de descomponer en partes (segunda regla), para luego ir de lo más simple a lo más complejo (tercera regla). Pero, en un sistema complejo, ninguna parte es separable, por su intrincada interdependencia con todas las demás. Se impone lo que denominamos, hace décadas, el pensamiento sistémico, o pensamiento complejo como lo llamó Morin. Quizás fue esta la razón que llevó al biólogo evolutivo Richard Lewontin a hacer la sincera confesión de que “parece imposible hacer ciencia sin metáforas” (ACÁ).

 

El razonamiento anterior explica bien, no solo que el racionalismo haya terminado siendo la causa raíz detrás de la policrisis social y planetaria que la humanidad confronta actualmente, sino que deja al desnudo la total incompetencia de este paradigma tecnocientífico para encarar la abrumadora complejidad de tal policrisis. Así lo señala lúcidamente Leonardo Boff: “esta tragedia ecosocial es fruto de un tipo de razón que degeneró en racionalismo (despotismo de la razón) y se tradujo en técnicas, por un lado, benéficas para nuestra vida moderna y, por el otro, tan mortales que pueden destruir todo lo que hemos construido en milenios de historia, amenazando las bases ecológicas que sustentan el sistema-vida” (Ver ACÁ). Con sensatez y sentido del humor, El Roto —la microsección gráfica de opinión de El País, de España— anotaba recientemente: “El progreso nos sacó de las cavernas y nos llevará de nuevo a ellas” (Ver ACÁ).

 

Un nuevo tipo de pensamiento

 

Contra toda evidencia convencional, el racionalismo es, pues, un tipo de pensamiento superficial, lineal y plano, que agota sus posibilidades en los sistemas simples y predecibles de causa-efecto. Se habrá refinado al  extremo, pero sus modelos y fórmulas han terminado siendo más complicados que complejos. Se le escaparán siempre realidades a las que solo el pensamiento complejo tiene acceso. Los sistemas complejos no son predecibles, pues sus lógicas no son racionales sino cuánticas, biológicas y humanas. La realidad contemporánea nos exige, por tanto, incursionar en fronteras de pensamiento profundo, de naturaleza compleja y biosistémica, no suficientemente exploradas aún. Y, hasta ahora, va quedando claro que hay dos caminos prometedores: el pensamiento crítico y la razón cordial (de cor-cordis, en latín clásico = corazón; es la razón sensible).

 

Ya físicos teóricos, como David Gross, Premio Nobel 2004 por sus hallazgos en física de partículas, lo dejó claro en sus escritos más recientes. En entrevista para el Diario AS (España, Grupo Prisa, sección de ciencia), así lo expresa, en la pluma de la redactora Laura Marti: “Para alguien acostumbrado a trabajar con probabilidades y sistemas complejos, el mundo actual empieza a parecerse menos a un problema científico y más a un sistema inestable” (Ver ACÁ) (resaltado del original).

 

Y un mundo incierto solo resulta abordable desde el pensamiento crítico y la razón cordial. Desde el pensamiento crítico, para desentrañar los paradigmas subyacentes en pugna y pensar creativamente transiciones inteligentes y audaces. Y, desde la razón cordial, para compenetrarse con las lógicas de la vida (biología) y de la trascendencia (humanidad), liberarlas de las ataduras del racionalismo y facilitar que se expresen en todo su esplendor y potencia transformadora, para conferirle sentido a las transiciones.

 

Necesitamos una nueva civilización humana, que por fin alcance unos niveles de paz razonables, recupere los equilibrios sociales y planetarios perdidos, y reoriente la economía al servicio de la vida y el bienestar (la economía del bien común de Felber y Mazzucato). Y ello solo será posible por esta sencilla pero ardua ruta del pensamiento crítico y la razón cordial. Gratitud en el final de la edad dorada del racionalismo, pero su tiempo ya pasó y debemos colocarlo en el punto justo de la historia humana y de la sociedad posindustrial. Seguirle dando protagonismo lastra nuestro presente y compromete nuestro futuro.

 

Ramiro Restrepo González

Junio de 2026 

INTUICIÓN VERSUS EVIDENCIA

 

Sin que quizás lo notemos, el 99.9 % de nuestras decisiones las tomamos de manera instintiva o, en el mejor de los casos, intuitiva. Y todo ello, a pesar de que ya llevamos casi 5 siglos de pensamiento científico, desde cuando el Renacimiento abrió el espacio al protagonismo de la razón y del individuo en la cultura occidental. Eso significa que la evidencia, como guía, apenas ha prevalecido durante menos del 0.2 % de la historia del pensamiento humano. Y, si concedemos que la fecha de nacimiento del pensamiento científico se remonta a la Grecia de Tales, Anaxímenes y Anaximandro, ese porcentaje apenas ascendería al 0.8 %. De suerte que no: la humanidad no ha guiado su pensamiento y su vida con base en la evidencia científica. Los ha guiado con base en grandes intuiciones maestras que, además, mantienen su plena vigencia. El racionalismo ha sido un accidente, quizás una aventura interesante y necesaria, aunque limitada y peligrosa, del pensamiento humano; pero solo eso.

 

El racionalismo introdujo un método que potenció, pero a la vez empobreció terriblemente, el pensamiento humano: su lógica cartesiana del “pienso luego existo”, causa-efecto, como base de toda conclusión científicamente válida, es la explicación subyacente a esta paradoja. Un pensamiento simplista, lineal y más bien superficial y miope. Muy útil en el tratamiento de problemas cuantitativos, visibles y concretos. Sirvió, así, para detonar la revolución industrial, de corte mecanicista. Concebimos entonces el mundo como un complicado engranaje de causalidades lineales que bastaba conocer para controlar. Todo fue un cuento de hadas, maravilloso y de final rápido, aunque quizás no tan feliz como se esperó.

 

Obsérvese, además, que toda la tecnociencia, construida sobre el racionalismo, solo está en capacidad de abordar cerca del 5 % del universo, es decir, la denominada materia bariónica. Ya se sabe, por ejemplo, que las lógicas de la física clásica no aplican a la física cuántica. Apenas nos hemos asomado tímidamente al infinito mundo, y nuestras ópticas no podrán ya ser iguales.

 

Ahora el mundo se nos revela como una realidad compleja, no simple; incierta, no predecible; ambigua, no causal; y volátil, no tan estructurada y estática. Ya la física, en su frontera de exploración cuántica, ha empezado por ponernos de frente con un primer postulado: la indeterminación o incertidumbre. ¿Es el fin de la evidencia?, ¿es el retorno a la intuición como línea maestra del pensamiento humano?, ¿o es algo nuevo?

 

Pero no es solo en el terreno del pensamiento científico de frontera. Es igualmente en todos los terrenos: social, político, ambiental, cultural... En todos ellos, el mundo, la realidad cotidiana, se nos revela como volátil, compleja, incierta y ambigua. No nos quedan sino la reflexión serena o la insoportable angustia. Quizás, por ello, ante tan agudo dilema, las grandes mayorías se refugian en las más diversas ideologías, y lo hacen con el afán ansioso del náufrago.

 

Entre los grandes mitos fundacionales de la civilización (μύθος = mythos) y las grandes evidencias del racionalismo científico (λόγος = lógos), las ideologías campean como libertinas seductoras, hechizando masas y manteniéndolas dóciles y despreocupadas.

 

Entre el mythos y el lógos, alguna vez levantó su voz la alquimia (al- khīmiyā), hija no reconocida de un frustrado romance entre Oriente y Occidente. A veces me pregunto: a) ¿ha sido esa la causa de la persistente pugna política y del ancestral choque cultural entre ambas regiones?; b) ¿es la mecánica cuántica el retorno, ahora, a esa visión alquímica del mundo, desde una perspectiva superior?; ¿se avecina una integración entre Oriente y Occidente, por lo menos cultural y en un nuevo plano civilizatorio?

 

Mi opinión es que el paradigma racionalista agotó sus posibilidades; y que, por lo tanto, todos los sistemas económicos y políticos fundamentados exclusivamente en él tienen sus “días” contados. Han agotado su horizonte de capacidad para comprender e interactuar con lo que llamamos la realidad. Por doquier, vemos emerger nuevos paradigmas, que empiezan a conformar una nueva visión del mundo. Y ese no es el terreno de las evidencias, sino de las grandes intuiciones maestras, como todas las que han regido el destino de la civilización humana. Es, por lo tanto, hora propicia para reconectar con el pasado (los grandes mitos, las culturas ancestrales…), a partir de una nueva mirada: una nueva mitología, para fundar una nueva era. Suenan acordes de diana de un pensamiento más equilibrado entre evidencia e intuición. El precio de no hacerlo, en el umbral de la explosión tecnológica digital, resultaría impagable.

 

Ramiro Restrepo González

Mayo de 2026

lunes, 22 de junio de 2026

¿ESPIRITUALIDAD O NEGOCIO?

 

En una reciente gira por capitales europeas, me llamó poderosamente la atención un fenómeno religioso: ver cómo las iglesias han ido migrando definitivamente, de ser centros de culto a ser centros de negocios.

 

Así, pude observar cómo, especialmente en algunas ciudades, ya no se trata únicamente de comprar un tiquete y adicionar una audioguía, para conocer un templo, en horarios separados de los del culto, como ocurría anteriormente. Me ha parecido una práctica que, bien delimitada, puede convivir con el culto y permitir que el turista aporte al funcionamiento y conservación de muchas joyas arquitectónicas, verdaderos recintos de arte religioso. Así, aunque recuerdo haber visitado Notre Dame, cuando era impensable cobrar por la visita, ahora el gobierno francés sigue insistiendo en establecer una tarifa de ingreso, después de la costosa refacción derivada del incendio de 2019.

 

Esta vez, en muchas otras ciudades, me encontré con una abrumadora oferta comercial de primer nivel, que ha desplazado el culto y que incluye diversos elementos: a) conciertos, con varias presentaciones diarias en cada iglesia, obviamente con abono, en las que, por alguna razón, Vivaldi, el cura rojo, sin ser nativo, era el personaje central en casi todas ellas, con sus Cuatro estaciones; b) almacenes de artículos religiosos y culturales dentro del recinto, con toda clase de productos y fetiches religiosos, pero también suvenires, libros, música y otros; c) pequeños museos, con tiquete adicional; d) sitios específicos de considerado alto valor turístico, como torres y criptas, con tiquete adicional. Agregando a todo lo anterior los clásicos portavelas, con su consiguiente urna para depositar el pago respectivo; y, para rematar, otras urnas, estratégicamente ubicadas a la salida, acompañadas de un “humilde” letrero solicitando donaciones para el sostenimiento del templo.

 

Pero de espacios de oración, meditación, contemplación…o siquiera rituales religiosos, más bien poco o nada. Visité muchos templos católicos, y algunos judíos y musulmanes. Lo que narro lo encontré más en los católicos. Y solo en uno de ellos encontré a un sacerdote celebrando la eucaristía católica, en un idioma que me hizo recordar la época en la que, de espaldas y en latín, se les ofrecía a las personas el “contacto” con los grandes dogmas y creencias de dicha religión. En este caso, se trataba de una lengua urálica, muy lejana a nuestra familia romance. En resumen: encontré más vendedores que ministros en los templos y, cuando menos, me pareció un fenómeno que ha tomado suficiente fuerza como para marcar tendencia.

 

Me quedaron muchas preguntas: a) ¿ante la decadencia de figuras como el diezmo, y de los ingresos por servicios religiosos, la iglesia católica ha preferido migrar a la venta de servicios turísticos y culturales?; b) ¿ante el decaído ritual religioso, bienvenido el ritual del consumo?; c) ¿está la iglesia católica repitiendo la escena aquella en la que el llamado Jesús de Nazareth entró en el templo y, ante el espectáculo de vendedores y cambistas, les espetó airado: “Mi casa es casa de oración y vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones”? (Mateo 21, 12-13).

 

No sé. El turismo debe tener su espacio. Pero la espiritualidad también. Y percibo que, entre la religiosidad y el consumo, la espiritualidad está naufragando, y paradójicamente en los recintos de las grandes religiones. ¿O es que las religiones siempre fueron eso: centros de poder y de acumulación de riqueza?, ¿que, en consecuencia, solo estamos viendo un cambio de métodos, pero no de objetivos?

 

Un dato reciente puede resultar suficientemente rotundo: según la Conferencia Episcopal Española (CEE), la reciente visita de León XIV a España ha significado un beneficio de € 150 millones (US$ 172.4), frente un costo estimado en € 25 millones (US$ 28.7), es decir, un rendimiento de 6 a 1. Ver ACÁ. Fabuloso negocio, del que se benefician, entre otros, la iglesia católica, en primer lugar, seguida de la monarquía española y toda la red empresarial afín al turismo: hostelería, transporte, comercio… Para dimensionar las cifras, bien valen las comparaciones: el último megaconcierto de Shakira en Río de Janeiro, que batió todos sus récords anteriores y con el que superó a Madonna y a Lagy Gaga. Así lo reportaron los medios: “Se estima que el evento generó cerca de 800 millones de reales, equivalentes a unos 160 millones de dólares”. Ver ACÁ. No queda duda: la celebrity más rentable hoy vive en el Palacio Apostólico de Ciudad del Vaticano, y la religión ha ido dejando de ser una pretendida ruta hacia la espiritualidad y se está convirtiendo en un espectáculo de consumo.

 

Mucho me temo entonces que sí, que asistimos a un fenómeno de mercantilización de lo humano más sagrado: su dimensión trascendente y espiritual. Y lo estamos haciendo de una manera frívola y fiestera, por demás. Así que un debate contemporáneo serio sobre espiritualidad y religión podría aportar mucho al respecto.

 

Ramiro Restrepo González

Mayo de 2026