domingo, 6 de septiembre de 2026

 


TOTALITARISMOS DIGITALES

 

Según el World Population Review (ver ACÁ), en 2026 solo tenemos 5 Estados totalitarios en el mundo: Afganistán, Corea del Norte, Siria, Turkmenistán, Eritrea y Guinea Ecuatorial.

 

Esta misma fuente cita a los reconocidos politólogos Carl J. Friedrich y Zbigniew Brzezinski, en su libro Totalitarian dictatorship and authocracy (1956), para caracterizar los totalitarismos. Según ellos, se distinguen por estos seis rasgos esenciales:

§  Una ideología rectora centrada en el patriotismo.

§  Un partido político único, generalmente encabezado por un dictador.

§  El uso de instrumentos de terror, como la violencia y la policía secreta, para controlar a la población.

§  El monopolio estatal de las armas

§  El monopolio estatal de los medios de comunicación y la censura.

§  Una economía controlada por el Estado

 

Sin embargo, podemos observar infinidad de Estados que ofrecen estos seis rasgos, o casi todos, bien plenamente algunos o en gran medida todos o casi todos. Nos encontramos entonces con la figura de los Estados autocráticos, muchas veces, en camino o cercanos a ser Estados totalitarios. Y, en esta categoría, ya nos encontramos con un número notable: 92 Estados, según el V-Dem Democracy Report 2026 (ver ACÁ). De suerte que totalitarismo y autocracia representan el 50 % de los Estados nacionales actuales y su número ha venido creciendo. No es, pues, ningún fenómeno menor en el panorama político contemporáneo.

 

Y ahora esta tendencia, como se ha visto en los años recientes, se acelera notoriamente, apalancada en la tecnología. Están surgiendo así lo que prefigura el advenimiento de los totalitarismos digitales. Ya, por lo menos, hay unos cuantos ejemplos visibles y significativos. Veamos:

 

Próspera Inc.:

 

Se trata de la isla caribeña de Roatán (Honduras, 83 km2). Esta isla fue declarada Zona de Empleo y Desarrollo Económico (ZEDE) por el Congreso hondureño en 2013, siendo presidente del mismo Orlando Hernández, a continuación, presidente del país (2014-2022). Estas ZEDE se configuraron al servicio de la inversión extranjera, con plena autonomía legislativa, ejecutiva y judicial. En la práctica, como pequeños Estados privados (ver ACÁ).

 

Así, el señor Peter Thiel, un inversionista de riesgo, cofundador de Paypal con Elon Musk, ex-CEO y exfundador de Palantir Tech., firmó un acuerdo con el gobierno hondureño y, en ese marco, fundó Próspera Inc., un emporio de start-ups digitales, convirtiendo a Roatán en un tecnoestado privado. Impuso allí un sistema tributario propio y una legislación a la medida (common low la denominó), bajo la supervisión digital de jueces jubilados del Estado de Arizona. Al llegar Xiomara Castro a la Presidencia, lo hizo bajo la bandera de liquidar estas ZEDE, por atentar contra la soberanía nacional. Sus intentos, sin embargo, se vieron frustrados ante el costo impagable (40 % del PIB) de enfrentar la demanda del señor Thiel ante el CIADI (Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones, ver ACÁ).

 

Conviene observar, tras bambalinas, cuáles pudieron ser las motivaciones del señor Donald Trump, para indultar al señor Hernández (diciembre de 2025), quien pagaba una condena de 24 años por narcotráfico en la prisión federal de máxima seguridad del Estado de Virginia. Y tengamos en cuenta que este indulto sucedió justo un mes antes de que el mismo Trump dirigiera la operación comando que invadió Venezuela y capturó al presidente en funciones Nicolás Maduro. Los hilos del poder político se entretejen, así, con los del poder económico, en una relación de mutuo beneficio para los poderosos. El hábitat perfecto para los nacientes totalitarismos digitales. Para más información, ver ACÁ y ACÁ.

 

Praxis:

 

Bryden Brown y Charlie Callinan, sus dueños, la definen como una “nación nativa de internet”. Formados ambos en los llamados “fondos de cobertura”, un nombre elegante para los inversionistas de riesgo, “sin hígados” como decimos coloquialmente, fundaron Praxis en 2019 y actualmente exploran con las autoridades groenlandesas la forma de establecer allí un territorio independiente bajo esta figura. Y uno de sus inversionistas es, como no, Peter Thiel.

 

Por el momento, Praxis es solo un proyecto. Pero se sabe de negociaciones con varios territorios (Marruecos y otros países africanos, Italia, Groenlandia), para lograr algo similar a lo ya logrado en Roatán. El mismo Brown lo confirma: "’Fui a Groenlandia para intentar comprarla’, antes de que el gobierno estadounidense manifestara su interés en el territorio danés a principios de este año” (ver ACÁ). Y nuevamente los mismos patrones: desregulación total y “una sociedad ‘post-trabajo’, donde los humanos dejan todo el trabajo rutinario en manos de robots con inteligencia artificial” (ídem). Más información sobre Praxis ACÁ.

 

Starbase:

 

Una ciudadela fundada por Elon Musk en Texas, alrededor de la base espacial de SpaceX. Ver sitio oficial ACÁ. Actualmente está habitada, casi totalmente, por empleados de las empresas de Musk, y entre esos empleados se cuentan las autoridades mismas  de la ciudad, incluido su alcalde. Aún no cuenta con la autonomía territorial, jurisdiccional y tributaria de Próspera Inc., pero Musk trabaja en ello y ya, de facto, puede decirse que la tiene. En efecto, su carga tributaria ya es inferior a la estatal, el tráfico es autorregulado, etc., al punto que Starbase terminó engulléndose al antiguo poblado de Boca Chica. Esta situación se consolidó con la votación popular promovida por la misma empresa, en la que sus pobladores-empleados votaron mayoritariamente por convertirse en ciudad, con todas las implicaciones legales derivadas, que la Legislatura de Texas (Congreso estatal) ya refrendó.

 

Se borran, así, todas las fronteras entre lo privado y lo público, y se van perfilando los totalitarismos digitales en la supuesta “mejor democracia del mundo”. Así lo consignan los medios: “Mientras la legislatura estatal discute leyes que podrían ampliar aún más las atribuciones locales de SpaceX, y el gobierno federal reduce su capacidad de intervención, Starbase se consolida como un modelo inédito”. Ver ACÁ.

 

Network School

 

Es este un proyecto del singapurente Balaji Srinivasan, otro inversor de riesgo. Ya tuvo un intento fallido de establecer su Network School en Malasia —justo en la frontera con Singapur— pero fue expulsado por el gobierno de ese país. Migró entonces a Kazajistan, donde estableció su proyecto, en acuerdo con el gobierno de ese país. Define su sueño así: “nuestro nuevo campus se convertirá en refugio para el tecnooptimismo global, con visas aceleradas, redomiciliación simplificada y reclutamente activo de talento” (ver ACÁ y ACÁ).

 

Network School, sin embargo, es apenas la plataforma de formación de lo que Srnivasan denomina el Estado-Red, otro tecnoestado más, del mismo perfil que los anteriores, y cuyos rasgos delinea bien en su libro The Network State: How to Start a New Country.

 

Si bien son solo cuatro ejemplos, y que podríamos calificar de experimentos sociales, vale la pena visualizar los impactos que este modelo empieza ya a evidenciar. Yo alcanzo a inventariar los siguientes:

§  La misión del Estado cambia sustancialmente: de proteger el bien común, a servir el interés particular.

§  Asuntos tan esenciales como derechos humanos, cambio climático, equidad social, biodiversidad, libertades individuales, y un largo etcétera, simplemente desaparecen del radar del Estado.

§  La justicia, esa delicada vértebra de las sociedades, queda al arbitrio del tecnomagnate de turno.

§  Y ni qué preguntar por la cultura, la soberanía, la identidad, la geopolítica, los organismos multilaterales, los ODS, y un angustiante etcétera.

 

Una vez más sale a la luz la perversidad de tribunales como el CIADI, que solo han servido para consolidar posiciones de dominación de los grandes imperios financieros sobre países débiles. Y, una vez más, brilla por su ausencia el papel de Naciones Unidas frente a un fenómeno que, si se deja prosperar —y cuenta con todo el respaldo financiero y no pocos respaldos políticos para lograrlo—, sería la estocada final para las decadentes democracias en el mundo.

 

RAMIRO RESTREPO GONZÁLEZ

Agosto de 2026

LAS OBSESIONES DE ELON MUSK

 

Todo parece indicar que, en Musk, nos enfrentamos a un narcisista extremo o, eventualmente, a un sicópata en toda regla. Al respecto, anota el criminólogo Vicente Garrido: “Un mundo donde Elon Musk es el modelo a seguir es música celestial para la mentalidad del psicópata” (ver ACÁ). No gratuitamente vemos que Elon Musk trabaja hasta 120 horas a la semana (ver ACÁ), persiguiendo tres obsesiones: a) el riesgo climático, para lo cual ha creado o adquirido compañías como Tesla Motors, Boring co. y Tesla Energy, antes Solarcity; b) el riesgo de dependencia de un solo planeta, y para ello existen SpaceX —Space Exploration Technologies Corp.— y Starlink; y c) el riesgo de obsolescencia de la especie humana, para lo cual creó Neuralink y xAI, esta última, después de haber cofundado y abandonado OpenAI y ahora en proceso de fusión con SpaceX.

 

Son obsesiones que se enmarcan dentro de una corriente muy afín a la élite tecnológica: el largoplacismo. Una corriente de pensamiento derivada del transhumanismo (ver ACÁ), que se resume en “la importancia de salvaguardar y mejorar el futuro a largo plazo de la humanidad” (ver ACÁ). Una supuesta especie de solidaridad intergeneracional. Hasta ahí, suena interesante, y hasta puede pasar desapercibido su alcance. Pero veamos en detalle.

 

LA OBSESIÓN 1: RIESGO CLIMÁTICO

 

Realmente es una crisis, más que un riesgo, que ya nubla el horizonte de la especie humana y del planeta. ¿Pero qué nos ofrece Musk?

 

Solarcity contribuye a atenderlo, sin duda, pero es uno de los actores más secundarios en esta neoindustria, y no un protagonista, como bien podría serlo en manos del primer billonario de la historia, si fuera coherente con sus obsesiones.

 

La movilidad eléctrica de Tesla, por su parte, resulta ambivalente. Aunque la percepción mayoritaria, y publicitariamente inducida, es la de que el auto eléctrico resulta ambientalmente más amigable, el análisis de la cadena de valor completa muestra que es una percepción, por lo menos, polémica o debatible, por varias  razones: a) su manufactura consume tantos  recursos como uno de gasolina y emite un 30 % más de GEI; b) contamina más, ya que la fabricación y descarte de las baterías le agregan una altísima dosis de emisiones (GEI);  c) las baterías tienen otros impactos socioambientales conflictivos (minería de litio, metales pesados…), que no tienen los coches de gasolina (ver ACÁ). De suerte que, en la cadena de valor completa (“from cradle to grave” o “from cradle to cradle”), el transporte en estos vehículos es solo una de esas llamadas “soluciones de última milla”, de bajo impacto, y quizás más publicitada que real. Baste la estimación de los expertos, según la cual, los autos eléctricos solo empiezan a brindarnos una ventaja neta en emisiones después de 40 o 50.000 km de recorrido, según las diversas circunstancias de manejo, topografía, modelo, mantenimiento, etc.

 

Finalmente, los túneles de alta velocidad, que Boring Co. construye, no dejan de ser otra fantasía; cuando más, apta para experimentos de distancias cortas o medias y para élites privilegiadas. Y, en cualquier caso, no serán una solución masiva planetaria para el transporte en un horizonte demasiado lejano.

 

LAS OTRAS DOS OBSESIONES

 

Son la dependencia de un solo planeta y el riesgo de obsolescencia humana. Empecemos por este último. El riesgo de obsolescencia humana no deja de ser, o una obsesión de tipo paranoide —la evolución es suficientemente sabia al respecto—, o un típico efecto Pigmalión, en el que el mismo sujeto que profetiza convierte sus propósitos en una profecía autocumplida; es decir, sería nuestro  torpe manejo de la tecnología la que le daría a esta el control, tornándonos obsoletos.

 

Y la dependencia de un solo planeta, campo en el que opera SpaceX, con su sueño de migración extraplanetaria, es una aventura digna de emprenderse con visión de largo plazo, pero no para figurar entre las prioridades humanas actuales. Por el contrario, puede generarnos más riesgos que beneficios, como ya está ocurriendo con Starlink. Como se sabe, los réditos de la salida a bolsa de SpaceX están siendo invertidos por Musk en potenciar la red satelital de Starlink.

 

Pero debe conocerse que esta compañía ya tiene 10 000 satélites en órbita terrestre, el 66 % de todo el hardware global de comunicación satelital. Y, ahora, con el nuevo aire financiero, planea llegar hasta los 75 000, siendo su meta próxima llegar al millón. ¿Imaginan ustedes el caos celestial? O, si se quiere otro ejemplo, ya presenciamos cómo un cohete Falcon 9 de SpaceX (26 toneladas vacío) se estrelló contra la luna en agosto de 2026, después de vagar un año sin control por el espacio. Así, ver caer chatarra espacial sobre el vecindario no será una curiosidad noticiosa dentro de muy pocos años, sino una terrible realidad cotidiana. O ver interferencias en los sistemas de información que nos provee la infraestructura espacial —críticas muchas de ellas, en el funcionamiento de sistemas estratégicos altamente sensibles—. No en balde, la física y experta en sistemas de seguridad espacial Laura Grego nos advierte: “La mayoría de la gente no sabe que hemos creado un sistema que es, esencialmente, un sistema apocalíptico. Y podemos desmantelarlo. Simplemente no lo hemos hecho” (ver ACÁ).

 

Omite el señor Musk las graves interferencias que su megalomanía espacial está ocasionando a la astronomía, aparte de los riesgos de colisión para la navegación orbital y aún para la aviación comercial, poniendo a la humanidad al borde de lo que se conoce como el síndrome de Kessler (avalancha espacial, por choque de residuos tecnológicos en cadena).

 

Ese es el gran error del largoplacismo: pensar en un futuro de la humanidad que podrá llegar dentro de 2-3 siglos, en el mejor de los casos, mientras en el presente nos acercamos al colapso planetario, por exceder todos sus límites, y vemos peligrar la pervivencia de la especie, en medio de sociedades cada vez más convulsas. Todo ello ocasionado por las gigantescas externalidades que el modelo económico actual genera y por los riesgos e impactos que un desarrollo tecnológico sin control implica y cuyos casi únicos beneficiarios están siendo precisamente las élites tecnológicas.

 

Esa es la gran paradoja: por un lado, sabemos que contamos con la tecnología necesaria y suficiente para asegurar un PRESENTE justo, equitativo, solidario y sostenible, solo faltándonos la voluntad política para lograrlo o, por lo menos, para encaminarnos decididamente hacia él; pero, de otro lado, empleamos esa voluntad política frenéticamente en diseñar un futuro quimérico pero rentable para sus protagonistas y que, como vamos, no van a ver ni nuestros descendientes.

 

Y aquí es donde se le cae la máscara al señor Musk. Nada de amor por la humanidad, ni de solidaridad intergeneracional. Musk es un narciso, sicópata en opinión de muchos expertos: un ser humano privado de empatía e inundado de ambiciones desmedidas. Él mismo lo confiesa: a) “La debilidad fundamental de la civilización occidental es la empatía” (ver ACÁ), “La empatía suicida es como una enfermedad autoinmune —dice Musk—; el cuerpo se ataca a sí mismo”, según citan Tarnoff y Slobodian (ACÁ); b) “A cualquiera que haya ofendido, solo quiero decirle que reinventé los coches eléctricos y voy a enviar gente a Marte en un cohete. ¿Creían que también iba a ser un tipo tranquilo y normal?” (ver ACÁ).

 

Las ambiciones de Musk, que comparte con toda la élite tecnológica, son el poder y el dinero, dos caras de la misma moneda, en esta sociedad monetizada y mercantilizada. Si se explora la infancia de Musk, su familia disfuncional y las torturas que sufrió de niño, en su familia y en la escuela, se entenderá fácilmente que es un ser humano que creció privado (sospecho que biológicamente) de la capacidad de sentir emociones complejas. Y el vacío interior que esto le genera a cualquier ser humano, ha buscado obsesivamente sepultarlo con dinero, poder, figuración y control.

 

Es el desafortunado perfil de esa élite de llamados tecnobros (ver ACÁ) que se han tomado la agenda política de medio mundo, para infortunio de muchos, el mismo Musk incluido.

 

Ramiro Restrepo González

Junio de 2026

sábado, 22 de agosto de 2026

¿QUIÉN NOS GOBIERNA?

 

A pesar de que ya sabemos que las IDEOLOGÍA son esas libertinas del pensamiento, entre el mythos y el lógos, entre el relato y la razón; y que todo “ISMO”, como aquel que distingue a toda ideología, es una ABERRACIÓN COGNITIVA; y que, en nombre de las ideologías, han muerto violentamente miles y miles de seres humanos… A pesar de todo eso, las ideologías siguen penetrando silenciosa y seductoramente nuestra piel, buscando instalarse en nuestro torrente sanguíneo y regular la mejor parte de nuestro metabolismo mental.

 

Conviene, entonces, que hagamos un alto y nos formulemos unas cuantas preguntas. La pregunta central: ¿gobernamos nuestras vidas u otros han empezado subrepticiamente a gobernarlas? Propongo el siguiente mínimo cuestionario, para hacérnoslo periódicamente, y que puede ampliarse ad libitum por cada uno de nosotros:

§  ¿Pensamos o nos piensan?

§  ¿Opinamos o adherimos?

§  ¿Buscamos o seguimos?

§  ¿Intuimos o creemos?

§  ¿Vivimos o nos viven?

 

El asunto no es inocente ni de poca monta. En juego está la cuestión de quién está al mando de nuestra propia vida. Si soy AUTÉNTICO en lo que pienso, decido y hago, o si soy una simple MARIONETA movilizada por hilos desconocidos. Por supuesto que saberse una marioneta no le sonará agradable a ninguno de nosotros, pero nos resultará seductora y silenciosamente cómodo, a condición quizás de que no nos demos cuenta o no nos lo recuerden con frecuencia. Por el contrario, ser auténtico tiene un alto costo en esfuerzo, renuncias, conflictos y sacrificios, lo que nos exigirá lucidez, coraje y persistencia, que no siempre estaremos dispuestos a aportar.

 

Lo novedoso de nuestra sociedad contemporánea es que antes era por lo menos más fácil aquello de elegir deliberadamente ser auténtico y, en lugar de tener  un alto costo, podía atraernos respeto y reconocimiento; e igualmente, si alguno de nuestros contemporáneos decidía, muchas veces inconscientemente, “dejarse llevar”, eso tampoco parecía tener un alto costo; pero hoy hay una trampa silenciosa de una efectividad contundente y el costo se ha elevado sustancialmente en ambos casos. Denominaría este fenómeno como la TRAMPA DE LA ATENCIÓN SECUESTRADA (hijacked attention) que, con la irrupción de la IA y la tecnología en nuestras vidas, se ha vuelto un destino difícil de eludir. Empecemos por lo más práctico, para evidenciarlo: nuestras actividades diarias; para luego dar una mirada al mundo de nuestras ideas y pensamientos.

 

En efecto, basta que observemos un día completo de vigilia en nuestras vidas: nos daremos cuenta enseguida de que prácticamente no ha quedado un minuto del día a nuestra disposición. Todo el tiempo habremos estado respondiendo a estímulos externos, tales como interlocutores diversos, llamadas, correos, mensajes electrónicos, noticieros, eventos televisivos, redes sociales, amigos, familiares, compañeros, jefes, tareas, pendientes, entregables, reuniones, compromisos financieros, y un infernal etcétera que nos llevará exhaustos a la cama cada noche. Pronto nos daremos cuenta de que nada de eso lo hemos decidido nosotros; nos hemos limitado a responder reactivamente a decisiones que han tomado otros.

 

Nuestra atención ha estado secuestrada todo el tiempo, sin que quizás lo hayamos notado. Luego la solución, liberarla, es simple, pero exige una buena dosis de coraje como toda liberación. Basta que digamos ¡basta! Y la ruta es muy simple. Yo la he buscado y he luchado por seguirla desde hace años y observo que puede resumirse en tres pasos, pero cada quien encontrará su ruta si se propone buscarla.

 

PASO 1:

Empecé preguntándome cuánto de lo que ocupa cada uno de mis días ha sido planeado previamente por mí. ¿No mucho o casi nada? Por esa razón, hace años hago una sencilla agenda de PRIORIDADES para cada día, desde la noche anterior. Al iniciar cada nuevo día, empiezo por la prioridad uno, hasta que la avalancha de estímulos externos me obligue a hacer las primeras concesiones del día. Tan pronto puedo, retomo el control y voy a la prioridad dos; y así sucesivamente, persistiendo siempre.

 

PASO 2:

Luego, observando que muchos estímulos externos son solicitudes que, se supone, deben ser ejecutadas por mí, empecé a poner PLAZOS. Así, en lugar de proceder de inmediato, empecé a ordenarlas en un plan de prioridades futuras, negociando plazos con mis interlocutores, cuando resultaba pertinente y posible.

 

Paso 3:

Empecé finalmente a conjugar el verbo RENUNCIAR. Observaba que muchos estímulos que recibía no ameritaban atención. Empecé a dejarlos de lado deliberadamente, haciéndoselo saber, si fuere necesario, a la persona que había provocado dicho estímulo. La clave resultaba simple: responder a cada estímulo tiene un costo, de suerte que no es difícil hacer un rápido cálculo de costo-beneficio. Ah, y ¡claro!, renuncié a las redes sociales, desde antes de  haberme inscrito en ninguna de ella.

 

Al poco tiempo, encontré que resultaba cada vez más fácil retomar el CONTROL DE MI RUTINA. Pero luego me di cuenta de que era solo el comienzo. Retomar el control de mis actividades no equivalía a retomar el CONTROL DE MI PENSAMIENTO. Había sido un logro importante, pero no la cima. Entonces empecé a hacerme preguntas más elaboradas. Les ofrezco un pequeño abanico de las opciones que he ido encontrado y que ustedes pueden complementar.

 

¿Tengo evidencia empírica o científica para pensar esto que pienso? ¿Por qué he asumido que esto es así, sin solicitar o buscar  una sustentación razonable? ¿Tiene esto que ser así o existen muchas otras opciones que aún no conozco? ¿Si me produce temor abandonar una idea, he indagado por qué me produce temor? ¿Y, si me entusiasma en exceso una idea o una propuesta, baso mi elección en el entusiasmo o en los argumentos? ¿En el fondo de mí, estoy seguro de tener claras convicciones personales sobre lo que digo y opino? ¿Conozco las razones que han llevado a otras personas a pensar de manera diferente o incluso contraria a mí? ¿Es posible que dos maneras de pensar diferentes sobre algo convivan armónicamente e incluso se enriquezcan mutuamente? ¿Tengo claro que cambiar mi forma de pensar o mis gustos y preferencias sobre algo puede ser una refrescante vía para crecer personalmente? Como se ve, este mismo cuestionario aplica también para los gustos y preferencias personales; no dejen de hacerlo.

 

Sin darme cuenta, había iniciado la ruta del PENSAMIENTO CRÍTICO. Y encontré que el pensamiento crítico no es un conjunto de ideas, sino una MANERA DE PENSAR: incisiva, perspicaz, mayéutica, con la tenacidad de un taladro que penetra la roca. La cuestión es que solo el pensamiento crítico, como manera de pensar, conduce al pensamiento propio y auténtico. Entonces, avanzado en el proceso, descubrí lo fácil que resultaba irse liberando de las ideologías y empezar a vivir de las propias ideas y depurar y afinar gradualmente los propios gustos y preferencias. Así empecé a ser, cada vez más claramente, en el lenguaje de la tradición, un librepensador y una persona absolutamente heterodoxa en los gustos y preferencias.

 

Habiendo ganado un razonable grado de autonomía en nuestras actividades y pensamiento, podremos ahora observar el desarrollo de lo que sucede en el mundo con distancia, relativa imparcialidad y sentido crítico. Ello, por supuesto, habrá implicado un silencioso cambio en nuestra manera de relacionarnos con los demás. Ya no seremos los adeptos leales o los eternos contradictores de todo, sino los interlocutores comprensivos, dialogantes y aportantes, que tanto dan como reciben, en el simbiótico proceso de crecer en compañía. Tolerantes de las diferencias y siempre abiertos a enriquecernos en el intercambio con lo divergente y lo novedoso. No habremos terminado aún el camino, sin embargo; aunque nos habremos puesto en la posición adecuada para encarar la última etapa: el  VIAJE AL INTERIOR DE NOSOTROS MISMOS, para hacernos las preguntas fundamentales de la vida. Abordaré esta etapa en posteriores notas.

 

Ramiro Restrepo González

Julio de 2026

UN MUNDO DE VENTRÍLOCUOS

 

¿Quién no recuerda a las simpáticas marionetas Kini y Lalo, en las hábiles manos del fallecido comediante Carlos Donoso? Las marionetas, esos elementales muñecos de trapo, en unas manos geniales como las de Donoso, cobran vida, personalidad y carácter. Opacan incluso a quien les da vida. Y ese es precisamente el arte de un buen ventrílocuo: desaparecer, para que aparezca y brille la marioneta. Toda nuestra atención estará puesta en la marioneta y alrededor de esta girará todo el espectáculo. Donoso, en ese arte, lo hizo magistralmente.

 

Si lo observa bien, es justo lo que nos está ocurriendo con la inteligencia artificial (IA, en adelante). Solo que, en esta oportunidad, tal parece que hemos venido eligiendo masivamente el rol de marionetas. Sorpréndanos o no. En mi caso, preferiré siempre quedarme con el papel de Donoso.

 

Vemos, en efecto, cómo ya prolifera todo tipo de contenidos totalmente escritos o producidos por agentes de IA: libros completos por centenares, discursos de políticos las 24 horas del día, tesis de grado por doquier, proyectos de todo  tipo, noticias de todos los canales, investigaciones científicas publicadas aun en revistas indexadas, etc. Parece no haber límite. E infinidad de personas (autores, políticos, universitarios, técnicos, ejecutivos, periodistas, investigadores…) están recitando, publicando, distribuyendo y presentando como propias (¡!) todas esas producciones de la IA, al mejor estilo de Kini y Lalo. ¿Y quién no le cree a la marioneta, cuando el ventrílocuo alcanza los niveles de calidad que ya empieza a mostrar la IA, con su infinidad de agentes y chatbots?

 

Para que nos formemos una idea del fenómeno, tomemos nota de que ya Amazon, en 2024, y ante la avalancha de libros generados por IA, se vio obligada a poner un tope a la publicación de libros en su plataforma. Sorpréndase: el tope que fijó fue de 3 libros diarios por autor. Ver ACÁ. ¡Para Ripley! Conozco el oficio de escribir y confieso que toparme frontalmente con estas realidades de nuestra vida contemporánea me generan estupor, por decir lo menos. En Europa ocurre igual. Así lo reportan los  medios: “El sector editorial es ahora mismo un valle inquietante en el que cuesta distinguir entre seres humanos e inteligencias artificiales que, a simple vista, parecen sospechosamente humanas” (ver ACÁ. Subrayado del original). Y problemas de similar gravedad están viviendo las empresas, las revistas serias, la comunidad científica y todo el público objetivo de tales publicaciones. ¿Empezamos a tener marionetas bestsellers?

 

O, si se quiere otro ejemplo, el fraude masivo que se presentó con el software de IA Territorium, para supervisar el examen de ingreso a la UNAM en México. Así lo reportó la National Public Radio (NPR) de Washington: “La universidad más prestigiosa de México se enfrenta a una crisis de fraude tras un examen de admisión en línea —el primero de su tipo— que arrojó resultados tan inusuales que un análisis sugiere que casi la mitad de los aspirantes podrían haber hecho trampa”. Y no es la primera universidad en tener un incidente similar serio con fraudes por uso de IA (ya son la U. de A., en Colombia; Sheffield y Glasgow en Reino Unido; Princeton y Stanford en USA, entre las conocidas). ¿Será la primera generación de marionetas profesionales?

 

No se trata de demonizar la IA. Sería como haber demonizado a Carlos Donoso y a todos sus colegas. La pregunta es: ¿qué uso estamos dispuestos a hacer de esta, la tecnología más disruptiva que nosotros mismos hemos puesto en nuestras propias manos? Porque Donoso, terminada la función, acomodaba a Kini y a Lalo en su maleta de titiritero, aún a regañadientes de Lalo, y seguía su vida de ciudadano dueño de su propio destino. Pero nosotros ¿acaso hemos decidido venderle el alma al diablo por un plato de lentejas?, ¿por monetizar espacios, figuración, fama y circulación? Todo parece indicar que es lo que está ocurriendo.

 

El resultado más perverso que avizoro es que vamos a terminar viviendo una ficción cognitiva en el más crudo caso de endogamia. En efecto, la IA, hasta ahora, no crea conocimiento nuevo en absoluto, aunque soy consciente de que es una postura rebatida y polémica. En mi concepto, solo combina conocimiento preexistente; o, cuando más, acelera la producción humana de conocimiento nuevo; solo que sus bases de datos son tan gigantescas, que inevitablemente todo lo que genera produce la sensación de novedad. Pero no hay tal cosa como creación artificial de conocimiento, sin que podamos descartar que así llegue a ser en el futuro. Así lo comparte el filósofo y teólogo Ricardo L. Falla, citando a la filósofa Shannon Vallor: “…la tecnología no comprende el mundo; refleja e interpola patrones preexistentes acumulados en el pasado” (ver ACÁ). Y doy un argumento de fondo, para respaldar mi posición: la única fuente de conocimiento nuevo es la capacidad de preguntar. Y la IA, hasta hoy, no ha desarrollado la capacidad de preguntar, ni ninguna de las capacidades que le son inseparables: la duda, la curiosidad, el asombro, la perspicacia, el pensamiento crítico y disruptivo.

 

Por lo pronto, estamos entonces ante un fenómeno cognitivo de carácter endogámico masivo. Que, como todo proceso endogámico, termina produciendo efectos devastadores en la descendencia. En este caso, en el conocimiento; y, lo que es más grave, en nuestra capacidad de pensar. Ya se empiezan a evidenciar síntomas preocupantes. Estamos dejando de pensar. Justo como las marionetas.

 

Un tímido consuelo empieza a llegarnos de la Unión Europea, con su Ley de Inteligencia Artificial (AI Act), que acaba de iniciar su progresiva entrada en vigor (ver ACÁ). De esa manera, empezamos a ver respuestas adaptativas por parte de todas las tecnológicas, aunque bastante débiles aún, según los primeros análisis de expertos.

 

De esa manera, Anthropic acaba de anunciar que todos los textos procesados por Claude llevarán una marca de agua que los identifique. Pero, aunque es un buen comienzo, tiene una falencia que el mismo Anthropic ya reconoció: así un texto sea producido por una persona, si lo somete, por ejemplo, a revisión ortográfica de Claude, llevará dicha marca de agua. De suerte que continuará vigente la ambigüedad sobre el origen mismo del contenido. Y esto “es de nuevo algo crucial, porque que un texto tenga esa marca indica que ha sido procesado por Claude, no que necesariamente lo ha escrito Claude” (ver ACÁ).

 

También ha empezado a implementarse el estándar técnico C2PA (Coalición para la Procedencia y Autenticidad del Contenido). Este estándar permite dejar huella, mediante la creación de metadata, del ciclo de vida de un documento, imagen, video, audio o cualquier material u objeto digital. Mediante esta metadata, el usuario puede conocer el origen y transformaciones que dicho material ha sufrido desde su creación. Aunque suene ideal, es un estándar que tiene muchos agujeros según los expertos, al igual que la marca  de agua, por lo que una línea roja final clara entre el contenido humano y el artificial seguirá esperando.

 

Mientras tanto, hemos ingresado, quizás sin percibirlo conscientemente, en una nube cognitiva, en la que nada es blanco o negro, auténtico o artificial; todo es gris. Y lo grave al final es que nuestra capacidad de pensar se torne gris igualmente. Mientras tanto, seguiremos viendo grandes masas de marionetas entregándose entusiasmadas en las manos seductoras del ventrílocuo de moda. Y se robarán toda la atención del circo, como Kini y Lalo. Por eso, como lapidariamente afirma el filósofo español Eduardo Infante, en su novela Salvar a Sócrates (ver ACÁ), “en la era de la IA, pensar se ha convertido en un acto de resistencia” (ver ACÁ). ¡Pobre sapiens!

 

Ramiro Restrepo González

Agosto de 2026 

miércoles, 5 de agosto de 2026

ESPECULAR SIN PRODUCIR

 

He repetido incansablemente en este blog que el modelo economicista vigente tiene un solo objetivo: maximizar rendimientos. No generar empleo, que le resulta un mal a veces inevitable; no contribuir al desarrollo sostenible, pues lo percibe erróneamente como un costo; no producir más, si hay alternativas más rentables. En pocas palabras: lo que importa es el dinero por el dinero. Ya lo decía Milton Friedman desde 1970: “Existe una única responsabilidad social de la empresa: utilizar sus recursos y emprender actividades destinadas a aumentar sus beneficios”. Y, si para aumentar los beneficios, la visión economicista encuentra alternativas mejores que producir, pues las considerará legítimas y preferibles. Así, hemos llegado a hacer dinero a partir del dinero: lo denominamos la economía especulativa, para diferenciarla de la economía real que es con la que estamos más familiarizados. La novedad es que la economía especulativa siempre fue una actividad marginal. Pero, ahora, ES LA ECONOMÍA. Lo que era nuestra economía real (agricultura, industria, comercio, servicios esenciales…) se ve cada vez más raquítica, cada vez más asfixiada por la falta de inversiones que huyen hacia grupos de inversión, en el mejor de los casos, o hacia paraísos fiscales en el peor y cada vez más apetecido destino.

 

Ya lo advertía recientemente Heather Boushey, Economista Jefe del Centro de Washington para el Crecimiento Equitativo: “Está claro que nuestra economía está diseñada para crear un puñado de multimillonarios y un billonario […] Ya no se trata de crear oportunidades y estabilidad para la mayoría” (Ver ACÁ).

 

Vale la pena revisar algunas tendencias que ya resultan preocupantes, que se han ido instalando silenciosamente en nuestro horizonte económico:

 

Hace algunos años (2009), el filósofo catalán Jordi Pigem lo advertía en uno de sus libros, pero sonaba un poco teórico entonces, y quizás alarmista: “Más del 98 % de las transacciones monetarias que se efectúan hoy en el mundo no corresponden a la economía real, sino a dinero ávido de beneficios a corto plazo que circula por mundos abstractos, desligados de los bienes reales y de criterios éticos, sociales o ecológicos” (Buena crisis, página 27, ver ACÁ).

 

Más recientemente, la reconocida economista Mariana Mazzucato, producto de una investigación en la que analizaron “los registros financieros de las 300 mayores empresas no financieras cotizadas en bolsa de Europa durante los últimos 25 años”, según informan, llegó a conclusiones demoledoras (ver ACÁ):

§  “Las compañías obtienen cada vez más ingresos actuando como agentes financieros —cobrando intereses por bonos o deuda pública, percibiendo dividendos y concediendo préstamos a sus propios clientes— en lugar de hacerlo como productoras”.

§  “Cuando los beneficios de las mayores empresas europeas se destinan cada vez más a la recompra de acciones, al pago de dividendos y a activos financieros en lugar de a la producción y la innovación, el resultado es un coste social creciente derivado de una asignación ineficiente del capital”.

§  Los trabajadores han pagado el precio de esta continua acumulación financiera. La participación de las rentas del trabajo en la economía real (excluyendo los sectores financiero, de seguros, inmobiliario y público) es hoy menor que en el año 2000 y sigue disminuyendo”.

 

Damisa Moyo, periodista económica de Project Syndicate, nos ofrece por su lado alguna información complementaria:

§  En 2025, “el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmó una orden ejecutiva que les permite a los planes de pensiones […] invertir en activos alternativos como capital riesgo, deuda privada, infraestructura, bienes raíces, materias primas y criptomonedas” (ver ACÁ).

§  “Las acciones de empresas como Robinhood, Coinbase, Palantir y Tesla tienen períodos de tenencia promedio inferiores a un mes, lo que indica que muchos inversores están especulando con movimientos de precios a corto plazo” (Ídem).

 

Y las consecuencias, para la economía y la sociedad, son apenas obvias:

§  Un creciente riesgo sistémico para la estabilidad del sistema. Eso fue exactamente lo que ocasionó el crac de 2008: un colapso causado por los excesos cometidos en años de inversión especulativa (las entonces denominadas hipotecas basura).

§  Una creciente marginalización del empleo, la producción, el emprendimiento y el bienestar colectivo.

§  Una ampliación insostenible de las brechas sociales en las que grandes mayorías de la población se ven cada vez más excluidas de los logros de una publicitada prosperidad que solo beneficia a gigantescos pulpos financieros.

 

La misma periodista Moyo lo deja claro: “El capital que, de otro modo, podría destinarse a avances en atención sanitaria, infraestructura y otros sectores vitales, se desvía hacia operaciones bursátiles a corto plazo y juegos financieros” (Ídem).

 

Esa fue precisamente la visión del señor Friedman, fundador ideológico del neoliberalismo: una economía al servicio de sí misma, desprovista de todo compromiso social y ambiental. Lo que sorprende es que, 55 años después, sigamos pensando o tolerando igual manera de pensar. O quizás peor: que solo estemos asistiendo a un refinamiento de esa visión economicista, ahora en su versión de capitalismo digital.

 

Como bien anota el antropólogo español Ignacio Martínez, codirector de los yacimientos de Atapuerca, en reciente entrevista para Ethic: “Lo único que realmente pone en peligro nuestra humanidad es la dictadura del beneficio a cualquier costa, esos fondos de inversión despiadados capaces de sacrificarlo todo por un 3% más” (ver ACÁ).

 

Ramiro Restrepo González

Julio de 2026

TENEMOS LÍMITES

 

El modelo económico que heredamos de la Revolución Industrial nos instaló culturalmente en una visión de crecimiento ilimitado. Así, toda empresa y todo ejecutivo se ven autoexigidos a superar cada año sus metas de producción, ventas y rentabilidad neta (el insoportable EBITDA). Pero el nostálgico sueño de Adam Smith, de que una sociedad económicamente próspera alcanzaría el bienestar general por simple lógica económica, sigue en eso: en un sueño, después de 300 años de economicismo y más de un siglo de la muerte del señor Smith.

 

Y, ya en 1972, debimos empezar a tomar consciencia, de la mano del Club de Roma, de que el crecimiento ilimitado es una visión inviable y suicida. Ese año se publicó precisamente su informe Los límites del crecimiento (ver ACÁ). Este informe ha tenido 3 actualizaciones, con base en el curso real de los acontecimientos, tendencias y proyecciones ajustadas: en 2004, a los 30 años (ver ACÁ); en 2020; y, con motivo de sus 50 años, en 2022 (ver ACÁ). Todas ellas han confirmado y agravado las conclusiones del primer estudio, la central de las cuales es la insostenibilidad de una visión de crecimiento ilimitado.

 

En esa época, la publicación de este informe causó la natural controversia de una profecía contraevidente para el pensamiento de la época. Hoy es una evidencia científica, por lo que ya no es momento de profecías, sino de consecuencias, ante una sintomatología desoída negligentemente por más de medio siglo de economicismo puro y duro. Veamos las evidencias que hoy nos aporta la ciencia.

 

Los límites planetarios

 

El Stockholm Resilience Institute, en 2009, publicó un informe conocido como Planetary Boundaries (Fronteras Planetarias), detrás del cual está el respaldo de 28 reconocidos científicos, liderados por Johan Rockström. Este informe ha tenido ya tres actualizaciones (2015, 2023 y 2025; ver ACÁ). Las grandes conclusiones de estos informes son 3:

§  Nuestro planeta tiene límites claros, que el informe concreta en nueve.

§  Cada año, hemos venido acercándonos y traspasando cada uno de estos límites.

§  A 2025, ya habíamos traspasado peligrosamente 7 de esos 9 límites planetarios.

 

En resumen: HOY ESTAMOS AL BORDE DEL COLAPSO. Y, ante tal realidad, no se requiere ser un profeta y ni siquiera un científico, para darnos cuenta de las causas y consecuencias:

§  La causa raíz: nuestro modo de habitar este planeta es demencial. Y demencial es nuestro modelo economicista de crecimiento, que es el motor que ha alimentado dicho modo de habitar, visibilizado en lo que conocemos como la sociedad de consumo.

§  Las consecuencias: empezamos a padecer un entorno planetario cada vez más hostil para la vida y el bienestar, con una cascada de manifestaciones: climas extremos, contaminación multifuente, escasez hídrica severa, pérdida de biodiversidad, desertificación, desastres naturales, nuevas enfermedades y pandemias, conflictos por recursos, hambrunas…

 

Los límites humanos

 

Fácilmente olvidamos, producto de nuestra soberbia, que nosotros mismos somos seres altamente vulnerables, con límites igualmente muy sensibles. En su edición de octubre de 2009, National Geographic hizo un crudo inventario de los 9 límites biológicos del cuerpo humano. Son ellos:

§  Cuando la temperatura corporal alcanza los 42 °C, es imposible revertir la hipertermia y ésta será fatal.

§  A 4 oC en el agua, el cuerpo colapsa pasados 30 minutos, salvo un chaleco salvavidas que actúe como retardante.

§  En un edificio o mina en llamas, los adultos aguantan hasta 10 minutos a 150 °C y los niños sucumben pronto en un coche a 50 °C.

§  A gran altitud, la mayoría pierde la conciencia. Con pulmones más grandes y más glóbulos rojos, los montañeses lo toleran un poco mejor.

§  A más de 18 metros de profundidad en el agua, la mayoría de las personas se desvanece antes de 2 minutos. El mejor buzo libre llegó hasta 86 metros (las Fosas Marianas llegan hasta los 11.035 metros).

§  Sin respirar, usualmente se fallece antes de 2 minutos. Con entrenamiento, hay gente que contiene la respiración casi 11 minutos.

§  En caso de pérdida de sangre, se puede sobrevivir después de derramar 30 %. Con 40 %, se requiere una transfusión inmediata.

§  Si se pierde un 30 % del peso corporal por inanición, la muerte es inminente, aunque quizás una enfermedad actúe antes que el hambre.

§  Si no se remplaza el litro de agua que más o menos se pierde a diario, el cuerpo colapsa en poco más de una semana.

 

Y estamos hablando solo de nuestros límites biológicos, sin penetrar en el todavía poco conocido, complejo y asaz azaroso terreno de nuestros límites sicológicos. Solo esta pequeña muestra resulta suficiente para confrontarnos con nuestra más absoluta vulnerabilidad.

 

Otra frontera la constituyen los límites mínimos, ya no máximos, de las condiciones materiales y sociales para llevar una vida digna como seres humanos: vivienda, educación, salud, alimentación, protección, etc., los cuales empiezan a ganar protagonismo en la agenda pública por fortuna.

 

De ahí que resulte de una sencillez pedagógica y una solidez conceptual contundentes el modelo de Economía Donnut (economía rosquilla) ideado por la economista de Oxfort Kate Raworth (ver ACÁ). En esencia, como toda rosquilla, tiene un borde superior y uno inferior a su alrededor. Son los límites, máximos y mínimos, que todo modelo de desarrollo debe respetar. Son esos límites: a) superiores: los 9 límites ambientales o planetarios máximos ya mencionados; b) y mínimos: los 12 límites sociales mínimos requeridos para asegurar una vida digna. Este es el diagrama:

Fuente: Foro Económico Mundial

 

Es de un homo sapiens auténtico respetar los límites: del planeta, de la vida y de la condición humana. No hacerlo, como hemos venido haciéndolo sistemática y colectivamente, es de un homo demens. Así ha sido siempre. La diferencia sustancial estriba en que el ser humano contemporáneo ha extraviado colectivamente el rumbo y su tiempo se agota para retornar a las lógicas de la vida y de la evolución. Tenemos que tomar urgente consciencia de que nuestro estilo de vida y nuestro modelo económico son insostenibles, como bien lo expresa Boff: “[...] hay una aguda patología inherente al sistema que actualmente domina y explota el mundo: la pobreza, la desigualdad social, el agotamiento de la Tierra y el fuerte desequilibrio del sistema-vida”. Y complementa en el mismo escrito: “Para salir de esta situación trágica estamos llamados, de una manera muy real, a reinventarnos como especie” (ver ACÁ).

 

Ramiro Restrepo González

Junio de 2026