martes, 6 de octubre de 2026

LA IA NO ES EL PROBLEMA

 

Es comprensible la preocupación global que existe en torno a la irrupción masiva de una IA agéntica o multiagéntica (tipo enjambre) fuera del control humano y social. Yo mismo me declaro profundamente preocupado frente a los desastres que se ven venir en un futuro inminente. Pero he llegado a la conclusión de que la IA no es el problema y de que centrarnos exclusivamente en ella está desviando nuestra atención de lo verdaderamente fundamental; de lo que, para mí, constituye la causa raíz del problema.

 

Y esa causa raíz es bien conocida pero poco re-conocida: el modelo economicista de desarrollo, en cuyo marco se ha desarrollado la IA, y que se nos salió de las manos mucho antes que la IA. Este modelo, como bien sabemos, se centra en la maximización de rendimientos económicos y en la apropiación individual de la riqueza generada.

 

La razón para que esta sea la causa raíz es simple.  Como este modelo de maximización y apropiación individual de rendimientos es el que gobierna nuestras sociedades, ningún actor individual estará dispuesto a asumir solo la inaplazable obligación de regular o ralentizar el desarrollo de la IA, para evitar una catástrofe inminente. De hacerlo, la competencia lo relegaría a la irrelevancia, lo cual no resulta aceptable para nadie. El dilema es simple: frenar y quedar por fuera o seguir adelante y afrontar las consecuencias. Es la vívida realidad detrás del conocido dilema del prisionero (ver ACÁ). Así lo han expresado con meridiana claridad los líderes del sector, al pedir que sea el gobierno el que asuma la tarea legislativa en materia de gobernanza digital (ver ACÁ y ACÁ). A estos llamados se sumaron muchos líderes mundiales en la reciente Asamblea General de Naciones Unidas (ver ACÁ).

 

Pero, como se reporta en estas dos fuentes citadas, las grandes potencias (Estados Unidos, China1, India, Rusia y otras) callan o rechazan abiertamente cualquier intento de regulación o ralentización, por la sencilla razón de que, así como los actores de la industria tienen sus manos atadas por la competencia entre ellos, las potencias también tienen atadas sus propias manos a la pugna que libran por la hegemonía mundial. Es la dinámica de las relaciones entre actores que buscan maximizar beneficios en un entorno competitivo, como lo escenifica muy bien el citado dilema del prisionero. La prueba empírica de ello es que la Unión Europea, que no es presa de ese dilema, al no estar en la puja por la hegemonía mundial, es la única región importante  del planeta que se ha podido el lujo de regular a fondo la IA (ver ACÁ). Aun así, observemos cómo la legislación europea debió ser drásticamente simplificada desde su versión inicial, mediante la Ley Omnibús de IA (ver ACÁ), debido a la presión de los actores económicos.

 

De suerte que hemos inventado un modelo económico de desarrollo que ha encadenado nuestras manos a un destino inevitable: la catástrofe social y planetaria global. Y ese sí es el problema de fondo. El modelo economicista de desarrollo ha moldeado sociedades hipercompetitivas que, ante su incapacidad para cooperar, resultan condenadas a cumplir la sentencia bíblica: “¡Muera Sansón con todos los filisteos!” (Jueces, 17-30).

 

La IA, como cualquier tecnología anterior, lo único que necesita es regulación y cultura de consumo, para asegurar que todos sus beneficios se disfruten sin generar mayores externalidades que, en este caso, ya amenazan con resultar catastróficas; pero regulación y cultura requieren cooperación más intervención estatal, ingredientes que no parecen resultar viables en el escenario hipercompetitivo que hemos construido.

 

Sin embargo, si bien las soluciones para salir de este impasse no son simples, persiste la urgencia de diseñarlas e incorporarlas gradualmente en planes de transición que resulten viables. Las preguntas son, entonces: a) ¿cuáles soluciones? y b) ¿cómo adoptarlas?

 

Sobre la primera pregunta, me atrevo a resaltar dos líneas maestras de acción, las cuales ya forman parte, tímidamente, de la agenda de movilización ciudadana en el mundo y de algunos centros de pensamiento globales.

 

1.    Economía solidaria para todos

 

La economía solidaria ha sido la gran marginada hasta ahora, y no gratuitamente, como una economía de pobres para pobres. Un techo de cristal que ha llegado el momento de romper. De manera más amplia, la denominamos ahora la economía del bien común (EBC), neocorriente teórica iniciada quizás por Felber (2010) y enriquecida por Mazzucato, Ostrom, Zamagni, Bruni, y muchos otros. De manera muy simple, puede definirse como una visión económica que promueve “un sistema económico alternativo fundado en la dignidad humana, la solidaridad, la cooperación, la responsabilidad ecológica, etc.” (ver ACÁ). A diferencia de la visión economicista clásica, fundada en el interés particular de los agentes económicos, la economía del bien común se funda en el interés general y en la gestión de los bienes comunes, sociales y naturales.

 

Una visualización muy pedagógica del concepto la tenemos en la Matriz del Bien Común de Christian Felber, en la cual se interrelacionan las partes interesadas o stakeholders con los valores esenciales del bien común. Puede encontrarla ACÁ. Es, como podemos ver, una vía alternativa del desarrollo, entre el capitalismo de libre mercado y las economías centralmente planificadas, ambos de corte economicista, es decir, modelos económicos que privatizan beneficios y socializan pérdidas. La economía del bien común, por el contrario, es un concepto más afín al desarrollo sostenible y a la Economía Rosquilla (Donut Economics) de Kate Raworth, en los que se socializan los beneficios y se comparten las pérdidas solidariamente.

 

2.    Límites a la libre empresa

 

Pocos conceptos han sido defendidos tan vigorosa, si no fanáticamente, como la libertad de empresa, al punto de considerarse sacrílego el menor intento de limitarla. Y esta libertad, a diferencia de la libertad de expresión, que sí es un bien común, pertenece a la esfera privada de cada agente económico. Por lo tanto, debe estar subordinada al bien común. Su sacralización ha terminado precisamente atentando contra los bienes comunes y, por lo tanto, ha llegado también la hora de comenzar a imponerle límites sociales y naturales, para garantizar su sano y equilibrado ejercicio. Y no se trata solo de penalizar los escándalos corporativos que estallan por todos lados, todos los días. Es que el ejercicio de la libertad de empresa, así sacralizada, ya está sobrepasando los límites del bien común, aunque lo hayamos normalizado. Y los ejemplos pululan por doquier. Seis ejemplos sencillos bastan para evidenciarlo:

§  El sistemático uso y deterioro del espacio público aledaño a las empresas, sin pagar por hacerlo, con el fin de realizar operaciones de cargue, descargue, estacionamiento y logística.

§  Las emisiones y vertimientos contaminantes, sin pagar compensación alguna.

§  El manejo de cuentas y depósitos bancarios en paraísos fiscales: “Casi el 50% de la inversión de empresas colombianas en el exterior se fue para países señalados de paraísos fiscales”, titulaba un periódico local recientemente, reseñando de paso la tendencia creciente de esta práctica (ver ACÁ).

§  El trabajo precario, forzado y esclavo. Paradójicamente, en la era de mayor prosperidad económica, tenemos la mayor población esclava de la historia, violando toda normatividad legal y todo límite de dignidad humana. La ONG Free the Slaves estima en 50 millones la población esclava en el mundo de hoy (ver ACÁ).

§  La evasión y la elusión fiscales no penalizadas superan hoy en Colombia los 80 billones de pesos, es decir, poco más del 5 % del PIB, algo que supera ligeramente la inversión que el país hace en educación.

§  La comunicación comercial culturalmente depredadora: cosificación de la mujer, discriminación étnica, información engañosa, letra menudísima en los empaques, mensajes de advertencia intencionadamente inaudibles en las cuñas radiales.

§  Y ni para qué hablar de corrupción (ver ACÁ el lánguido 37 % de Colombia en el ranquin mundial de transparencia) y siga usted con un larguísimo etcétera.

 

Son todos estos ejemplos de los excesos que deben ser puestos dentro de límites. Pero muchísimos otros. Dentro de estos límites a la libre empresa, es hora de regular, por ejemplo, lo relativo a la compensación directiva para imponerle límites (ver nota anterior en este blog y leer ACÁ). Las cifras ya no son moralmente sostenibles. Una muestra resulta representativa: según reportó recientemente Europa Press, “los consejeros con carácter ejecutivo de las empresas cotizadas que forman parte del índice Ibex 35 tuvieron una retribución en 2025 que supuso, de media, 67 veces el sueldo medio de los empleados de esas empresas” (ver ACÁ. Los resaltados son del original). Obsérvese, además, que el punto mínimo de comparación es el “sueldo medio”, no el salario mínimo legal. Claro: ejecutivos superpagos, al servicio de un voraz modelo de maximización de rendimientos.

 

3.    Intervención estatal

 

Pienso que solo así, limitando el bien particular y promoviendo el bien común, es decir, actuando sobre los dos polos de la tensión social y planetaria, podremos recuperar los equilibrios perdidos que, ahora, con la irrupción de la IA en nuestras vidas diarias, ya constituyen una amenaza existencial y planetaria perentoria.

 

Y esta es precisamente la tarea que le corresponde a los Estados. Pero es una tarea que, siendo esencial, empezaron a abandonar, a medida que iban siendo secuestrados por las élites del poder económico, para ponerlos a su servicio. Y esta realidad aun supera los notables esfuerzos de algunos países y gobernantes, que tienen claro su papel. Un ejemplo admirable ha sido el presidente Lula de Brasil. En su reciente discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas (septiembre de 2026) fue claro y lúcido al respecto: “Hemos adoptado —dijo— un modelo económico basado en la distribución de la renta, la creación de empleo y el aumento de los salarios. Estamos comprometidos con la mejora de la productividad, la expansión del crédito y la construcción de una sólida red de protección social”. Así mismo, hay infinidad de empresarios y ciudadanos sensibles, conscientes y coherentes en sus actuaciones. Infortunadamente, este tipo de posiciones políticas, gerenciales y ciudadanas siguen siendo minoritarias.

 

Así las cosas, solo nos queda una instancia posible: la ciudadanía, ese constituyente primario al que siempre es necesario apelar en horas de crisis. Y esta es una de ellas. De lo contrario, estaremos ante una disyuntiva doblemente fatal: a) una tecnología de IA cada vez más fuera de control, que terminará trastrocando las pocas reglas y seguridades que quedan en pie; o b) una IA que termine siendo el gran distractor del siglo, el anestésico social definitivo, que desvíe nuestra atención de la verdadera causa raíz de todo este maremágnum; o ambas. En todos los casos, seguiremos “en rumbo de colisión”, como lúcidamente pronosticaba Max-Neff (ver ACÁ).

 

Es, entonces, la hora de la ciudadanía: una ciudadanía consciente y dispuesta a tomar el control de su propio destino civilizatorio, a través del activismo político organizado y global. ¡La causa está servida! ¿Llegarán los comensales?

 

1   Conviene precisar que China tiene su propia legislación sobre IA desde el año 2022 (ver ACÁ). Pero China tiene tres diferenciales muy importantes, aparte de que dicha ley fue hecha a su medida: a) es juez y parte: legisla y es la dueña de la tecnología, directa o indirectamente; b) es una potencia en ascenso, con una clara estrategia de largo plazo; c) su cultura no es confrontacional como la occidental.

 

Ramiro Restrepo González

Septiembre de 2026

TODOS SOMOS MARICARMEN

 

La historia

 

En el número 46 de la calle Alcalde Sáinz de Baranda, en un sencillo barrio que llegó a convertirse en el cotizado sector de El Retiro, en Madrid, vivió durante 70 años consecutivos María del Carmen Abascal. Y el pasado 23 de septiembre Maricarmen fue desalojada de esa su vivienda de alquiler, producto de una orden judicial de desahucio, debiendo ser conducida en camilla al hospital Gregorio Marañón, donde permanece, a sus 87 años de edad, con movilidad reducida y con un 50 % de discapacidad reconocida a sus espaldas.

 

El fondo de inversión Urbagestión (ver ACÁ) había adquirido el edificio, para reformarlo, revalorizarlo y venderlo de nuevo, cosechando los beneficios. Este fondo, ante las súplicas de Maricarmen, accedió a permitirle seguir viviendo, pero incrementando el canon mensual de € 500 a € 2650 (¡un incremento del 430 %!), que después redujo a € 1650 (todavía un 230 % de incremento); aun así, a Maricarmen no le alcanzaba su pensión de solo € 1350. Y no fue suficiente que un benefactor anónimo ofreciera cubrir la diferencia, oferta que después hizo el mismo ayuntamiento. Urbagestión rechazó ambas ofertas: quería el inmueble, porque ese es su negocio: rentabilizar cada metro cuadrado adquirido. Es lo que llamamos, en la jerga de tertulia, uno de tantos fondos “buitre” que están detrás de la crisis estructural de vivienda, que padece España y que se esparce por el mundo hace varios años, acumulando miles y miles de víctimas en el camino.

 

El símbolo

 

La historia de Maricarmen ha tocado profundamente la sensibilidad de los españoles, provocando multitudinarias manifestaciones en al menos 16 ciudades (ver ACÁ, ACÁ y ACÁ), bajo consignas como la que sirve de título a esta nota; y hasta fue objeto de un pronunciamiento de Koldo Casas, Relator de la ONU para el derecho a la vivienda (ver ACÁ). Por toda respuesta, Urbagestión respondió con una demanda por € 10 000 contra el Sindicato de Inquilinas e Inquilinos (ver ACÁ), alegando difamación, con lo cual parecen querer rentabilizar el mismo abuso ya consumado.

 

De esta manera, Maricarmen se ha convertido, quizás sin proponérselo, en el símbolo y voz de un pueblo que reclama al Estado justicia habitacional. Y toma a la clase política fuera de base. De un lado, la presidente de la Comunidad de Madrid, Díaz Ayuzo, no logra salir del escándalo suscitado por su irresponsable compra de un Ático en el cotizado barrio Chamberí de Madrid, el cual adquirió con fondos públicos, por un valor de € 6,3 millones y que, al parecer, pretendía usar para su despacho personal (ver ACÁ). Igual le sucede a Pedro Sánchez, con su gobernabilidad en mínimos, lo que le ha impedido sacar adelante reforma alguna relacionada con la Ley de Vivienda. ¿Podrá la clase política española sobreponerse a un momento de doble crisis, política y social, de tales proporciones? Por el momento, lo único que han logrado es convertir un derecho fundamental en botín electoral, bajo la reacción tardía del PSOE y otros, proponiendo dos decretos finalmente negados por el Congreso; y bajo la óptica más rústica aún del PP, proponiendo una ilusoria revolución de la vivienda en seis meses, si se hace al poder.

 

El nudo de la cuestión

 

Sin embargo, Maricarmen, las manifestaciones y protestas, los líos de la clase política y el debate sobre la Ley de Vivienda no son más que la fenomenología: los síntomas de la profunda crisis, social y planetaria, que el modelo economicista de desarrollo ha creado. Habrá que encontrarle una solución digna a las Maricarmen que vayan cayendo por el camino, las protestas terminarán siendo sustituidas por otras, la crisis de la clase política española continuará y seguramente la Ley de Vivienda termine saliendo adelante, con algunos remiendos que salven las apariencias hasta la siguiente crisis. Pero el problema de fondo seguirá poniendo a generaciones de Maricarmen en la calle, ante la mirada atónita de todos nosotros.

 

El modelo económico vigente está creando monstruos corporativos cada vez más voraces, crueles, insensibles y abusivos:

§  ya invadieron y saquearon toda nuestra privacidad personal, representada en nuestros datos personales;

§  ya tienen al borde de la irreversibilidad infinidad de hábitats indispensables para el sostenimiento y cuidado de la vida;

§  ya tienen al planeta y a la sociedad enfrentados a una escasez inevitable de recursos críticos para la supervivencia (agua, bosques, suelos, alimentos, biodiversidad…);

§  ya han creado un clímax de violencia crónica, en una insensata confrontación por recursos cada vez más escasos (petróleo, gas, tierras raras…), que nos está llenando de guerras, conflictos y víctimas: a) 7,3 millones de desplazados internos por la violencia a diciembre de 2024 (ver ACÁ); b) 5280 víctimas en 2025, ocasionadas por 2944 eventos terroristas en el mundo (ver ACÁ); c) 40 conflictos armados en curso (ver ACÁ); d) 113 protestas antigubernamentales significativas en los últimos 12 meses (en más de 60 países, ver ACÁ)… Es decir, un planeta en proceso de explosión social violenta, producto de una competencia feroz por territorios y recursos.

§  Esta competencia por recursos queda al desnudo en la forma como se distribuyen sus beneficios. Así nos lo reporta el World Inequality Report 2026 (ver ACÁ): “El 10 % de la población mundial con mayores ingresos percibe más que el 90 % restante, mientras que la mitad más pobre de la población mundial capta menos del 10 % de los ingresos globales totales. La riqueza está aún más concentrada: el 10 % superior posee tres cuartas partes de la riqueza mundial, mientras que la mitad inferior concentra solo el 2 %”.

 

Y podría seguir la dolorosa enumeración de las huellas de depredación social y ambiental que van quedando para la historia, producto de la voracidad de los actores económicos, articulados en un modelo de desarrollo suicida. ¿Cuándo reaccionaremos?

 

En el sector de la vivienda, estos estragos de un modelo de desarrollo perverso se traducen de una manera muy clara: la llaman la financiarización de la vivienda: de ser morada acogedora y segura en poder de muchos, la vivienda ha pasado a ser un volátil activo especulativo concentrado en pocas manos. Así lo retrata crudamente el Instituto de Investigación Urbana de Barcelona: “Hablar de ciudades es hoy hablar de crisis: crisis de la vivienda, crisis climática, desigualdades, aumento del precio de los alimentos… Estas crisis tienen un trasfondo compartido: grandes actores empresariales y financieros que acaparan activos y definen quién vive en las ciudades y cómo vive. Hablar de ciudades es, por tanto, también hablar de las respuestas a esta enorme concentración de poder y riqueza con el objetivo de garantizar derechos fundamentales” (ver ACÁ).

 

En resumen: el actual contrato social y el modelo de desarrollo vigente se han vuelto disfuncionales: ya generan más costos que beneficios; y, si no producimos cambios estructurales y profundos en el mediano plazo, lo único claro es que nos espera un futuro terriblemente oscuro.

 

Maricarmen con su entereza y los españoles con su solidaridad y valentía nos están dando una enorme lección: solo una ciudadanía sensible, solidaria y valiente puede hacer la diferencia, frente a unos actores económicos voraces e insensibles y frente a unos gobiernos corruptos y secuestrados por las élites.

 

Ramiro Restrepo González

Septiembre de 2026

viernes, 2 de octubre de 2026

P R I M I C I A

 


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Valor: $ 65.000 más envío

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LIDERAZGO: ¿EMPATICO O TÓXICO?
(extracto)

El relato tradicional, que sigue siendo el dominante en la sociedad contemporánea, nos presenta una visión del poder como dominación; por ello hemos terminado haciendo de la competitividad un dogma; y, como correlato, una visión del liderazgo, entendido como el ejercicio de roles centrados en la autoridad, la jerarquía, la dirección, el orden y el control.


El relato emergente del poder, por el contrario, se enfoca en cooperar, no en competir. El primero entiende el poder como una fuerza al servicio de la economía; el segundo, como una fuerza al servicio de la vida; el primero lo entiende como autoridad y control; el segundo, como inspiración y servicio.

 

Y, evidentemente, estos relatos, estas visiones del poder, moldean a su manera tipos de liderazgo diametralmente diferentes.

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Comparto, complacido, con quienes acceden a este blog, la publicación de mi último libro, el octavo de la familia. Una reflexión crítica sobre lo que entendemos por liderazgo, como factor de transformación personal, social y planetaria.

 

Este nuevo libro es una invitación a que repensemos críticamente los tipos de LIDERAZGO TÓXICO que nuestras sociedades han venido validando, con nuestra contribución directa, indirecta o silenciosamente cómplice. Unos liderazgos en cuya consciencia recaerá el peso histórico de la actual policrisis social y ambiental de dimensiones planetarias.

 

Y, por otro lado, es una invitación a revalorar lo que significan los liderazgos empáticos y auténticos que, ejemplificados en figuras bien conocidas, constituyen el modelo a seguir en todos los ámbitos, si queremos retomar la senda hacia sociedades justas, equitativas y sostenibles.

 

El libro documenta, con 10 ejemplos reales, ampliamente referenciados, tanto los liderazgos tóxicos como los liderazgos empáticos, con el fin de ofrecer al lector, no solo un marco teórico, sino una referenciación práctica.


OTROS TEXTOS DEL AUTOR:
Responsabilidad social: nueva teoría, nuevas prácticas. ACÁ.
El fascinante poder de la incertidumbre. ACÁ.
Marketing social. ACÁ.
Desarrollo sostenible versus 4ª. revolución industrial. ACÁ.
De hominis: claves del desarrollo humano. ACÁ.
De la gerencia a la dirigencia: poder, dirección y liderazgo. ACÁ.
Reflexiones en tiempos de crisis. Edición para circulación privada.

martes, 22 de septiembre de 2026

¿EXISTE EL LIBRE ALBEDRÍO?

 

Si de algo se precia el ser humano es de la libertad. Por ella se han librado guerras y se han pagado costos altísimos en vidas, sufrimiento y lucha. Por algo es el emblema presente en casi todos los himnos nacionales y en la épica menuda de toda nación. Hablamos de liberalismo económico, de libre empresa, del libre desarrollo de la personalidad, etc. Hay todo un relato colectivo que rinde culto a este supuesto bien de las personas y las sociedades: la libertad.

 

Pero… ¿y si no somos tan libres como creemos? O, peor, ¿si no somos para nada libres en nuestras vidas? Voces serias ya lo sostienen hoy día. Más vale escucharlas. Y ya no son solo filósofos nihilistas como Nietzsche o Schopenhauer. Son científicos: biólogos y neurólogos.

 

Robert Sapolsky es un conocido profesor de ciencias biológicas y neurológicas de la Universidad de Stanford y así lo afirma categóricamente: “…existe una sensación de elección, de múltiples posibilidades de futuro. Sin embargo, la elección que acabas tomando es el resultado de todo lo que sucedió antes, del tipo de persona que has terminado siendo por todas las circunstancias que te han rodeado” (ver ACÁ). Y esas circunstancias son la genética, la familia, la educación, el contexto social… en resumen, y parodiando a Ortega y Gasset, para Sapolsky, “yo soy mis circunstancias”.

 

Según Sapolsky y muchos otros (Libet, Harris…), el libre albedrío, la libertad, es una ilusión en el terreno individual: “…todo lo que hacemos, ya sea algo bueno o despreciable, trascendental o banal, puede explicarse sin aludir a la dichosa libertad” (ver ACÁ). Un poco deprimente, ¿verdad?

 

Igual ocurre en el plano social y político. ¿Son realmente libres los ciudadanos, aún en medio de sociedades democráticas? Muchísimas señales nos indican que no; o que, por lo menos, no tanto como suponemos. Dos ejemplos bastan:

 

La llamada trampa de la pobreza que, solo excepcionalmente, algunos ciudadanos afortunados logran cruzar; ¿son la excepción que confirma la regla? Recomiendo leer o releer una de mis anteriores notas al respecto, en este mismo blog: El paraíso de la inequidad (ver ACÁ). Allí está ampliamente documentado este fenómeno, para concluir que “Esta —la pobreza— no es gratuita, natural ni tolerable. Ha sido ocasionada deliberada y sistemáticamente por los poderosos, para construir su prosperidad a costa del bien común (depredación natural) y del bienestar de las inmensas mayorías humanas (inequidad)”.

 

La libertad de expresión es otro buen ejemplo. Veamos la punta del iceberg: el Informe Sombra 2025, de la ONG Voces del Sur, divulgado por la FLIP, retrata así el panorama: “En 2025, la libertad de prensa en América Latina atravesó un retroceso estructural marcado por la consolidación de formas de silenciamiento cada vez más complejas. La Red Voces del Sur (Red VDS) documentó 2.484 alertas que afectaron a 3.230 víctimas en 17 países de la región, una cifra inferior a la del 2024 que no representa una mejora, sino una reconfiguración de la violencia hacia mecanismos menos visibles —especialmente en el ámbito digital, judicial e institucional— sumado al avance de la autocensura y las ‘zonas de silencio’” (ver ACÁ). Pero es solo la punta del iceberg. Seamos honestos: en nuestras sociedades, aún en las democráticas, hay silenciosos mecanismos de control del pensamiento crítico y disidente, que aseguran la conformidad ciudadana con un orden dado. Ni que hablar de la manipulación informativa (fake news, IA, “bodegas”…) ni de los Estados totalitarios. Sencillamente, la libertad de expresión es una quimera, y romper esa barrera siempre tendrá un alto costo social y político para quien lo intente.

 

Por todo ello, a decir verdad, encuentro bastante sensata la posición de quienes niegan el libre albedrío, como Sapolsky y otros. Es que hemos asumido que la libertad es un don, algo dado y puesto a nuestra disposición libérrimamente. Y personalmente pienso que no es así. La libertad es una conquista. Como lo ha sido para muchísimos pueblos oprimidos, en el plano político. Pero, en el plano ciudadano, pocos están dispuesto a conquistarla, por inconsciencia o por el costo social y político que implica.

 

Y, en el plano personal, en nuestro fuero interno, es igual que en el plano político: si no luchas por la libertad, si no la conquistas, serás una persona sometida al destino de tus circunstancias. Y ese es el cómodo camino elegido por la enorme mayoría de las personas; para colmo, sin que sean conscientes de ello, pues viven cómodamente adormecidas.

 

Despertar, entonces, es el comienzo. Y el camino del despertar es la deliberación, el estar presentes en el aquí y ahora: el más práctico y trascendental ejercicio de expansión de la consciencia y afinamiento de nuestra sensibilidad. Solo por ese camino podrá asumirse progresivamente el comando de nuestro propio destino. Y entonces, sí, surgirá la libertad como opción, como promesa de futuro. Es la conquista de sí mismo, como principio de cualquier proyecto de vida trascendente. “[…] sólo despiertos podemos entrar en la verdad y descubrir qué lazos nos impiden la libertad”, nos advierte Anthony de Mello en La iluminación es la espiritualidad (ver ACÁ). Igual razonamiento lleva a Debashis a afirmar que “La libertad es un estado de conciencia (sic)” (página 231, ver ACÁ). Concluyo, entonces, de manera muy simple: el libre albedrío no existe; es una conquista; siempre posible, pero pocas veces anhelada, luchada y alcanzada.

 

Ramiro Restrepo González

Mayo de 2026

LA SERENDIPIA

 

Esta nota es un homenaje. Y, por extraño que parezca, es un homenaje a una palabra: a la palabra SERENDIPIA. Me ha parecido que es toda una joya del idioma, que bien se lo merece: por su sonoridad, su cadencia, su armonía, su significado y su linaje que se pierde entre las brumas del pasado y la leyenda.

 

Serendipia es una palabra de origen persa y, más  específicamente, de la familia del sánscrito. Su significado original viene de la palabra sánscrita Siṃhaladvīpa (Siṃhala = león + dvīpa = isla). Así denominaban los persas a la antigua isla de Ceilán, hoy Sri Lanka, al sureste de la India.

 

También podemos leer y disfrutar un corto y maravilloso cuento persa, titulado precisamente Los tres príncipes de Serendip. Puede encontrarlo ACÁ. Narra un pasaje de la vida de los tres hijos del gran arquitecto del Shá de Persia, quienes competían entre sí, intentando demostrar cuál poseía la mayor y más aguda inteligencia. Pero la soberbia que movía su competencia terminó involucrándolos en un gran lío que, no solo los llevó a la cárcel, sino a enfrentar la pena de muerte. Una casualidad los salvó a último momento, quedando finalmente como héroes, por lo que el Emir de Kandahar, a donde habían llegado en su viaje, los nombró ministros. Así, “la casualidad los salvó y aprendieron a ser mucho más prudentes a la hora de manifestar su inteligencia ante los demás”, concluye el cuento. Pues, como agrega, es de sabios ser prudente, en efecto y, gracias a la prudencia, “la sabiduría tiene su premio”.

 

Ya en épocas más cercanas (1754), el escritor y político británico Horace Walpole legitimó la palabra serendipity en el idioma inglés, para referirse a cualquier tipo de hallazgo, producto del azar o la casualidad, sin haber sido buscado deliberadamente.  El señor Walpole dedujo este significado más del cuento que de la etimología misma de la palabra. Y así ha llegado hasta nuestros días, si bien no es una palabra de uso frecuente. La siguiente es la definición de serendipia que nos obsequia el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (RAE) (obsérvese que española es la Academia, no el idioma, que yo prefiero seguir llamando castellano): “Hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual”.

 

Como vemos, serendipia es una palabra con linaje; o, si se quiere, con prosapia. Y su leyenda sigue creciendo con el paso de los días. Son ya incontables y célebres las serendipias que se han producido, por ejemplo, en el campo de la investigación y el desarrollo científico. Bien vale un somero inventario:

 

§  La más mediática de todas ellas ha sido el viagra. En efecto, su hallazgo casual ocurrió en los laboratorios de Pfizer, al adelantar pruebas clínicas con el sildenafilo, un vasodilatador que constituye su principio activo, dentro del proceso de desarrollo de un tratamiento para la angina de pecho y la hipertensión arterial. En el curso de dichas pruebas clínicas, los voluntarios presentaron los conocidos y apetecidos efectos secundarios que todos conocemos. Había nacido el viagra.

 

§  La más revolucionaria de todas: la penicilina. Alexander Fleming, el investigador británico, dejó olvidada una placa de bacterias destapada en su laboratorio y, al retomar el experimento posteriormente, notó que un manto de moho (penicilium notatum) había matado a las bacterias. Había nacido (1928) el primer antibiótico de la historia, la penicilina, cambiando radicalmente la historia de la medicina.

 

§  La más imprescindible en la vida cotidiana: el microondas. El ingeniero Percy Spencer (1945) trabajaba con radares y, de pronto, notó que una barra de chocolate que llevaba en su bolsillo se había derretido. Probó con otros alimentos y terminó concluyendo que la radiación de los magnetrones, corazón tecnológico de todo radar, era lo que calentaba los alimentos. Había nacido uno de los electrodomésticos más usados hoy en el mundo.

 

§  Pero podrían enumerarse muchísimas otras serendipias: el teflón, la sacarina, el vidrio de seguridad, el velcro, el marcapasos, el LSD, etc.

 

En suma, la investigación científica no es un proceso lineal y de precisión, como suele mirarse. Comporta una alta dosis de azar. Pero toda la investigación tiene un piso común que son los padres de todas las serendipias: la curiosidad y el asombro, esos impulsos vitales que movilizan nuestra búsqueda insaciable, y que nos llevan a hurgar la realidad interior y exterior a nosotros mismos. Es la piedra filosofal del conocimiento, del saber y, en último término, de la sabiduría.

 

Ahora entendemos mejor por qué la palabra serendipia despierta mí admiración. No solo por ser una joya lingüística, con una historia de leyenda. Observemos, en efecto, que la serendipia no ocurre por azar (a causa de) sino al azar (en condiciones de), es decir, ocurre por nuestra curiosidad y capacidad de asombro, en un ejercicio a través del cual, no solo desentrañamos los misterios de la realidad, sino que nos hacemos más humanos. En otras palabras, ocurre por nuestra deliberada y apasionada búsqueda de ser nosotros mismos, por lo que la palabra serendipia está vinculada con el proyecto sapiens como ninguna otra en la vasta extensión del logos.

 

Aunque confieso que, por momentos, me produce angustia pensar que, como sapiens, o somos un buen apunte de humor negro, o somos una serendipia del proceso evolutivo.

 

Y debo confesar finalmente que fue toda una serendipia haber encontrado esta palabra en el diccionario, hace ya unos cuantos años.

 

Ramiro Restrepo González

Septiembre de 2026

domingo, 6 de septiembre de 2026

 


TOTALITARISMOS DIGITALES

 

Según el World Population Review (ver ACÁ), en 2026 solo tenemos 5 Estados totalitarios en el mundo: Afganistán, Corea del Norte, Siria, Turkmenistán, Eritrea y Guinea Ecuatorial.

 

Esta misma fuente cita a los reconocidos politólogos Carl J. Friedrich y Zbigniew Brzezinski, en su libro Totalitarian dictatorship and authocracy (1956), para caracterizar los totalitarismos. Según ellos, se distinguen por estos seis rasgos esenciales:

§  Una ideología rectora centrada en el patriotismo.

§  Un partido político único, generalmente encabezado por un dictador.

§  El uso de instrumentos de terror, como la violencia y la policía secreta, para controlar a la población.

§  El monopolio estatal de las armas

§  El monopolio estatal de los medios de comunicación y la censura.

§  Una economía controlada por el Estado

 

Sin embargo, podemos observar infinidad de Estados que ofrecen estos seis rasgos, o casi todos, bien plenamente algunos o en gran medida todos o casi todos. Nos encontramos entonces con la figura de los Estados autocráticos, muchas veces, en camino o cercanos a ser Estados totalitarios. Y, en esta categoría, ya nos encontramos con un número notable: 92 Estados, según el V-Dem Democracy Report 2026 (ver ACÁ). De suerte que totalitarismo y autocracia representan el 50 % de los Estados nacionales actuales y su número ha venido creciendo. No es, pues, ningún fenómeno menor en el panorama político contemporáneo.

 

Y ahora esta tendencia, como se ha visto en los años recientes, se acelera notoriamente, apalancada en la tecnología. Están surgiendo así lo que prefigura el advenimiento de los totalitarismos digitales. Ya, por lo menos, hay unos cuantos ejemplos visibles y significativos. Veamos:

 

Próspera Inc.:

 

Se trata de la isla caribeña de Roatán (Honduras, 83 km2). Esta isla fue declarada Zona de Empleo y Desarrollo Económico (ZEDE) por el Congreso hondureño en 2013, siendo presidente del mismo Orlando Hernández, a continuación, presidente del país (2014-2022). Estas ZEDE se configuraron al servicio de la inversión extranjera, con plena autonomía legislativa, ejecutiva y judicial. En la práctica, como pequeños Estados privados (ver ACÁ).

 

Así, el señor Peter Thiel, un inversionista de riesgo, cofundador de Paypal con Elon Musk, ex-CEO y exfundador de Palantir Tech., firmó un acuerdo con el gobierno hondureño y, en ese marco, fundó Próspera Inc., un emporio de start-ups digitales, convirtiendo a Roatán en un tecnoestado privado. Impuso allí un sistema tributario propio y una legislación a la medida (common low la denominó), bajo la supervisión digital de jueces jubilados del Estado de Arizona. Al llegar Xiomara Castro a la Presidencia, lo hizo bajo la bandera de liquidar estas ZEDE, por atentar contra la soberanía nacional. Sus intentos, sin embargo, se vieron frustrados ante el costo impagable (40 % del PIB) de enfrentar la demanda del señor Thiel ante el CIADI (Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones, ver ACÁ).

 

Conviene observar, tras bambalinas, cuáles pudieron ser las motivaciones del señor Donald Trump, para indultar al señor Hernández (diciembre de 2025), quien pagaba una condena de 24 años por narcotráfico en la prisión federal de máxima seguridad del Estado de Virginia. Y tengamos en cuenta que este indulto sucedió justo un mes antes de que el mismo Trump dirigiera la operación comando que invadió Venezuela y capturó al presidente en funciones Nicolás Maduro. Los hilos del poder político se entretejen, así, con los del poder económico, en una relación de mutuo beneficio para los poderosos. El hábitat perfecto para los nacientes totalitarismos digitales. Para más información, ver ACÁ y ACÁ.

 

Praxis:

 

Bryden Brown y Charlie Callinan, sus dueños, la definen como una “nación nativa de internet”. Formados ambos en los llamados “fondos de cobertura”, un nombre elegante para los inversionistas de riesgo, “sin hígados” como decimos coloquialmente, fundaron Praxis en 2019 y actualmente exploran con las autoridades groenlandesas la forma de establecer allí un territorio independiente bajo esta figura. Y uno de sus inversionistas es, como no, Peter Thiel.

 

Por el momento, Praxis es solo un proyecto. Pero se sabe de negociaciones con varios territorios (Marruecos y otros países africanos, Italia, Groenlandia), para lograr algo similar a lo ya logrado en Roatán. El mismo Brown lo confirma: "’Fui a Groenlandia para intentar comprarla’, antes de que el gobierno estadounidense manifestara su interés en el territorio danés a principios de este año” (ver ACÁ). Y nuevamente los mismos patrones: desregulación total y “una sociedad ‘post-trabajo’, donde los humanos dejan todo el trabajo rutinario en manos de robots con inteligencia artificial” (ídem). Más información sobre Praxis ACÁ.

 

Starbase:

 

Una ciudadela fundada por Elon Musk en Texas, alrededor de la base espacial de SpaceX. Ver sitio oficial ACÁ. Actualmente está habitada, casi totalmente, por empleados de las empresas de Musk, y entre esos empleados se cuentan las autoridades mismas  de la ciudad, incluido su alcalde. Aún no cuenta con la autonomía territorial, jurisdiccional y tributaria de Próspera Inc., pero Musk trabaja en ello y ya, de facto, puede decirse que la tiene. En efecto, su carga tributaria ya es inferior a la estatal, el tráfico es autorregulado, etc., al punto que Starbase terminó engulléndose al antiguo poblado de Boca Chica. Esta situación se consolidó con la votación popular promovida por la misma empresa, en la que sus pobladores-empleados votaron mayoritariamente por convertirse en ciudad, con todas las implicaciones legales derivadas, que la Legislatura de Texas (Congreso estatal) ya refrendó.

 

Se borran, así, todas las fronteras entre lo privado y lo público, y se van perfilando los totalitarismos digitales en la supuesta “mejor democracia del mundo”. Así lo consignan los medios: “Mientras la legislatura estatal discute leyes que podrían ampliar aún más las atribuciones locales de SpaceX, y el gobierno federal reduce su capacidad de intervención, Starbase se consolida como un modelo inédito”. Ver ACÁ.

 

Network School

 

Es este un proyecto del singapurente Balaji Srinivasan, otro inversor de riesgo. Ya tuvo un intento fallido de establecer su Network School en Malasia —justo en la frontera con Singapur— pero fue expulsado por el gobierno de ese país. Migró entonces a Kazajistan, donde estableció su proyecto, en acuerdo con el gobierno de ese país. Define su sueño así: “nuestro nuevo campus se convertirá en refugio para el tecnooptimismo global, con visas aceleradas, redomiciliación simplificada y reclutamente activo de talento” (ver ACÁ y ACÁ).

 

Network School, sin embargo, es apenas la plataforma de formación de lo que Srnivasan denomina el Estado-Red, otro tecnoestado más, del mismo perfil que los anteriores, y cuyos rasgos delinea bien en su libro The Network State: How to Start a New Country.

 

Si bien son solo cuatro ejemplos, y que podríamos calificar de experimentos sociales, vale la pena visualizar los impactos que este modelo empieza ya a evidenciar. Yo alcanzo a inventariar los siguientes:

§  La misión del Estado cambia sustancialmente: de proteger el bien común, a servir el interés particular.

§  Asuntos tan esenciales como derechos humanos, cambio climático, equidad social, biodiversidad, libertades individuales, y un largo etcétera, simplemente desaparecen del radar del Estado.

§  La justicia, esa delicada vértebra de las sociedades, queda al arbitrio del tecnomagnate de turno.

§  Y ni qué preguntar por la cultura, la soberanía, la identidad, la geopolítica, los organismos multilaterales, los ODS, y un angustiante etcétera.

 

Una vez más sale a la luz la perversidad de tribunales como el CIADI, que solo han servido para consolidar posiciones de dominación de los grandes imperios financieros sobre países débiles. Y, una vez más, brilla por su ausencia el papel de Naciones Unidas frente a un fenómeno que, si se deja prosperar —y cuenta con todo el respaldo financiero y no pocos respaldos políticos para lograrlo—, sería la estocada final para las decadentes democracias en el mundo.

 

RAMIRO RESTREPO GONZÁLEZ

Agosto de 2026