viernes, 6 de febrero de 2026

ESPIRITUALIDAD SIN RELIGIÓN

 

Lo normal es que tengamos fijada en nuestra mente, de manera inconsciente e incuestionada, una ecuación muy simple: religión = espiritualidad. Nada más nocivo y contrario a la esencia de ambos conceptos. La religión, en términos muy simples, se refiere a creencias, relatos, rituales, rezos, normas y jerarquías, generalmente revestidas de una buena dosis de temor y castigo y, en no pocos casos, de altas dosis de fanatismo. Nada más contrario a la naturaleza de la espiritualidad.

                                                                                                

Así lo dejaba siempre claro el sacerdote jesuita indio Antony de Mello: “A pesar de toda su santidad, el Maestro daba una cierta impresión de oponerse a la religión. Esto era algo que desconcertaba siempre a los discípulos, los cuales, a diferencia del Maestro, equiparaban religión y espiritualidad” (¿Quién puede hacer que amanezca?, p. 200). Y complementa, en otro apartado del mismo libro: “…se puede practicar la espiritualidad sin poner jamás los pies en un templo” (Ídem, p. 128).

 

Lo más interesante del asunto es que ya es observable una tendencia creciente en la sociedad contemporánea a mantener viva la fe personal, abandonando simultáneamente toda práctica de religiosidad confesional. Así lo documenta Mathew Blanton, candidato a PHD en sociología de la Universidad de Texas, en su investigación doctoral. En lo relativo a Latinoamérica, su investigación concluye, citando a varios autores: “Aunque la religiosidad institucional está disminuyendo, la religiosidad personal se mantiene fuerte y, en algunos casos, incluso está creciendo” (Institucional Decline and Resilient Belief: Understanding Secularization in Latin America, p. 19. Ver ACÁ). Aunque matiza por regiones: “Este patrón contrasta marcadamente con las tendencias en Europa Occidental y Estados Unidos, donde el declive institucional suele estar vinculado a la disminución de la religiosidad personal” (Ídem, p. 20). Es decir, tanto la religiosidad como la espiritualidad están en declive en estas dos últimas regiones.

 

La investigación de Blanton se basó en encuestas a más de 200.000 personas, en 17 países latinoamericanos, lo que la hace bastante representativa. En entrevista complementaria, nos aporta datos adicionales: “el número de latinoamericanos que declaran no tener afiliación religiosa aumentó del 7 % en 2004 a más del 18 % en 2023. La proporción de personas que dicen no tener afiliación religiosa creció en 15 de los 17 países, y se duplicó con creces en siete”, siendo ya del 21 % la media de latinoamericanos que dicen no tener afiliación religiosa alguna en la actualidad, y “el porcentaje de personas que nunca acuden a la iglesia aumentó del 18 % al 25 %” (Sí a Dios, pero no a la Iglesia: así es el cambio religioso para muchos latinoamericanos. The Conversation, diciembre 9 de 2925. Ver ACÁ).

 

La pregunta que sigue pendiente es bien simple, entonces: ¿es esa creciente “religiosidad personal”, como la denomina Blanton, lo que podríamos denominar “espiritualidad”? No creo que pueda concluirse, sin investigaciones específicas, que no he encontrado. Lo que sí puede intuirse es que, en buena medida, sea un conjunto heterogéneo de creencias asociadas a realidades trascendentes como la existencia de un ser superior, la santidad como ideal de perfección humana, etc., acompañadas o no de prácticas, rituales o fetiches diversos. No siendo descartable que alguna porción de dicha población sí esté orientándose hacia modelos de espiritualidad civil, es decir, no confesional.

 

Aun así, persistiría una última pregunta: ¿qué entender entonces por espiritualidad? De Mello, en otro de sus textos, nos ofrece una respuesta certera: “Despertarse es la espiritualidad, porque sólo despiertos podemos entrar en la verdad y descubrir qué lazos nos impiden la libertad. Esto es la iluminación” (La iluminación es la espiritualidad, p. 5, subrayado del original. Ver ACÁ). Para este jesuita, ya fallecido, la enorme mayoría de las personas vivimos “dormidas”, durante buena parte de nuestras vidas: es decir, sin penetrar en lo profundo de nuestra interioridad, conociéndonos con honestidad y valentía, para liberarnos así de todas las ataduras que nos impiden VER con claridad las conexiones y realidades trascendentes de la vida. Buena razón le acompañaba al lúcido Marx, cuando afirmó que “la religión es el opio del pueblo” (Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, p. 1. Ver ACÁ), porque ayudaba a mantener a los pueblos adormecidos.  Despertar nos permitiría encontrar ese nuestro vínculo profundo con la deriva evolutiva y, por ese camino, con la totalidad de la que somos parte, para imprimirle a nuestra existencia un sentido igualmente trascendente. En otras palabras, la espiritualidad florece allí donde las personas alcanzan niveles superiores de consciencia y sensibilidad. Algo que no ha sido capaz de brindarles ninguna religión confesional.

 

Algo, sí, queda meridianamente claro, entonces, en de Mello: religión no es espiritualidad. La religión, si se quiere, resulta siendo una metodología sumamente efectiva de adormecimiento y conformidad. Por lo menos, para mí, es la evidencia empírica incuestionable que nos deja la historia.

 

Paz en la tumba del iluminado Anthony, y paz igualmente en nuestros corazones, cuando decidamos seguir su camino y hacer de nuestra vida algo más que un simple compendio de anécdotas, convencionalismos y resignadas conformidades.

 

Ramiro Restrepo González

Enero de 2026 

EL VALOR DE LO INÚTIL

 

¿Se ha puesto usted a pensar para qué, ¡carajo!, sirve el velocímetro en una motocicleta? Si a nadie de los que las conducen he visto que le importe un rábano su velocímetro… Y, bueno, esta pregunta inicial, que suena a broma, es más seria de lo que parece. ¿Ha pensado usted cuántas cosas y asuntos son considerados inútiles por nuestra cultura, en este caso la cultura del motociclista? Y valga una digresión acá, porque el asunto es precisamente cultural. ¿Cree usted que, en el caso del motociclista, se puede hablar de “su” cultura? Recordemos que cultura es una derivación del verbo latino colere, que significa cultivar; es decir, que culto es un ser humano cultivado, no un ser humano en obra negra, colombianismo para aludir al estado rústico y primitivo de algo, como parecen ser casi todos nuestros motociclistas. Termino la digresión. ¿Se le ha ocurrido pensar, incluso, que el calificativo de inútil responde a una especie de purga cultural, al estilo de los regímenes totalitarios, en los que el pensamiento, en sus mejores expresiones, ha sido y sigue siendo marginado y excluido?; ¿se ha detenido a ponderar cuánto valor desperdicia usted y desperdicia nuestra sociedad, en esa arbitraria clasificación de bienes y asuntos, entre útiles e inútiles?; en resumen: ¿se ha detenido usted, en su vida, a apreciar el valor de lo inútil?

 

Denominamos útil todo bien, asunto o suceso que responde a un propósito utilitario, es decir, orientado a resolver un problema práctico o satisfacer una necesidad funcional; y, a todo aquello que no tiene ese propósito, por lo menos evidente, lo enviamos a las “tinieblas exteriores” bajo el despectivo apelativo de inútil. Pero, en rigor, es algo simplemente no utilitario. Y, en realidad, lo no utilitario abarca, tanto bienes, asuntos o sucesos banales, como otros sumamente valiosos.

 

Oscar Wilde dedicó un título bastante revelador al ensayo más culto, erudito y refinado que le conozco: La importancia de no hacer nada. En él, aborda la cultura griega como la mejor expresión de la crítica artística, en tanto un arte en sí mismo. “…los griegos —nos dice— inventaron la crítica de arte del mismo modo que inventaron la crítica de todo lo demás. Después de todo, ¿qué es lo que más debemos a los griegos? Sólo el espíritu crítico” (Ver ACÁ). Pero, en nuestra cultura, se tiene como inútil el arte y, mucho más, la crítica (artística, literaria, política, social…); el pensamiento crítico es mirado como políticamente incorrecto, algo incómodo, a ser evitado en lo posible. Efectivamente, son asuntos no utilitarios. Pero cuál de los dos más valioso. Vaya, si debemos empezar justo por revalorizar el espíritu crítico, para hacer frente a esta era de decadencia contemporánea del espíritu.

 

Bien vale la pena que exploremos otros ejemplos, menos prosaicos y dolorosos que el del velocímetro de nuestro inefable e inculto motociclista, para que nos ayudemos a repensar el asunto. La siguiente es mi lista corta de inutilezas contemporáneas valiosas (con la venia de la RAE). Las voy a clasificar en tres pequeños grupos: cotidianas, lucrativas y existenciales.

 

Cotidianas

 

Acá encuentro un amplísimo repertorio, pero listo mis 3 favoritas:

 

El saludo

Como expresión de la cortesía. Al amigo y aun al desconocido. En el trato con otros y aun con la naturaleza. Es la expresión más elemental del reconocer la existencia del otro, de lo otro, otorgándoles con ello legitimidad de interlocutores. “Más que inteligencia, necesitamos amabilidad y cortesía. Sin estas cualidades, la vida será violenta y todo se perderá”, anota Chaplin en el Discurso final de “El Gran Dictador” (ver la fuente en su autobiografía ACÁ).

 

La puntualidad

Aunque casi siempre perderá su tiempo, justo esperando a los impuntuales, sigo considerando que es una de esas pequeñas utopías que nos permiten poner a prueba que la coherencia funciona. O, mejor, que unas sociedades coherentes serían mucho más funcionales y productivas; y, por lo tanto, mejores lugares para vivir. ¿Ha pensado cuánto dinero le cuesta a cualquier sociedad la impuntualidad de sus habitantes?

 

La honestidad

En una sociedad caracterizada por el “ser pillo, paga”, ser honesto es ya una quijotada, al punto que se la asocia con falta de inteligencia. Póngala a prueba en una sencilla situación cotidiana: la cajera del supermercado se equivoca con los vueltos; es frecuente; si es en contra del cliente, viene el reclamo inmediato; y ¿si es a favor? ¿procedemos a alertar y retornar lo recibido en exceso? La honestidad, por eso, es otra osadía, que pone a prueba la utopía de que una sociedad confiable será una sociedad ganadora, a diferencia de esa perdedora sociedad de desconfiados que hemos construido y tolerado, cuando no usufructuado de manera cómplice.

 

Cortesía, puntualidad y honestidad. Tres opciones no utilitarias, pero suficientes para construir confianza pública, el bien común más valioso y escaso en las sociedades contemporáneas. Es el valor de lo inútil. Y podríamos hablar del valor de otras inutilezas: la amistad, el ejercicio físico, el sueño… Valiosas formas de “perder” el tiempo.

 

Lucrativas

 

Sí. Fue precisamente Walt Disney el encargado de demostrarnos que el ocio es todo un neg-ocio (del latín nec = no y otio = ocio; o sea, literalmente, negocio se ha entendido como el no-ocio). Simpática paradoja, con la que Disney evidenció que lo no utilitario no es tan inútil como lo ha condenado a aparecer nuestra cultura. Disney, pues, es un imperio basado en el negocio del ocio. Veamos algunos ejemplos similares:

 

El aviturismo

 

Observar aves bien puede considerarse una de tantas opciones de ocio no utilitario. Pero, con una población de observadores de aves estimada en 60 millones de personas en el mundo, el aviturismo es ya una actividad que, según la BBC, le reporta a los Estados Unidos alrededor de US$ 35.000 millones anuales, algo similar al PIB de un país como Costa Rica (ver ACÁ). Colombia, con más de 1900 especies registradas, un 20 % del estimado mundial, se consolida ya como líder mundial en esta actividad (ver ACÁ).

 

La lectura

 

¿Cuántas utilidades produce un ejecutivo leyendo una novela, un ensayo, un papel científico? Suena ridícula la pregunta, porque evidencia el pobre rasero utilitarista de nuestra cultura, al asignarle un papel inmensamente marginal a esta actividad milenaria. Sin embargo, es bueno recordar que la industria editorial representa alrededor del 3,0 % del PIB mundial, casi comparable con lo que generan industrias como la aérea (3,9 %), el doble que la publicitaria (1,5 %) y ligeramente inferior a la automotriz (3,6 %). Nada despreciable. Y ello no incluye el PIB generado por el impacto que la lectura produce en quienes leemos habitualmente. Es la tara hereditaria del economicismo puro y miope, la que nos impide valorarla en su justa medida. Me pregunto: ¿qué tanto leen un ejecutivo o un político contemporáneos?; y, como la respuesta es casi obvia, repregunto: ¿esa falta casi absoluta de lectura en nuestros dirigentes no está acaso en la raíz del fatal impacto que vienen teniendo sus decisiones?

 

Existenciales

 

Las llamo así, porque tocan los fundamentales de nuestra existencia. Estas son mis cuatro favoritas:

 

El silencio

 

El hacer nada. El acallamiento de toda voz exterior, por supuesto. Es el prerrequisito. Pero, más allá de eso, es el acallamiento de nuestras voces interiores: del cuerpo, de la mente, del espíritu. Es la nada. Es dejar que nuestra realidad fluya y flote en el vacío y se pueda, por fin, escuchar a sí misma. Desde su esencia misma, desde su impulso más primigenio. No escucharemos voces. Pero, si somos constantes en el ejercicio, empezaremos a ver; y a ver con una mirada diferente. Algunos lo llaman meditación y abundan guías para hacerlo. Sí, ya ha adivinado: el silencio es un hábito que debe ser recuperado. Tanto más, en una sociedad caracterizada por el ruido. ¿Cuánto produce? Nada y todo. Nada, desde la valoración utilitarista dominante; todo, desde el punto de vista de la calidad de vida de cada ser humano. Que, justo al disfrutar de una mayor calidad de vida, será más íntegro, más asertivo, más presente mentalmente; y, como resultado, más productivo para esa sociedad utilitarista que lo reclama.

 

La lentitud

 

Indisolublemente ligada al silencio, exige hacer la pausa en el activismo insulso de nuestra vida diaria. Ya escribió Byung Chul Han acerca de La sociedad del cansancio (ver o descargar ACÁ). Una sociedad embarcada en una carrera loca por el éxito, la productividad, el crecimiento del PIB… en fin: por esa caricatura que llaman progreso. Una sociedad en la que, como dice Honoré, el “objetivo es embutir el mayor número de cosas por hora” (ver o descargar ACÁ). La lentitud, como estilo de vida, es la visión opuesta: seguir y respetar los ritmos de la vida, como única fuente del auténtico bienestar. Y, como consecuencia, de la auténtica productividad. Por eso, la moderna tendencia de la filosofía de la lentitud lo que se propone es recuperar los equilibrios perdidos. Bien se pregunta Honoré, en el artículo citado: “¿Tiene realmente sentido leer a Proust aplicando las técnicas de la lectura rápida, hacer el amor en la mitad de tiempo o cocinar todas las comidas en el microondas?”. ¿Qué produce la lentitud?: no más dinero rápido, sino mejores seres humanos: con tiempo, presencia plena y visión limpia de la realidad; mejores sociedades, mejores decisiones…mejores resultados finalmente.

 

El ensayo

 

Una sociedad hipercompetitiva, que penaliza el fracaso, cancela también el ensayo como vía de aprendizaje. Porque ensayar es el arte de equivocarse. Equivocarse con sentido o propósito. Como la evolución misma: un proceso milenario de ensayo-error-ensayo… Y olvidamos que somos el hijo mayor de la deriva evolutiva, es decir, que somos el ensayo más riesgoso del proceso evolutivo. Somos un ensayo y nos da temor ensayar. ¡Vaya paradoja! O, peor: nos da miedo equivocarnos. Por una sola razón: lo difícil que nos resulta asumir nuestros errores, por falta de humildad y de actitud curiosa de aprendizaje. Así, por la ruta del orgullo y el miedo, cancelamos la aventura del descubrir. ¡Qué mal negocio!

 

La utopía

 

De Tomás Moro (1478-1535), heredamos este formidable concepto. Literalmente significa “algo fuera de lugar”: en griego, ο (ú) = no, y τόπος (topos) = lugar. La utopía es, así, la hija mayor del pensamiento crítico: algo políticamente incorrecto, socialmente incómodo, fuera de lugar. Es el pensamiento crítico destilado en impertinencia. Al respecto, lúcida remembranza de Sócrates hacía Byung Chul Han en su discurso de aceptación del Premio Princesa de Asturias (ver ACÁ): “La función del filósofo —según Sócrates— consistiría en agitar a los atenienses y despertarlos, en criticarlos, irritarlos y recriminarlos” (La apología de Sócrates. Platón). Todo, para permitir que surjan utopías: sueños poderosos de un futuro diferente y posible. Frente a ello, nuestras sociedades siguen optando por la conformidad, crudamente retratada por León de Greiff en su poema Villa de la Candelaria (escrito justo frente a la iglesia La Candelaria y la Bolsa de Valores de la ciudad de Medellín, en el año 1910; ver ACÁ): “Vano el motivo/desta prosa:/nada.../Cosas de todo día./Sucesos banales./Gente necia,/local y chata y roma./Gran tráfico/en el marco de la plaza./Chismes./Catolicismo./Y una total inopia en los cerebros...”.


Ramiro Restrepo González

Febrero de 2026

jueves, 22 de enero de 2026

ÉRAMOS FELICES Y NO LO SABÍAMOS

 

Una de las experiencias más sorprendentes en la vida es darnos cuenta de la infinidad de cosas que nos son dadas de manera gratuita, sin que siquiera nos percatemos de ello. Solo, cuando perdemos alguna de ellas, tomamos consciencia tardía de que nuestra vida, como consecuencia, ha empezado a tornarse difícil, si no trágica o miserable. Y perderlas todas ya representaría nuestra desaparición y muerte. Cómodamente, sin embargo, vivimos instalados en el supuesto de que esas cosas estarán allí por siempre, como el paisaje; sin siquiera percatarnos, además, de que nuestras acciones diarias, tantísimas veces, están minando los cimientos que las hacen posibles. Como anota Manuel Asende, en entrevista que comentaré luego, “damos las cosas por garantizadas cuando las tenemos siempre” (Ardem Patapoutian, nobel de Medicina: “El 90% de las personas ni siquiera sabe que tiene el sentido de la propiocepción”. El País, España. Junio 8 de 2025. Ver ACÁ).

 

Quiero ilustrarlo con tres ejemplos, desde lo más cotidiano y simple, hasta algo más complejo y novedoso. Son ellos: la homeostasis, los polinizadores y las neuronas Piezo. Me disculpan algunos nombres un poco desconocidos. Veamos.

 

La homeostasis

Una palabreja de origen griego: μοιος (omóios) = similar, y στσις (stasis) = posición, estabilidad, es decir, estado de equilibrio de un sistema. En esencia, y así lo resume la RAE, la homeostasis es el “conjunto de fenómenos de autorregulación, que conducen al mantenimiento de la constancia en la composición y propiedades del medio interno de un organismo”. Un poco complicados los catedráticos de la lengua, para decirnos que homeostasis es el estado de equilibrio interno, que nos proporciona esa sensación de bienestar general de la que disfrutamos casi habitualmente. Nuestro organismo busca y produce naturalmente ese equilibrio y esa sensación. Sin embargo, generalmente no somos conscientes de ello, hasta que dicho equilibrio se rompe y nos sentimos mal. Y se rompe, muchas veces sin darnos cuenta, por nuestros propios excesos.

 

Los polinizadores

La polinización, lo sabemos, es “la transferencia de polen de una antera (órgano masculino) a un estigma (órgano femenino)” (IPBES. Plataforma Intergubernamental de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos. Ver ACÁ), (paréntesis nuestro); bien entre flores de una misma planta o entre flores de diferentes plantas, la cual permite su fecundación, fructificación y reproducción. Los polinizadores pueden ser diversos agentes, comúnmente tres: el viento (anemofilia), el agua (hidrogama) y los animales (zoopolinización). Estos últimos, los animales, responden hasta por el 87,5 % de la polinización de las angiospermas, que son la enorme mayoría de las plantas que producen flores y frutos. Y, entre los animales polinizadores, los insectos son los protagonistas, entre los que el campeón indiscutido es la abeja. Pues bien, toda esta historia como marco, para decir que los polinizadores, especialmente las abejas, responden actualmente por hasta el 75 % de la producción agrícola mundial (FAO. Why bees matter. 2018. Ver ACÁ). Sí, ¡las tres cuartas partes de nuestros alimentos!; casi podríamos decir que no nos alimentan los agricultores sino las abejas. Los polinizadores son, así, uno de los servicios ecosistémicos gratuitos más importantes, que la naturaleza nos brinda. Y estamos acabando con ellos, en la inconsciencia de su importancia para nuestra propia supervivencia: agroquímicos, deforestación, contaminación sonora y lumínica, entre otras pestes antropogénicas, tienen en serio declive globalmente a nuestros amigables polinizadores.

 
Las proteínas Piezo

Una familia de moléculas de nuestro organismo, cuyo descubrimiento le valió el Premio Nobel de Medicina 2021 al joven biólogo libanés, Ardem Patapoutian, constituye otro de esos dones gratuitos de la biología, de cuyos beneficios nos hemos mantenido cómodamente ignorantes. “Funcionan como un interruptor eléctrico, iniciando un impulso nervioso al sentir una presión”, relata Manuel Asende, en la entrevista citada a Papapoutian. Y agrega: “desde el anuncio de su existencia en 2010, la comunidad científica ha descubierto que estas proteínas Piezo son esenciales en multitud de procesos vitales, como el dolor, la presión de la sangre, la respiración, el control de la vejiga de la orina y hasta la excitación sexual”. En su conjunto, las proteínas Piezo son determinantes, además, de la buena digestión de los alimentos y de lo que llamamos el sentido de la propiocepción, otro sentido desconocido para la mayoría de las personas. Pero fundamental: es el sentido que nos permite tener control, equilibrio y movimiento de nuestro propio cuerpo, aun en la oscuridad. Pero, como bien anota el filósofo Barry Smith en reciente reseña de prensa, “atrapados frente a nuestras pantallas todo el día, a menudo ignoramos nuestros sentidos más allá del sonido y la visión. Y, sin embargo, siempre están funcionando” (Smith, B. Los humanos tenemos entre 22 y 33 sentidos, según los neurocientíficos. El Confidencial, España. Diciembre 29 de 2025. Ver ACÁ) ¿Imagina lo que significaría perder todo lo anterior?

 
En conclusión:
Vale concluir que nuestra existencia, y la calidad de nuestro
vivir, se soportan en una infinidad de servicios gratuitos que la naturaleza y
la biología nos prestan permanentemente, sin que nosotros siquiera nos
percatemos de ello. Hasta que nos falta alguno de ellos, por supuesto. Homeostasis,
polinizadores y proteínas Piezo son solo tres de ellos. Algunas lecciones se
desprenden, para mí, de esta experiencia fabulosa del darnos cuenta de lo que
tenemos:
Que conocernos a nosotros mismos es una importantísima
y ardua tarea, largamente olvidada por todos nosotros;
Que ese desconocimiento nos lleva muchas veces a
actuar de manera contraria a las leyes de la naturaleza, destruyendo las bases
que soportan nuestro propio bienestar y existir;
Que, definitivamente, no somos seres aislados, sino
que formamos parte de un entramado de relaciones y conexiones sumamente
complejo, sutil y delicado;
Que una de nuestras responsabilidades fundamentales en
la vida es el cuidado de ese complejo entramado del que somos parte.
Que definitivamente el concepto que hemos tenido de riqueza
es sumamente pobre, valga la paradoja. Nuestra verdadera riqueza ha
estado allí por milenios, en espera de que la descubramos y la aprendamos a cuidar
y a disfrutar.
 
Cerremos con una serie de preguntas, que justo
inspiraron el título de esta nota. ¿Somos acaso conscientes de que somos
felices? ¿O, quizás, necesitamos dejar de serlo, para darnos cuenta? ¿Nos damos
cuenta acaso de que lo que nos impide apreciar la felicidad es que nos pasamos
la vida deseando lo que no tenemos? ¿O hemos tenido la lucidez del inolvidable
payaso “Bebé”, para quien “felicidad es desear lo que se tiene”?.
 
Con sobrada razón, apuntaba Nazareth Castellanos, la
neurocientífica española, en reciente conferencia: “a veces lo más revolucionario no es añadir
complejidad, sino reconocer lo que siempre estuvo ahí y no supimos ver” (Ver ACÁ).
 
Una reflexión final
Entendamos
que la causa de la invisible ceguera, que ocasiona ese “no supimos ver”, es que
los seres humanos nos hemos pasado toda nuestra historia autoconsciente
explorando el mundo, viajando hacia afuera, algo así como ausentándonos cada
vez más de nosotros mismos. Lo que somos, lo que sustenta nuestra vida, nuestra
consciencia y nuestra sensibilidad, han permanecido siempre a nuestras
espaldas. Quizás la lección de todo esto es que ha llegado nuestro momento
civilizatorio de volver la vista atrás, hacia nosotros mismos, y entender que
el auténtico viaje no es hacia afuera, sino hacia adentro. Entonces, solo
entonces, nos daremos cuenta de éramos felices y no lo sabíamos.
 
Ramiro Restrepo González

Enero de 2026

ESCASEZ, ABUNDANCIA Y SUFICIENCIA

 

Los seres humanos hemos sido de extremos. Desde nuestros orígenes, hasta la actualidad. Excesos de abundancia y excesos de escasez. Gigantescas riquezas individuales y millones de seres humanos que sufren y mueren de hambre. El ruido y la adrenalina son nuestras fórmulas de diversión; de hecho, hablamos de deportes extremos. Nos debatimos entre la obesidad y la bulimia o la desnutrición y el hambre crónico. Pendulamos entre holgazanes o desempleados y trabajoadictos o ciberadictos. En resumen: o nos aturdimos en medio de excesos o desfallecemos en medio de carencias. Es un fenómeno que, si bien seguramente nos acompaña desde la prehistoria, la sociedad contemporánea lo ha llevado a máximos paroxísticos. El extremos de los extremos, en pocas palabras. Hemos llegado, así, a vivir en una sociedad enferma de adicciones y  llena de carencias. Pocas cifras pueden resultar suficientes para ilustrarlo:


“El hambre afecta a aproximadamente el 10 % de la población mundial” (Children International. La pobreza global y el hambre. Ver ACÁ), es decir, unos 800 millones de seres humanos.

Mientras que, mirando la población mundial, “actualmente, ese 1 % (más rico) acapara más riqueza que todo el 95 % más pobre” (Oxfam International. Del beneficio privado al poder de lo público. Junio de 2025. Ver ACÁ.

Estamos confrontando una crisis de escasez de recursos clave para la supervivencia (bosques, agua, peces, biodiversidad, suelos…), mientras “alrededor del mundo, los seres humanos desperdiciamos el 40% de todos los alimentos que producimos” (WWF. Desperdicio de alimentos. Ver ACÁ.

 

El extremo de la abundancia tiene el signo del éxito en nuestra cultura maximalista; el extremo de la escasez, por el contrario, viene marcado por la percepción de fracaso. Así, como ejemplo, cuando confeccionamos el presupuesto de cada año siguiente, personal o empresarial, las preguntas de rigor que se hacen son: ¿cuánto más venderemos?, ¿cuánto más gastaremos?, ¿cuánto más ganaremos? Lo contrario resulta impensable y se percibe como una señal de fracaso. Yo me pregunto: ¿y si vendemos menos, pero mejor? Con mejor eficiencia, mejores criterios de sostenibilidad, mejor calidad; con nuevos métodos, diseños y parámetros... ¿Por qué no pensar en que mejorar e innovar son alternativas más ganadoras para todos? Porque vender más y ganar más siempre serán cuestiones con cierto tufillo egocéntrico, a diferencia de la optimización y la innovación, en las que todos salimos ganadores.

 

¿Se ha puesto usted a pensar cuántos seres humanos viven dentro de parámetros de justeza, y sobriedad? Esa sí es, a mi modo de apreciar la realidad, la verdadera élite global, por su pequeño número y porque son seres humanos que, sin duda, han escalado a estadios superiores de consciencia y sensibilidad, que lamentablemente han estado reservados a seres privilegiados. Es la frontera de la suficiencia: desear lo que se tiene.

 

El papa Francisco fue uno de ellos. No solo lo expresó en múltiples ocasiones, sino que lo vimos ser coherente con ello. Así nos ilustra el concepto en Laudato Si:

“…si nos sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo”.

“La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco”.

“La sobriedad que se vive con libertad y conciencia (sic) es liberadora”.

“…ninguna persona puede madurar en una feliz sobriedad si no está en paz consigo mismo”.

 

Otro maestro de la sobriedad fue José Mujica, expresidente de Uruguay. Se le escuchaba decir con frecuencia: “No soy pobre —decía—. Soy sobrio. Pobre es el que necesita mucho” (Cvitanic, F. El legado de Pepe Mujica, el presidente más humilde del mundo. The Conversation: mayo 14 de 2025. Ver ACÁ.

 

Pero fue más prolijo en gestos que en palabras de sobriedad. En efecto:

Cuando resultó electo presidente, rehusó ocupar la lujosa residencia presidencial y prefirió seguir viviendo en su humilde chacra, a las afueras de Montevideo, como un ciudadano más.

Siempre viajó en clase turista y conducía un viejo “escarabajo”.

Durante su presidencia, donó el 90 % de su salario, llegando a sumar medio millón de dólares, que destinó a causas sociales.

 

Y tengamos en cuenta que los excesos y carencias, así como la sobriedad, no se refieren solo a asuntos materiales. Igual paradoja encontraremos en los terrenos social, cognitivo, emocional y espiritual. Quisiera ilustrarlo con un sencillísimo gráfico, que puede leerse de forma vertical u horizontal.



Notas:

Infodemia: sobrecarga patológica y extendida de información.

Histrionismo: concepto asociado al Trastorno de Personalidad Histriónica (TPH), que se caracteriza por una emotividad excesiva y una búsqueda constante de atención.

Ataraxia: concepto de la Grecia clásica que significa imperturbabilidad de ánimo, paz y armonía interiores, serenidad.

 

Anselm Grün, monje benedictino alemán (ampliar información ACÁ), y gran compañero de búsquedas de Leonardo Boff (ampliar información ACÁ y ACÁ), acuñó un concepto muy expresivo para nombrar la suficiencia. Lo llamó la justa medida (El arte de la justa medida. Ver ACÁ), siguiendo el ideario de Benito de Nursia, el fundador de su orden religiosa. Intentaré un muy apretado resumen de sus ideas, para concluir esta nota.

 

Grün inicia constatando que “Vivimos en una sociedad de sobreabundancia. Pero reconocemos que la sobreabundancia no nos hace más felices. La sobreabundancia nos lleva más bien a una falta de medida” (p. 68). Y hace, en su opúsculo, un análisis de la sobreabundancia como una pérdida del equilibrio necesario para la salud integral y el florecimiento del espíritu humano. Repasa así equilibrios tan necesarios como: a) el equilibrio en la actividad, entre el ocio y el agotamiento; b) el equilibrio en nuestra autopercepción, entre la prepotencia y la baja autoestima; c) el equilibrio en las relaciones, entre el autocuidado y el cuidado del otro; d) el equilibrio en nuestra relación con la naturaleza, entre la depredación y el ambientalismo extremo; etc. Para concluir que “el éxito de nuestra vida depende de la medida correcta” (p. 6).

 

En la abundancia, se experimentarán el apego y la frustración; en la escasez, se experimentarán la impotencia y la penuria. En ambos casos, nos acompañará el sufrimiento. En la suficiencia, se experimentará la armonía de todo y con todo, así como un sentimiento de paz interior; nos acompañarán destellos de felicidad y bienestar. Ya no reiremos a carcajadas, sino que esbozaremos una frecuente y serena sonrisa. Ya no levantaremos la voz ante el improperio, sino nuestras cejas en señal de asombro. Ya no parlotearemos sin medida, sino que escucharemos mucho y nuestras palabras fluirán precisas y oportunas. Ya no nos agobiará el afán, sino que florecerá la paciencia en cada uno de nuestros pasos. Ya no nos obsesionará tener la razón, sino que nos acompañarán preguntas cada vez más profundas y fecundas. Ya no nos esforzaremos por ser los mejores en nada, sino que nos preocuparemos por ayudar a todo aquel que lo requiera. Ya no buscaremos saberlo todo, sino solo tener la certeza de que hay un sentido en nuestro vivir.

 

La justa medida, la sobriedad y la suficiencia son todas denominaciones del mismo concepto de equilibrio, necesario para una vida plena y auténticamente exitosa. Porque nos permiten conectarnos con nuestra propia esencia, la de los otros y la de la naturaleza, estableciendo con todos relaciones armónicas y pacíficas. Nos lo dice Anselm en su texto: “La medida correcta es buena para el ser humano. Corresponde a su esencia. Por lo tanto […] no se trata de apelaciones morales, sino de un camino que conduce a una vida saludable, una buena vida y una vida hermosa” (p. 53).

 

Ramiro Restrepo González

Enero de 2026

miércoles, 14 de enero de 2026

SOÑÉ CON EL FIN DE LOS IMPERIOS

 

En la noche más plácida que haya disfrutado en mi vida, con tan intensa fruición que aún sigue acompañándome, soñé con una sociedad global sin imperios. Vi quedar atrás, en el amarillento álbum familiar de la historia humana, las imágenes de los imperios asirio, romano, persa, mongol, otomano, maya, azteca, chino, estadounidense, ruso… Un interminable repertorio de abusos, ambiciones, desmesuras, guerras y poder, detrás de un falaz ideal de desarrollo, social y ambientalmente depredador.

 

Entendí claramente que los imperios han sido hijos de la ambición y la ignorancia, las dos expresiones más claras de la inmadurez de nuestra especie. Y que, en una sociedad global, ya en su edad adulta, madura y civilizada, los imperios sencillamente se habían vuelto innecesarios. Sapiens, al fin. Con todos los problemas asociados a la supervivencia, el desarrollo y la diversidad de los pueblos, pero con un acendrado espíritu compartido de las libertades y las responsabilidades, y con un claro sentido del destino compartido como especie y como planeta.

 

Fue entonces cuando desperté, y no demoré en recordar la larga lista de compromisos que esperaban en mi agenda. Pero fue un despertar alegre, que iluminó aquel día. Porque entendí, de repente, que el despertar tiene sentido y que da sentido a la faena diaria el vivir despiertos. “Más temprano que tarde, será realidad”, me dije.

 

Ramiro Restrepo González

Enero de 2026

PENSAR EL DESPUÉS DE LA TORMENTA…

 

Sin duda alguna, 2026 se perfila como un año tormentoso:

Cambio climático, con una estela de desastres ya fuera de control y sin voluntad política aparente para enfrentarlo.

Inteligencia artificial, con agobiantes dilemas éticos e importantes impactos socioeconómicos, aún no resueltos ni controlables.

Sustitución del sistema multilateral, en un orden mundial basado en reglas, por un transaccionalismo monopólico, ventajoso, imprevisible y agresivo.

Y un concierto de guerras in crescendo alrededor del mundo: Ucrania, Gaza, Yemen, Sudán, Congo, Myanmar, el Sahel, para solo mencionar las más relevantes.

 
Ya, solos, estos cuatro escenarios son algo así como los cuatro jinetes del apocalipsis de Juan. Y ahora viene a sobreagregarse la reciente invasión militar de los EE. UU. a Venezuela, en una operación que forma parte de una intervención mayor en toda la región. Así lo declara formalmente la reciente National Security Strategy (ver ACÁ): “Estados Unidos debe tener preeminencia en el hemisferio occidental como condición para nuestra seguridad y prosperidad, una condición que nos permita afirmarnos con confianza donde y cuando sea necesario en la región” (p. 17, subrayado nuestro). Es la esencia de lo que el mismo texto denomina el “Corolario Trump” (p. 15), algo así como un anexo a la anacrónica doctrina Monroe.

He ahí lo complejo de la situación sobreviniente: una dictadura abominable, la del maduro-chavismo, que aún no termina; y una potencia que la usa como pretexto para invadir un país soberano, pasando por encima del derecho internacional, de organismos multilaterales como el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y la OEA, de tratados vinculantes… Todo con el fin de imponer sus objetivos de dominación. Inaceptable situación por donde se la mire: ni dictaduras (paradójicamente en aumento en el mundo) ni invasiones imperiales; ninguna de ellas resulta ya admisible. Todo el andamiaje civilizatorio, construido con esfuerzo y conquistado con sangre en dos guerras mundiales, ha quedado, de repente, hecho añicos.

Y todo viene a ocurrir justo en un año en el que se jugará, en las urnas, el futuro político próximo de varios países de la región: empezando por los EE. UU., con sus legislativas de noviembre; y siguiendo con las presidenciales de Brasil, Perú y Colombia.

Como he dicho, desde el primer párrafo, 2026 es ya un año suficientemente tormentoso. Frente a realidades tan crudas y obligantes, desde este modesto Blog, hacemos un llamado a la reflexión serena, despolarizada y con visión de futuro. Sobre todo, un llamado a que, desde un plano de consciencia elevado, alcancemos a ver más allá de la tormenta y trabajemos, con redoblado esfuerzo, por construir ese futuro diferente que todos nos merecemos: en paz, equidad y armonía (entre nosotros y con la naturaleza).

La dirigencia, pública y privada, de nuestras sociedades está al frente de retos decisivos. No es hora de movilizar ejércitos, sino liderazgos. Liderazgos que eleven la consciencia y sean capaces de ver más allá de la tormenta: humildes y perspicaces, para examinar sus causas; con suficiente valor, para colocar el bien común por encima de mezquinos intereses políticos, económicos u organizacionales; inspiradores de una nueva manera de relacionarnos entre todos y de todos con la naturaleza; con autoridad moral, para inspirar una dimensión trascendente de la vida de las personas y de la convivencia de los pueblos.

Líderes, en fin, que nos ayuden a mantener viva la esperanza cierta de que, después de ese cuarto movimiento de Relámpagos y tormenta, vendrá ese sorpresivo quinto movimiento de Alegría y sentimientos de agradecimiento después de la tormenta, con los que el inolvidable Beethoven nos iluminó en su sexta sinfonía, La Pastoral.

Ramiro Restrepo González
Enero de 2026

martes, 6 de enero de 2026

LO POLÍTICAMENTE CORRECTO

Lo “políticamente correcto” es un concepto que no tiene padre reconocido, pero todo parece indicar que se posicionó socialmente hacia comienzos de los años 70. Es, pues, un “hijo natural” que goza de buen prestigio. Casi se ha vuelto norma y es mal visto cuando nos expresamos de maneras que son consideradas políticamente incorrectas. Así que se nos volvió una especie de asepsia social, ya asfixiante, que se ha ido apoderando subrepticiamente de nuestro lenguaje y de lo que llaman opinión pública.
 
Voy a recurrir a tres ejemplos concretos, para desenmascarar la hipocresía, y hasta la ignorancia, que esta práctica social nos ha instalado en medio de la conversación.
 
Ejemplo 1: el lenguaje inclusivo

Es lo más políticamente correcto que conocemos. Hasta el extremo de llegar a proponer “azafato”, “azafate” y otras sandeces. ¿Sabe?: mejor diga auxiliar de vuelo, para que se evite hacer el ridículo. Porque, bajo esa lógica, terminaremos diciendo adolescenta, cirujane o inmigranta. Definitivamente, la ignorancia es atrevida, y hasta divertida. Desconocemos, a la ligera, que una cosa es el sexo y otra el género. Y que este, el género, es tan aleatorio como las culturas. En alemán, por ejemplo, la palabra niño es neutra (das Kind), sol es femenino (die Sonne) y luna, masculino (der Mond). Pero el niño seguirá siendo varón, de sexo masculino, en cualquier idioma, hasta que se demuestre lo contrario. En Esperanto, todas las palabras tienen el mismo género, que parece femenino en castellano, pues “la” es el artículo que las acompaña a todas, indistintamente del género gramatical y del sexo biológico. Igual ocurre en el latín clásico, en el que no existen los artículos determinados (el, la, los, las) ni los indeterminados (un, una, uno, unos, unas). Otra es la discusión sobre si el sexo es binario (varón-hembra) o más bien es un espectro. Pero esa discusión no es, ni gramatical, ni cultural. Es científica y pertenece al terreno de la biología.
 
Ejemplo 2: vivimos el mejor de los mundos en la historia

No se atreva a decir lo contrario, porque lo tildarán de apocalíptico, pesimista o, en el peor de los casos, de comunista, disociador y peligroso. Mostrar conformidad con un orden social y económico (absolutamente disfuncionales, por supuesto) es lo políticamente correcto, a pesar de la abrumadora evidencia estadística y científica que nos dice lo contrario. Esta evidencia la ratifica el Wold Inequality Report 2026, que se acaba de publicar:Hoy en día, el 10% más rico de la población mundial gana más que el 90% restante, mientras que la mitad más pobre de la población mundial capta menos del 10% del ingreso global total. La riqueza está aún más concentrada: el 10% más rico posee tres cuartas partes de la riqueza mundial, mientras que la mitad más pobre solo posee el 2%”. Y la tendencia, como se aprecia en las gráficas del reporte, agudiza cada vez más esta realidad.

Pero disentir del orden establecido, del statu quo, resulta anatema, blasfemo o, cuando menos, incómodo. Ello es especialmente sensible en ámbitos gubernamentales y organizacionales. ¿Censura institucional e institucionalizada? No me cabe duda, con un toque de docta hipocresía muchas veces, y de simple y supina ignorancia en otros casos

Ejemplo 3: la iglesia católica es santa e infalible

Es lo que hay que decir o, al menos, aceptar que se diga, resignada y repetidamente, para ser visto como políticamente correcto. Nada, sin embargo, resulta más falso a la luz del examen histórico, riguroso y objetivo. La iglesia católica ha sido una de las instituciones más corruptas y criminales en la historia de la sociedad occidental. No es necesario citar los conocidos casos de la “Santa” Inquisición, que inició Lucio III contra los cátaros, en la Francia de 1184; ni de las Cruzadas, iniciadas poco después. Ambos eventos fueron escenario de lo que hoy llamaríamos, con toda propiedad en el DIH, genocidios; pero, en esa época, eran meras “guerras santas”. Lo insólito es que hasta hoy siga siendo aceptado de esa manera. Y no se sostiene el hipócrita argumento de que, para esa época, las valoraciones de los hechos eran diferentes. Jesús, el hombre de Nazareth o, por lo menos, el relato inspirador de tal personaje, en cuya visión siempre se han apoyado, desnaturaliza de raíz esta falsa salida. 

Hay otros episodios menos publicitados. Citaré dos.

El primer episodio: el “presunto” asesinato de más de 12 papas. Y uso, no solo comillas, sino el adjetivo presunto, porque la opacidad de la iglesia nunca permitió la evidencia forense, ni siquiera en nuestros días. Pero ya tenemos la confesión del excapo de la mafia italiana, Antoni Raymondi, primo del cardenal Paul Marcinkus (1922-2006) quien, según Raymondi, fue el directo victimario del Papa Juan Pablo I. Así confiesa, en el libro When the bullet hits the bone (Cuando la bala impacta el hueso): “‘Estaba de pie (sic) en el pasillo frente a los aposentos del Papa cuando sirvieron el té’, escribe; y agrega que la droga hizo tan buen efecto, que su víctima no se habría movido ‘ni siquiera si hubiera habido un terremoto’”. Juan Pablo I acababa de ser envenenado a manos del cardenal Paul Marcinkus.

Y el segundo episodio:  el titular del New York Post, en la cita referenciada, habla de fraude bursátil (stock fraud), precisamente porque el cardenal Marcinkus, quien debió resignarse a morir encerrado en el Vaticano, por cargar sobre sus espaldas una circular roja de Interpol, fue el enlace vaticano de la mafia internacional que terminó en la quiebra del Banco Ambrosiano, del cual el Banco Vaticano (IOR) era el principal accionista, estando este bajo el mando del difundo Marcinkus. “La distancia entre los asuntos de Dios y de la mafia es prácticamente inexistente cuando se analiza la historia del Banco Vaticano”, escribe al respecto María Medinilla. Todo parece indicar que la inminente limpieza financiera, que pretendía llevar a cabo Juan Pablo I, fue el verdadero móvil de su asesinato. Esas son las santas credenciales de la iglesia católica, apostólica y romana, “fuera de la cual no hay salvación”

De suerte que en eso consiste lo políticamente correcto: hipocresía institucional impuesta socialmente como decencia, para mantener a la sombra la indecencia de un orden institucional y unos entramados de poder malolientes. Claro que, si tomamos la definición de La Rochefoucauld sobre la hipocresía, no nos sentiríamos tan mal: “la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud”, nos decía. Pues yo, por mi parte, renuncio a los homenajes.
 
La hipocresía es un fenómeno asfixiante que puede obedecer a múltiples propósitos: a) normalizar unas “buenas maneras” en la convivencia; b) imponer una forma de censura sutil y seductora; c) ejercer una sanción social sobre lo disonante; d) asegurar la uniformidad en aras de la cohesión social; e) o una simple forma, incorrecta y abusiva, de acorralar lo poco que queda de pensamiento crítico. Cualquiera sea la elección, resultará desagradable. Lo valiente es reconocer que no hay verdad dulce y agradable. Que la verdad siempre confrontará, interpelará, exigirá cuentas y resultará terriblemente incómoda. No importa que se exponga de manera serena y desarmada. Por eso, el pensamiento crítico, lo políticamente incorrecto, siempre estarán en el terreno de la serena verdad de las mentes lúcidas, valientes y coherentes. La verdad escandaliza a los cobardes. La verdad estará siempre reservada a los valientes.
 
Ramiro Restrepo González
Enero de 2026

 

Referencias bibliográficas usadas:

World Inequality Lab. World Inequality Report 2026. P. 12. Ver ACÁ.

Yallop, David. En nombre de dios. Ver ACÁ.

Hamilton, B. Meet the mobster who claim he helped whack Pope John Paul I over stock fraudNew York Post, octubre 19 de 2019. Ver ACÁ y ACÁ.

Medinilla, M. et al. Banco Ambrosiano y los escándalos del Vaticano: cuando Dios y la mafia se sientan a la mesa. El Economista, julio 3 de 2023. Ver ACÁ.