EL VALOR DE LO INÚTIL
¿Se ha puesto usted a pensar para qué, ¡carajo!, sirve
el velocímetro en una motocicleta? Si a nadie de los que las conducen he visto
que le importe un rábano su velocímetro… Y, bueno, esta pregunta inicial, que
suena a broma, es más seria de lo que parece. ¿Ha pensado usted cuántas cosas y
asuntos son considerados inútiles por nuestra cultura, en este caso la cultura
del motociclista? Y valga una digresión acá, porque el asunto es precisamente
cultural. ¿Cree usted que, en el caso del motociclista, se puede hablar de “su”
cultura? Recordemos que cultura es una derivación del verbo latino colere,
que significa cultivar; es decir, que culto es un ser humano cultivado, no un
ser humano en obra negra, colombianismo para aludir al estado rústico y
primitivo de algo, como parecen ser casi todos nuestros motociclistas. Termino
la digresión. ¿Se le ha ocurrido pensar, incluso, que el calificativo de inútil
responde a una especie de purga cultural, al estilo de los regímenes
totalitarios, en los que el pensamiento, en sus mejores expresiones, ha sido y
sigue siendo marginado y excluido?; ¿se ha detenido a ponderar cuánto valor
desperdicia usted y desperdicia nuestra sociedad, en esa arbitraria
clasificación de bienes y asuntos, entre útiles e inútiles?; en resumen: ¿se ha
detenido usted, en su vida, a apreciar el valor de lo inútil?
Denominamos útil todo bien, asunto o suceso que
responde a un propósito utilitario, es decir, orientado a resolver un problema práctico
o satisfacer una necesidad funcional; y, a todo aquello que no tiene ese
propósito, por lo menos evidente, lo enviamos a las “tinieblas exteriores” bajo
el despectivo apelativo de inútil. Pero, en rigor, es algo simplemente no
utilitario. Y, en realidad, lo no utilitario abarca, tanto bienes, asuntos o
sucesos banales, como otros sumamente valiosos.
Oscar Wilde dedicó un título bastante revelador al
ensayo más culto, erudito y refinado que le conozco: La importancia de no
hacer nada. En él, aborda la cultura griega como la mejor expresión de la
crítica artística, en tanto un arte en sí mismo. “…los griegos —nos
dice— inventaron la crítica de arte del mismo modo que inventaron la crítica de
todo lo demás. Después de todo, ¿qué es lo que más debemos a los griegos? Sólo
el espíritu crítico” (Ver ACÁ). Pero, en nuestra cultura, se tiene
como inútil el arte y, mucho más, la crítica (artística, literaria, política,
social…); el pensamiento crítico es mirado como políticamente incorrecto, algo
incómodo, a ser evitado en lo posible. Efectivamente, son asuntos no
utilitarios. Pero cuál de los dos más valioso. Vaya, si debemos empezar justo
por revalorizar el espíritu crítico, para hacer frente a esta era de decadencia
contemporánea del espíritu.
Bien
vale la pena que exploremos otros ejemplos, menos prosaicos y dolorosos que el
del velocímetro de nuestro inefable e inculto motociclista, para que nos
ayudemos a repensar el asunto. La siguiente es mi lista corta de inutilezas contemporáneas
valiosas (con la venia de la RAE). Las voy a clasificar en tres pequeños
grupos: cotidianas, lucrativas y existenciales.
Cotidianas
Acá encuentro un amplísimo repertorio, pero listo mis
3 favoritas:
El saludo
Como expresión de la cortesía. Al amigo y aun al
desconocido. En el trato con otros y aun con la naturaleza. Es la expresión más
elemental del reconocer la existencia del otro, de lo otro, otorgándoles con
ello legitimidad de interlocutores. “Más que inteligencia, necesitamos
amabilidad y cortesía. Sin estas cualidades, la vida será violenta y todo se
perderá”, anota Chaplin en el Discurso final de “El Gran Dictador” (ver la fuente en su autobiografía ACÁ).
La puntualidad
Aunque casi siempre perderá su tiempo, justo esperando
a los impuntuales, sigo considerando que es una de esas pequeñas utopías que
nos permiten poner a prueba que la coherencia funciona. O, mejor, que unas
sociedades coherentes serían mucho más funcionales y productivas; y, por lo
tanto, mejores lugares para vivir. ¿Ha pensado cuánto dinero le cuesta a cualquier
sociedad la impuntualidad de sus habitantes?
La honestidad
En una sociedad caracterizada por el “ser pillo,
paga”, ser honesto es ya una quijotada, al punto que se la asocia con falta de inteligencia.
Póngala a prueba en una sencilla situación cotidiana: la cajera del
supermercado se equivoca con los vueltos; es frecuente; si es en contra del
cliente, viene el reclamo inmediato; y ¿si es a favor? ¿procedemos a alertar y
retornar lo recibido en exceso? La honestidad, por eso, es otra osadía, que
pone a prueba la utopía de que una sociedad confiable será una sociedad
ganadora, a diferencia de esa perdedora sociedad de desconfiados que hemos construido
y tolerado, cuando no usufructuado de manera cómplice.
Cortesía, puntualidad y honestidad. Tres opciones no utilitarias,
pero suficientes para construir confianza pública, el bien común más valioso y escaso
en las sociedades contemporáneas. Es el valor de lo inútil. Y podríamos hablar
del valor de otras inutilezas: la amistad, el ejercicio físico, el sueño…
Valiosas formas de “perder” el tiempo.
Lucrativas
Sí. Fue precisamente Walt Disney el encargado de
demostrarnos que el ocio es todo un neg-ocio (del latín nec = no y otio
= ocio; o sea, literalmente, negocio se ha entendido como el no-ocio).
Simpática paradoja, con la que Disney evidenció que lo no utilitario no es tan
inútil como lo ha condenado a aparecer nuestra cultura. Disney, pues, es un
imperio basado en el negocio del ocio. Veamos algunos ejemplos similares:
El aviturismo
Observar aves bien puede considerarse una de tantas
opciones de ocio no utilitario. Pero, con una población de observadores de aves
estimada en 60 millones de personas en el mundo, el aviturismo es ya una
actividad que, según la BBC, le reporta a los Estados Unidos alrededor de US$ 35.000
millones anuales, algo similar al PIB de un país como Costa Rica (ver ACÁ). Colombia, con más de 1900 especies registradas, un 20 % del estimado
mundial, se consolida ya como líder mundial en esta actividad (ver ACÁ).
La lectura
¿Cuántas utilidades produce un ejecutivo leyendo una
novela, un ensayo, un papel científico? Suena ridícula la pregunta, porque
evidencia el pobre rasero utilitarista de nuestra cultura, al asignarle un papel
inmensamente marginal a esta actividad milenaria. Sin embargo, es bueno
recordar que la industria editorial representa alrededor del 3,0 % del PIB
mundial, casi comparable con lo que generan industrias como la aérea (3,9 %),
el doble que la publicitaria (1,5 %) y ligeramente inferior a la automotriz (3,6
%). Nada despreciable. Y ello no incluye el PIB generado por el impacto que la
lectura produce en quienes leemos habitualmente. Es la tara hereditaria del
economicismo puro y miope, la que nos impide valorarla en su justa medida. Me
pregunto: ¿qué tanto leen un ejecutivo o un político contemporáneos?; y, como
la respuesta es casi obvia, repregunto: ¿esa falta casi absoluta de lectura en
nuestros dirigentes no está acaso en la raíz del fatal impacto que vienen
teniendo sus decisiones?
Existenciales
Las llamo así, porque tocan los fundamentales de
nuestra existencia. Estas son mis cuatro favoritas:
El silencio
El hacer nada. El acallamiento de toda voz exterior,
por supuesto. Es el prerrequisito. Pero, más allá de eso, es el acallamiento de
nuestras voces interiores: del cuerpo, de la mente, del espíritu. Es la nada.
Es dejar que nuestra realidad fluya y flote en el vacío y se pueda, por fin,
escuchar a sí misma. Desde su esencia misma, desde su impulso más primigenio.
No escucharemos voces. Pero, si somos constantes en el ejercicio, empezaremos a
ver; y a ver con una mirada diferente. Algunos lo llaman
meditación y abundan guías para hacerlo. Sí, ya ha adivinado: el silencio es un
hábito que debe ser recuperado. Tanto más, en una sociedad caracterizada por el
ruido. ¿Cuánto produce? Nada y todo. Nada, desde la valoración utilitarista
dominante; todo, desde el punto de vista de la calidad de vida de cada ser
humano. Que, justo al disfrutar de una mayor calidad de vida, será más íntegro,
más asertivo, más presente mentalmente; y, como resultado, más productivo para
esa sociedad utilitarista que lo reclama.
La lentitud
Indisolublemente ligada al silencio, exige hacer la
pausa en el activismo insulso de nuestra vida diaria. Ya escribió Byung Chul
Han acerca de La sociedad del cansancio (ver o descargar ACÁ). Una sociedad embarcada en una carrera loca por el éxito, la
productividad, el crecimiento del PIB… en fin: por esa caricatura que llaman
progreso. Una sociedad en la que, como dice Honoré, el “objetivo es embutir el
mayor número de cosas por hora” (ver o descargar ACÁ). La lentitud, como estilo de vida, es la visión opuesta: seguir y
respetar los ritmos de la vida, como única fuente del auténtico bienestar. Y,
como consecuencia, de la auténtica productividad. Por eso, la moderna tendencia
de la filosofía de la lentitud lo que se propone es recuperar los equilibrios
perdidos. Bien se pregunta Honoré, en el artículo citado: “¿Tiene realmente
sentido leer a Proust aplicando las técnicas de la lectura rápida, hacer el
amor en la mitad de tiempo o cocinar todas las comidas en el microondas?”. ¿Qué
produce la lentitud?: no más dinero rápido, sino mejores seres humanos: con
tiempo, presencia plena y visión limpia de la realidad; mejores sociedades,
mejores decisiones…mejores resultados finalmente.
El ensayo
Una sociedad hipercompetitiva, que penaliza el
fracaso, cancela también el ensayo como vía de aprendizaje. Porque ensayar es
el arte de equivocarse. Equivocarse con sentido o propósito. Como la evolución
misma: un proceso milenario de ensayo-error-ensayo… Y olvidamos que somos el
hijo mayor de la deriva evolutiva, es decir, que somos el ensayo más riesgoso
del proceso evolutivo. Somos un ensayo y nos da temor ensayar. ¡Vaya paradoja!
O, peor: nos da miedo equivocarnos. Por una sola razón: lo difícil que nos
resulta asumir nuestros errores, por falta de humildad y de actitud curiosa de
aprendizaje. Así, por la ruta del orgullo y el miedo, cancelamos la aventura
del descubrir. ¡Qué mal negocio!
La utopía
De Tomás Moro (1478-1535), heredamos este formidable concepto.
Literalmente significa “algo fuera de lugar”: en griego, οὐ (ú) = no, y τόπος (topos) = lugar. La utopía es, así, la hija mayor del
pensamiento crítico: algo políticamente incorrecto, socialmente incómodo, fuera
de lugar. Es el pensamiento crítico destilado en impertinencia. Al respecto,
lúcida remembranza de Sócrates hacía Byung Chul Han en su discurso de
aceptación del Premio Princesa de Asturias (ver ACÁ): “La función del
filósofo —según Sócrates— consistiría en agitar a los atenienses y
despertarlos, en criticarlos, irritarlos y recriminarlos” (La apología
de Sócrates. Platón). Todo, para permitir que surjan utopías: sueños poderosos
de un futuro diferente y posible. Frente a ello, nuestras sociedades siguen
optando por la conformidad, crudamente retratada por León de Greiff en su poema
Villa de la Candelaria (escrito justo frente a la iglesia La Candelaria
y la Bolsa de Valores de la ciudad de Medellín, en el año 1910; ver ACÁ): “Vano el motivo/desta prosa:/nada.../Cosas de todo
día./Sucesos banales./Gente necia,/local y chata y roma./Gran tráfico/en el
marco de la plaza./Chismes./Catolicismo./Y una total inopia en los
cerebros...”.
Ramiro Restrepo
González
Febrero de 2026