viernes, 22 de mayo de 2026

¿CRECIMIENTO ECONÓMICO CERO?

 

La historia de la humanidad, en términos económicos, ha transcurrido entre eras de abundancia (más de lo necesario) y eras de escasez (menos de lo necesario), y solo en situaciones excepcionales ha transcurrido bajo el signo de la suficiencia (justo lo necesario). Y ambos modelos, abundancia y escasez, han convivido en el tiempo, bien en diferentes grupos sociales, o aún dentro de un mismo conglomerado social.

 

Desde el inicio de la era industrial (1712), nos embarcamos en una larga era de abundancia creciente, hasta llegar a los excesos e inequidades de la actual sociedad de consumo. A tal punto, que llegamos a alimentar la ilusión del crecimiento económico sin límites y así lo consagramos en conceptos, casi dogmas, como el PIB y la competitividad. ¿Está llegando esta era a su fin?, ¿se acerca, cada vez más claramente, una era de crecimiento cero o, más aún, de decrecimiento? Usted podrá inclinarse por una u otra hipótesis. Pero lo que sí está claro ya es que ha llegado la hora de dar el debate y, quizás, de prepararse.

 

Hipótesis uno: seguiremos creciendo y más aún

 

Toda la ortodoxia y la institucionalidad económicas del mundo contemporáneo están construidas sobre el imperativo del crecimiento, como si se tratara de una ley natural similar a la gravedad. Solo se discute cuánto crecer.

 

En los últimos años, han surgido incluso nuevos profetas de una era de prosperidad económica jamás imaginada, que ya estaría en curso. Sus gurús, como era de esperarse, provienen de los sectores de la alta tecnología. Los pontífices de Silicon Valey son los primeros y ya suficientemente conocidos. Por tal motivo, pondré el foco en otras áreas de la tecnología menos visibilizadas. Son ellas la energía y la industria agropecuaria. La primera es el motor de toda la economía; y la segunda responde actualmente por las dos terceras partes del empleo mundial. ¿Y qué está sucediendo en estas dos áreas?

 

En el sector de la energía, los costos de las renovables han venido cayendo de manera abrumadora. Veamos las cifras: en los últimos 10 años, el costo de la energía solar ha caído un 80 %, el de la eólica un 55 % y el de las baterías un 90 %. Y, en los próximos 10 años decrecerán: un 70 % adicional la solar, un 50 % la eólica y un 80 % las baterías”. Son las proyecciones que nos ofrecen los futurólogos James Arbib y Tony Seba en su última obra Stellar (ver ACÁ, págs. 76-77, y ACÁ). El horizonte, pues, y más si sumamos la probable llega de la energía de fusión nuclear comercial (ver información ACÁ), es de energía casi gratuita e ilimitada.

 

Y, si aceptamos la tesis de que la plataforma energética ha sido la pieza fundamental en el engranaje económico y en el diseño de cada era civilizatoria, es claro que estamos ante un cambio absolutamente revolucionario. Algo comparable con el desarrollo de la electricidad en la segunda revolución industrial (1870-1914). En ello, a los señores Arbib y Seba y a toda la comunidad científica detrás de la energía de fusión nuclear, les asiste toda la razón.

 

En el sector agroindustrial, las cosas son igualmente revolucionarias, aunque menos publicitadas hasta ahora. Hace pocos años, en efecto, la investigación ha venido dando forma a lo que ya se conoce como la fermentación de precisión (ver ACÁ). Como todos sabemos, la fermentación es un proceso milenario aplicado en la producción de unos pocos productos de consumo: quesos, yogures, cervezas, pan, etc. La novedad es que, ahora, hemos encontrado la tecnología para sustituir los agentes naturales de la fermentación como la levadura, las bacterias y los hongos. Es lo que llamamos la fermentación de precisión, asistida por tecnología digital e IA. Ello ha permitido entrar a producir casi cualquier producto agropecuario como carnes (aves, vacunos, peces), lácteos, hortalizas, frutas, etc. Es decir, prácticamente toda la cadena alimentaria.

 

Y una precisión fundamental: no se trata de carnes, lácteos u otros productos, en versiones artificiales. La fermentación es un proceso natural. Por lo tanto, la totalidad de las características organolépticas y nutricionales se reproducen con total fidelidad. Incluso, mejorándolas, al poder suprimir en el proceso cualquier patógeno potencial, así como mejorar texturas y sabores. Lo que esta tecnología plantea es tan revolucionario como el desarrollo de la agricultura hace 10.000 años. De hecho, ya se habla del final de la agricultura y de la ganadería como las conocemos, con todas sus industrias asociadas: avicultura, porcicultura, piscicultura… Y ya no son asuntos de laboratorio, como que empiezan a proliferar las startups de esta tecnología, ya autorizadas para producir comercialmente (para mayor información, leer este documento ACÁ).

 

La consecuencia, según los teóricos e investigadores de esta línea, es que está a nuestras puertas una era de abundancia, basada en la creación, a diferencia de la era de escasez y extracción de la que venimos. De tal suerte que el pronóstico de crecimiento sería aún más optimista frente a lo que ya nos ha traído la revolución industrial.

 

Hipótesis dos: la era del crecimiento ha llegado a su fin

 

Otra corriente, que tiene no pocos antecedentes y fundamentos. A diferencia del anterior escenario, de fundamentación tecnológica, este otro escenario se basa en criterios biofísicos y demográficos. Veamos.

 

En primer lugar, es una evidencia científica que la biocapacidad de nuestro planeta ha venido menguando en las últimas décadas, producto de un modelo económico de maximización de rendimientos que ya consume más biomasa que la que el planeta es capaz de regenerar en el mismo periodo. Es decir, nuestro planeta viene, hace décadas, en situación deficitaria creciente en términos de biocapacidad (ver ACÁ). En términos prácticos, nos estamos quedando sin recursos para alimentar la infernal máquina de consumo que hemos construido. Y, sin recursos, no hay economía posible. La escasez crítica de recursos (hídricos, forestales, de suelo, de biodiversidad…) empieza ya a lastrar la economía global; y la tecnología solo está agravando la situación, como es el caso de los altísimos consumos hídrico y energético que los centros de datos están representando para apalancar la revolución digital. No en balde tantas guerras: son, en su gran mayoría, guerras por recursos escasos. De este horizonte ya nos advertía proféticamente el Club de Roma desde los años 70 del siglo anterior (ver ACÁ y ACÁ), con su estudio pionero Los límites del crecimiento.

 

En segundo lugar, la población mundial ha iniciado, por primera vez en siglos, un ciclo de contracción y envejecimiento que le ofrecerá a la economía, no solo menos consumidores, sino menores tasas de consumo per cápita. Las cifras ya son rotundas. Colombia, desde 2023, registra una tasa de reposición poblacional negativa, lo que significa que el número de muertes supera ya el número de nacimientos (la tasa de nacimientos por mujer fue de 1.6 en 2024, frente a la tasa de reposición poblacional necesaria de 2.1. Ver ACÁ). Similar situación se vive en el mundo, con algunas excepciones en África. Los efectos en reducción global de la población se irán filtrando gradualmente en las próximas décadas. Pero el fenómeno tiene raíces culturales, económicas y políticas tan profundas, que puede darse por una macrotendencia irreversible.

 

Así, el escenario que nos espera es bien simple: menos recursos, menos consumidores, menores tasas de consumo. El resultado aritmético es obvio: menguantes tasas de crecimiento económico (del PIB), hasta llegar a cero o volverse negativas. Lo contundente es que estas variables biofísicas y demográficas ya están en marcha. La revolución tecnológica de la energía y la industria agropecuaria están igualmente en marcha, pero están por verse aún sus resultados tangibles y, cuando menos, se verán severamente opacadas en sus potenciales resultados.

 

Por lo pronto, yo me alineo con la hipótesis de una sensible contracción económica global en las próximas décadas, lo que considero saludable. Será la pausa perfecta y obligada para repensar el modelo económico y nuestra cultura de consumo y pensar colectivamente en migrar a un modelo de suficiencia y sostenibilidad. Una economía humana para humanos, por fin.

 

Ramiro Restrepo González

Mayo de 2026

LA INFINITA PEQUEÑEZ HUMANA

 

En días recientes, los medios nos han informado que, en 2026, la pequeña sonda Voyager 1 (ver información oficial ACÁ) alcanzará una distancia del planeta Tierra equivalente a 1 día-luz (ver noticia ACÁ). Fue lanzada al espacio en septiembre 5 de 1977; es decir, le habrá tomado exactamente 50 años, poco más de media vida humana, alcanzar esta pequeñísima distancia cósmica de nosotros. Por contraste, recordemos que la estrella Próxima Centauri, en el sistema Alfa Centauri, la más próxima a nuestro sol, está a 4,24 años-luz, es decir, a una distancia 1544 veces superior. Y ni qué hablar de la estrella más distante conocida, Eärendel, situada a 12.900 millones de años-luz. Voyager 1, sin embargo, ha sido la mayor aventura humana en el espacio, lo que pone de presente nuestra sobrecogedora e insignificante pequeñez como criaturas.

 

Voyager 1 ya nos había sorprendido en 1990 cuando, a su paso por Júpiter, sus cámaras captaron en las profundidades del espacio un diminuto puntito azul pálido (así lo bautizó la prensa de la época; ver información oficial ACÁ), que correspondía a nuestro planeta. Recuerdo y conservo esa imagen por la sobrecogedora emoción que me produjo: ¡4.056 millones de seres humanos, la población global para ese año, trabados en guerras, violencia, hambre, sufrimiento y frustrados sueños de libertad y desarrollo, en un puntito apenas reconocible en la oscura inmensidad del universo!

 

Después del inevitable asombro que estas experiencias lejanas me producen, no dejo de esbozar una lenta y prolongada sonrisa compasiva, al observar, en el día a día de nuestra sociedad, la soberbia, la prepotencia y los alardes de poder que casi todos los seres humanos nos lanzamos a diario unos a otros, como individuos, o como colectivos, o desde ambas efímeras tribunas.

 

Razón les asiste a quienes han hablado de los legendarios golpes a la soberbia humana, especialmente occidental, provenientes casi todos de la ciencia. El primero llegaría con Eratóstenes de Cirene, el polímata griego del siglo III a. c., quien recogió la primera evidencia precientífica de la redondez de la tierra y de la naturaleza heliocéntrica del sistema solar. Debió asimilar la especie humana esa primera humillación de aceptar que el universo no giraba a su alrededor, sino que apenas éramos un pequeño accidente más, en una arquitectura que rebasaba nuestra imaginación. Todavía, sin embargo, fue necesario esperar 19 siglos (¡!) hasta ver quemar vivo en la plaza pública a Giordano Bruno, para que el heliocentrismo empezara a abrirse paso en la dura y soberbia cerviz de Occidente.

 

En época cercana a Bruno, 1550, el cristianismo occidental se vio obligado a aceptar, en la Junta de Valladolid, que los indígenas también tenían alma (esa especie de sustancia espiritual e inmortal que habita cada ser humano, según algunas religiones). Hasta ese momento, solo se les otorgaba el estatus social de animales. Apóstol de esta causa, más humanística que científica, pero cuya aceptación también costó sufrimiento y muerte, fue el fraile dominico Bartolomé de las Casas. El soberbio hombre occidental debió aceptar, entonces, que aborígenes y negros era iguales a él en dignidad y humanidad. Todavía, sin embargo, veríamos caer bajo las balas fanáticas, y por el mismo motivo, al líder negro Martin Luther King Jr., poco más de 4 siglos después.

 

Un tercer golpe nos llegaría en 1859, cuando Charles Darwin publicó El origen de las especies, en el cual expuso su teoría de la evolución, uno de cuyos postulados centrales es que todos los seres vivos (humanos, animales, plantas y microorganismos) tenemos un ancestro común, quizás una bacteria, una arquea o el hipotético y anónimo LUCA (Last Universal Common Ancestor). Es decir, que los humanos nunca tuvimos el exótico privilegio de nacer en la cuna dorada de un Edén bíblico, directamente moldeados por las manos de un alfarero divino, sino que somos hijos y formamos parte del maravilloso tejido de la vida, que ha evolucionado y florecido por siglos sobre este frágil planeta.

 

Y seguramente nuestra incorregible soberbia siga recibiendo golpes certeros en el futuro cercano, como toparnos con la cruda realidad de que una red de agentes de inteligencia artificial nos haga irrelevantes frente a la mayor parte de las tareas en las que hemos apoyado nuestros diferenciadores de homo habilis y animal racional (Aristóteles). O que, a la vuelta de la esquina, nos encontremos con la evidencia de que ni somos la única ni resultamos la especie más inteligente, en este abigarrado universo de galaxias, estrellas y planetas.

 

Ya no me preocupa cuántos golpes más nos esperan como especie. Me preocupa preguntarme qué hemos aprendido de los que ya hemos recibido. Y tal parece que poco o nada. No parecemos darnos cuenta de que, a golpes, la historia ha venido invitándonos a centrarnos en lo que constituye la esencia de nuestra condición de seres humanos: nuestra inmensa vulnerabilidad y pequeñez. Cuando asumamos esta, nuestra auténtica condición, consciente y deliberadamente, entenderemos que es nuestra única y verdadera fortaleza. Que la empatía, la mansedumbre, el goce, la contemplación… y muchas otras capacidades humanas profundas, todas ellas nacidas de la consciencia de nuestra propia fragilidad, son las que verdaderamente nos diferencian de todos los demás seres del universo y, sobre todo, son las que nos diferenciarán profundamente de las máquinas. Esa es la gran paradoja humana: nuestra debilidad es justo nuestra mayor fortaleza, pero solo cuando la hayamos asumido en consciencia y libertad. Como anota Debashis: “Cuando no tenemos nada que defender, nos volvemos verdaderamente invencibles” (Página 168, ver ACÁ).

 

Ramiro Restrepo González

Enero de 2026

miércoles, 6 de mayo de 2026

¿QUÉ ENTENDEMOS POR DESARROLLO?

 

Hoy, como pocas veces en la historia, la humanidad se debate entre dos opciones básicas de entender el desarrollo:

 

De un lado, la visión que aún se mantiene como la opción dominante: el modelo economicista. Lo llamo economicista, porque su prioridad suprema es la riqueza económica. Su ley fundamental es la competencia y sus indicadores básicos son: la competitividad y el PIB. Su rasgo fundacional es una visión lineal de los procesos económicos: extraer, procesar, distribuir, consumir y desechar. Como tal, no es un modelo de desarrollo sino de crecimiento, si somos rigurosos. Y ha demostrado ser exitoso en eso: en producir crecimiento de la riqueza, un pensamiento cerradamente crematístico.

 

De otro lado, la visión emergente: el modelo de desarrollo sostenible. Lo llamamos sostenible porque, además de generar capital económico, se preocupa además por asegurar, en el proceso mismo, la generación de capital natural y de capital social, no como adendas (la vieja filantropía, ya anacrónica) sino como parte estructural del modelo. Es decir, es un concepto integral: riqueza económica, social y natural. Su ley fundamental es la cooperación —solidaridad, participación— y sus indicadores básicos son la equidad económica, el bienestar humano y social, y la salud de los ecosistemas naturales. La coloquialmente conocida como Comisión Stiglitz llevó estos indicadores a lo que podríamos llamar una visión ampliada del PIB, que ya se está implementando lentamente en la Unión Europea (ver ACÁ y ACÁ). Su rasgo fundacional, por tanto, no es el pensamiento lineal y depredador, sino el pensamiento complejo y regenerativo. De este modelo, sí podemos predicar con propiedad que produce desarrollo. Contra toda resistencia y escepticismo, está demostrando empírica y ampliamente tener un potencial de éxito superior al modelo economicista.

 

Debemos ser conscientes del contexto civilizatorio en el que esta disyuntiva de opciones se nos plantea. Para ello, basta preguntarse por los resultados que el modelo economicista ha producido. Yo elijo los siguientes, como los más protuberantes:

 

Ha generado un crecimiento sostenido de la riqueza de todos los países, lo que ha permitido elevar el nivel de vida de la población, que no necesariamente su calidad de vida.

 

El problema subyacente es que la distribución de la riqueza ha sido cada vez más inequitativa, produciendo ya unos niveles de concentración inmorales en una pequeña élite global. Basten dos cifras: a) “La riqueza conjunta de los cinco milmillonarios más ricos del mundo se ha duplicado con creces desde el inicio de la década actual, mientras que la riqueza acumulada del 60 % de la humanidad se ha reducido”, según informe presentado por Oxfam en la reunión del Foro Económico Mundial de Davos en 2024 (ver ACÁ).

 

Desde el punto de vista ambiental, los resultados no son menos desastrosos: “En los últimos 50 años (1970-2020), el tamaño medio de las poblaciones de fauna silvestre analizadas se ha reducido en un 73 %, según las mediciones del Índice Planeta Vivo (IPV)” del Fondo Mundial para la Vida Silvestre WEF (ver ACÁ).

 

En resumen: un modelo económico que produce riqueza para unos pocos, marginando a gigantescas y crecientes masas de población de los beneficios del “progreso” y que, de paso, destruye los ecosistemas y recursos naturales, por su voracidad productiva y su simplista pensamiento lineal de extraer-producir-distribuir-consumir y desechar.

 

Sé que se alzan muchas voces en defensa de muchos supuestos logros. Sí, el mundo ha avanzado en muchos aspectos. Y hasta los marginados reciben sus migajas, expresadas en subsidios y ayudas al desarrollo. Pero una realidad es contundente: en un análisis integral, el mundo, el planeta, la sociedad global, NO SON MEJORES HOY. Un dato resulta contundente y lo repito y recuerdo: según el Stockholm Resilience Centre, ya hemos traspasado, de manera demente e irresponsable, SIETE de los NUEVE límites planetarios (ver ACÁ). Es decir, nos estamos colocando peligrosamente al borde del colapso planetario como especie. Y esto es ciencia, no tremendismo apocalíptico. ¿La causa?: un modelo económico, el economicista, que ya ha traspasado todos los límites naturales del sistema Tierra. El dilema, entonces, es simple: o presenciar activa o pasivamente el colapso o cambiar nuestro modelo económico y nuestros estilos de vida de manera radical. Como bien titula Jordi Pigem su último libro: Conciencia o colapso (ver ACÁ).

 

Repetidamente me he preguntado, sin embargo: ¿por qué no se escuchan y atienden todas las alarmas?, ¿por qué no se impone rápidamente un modelo económico que sí produce desarrollo, no solo crecimiento, y que empíricamente está demostrando ser superior al modelo economicista vigente, aún en el terreno económico? Y he logrado encontrar algunas respuestas, que el lector seguramente complementará de manera prolija:

 

UNO: hay demasiados intereses particulares asegurados e involucrados en el modelo vigente, que se rehúsan a enfrentar un cambio que, como todo cambio, se presume incierto. Como sabiamente decía Martin Luther King, en su Carta desde la Cárcel de Birmingham: “Desgraciadamente, es un hecho histórico incontrovertible que los grupos privilegiados prescinden muy rara vez, espontáneamente, de sus privilegios” (ver ACÁ).

 

DOS: el modelo ha producido una cultura marcada por el individualismo, la competencia, la velocidad, el dinero, el éxito personal, el consumo y un largo y tóxico etcétera, que tomará tiempo y esfuerzo superar. No hemos entendido que ese modelo nos embarcó en una carrera de ratas en la que, aún si ganas, sigues siendo una rata (K. Blanchard). En resumen: el economicismo, ahora capitalismo digital, ha moldeado una visión del mundo y un tipo de pensamiento que son absolutamente contrarios a las leyes de la vida y de la naturaleza. Cambiar esto no va a ser fácil, porque implica el derrumbe de infinidad de paradigmas y de intereses individuales y mezquinos.

 

TRES: la persistente escasez de liderazgos. No nos bastan ya esos seres humanos luminosos, pero esporádicos, que hemos tenido (Gandhi, Luther King Jr., Mujica, Francisco, Boff, Mangabeira, el ya olvidado Schweitzer, etc.). Han sido los pioneros, que han marcado el camino. Pero, ahora, necesitamos formar masa crítica; y, para ello, se requerirá seguramente una nueva generación. Con la actual, y con el sistema educativo vigente, no soy optimista.

 

Todo cambio, para desencadenarse, necesita tres componentes: a) un revolucionario desarrollo tecnológico; b) una grave crisis; c) y un nuevo tipo de pensamiento. Observo que han ocurrido justo en ese orden; y que solo se configura un nuevo orden cuando se ha completado el ciclo: desarrollo tecnológico, crisis desatada por este y un nuevo tipo de pensamiento como respuesta.

 

Ahora bien, los desarrollos tecnológicos ya están sucediendo y a gran velocidad. ¿Pero quién los gobernará? Con o sin ellos, pienso que terminaremos en una crisis y aprendiendo de ella, como ha ocurrido repetidamente en la historia de la civilización. Quizás, desde esas profundidades, surja el nuevo tipo de pensamiento que la civilización requiere con urgencia para asegurar su pervivencia en el tiempo.

 

Un ejemplo concreto ilustra bien lo expresado hasta acá. Lo presentaré en tres cortos apartados, para concluir esta nota:

 

UNO:

Un grupo empresarial antioqueño, que se posicionó como emblema industrial de Antioquia y del país, a punta de pensamiento de vanguardia en sostenibilidad, innovación, calidad y servicio, sufrió una radical transformación durante el segundo trimestre de 2024. Una toma hostil, por parte de otros dos grupos de inversión, que desencadenó todo un proceso de transformación. Veamos la cara A (amable), la que se entrega a los medios masivos de comunicación. Y veamos la cara B (bochornosa), que permanece en la penumbra.

 

DOS: la cara A

§  El incremento en ventas, en 2025 con respecto a 2024, fue del 10.7 %, es decir, 5 puntos porcentuales reales por encima de inflación.

§  La utilidad neta ajustada —la que va al bolsillo de los nuevos flamantes propietarios mayoritarios— tuvo un incremento, 2025 versus 2024, del 126,6 %, equivalentes a 1,7 billones de pesos que, con el descuento de los gastos de reestructuración, quedó en 1,2 billones. Negocio redondo …

§  Como ven, un modelo economicista a pleno vapor. ¿A costa de qué? Veamos lo que no nos cuentan.

 

TRES: la cara B

§  Un agresivo adelgazamiento de la estructura: alrededor de 1200 empleados debieron salir entonces “voluntariamente” de la organización. Entre ellos, 650 situados en zonas económicamente vulnerables del país como el departamento del Cauca y la zona de Santa Marta. Y no precisamente por falta de rentabilidad de las unidades productivas en las que trabajaban; solo por simplificación productiva.

§  El cierre del laboratorio de investigación y desarrollo en nutrición, salud y bienestar más reconocido del país; un centro de producción científica que, en alianza con la academia, financiaba becas e investigaciones específicas en salud y nutrición, generando una contribución significativa al desarrollo científico del país, a la par que innovación para la compañía.

§  La reducción a su mínima expresión de su fundación empresarial, cercenando así la proyección social, que fue baluarte del Grupo por décadas. Cualquier parecido con el señor Trump no es coincidencia.

§  Y quedan por fuera del inventario, por falta de información, el grave deterioro del clima laboral interno, así como la fuerte pérdida de confianza en el segmento de consumidores informados que, por desafortunada realidad, no abundan en el país.

§  Como ven, un modelo interesante de desarrollo sostenible en construcción, que se ve arrasado por una toma hostil de voraces grupos de inversión. Es el choque perfecto de las dos visiones de desarrollo de que hablamos.

 

Bueno, y a eso llamamos progreso. Ustedes se formarán sus opiniones y llegarán a sus propias conclusiones. Pero, sobre todo, sabrán mejor qué opción de desarrollo asumir.

 

Ramiro Restrepo González

Marzo de 2026

¿PAZ A LA FUERZA?

 

Me asombra profundamente ver la marcada tendencia de los sectores tradicionalistas y conservadores a imponer proyectos de paz, recurriendo a métodos de fuerza: leyes, ejércitos, policías, represión y hasta violencia de Estado declarada y abierta. La seguridad democrática, en la Colombia de Uribe, con sus 7837 ejecuciones extrajudiciales; la lucha antiterrorista, encabezada por los EE. UU. de Trump, con más de 600.000 inmigrantes deportados violentamente; el control territorial, en El Salvador de Bukele, con la tasa carcelaria más alta del mundo (1600 presos por cada 100 mil habitantes, seguido de Cuba con 800); y, así, muchísimos otros. Llamo conservadores a estos proyectos políticos, que más popularmente son conocidos como de derecha, porque, en mi concepto, son simplemente visiones políticas retardatarias y retrógradas, aferradas a la nostalgia de un supuesto orden pasado, fundamentadas en visiones simplistas, planas y miopes de la realidad.

 

Por otro lado, pienso que esa división entre derechas e izquierdas es ya más que obsoleta. Ya, en el siglo pasado, Ortega y Gasset afirmaba que "Ser de la izquierda o de la derecha es una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil" (ver ACÁ). Simplemente hay tendencias políticas retardatarias, centradas en la seguridad, y tendencias políticas progresistas, centradas en la libertad. Ver, al respecto, otra de mis notas en este blog: De Bukele a Mujica.

 

La paz a la fuerza, el emblema de las fuerzas conservadoras y retardatarias, más que un soberbio oxímoron, es una ingenua falacia populista. Es la paz romana del si vis pacem, para bellum (si quieres la paz, prepara la guerra). Facilismo de superficie, que persigue la fiebre en las sábanas, por su absoluta carencia de pensamiento crítico, complejo y profundo. Un pensamiento miope, que ignora la complejidad de las dinámicas sociales, económicas, humanas y políticas. Un pensamiento que ataca los síntomas de la inseguridad, pero que resulta incapaz de comprender sus causas dinámicas y estructurales: unos niveles de inequidad insoportables y unos niveles de educación y desarrollo humano precarios. Un pensamiento político que, paradójicamente, está teniendo hoy una creciente aceptación, que se va confirmando en los resultados electorales a lo largo y ancho del planeta. En efecto, así lo confirma el Democracy Report 2026 del V-Dem Democracy Institute sueco: “El 74% de la población mundial (6 mil millones de personas) vive actualmente en regímenes autocráticos”, siendo esta una tendencia creciente en las décadas recientes (ver ACÁ).

 

Cabe preguntarse cuáles pueden ser las causas subyacentes que hay debajo de esta tendencia y de esta preferencia por la seguridad, en aras de las libertades y los derechos civiles. Yo encuentro, al menos tres causas dominantes:

 

Causa 1:

 

El facilismo del corto plazo. Esta propuesta de paz a la fuerza viene siempre acompañada de resultados tangibles y vistosos en el corto plazo, que aplacan la ansiedad del electorado. Un ejemplo paradigmático fue el del expresidente Uribe en Colombia. Así reseñaron algunos medios digitales, lo que algunos pocos recuerdan: “En su primera campaña electoral, Uribe Vélez ofreció acabar con la guerrilla en seis meses de presidencia” (ver ACÁ y ACÁ). No obstante, todos sabemos que no fue hasta dos gobiernos posteriores cuando se logró firmar un acuerdo de paz, que el señor Uribe nunca aceptó, además, pero que logró desmovilizar a buena parte de la guerrilla mayoritaria: las FARC; aunque otra buena parte continuó alzada en armas, a más de 15 años del segundo mandato del señor de la guerra. El problema es que la memoria del electorado es frágil y su fanatismo es testarudo y perdurable. El señor Uribe produjo una efímera y pasajera sensación de seguridad, pero le dejó al país una herida, aún abierta, de 7837 ejecuciones extrajudiciales, según ha reportado la Comisión de Paz (ver ACÁ). Y su promesa fue solo populismo tropical al viento, sin ningún resultado sostenible en el tiempo.

 

Causa 2:

 

Las causas asociadas a la seguridad y la violencia de Estado despiertan los apetitos más instintivos y primarios de un electorado con baja cultura política y bajísimos niveles de desarrollo humano: la sed de venganza, los odios y el espíritu de supremacía moral, todos los cuales nublan la mente de la población, para intentar siquiera comprender las complejas dinámicas de los procesos sociales y de la violencia. Termina imponiéndose entonces el pensamiento plano, lineal, cortoplacista y miope, con su facilismo aplastante.

 

Causa 3:

 

La voracidad del capital, cada vez más oligopólico, ante cuyo curso infernal, todo lo que suene a derechos y libertades civiles resulta contrario y, por lo tanto, se convierte en objetivo político a remover. Resulta, así, la paz a la fuerza siendo la estrategia expedita y favorita de los regímenes políticos favorables al libre mercado, a los cuales les resultan más funcionales sociedades pasivas y obedientes.

 

Son, para mí, tres causas estrechamente interconectadas, suficientes para explicar la autocratización dominante y creciente de las sociedades contemporáneas. Un fenómeno que, en mi apreciación, constituye la gran paradoja de nuestras sociedades actuales: entender cómo, en la era de la información, algo así como la era de la segunda Ilustración, terminamos hipotecando nuestras libertades y derechos fundamentales, en aras de una efímera ilusión de seguridad y tranquilidad.

 

Ramiro Restrepo González

Marzo de 2026

martes, 21 de abril de 2026

SOMOS UNA CULTURA PORNOGRÁFICA

 

Hemos asumido una visión muy simplista de la pornografía; en gran medida, estimulada por los mismos sicólogos de profesión. Así, la hemos reducido a la explicitud de nuestra sexualidad, bien gráfica o actuada. Es, sin duda, una definición correcta, pero absolutamente pobre y carente de profundidad conceptual.

 

Más importante que la desnudez explícitamente exhibida de nuestro cuerpo y de nuestra sexualidad es la desnudez de nuestra intimidad; ya no solo física, sino interior: de nuestros deseos, fantasías, miedos y pasiones más profundos.

 

Y, dolorosamente, esta última modalidad de pornografía es la que se ha ido instalando silenciosamente en nuestra sociedad, arraigando profundamente en nuestra cultura. Al punto de poder decir que hoy vivimos plenamente inmersos en una cultura profundamente pornográfica, sin quizás darnos cuenta de ello.

 

Baste constatar que, durante las 24 horas del día, miles de millones de seres humanos vierten transparente e ingenuamente sus deseos, fantasías, miedos y pasiones, aún los más morbosos, en todas las redes sociales: en mensajes, diálogos, imágenes, videos y datos. En una palabra, desnudan inocente o intencionadamente su intimidad, en un exhibicionismo que ya resulta abiertamente obsceno, aparte de torpe y gratuito.

 

Es una conducta normalizada y masivamente incorporada, que tiene sus claras explicaciones, a mi modo de ver. La principal que le atribuyo tiene ver con el bajísimo desarrollo interior de quienes así se desnudan a diario en las redes sociales. Las personas no encuentran más salida a su vacío interior y a su angustia existencial, de los que generalmente no son conscientes, que exhibirse socialmente, para desesperadamente intentar obtener una mínima dosis aceptación y validación social, así sea en el disfrute morboso y cómplice de un “me gusta”.

 

Ha muerto, así, en nuestra cultura, todo trasfondo simbólico, intimista, ritual, romántico, estético y espiritual. Es el ramplón exhibicionismo de nuestros instintos más primarios, que castran toda profundidad, imaginación y poesía. Bienvenida esa cultura de mente “chata, roma y fría”, que denunciaba ya el poeta De Greiff hace más de un siglo. Bien ida y olvidada sea la cultura de “la vida profunda” de Porfirio Barba Jacob. Demos paso a la vida frívola y a la pornográfica cultura del morboso “me gusta”. La decadencia tiene y deja su impronta. Además, se impone, no por sus propias lógicas, sino por el omnímodo poder de las grandes corporaciones, especialmente las tecnológicas, que moldean la cultura, para ponerla dócilmente al servicio de sus megalómanos intereses económicos. Y no reaccionamos. Padecemos, así, impotentes, la mayor depredación civilizatoria conocida desde el imperio romano.

 

Estamos asistiendo masivamente a la ficción de Bentham con su panóptico, que Foucault se encargó de teorizar (Vigilar y castigar, 1975); o a la materialización del Estado totalitario de vigilancia, que Orwell noveló en la Oceanía ficticia de 1984, publicada en 1949. No gratuitamente hablamos hoy del capitalismo de vigilancia (Shoshana Zuboff: La era del capitalismo de la vigilancia, 2021). Las ficciones terminan ocurriendo. Ese Estado-cárcel, en el que la torre central de vigilancia, de la cárcel de Bentham, ha sido sustituida por la internet y su brazo armado, las redes sociales; y en la que los ciudadanos nos sentimos sigilosamente vigilados las 24 horas del día. Solo que, ahora, los carceleros somos nosotros mismos y la cárcel ha sido sustituida por una nueva ficción. Ahora la cárcel es una realidad y la libertad una ficción.

 

Así lo retrata Iñaki Domínguez en Ethic (ver ACÁ): “Vivimos en una sociedad de la vigilancia, donde nuestras vidas personales son cada vez más transparentes, dejando totalmente al descubierto nuestros datos, actividades y hechos privados”. Para luego concluir: “La sociedad de la transparencia es, ¿cómo no?, una sociedad pornográfica, donde nada se oculta”.

 

Ya empezamos a sufrir las consecuencias macrosociales; que, entre muchísimas otras, podría resumir en cinco:

La masiva BANALIZACIÓN de absolutamente todo, que está dando lugar a crecientes dosis de cinismo, ramplonería y generalizada disolución de los valores más elementales de una vida digna y civilizada.

La POLARIZACIÓN dominante en las relaciones sociales, causada por la tendencia de los algoritmos a favorecer los extremos y exacerbar la adicción y las pasiones más primarias.

La VIOLENCIA que domina ya la conversación pública.

Y la consecuencia más grave de todas, en mi opinión: el ADORMECIMIENTO general de grandes masas de seres humanos, que se verán privadas, así, literalmente castradas, de toda posibilidad de desarrollo interior y de acceso a niveles superiores de consciencia civilizatoria.

 

En resumen: la configuración de UNA SOCIEDAD DECADENTE, justo en el momento más crítico del planeta y de nuestra especie. Cabría recordar, así, la simpática y socorrida frase del comediante mexicano Roberto Gómez Bolaños, en su personaje el Chapulín Colorado: “Y, ahora, ¿quién podrá defendernos?”.

 

Ramiro Restrepo González

Marzo de 2026 

EL FRENESÍ ES EL VACÍO

 

Hoy vivimos en la cultura del clic. El pensamiento se ha reducido a lo que conocimos con el nombre inicial de un tweet. Las relaciones se vaciaron de sentimientos y se fundieron en la efímera emoción primaria de un “me gusta”. El frenesí se impuso sobre la lentitud. Amordazamos el silencio, la soledad, la lentitud. Y, con ello, el pensar, el disfrutar, el sentir...el ser. Solo nos ha quedado espacio para funcionar y hacerlo de manera cada vez más frenética. Hemos aceptado silenciosamente la dictadura de una sociedad orgásmica, que ha cancelado, por la vía rápida —valga la redundancia—, toda posibilidad de vivir a plenitud, deliberada, serena e intencionadamente; en una palabra: sabiamente.

 

“Hoy se eliminan todos los rituales y todas las ceremonias porque son un obstáculo para la aceleración de la circulación de información, de comunicación y de capital” (Byung-Chul Han, Capitalismo y pulsión de muerte, p. 110). Y una sociedad, despojada del ropaje simbólico de los rituales, será siempre una sociedad sin profundidad, sin norte y sin sentido. Nuestra civilización se ha degradado, así, hasta llegar a un modo de pensamiento y de lenguaje plano, lineal, digital, solo apto para funcionar, en el marco de lo que el mismo Chul Han llama “la sociedad del rendimiento”. Sin apenas percibirlo, hemos instrumentalizado la vida y la existencia humana. Nos recuerda ello al “hombre unidimensional”, que Marcuse vislumbró desde los años 60: “Los esclavos de la sociedad industrial desarrollada son esclavos sublimados, pero son esclavos, porque la esclavitud está determinada no por la obediencia, ni por la rudeza del trabajo, sino por el status de instrumento y la reducción del hombre al estado de cosa (Herbert Marcuse, El hombre unidimensional, p. 63).


Pienso que esa obediencia decidida y ciega del ser humano contemporáneo al frenesí del rendimiento no es más que un atajo existencial para huir de la angustia de enfrentarse a sí mismo y evadir las preguntas más fundamentales de la existencia: ¿quién soy?, ¿por qué y para qué estoy aquí?, ¿cuál es el sentido de mi existencia?


La gran paradoja es que esa carrera loca contra sí mismo termina mal: en el agotamiento crónico que conocemos en lenguaje anglosajón como burnout. Así lo reporta una reciente encuesta de la estadounidense Eagle Hill Consulting, contratada con Ipsos. “Más del 50 % de la fuerza laboral estadounidense está experimentando agotamiento crónico (burnout)”, reportaba recientemente el New Jersey Business Magazine (ver ACÁ). Entre los hallazgos de esta encuesta, sobresalen grandes pérdidas en eficiencia personal, servicio al cliente, capacidad de innovación y rotación de personal, entre otras. La pérdida más importante, sin embargo, no aparece en los resultados de la encuesta: la irreparable pérdida de la paz interior.


Hemos terminado esclavizados de fuerzas externas, que nos presionan hasta vaciarnos, en función de objetivos ajenos y baladíes, cuyo único atractivo, y falaz, es ocultarnos a la vista ese nuestro insoportable vacío interior. Y, cuando ya caemos exhaustos, nos encontramos de frente con la cruda realidad: somos unos prófugos de nosotros mismos que, en esa huida loca y frenética, hemos terminado perdiendo lo poco que teníamos: la esperanza. Es entonces cuando solo queda una salida: el suicidio. Y llama la atención que las más altas tasas de suicidio en el mundo las ocupan reiteradamente las sociedades más prósperas (justo las del máximo rendimiento) y las sociedades más precarias. Ambas puestas al límite de lo tolerable: los excesos extremos y las carencias extremas (ver AÇA el reporte de la International Association for Suicide Prevention).


En medio de todo, se nos escapa la sabiduría de nuestros pueblos ancestrales andinos, la sabiduría del sumak kawsay: del buen vivir y del buen convivir. Ese vivir en paz: consigo mismo, con los otros, con lo otro y con el todo superior del universo. La plenitud existencial de la suficiencia, que no de la codiciada abundancia, lejos de groseros excesos y ofensivas carencias. El justo y pacífico encuentro entre el desear y el poseer, entre el querer y el ser, entre el ahora y el entonces. Presencialidad consciente en el disfrute de la vida, siguiendo sus ritmos, avatares y sorpresas. No sería mucho pedir, a esta altura del desarrollo tecnocientífico al que hemos llegado como especie. Pero, de manera suicida, hemos decidido o aceptado mansamente que ese desarrollo se ponga al servicio de esclavizarnos y no de servirnos.


En este contexto, resuenan potentes las reflexiones de Carl Honoré, en su opúsculo Elogio de la lentitud (ver ACÁ):

“[…] nuestra obsesión por hacer más y más en cada vez menos tiempo, ha llegado demasiado lejos. Se ha convertido en una adicción”.

“Es inevitable que una vida apresurada se convierta en superficial”.

“Rápido equivale a atareado, controlador, agresivo, apresurado, analítico, estresado, superficial, impaciente y activo; es decir, la cantidad prima sobre la calidad. Lento es lo contrario: sereno, cuidadoso, receptivo, silencioso, intuitivo, pausado, paciente y reflexivo”.

“La paradoja es que la lentitud no siempre significa ser lento [...] Ser lento significa que uno controla los ritmos de su vida y decide qué celeridad conviene en un determinado contexto”.


Pero, a pesar de las evidencias, optamos por seguir en esa especie de carrera de ratas en la que, aun ganando —como dice Blanchard— sentimos que, al final, seguimos siendo ratas (y perdón a las adorables raticas). Es entonces el frenesí. Es entonces el vacío. Clic…

 

Ramiro Restrepo González

Marzo de 2026


lunes, 6 de abril de 2026

¿LA GENERACIÓN DE LA DECADENCIA?

 

Desde hace algunos años, he estado expuesto a experiencias con jóvenes emprendedores, en procesos de formación en liderazgo. Y debo confesar que ha sido para mí una experiencia absolutamente maravillosa: encontrarme cara a cara con generaciones nuevas, llenas de vitalidad, de fe en propósitos superiores y de una búsqueda genuina de una vida interior profunda y plena. Ha sido, pues, algo que me ha llenado de alegre esperanza sobre el futuro de la especie y de mi país.

 

Pero no se me oculta la otra cara, opaca y preocupante: la de esas inmensísimas masas —porque son eso: masas grises e informes— de jóvenes inmersos en estilos de vida intrascendentes, exhibicionistas, ruidosos y de una visión absolutamente primitiva del mundo. Sus “modelos” visibles se han autodenominado de mil maneras: infuencers, streamers, youtubers, instragramers, tiktokers, celebrities y un interminable etcétera, cada uno con su millonaria cauda de seguidores. Constituyen la basura y el lastre de la civilización contemporánea. Puro smog cultural, que ya está resultando asfixiante. Dos ejemplos criollos y recientes pueden ilustrarlo suficientemente.

 

El señor Yeferson Cossio

 

Este señor es lo que denominan genéricamente un “creador de contenido”. Esta definición carece de un calificativo indispensable: se trata, en realidad, de contenido basura: escandaloso, llamativo, morboso, para deleite de esas grandes masas de “cretinos digitales”, como los llama el neurocientífico Michel Desmurget (ver ACÁ).

 

En este contexto, el señor Cossio hizo la ruta Bogotá-Madrid, con la aerolínea Avianca, el pasado 11 de marzo de 2026. Estando en ruta, este creador de contenido basura activó lo que coloquialmente se conoce como un peo químico (stink bomb), causando un notable disturbio en cabina. Ante esta situación, Avianca procedió a cancelar el contrato de transporte del señor Cossio y a interponer acciones legales, que le podrían representar sanciones económicas, por parte del Ministerio de Transporte, cercanas a los col$ 10 millones. No sería la primera vez. Ya, en abril de 2025, la Superintendencia de Industria y Comercio había confirmado una sanción por publicidad engañosa al señor Cossio, por un monto de col$ 813 millones (ver ACÁ).

 

Una stink bomb —valga el detalle— “es un producto de broma diseñado para liberar un olor extremadamente desagradable, simulando la flatulencia, a menudo utilizando compuestos de azufre como el sulfuro de amonio o el butanotiol”; lo que, obviamente, debió generar incomodidad extrema en los pasajeros y la tripulación, así como un seguro desorden al interior de la cabina, que pudo poner en riesgo la seguridad de todos. La posterior excusa del señor Cossio, de que se trató de una activación accidental del elemento, no lo exime por supuesto. Portar ese tipo de objetos y sustancias está explícitamente prohibido en las reglamentaciones IATA y de Avianca específicamente (ver ACÁ y ACÁ). Detalles estos que, por supuesto, no tienen espacio en la supina ignorancia de un influencer.

 

El señor Luis Fernando Villa

 

Otro influenciador, conocido como Westcol, quien recientemente saltó a las primeras páginas de los diarios, por su entrevista al presidente colombiano en funciones, anunciando de paso su próxima entrevista al expresidente Uribe (¿será que el poder también vuelve cretinos a quienes lo ejercen?).

 

Entre otras sandeces, así declaró desenfadadamente a los medios: “Yo no estudié y estoy melo” (ver ACÁ). Melos (μέλος) es una palabra griega que significa canción, de donde se derivan melodía, compositor y otras. Pero esto no significa nada, en la microscópica mente de un influencer, quien ni debe imaginar que, en griego, se cocinó la civilización occidental que él depreda. Melo, en la jerga basura de este sector de la juventud colombiana, es sinónimo de muy bueno, excelente, perfecto o "bacano". Y, claro, sin estudiar, el señor Westcol se siente “bacano”. Es que, para sentir incomodidad con la ignorancia, se necesitan dos ingredientes que este cretino no llegará a tener jamás: a) una consciencia desarrollada, para humildemente aceptar nuestra gigantesca pequeñez e ignorancia; y b) una mente inquieta, curiosa, atormentada por infinidad de preguntas frente a todo; son las mentes que aprenden.


Reflexiones:

 

1.

Detrás de este fenómeno juvenil están, por supuesto, los voraces intereses de las grandes tecnológicas; en este caso, las plataformas de streaming y similares, que monetizan la estupidez humana: las necesidades de reconocimiento y atención de gigantescas y crecientes masas de ciudadanos, especialmente jóvenes, dispuestas a pagar por obtener un placebo que mitigue su radical desorientación existencial, su insoportable vacío interior y el agobio de llevar a cuestas una vida sin sentido ni propósito. Así, la cultura ha devenido en aturdimiento; la civilización, en espectáculo; y el futuro, en “ya veremos…”.


2.

Es, en medio de este océano de mierda, por donde navega una corriente juvenil, fresca y diferente: por su capacidad de preguntarse, por su consciencia sensible y abierta a nuevas realidades posibles, por su deseo de construir una poderosa visión del mundo, de país y de sus propias vidas. Tengo la certidumbre de que es la corriente mayoritaria (mainstream, como gustan decir los anglosajones). Solo que la mierda es más ruidosa, escandalosa e incómoda, como la stink bomb del señor Cossio, por lo que nos genera una falsa sensación de mayoría. Pero la imbecilidad nunca ha sido la corriente guía de la evolución ni de la civilización.


3.

La pregunta de fondo, sin embargo, persiste y no tiene que ver con la juventud; que, en el mejor de los casos, es síntoma y no causa. Esa pregunta es sencilla y rotunda: ¿está entrando nuestra civilización global en una era de decadencia, como ha habido tantas otras a lo largo de la historia? ¿En una era de oscuridad, como la llaman  Arbib y Seba (ver ACÁ)? Nada es seguro y confiemos en que no será así. Pero el riesgo es más elevado que nunca antes en la era industrial, es decir, en los últimos tres siglos; y la sintomatología ya resulta preocupante. Basta leer los “signos de los tiempos”, de los que hablaba el Nazareno de Belén (Mateo 16,2). En este oscuro e incierto panorama, inspira esperanza la profética frase de Leonardo Boff: “no tememos a la oscura noche, porque amamos las estrellas” (ver ACÁ).

 

Ramiro Restrepo González

Abril de 2026