domingo, 22 de marzo de 2026

¿Y SI APAGAN EL MUNDO?

 

“Un pequeño número de grandes empresas tecnológicas con sede en Estados Unidos controlan ahora una gran proporción de la infraestructura mundial de computación en la nube, es decir, la red global de servidores remotos que almacenan, gestionan y procesan todas nuestras aplicaciones y datos”. Amazon Web Services (AWS), Microsoft Azure y Google Cloud entre las principales, según reportó recientemente el periódico español El Confidencial (ver ACÁ, resaltado del original).

 

Lo anterior significa que, en manos de un potencia decadente, está literalmente el funcionamiento del mundo. ¿Imagina usted lo que significaría un apagón de la nube? Un sistema bancario bloqueado, un sistema de transporte (aéreo, terrestre y marítimo) paralizado, unos sistemas comerciales colapsados, unas redes de comunicación en ceros, un sistema de salud cerrado; y siga usted el inventario de lo que ocurriría, siguiendo la cascada posterior al colapso de los primeros grandes sistemas digitales globales (bancario, logístico, comercial, de comunicaciones y de salud). Y ya hemos registrado los primeros episodios: parciales y controlables, pero sintomáticos y significativos. Un ejemplo reciente tuvo lugar en la madrugada del domingo 8 de marzo de 2026, cuando un dron Shahid-136 bombardeó un centro de datos de Amazon Web Services en Emiratos Árabes Unidos, provocando un incendio que obligó a cortar la electricidad y, por lo tanto, el funcionamiento de los servicios de internet en su zona de influencia, incluidos algunos países africanos; todo ello, en el marco del conflicto que Irán sostiene con EE. UU. e Israel (ver ACÁ). Así concluye el diario El Confidencial con lo que considera la primera gran lección de esta guerra: “El conflicto ha dejado una estampa inédita: la de un ejército, el iraní, atacando deliberadamente centros de datos. El episodio revela que, al igual que puertos o centrales eléctricas, estas infraestructuras ahora son blancos de guerra” (ver ACÁ).

 

No gratuitamente, el CEO de Anthropic, Dario Amodei, se negó a cerrar un acuerdo con el Pentágono, que exigía rebajar los estándares de seguridad de Claude, la IA de Anthropic, para poder usarla en aplicaciones militares (armas autónomas) y de cibervigilancia ciudadana (ver ACÁ y ACÁ). Pero, entonces, el acuerdo lo cerraron los oportunistas e inescrupulosos de OpenAI. Y, mientras tanto, seguimos sin estándares vinculantes de gobernanza de la IA.

 

Rememora el mito del famoso botón rojo ubicado en los despachos de los presidentes de los EE. UU. y de la URSS, durante la guerra fría, para activar la guerra atómica, en caso de una confrontación abierta. Realmente se refería al teléfono rojo, instalado en los despachos de los dos presidentes, a raíz de la crisis de los misiles en Cuba, en 1963, con el fin de evitar malentendidos que pudieran desencadenar eventos como ese, de consecuencias mayúsculas. Ahora tenemos un nuevo botón rojo, pero esta vez real, y en manos de los grandes oligopolios de la tecnología digital, “los tres grandes”, de cuyo mal uso, accidental o deliberado, puede depender que el mundo contemporáneo se apague en un segundo y, con él, millones de vidas.

 

De otro lado, por años, se nos ha hablado del evento Miyake (ver corto documental ACÁ), como aquel evento producido por una explosión solar extrema, que desencadenaría un apagón de todos los sistemas eléctricos en la tierra y, consecuencialmente, un apagón digital y de todos los sistemas que le son dependientes, como ya los he indicado parcialmente.

 

Ahora, un hipotético pero posible evento Miyake futuro se ve potenciado por la aparición del enorme riesgo que la concentración oligopólica de las redes globales digitales, especialmente de la IA y la computación en la nube, supone para la humanidad.

 

El mayor riesgo subyacente a la penetración absoluta de la tecnología digital en todos los rincones del funcionamiento de nuestras sociedades es precisamente ese: si su acceso se ve interrumpido, nuestras sociedades se paralizan irremediable e instantáneamente. Nada permite el regreso, en tiempos razonables, a la operación manual, como pudo haber ocurrido en los momentos iniciales de la digitalización masiva de las operaciones. Y ese riesgo es hoy más real que nunca antes y puede materializarse por diversos motivos: geopolíticos, accidentales o ciberdelincuenciales. Literalmente, pendemos de un hilo (óptico, láser, eléctrico…). Recordemos que las guerras del futuro se librarán frente a un teclado o mediante comandos de voz dirigidos a sistemas “inteligentes”. Si, en la guerra Rusia-Ucrania, los drones remplazaron a los soldados, en las guerras del futuro, el código remplazará a los drones. Ya no se necesitará atacar centros estratégicos (logísticos, informáticos, energéticos, militares…); simplemente bastará silenciarlos y a prudente distancia. Anteriormente, los muertos eran un paso previo a la victoria; ahora serán una consecuencia posterior.

 

Es una de las razones por las que la soberanía digital es hoy un imperativo político de primer nivel. Permitiría la descentralización planetaria de los grandes sistemas digitales, hoy concentrados en una pequeña élite oligopólica, de claro sesgo geopolítico, por sus voraces intereses económicos. No gratuitamente, fue un asunto de primer plano en la agenda del encuentro de Davos de este año (ver ACÁ). La descentralización distribuiría también riesgos, diversificaría sistemas de protección y ciberdefensa, acercaría a los tomadores de decisiones a las contingencias y problemas y, sobre todo, reduciría significativamente el riesgo de un colapso total.

 

Ramiro Restrepo González

Febrero de 2026


SAPIENS, UNA ESPECIE EXTRAVIADA

 

En su primera lección de metafísica, Ortega y Gasset es claro: “…la situación del hombre –esto es, su vida– consiste en una radical desorientación. No, pues, que el hombre, dentro de su vida, se encuentre desorientado parcialmente en este o el otro orden, en sus negocios o en su caminar por un paisaje, o en la política […] una desorientación total, radical; es decir, no que al hombre le acontezca desorientarse, perderse en su vida, sino que, por lo visto, la situación del hombre, la vida, es desorientación, es estar perdido – y por eso existe la metafísica” (Ortega y Gasset, J. Unas lecciones de metafísica. P. 6, ver ACÁ).

 

Al sapiens, pues, no lo diferencian de sus hermanos menores en la deriva evolutiva (plantas, animales y los mismos elementos del universo) asuntos tan aceptados como la consciencia. Ya sabemos que, a través de absolutamente todos los seres, ellos y nosotros, se expresa la consciencia, como fuerza cósmica. Esa es una realidad sobre la que la ciencia misma nos ofrece cada vez mayor certidumbre (ver ACÁ).

 

Lo que realmente nos diferencia es nuestra radical desorientación, nuestro existencial extravío. Y, si se da un paso más, la posibilidad de darnos cuenta de nuestro propio extravío, que es en lo que consiste la autoconsciencia, esa sí, nuestro sello distintivo como sapiens, al menos cuando nos acompaña. Porque, a diferencia de la consciencia, que ocurre naturalmente (en nosotros, en las plantas, en los animales y en el cosmos), la autoconsciencia solo ocurre cuando la provocamos de manera deliberada. Y, cuando la provocamos y somos capaces de autodirigirla; es entonces, y solo entonces, cuando iniciamos nuestro proceso de desarrollo como sapiens; desarrollo humano lo denominamos. Por eso es necesario decirlo con claridad: la mayoría de los seres humanos, durante la mayor parte de sus vidas, no viven como humanos, no ejercen como tales, pues escasas veces despiertan en sí mismos esa esfera de la autoconsciencia. Ya lo decía el lúcido Antony de Mello: “sólo despiertos podemos entrar en la verdad y descubrir qué lazos nos impiden la libertad. Esto es la iluminación” (ver ACÁ).

 

Pero el primer paso de iluminación que produce la autoconsciencia es la angustia. El sentirnos perdidos, pendiendo del vacío y sin respuesta a las preguntas más fundamentales de la vida: ¿para qué la libertad?, ¿cuál es el sentido de la vida?, etc. Ya lo decía Fernando González, “el filósofo de Otraparte”, en su Libro de los viajes o de las presencias: “El hombre es ñudo, pleito enredado, un sucediéndose, y al comenzar la agonía se hace consciente de ello, pero sin saber nada, y por eso la agonía es el horror inefable…” (ver ACÁ).

 

Sin embargo, la angustia, la agonía, no es algo malo que nos sucede. Es, más bien, nuestro ritual de paso, de iniciación en la esfera de lo auténticamente humano. Así lo constata Arjomendi: “La angustia es la manera en que comprendemos nuestra indeterminación en el mundo, pues debemos dilucidar de dónde hemos sido arrojados y a dónde nos proyectamos, cuál es nuestro fundamento y cuál nuestra finalidad” (Arash Arjomandi. El principio de certidumbre. P. 15, ver ACÁ).

 

En ese lapso de angustia y agonía, atravesamos el desierto de nuestras propias búsquedas, hasta escuchar el llamado. Así vemos que ocurrió en muchos seres humanos, cuya iluminación posterior nos acompaña hasta hoy: San Agustín, con su vida disoluta de juventud, similar a la de Marx o Rousseau; o, más recientemente, la errática juventud de Byung-Chul Han, el pensador contemporáneo. Es que sentirse perdido es el paso cero para descubrir el rumbo, el sentido de la vida. El problema radica en que la mayor parte de las personas se sienten ubicadas e incluso viven “instaladas” en su modus vivendi, “dormidas”, como diría De Mello, sin percatarse de que están perdidas. Hasta que ocurre ese momento alfa, como en el Apocalipsis de Juan: la revelación. Lo llamo “momento alfa”, por el tipo de ondas que produce nuestro cerebro (alfa y theta, especialmente) en estados de calma profunda, relajación y meditación. Justo los momentos propicios para ver diáfanamente y, sobre todo, para cambiar profundamente nuestra mirada sobre el ser y el mundo.

 

Entonces, sí, es la epifanía (del griego πιφνεια: πι = sobre, por encima de, y φνεια = aparición). Es la aparición, por encima de la cotidianeidad y de nuestra prosaica condición humana, de lo que Teilhard de Chardin denominaba el fenómeno humano, esa deriva evolutiva de complejidad-consciencia, expresada a través de nuestra frágil y errática forma de vivir y comprender la realidad. Entonces, sentiremos que “el hombre es junco sembrado en tierra y que se eleva al cielo”, como bellamente escribiera Fernando González (ver ACÁ, p. 48).

 

Mientras ello no ocurra en nosotros y desde nosotros, seremos sapiens, como especie, pero extraviados en el universo, en la evolución y en nuestra historia. Y, extraviados, todos nuestros actos y palabras se convierten en extravíos, como los que nos han terminado llevando al estado global de policrisis social y ambiental en el que nos encontramos.

 

Ramiro Restrepo González

Febrero de 2026

viernes, 6 de marzo de 2026

LA DESCONFIANZA COMO ESTÁNDAR

 

Puedo recordar vívidamente haber presenciado de niño cómo mi padre cerraba negocios con un fuerte apretón de manos. Mi padre fue lo que llamamos coloquialmente un finquero y, a partir de cierta edad, un pequeño inversionista de propiedad raíz. Nada de promesas de compraventa, ni notarías ni abogados de por medio. Era el honor personal, materializado en la seriedad de la palabra, amigablemente empaquetada en un sólido y cálido apretón de manos.

 

La nostalgia no ayuda, pero estimula las comparaciones. He vivido, por estos días, el viacrucis de firmar varios acuerdos de mediana y alta cuantías con entidades reconocidas de la ciudad. Y he seguido y observado con paciencia el proceso; pero, sobre todo con gran curiosidad, tan engorroso camino que las organizaciones han terminado desarrollando. Supuestamente, en aras de la productividad. He llegado, así, a varias conclusiones:

 

1. La burocratización de las organizaciones ha fragmentado el trabajo de las personas a unos niveles aberrantes. He debido recibir requerimientos provenientes de múltiples funcionarios, sin que ninguno de ellos muestre tener control de la totalidad del proceso. De esa manera, he terminado atendiendo, una y otra vez, requerimientos cada vez nuevos que, en ocasiones, resultan incluso contradictorios; entonces, he debido esperar a que los funcionarios vayan limando sus diferencias.

 

Así, desde la perspectiva del cliente, observo que ya no se dispone de la famosa “ventanilla única”, a través de la cual se pueda conducir toda la relación cliente-empresa, proveedor-empresa. Y, desde la perspectiva del funcionario, bien puedo imaginar que su trabajo resulta siendo una mezcla de dos componentes tóxicos: a) seguir un listado frío de requisitos, como los denominan los estándares de gestión de la ISO, y los cuales basta ir chequeando cual extensas listas de compras; b) o, peor, hacer de pasaladrillos, coloquialismo colombiano para indicar que el funcionario no resuelve nada, no agrega valor, y que todo asunto empieza a pasar de mano en mano, para que otro se encargue. A la final, observo claramente que el resultado no es productividad sino ineficiencia y costo.

 

Pero, más allá del pretendido y no logrado objetivo de productividad, me pregunto: ¿con una imagen tan fragmentada del trabajo, es posible que un trabajador desarrolle un sentido de propósito, una visión de su contribución, y encuentre sentido en su trabajo?, ¿es posible que el cliente termine con un balance donde el valor agregado resulte siendo superior al consumo de energía?

 

2. Y, cuando en mi curiosidad me pregunto por las causas de esta situación, encuentro varias hipótesis que me conducen todas a una única conclusión: sin apenas darnos cuenta, creo que hemos hecho de la desconfianza el pilar fundacional del funcionamiento de nuestras organizaciones. Es incluso explícito de alguna manera: la ISO, por ejemplo, predica que sus estándares han sido desarrollados para generar confianza en el comercio internacional. Y, sí, los estándares nos ayudan a lograr consensos sobre unos mínimos sociales de calidad, pesas y medidas, seguridad, riesgos, servicio, etc., lo cual genera confianza entre los actores del mercado. Pero no olvidemos que son solo herramientas de gestión; y sospecho que se nos han vuelto gestores, es decir, han terminado suplantando la voluntad de los actores del mercado y se nos han convertido en dogmas, fosilizando, de paso, las estructuras organizacionales. De esa manera, más que generar confianza, la erosionan. Más que generar valor, agregan costo.

 

3. Como tales, los estándares de gestión (calidad, ambiente, seguridad, información, riesgos, gobernanza, etc.) han perdido su norte: ya no contribuyen al desarrollo propiamente, sino que, cada vez más, se convierten en una pesada carga de improductividad y deshumanización del trabajo. Recordemos que ya se contabilizan más de 25.000 estándares, solo por parte de la ISO, uno solo de tantísimos organismos normalizadores en el mundo. Una cifra que, más que abrumadora, encuentro absurda. ¿Imagina usted una organización cumpliendo con esa enciclopedia de requisitos?. La prueba reina de que esto no está funcionando nos la ofrece la misma ISO en su portal de internet: el 45,6 % de sus estándares (¡casi la mitad!) están enfocados en UNO SOLO de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible que contempla la agenda mundial de desarrollo. Ese único objetivo es el 9: Industria, Innovación e Infraestructura (ver ACÁ). Y justo cuando la vanguardia del desarrollo mundial ya no pasa por el meridiano de la industria. Fundada en febrero de 1947, justo al inicio de la posguerra, tal parece que la ISO se quedó anclada a mediados del siglo XX y en un ambiente de guerra fría, en el que generar confianza entre socios aprehensivos era una urgencia. Quizás, por eso, su presupuesto implícito y fundacional ha sido la desconfianza en el interlocutor. Así, la ISO es hoy, a mi modo de ver, la multinacional líder del pensamiento fósil.

 

Las jerarquías y los protocolos dividen, fragmentan, mecanizan al ser humano, lo conviertes en un recurso más dentro del complicado engranaje productivo. De esa manera, no solo fosilizan las organizaciones, sino también el pensamiento. Observe que ya resulta frecuente, ante una solicitud razonable, argumentada y hasta obvia, que el funcionario de turno nos responda: “el sistema no lo permite”. ¿Dónde quedan el criterio, el buen juicio, la capacidad decisoria, hasta el mismo sentido común? ¿En un frasco de formol, debidamente estandarizados y certificados?

 

Me viene a la memoria el incidente que la tripulación del módulo lunar Eagle, del Apolo 11, debió enfrentar en la fase final de su alunizaje, el 20 de julio de 1969. El alunizaje debía realizarse de forma automática; pero, en el último tramo del descenso, la computadora de abordo se bloqueó por el exceso de información en proceso y empezó a emitir mensajes de error (las inolvidables alarmas 1201 y 1202, que ni los técnicos de la Nasa sabían interpretar, en ese crítico momento). Neil Armstrong, el comandante de la misión, no dudó un segundo en tomar el control manual de la nave: manipulando un simple joystick, condujo el módulo, con tino y precisión, al mejor punto de alunizaje, hasta posarse suavemente en el Mar de la Tranquilidad, como estaba previsto en el plan de vuelo; incluso contraviniendo las indicaciones de su computadora de abordo. Su pericia y su tranquilidad interior lograron finalizar con éxito la más osada misión espacial que la humanidad había emprendido hasta el momento (ver la historia ACÁ). Por simple contraste pedagógico, imagine usted al Armstrong funcionario y burócrata, reportando al centro de control de vuelo: “Houston: aquí, Apolo 11. Sobre el alunizaje, les informo que ‘el sistema no lo permite’”. La nostalgia no ayuda, pero estimula las comparaciones…

 

Al respecto, resulta también refrescante, incisivo y contundente el escritor italiano Pino Aprile, en entrevista con el diario español El Confidencial:

“Las burocracias o jerarquías multiplican la estupidez y la hacen eficaz […] porque su misión, la de toda jerarquía, es existir y para ello necesitan hacer algo que justifique su existencia […] las jerarquías tienen una misión. Trocean las tareas hasta volverlas tan simples que cualquier cretino pueda realizarlas” (ver ACÁ).

 

Digamos, entonces, que hemos terminado estandarizando, certificando e institucionalizando la estupidez. Y para eso no se diseñaron los sistemas de gestión. No quiero ni siquiera imaginar ahora a nuestras organizaciones alimentando sistemas de inteligencia artificial con sus enciclopédicos manuales de procedimientos. Van a bloquear hasta los centros de datos, como le ocurrió al computador de abordo de la Apolo 11. ¿Contaremos, entonces, con pilotos experimentados, sesudos y tomadores de decisiones, como Armstrong, o tendremos que responder con desesperanza: “el sistema no lo permite”?

 

Ramiro Restrepo González

Marzo de 2026

HABILIDADES... ¿BLANDAS?

 

Sin lugar a dudas, el concepto de habilidades blandas sigue de moda en la jerga gerencial. Si alguna vez tuvo validez, lo que no comparto, hoy resultaría un exabrupto. Con tal término, se alude a un conjunto muy heterogéneo de capacidades humanas, clasificadas como socioemocionales: comunicación, relacionamiento, trabajo en equipo, adaptabilidad, etc., todas ellas relacionadas con lo que también se conoce como inteligencia emocional.

 

Para comenzar, no son habilidades. Toda habilidad (homo habilis) se refiere a la capacidad de utilizar herramientas. Las habilidades, por tanto, pertenecen al terreno del funcionamiento mecánico (hipotalámico) del ser humano. La esfera socioemocional pertenece, por el contrario, a la esfera del funcionamiento límbico. Y, aunque el ser humano es un todo integrado en su funcionamiento, es bien claro que el modelo de desarrollo industrial hipertrofió el funcionamiento mecánico del ser humano, reduciéndolo así a un mero apéndice de la máquina (otra herramienta más, como está comenzando ya a suceder de nuevo con la IA). Para comenzar, entonces, hablemos mejor de capacidades humanas. Que eso es el sapiens (posterior al habilis): una caja de capacidades, al servicio de un universo infinito de potencialidades y posibilidades. Hablemos entonces de capacidades socioemocionales.

 

Pero, aun así, no funciona hoy hablar de capacidades socioemocionales como guía para la mejor efectividad del trabajo y de las organizaciones. La lógica es muy simple: para que una estrategia o variable de gestión resulte efectiva, debe ser funcional al sistema dentro del cual opera. Y las capacidades socioemocionales son antifuncionales en el actual sistema económico. Un ejemplo basta para sellar el debate: esperar que ser compasivo y ser competitivo sean compatibles es absurdo. O se compite, y ferozmente, como lo exige la dinámica del modelo economicista vigente —del mercado, para ser más precisos—, o se es compasivo y se funciona dentro de otro modelo, el cooperativo. Competir es pasar por encima del contrincante; ser compasivo es correr con él y ayudarle si lo requiere, cooperar, servir. En mi opinión, las capacidades socioemocionales son tan ineficaces, dentro del modelo económico vigente, que los actores de este, sabiéndolo, las predican o toleran, para proyectar una imagen decente de un sistema, que ya es notoriamente indecente. Como dijera T. S. Eliot, “La última tentación es la mayor de las traiciones: obrar bien por malos motivos” (ver ACÁ). O, como agudamente anota Byun-Chul Han, “También se han descubierto las emociones en el nivel de la gestión empresarial, porque la gestión emocional es mucho más profunda, de modo que con ella se puede explotar más a fondo”[1].

 

Invito, entonces, a que nos sinceremos y dejemos de hablar de esa pendejada de habilidades blandas o socioemocionales. Por esa vía, no llegaremos jamás al desarrollo humano profundo ni al desarrollo del auténtico liderazgo en las organizaciones.

 

Desde otro ángulo, encuentro pertinente aportar otra reflexión. El concepto de habilidades blandas, en contraposición del concepto de habilidades duras, se me parece bastante a la manida muletilla cultural del sexo débil. ¿Cuál sexo débil?: ¿el masculino? Porque lo que es la mujer ha demostrado científicamente tener mejor dotación para sobrevivir en condiciones adversas: más reservas en su organismo (biología), más resiliencia en su espíritu (sicología), más capacidad de cooperación con su entorno (empatía, relaciones sociales). Gandhi, con su enfoque no violento de resistencia pacífica (supuesta competencia blanda), liberó a la India sin disparar un solo cañón (supuesta competencia dura). Caso gemelo al de Mandela, quien lo adoptó, para liberar a Suráfrica de la opresión racial. Y similar situación se repitió en Brasil, único país de América que no pasó por una guerra de independencia. Y, ambos, India y Brasil, entre los territorios más grandes de nuestra geografía.

 

Después de la ola de las habilidades blandas, nos empezó a llegar otra ola: las habilidades STEM, el acrónimo anglosajón de Science, Technology, Engineering y Maths. En un horizonte tecnologizado y dominado por la IA, ese modelo deslumbró al sistema educativo a lo largo y ancho del mundo. Su brillo, sin embargo, duró menos de una década. Terminamos dándonos cuenta de que no era otra cosa que un refinamiento de la visión mecanicista del trabajo humano. En un informe de 2025, el Foro Económico Mundial retorna a los equilibrios perdidos, con gran sentido de pragmatismo.

 

En efecto, si revisamos los detalles del informe The Future of Jobs Report 2025 (ver ACÁ), observamos que las mal denominadas habilidades blandas vuelven a encabezar el rankin, compartiendo de tú a tú con las consideradas habilidades duras. Así lo podemos leer en su página 40: “el cuadrante superior derecho destaca las habilidades que ya son fundamentales en las organizaciones actuales y se prevé que sigan creciendo rápidamente. Habilidades como la IA y el big data (D); el pensamiento analítico (B); el pensamiento creativo (B); la resiliencia (B), la flexibilidad (B) y la agilidad (D); y la alfabetización tecnológica (D) no solo se consideran cruciales ahora, sino que se prevé que adquieran una importancia aún mayor”. Entre paréntesis, indiqué el carácter de cada una: dura (D) o blanda (B). Como se ve, las llamadas habilidades blandas superan ya o, como mínimo, igualan a las llamadas STEM.


Un poco más conciliador este informe, aunque sigue hablando de soft y de hard skills. Nuestro punto es que esa es una visión anacrónica, anclada en la visión taylorista del trabajo humano. De lo soft, ya he dicho que pienso. De lo hard, sea repetir que se trata de habilidades instrumentales periféricas, circunstanciales, que utilizan una pequeñísima parte de la capacidad del ser humano (funcionar, operar, memorizar, razonar…), justos aquellas en las que la IA nos barrerá en pocos años del escenario. En lugar de centrarnos en lo que nos hace verdaderamente humanos: nuestras capacidades esenciales: sentir, imaginar, soñar, desear, amar, afiliarse, trascender…, todas las cuales implican al ser humano de manera profunda e integral. ¡Cuán difícil es superar el paradigma mecanicista que soporta el modelo económico igual, economicista como he dicho.


Ramiro Restrepo González

Febrero de 2026



[1]     Byun-Chul Han. Capitalismo y pulsión de muerte. P. 148. Ver ACÁ.

domingo, 22 de febrero de 2026

NO MÁS REPRESAS

 

En junio de 2018, publiqué una nota titulada ¿Más Hidroituangos? (ver en este mismo blog), a raíz de la grave contingencia constructiva que vivió dicho megaproyecto en abril de ese año. Invito a leerla o releerla. Hoy está en el centro del debate otra presa (represa, si lo prefiere); en este caso, Urrá, por las gravísimas inundaciones que han tenido lugar en su área de influencia. Un desastre multicausal, pero que tiene actores principales conocidos. Piense, por un momento, qué sensaciones tendría si todas sus arterias son pinzadas de trecho en trecho, a lo largo de todo su cuerpo. Ni más ni menos, es lo que hemos hecho con nuestros sistemas fluviales en el mundo.

 

Vienen a mi memoria, de manera inevitable, la cultura y la forma de habitar el territorio de la etnia zenú, que pobló todo lo que hoy conocemos como la depresión Momposina, territorio de Urrá precisamente, en la convergencia de los ríos Magdalena, Cauca, San Jorge y Cesar (y la cuenca asociada del río Sinú), parte de la cual es la subregión conocida como La Mojana, en el norte colombiano. Esta zona, por sus características hidrológicas y geográficas, es altamente cambiante, entre paisajes de ciénaga y paisajes de sabana, que se alternan de manera dinámica a lo largo del año. Lo sorprendente de esta cultura precolombina es que “…pudo controlar el ritmo de inundaciones y sequías al que se ve sometida esta geografía, y demostró con ello que no solo es posible habitar la Depresión Momposina, sino que este también parece ser un territorio capaz de sostener, en armónico equilibrio, una cultura estable sin mayor disturbio”, según constata un grupo de investigadores de la Universidad de Antioquia, liderado por César Olmos-Severiche (ver ACÁ). Nada de lo cual resulta posible hoy, vergonzosamente, ante la mirada impotente de los mismos zenúes, que siguen siendo la segunda etnia indígena más numerosa del país, pero sometida y atropellada por lo que hemos convenido en denominar progreso.

 

La gran paradoja de eso que seguimos llamando progreso es que la inmensa red de miles de kilómetros de canales, artesanalmente construidos por los zenúes, superaron largamente en eficiencia y eficacia la sofisticada ingeniería de la represa Urrá y la compleja legislación que regula su operación, dentro del aún más complejo sistema eléctrico colombiano. La respuesta, sorprendentemente, es bien simple para mí: quizás solo ha sido que la soberbia occidental se ha revestido de ciencia y tecnología, pero ha olvidado lo más elemental: entender las lógicas de la vida y de la naturaleza, en lo que los zenúes, por su inteligencia y humildad, resultaron superiores, al habitar ese mismo territorio, sumido hoy en un caos de inundaciones y pérdidas.

 

La población de hoy no es comparable con la de los zenúes y, por lo tanto, no lo son las demandas energéticas, por supuesto. Por eso, construir presas ha sido, sin duda, la opción más económica y eficiente para responder a una creciente demanda energética, dentro de lo que el estado de la ciencia y la tecnología nos han podido ofrecer hasta ahora, con sus riesgos y costos socioambientales asociados, que no resultan menores. En ese sentido, Urrá, Hidroituango y otras, es decir, las casi 40 centrales hidroeléctricas grandes que se han construido en el país, han sido opciones necesarias. Satanizarlas es algo que me parece históricamente injusto. Pero… ¿siguen siendo necesarias hoy, incluso viables, cuando el panorama tecnocientífico ha cambiado radicalmente? Más aún: ¿cuándo los costos socioambientales de tales proyectos empiezan a ser prohibitivos e inmanejables? Basta observar el inventario de desastres ocasionados por “accidentes” de presas a lo largo del mundo y de los años. Y, de otro lado, ¿siguen siendo necesarias y viables, cuando las variables ambientales han cambiado igualmente de manera tan dramática? Tengamos en cuenta que febrero, en todo el registro histórico de la región, ha sido un mes seco, con promedios de pluviosidad de 121,49 m3/s; pero este febrero comenzó con registros de 1537 m3/s; es decir, ya no estamos hablando de un incremento en la pluviosidad; estamos ante una nueva realidad: un punto de inflexión, irreversible por demás, en las dinámicas hidrológicas, consecuencia del cambio climático. Y esta realidad, puntos de inflexión, sí no la afrontaron nuestros queridos antepasados zenúes. De suerte que estamos ante nuevas realidades ambientales y tecnológicas, que nos obligan, pero a su vez nos permiten, repensar nuestro modelo energético.

 

El señor Juan Acevedo, presidente de la hidroeléctrica Urrá, respondía, con sinceridad que le reconozco, a una entrevista de la emisora La W (escuchar ACÁ), horas antes de verse obligado a renunciar a su cargo: “nosotros hemos tenido un manejo responsable del embalse”, dijo, y se desgranó con propiedad en el marco técnicojurídico que lo respalda. Yo quiero creerle al señor Acevedo, aún a pesar de los informes de la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales que dicen lo contrario. Pero eso es accesorio, en mi opinión. También sabemos que, en los inicios de la industria aeronáutica, los pilotos lograban aterrizar visualmente sus avioncitos con aceptable grado de aproximación; y que hoy, con toda la aviónica disponible a bordo para controlar el vuelo, sus descendientes se estrellan con impresionante exactitud. Estamos ante realidades que nos sobrepasan sencillamente; tecnológicas, en el caso de los pilotos; ambientales, en el caso de las represas. Las soluciones tecnológicas que adoptamos en el pasado, en este caso las hidroeléctricas, están quedando inferiores a esas nuevas realidades, es decir, están quedando en el pasado. Por eso mi invitación: NO MÁS PRESAS. La hice hace ya 8 años y la reitero hoy, con renovados argumentos.

 

¿Qué necesitamos? UNA TRANSICIÓN INTELIGENTE. Justo como la que se hizo del carbón hacia la generación hidroeléctrica. Es decir, ojalá no se construyan más presas; ni en el país, ni en el planeta. Por el contrario: ojalá empiecen a demolerse, y empecemos a apostar decididamente por nuevas alternativas. Así está sucediendo ya en el mundo. No soy ingeniero ni experto en asuntos energéticos, para afirmarlo; pero soy un observador crítico y documentado. Por eso, ofrezco datos… y reflexión crítica:

 

Desmantelamiento de presas en el mundo:

 

Los datos ya se acumulan abrumadoramente. Veamos algunos pocos:

 

“Un informe recién publicado contabiliza al menos 239 presas eliminadas en 17 países europeos en 2021” (ver ACÁ), marcando un récord histórico, así como una tendencia creciente. Y el mismo informe ofrece una razón bien poderosa para hacerlo: “Una disminución del 93% de los peces migratorios de agua dulce en Europa (Índice Planeta Vivo) requiere medidas urgentes y la eliminación de estos obstáculos no solo es necesaria para la vida silvestre, sino también para un futuro más saludable de nuestras sociedades”.

 

Según American Rivers (ver ACÁ), entre 1912 y 2024 (112 años), se han removido 2240 presas en los Estados Unidos (un promedio de 20 por año).

 

Y un dato final, global: “Durante el último medio siglo (1950-2016), se han eliminado progresivamente 3869 presas (incluidas presas de fecha de desmantelamiento desconocida) en ríos o arroyos en todo el mundo” (ver ACÁ). Esto refleja un promedio de 58 presas/año.

 

En conclusión: hoy se desmantelan, en el mundo, un promedio de 58 presas por año y se construyen menos de 50. Por eso bien señala un artículo de Jacques Leslie: “Se acerca el fin de la era de las grandes represas”. Y complementa: “No habrá otra 'revolución de las presas' que iguale la escala de la construcción de presas de alta intensidad experimentada a principios y mediados del siglo XX”. Ver ACÁ. Y las razones abundan: los altos costos, los riesgos socioambientales asociados, la creciente oposición pública, el auge de las energías alternativas, entre las principales. Pero hay una razón más poderosa. Veamos.

 

Transición energética en el mundo:

 

Un reciente libro de James Arbib y Tony Seba, titulado Stellar (marzo de 2025, ver ACÁ), nos aporta la ESTOCADA FINAL para las grandes presas: en los últimos 10 años, el costo de la energía solar ha caído un 80 %, el de la eólica un 55 % y el de las baterías un 90 % (P. 75); y, en los próximos 10 años decrecerán: un 70 % adicional la solar, un 50 % la eólica y un 80 % las baterías, según sus proyecciones (P. 76). Nada qué hacer. Las grandes presas quedarán como monumentos faraónicos y prehistóricos, que inevitablemente entrarán en un costoso proceso de marchitamiento final y la transición energética se impondrá rápidamente por la simple fuerza bruta del mercado.

 

A modo de reflexión final:

 

Estamos en un punto de INFLEXIÓN HISTÓRICA y, en buena medida, aún no lo hemos comprendido. En momentos así, solo la imaginación sobrevive. Todo lo demás quedará sepultado. Hemos entrado en una nueva era civilizatoria, en la que las nuevas tecnologías y, sobre todo, UN NUEVO TIPO DE PENSAMIENTO (una nueva forma de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza) definirán nuestro futuro. En esta perspectiva, el legado de nuestros pueblos ancestrales, incluido el legado del ingenioso pueblo zenú, tendrán un importante mensaje qué darnos.

 

Ramiro Restrepo González

Febrero de 2026


RELATO Y REALIDAD

 

Toda nuestra vida diaria está dominada por relatos, sin que seamos siempre conscientes de ello. La razón es simple: el ser humano es un animal simbólico, un concepto acuñado por el filósofo y sociólogo polaco Ernst Cassirer (ver ACÁ). “Poéticamente el hombre habita esta tierra”, decía Heidegger, en Hölderlin y la esencia de la poesía (ver ACÁ). Es decir, el ser humano necesita construir o adoptar una interpretación de la realidad, para habitar cómodamente en ella. Y la cruda observación social nos dice que la enorme mayoría de los seres humanos no elabora, sino que adopta una interpretación, un relato hecho por otros, en una curiosa transaccionalidad en la que unos seres humanos declinan el esfuerzo de hacerse cargo de su destino y otros capitalizan ese vacío, por oportunismo o por imposición, a favor de sus propios intereses. Es la coyuntura donde nace la manipulación social, como arma al servicio de intereses de terceros, que resultan ser de todo tipo.

 

Ya lo decía Orwell en su novela 1984 (ver ACÁ): “El que controla el pasado —decía el slogan del Partido—, controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado” (p. 44). “¿Y si el pasado y el mundo exterior sólo existen en nuestra mente y, siendo la mente controlable, también puede controlarse el pasado y lo que llamamos la realidad?” (p. 94). Hoy lo vemos en los medios de comunicación a flor de piel y será más omnipresente en nuestras vidas con la invasión de los enjambres de IA.

 

Un caso cotidiano nos sirve de ejemplo: el asesinato de la señora Renne Nicolle Good, en una operación antiinmigración del ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas) el 7 de enero de 2026, en la ciudad de Minneapolis. En sus causas, fue un hecho ocasionado por un relato (Make America Great Again) que atribuye a la inmigración todos los males de la nación: el desempleo, la pérdida de identidad, la delincuencia, etc. Paradójicamente, en una nación forjada por inmigrantes y esta vez en cabeza de una víctima que era ciudadana estadounidense. Según el relato oficial, “como mínimo, esa mujer fue muy muy irrespetuosa con las fuerzas del orden”, según dijo Trump a los periodistas a bordo del Air Force One (ver ACÁ). Todo ello, a pesar de que el New York Times, en un minucioso análisis de los videos del hecho, demuestra todo lo contrario (ver ACÁ). Es, pues, un relato oficial, que se impone por la fuerza de las armas, al servicio de claros intereses económicos, en el que la verdad resulta siendo otra víctima más.

 

Si algo tan evidente documentalmente es distorsionado por un relato repetido con toda fuerza desde el poder, imagine usted qué no ocurre con asuntos más complejos como el cambio climático, la seguridad ciudadana, la minería, la guerra, la desigualdad social, la confrontación geopolítica entre potencias voraces, la depredación del medio ambiente y un infinito y más que tóxico etcétera. Más, en un mundo dominado por las redes sociales, las bodegas de influenciadores mercenarios, la censura, el ruido, la polarización ideológica, los enjambres de IA… y el bajo nivel cultural del ciudadano medio. Se aplica, sencillamente y con todo rigor, el sabio aforismo de nuestros abuelos: “en río revuelto, ganancia de pescadores” (léase poderosos).

 

Vemos, así, la guerra de relatos en torno a temas cruciales de nuestra vida diaria: Venezuela, Gaza, la inmigración, las elecciones parlamentarias y presidenciales, la agenda mundial de desarrollo, etc. Y, en medio de todo, poco se plantea la conexión profunda que guardan el poder (como ejercicio de dominación), la política (como su gran escenario), la economía (como su objetivo central) y el relato (como su vehículo y entramado invisible). Todos estos elementos están profundamente interconectados. Por lo que, como bien lo afirma Orwell, el relato no resulta siendo otra cosa que un arma social y política de dominación.

 

Eso explica por qué, a raíz de los sucesos de Minneapolis, Barbara McQuade, exfiscal de Estados Unidos y profesora de derecho en la Universidad de Michigan, concluyera: “Parece que la idea general es controlar la narrativa e insinuar a la opinión pública que ella estaba equivocada y ellos tenían razón” (Ver ACÁ).

 

Lo anterior no significa que los relatos, un buen relato, no sean algo importante, quizás indispensable, en el desarrollo de toda sociedad. De hecho, buena parte del bajo nivel de desarrollo de todos los países de África y Latinoamérica se explica justamente por la carencia de poderosos relatos de país. Pero una cosa es un relato de nación, como principio de identidad de cada pueblo, y otra muy diferente es el uso de relatos en la disputa por el poder político o económico (en el fondo, cara y sello de la misma moneda) de un determinado grupo, partido o país. Cosas bien diferentes son un relato como identidad cultural e inspiración nacional, por un lado, y un relato como arma de dominación política y económica entre facciones, por otro lado. Es decir, una cosa es un relato sobre el bien común y que convoque a la cooperación; y otra bien diferente es un relato sobre intereses particulares y construido para competir y dominar. El primero inspira, integra y cohesiona; el segundo divide, polariza y confronta. Saturan ya los relatos sectarios; brilla por su ausencia una épica del bien común (bello adjetivo, derivado del sustantivo griego πος -epos- = narrativa, relato).

 

He ahí, en la inspiración de relatos colectivos, al servicio del bien común, la principal tarea y la falencia más protuberante que enfrentan los liderazgos contemporáneos. Así lo consigna Pawel Zerka, investigador senior del European Council on Foreign Relations (ECFR), en nota de prensa sobre la actual coyuntura geopolítica de Europa: “[…] el momento exige una narrativa clara y coherente. Sin embargo, los líderes europeos no han sabido proporcionarla” (ver ACÁ. Subrayas del original). Infortunadamente, pues, vemos a nuestros líderes actuales más proclives a imponer relatos sectarios y polarizantes; relatos que, lejos de convocar y cohesionar las sociedades, las fragmentan, dividen y confrontan.

 

Ramiro Restrepo González

Febrero de 2026

domingo, 15 de febrero de 2026

LA HONESTIDAD DEL PENSAMIENTO DE TRUMP

 

Debo reconocer que, contra todas mis expectativas, el equipo del presidente Donal Trump piensa y es honesto. Y no es una broma de mal gusto. He llegado a esa conclusión, después de escuchar el discurso que su Secretario de Estado, Marco Rubio, hijo de inmigrantes cubanos que ahora no parece recordar, pronunció en la Conferencia de Munich este pasado 15 de febrero. Su pensamiento es meridianamente claro y su honestidad es prácticamente ingenua y hasta primitiva.

 

En un apretadísimo resumen, ¿qué dijo Rubio, en un discurso que, en mi versión, tiene 11 páginas a un espacio? Esta es mi síntesis, y usaré muchas comillas, para ser lo más fiel posible a sus palabras.

§  Que la antigua URSS, ahora quizás solo Rusia, es “un imperio malvado”; y que los palestinos, que luchan por una tierra que les fue arrebatada a plomo por los israelitas, son unos “bárbaros”. Argumentos ad hominem, que buscan invisibilizar a quien piensa diferente.

§  Que nos hemos embarcado en “una peligrosa ilusión”: a) “que todas las naciones serían ahora democracias liberales”; b) que “el comercio (libre y global) y los negocios sustituirían a la nacionalidad”; c) que “el orden mundial basado en normas […] sustituiría el interés nacional”; d) y que, ahora, “todos seríamos ciudadanos del mundo”. En pocas palabras: que el ideal expresado en esos postulados básicos, que resumen los más elevados sueños que haya acariciado la civilización humana (democracia liberal, libre comercio, orden mundial, ciudadanía global…), “era una idea absurda”.

§  La salida, por lo tanto, es que “los Estados Unidos de América volverán a asumir la tarea de renovación y restauración”. Y ello supone, al menos, las siguientes CINCO ACCIONES: a) desconocer las instituciones internacionales, pues erróneamente “hemos encargado al exterior nuestra soberanía a instituciones internacionales”; b) corregir la “desindustrialización”, pues perdimos “la soberanía de nuestra cadena de suministro” y eso “fue una tontería”: economías cerradas, aranceles agresivos, guerras comerciales serán la respuesta correcta; c) frenar la “migración masiva” que “fue y sigue siendo una crisis que está transformando y desestabilizando las sociedades de todo occidente” (y lo dice un hijo de inmigrantes, repito); d) entender que el cambio climático es una gran mentira y que “para apaciguar a una secta climática, nos hemos impuesto políticas energéticas que están empobreciendo a nuestra población”, lo cual debe ser corregido; y e) para terminar: que “no podemos anteponer el llamado orden mundial (el bien común) a los intereses vitales de nuestros pueblos y nuestras naciones (bien particular)”. America First, dixit Trump, como en los mejores tiempos de Julio César. Vea el discurso completo en traducción oficial ACÁ.

 

De suerte que me ratifico: el equipo del presidente Trump, contra toda apariencia y expectativa, piensa y es honesto. Su pensamiento, por supuesto, es de una simplicidad ingenua y asombrosa. Es, diría, primitivo. Y de una honestidad total: no será consciente de su asombroso simplismo, pero no duda en exponerlo con total ingenuidad ante un público tan calificado como el que lo escuchó en Munich. Como dice el proverbio latino: Roma locuta, causa finita: Roma ha hablado, asunto terminado. Quizás por eso, un suspiro de alivio, reconocido por el moderador, recorrió la sala al saber que, por lo menos, no fue en plan de guerra.  Por ahora… De un ser humano primitivo, cualquier cosa puede esperarse, menos sensatez y sabiduría. 

 

Ramiro Restrepo González

Febrero de 2026

viernes, 6 de febrero de 2026

ESPIRITUALIDAD SIN RELIGIÓN

 

Lo normal es que tengamos fijada en nuestra mente, de manera inconsciente e incuestionada, una ecuación muy simple: religión = espiritualidad. Nada más nocivo y contrario a la esencia de ambos conceptos. La religión, en términos muy simples, se refiere a creencias, relatos, rituales, rezos, normas y jerarquías, generalmente revestidas de una buena dosis de temor y castigo y, en no pocos casos, de altas dosis de fanatismo. Nada más contrario a la naturaleza de la espiritualidad.

                                                                                                

Así lo dejaba siempre claro el sacerdote jesuita indio Antony de Mello: “A pesar de toda su santidad, el Maestro daba una cierta impresión de oponerse a la religión. Esto era algo que desconcertaba siempre a los discípulos, los cuales, a diferencia del Maestro, equiparaban religión y espiritualidad” (¿Quién puede hacer que amanezca?, p. 200). Y complementa, en otro apartado del mismo libro: “…se puede practicar la espiritualidad sin poner jamás los pies en un templo” (Ídem, p. 128).

 

Lo más interesante del asunto es que ya es observable una tendencia creciente en la sociedad contemporánea a mantener viva la fe personal, abandonando simultáneamente toda práctica de religiosidad confesional. Así lo documenta Mathew Blanton, candidato a PHD en sociología de la Universidad de Texas, en su investigación doctoral. En lo relativo a Latinoamérica, su investigación concluye, citando a varios autores: “Aunque la religiosidad institucional está disminuyendo, la religiosidad personal se mantiene fuerte y, en algunos casos, incluso está creciendo” (Institucional Decline and Resilient Belief: Understanding Secularization in Latin America, p. 19. Ver ACÁ). Aunque matiza por regiones: “Este patrón contrasta marcadamente con las tendencias en Europa Occidental y Estados Unidos, donde el declive institucional suele estar vinculado a la disminución de la religiosidad personal” (Ídem, p. 20). Es decir, tanto la religiosidad como la espiritualidad están en declive en estas dos últimas regiones.

 

La investigación de Blanton se basó en encuestas a más de 200.000 personas, en 17 países latinoamericanos, lo que la hace bastante representativa. En entrevista complementaria, nos aporta datos adicionales: “el número de latinoamericanos que declaran no tener afiliación religiosa aumentó del 7 % en 2004 a más del 18 % en 2023. La proporción de personas que dicen no tener afiliación religiosa creció en 15 de los 17 países, y se duplicó con creces en siete”, siendo ya del 21 % la media de latinoamericanos que dicen no tener afiliación religiosa alguna en la actualidad, y “el porcentaje de personas que nunca acuden a la iglesia aumentó del 18 % al 25 %” (Sí a Dios, pero no a la Iglesia: así es el cambio religioso para muchos latinoamericanos. The Conversation, diciembre 9 de 2925. Ver ACÁ).

 

La pregunta que sigue pendiente es bien simple, entonces: ¿es esa creciente “religiosidad personal”, como la denomina Blanton, lo que podríamos denominar “espiritualidad”? No creo que pueda concluirse, sin investigaciones específicas, que no he encontrado. Lo que sí puede intuirse es que, en buena medida, sea un conjunto heterogéneo de creencias asociadas a realidades trascendentes como la existencia de un ser superior, la santidad como ideal de perfección humana, etc., acompañadas o no de prácticas, rituales o fetiches diversos. No siendo descartable que alguna porción de dicha población sí esté orientándose hacia modelos de espiritualidad civil, es decir, no confesional.

 

Aun así, persistiría una última pregunta: ¿qué entender entonces por espiritualidad? De Mello, en otro de sus textos, nos ofrece una respuesta certera: “Despertarse es la espiritualidad, porque sólo despiertos podemos entrar en la verdad y descubrir qué lazos nos impiden la libertad. Esto es la iluminación” (La iluminación es la espiritualidad, p. 5, subrayado del original. Ver ACÁ). Para este jesuita, ya fallecido, la enorme mayoría de las personas vivimos “dormidas”, durante buena parte de nuestras vidas: es decir, sin penetrar en lo profundo de nuestra interioridad, conociéndonos con honestidad y valentía, para liberarnos así de todas las ataduras que nos impiden VER con claridad las conexiones y realidades trascendentes de la vida. Buena razón le acompañaba al lúcido Marx, cuando afirmó que “la religión es el opio del pueblo” (Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, p. 1. Ver ACÁ), porque ayudaba a mantener a los pueblos adormecidos.  Despertar nos permitiría encontrar ese nuestro vínculo profundo con la deriva evolutiva y, por ese camino, con la totalidad de la que somos parte, para imprimirle a nuestra existencia un sentido igualmente trascendente. En otras palabras, la espiritualidad florece allí donde las personas alcanzan niveles superiores de consciencia y sensibilidad. Algo que no ha sido capaz de brindarles ninguna religión confesional.

 

Algo, sí, queda meridianamente claro, entonces, en de Mello: religión no es espiritualidad. La religión, si se quiere, resulta siendo una metodología sumamente efectiva de adormecimiento y conformidad. Por lo menos, para mí, es la evidencia empírica incuestionable que nos deja la historia.

 

Paz en la tumba del iluminado Anthony, y paz igualmente en nuestros corazones, cuando decidamos seguir su camino y hacer de nuestra vida algo más que un simple compendio de anécdotas, convencionalismos y resignadas conformidades.

 

Ramiro Restrepo González

Enero de 2026