CAMBIEMOS
DE METÁFORA
La historia
de la humanidad ha sido la historia del poder. Y, más precisamente, del poder
ejercido como dominación. Eso explica, por ejemplo, que todos nuestros deportes,
especialmente los más emblemáticos, pongan en escena cuatro elementos muy
simbólicos: a) las figuras de poder, como metáfora de los ejércitos; b) la
cancha, como representación del campo de batalla; c) el juego, como
representación de la batalla; d) y el más simbólico de todos, lenguaje,
que resulta toda una refinada alegoría bélica. Así, en el juego, habrá ataque,
defensa, repliegues tácticos, etc. Y, al final de cada partida, siempre habrá ganadores
y vencidos, dominadores y dominados.
EL
FÚTBOL: LA METÁFORA DE LA GUERRA
En la era actual, el ajedrez pasó, de ser el
deporte rey en la Edad Media, a ser un modesto deporte de nicho, que ni ha
logrado colarse en los Juegos Olímpicos hasta ahora. Por el contrario, el
fútbol, nacido apenas en 1863, se volvió rápidamente el deporte de masas por
excelencia y hoy domina la conversación ciudadana y los medios de comunicación
masivos. Se ha vuelto, digamos, LA GRAN METÁFORA de una sociedad
hipercompetitiva, en la que unos tienen que ser sacrificados, para que otros
resulten glorificados. Así, el fútbol es hoy LA GRAN METÁFORA DE LA GUERRA y
la polarización, de la confrontación de intereses, visiones, bloques e
ideologías. Así lo describe muy acertadamente la nota editorial de El
Colombiano (Colombia) con motivo de la iniciación del torneo Mundial de Fútbol:
“El fútbol le da a cada nación la ilusión
perfectamente igualitaria de que puede ganarle a cualquier otra” (ver ACÁ). Y así lo corrobora Rubén Conde, un investigador
predoctoral español: “En
el plano social, un Mundial funciona como el simulacro perfecto de un conflicto
mundial. Los equipos operan como ejércitos regulares respaldados por banderas,
himnos y fronteras” (ver ACÁ). Es que eso
son las metáforas: sublimaciones de una guerra y una victoria siempre deseadas.
Me
pregunto: ¿no es hora de que cambiemos de metáfora? Y quisiera arriesgar
algunas razones para hacerlo y alguna propuesta que considero un excelente
sustituto.
RAZONES PARA CAMBIAR
Mis razones
para hacerlo son básicamente dos: por un lado, los desafueros y secuelas
masivas que ya nos ha dejado el fútbol, como metáfora de la guerra; y, por otro
lado, el cambio de paradigmas que está ocurriendo en la sociedad y la cultura
contemporáneas.
Mi
primera razón: los desafueros
y secuelas masivas del fútbol. Ya presentan cifras abrumadoras, ocasionadas
por todos sus excesos:
§ La tasa de lesiones, tanto en el fútbol
profesional como, más aún, en el fútbol aficionado.
§ Las muertes, ocasionadas por
múltiples causas. Las más visibles: avalanchas en los estadios, eventos súbitos
durante los entrenamientos y enfrentamientos entre aficionados.
§ Y no olvidemos que ya, en julio de
1969, El Salvador y Honduras se enzarzaron en una guerra de seis días,
denominada precisamente la Guerra del Fútbol, en razón de que el detonante
fueron los disturbios provocados por el partido de las dos selecciones
nacionales en su clasificación al Mundial de México 1970.
Es de
anotar que las anteriores causas comportan todas un altísimo subregistro
estadístico. Pero, aun así, se sabe que compiten con las cifras derivadas del
narcotráfico y el consumo de drogas ilícitas; siendo, además, una de las
grandes causas habituales de perturbación del orden público y la convivencia
ciudadana. Y ello sin hablar de la forma silenciosa como el fútbol moldea la
cultura ciudadana, permeándola de polarización, confrontación violenta y
espíritu guerrerista. Nada más combativo, en efecto, que un fanático del
fútbol.
Mi
segunda razón: el cambio
de paradigmas que está ocurriendo en nuestra cultura y nuestra sociedad. En
efecto, estamos migrando del paradigma de la competición al paradigma de la
cooperación. Al punto, que ya conceptos clásicos de la economía —dogmas
para el economicismo dominante—, como la COMPETITVIDAD y su indicador, el
PIB, son conceptos que se consideran obsoletos y están ya, hoy día, en vías
de sustitución.
Valga una
pausa, para señalar que este giro, del paradigma de la competición al paradigma
de la cooperación, se nos presenta hoy como una urgencia civilizatoria, y no
como ese viejo sueño que siempre pudo aplazarse. La hipercompetitividad, ahora
llevada al frenesí por las grandes tecnológicas, con sus modelos de
inteligencia artificial, nos ha puesto de frente contra el posible colapso del
planeta y de nuestra propia especie. Ya, por ejemplo, los sistemas eléctricos
de grandes regiones están siendo llevados al límite por los centros de datos;
pero eso es solo un ejemplo incidental, de algo absolutamente más profundo.
Estamos realmente ad portas del dilema final: o consciencia o colapso. Y así
coinciden cada vez más voces sensatas, como la del filósofo de las ciencias
español Antonio Diéguez: “La aparición
de una superinteligencia artificial no alineada con los intereses y
valores morales humanos ha venido a incorporarse recientemente a todos
los viejos temores [...] Nunca fueron mayores los peligros porque nunca fue tan
potente la tecnología para propiciar nuestra destrucción” (subrayados del
original) Ver ACÁ.
Es decir, o replanteamos radicalmente los paradigmas
sobre los que se han fundamentado nuestro estilo de vida y nuestro modo de
producción, o confrontaremos nuestra insostenibilidad como civilización. No
seríamos el primer imperio (el del capitalismo digital) en sucumbir, en la
historia de la humanidad. Pero si parece que somos el primero en condiciones de
reaccionar a tiempo y corregir el rumbo.
¿Y cuáles serían los elementos del nuevo paradigma
civilizatorio? Ya emergen por todos los frentes de la actividad humana. Los
sintetizo en dos: a) una nueva manera de relacionarnos con la naturaleza,
que nos permita recuperar sus ritmos (armónicos y lentos) y sus ciclos (continuos
y regenerativos); y b) una nueva visión del trabajo humano, expresado en
la economía, que ponga de nuevo la economía al servicio del ser humano y de la
vida y no a la inversa, como ha ocurrido hasta ahora.
Leonardo Boff lo expresa con gran lucidez: “Actualmente se confrontan dos paradigmas: el del
poder y el del cuidado. El del poder actual como dominación caracteriza la
modernidad. Fue con este poder que se sometieron los pueblos, muchos hechos
esclavos, la naturaleza despiadadamente explotada, la materia, la vida y la
propia Tierra hoy con poca sostenibilidad. El paradigma del cuidado renuncia al
poder como dominación y establece una relación amigable con la naturaleza y
respeta la Tierra como la Gran Madre y Gaia” (ver ACÁ).
En pocas palabras, abandonar la visión de la economía como maximización de
rendimientos, cosas, bienes y dinero. Y migrar a una economía del cuidado, de
personas; una economía a escala humana (Max-Neef, ver ACÁ),
una economía del bien común (Mazzucato, ver ACÁ).
POSIBLE
NUEVA METÁFORA
Cualquier
nueva metáfora tiene que reunir, al menos, tres condiciones: a) expresar
claramente la estrecha relación de interdependencia del ser humano con la
naturaleza; b) escenificar las nuevas relaciones de cooperación, solidaridad,
fraternidad y comensalidad, entre los seres humanos, en oposición a las viejas
relaciones de competitividad y dominación; y c) tener una alta carga simbólica
y lúdica, que convoque desde el corazón.
En
esa línea, no dudo en que mi favorita es LA DANZA. Desde las ancestrales
y folclóricas danzas del fuego, la cosecha y la fecundidad, hasta las
propuestas contemporáneas de la armonía, el disfrute del buen vivir y la
identidad cultural de los pueblos y las generaciones.
Obsérvese
que en la danza no se compite, se fluye. No se triunfa, se celebra. No se
vence, se comparte. No hay jerarquías, hay roles e interpretaciones. Así, el
campo de batalla es sustituido por una pista lúdica; los adversarios, por
parejas y compañeros; el tronador bramido de las barras, por el armónico
fondo musical y el rítmico golpeteo
sobre el tablado; así, el fanatismo ciego cede finalmente su paso al más
placentero disfrute de los acordes, las cadencias y los ritmos.
Y,
mientras el fútbol tiene el mismo monótono formato, cambiando escasamente de
colores e insignias, la danza tiene infinidad de expresiones: clásica, flamenca,
folclórica, popular, ballet, ancestral, ceremonial, religiosa… Casi que cada
danza para cada circunstancia, lugar y cultura. Pero el mismo espíritu de
armonía compartida y de celebración de la vida.
Se
me dirá que la danza no tiene la misma fuerza, que no despierta la misma pasión
del fútbol. Sin duda. Es que, en estadios superiores de consciencia, a los que
la humanidad se prepara para ascender, el paradigma de la pasión cambia
igualmente, así como la carcajada y el ruido son sustituidos por la sonrisa y
la serena alegría de la vida. Es el advenimiento del hombre nuevo: el que nace de
ese adolescente paleolítico que hemos sido, para adentrarnos en la madurez del sapiens,
que aún no hemos llegado a ser. Es un cambio radical de paradigmas, que apenas
comenzamos a comprender.
Sin
duda, hay otras cuantas alternativas con perfil para sustituir al fútbol. Será la dinámica histórica la que marque la
opción o las opciones que terminen imponiéndose, un cambio que ya avizora su
punto de inflexión en un horizonte no lejano. Por el momento, empecemos por
decirle no a la guerra y a sus tóxicas metáforas.
Ramiro
Restrepo González
Junio de 2026
