miércoles, 6 de mayo de 2026

¿QUÉ ENTENDEMOS POR DESARROLLO?

 

Hoy, como pocas veces en la historia, la humanidad se debate entre dos opciones básicas de entender el desarrollo:

 

De un lado, la visión que aún se mantiene como la opción dominante: el modelo economicista. Lo llamo economicista, porque su prioridad suprema es la riqueza económica. Su ley fundamental es la competencia y sus indicadores básicos son: la competitividad y el PIB. Su rasgo fundacional es una visión lineal de los procesos económicos: extraer, procesar, distribuir, consumir y desechar. Como tal, no es un modelo de desarrollo sino de crecimiento, si somos rigurosos. Y ha demostrado ser exitoso en eso: en producir crecimiento de la riqueza, un pensamiento cerradamente crematístico.

 

De otro lado, la visión emergente: el modelo de desarrollo sostenible. Lo llamamos sostenible porque, además de generar capital económico, se preocupa además por asegurar, en el proceso mismo, la generación de capital natural y de capital social, no como adendas (la vieja filantropía, ya anacrónica) sino como parte estructural del modelo. Es decir, es un concepto integral: riqueza económica, social y natural. Su ley fundamental es la cooperación —solidaridad, participación— y sus indicadores básicos son la equidad económica, el bienestar humano y social, y la salud de los ecosistemas naturales. La coloquialmente conocida como Comisión Stiglitz llevó estos indicadores a lo que podríamos llamar una visión ampliada del PIB, que ya se está implementando lentamente en la Unión Europea (ver ACÁ y ACÁ). Su rasgo fundacional, por tanto, no es el pensamiento lineal y depredador, sino el pensamiento complejo y regenerativo. De este modelo, sí podemos predicar con propiedad que produce desarrollo. Contra toda resistencia y escepticismo, está demostrando empírica y ampliamente tener un potencial de éxito superior al modelo economicista.

 

Debemos ser conscientes del contexto civilizatorio en el que esta disyuntiva de opciones se nos plantea. Para ello, basta preguntarse por los resultados que el modelo economicista ha producido. Yo elijo los siguientes, como los más protuberantes:

 

Ha generado un crecimiento sostenido de la riqueza de todos los países, lo que ha permitido elevar el nivel de vida de la población, que no necesariamente su calidad de vida.

 

El problema subyacente es que la distribución de la riqueza ha sido cada vez más inequitativa, produciendo ya unos niveles de concentración inmorales en una pequeña élite global. Basten dos cifras: a) “La riqueza conjunta de los cinco milmillonarios más ricos del mundo se ha duplicado con creces desde el inicio de la década actual, mientras que la riqueza acumulada del 60 % de la humanidad se ha reducido”, según informe presentado por Oxfam en la reunión del Foro Económico Mundial de Davos en 2024 (ver ACÁ).

 

Desde el punto de vista ambiental, los resultados no son menos desastrosos: “En los últimos 50 años (1970-2020), el tamaño medio de las poblaciones de fauna silvestre analizadas se ha reducido en un 73 %, según las mediciones del Índice Planeta Vivo (IPV)” del Fondo Mundial para la Vida Silvestre WEF (ver ACÁ).

 

En resumen: un modelo económico que produce riqueza para unos pocos, marginando a gigantescas y crecientes masas de población de los beneficios del “progreso” y que, de paso, destruye los ecosistemas y recursos naturales, por su voracidad productiva y su simplista pensamiento lineal de extraer-producir-distribuir-consumir y desechar.

 

Sé que se alzan muchas voces en defensa de muchos supuestos logros. Sí, el mundo ha avanzado en muchos aspectos. Y hasta los marginados reciben sus migajas, expresadas en subsidios y ayudas al desarrollo. Pero una realidad es contundente: en un análisis integral, el mundo, el planeta, la sociedad global, NO SON MEJORES HOY. Un dato resulta contundente y lo repito y recuerdo: según el Stockholm Resilience Centre, ya hemos traspasado, de manera demente e irresponsable, SIETE de los NUEVE límites planetarios (ver ACÁ). Es decir, nos estamos colocando peligrosamente al borde del colapso planetario como especie. Y esto es ciencia, no tremendismo apocalíptico. ¿La causa?: un modelo económico, el economicista, que ya ha traspasado todos los límites naturales del sistema Tierra. El dilema, entonces, es simple: o presenciar activa o pasivamente el colapso o cambiar nuestro modelo económico y nuestros estilos de vida de manera radical. Como bien titula Jordi Pigem su último libro: Conciencia o colapso (ver ACÁ).

 

Repetidamente me he preguntado, sin embargo: ¿por qué no se escuchan y atienden todas las alarmas?, ¿por qué no se impone rápidamente un modelo económico que sí produce desarrollo, no solo crecimiento, y que empíricamente está demostrando ser superior al modelo economicista vigente, aún en el terreno económico? Y he logrado encontrar algunas respuestas, que el lector seguramente complementará de manera prolija:

 

UNO: hay demasiados intereses particulares asegurados e involucrados en el modelo vigente, que se rehúsan a enfrentar un cambio que, como todo cambio, se presume incierto. Como sabiamente decía Martin Luther King, en su Carta desde la Cárcel de Birmingham: “Desgraciadamente, es un hecho histórico incontrovertible que los grupos privilegiados prescinden muy rara vez, espontáneamente, de sus privilegios” (ver ACÁ).

 

DOS: el modelo ha producido una cultura marcada por el individualismo, la competencia, la velocidad, el dinero, el éxito personal, el consumo y un largo y tóxico etcétera, que tomará tiempo y esfuerzo superar. No hemos entendido que ese modelo nos embarcó en una carrera de ratas en la que, aún si ganas, sigues siendo una rata (K. Blanchard). En resumen: el economicismo, ahora capitalismo digital, ha moldeado una visión del mundo y un tipo de pensamiento que son absolutamente contrarios a las leyes de la vida y de la naturaleza. Cambiar esto no va a ser fácil, porque implica el derrumbe de infinidad de paradigmas y de intereses individuales y mezquinos.

 

TRES: la persistente escasez de liderazgos. No nos bastan ya esos seres humanos luminosos, pero esporádicos, que hemos tenido (Gandhi, Luther King Jr., Mujica, Francisco, Boff, Mangabeira, el ya olvidado Schweitzer, etc.). Han sido los pioneros, que han marcado el camino. Pero, ahora, necesitamos formar masa crítica; y, para ello, se requerirá seguramente una nueva generación. Con la actual, y con el sistema educativo vigente, no soy optimista.

 

Todo cambio, para desencadenarse, necesita tres componentes: a) un revolucionario desarrollo tecnológico; b) una grave crisis; c) y un nuevo tipo de pensamiento. Observo que han ocurrido justo en ese orden; y que solo se configura un nuevo orden cuando se ha completado el ciclo: desarrollo tecnológico, crisis desatada por este y un nuevo tipo de pensamiento como respuesta.

 

Ahora bien, los desarrollos tecnológicos ya están sucediendo y a gran velocidad. ¿Pero quién los gobernará? Con o sin ellos, pienso que terminaremos en una crisis y aprendiendo de ella, como ha ocurrido repetidamente en la historia de la civilización. Quizás, desde esas profundidades, surja el nuevo tipo de pensamiento que la civilización requiere con urgencia para asegurar su pervivencia en el tiempo.

 

Un ejemplo concreto ilustra bien lo expresado hasta acá. Lo presentaré en tres cortos apartados, para concluir esta nota:

 

UNO:

Un grupo empresarial antioqueño, que se posicionó como emblema industrial de Antioquia y del país, a punta de pensamiento de vanguardia en sostenibilidad, innovación, calidad y servicio, sufrió una radical transformación durante el segundo trimestre de 2024. Una toma hostil, por parte de otros dos grupos de inversión, que desencadenó todo un proceso de transformación. Veamos la cara A (amable), la que se entrega a los medios masivos de comunicación. Y veamos la cara B (bochornosa), que permanece en la penumbra.

 

DOS: la cara A

§  El incremento en ventas, en 2025 con respecto a 2024, fue del 10.7 %, es decir, 5 puntos porcentuales reales por encima de inflación.

§  La utilidad neta ajustada —la que va al bolsillo de los nuevos flamantes propietarios mayoritarios— tuvo un incremento, 2025 versus 2024, del 126,6 %, equivalentes a 1,7 billones de pesos que, con el descuento de los gastos de reestructuración, quedó en 1,2 billones. Negocio redondo …

§  Como ven, un modelo economicista a pleno vapor. ¿A costa de qué? Veamos lo que no nos cuentan.

 

TRES: la cara B

§  Un agresivo adelgazamiento de la estructura: alrededor de 1200 empleados debieron salir entonces “voluntariamente” de la organización. Entre ellos, 650 situados en zonas económicamente vulnerables del país como el departamento del Cauca y la zona de Santa Marta. Y no precisamente por falta de rentabilidad de las unidades productivas en las que trabajaban; solo por simplificación productiva.

§  El cierre del laboratorio de investigación y desarrollo en nutrición, salud y bienestar más reconocido del país; un centro de producción científica que, en alianza con la academia, financiaba becas e investigaciones específicas en salud y nutrición, generando una contribución significativa al desarrollo científico del país, a la par que innovación para la compañía.

§  La reducción a su mínima expresión de su fundación empresarial, cercenando así la proyección social, que fue baluarte del Grupo por décadas. Cualquier parecido con el señor Trump no es coincidencia.

§  Y quedan por fuera del inventario, por falta de información, el grave deterioro del clima laboral interno, así como la fuerte pérdida de confianza en el segmento de consumidores informados que, por desafortunada realidad, no abundan en el país.

§  Como ven, un modelo interesante de desarrollo sostenible en construcción, que se ve arrasado por una toma hostil de voraces grupos de inversión. Es el choque perfecto de las dos visiones de desarrollo de que hablamos.

 

Bueno, y a eso llamamos progreso. Ustedes se formarán sus opiniones y llegarán a sus propias conclusiones. Pero, sobre todo, sabrán mejor qué opción de desarrollo asumir.

 

Ramiro Restrepo González

Marzo de 2026

¿PAZ A LA FUERZA?

 

Me asombra profundamente ver la marcada tendencia de los sectores tradicionalistas y conservadores a imponer proyectos de paz, recurriendo a métodos de fuerza: leyes, ejércitos, policías, represión y hasta violencia de Estado declarada y abierta. La seguridad democrática, en la Colombia de Uribe, con sus 7837 ejecuciones extrajudiciales; la lucha antiterrorista, encabezada por los EE. UU. de Trump, con más de 600.000 inmigrantes deportados violentamente; el control territorial, en El Salvador de Bukele, con la tasa carcelaria más alta del mundo (1600 presos por cada 100 mil habitantes, seguido de Cuba con 800); y, así, muchísimos otros. Llamo conservadores a estos proyectos políticos, que más popularmente son conocidos como de derecha, porque, en mi concepto, son simplemente visiones políticas retardatarias y retrógradas, aferradas a la nostalgia de un supuesto orden pasado, fundamentadas en visiones simplistas, planas y miopes de la realidad.

 

Por otro lado, pienso que esa división entre derechas e izquierdas es ya más que obsoleta. Ya, en el siglo pasado, Ortega y Gasset afirmaba que "Ser de la izquierda o de la derecha es una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil" (ver ACÁ). Simplemente hay tendencias políticas retardatarias, centradas en la seguridad, y tendencias políticas progresistas, centradas en la libertad. Ver, al respecto, otra de mis notas en este blog: De Bukele a Mujica.

 

La paz a la fuerza, el emblema de las fuerzas conservadoras y retardatarias, más que un soberbio oxímoron, es una ingenua falacia populista. Es la paz romana del si vis pacem, para bellum (si quieres la paz, prepara la guerra). Facilismo de superficie, que persigue la fiebre en las sábanas, por su absoluta carencia de pensamiento crítico, complejo y profundo. Un pensamiento miope, que ignora la complejidad de las dinámicas sociales, económicas, humanas y políticas. Un pensamiento que ataca los síntomas de la inseguridad, pero que resulta incapaz de comprender sus causas dinámicas y estructurales: unos niveles de inequidad insoportables y unos niveles de educación y desarrollo humano precarios. Un pensamiento político que, paradójicamente, está teniendo hoy una creciente aceptación, que se va confirmando en los resultados electorales a lo largo y ancho del planeta. En efecto, así lo confirma el Democracy Report 2026 del V-Dem Democracy Institute sueco: “El 74% de la población mundial (6 mil millones de personas) vive actualmente en regímenes autocráticos”, siendo esta una tendencia creciente en las décadas recientes (ver ACÁ).

 

Cabe preguntarse cuáles pueden ser las causas subyacentes que hay debajo de esta tendencia y de esta preferencia por la seguridad, en aras de las libertades y los derechos civiles. Yo encuentro, al menos tres causas dominantes:

 

Causa 1:

 

El facilismo del corto plazo. Esta propuesta de paz a la fuerza viene siempre acompañada de resultados tangibles y vistosos en el corto plazo, que aplacan la ansiedad del electorado. Un ejemplo paradigmático fue el del expresidente Uribe en Colombia. Así reseñaron algunos medios digitales, lo que algunos pocos recuerdan: “En su primera campaña electoral, Uribe Vélez ofreció acabar con la guerrilla en seis meses de presidencia” (ver ACÁ y ACÁ). No obstante, todos sabemos que no fue hasta dos gobiernos posteriores cuando se logró firmar un acuerdo de paz, que el señor Uribe nunca aceptó, además, pero que logró desmovilizar a buena parte de la guerrilla mayoritaria: las FARC; aunque otra buena parte continuó alzada en armas, a más de 15 años del segundo mandato del señor de la guerra. El problema es que la memoria del electorado es frágil y su fanatismo es testarudo y perdurable. El señor Uribe produjo una efímera y pasajera sensación de seguridad, pero le dejó al país una herida, aún abierta, de 7837 ejecuciones extrajudiciales, según ha reportado la Comisión de Paz (ver ACÁ). Y su promesa fue solo populismo tropical al viento, sin ningún resultado sostenible en el tiempo.

 

Causa 2:

 

Las causas asociadas a la seguridad y la violencia de Estado despiertan los apetitos más instintivos y primarios de un electorado con baja cultura política y bajísimos niveles de desarrollo humano: la sed de venganza, los odios y el espíritu de supremacía moral, todos los cuales nublan la mente de la población, para intentar siquiera comprender las complejas dinámicas de los procesos sociales y de la violencia. Termina imponiéndose entonces el pensamiento plano, lineal, cortoplacista y miope, con su facilismo aplastante.

 

Causa 3:

 

La voracidad del capital, cada vez más oligopólico, ante cuyo curso infernal, todo lo que suene a derechos y libertades civiles resulta contrario y, por lo tanto, se convierte en objetivo político a remover. Resulta, así, la paz a la fuerza siendo la estrategia expedita y favorita de los regímenes políticos favorables al libre mercado, a los cuales les resultan más funcionales sociedades pasivas y obedientes.

 

Son, para mí, tres causas estrechamente interconectadas, suficientes para explicar la autocratización dominante y creciente de las sociedades contemporáneas. Un fenómeno que, en mi apreciación, constituye la gran paradoja de nuestras sociedades actuales: entender cómo, en la era de la información, algo así como la era de la segunda Ilustración, terminamos hipotecando nuestras libertades y derechos fundamentales, en aras de una efímera ilusión de seguridad y tranquilidad.

 

Ramiro Restrepo González

Marzo de 2026

martes, 21 de abril de 2026

SOMOS UNA CULTURA PORNOGRÁFICA

 

Hemos asumido una visión muy simplista de la pornografía; en gran medida, estimulada por los mismos sicólogos de profesión. Así, la hemos reducido a la explicitud de nuestra sexualidad, bien gráfica o actuada. Es, sin duda, una definición correcta, pero absolutamente pobre y carente de profundidad conceptual.

 

Más importante que la desnudez explícitamente exhibida de nuestro cuerpo y de nuestra sexualidad es la desnudez de nuestra intimidad; ya no solo física, sino interior: de nuestros deseos, fantasías, miedos y pasiones más profundos.

 

Y, dolorosamente, esta última modalidad de pornografía es la que se ha ido instalando silenciosamente en nuestra sociedad, arraigando profundamente en nuestra cultura. Al punto de poder decir que hoy vivimos plenamente inmersos en una cultura profundamente pornográfica, sin quizás darnos cuenta de ello.

 

Baste constatar que, durante las 24 horas del día, miles de millones de seres humanos vierten transparente e ingenuamente sus deseos, fantasías, miedos y pasiones, aún los más morbosos, en todas las redes sociales: en mensajes, diálogos, imágenes, videos y datos. En una palabra, desnudan inocente o intencionadamente su intimidad, en un exhibicionismo que ya resulta abiertamente obsceno, aparte de torpe y gratuito.

 

Es una conducta normalizada y masivamente incorporada, que tiene sus claras explicaciones, a mi modo de ver. La principal que le atribuyo tiene ver con el bajísimo desarrollo interior de quienes así se desnudan a diario en las redes sociales. Las personas no encuentran más salida a su vacío interior y a su angustia existencial, de los que generalmente no son conscientes, que exhibirse socialmente, para desesperadamente intentar obtener una mínima dosis aceptación y validación social, así sea en el disfrute morboso y cómplice de un “me gusta”.

 

Ha muerto, así, en nuestra cultura, todo trasfondo simbólico, intimista, ritual, romántico, estético y espiritual. Es el ramplón exhibicionismo de nuestros instintos más primarios, que castran toda profundidad, imaginación y poesía. Bienvenida esa cultura de mente “chata, roma y fría”, que denunciaba ya el poeta De Greiff hace más de un siglo. Bien ida y olvidada sea la cultura de “la vida profunda” de Porfirio Barba Jacob. Demos paso a la vida frívola y a la pornográfica cultura del morboso “me gusta”. La decadencia tiene y deja su impronta. Además, se impone, no por sus propias lógicas, sino por el omnímodo poder de las grandes corporaciones, especialmente las tecnológicas, que moldean la cultura, para ponerla dócilmente al servicio de sus megalómanos intereses económicos. Y no reaccionamos. Padecemos, así, impotentes, la mayor depredación civilizatoria conocida desde el imperio romano.

 

Estamos asistiendo masivamente a la ficción de Bentham con su panóptico, que Foucault se encargó de teorizar (Vigilar y castigar, 1975); o a la materialización del Estado totalitario de vigilancia, que Orwell noveló en la Oceanía ficticia de 1984, publicada en 1949. No gratuitamente hablamos hoy del capitalismo de vigilancia (Shoshana Zuboff: La era del capitalismo de la vigilancia, 2021). Las ficciones terminan ocurriendo. Ese Estado-cárcel, en el que la torre central de vigilancia, de la cárcel de Bentham, ha sido sustituida por la internet y su brazo armado, las redes sociales; y en la que los ciudadanos nos sentimos sigilosamente vigilados las 24 horas del día. Solo que, ahora, los carceleros somos nosotros mismos y la cárcel ha sido sustituida por una nueva ficción. Ahora la cárcel es una realidad y la libertad una ficción.

 

Así lo retrata Iñaki Domínguez en Ethic (ver ACÁ): “Vivimos en una sociedad de la vigilancia, donde nuestras vidas personales son cada vez más transparentes, dejando totalmente al descubierto nuestros datos, actividades y hechos privados”. Para luego concluir: “La sociedad de la transparencia es, ¿cómo no?, una sociedad pornográfica, donde nada se oculta”.

 

Ya empezamos a sufrir las consecuencias macrosociales; que, entre muchísimas otras, podría resumir en cinco:

La masiva BANALIZACIÓN de absolutamente todo, que está dando lugar a crecientes dosis de cinismo, ramplonería y generalizada disolución de los valores más elementales de una vida digna y civilizada.

La POLARIZACIÓN dominante en las relaciones sociales, causada por la tendencia de los algoritmos a favorecer los extremos y exacerbar la adicción y las pasiones más primarias.

La VIOLENCIA que domina ya la conversación pública.

Y la consecuencia más grave de todas, en mi opinión: el ADORMECIMIENTO general de grandes masas de seres humanos, que se verán privadas, así, literalmente castradas, de toda posibilidad de desarrollo interior y de acceso a niveles superiores de consciencia civilizatoria.

 

En resumen: la configuración de UNA SOCIEDAD DECADENTE, justo en el momento más crítico del planeta y de nuestra especie. Cabría recordar, así, la simpática y socorrida frase del comediante mexicano Roberto Gómez Bolaños, en su personaje el Chavo del Ocho: “Y, ahora, ¿quién podrá defendernos?”.

 

Ramiro Restrepo González

Marzo de 2026 

EL FRENESÍ ES EL VACÍO

 

Hoy vivimos en la cultura del clic. El pensamiento se ha reducido a lo que conocimos con el nombre inicial de un tweet. Las relaciones se vaciaron de sentimientos y se fundieron en la efímera emoción primaria de un “me gusta”. El frenesí se impuso sobre la lentitud. Amordazamos el silencio, la soledad, la lentitud. Y, con ello, el pensar, el disfrutar, el sentir...el ser. Solo nos ha quedado espacio para funcionar y hacerlo de manera cada vez más frenética. Hemos aceptado silenciosamente la dictadura de una sociedad orgásmica, que ha cancelado, por la vía rápida —valga la redundancia—, toda posibilidad de vivir a plenitud, deliberada, serena e intencionadamente; en una palabra: sabiamente.

 

“Hoy se eliminan todos los rituales y todas las ceremonias porque son un obstáculo para la aceleración de la circulación de información, de comunicación y de capital” (Byung-Chul Han, Capitalismo y pulsión de muerte, p. 110). Y una sociedad, despojada del ropaje simbólico de los rituales, será siempre una sociedad sin profundidad, sin norte y sin sentido. Nuestra civilización se ha degradado, así, hasta llegar a un modo de pensamiento y de lenguaje plano, lineal, digital, solo apto para funcionar, en el marco de lo que el mismo Chul Han llama “la sociedad del rendimiento”. Sin apenas percibirlo, hemos instrumentalizado la vida y la existencia humana. Nos recuerda ello al “hombre unidimensional”, que Marcuse vislumbró desde los años 60: “Los esclavos de la sociedad industrial desarrollada son esclavos sublimados, pero son esclavos, porque la esclavitud está determinada no por la obediencia, ni por la rudeza del trabajo, sino por el status de instrumento y la reducción del hombre al estado de cosa (Herbert Marcuse, El hombre unidimensional, p. 63).


Pienso que esa obediencia decidida y ciega del ser humano contemporáneo al frenesí del rendimiento no es más que un atajo existencial para huir de la angustia de enfrentarse a sí mismo y evadir las preguntas más fundamentales de la existencia: ¿quién soy?, ¿por qué y para qué estoy aquí?, ¿cuál es el sentido de mi existencia?


La gran paradoja es que esa carrera loca contra sí mismo termina mal: en el agotamiento crónico que conocemos en lenguaje anglosajón como burnout. Así lo reporta una reciente encuesta de la estadounidense Eagle Hill Consulting, contratada con Ipsos. “Más del 50 % de la fuerza laboral estadounidense está experimentando agotamiento crónico (burnout)”, reportaba recientemente el New Jersey Business Magazine (ver ACÁ). Entre los hallazgos de esta encuesta, sobresalen grandes pérdidas en eficiencia personal, servicio al cliente, capacidad de innovación y rotación de personal, entre otras. La pérdida más importante, sin embargo, no aparece en los resultados de la encuesta: la irreparable pérdida de la paz interior.


Hemos terminado esclavizados de fuerzas externas, que nos presionan hasta vaciarnos, en función de objetivos ajenos y baladíes, cuyo único atractivo, y falaz, es ocultarnos a la vista ese nuestro insoportable vacío interior. Y, cuando ya caemos exhaustos, nos encontramos de frente con la cruda realidad: somos unos prófugos de nosotros mismos que, en esa huida loca y frenética, hemos terminado perdiendo lo poco que teníamos: la esperanza. Es entonces cuando solo queda una salida: el suicidio. Y llama la atención que las más altas tasas de suicidio en el mundo las ocupan reiteradamente las sociedades más prósperas (justo las del máximo rendimiento) y las sociedades más precarias. Ambas puestas al límite de lo tolerable: los excesos extremos y las carencias extremas (ver AÇA el reporte de la International Association for Suicide Prevention).


En medio de todo, se nos escapa la sabiduría de nuestros pueblos ancestrales andinos, la sabiduría del sumak kawsay: del buen vivir y del buen convivir. Ese vivir en paz: consigo mismo, con los otros, con lo otro y con el todo superior del universo. La plenitud existencial de la suficiencia, que no de la codiciada abundancia, lejos de groseros excesos y ofensivas carencias. El justo y pacífico encuentro entre el desear y el poseer, entre el querer y el ser, entre el ahora y el entonces. Presencialidad consciente en el disfrute de la vida, siguiendo sus ritmos, avatares y sorpresas. No sería mucho pedir, a esta altura del desarrollo tecnocientífico al que hemos llegado como especie. Pero, de manera suicida, hemos decidido o aceptado mansamente que ese desarrollo se ponga al servicio de esclavizarnos y no de servirnos.


En este contexto, resuenan potentes las reflexiones de Carl Honoré, en su opúsculo Elogio de la lentitud (ver ACÁ):

“[…] nuestra obsesión por hacer más y más en cada vez menos tiempo, ha llegado demasiado lejos. Se ha convertido en una adicción”.

“Es inevitable que una vida apresurada se convierta en superficial”.

“Rápido equivale a atareado, controlador, agresivo, apresurado, analítico, estresado, superficial, impaciente y activo; es decir, la cantidad prima sobre la calidad. Lento es lo contrario: sereno, cuidadoso, receptivo, silencioso, intuitivo, pausado, paciente y reflexivo”.

“La paradoja es que la lentitud no siempre significa ser lento [...] Ser lento significa que uno controla los ritmos de su vida y decide qué celeridad conviene en un determinado contexto”.


Pero, a pesar de las evidencias, optamos por seguir en esa especie de carrera de ratas en la que, aun ganando —como dice Blanchard— sentimos que, al final, seguimos siendo ratas (y perdón a las adorables raticas). Es entonces el frenesí. Es entonces el vacío. Clic…

 

Ramiro Restrepo González

Marzo de 2026


lunes, 6 de abril de 2026

¿LA GENERACIÓN DE LA DECADENCIA?

 

Desde hace algunos años, he estado expuesto a experiencias con jóvenes emprendedores, en procesos de formación en liderazgo. Y debo confesar que ha sido para mí una experiencia absolutamente maravillosa: encontrarme cara a cara con generaciones nuevas, llenas de vitalidad, de fe en propósitos superiores y de una búsqueda genuina de una vida interior profunda y plena. Ha sido, pues, algo que me ha llenado de alegre esperanza sobre el futuro de la especie y de mi país.

 

Pero no se me oculta la otra cara, opaca y preocupante: la de esas inmensísimas masas —porque son eso: masas grises e informes— de jóvenes inmersos en estilos de vida intrascendentes, exhibicionistas, ruidosos y de una visión absolutamente primitiva del mundo. Sus “modelos” visibles se han autodenominado de mil maneras: infuencers, streamers, youtubers, instragramers, tiktokers, celebrities y un interminable etcétera, cada uno con su millonaria cauda de seguidores. Constituyen la basura y el lastre de la civilización contemporánea. Puro smog cultural, que ya está resultando asfixiante. Dos ejemplos criollos y recientes pueden ilustrarlo suficientemente.

 

El señor Yeferson Cossio

 

Este señor es lo que denominan genéricamente un “creador de contenido”. Esta definición carece de un calificativo indispensable: se trata, en realidad, de contenido basura: escandaloso, llamativo, morboso, para deleite de esas grandes masas de “cretinos digitales”, como los llama el neurocientífico Michel Desmurget (ver ACÁ).

 

En este contexto, el señor Cossio hizo la ruta Bogotá-Madrid, con la aerolínea Avianca, el pasado 11 de marzo de 2026. Estando en ruta, este creador de contenido basura activó lo que coloquialmente se conoce como un peo químico (stink bomb), causando un notable disturbio en cabina. Ante esta situación, Avianca procedió a cancelar el contrato de transporte del señor Cossio y a interponer acciones legales, que le podrían representar sanciones económicas, por parte del Ministerio de Transporte, cercanas a los col$ 10 millones. No sería la primera vez. Ya, en abril de 2025, la Superintendencia de Industria y Comercio había confirmado una sanción por publicidad engañosa al señor Cossio, por un monto de col$ 813 millones (ver ACÁ).

 

Una stink bomb —valga el detalle— “es un producto de broma diseñado para liberar un olor extremadamente desagradable, simulando la flatulencia, a menudo utilizando compuestos de azufre como el sulfuro de amonio o el butanotiol”; lo que, obviamente, debió generar incomodidad extrema en los pasajeros y la tripulación, así como un seguro desorden al interior de la cabina, que pudo poner en riesgo la seguridad de todos. La posterior excusa del señor Cossio, de que se trató de una activación accidental del elemento, no lo exime por supuesto. Portar ese tipo de objetos y sustancias está explícitamente prohibido en las reglamentaciones IATA y de Avianca específicamente (ver ACÁ y ACÁ). Detalles estos que, por supuesto, no tienen espacio en la supina ignorancia de un influencer.

 

El señor Luis Fernando Villa

 

Otro influenciador, conocido como Westcol, quien recientemente saltó a las primeras páginas de los diarios, por su entrevista al presidente colombiano en funciones, anunciando de paso su próxima entrevista al expresidente Uribe (¿será que el poder también vuelve cretinos a quienes lo ejercen?).

 

Entre otras sandeces, así declaró desenfadadamente a los medios: “Yo no estudié y estoy melo” (ver ACÁ). Melos (μέλος) es una palabra griega que significa canción, de donde se derivan melodía, compositor y otras. Pero esto no significa nada, en la microscópica mente de un influencer, quien ni debe imaginar que, en griego, se cocinó la civilización occidental que él depreda. Melo, en la jerga basura de este sector de la juventud colombiana, es sinónimo de muy bueno, excelente, perfecto o "bacano". Y, claro, sin estudiar, el señor Westcol se siente “bacano”. Es que, para sentir incomodidad con la ignorancia, se necesitan dos ingredientes que este cretino no llegará a tener jamás: a) una consciencia desarrollada, para humildemente aceptar nuestra gigantesca pequeñez e ignorancia; y b) una mente inquieta, curiosa, atormentada por infinidad de preguntas frente a todo; son las mentes que aprenden.


Reflexiones:

 

1.

Detrás de este fenómeno juvenil están, por supuesto, los voraces intereses de las grandes tecnológicas; en este caso, las plataformas de streaming y similares, que monetizan la estupidez humana: las necesidades de reconocimiento y atención de gigantescas y crecientes masas de ciudadanos, especialmente jóvenes, dispuestas a pagar por obtener un placebo que mitigue su radical desorientación existencial, su insoportable vacío interior y el agobio de llevar a cuestas una vida sin sentido ni propósito. Así, la cultura ha devenido en aturdimiento; la civilización, en espectáculo; y el futuro, en “ya veremos…”.


2.

Es, en medio de este océano de mierda, por donde navega una corriente juvenil, fresca y diferente: por su capacidad de preguntarse, por su consciencia sensible y abierta a nuevas realidades posibles, por su deseo de construir una poderosa visión del mundo, de país y de sus propias vidas. Tengo la certidumbre de que es la corriente mayoritaria (mainstream, como gustan decir los anglosajones). Solo que la mierda es más ruidosa, escandalosa e incómoda, como la stink bomb del señor Cossio, por lo que nos genera una falsa sensación de mayoría. Pero la imbecilidad nunca ha sido la corriente guía de la evolución ni de la civilización.


3.

La pregunta de fondo, sin embargo, persiste y no tiene que ver con la juventud; que, en el mejor de los casos, es síntoma y no causa. Esa pregunta es sencilla y rotunda: ¿está entrando nuestra civilización global en una era de decadencia, como ha habido tantas otras a lo largo de la historia? ¿En una era de oscuridad, como la llaman  Arbib y Seba (ver ACÁ)? Nada es seguro y confiemos en que no será así. Pero el riesgo es más elevado que nunca antes en la era industrial, es decir, en los últimos tres siglos; y la sintomatología ya resulta preocupante. Basta leer los “signos de los tiempos”, de los que hablaba el Nazareno de Belén (Mateo 16,2). En este oscuro e incierto panorama, inspira esperanza la profética frase de Leonardo Boff: “no tememos a la oscura noche, porque amamos las estrellas” (ver ACÁ).

 

Ramiro Restrepo González

Abril de 2026

EL PARAÍSO DE LA INEQUIDAD

 

Punto 1: es de Pedro Grullo que, sin riqueza, no hay bienestar y desarrollo.

Punto 2: es evidente que las empresas y organizaciones son actores fundamentales en la creación de riqueza; y, por lo tanto, potencialmente creadoras de bienestar y desarrollo.

Punto 3: pero es claro, además, que solo una porción de empresarios y dirigentes está demostrando su capacidad de producir riqueza sin generar depredación ambiental e inequidad social. Una gran proporción de ellos genera riqueza de una manera egoica, irresponsable y depredadora social y ambientalmente.

 

En conclusión:

 

No se puede sostener la defensa de la riqueza y de los empresarios y dirigentes sin separar con claridad los dos grupos. Son todas estas realidades respaldadas en abundante y rigurosa evidencia estadística e investigativa. Voy a ofrecer tres grupos de evidencias que muestran la aberrante proporción de empresarios que conducen sus negocios de manera irresponsable y hasta delictuosa, causando con ello un enorme daño en el capital social y natural de nuestras sociedades.

 

PRIMERO: LA EVASIÓN FISCAL

 

La última amnistía del gobierno colombiano, para capitales no declarados, especialmente en el exterior, dio como resultado que “El 40 % de las personas que hacen parte del 0,01 % con más riqueza del país admitió haber evadido impuestos […] Cada año, la evasión en Colombia equivale al 8 % del PIB, cerca de 130 billones (¿10 reformas tributarias?)” (ver ACÁ, paréntesis nuestro). Seamos claros: 40 % de tramposos no es una minoría, marginal y disimulable. Es una vergüenza mayúscula.

 

Mención aparte merecen los paraísos fiscales. Al respecto, un reporte de Oxfam Colombia (2024) lo retrata lapidariamente en unas pocas cifras crudas: “En la última década (desde 2012), uno de cada tres dólares de entrada o salida de inversión hacia o desde Colombia pasan por un paraíso fiscal. En lo que va del año 2024, un 26% de la inversión de Colombia en el exterior se ha dirigido hacia Panamá, territorio que ha estado en el corazón de una de las filtraciones de investigación periodística más relevantes de todos los tiempos (Panama Papers) y que, aún hoy en día, es considerado un paraíso fiscal incluso en la lista de la Unión Europea” (ver ACÁ).

 

Es una situación crónica, que se suma a la cascada de beneficios tributarios, la incalculable elusión fiscal y los sistemáticos recortes impositivos liderados por los gobiernos de extrema derecha en todo el mundo (Trump, Ayuso, Meloni, Milei, Orban, entre los más vistosos), que solo benefician a los ricos. De esa manera, la dolorosa paradoja es que los superricos terminan pagando menos impuestos que los pobres: así lo documenta Oxfam, en informe sobre evasión y desigualdad en Colombia: “…hasta 2021 […] por cada dólar de ingreso, las personas en el 50 % más pobre pagan en realidad alrededor de 21,1 centavos en impuestos […] Mientras que las personas del 1 % más rico pagan poco menos de 17 centavos en impuestos por cada dólar de ingreso” (ver ACÁ). Una de tantas razones es clara: impuestos regresivos, como el IVA, que no son evadibles por los pobres, pero sí por los ricos.

 

SEGUNDO: LOS SUBSIDIOS ENCUBIERTOS A LOS RICOS

 

El llamado Sur Global subsidia anualmente al Norte Desarrollado en una porción importante de riqueza, que impulsa a estos y atrasa a aquellos. Estas silenciosas transferencias se dan gracias a la inequidad del comercio mundial, que normaliza unos precios y salarios inferiores en el sur, con respecto al norte: “Dado que los salarios y el precio de los recursos naturales son mucho más bajos en el Sur Global que en el Norte, los países pobres deben exportar muchas más unidades de trabajo incorporado y recursos que lo que ellos importan con el fin de tener un comercio balanceado en términos monetarios”, concluyen investigaciones serias (ver ACÁ).

 

Además, el autor del escrito citado afirma —en investigación publicada en la revista New Political Economy— que, una vez cuantificado el drenaje de recursos sur-norte, desde 1960, “la apropiación mediante intercambios desiguales representa hasta el 7 % del PIB del Norte y el 9 % del PIB del Sur” (ver ACÁ), en una tendencia que se ha venido agravando con los años. Son las sutiles formas de esclavismo que perviven en pleno siglo XXI: los pobres trabajando gratis para los ricos.

 

TERCERO: LA ASIMETRÍA DE LA DOMINACIÓN

 

Como si esas dos poderosas fuentes de apropiación de riqueza, en desmedro de las mayorías mundiales, no fueran suficientes, sumemos en tercer lugar los esquemas de dominación ignominiosos que las potencias económicas se han encargado de forjar e imponer. Son múltiples, pero quiero referenciar el más ignominioso de todos: el arbitraje internacional de inversión (AII): “un mecanismo mecanismo de solución de conflictos creado para tratar las controversias entre inversionistas extranjeros y Estados receptores”. En apariencia, un mecanismo transparente, justo y necesario, para proteger la inversión extranjera de cualquier arbitrariedad de un gobierno de turno. Pero que, en la práctica, ha demostrado ser un mecanismo de chantaje internacional contra Estados débiles del sur. Veamos:

§  Dicho mecanismo es impuesto por las grandes economías a las pequeñas, a través de infinidad de tratados internacionales como los tratados “bilaterales” de inversión (TBI) y los tratados de “libre” comercio (TLC). Uso comillas porque, en la práctica, ni son bilaterales, ni son libres. Colombia, por ejemplo, tiene incluido dicho mecanismo en 18 de sus tratados vigentes; es decir, ha hipotecado y subordinado los intereses de su desarrollo interno, a los intereses de dichos inversores foráneos.

§  A la fecha, Colombia enfrenta 21 demandas internacionales bajo este mecanismo, y otras 7 que aún están en etapa prearbitral, las cuales suman col$ 42 billones de pesos (ver ACÁ), convirtiendo al país en uno de los países más demandados de la región por este concepto.

§  Es necesario entender que dichas demandas se originan porque cualquier inversor considera que una nueva legislación del país receptor afecta sus intereses. Y esto ha ocurrido en múltiples situaciones de legislación sobre protección ambiental, transición energética, regulación laboral, etc. Por lo que, por esta vía, los países receptores de inversión extranjera, como Colombia, claudican su soberanía legislativa y se ven obligados a crear islas de privilegios, para proteger los intereses de unos inversores que ponen sus intereses por encima del bien común.

§  Y lo más aberrante: el ejercicio de dichas demandas de arbitraje ha sido totalmente unilateral por parte de los inversores.

§  Para quienes necesiten más pruebas: en 2021, la minera suiza Glencore, propietaria de Cerromatoso, demandó por tercera vez a Colombia por una decisión de la Corte Constitucional, que le exigió “poner en marcha, de forma inmediata, medidas de prevención, mitigación, control, compensación y corrección de los impactos sociales y ambientales del proyecto" (ver ACÁ), todos los cuales han afectado históricamente a la población ancestral Wayúu.

 

Razón les asiste a 220 economistas y académicos, en carta que han dirigido al presidente de Colombia recientemente, y en la cual lo invitan a “iniciar el retiro de Colombia del arbitraje de inversión y a impulsar una alianza más amplia de países comprometidos con desmontar este sistema” (ver ACÁ).

 

En conclusión:

 

Es hora de ir poniendo sobre la mesa de la agenda pública el debate sobe las verdaderas causas la pobreza. Esta no es gratuita, natural ni tolerable. Ha sido ocasionada deliberada y sistemáticamente por los poderosos, para construir su prosperidad a costa del bien común (depredación natural) y del bienestar de las inmensas mayorías humanas (inequidad). Todo ello, basado en una visión del poder como dominación y no como servicio; y en un orden mundial basado en la competitividad y no en la cooperación. La inequidad se ha convertido, así, en un calvario para los pobres y en un paraíso para los poderosos.


Ramiro Restrepo González

Marzo de 2026

domingo, 22 de marzo de 2026

¿Y SI APAGAN EL MUNDO?

 

“Un pequeño número de grandes empresas tecnológicas con sede en Estados Unidos controlan ahora una gran proporción de la infraestructura mundial de computación en la nube, es decir, la red global de servidores remotos que almacenan, gestionan y procesan todas nuestras aplicaciones y datos”. Amazon Web Services (AWS), Microsoft Azure y Google Cloud entre las principales, según reportó recientemente el periódico español El Confidencial (ver ACÁ, resaltado del original).

 

Lo anterior significa que, en manos de un potencia decadente, está literalmente el funcionamiento del mundo. ¿Imagina usted lo que significaría un apagón de la nube? Un sistema bancario bloqueado, un sistema de transporte (aéreo, terrestre y marítimo) paralizado, unos sistemas comerciales colapsados, unas redes de comunicación en ceros, un sistema de salud cerrado; y siga usted el inventario de lo que ocurriría, siguiendo la cascada posterior al colapso de los primeros grandes sistemas digitales globales (bancario, logístico, comercial, de comunicaciones y de salud). Y ya hemos registrado los primeros episodios: parciales y controlables, pero sintomáticos y significativos. Un ejemplo reciente tuvo lugar en la madrugada del domingo 8 de marzo de 2026, cuando un dron Shahid-136 bombardeó un centro de datos de Amazon Web Services en Emiratos Árabes Unidos, provocando un incendio que obligó a cortar la electricidad y, por lo tanto, el funcionamiento de los servicios de internet en su zona de influencia, incluidos algunos países africanos; todo ello, en el marco del conflicto que Irán sostiene con EE. UU. e Israel (ver ACÁ). Así concluye el diario El Confidencial con lo que considera la primera gran lección de esta guerra: “El conflicto ha dejado una estampa inédita: la de un ejército, el iraní, atacando deliberadamente centros de datos. El episodio revela que, al igual que puertos o centrales eléctricas, estas infraestructuras ahora son blancos de guerra” (ver ACÁ).

 

No gratuitamente, el CEO de Anthropic, Dario Amodei, se negó a cerrar un acuerdo con el Pentágono, que exigía rebajar los estándares de seguridad de Claude, la IA de Anthropic, para poder usarla en aplicaciones militares (armas autónomas) y de cibervigilancia ciudadana (ver ACÁ y ACÁ). Pero, entonces, el acuerdo lo cerraron los oportunistas e inescrupulosos de OpenAI. Y, mientras tanto, seguimos sin estándares vinculantes de gobernanza de la IA.

 

Rememora el mito del famoso botón rojo ubicado en los despachos de los presidentes de los EE. UU. y de la URSS, durante la guerra fría, para activar la guerra atómica, en caso de una confrontación abierta. Realmente se refería al teléfono rojo, instalado en los despachos de los dos presidentes, a raíz de la crisis de los misiles en Cuba, en 1963, con el fin de evitar malentendidos que pudieran desencadenar eventos como ese, de consecuencias mayúsculas. Ahora tenemos un nuevo botón rojo, pero esta vez real, y en manos de los grandes oligopolios de la tecnología digital, “los tres grandes”, de cuyo mal uso, accidental o deliberado, puede depender que el mundo contemporáneo se apague en un segundo y, con él, millones de vidas.

 

De otro lado, por años, se nos ha hablado del evento Miyake (ver corto documental ACÁ), como aquel evento producido por una explosión solar extrema, que desencadenaría un apagón de todos los sistemas eléctricos en la tierra y, consecuencialmente, un apagón digital y de todos los sistemas que le son dependientes, como ya los he indicado parcialmente.

 

Ahora, un hipotético pero posible evento Miyake futuro se ve potenciado por la aparición del enorme riesgo que la concentración oligopólica de las redes globales digitales, especialmente de la IA y la computación en la nube, supone para la humanidad.

 

El mayor riesgo subyacente a la penetración absoluta de la tecnología digital en todos los rincones del funcionamiento de nuestras sociedades es precisamente ese: si su acceso se ve interrumpido, nuestras sociedades se paralizan irremediable e instantáneamente. Nada permite el regreso, en tiempos razonables, a la operación manual, como pudo haber ocurrido en los momentos iniciales de la digitalización masiva de las operaciones. Y ese riesgo es hoy más real que nunca antes y puede materializarse por diversos motivos: geopolíticos, accidentales o ciberdelincuenciales. Literalmente, pendemos de un hilo (óptico, láser, eléctrico…). Recordemos que las guerras del futuro se librarán frente a un teclado o mediante comandos de voz dirigidos a sistemas “inteligentes”. Si, en la guerra Rusia-Ucrania, los drones remplazaron a los soldados, en las guerras del futuro, el código remplazará a los drones. Ya no se necesitará atacar centros estratégicos (logísticos, informáticos, energéticos, militares…); simplemente bastará silenciarlos y a prudente distancia. Anteriormente, los muertos eran un paso previo a la victoria; ahora serán una consecuencia posterior.

 

Es una de las razones por las que la soberanía digital es hoy un imperativo político de primer nivel. Permitiría la descentralización planetaria de los grandes sistemas digitales, hoy concentrados en una pequeña élite oligopólica, de claro sesgo geopolítico, por sus voraces intereses económicos. No gratuitamente, fue un asunto de primer plano en la agenda del encuentro de Davos de este año (ver ACÁ). La descentralización distribuiría también riesgos, diversificaría sistemas de protección y ciberdefensa, acercaría a los tomadores de decisiones a las contingencias y problemas y, sobre todo, reduciría significativamente el riesgo de un colapso total.

 

Ramiro Restrepo González

Febrero de 2026