lunes, 6 de julio de 2026

EL FINAL DEL RACIONALISMO

 

Al francés René Descartes (1596-1650) se le atribuye haber puesto los fundamentos del racionalismo occidental contemporáneo, especialmente en su conocida obra El discurso del método. Por eso se le considera el primer pensador de la modernidad. Y un logro sí debemos atribuirle: liberar el pensamiento de las ataduras dogmáticas de la escolástica y la religión. En eso, contribuye a desarrollar el naciente individualismo del Renacimiento, que le tocó vivir, aunque traicionándolo en el fondo, al despojarlo de la visión trascendente de la vida y del ser humano. Pero, sin duda, sienta las bases para el desarrollo del racionalismo tecnocientífico posterior.

 

No me voy a detener en inventariar los avances que el racionalismo ha aportado al desarrollo del pensamiento y del conocimiento, especialmente de la ciencia, como la conocemos, y de la tecnología, como consecuencia, porque son evidentes y profusamente documentados. Pero sí me quiero enfocar en sus limitaciones y, sobre todo, en el agotamiento que empieza a evidenciar, habida cuenta de que sus efectos colaterales adversos ya empiezan a ser mayores que sus claros y pregonados beneficios.

 

Las limitaciones del racionalismo

 

El método cartesiano se apoya en cuatro reglas fundamentales y a eso dedica Descartes su Discurso del método: a) no aceptar nada como verdadero sin evidencia clara; b) dividir las dificultades en sus partes elementales, para hallar la solución; c) ordenar los pensamientos, yendo de lo simple a lo complejo; y d) revisar todo el proceso de principio a fin, para llevar a la evidencia (ver al respecto la obra citada, especialmente en su segunda parte).

 

Podemos identificar limitaciones en todas ellas, especialmente en las tres primeras, que son las sustanciales, pues la cuarta es procedimental. Veamos, como ejemplo, lo que nos dice sobre la segunda regla: “[…] dividir cada una de las dificultades a examinar en tantas partes como fuera posible y necesario para su mejor solución” (Op. cit.). De esa manera, al analizar cada parte de la dificultad, iremos sumando observaciones y hallazgos para construir la solución, según la regla tres, que nos indica ir de lo simple a lo complejo. Es, pues, por definición, un modelo analítico, que disecciona la realidad, como un cadáver, para llegar a la solución.

 

La lógica racional de Descartes es impecable. Pero su impecabilidad se limita a los sistemas simples y mecánicos, en los cuales las partes —una a una cada parte—, son el componente esencial, y pueden ser analizadas individual y separadamente. Pero resulta radicalmente insuficiente para abordar problemas en los sistemas complejos, en los que las partes individuales pasan a segundo plano y el protagonismo lo toma la dinámica de las interacciones entre todas las partes del sistema, porque el más pequeño cambio en una de las partes las afecta a todas. Así lo expresa lúcidamente Erwin László en entrevista para Millennium Alliance for Humanity and Biosphere, de Stanford: “Sabemos que todas las cosas están conectadas; es algo que está quedando muy claro actualmente en la ciencia cuántica. Esto no podía sostenerse bajo los términos de la ciencia clásica, en la que todo se percibe como algo mecánico —donde las conexiones son finitas y existen elementos ajenos a dicha conexión—, pero el universo no es un mecanismo; no es tal cosa, ni es como solíamos imaginarlo”. Ver ACÁ.

 

Pensamiento lineal y pensamiento complejo

 

Así las cosas, a un sistema simple aplica perfectamente la lógica de descomponer en partes (segunda regla), para luego ir de lo más simple a lo más complejo (tercera regla). Pero, en un sistema complejo, ninguna parte es separable, por su intrincada interdependencia con todas las demás. Se impone lo que denominamos, hace décadas, el pensamiento sistémico, o pensamiento complejo como lo llamó Morin. Quizás fue esta la razón que llevó al biólogo evolutivo Richard Lewontin a hacer la sincera confesión de que “parece imposible hacer ciencia sin metáforas” (ACÁ).

 

El razonamiento anterior explica bien, no solo que el racionalismo haya terminado siendo la causa raíz detrás de la policrisis social y planetaria que la humanidad confronta actualmente, sino que deja al desnudo la total incompetencia de este paradigma tecnocientífico para encarar la abrumadora complejidad de tal policrisis. Así lo señala lúcidamente Leonardo Boff: “esta tragedia ecosocial es fruto de un tipo de razón que degeneró en racionalismo (despotismo de la razón) y se tradujo en técnicas, por un lado, benéficas para nuestra vida moderna y, por el otro, tan mortales que pueden destruir todo lo que hemos construido en milenios de historia, amenazando las bases ecológicas que sustentan el sistema-vida” (Ver ACÁ). Con sensatez y sentido del humor, El Roto —la microsección gráfica de opinión de El País, de España— anotaba recientemente: “El progreso nos sacó de las cavernas y nos llevará de nuevo a ellas” (Ver ACÁ).

 

Un nuevo tipo de pensamiento

 

Contra toda evidencia convencional, el racionalismo es, pues, un tipo de pensamiento superficial, lineal y plano, que agota sus posibilidades en los sistemas simples y predecibles de causa-efecto. Se habrá refinado al  extremo, pero sus modelos y fórmulas han terminado siendo más complicados que complejos. Se le escaparán siempre realidades a las que solo el pensamiento complejo tiene acceso. Los sistemas complejos no son predecibles, pues sus lógicas no son racionales sino cuánticas, biológicas y humanas. La realidad contemporánea nos exige, por tanto, incursionar en fronteras de pensamiento profundo, de naturaleza compleja y biosistémica, no suficientemente exploradas aún. Y, hasta ahora, va quedando claro que hay dos caminos prometedores: el pensamiento crítico y la razón cordial (de cor-cordis, en latín clásico = corazón; es la razón sensible).

 

Ya físicos teóricos, como David Gross, Premio Nobel 2004 por sus hallazgos en física de partículas, lo dejó claro en sus escritos más recientes. En entrevista para el Diario AS (España, Grupo Prisa, sección de ciencia), así lo expresa, en la pluma de la redactora Laura Marti: “Para alguien acostumbrado a trabajar con probabilidades y sistemas complejos, el mundo actual empieza a parecerse menos a un problema científico y más a un sistema inestable” (Ver ACÁ) (resaltado del original).

 

Y un mundo incierto solo resulta abordable desde el pensamiento crítico y la razón cordial. Desde el pensamiento crítico, para desentrañar los paradigmas subyacentes en pugna y pensar creativamente transiciones inteligentes y audaces. Y, desde la razón cordial, para compenetrarse con las lógicas de la vida (biología) y de la trascendencia (humanidad), liberarlas de las ataduras del racionalismo y facilitar que se expresen en todo su esplendor y potencia transformadora, para conferirle sentido a las transiciones.

 

Necesitamos una nueva civilización humana, que por fin alcance unos niveles de paz razonables, recupere los equilibrios sociales y planetarios perdidos, y reoriente la economía al servicio de la vida y el bienestar (la economía del bien común de Felber y Mazzucato). Y ello solo será posible por esta sencilla pero ardua ruta del pensamiento crítico y la razón cordial. Gratitud en el final de la edad dorada del racionalismo, pero su tiempo ya pasó y debemos colocarlo en el punto justo de la historia humana y de la sociedad posindustrial. Seguirle dando protagonismo lastra nuestro presente y compromete nuestro futuro.

 

Ramiro Restrepo González

Junio de 2026 

INTUICIÓN VERSUS EVIDENCIA

 

Sin que quizás lo notemos, el 99.9 % de nuestras decisiones las tomamos de manera instintiva o, en el mejor de los casos, intuitiva. Y todo ello, a pesar de que ya llevamos casi 5 siglos de pensamiento científico, desde cuando el Renacimiento abrió el espacio al protagonismo de la razón y del individuo en la cultura occidental. Eso significa que la evidencia, como guía, apenas ha prevalecido durante menos del 0.2 % de la historia del pensamiento humano. Y, si concedemos que la fecha de nacimiento del pensamiento científico se remonta a la Grecia de Tales, Anaxímenes y Anaximandro, ese porcentaje apenas ascendería al 0.8 %. De suerte que no: la humanidad no ha guiado su pensamiento y su vida con base en la evidencia científica. Los ha guiado con base en grandes intuiciones maestras que, además, mantienen su plena vigencia. El racionalismo ha sido un accidente, quizás una aventura interesante y necesaria, aunque limitada y peligrosa, del pensamiento humano; pero solo eso.

 

El racionalismo introdujo un método que potenció, pero a la vez empobreció terriblemente, el pensamiento humano: su lógica cartesiana del “pienso luego existo”, causa-efecto, como base de toda conclusión científicamente válida, es la explicación subyacente a esta paradoja. Un pensamiento simplista, lineal y más bien superficial y miope. Muy útil en el tratamiento de problemas cuantitativos, visibles y concretos. Sirvió, así, para detonar la revolución industrial, de corte mecanicista. Concebimos entonces el mundo como un complicado engranaje de causalidades lineales que bastaba conocer para controlar. Todo fue un cuento de hadas, maravilloso y de final rápido, aunque quizás no tan feliz como se esperó.

 

Obsérvese, además, que toda la tecnociencia, construida sobre el racionalismo, solo está en capacidad de abordar cerca del 5 % del universo, es decir, la denominada materia bariónica. Ya se sabe, por ejemplo, que las lógicas de la física clásica no aplican a la física cuántica. Apenas nos hemos asomado tímidamente al infinito mundo, y nuestras ópticas no podrán ya ser iguales.

 

Ahora el mundo se nos revela como una realidad compleja, no simple; incierta, no predecible; ambigua, no causal; y volátil, no tan estructurada y estática. Ya la física, en su frontera de exploración cuántica, ha empezado por ponernos de frente con un primer postulado: la indeterminación o incertidumbre. ¿Es el fin de la evidencia?, ¿es el retorno a la intuición como línea maestra del pensamiento humano?, ¿o es algo nuevo?

 

Pero no es solo en el terreno del pensamiento científico de frontera. Es igualmente en todos los terrenos: social, político, ambiental, cultural... En todos ellos, el mundo, la realidad cotidiana, se nos revela como volátil, compleja, incierta y ambigua. No nos quedan sino la reflexión serena o la insoportable angustia. Quizás, por ello, ante tan agudo dilema, las grandes mayorías se refugian en las más diversas ideologías, y lo hacen con el afán ansioso del náufrago.

 

Entre los grandes mitos fundacionales de la civilización (μύθος = mythos) y las grandes evidencias del racionalismo científico (λόγος = lógos), las ideologías campean como libertinas seductoras, hechizando masas y manteniéndolas dóciles y despreocupadas.

 

Entre el mythos y el lógos, alguna vez levantó su voz la alquimia (al- khīmiyā), hija no reconocida de un frustrado romance entre Oriente y Occidente. A veces me pregunto: a) ¿ha sido esa la causa de la persistente pugna política y del ancestral choque cultural entre ambas regiones?; b) ¿es la mecánica cuántica el retorno, ahora, a esa visión alquímica del mundo, desde una perspectiva superior?; ¿se avecina una integración entre Oriente y Occidente, por lo menos cultural y en un nuevo plano civilizatorio?

 

Mi opinión es que el paradigma racionalista agotó sus posibilidades; y que, por lo tanto, todos los sistemas económicos y políticos fundamentados exclusivamente en él tienen sus “días” contados. Han agotado su horizonte de capacidad para comprender e interactuar con lo que llamamos la realidad. Por doquier, vemos emerger nuevos paradigmas, que empiezan a conformar una nueva visión del mundo. Y ese no es el terreno de las evidencias, sino de las grandes intuiciones maestras, como todas las que han regido el destino de la civilización humana. Es, por lo tanto, hora propicia para reconectar con el pasado (los grandes mitos, las culturas ancestrales…), a partir de una nueva mirada: una nueva mitología, para fundar una nueva era. Suenan acordes de diana de un pensamiento más equilibrado entre evidencia e intuición. El precio de no hacerlo, en el umbral de la explosión tecnológica digital, resultaría impagable.

 

Ramiro Restrepo González

Mayo de 2026

lunes, 22 de junio de 2026

¿ESPIRITUALIDAD O NEGOCIO?

 

En una reciente gira por capitales europeas, me llamó poderosamente la atención un fenómeno religioso: ver cómo las iglesias han ido migrando definitivamente, de ser centros de culto a ser centros de negocios.

 

Así, pude observar cómo, especialmente en algunas ciudades, ya no se trata únicamente de comprar un tiquete y adicionar una audioguía, para conocer un templo, en horarios separados de los del culto, como ocurría anteriormente. Me ha parecido una práctica que, bien delimitada, puede convivir con el culto y permitir que el turista aporte al funcionamiento y conservación de muchas joyas arquitectónicas, verdaderos recintos de arte religioso. Así, aunque recuerdo haber visitado Notre Dame, cuando era impensable cobrar por la visita, ahora el gobierno francés sigue insistiendo en establecer una tarifa de ingreso, después de la costosa refacción derivada del incendio de 2019.

 

Esta vez, en muchas otras ciudades, me encontré con una abrumadora oferta comercial de primer nivel, que ha desplazado el culto y que incluye diversos elementos: a) conciertos, con varias presentaciones diarias en cada iglesia, obviamente con abono, en las que, por alguna razón, Vivaldi, el cura rojo, sin ser nativo, era el personaje central en casi todas ellas, con sus Cuatro estaciones; b) almacenes de artículos religiosos y culturales dentro del recinto, con toda clase de productos y fetiches religiosos, pero también suvenires, libros, música y otros; c) pequeños museos, con tiquete adicional; d) sitios específicos de considerado alto valor turístico, como torres y criptas, con tiquete adicional. Agregando a todo lo anterior los clásicos portavelas, con su consiguiente urna para depositar el pago respectivo; y, para rematar, otras urnas, estratégicamente ubicadas a la salida, acompañadas de un “humilde” letrero solicitando donaciones para el sostenimiento del templo.

 

Pero de espacios de oración, meditación, contemplación…o siquiera rituales religiosos, más bien poco o nada. Visité muchos templos católicos, y algunos judíos y musulmanes. Lo que narro lo encontré más en los católicos. Y solo en uno de ellos encontré a un sacerdote celebrando la eucaristía católica, en un idioma que me hizo recordar la época en la que, de espaldas y en latín, se les ofrecía a las personas el “contacto” con los grandes dogmas y creencias de dicha religión. En este caso, se trataba de una lengua urálica, muy lejana a nuestra familia romance. En resumen: encontré más vendedores que ministros en los templos y, cuando menos, me pareció un fenómeno que ha tomado suficiente fuerza como para marcar tendencia.

 

Me quedaron muchas preguntas: a) ¿ante la decadencia de figuras como el diezmo, y de los ingresos por servicios religiosos, la iglesia católica ha preferido migrar a la venta de servicios turísticos y culturales?; b) ¿ante el decaído ritual religioso, bienvenido el ritual del consumo?; c) ¿está la iglesia católica repitiendo la escena aquella en la que el llamado Jesús de Nazareth entró en el templo y, ante el espectáculo de vendedores y cambistas, les espetó airado: “Mi casa es casa de oración y vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones”? (Mateo 21, 12-13).

 

No sé. El turismo debe tener su espacio. Pero la espiritualidad también. Y percibo que, entre la religiosidad y el consumo, la espiritualidad está naufragando, y paradójicamente en los recintos de las grandes religiones. ¿O es que las religiones siempre fueron eso: centros de poder y de acumulación de riqueza?, ¿que, en consecuencia, solo estamos viendo un cambio de métodos, pero no de objetivos?

 

Un dato reciente puede resultar suficientemente rotundo: según la Conferencia Episcopal Española (CEE), la reciente visita de León XIV a España ha significado un beneficio de € 150 millones (US$ 172.4), frente un costo estimado en € 25 millones (US$ 28.7), es decir, un rendimiento de 6 a 1. Ver ACÁ. Fabuloso negocio, del que se benefician, entre otros, la iglesia católica, en primer lugar, seguida de la monarquía española y toda la red empresarial afín al turismo: hostelería, transporte, comercio… Para dimensionar las cifras, bien valen las comparaciones: el último megaconcierto de Shakira en Río de Janeiro, que batió todos sus récords anteriores y con el que superó a Madonna y a Lagy Gaga. Así lo reportaron los medios: “Se estima que el evento generó cerca de 800 millones de reales, equivalentes a unos 160 millones de dólares”. Ver ACÁ. No queda duda: la celebrity más rentable hoy vive en el Palacio Apostólico de Ciudad del Vaticano, y la religión ha ido dejando de ser una pretendida ruta hacia la espiritualidad y se está convirtiendo en un espectáculo de consumo.

 

Mucho me temo entonces que sí, que asistimos a un fenómeno de mercantilización de lo humano más sagrado: su dimensión trascendente y espiritual. Y lo estamos haciendo de una manera frívola y fiestera, por demás. Así que un debate contemporáneo serio sobre espiritualidad y religión podría aportar mucho al respecto.

 

Ramiro Restrepo González

Mayo de 2026

NO MÁS FILANTROPÍA

 

La filantropía nace en la segunda mitad del siglo XIX. Y es bueno recordar las causas y dinámicas sociales que le dieron origen. Para ese momento, en Europa había iniciado, poco más de un siglo atrás, lo que luego se denominó la revolución industrial. Para casi todo el mundo pasó desapercibido que dicha revolución, si bien había iniciado un ciclo de prosperidad económica excepcional, los dividendos de dicha prosperidad habían empezado a distribuirse de manera terriblemente inequitativa. Así, Europa, en cuestión de un siglo, conoció la pauperización creciente de grandes masas de ciudadanos. Nacieron los cinturones de miseria en la Londres de la época y en las demás capitales europeas; no había aún sistemas de protección social que morigeraran la situación y las condiciones físicas del trabajo eran bastante precarias y agobiantes. Esas condiciones dieron origen a una realidad social explosiva y conflictiva (huelgas, inseguridad pública, hambre, pobreza…), y se hacía urgente reaccionar. Así, aparte de la represión, surgieron infinidad de iniciativas tratando de responder a lo que entonces se conoció como “la cuestión social”. Veamos:

§  Surgió el sindicalismo en Austria e Inglaterra, a partir de 1860, para reivindicar derechos y condiciones dignas de trabajo.

§  Nació el cooperativismo en Inglaterra, como propuesta alternativa al sistema de producción industrial dominante. Y lo hizo en 1844, coincidiendo justo con la publicación del Manifiesto Comunista de Marx, que precisamente está dedicado a todos los trabajadores del mundo.

§  Se sentaron las bases de los sistemas de protección social en Alemania, hacia 1880, de la mano del canciller alemán Otto von Bismarck.

§  Se fundaron las primeras cajas de compensación familiar en Francia, hacia 1891, de la mano de empresarios preocupados por la situación social de sus trabajadores.

§  Y nació finalmente la filantropía, como esa estrategia de los dueños del capital para distribuir ayudas a los más necesitados.

§  Así, muchas otras iniciativas, algunas de las cuales fueron efímeras.

 

El asunto de fondo es que la revolución industrial instauró un modelo económico sobre unos principios de inequidad social y depredación natural, que siguen sin resolverse hasta hoy. Y, sí, todas esas iniciativas sirvieron como barrera de contención a la conflictividad social inducida por dicho modelo. Pero una advertencia es necesario hacer a esta altura: NINGUNA DE ESAS INICIATIVAS SE ENFOCÓ EN RESOLVER LAS CAUSAS ESTRUCTURALES del fenómeno. Solo sirvieron para mitigar sus efectos.

 

Así que las preguntas que siguen sin respuesta se han multiplicado y se han vuelto más acuciantes, mientras casi todas esas respuestas iniciales agotaron su potencial o están en franca crisis: ¿qué peso tiene hoy socialmente el sindicalismo?, ¿qué participación ha logrado el cooperativismo en la economía mundial?, y, por supuesto, ¿para qué carajo ha servido la filantropía sino para mantener la pobreza y la dependencia? Quizás la única iniciativa que supera todos los anteriores interrogantes es la de los sistemas de protección social. Estos lograron una legitimación legal y constitucional suficiente, representan un porcentaje importante de la economía, han alcanzado unos niveles de cobertura significativos y, aun en medio de su fragilidad y crisis crónica, siguen aportando mejoras tangibles en la calidad de vida de infinidad de personas.

 

Y, de todas esas iniciativas, la filantropía es la que sale más mal librada. Porque ha terminado sirviendo más para esquivar cargas tributarias, que para resolver problemáticas sociales; y eso sin contar la infinidad de manejos turbios que proliferan a su alrededor.

 

Sé que muchos encontrarán difícil aceptar que la filantropía debe abandonarse cuanto antes, teniendo a la vista la inmensa vulnerabilidad de grandes masas de seres humanos sumidos en el hambre, las guerras o la pobreza. Yo mismo me resisto a pensar que, frente a esa infinidad de seres humanos, hermanos nuestros, no se haga nada.

 

Pero ahí es justo donde debemos abrir la puerta al concepto correcto: la ayuda humanitaria, alineada con el derecho internacional humanitario. Para esas situaciones justamente se acuñó este concepto, totalmente ajeno a la filantropía. Para atender situaciones de vulnerabilidad emergentes, pero solo en su etapa crítica inicial. En el entendido que dicha fase inicial deberá verse continuada por otra fase de rehabilitación, hasta lograr que las personas recuperen su autonomía individual y familiar, y puedan volver a hacerse cargo de sí mismas.

 

Igual a lo que sucede con un herido en una guerra o un accidente: el área de emergencias clínicas lo estabilizará y deberá dejarlo en condiciones de reanudar una vida normal o de pasar al área de hospitalización para, posteriormente, recibir el alta definitiva. Nada de esto sucede con la filantropía. Con la filantropía, si lo mira bien, lo que se hace es dejar al paciente accidentado en urgencias de manera indefinida. Por eso, la filantropía ha sido incapaz de generar rehabilitación y autonomía. A cambio, ha generado sistemáticamente relaciones viciosas de dependencia y de reproducción de la pobreza.

 

De suerte que AYUDA HUMANITARIA, SÍ; FILANTROPÍA, NO. Y, de por medio, bienvenida una revisión crítica a fondo del modelo economicista que heredamos de la era industrial. Mientras no se sustituya por un modelo económico a escala humana (Max-Neef), seguiremos viendo desfilar crecientes masas de seres humanos desposeídos y vulnerables. Y esa sí es la verdadera causa estructural del problema, que no hemos tenido la lucidez y el valor de encarar colectivamente.

 

Ramiro Restrepo González

Mayo de 2026

viernes, 5 de junio de 2026

LA OBSESIÓN CON EL FINAL

 

Los seres humanos hemos alimentado atávicamente una cierta obsesión con el final: de la vida, del mundo, de cada obra que emprendemos, de cada calendario que agotamos. Veamos:

§  El apóstol Juan le dedicó el Apocalipsis (ver especialmente su capítulo 20); un nombre que, contra toda apariencia, no significa final, sino revelación (ἀπό —apó— = lejos de; y καλύπτειν —calíptein— = cubrir, ocultar; es decir, apocalipsis es poner lejos o retirar aquello que oculta algo). Se refería Juan a la revelación final, la del capítulo 20 justamente.

§  La humanidad (bueno… Europa, que eso dizque era la humanidad en esa época) protagonizó una espera colectiva del fin del mundo al llegar el año 1000 de nuestra era.

§  En menor medida, pero muy simpáticamente, el fenómeno se repitió al llegar el reciente año 2000. ¿Recuerdan el Y2K y todas las histerias apocalípticas asociadas a ese simple final de milenio?

§  Y ya abunda en la literatura el planteamiento de que nuestra civilización se ha puesto en ruta de colapso. El astrofísico Stephen Hawking le dedicó tiempo y esfuerzo hasta desarrollar su propio modelo teórico.

 

No gratuitamente hemos visto surgir con notable fuerza movimientos como los Preppers, también conocidos como preparacionistas. Son personas que se organizan en grupos de vecinos y en comunidades digitales, con una meta común: estar logística y sicológicamente preparados para el final, es decir, para el gran desastre: una crisis nuclear, el choque de un asteroide, una pandemia u otro. Los vemos, así, construyendo búnkeres y almacenando enlatados, medicinas clave, mapas, herramientas de supervivencia y toda esa parafernalia. Igualmente los vemos realizando simulacros y entrenamientos periódicamente. Tienen, además, sus propios sistemas de alarma colectiva. Como tales, son un fenómeno global, incluso los vemos en Colombia, pero su gran fortaleza son los Estados Unidos, sin duda. Personalmente me parecen una caricatura cultural, pero constituyen una tendencia contemporánea a tener en cuenta (ver información relacionada ACÁ, ACÁ y ACÁ).

 

Una referencia más seria merece toda nuestra atención y reconocimiento. Más conocida como el Arca de Noé, con toda razón, es el Banco Mundial de Semillas de Svalbard. Iniciado en 1990, en alianza entre el gobierno noruego y la FAO, acaba de recibir merecidamente el premio Princesa de Asturias 2026 a la Cooperación Internacional. ¡De celebrar, precisamente en un momento geopolítico en el que la cooperación internacional ha saltado por los aires! Esta iniciativa fue el detonante de lo que hoy es el Tratado Internacional sobre los Recursos Filogenéticos para la Alimentación y la Agricultura, promovido por la FAO (ver ACÁ).

 

Este curioso banco es una construcción semisubterránea de más de 1000 m2 de área, precisamente en el archipiélago noruego de Svalbard, y es el banco de semillas más grande del mundo (ver imagen y detalles ACÁ). Ubicado en una zona de hielo ártico, su refrigeración está casi asegurada, en caso de fallo eléctrico, por las bajísimas temperaturas ambientales. La zona es, además, de bajo riesgo sísmico y alejada de muchas amenazas cotidianas actuales. El banco cuenta hoy con unos 4,5 millones de muestras de semillas de todo el mundo, incluido Colombia, y cada muestra, que incluye unas 500 semillas, ha sido almacenada una vez sellada herméticamente en una bolsa de aluminio.

 

Esta iniciativa, ¡sospechó lo correcto!, ha sido pensada para preservar y salvaguardar la biodiversidad vegetal, en caso de una gran catástrofe, como ya ocurrió puntualmente en el caso de Siria, cuando la guerra destruyó totalmente su almacén nacional de semillas en Alepo; semillas que habían sido especialmente adaptadas para terrenos áridos, y que el banco de Svalbard permitió reponerlas, pues ya tenía copias de las mismas. Pero… ¿y si se tratase de una catástrofe global? Svalbard se convertiría, entonces, en la verdadera Arca de Noé.

 

Las más variadas especulaciones sobre las amenazas de destrucción masiva planetaria, incluso escenarios de prospectiva serios, empezando por el que dejó planteado Hawking, pueden concretarse en cuatro amenazas globales como las más aceptadas:

§  Una guerra nuclear, nada improbable.

§  Un cambio climático extremo y prolongado, que ya está en curso.

§  El desarrollo biotecnológico fuera de control (patógenos letales, guerra biológica, IA autónoma…).

§  Un gran evento extraplanetario: la caída de un gran asteroide, similar o mayor al que cayó en el Golfo de México hace 66 millones de años o un superevento Miyake.

 

Cada una de estas amenazas puede representar la desaparición de la especie humana o de una significativa parte de la vida sobre este planeta. Lo curioso de observar es que tres de ellas son de origen antropogénico, es decir, están siendo generadas por nosotros mismos. Y solo la cuarta, quizás la menos probable, tiene origen extraplanetario. La realidad cruda, sin embargo, es que hoy más que nunca antes, la espada de Damocles de la extinción pesa sobre nosotros.

 

Desde la ciencia, hay ya sesudos estudios y modelaciones matemáticas sobre los escenarios futuros del planeta. Uno de los más recientes que conozco apareció en arXiv recientemente, suscrito por la astrobióloga española Celia Blanco y otros. Según reseñan, “Las simulaciones se basan en los diez escenarios futuros de 1000 años de Haqq-Misra et al. (2025), parametrizados con tasa de crecimiento, reservas de recursos, tasa de agotamiento, profundidad del colapso, retraso en la recuperación, fracción de recuperación y tasa de riesgo existencial” (ver ACÁ el texto del artículo). Y su conclusión es clara: “El destino a largo plazo de una civilización, al parecer, depende menos de la suerte que del diseño”.

 

La pregunta, entonces, es si el diseño sociotécnico de nuestra civilización actual es sostenible en el tiempo. Y esto torna menos fantasioso el debate. La realidad claramente nos dice que hay dos preocupantes desbalances en la civilización contemporánea: a) el primero de ellos, entre la dinámica del avance tecnológico y la dinámica de los avances sociales (cultura, gobernanza, ética, contrato social…), lo cual nos coloca ante un desarrollo tecnológico claramente fuera de control; b) y, el segundo, entre la dinámica del modelo económico vigente y la biocapacidad del planeta, que el primero amenaza ya con agotar.

 

Por lo tanto, nuestro futuro  depende exactamente de cómo gestionemos estos desbalances en el futuro cercano. Y la constatación, a hoy, es que, no solo no los hemos venido gestionando adecuadamente, sino que estamos navegando en dirección a agravarlos cada día.

 

Como vemos, no es solo una obsesión atávica, sino una especie de pulsión de muerte, como diría Freud, que nos seduce como seducían las sirenas a Ulises y, en este caso, lo está haciendo colectivamente. La realidad metafísica (espiritual, religiosa o como guste) es que el telón de fondo que anima toda esta trama no es otro que nuestra obsesión fatal con el ineludible final nuestra propia existencia.

 

¿Necesitamos embriagarnos de final? ¿O podremos sobreponernos y tomar el timón de nuestro destino como especie y como planeta? Más parece que la vida tiene sentido, por encima de la abrumadora realidad de nuestra torpeza colectiva y de nuestra pequeñez y finitud como seres humanos. Pero ese desafío nos exige un DESPERTAR DE LA CONSCIENCIA porque, como bien titula Jordi Pigem su último libro (ver ACÁ), nuestro dilema es simple: CONCIENCIA O COLAPSO.

 

Ramiro Restrepo González

Mayo de 2026 

UNA SOCIEDAD ANÓMICA

 

Tratándose de una palabreja que usamos poco, conviene empezar recordando su sencillo origen etimológico. En griego clásico, νόμος (nómos) significa ley, norma; y la “a” inicial es, igualmente en griego, un prefijo privativo. De suerte que anomia es un estado de cosas sin ley. La RAE complementa con una acepción traída de las ciencias humanas, y la define además como un “conjunto de situaciones que derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación”.

 

La anomia es, así, un fenómeno silencioso, pero observable a pie de calle sin mayor esfuerzo. Y es, para mí, la variable menos visible, pero de las más decisivas en la decadencia contemporánea. Una especie de fuerza corrosiva del contrato social y de la convivencia ciudadana basada en él.

 

Podemos hacer fácilmente un inventario de sus polimorfas manifestaciones. En primer lugar, las más cotidianas: cruzar la calzada con el semáforo en rojo, no respetar el carril de circulación, colarse en las filas, pagar redes de intermediarios en los trámites ciudadanos, evadir impuestos… Pasando, luego, por las más sofisticadas: los paraísos fiscales, la piratería de marca, la ciberdelincuencia, las redes de corrupción, las fake news… Para, finalmente, llegar a las manifestaciones más estructurales: la crisis generalizada de confianza pública, la inoperancia del sistema judicial, la decadencia de las formas democráticas, la precariedad de los modelos de gobernanza… Como vemos, la anomia es una especie de espíritu maligno, que se ha instalado en nuestra sociedad contemporánea, invadiendo todos los rincones y niveles de la actividad humana. Hemos terminado, así, cumpliendo la vieja sentencia de la colonia, que consagró el virrey Antonio de Mendoza: “aquí se obedece, pero no se cumple”; simpática sentencia actualizada en el folclórico dicho caribeño: “aquí ese decreto no pegó” (costeñismo que significa que las personas no aceptaron ni asimilaron algún decreto o norma y que, por tal motivo, nadie los cumple).

 

Conviene dar una mirada a las posibles causas del fenómeno, para encontrar allí la raíz de posibles acciones. En mi opinión, se trata, no solo de un fenómeno polimorfo, sino policausal. Apuntaría al menos a las siguientes seis fuentes causales.

 

La desvalorización de lo público. Ha habido sociedades particularmente sensibles al cuidado de lo público, del bien común (la polis griega, la Pacha Mama de nuestras sociedades ancestrales, nuestra Casa Común de la ONU y Francisco). La nuestra, marcada por un individualismo feroz, le ha dado la espalda al bien común. Es la conocida “tragedia de los comunes”, de la que nos habla Garrett Hardin (La tragedia de los comunes, publicado originalmente en Science, 1968, vol. 162; ver ACÁ). Un ejemplo de actualidad: el cambio climático (un bien común altamente sensible) no será manejable mientras no haya compromisos vinculantes de sacrificar beneficios individuales derivados de actividades generadoras de gases de efecto invernadero GEI, que es lo que no se ha podido lograr en las innumerables Conferencias de las Partes COP sobre el clima.

 

La secularización. El proceso que ha marcado la gradual pérdida de protagonismo de las religiones en la organización de muchas sociedades. Como bien lo afirma la filósofa catalana, Victoria Camps: “Con la secularización, nada ha sustituido lo que hacía la religión para vincular a las personas con un sentido moral (Silverio, Pedro. Entrevista a Victoria Camps, filósofa catalana. Ethic, octubre 27 de 2025. Ver ACÁ). A su manera, aunque con un alto costo humano, las religiones cumplían este importantísimo papel social. Y tímidas iniciativas como el Proyecto por una Ética Civil Mundial, liderado por el fallecido teólogo Hans Küng, no han logrado aún el respaldo político necesario, a pesar del reconocimiento oficial de Naciones Unidas.

 

La decadencia institucional. Cada vez las instituciones se quedan más cortas para responder a las expectativas ciudadanas, por un lado; y, por otro, la institucionalidad pública ha sido cooptada, en gran medida, por redes mafiosas corruptas, que la ciudadanía percibe a golpe de escándalos. Al respecto, uno de los últimos reportes del Latinobarómetro (Informe 2024, pp. 57-59. Ver ACÁ) nos ofrece las siguientes cifras: salvo la iglesia católica (61 % de confianza pública), ninguna institución llega al 50 %. Ejemplos: Fuerzas Armadas (43 %), presidente (37 %), partidos políticos (17 %), Congreso (24 %), poder judicial (28 %). Y, la más desastrosa: la confianza interpersonal (15 %). Y, sin confianza pública, jamás habrá cohesión social posible ni sentido normativo alguno que vincule al ciudadano con un contrato social.  

 

La ruina del sistema educativo. Justo la institucionalidad responsable de formar personas y ciudadanos. Pero hay dos factores que han determinado su ruina:

                          

Por un lado, el deterioro severo de su calidad, al punto que recientemente la Secretaría de Educación del Departamento de Antioquia, en Colombia (Ver ACÁ), debió reconocer que 4 de cada 10 bachilleres no pasaron el umbral de lectura en las pruebas del Icfes (Instituto Colombiano para la Evaluación de la Educación). Y esa es una dolorosa realidad global, más que local.

 

Y las pruebas PISA (Programme for International Student Assessment) de la OCDE, con las cuales se evalúa la efectividad del sistema educativo en el mundo; que, en mi concepto, constituyen la antinomia de lo que es el desarrollo humano; en efecto, se centran en competencias (lectora, matemática y científica), es decir, habilidades meramente funcionales y mecanicistas, olvidando la esencia del ser humano: su sensibilidad y su consciencia; por ello, PISA no incluye asuntos tan vitales hoy como la estética, la ética, el desarrollo emocional, la solidaridad, la cultura… En resumen: solo incluye lo que nos hace máquinas, no humanos. Y las máquinas no conocen de  leyes y normas.

 

Un sistema judicial inútil por diseño. Justo la institucionalidad responsable de aplicar las leyes y normas en la sociedad, sancionando sus desviaciones. Hablo de la justicia, entendida en su reducidísima concepción de conformidad con la norma. Basta mirar los índices de impunidad. Son su prueba ácida. Según el Índice de Impunidad Global 2024 (Universidad de las Américas, Puebla. Índice Global de Impunidad 2024. P. 107. Ver ACÁ), Colombia registra un 37.76 %, y ello sin tener en cuenta la “impunidad estadística” que registra el informe, por falta de información o reporte de los países. La lectura inversa resulta igualmente elocuente: significa que la efectividad del sistema judicial en Colombia es, como máximo, de un escaso 62,24 %. Sin embargo, cifras oficiales de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia de Colombia ubican la impunidad, entre 2010 y 2023, en un 93.99 % (ver ACÁ). De ahí lo acertado del decir popular: “Así, ‘ser pillo, paga’”. Y anotaría una causa más, quizás la raíz de todas.

 

Un sistema económico perverso. En efecto, el economicismo decadente y aún dominante (neoliberalismo, capitalismo digital y ahora tecnofeudalismo), con su mandato supremo de la maximización de beneficios, ha entronizado la mano invisible del mercado, trayendo consecuencias nefastas: el desmantelamiento del Estado, un individualismo exacerbado con rasgos de sicopatía crecientes y la cancelación de toda expectativa de justicia ambiental y social. Es decir, los agentes del orden económico vigente han sido los únicos ganadores (y, en mi concepto, sus artífices encubiertos) de un orden social anómico y disfuncional al bien común.

 

En resumen: sociedades sin fundamentación humana, sin sólidos referentes vitales e institucionales que sirvan de guía, sin cohesión ciudadana, y formadas por grandes masas de individuos lanzados a sortear las afugias de la vida en medio de la ley de la selva de una economía voraz.

 

Vuelvo a la pregunta inicial: ¿hay algo que se pueda hacer, para intentar sanar una sociedad anómica? Estoy convencido de que la respuesta es afirmativa. Pero no me satisface la respuesta convencional más aceptada, que propone la educación como estrategia. Es, a mi modo de ver, la respuesta políticamente correcta.

 

Propongo que se considere una interesante pista que nos dio el materialismo histórico hace ya 180 años. No es la respuesta, pero es una pista. Según la tesis central de este enfoque, el pensamiento y la cultura se forjan a partir de las condiciones materiales bajo las cuales las sociedades resuelven sus problemas de supervivencia. “¿Qué demuestra la historia del pensamiento, sino que la producción intelectual se transforma con la producción material?”, afirmaba Marx (El manifiesto comunista, p. 61. Ver ACÁ). Esta ruta nos trae a primer plano el trabajo humano y las condiciones sociales en las que este se desarrolla. En otras palabras, nos dice que poco diferente a un pensamiento y una cultura anómicos podemos esperar de un modelo de desarrollo economicista depredador como el vigente. Lo visionario de Marx fue haberlo advertido en los inicios de la era industrial. En ello, coincido.

 

En lo que no coincido con el respetable señor Marx es en que el espíritu humano (autoconsciencia, sensibilidad, pensamiento…) sea un material pasivo y moldeable por las circunstancias (condiciones materiales del trabajo humano, según Marx). El pensamiento, al igual que las fuerzas sociales y materiales, es otra fuerza, y quizás más poderosa. El pensamiento es el más poderoso fermento de la evolución. De suerte que es en la interacción dinámica de todas estas fuerzas, mediadas por el pensamiento, especialmente por el pensamiento crítico, como creo que se forja la cultura, en tanto pensamiento colectivo que es.

 

En conclusión:

 

Si se quiere ser pragmático, no hay ruta diferente, en mi personal opinión: sustituir, transformar o ver colapsar el modelo económico vigente, anclado en el comprar-tirar-comprar para maximizar rendimientos, y echar a andar transiciones audaces. Lo demás vendrá en cascada. Creo, además, que ya está ocurriendo. La traumática experiencia que están representando las actuales condiciones materiales, en las que el trabajo humano ocurre, están produciendo y, a la vez, están confrontando cambios rápidos de la cultura política de las sociedades. En otras palabras: la amarga experiencia de un sistema disfuncional está despertando consciencias y sensibilidades, que no demorarán en expresarse abiertamente y ganar protagonismo en el diálogo social y político. Esa nueva consciencia y esa nueva sensibilidad están empezando a ser los catalizadores de la gran transición que estamos iniciando. Se escuchan dolores de parto crecientes en la confusa sintomatología contemporánea.

 

Ramiro Restrepo González

Enero de 2026

viernes, 22 de mayo de 2026

¿CRECIMIENTO ECONÓMICO CERO?

 

La historia de la humanidad, en términos económicos, ha transcurrido entre eras de abundancia (más de lo necesario) y eras de escasez (menos de lo necesario), y solo en situaciones excepcionales ha transcurrido bajo el signo de la suficiencia (justo lo necesario). Y ambos modelos, abundancia y escasez, han convivido en el tiempo, bien en diferentes grupos sociales, o aún dentro de un mismo conglomerado social.

 

Desde el inicio de la era industrial (1712), nos embarcamos en una larga era de abundancia creciente, hasta llegar a los excesos e inequidades de la actual sociedad de consumo. A tal punto, que llegamos a alimentar la ilusión del crecimiento económico sin límites y así lo consagramos en conceptos, casi dogmas, como el PIB y la competitividad. ¿Está llegando esta era a su fin?, ¿se acerca, cada vez más claramente, una era de crecimiento cero o, más aún, de decrecimiento? Usted podrá inclinarse por una u otra hipótesis. Pero lo que sí está claro ya es que ha llegado la hora de dar el debate y, quizás, de prepararse.

 

Hipótesis uno: seguiremos creciendo y más aún

 

Toda la ortodoxia y la institucionalidad económicas del mundo contemporáneo están construidas sobre el imperativo del crecimiento, como si se tratara de una ley natural similar a la gravedad. Solo se discute cuánto crecer.

 

En los últimos años, han surgido incluso nuevos profetas de una era de prosperidad económica jamás imaginada, que ya estaría en curso. Sus gurús, como era de esperarse, provienen de los sectores de la alta tecnología. Los pontífices de Silicon Valey son los primeros y ya suficientemente conocidos. Por tal motivo, pondré el foco en otras áreas de la tecnología menos visibilizadas. Son ellas la energía y la industria agropecuaria. La primera es el motor de toda la economía; y la segunda responde actualmente por las dos terceras partes del empleo mundial. ¿Y qué está sucediendo en estas dos áreas?

 

En el sector de la energía, los costos de las renovables han venido cayendo de manera abrumadora. Veamos las cifras: en los últimos 10 años, el costo de la energía solar ha caído un 80 %, el de la eólica un 55 % y el de las baterías un 90 %. Y, en los próximos 10 años decrecerán: un 70 % adicional la solar, un 50 % la eólica y un 80 % las baterías”. Son las proyecciones que nos ofrecen los futurólogos James Arbib y Tony Seba en su última obra Stellar (ver ACÁ, págs. 76-77, y ACÁ). El horizonte, pues, y más si sumamos la probable llega de la energía de fusión nuclear comercial (ver información ACÁ), es de energía casi gratuita e ilimitada.

 

Y, si aceptamos la tesis de que la plataforma energética ha sido la pieza fundamental en el engranaje económico y en el diseño de cada era civilizatoria, es claro que estamos ante un cambio absolutamente revolucionario. Algo comparable con el desarrollo de la electricidad en la segunda revolución industrial (1870-1914). En ello, a los señores Arbib y Seba y a toda la comunidad científica detrás de la energía de fusión nuclear, les asiste toda la razón.

 

En el sector agroindustrial, las cosas son igualmente revolucionarias, aunque menos publicitadas hasta ahora. Hace pocos años, en efecto, la investigación ha venido dando forma a lo que ya se conoce como la fermentación de precisión (ver ACÁ). Como todos sabemos, la fermentación es un proceso milenario aplicado en la producción de unos pocos productos de consumo: quesos, yogures, cervezas, pan, etc. La novedad es que, ahora, hemos encontrado la tecnología para sustituir los agentes naturales de la fermentación como la levadura, las bacterias y los hongos. Es lo que llamamos la fermentación de precisión, asistida por tecnología digital e IA. Ello ha permitido entrar a producir casi cualquier producto agropecuario como carnes (aves, vacunos, peces), lácteos, hortalizas, frutas, etc. Es decir, prácticamente toda la cadena alimentaria.

 

Y una precisión fundamental: no se trata de carnes, lácteos u otros productos, en versiones artificiales. La fermentación es un proceso natural. Por lo tanto, la totalidad de las características organolépticas y nutricionales se reproducen con total fidelidad. Incluso, mejorándolas, al poder suprimir en el proceso cualquier patógeno potencial, así como mejorar texturas y sabores. Lo que esta tecnología plantea es tan revolucionario como el desarrollo de la agricultura hace 10.000 años. De hecho, ya se habla del final de la agricultura y de la ganadería como las conocemos, con todas sus industrias asociadas: avicultura, porcicultura, piscicultura… Y ya no son asuntos de laboratorio, como que empiezan a proliferar las startups de esta tecnología, ya autorizadas para producir comercialmente (para mayor información, leer este documento ACÁ).

 

La consecuencia, según los teóricos e investigadores de esta línea, es que está a nuestras puertas una era de abundancia, basada en la creación, a diferencia de la era de escasez y extracción de la que venimos. De tal suerte que el pronóstico de crecimiento sería aún más optimista frente a lo que ya nos ha traído la revolución industrial.

 

Hipótesis dos: la era del crecimiento ha llegado a su fin

 

Otra corriente, que tiene no pocos antecedentes y fundamentos. A diferencia del anterior escenario, de fundamentación tecnológica, este otro escenario se basa en criterios biofísicos y demográficos. Veamos.

 

En primer lugar, es una evidencia científica que la biocapacidad de nuestro planeta ha venido menguando en las últimas décadas, producto de un modelo económico de maximización de rendimientos que ya consume más biomasa que la que el planeta es capaz de regenerar en el mismo periodo. Es decir, nuestro planeta viene, hace décadas, en situación deficitaria creciente en términos de biocapacidad (ver ACÁ). En términos prácticos, nos estamos quedando sin recursos para alimentar la infernal máquina de consumo que hemos construido. Y, sin recursos, no hay economía posible. La escasez crítica de recursos (hídricos, forestales, de suelo, de biodiversidad…) empieza ya a lastrar la economía global; y la tecnología solo está agravando la situación, como es el caso de los altísimos consumos hídrico y energético que los centros de datos están representando para apalancar la revolución digital. No en balde tantas guerras: son, en su gran mayoría, guerras por recursos escasos. De este horizonte ya nos advertía proféticamente el Club de Roma desde los años 70 del siglo anterior (ver ACÁ y ACÁ), con su estudio pionero Los límites del crecimiento.

 

En segundo lugar, la población mundial ha iniciado, por primera vez en siglos, un ciclo de contracción y envejecimiento que le ofrecerá a la economía, no solo menos consumidores, sino menores tasas de consumo per cápita. Las cifras ya son rotundas. Colombia, desde 2023, registra una tasa de reposición poblacional negativa, lo que significa que el número de muertes supera ya el número de nacimientos (la tasa de nacimientos por mujer fue de 1.6 en 2024, frente a la tasa de reposición poblacional necesaria de 2.1. Ver ACÁ). Similar situación se vive en el mundo, con algunas excepciones en África. Los efectos en reducción global de la población se irán filtrando gradualmente en las próximas décadas. Pero el fenómeno tiene raíces culturales, económicas y políticas tan profundas, que puede darse por una macrotendencia irreversible.

 

Así, el escenario que nos espera es bien simple: menos recursos, menos consumidores, menores tasas de consumo. El resultado aritmético es obvio: menguantes tasas de crecimiento económico (del PIB), hasta llegar a cero o volverse negativas. Lo contundente es que estas variables biofísicas y demográficas ya están en marcha. La revolución tecnológica de la energía y la industria agropecuaria están igualmente en marcha, pero están por verse aún sus resultados tangibles y, cuando menos, se verán severamente opacadas en sus potenciales resultados.

 

Por lo pronto, yo me alineo con la hipótesis de una sensible contracción económica global en las próximas décadas, lo que considero saludable. Será la pausa perfecta y obligada para repensar el modelo económico y nuestra cultura de consumo y pensar colectivamente en migrar a un modelo de suficiencia y sostenibilidad. Una economía humana para humanos, por fin.

 

Ramiro Restrepo González

Mayo de 2026