viernes, 6 de marzo de 2026

LA DESCONFIANZA COMO ESTÁNDAR

 

Puedo recordar vívidamente haber presenciado de niño cómo mi padre cerraba negocios con un fuerte apretón de manos. Mi padre fue lo que llamamos coloquialmente un finquero y, a partir de cierta edad, un pequeño inversionista de propiedad raíz. Nada de promesas de compraventa, ni notarías ni abogados de por medio. Era el honor personal, materializado en la seriedad de la palabra, amigablemente empaquetada en un sólido y cálido apretón de manos.

 

La nostalgia no ayuda, pero estimula las comparaciones. He vivido, por estos días, el viacrucis de firmar varios acuerdos de mediana y alta cuantías con entidades reconocidas de la ciudad. Y he seguido y observado con paciencia el proceso; pero, sobre todo con gran curiosidad, tan engorroso camino que las organizaciones han terminado desarrollando. Supuestamente, en aras de la productividad. He llegado, así, a varias conclusiones:

 

1. La burocratización de las organizaciones ha fragmentado el trabajo de las personas a unos niveles aberrantes. He debido recibir requerimientos provenientes de múltiples funcionarios, sin que ninguno de ellos muestre tener control de la totalidad del proceso. De esa manera, he terminado atendiendo, una y otra vez, requerimientos cada vez nuevos que, en ocasiones, resultan incluso contradictorios; entonces, he debido esperar a que los funcionarios vayan limando sus diferencias.

 

Así, desde la perspectiva del cliente, observo que ya no se dispone de la famosa “ventanilla única”, a través de la cual se pueda conducir toda la relación cliente-empresa, proveedor-empresa. Y, desde la perspectiva del funcionario, bien puedo imaginar que su trabajo resulta siendo una mezcla de dos componentes tóxicos: a) seguir un listado frío de requisitos, como los denominan los estándares de gestión de la ISO, y los cuales basta ir chequeando cual extensas listas de compras; b) o, peor, hacer de pasaladrillos, coloquialismo colombiano para indicar que el funcionario no resuelve nada, no agrega valor, y que todo asunto empieza a pasar de mano en mano, para que otro se encargue. A la final, observo claramente que el resultado no es productividad sino ineficiencia y costo.

 

Pero, más allá del pretendido y no logrado objetivo de productividad, me pregunto: ¿con una imagen tan fragmentada del trabajo, es posible que un trabajador desarrolle un sentido de propósito, una visión de su contribución, y encuentre sentido en su trabajo?, ¿es posible que el cliente termine con un balance donde el valor agregado resulte siendo superior al consumo de energía?

 

2. Y, cuando en mi curiosidad me pregunto por las causas de esta situación, encuentro varias hipótesis que me conducen todas a una única conclusión: sin apenas darnos cuenta, creo que hemos hecho de la desconfianza el pilar fundacional del funcionamiento de nuestras organizaciones. Es incluso explícito de alguna manera: la ISO, por ejemplo, predica que sus estándares han sido desarrollados para generar confianza en el comercio internacional. Y, sí, los estándares nos ayudan a lograr consensos sobre unos mínimos sociales de calidad, pesas y medidas, seguridad, riesgos, servicio, etc., lo cual genera confianza entre los actores del mercado. Pero no olvidemos que son solo herramientas de gestión; y sospecho que se nos han vuelto gestores, es decir, han terminado suplantando la voluntad de los actores del mercado y se nos han convertido en dogmas, fosilizando, de paso, las estructuras organizacionales. De esa manera, más que generar confianza, la erosionan. Más que generar valor, agregan costo.

 

3. Como tales, los estándares de gestión (calidad, ambiente, seguridad, información, riesgos, gobernanza, etc.) han perdido su norte: ya no contribuyen al desarrollo propiamente, sino que, cada vez más, se convierten en una pesada carga de improductividad y deshumanización del trabajo. Recordemos que ya se contabilizan más de 25.000 estándares, solo por parte de la ISO, uno solo de tantísimos organismos normalizadores en el mundo. Una cifra que, más que abrumadora, encuentro absurda. ¿Imagina usted una organización cumpliendo con esa enciclopedia de requisitos?. La prueba reina de que esto no está funcionando nos la ofrece la misma ISO en su portal de internet: el 45,6 % de sus estándares (¡casi la mitad!) están enfocados en UNO SOLO de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible que contempla la agenda mundial de desarrollo. Ese único objetivo es el 9: Industria, Innovación e Infraestructura (ver ACÁ). Y justo cuando la vanguardia del desarrollo mundial ya no pasa por el meridiano de la industria. Fundada en febrero de 1947, justo al inicio de la posguerra, tal parece que la ISO se quedó anclada a mediados del siglo XX y en un ambiente de guerra fría, en el que generar confianza entre socios aprehensivos era una urgencia. Quizás, por eso, su presupuesto implícito y fundacional ha sido la desconfianza en el interlocutor. Así, la ISO es hoy, a mi modo de ver, la multinacional líder del pensamiento fósil.

 

Las jerarquías y los protocolos dividen, fragmentan, mecanizan al ser humano, lo conviertes en un recurso más dentro del complicado engranaje productivo. De esa manera, no solo fosilizan las organizaciones, sino también el pensamiento. Observe que ya resulta frecuente, ante una solicitud razonable, argumentada y hasta obvia, que el funcionario de turno nos responda: “el sistema no lo permite”. ¿Dónde quedan el criterio, el buen juicio, la capacidad decisoria, hasta el mismo sentido común? ¿En un frasco de formol, debidamente estandarizados y certificados?

 

Me viene a la memoria el incidente que la tripulación del módulo lunar Eagle, del Apolo 11, debió enfrentar en la fase final de su alunizaje, el 20 de julio de 1969. El alunizaje debía realizarse de forma automática; pero, en el último tramo del descenso, la computadora de abordo se bloqueó por el exceso de información en proceso y empezó a emitir mensajes de error (las inolvidables alarmas 1201 y 1202, que ni los técnicos de la Nasa sabían interpretar, en ese crítico momento). Neil Armstrong, el comandante de la misión, no dudó un segundo en tomar el control manual de la nave: manipulando un simple joystick, condujo el módulo, con tino y precisión, al mejor punto de alunizaje, hasta posarse suavemente en el Mar de la Tranquilidad, como estaba previsto en el plan de vuelo; incluso contraviniendo las indicaciones de su computadora de abordo. Su pericia y su tranquilidad interior lograron finalizar con éxito la más osada misión espacial que la humanidad había emprendido hasta el momento (ver la historia ACÁ). Por simple contraste pedagógico, imagine usted al Armstrong funcionario y burócrata, reportando al centro de control de vuelo: “Houston: aquí, Apolo 11. Sobre el alunizaje, les informo que ‘el sistema no lo permite’”. La nostalgia no ayuda, pero estimula las comparaciones…

 

Al respecto, resulta también refrescante, incisivo y contundente el escritor italiano Pino Aprile, en entrevista con el diario español El Confidencial:

“Las burocracias o jerarquías multiplican la estupidez y la hacen eficaz […] porque su misión, la de toda jerarquía, es existir y para ello necesitan hacer algo que justifique su existencia […] las jerarquías tienen una misión. Trocean las tareas hasta volverlas tan simples que cualquier cretino pueda realizarlas” (ver ACÁ).

 

Digamos, entonces, que hemos terminado estandarizando, certificando e institucionalizando la estupidez. Y para eso no se diseñaron los sistemas de gestión. No quiero ni siquiera imaginar ahora a nuestras organizaciones alimentando sistemas de inteligencia artificial con sus enciclopédicos manuales de procedimientos. Van a bloquear hasta los centros de datos, como le ocurrió al computador de abordo de la Apolo 11. ¿Contaremos, entonces, con pilotos experimentados, sesudos y tomadores de decisiones, como Armstrong, o tendremos que responder con desesperanza: “el sistema no lo permite”?

 

Ramiro Restrepo González

Marzo de 2026

HABILIDADES... ¿BLANDAS?

 

Sin lugar a dudas, el concepto de habilidades blandas sigue de moda en la jerga gerencial. Si alguna vez tuvo validez, lo que no comparto, hoy resultaría un exabrupto. Con tal término, se alude a un conjunto muy heterogéneo de capacidades humanas, clasificadas como socioemocionales: comunicación, relacionamiento, trabajo en equipo, adaptabilidad, etc., todas ellas relacionadas con lo que también se conoce como inteligencia emocional.

 

Para comenzar, no son habilidades. Toda habilidad (homo habilis) se refiere a la capacidad de utilizar herramientas. Las habilidades, por tanto, pertenecen al terreno del funcionamiento mecánico (hipotalámico) del ser humano. La esfera socioemocional pertenece, por el contrario, a la esfera del funcionamiento límbico. Y, aunque el ser humano es un todo integrado en su funcionamiento, es bien claro que el modelo de desarrollo industrial hipertrofió el funcionamiento mecánico del ser humano, reduciéndolo así a un mero apéndice de la máquina (otra herramienta más, como está comenzando ya a suceder de nuevo con la IA). Para comenzar, entonces, hablemos mejor de capacidades humanas. Que eso es el sapiens (posterior al habilis): una caja de capacidades, al servicio de un universo infinito de potencialidades y posibilidades. Hablemos entonces de capacidades socioemocionales.

 

Pero, aun así, no funciona hoy hablar de capacidades socioemocionales como guía para la mejor efectividad del trabajo y de las organizaciones. La lógica es muy simple: para que una estrategia o variable de gestión resulte efectiva, debe ser funcional al sistema dentro del cual opera. Y las capacidades socioemocionales son antifuncionales en el actual sistema económico. Un ejemplo basta para sellar el debate: esperar que ser compasivo y ser competitivo sean compatibles es absurdo. O se compite, y ferozmente, como lo exige la dinámica del modelo economicista vigente —del mercado, para ser más precisos—, o se es compasivo y se funciona dentro de otro modelo, el cooperativo. Competir es pasar por encima del contrincante; ser compasivo es correr con él y ayudarle si lo requiere, cooperar, servir. En mi opinión, las capacidades socioemocionales son tan ineficaces, dentro del modelo económico vigente, que los actores de este, sabiéndolo, las predican o toleran, para proyectar una imagen decente de un sistema, que ya es notoriamente indecente. Como dijera T. S. Eliot, “La última tentación es la mayor de las traiciones: obrar bien por malos motivos” (ver ACÁ). O, como agudamente anota Byun-Chul Han, “También se han descubierto las emociones en el nivel de la gestión empresarial, porque la gestión emocional es mucho más profunda, de modo que con ella se puede explotar más a fondo”[1].

 

Invito, entonces, a que nos sinceremos y dejemos de hablar de esa pendejada de habilidades blandas o socioemocionales. Por esa vía, no llegaremos jamás al desarrollo humano profundo ni al desarrollo del auténtico liderazgo en las organizaciones.

 

Desde otro ángulo, encuentro pertinente aportar otra reflexión. El concepto de habilidades blandas, en contraposición del concepto de habilidades duras, se me parece bastante a la manida muletilla cultural del sexo débil. ¿Cuál sexo débil?: ¿el masculino? Porque lo que es la mujer ha demostrado científicamente tener mejor dotación para sobrevivir en condiciones adversas: más reservas en su organismo (biología), más resiliencia en su espíritu (sicología), más capacidad de cooperación con su entorno (empatía, relaciones sociales). Gandhi, con su enfoque no violento de resistencia pacífica (supuesta competencia blanda), liberó a la India sin disparar un solo cañón (supuesta competencia dura). Caso gemelo al de Mandela, quien lo adoptó, para liberar a Suráfrica de la opresión racial. Y similar situación se repitió en Brasil, único país de América que no pasó por una guerra de independencia. Y, ambos, India y Brasil, entre los territorios más grandes de nuestra geografía.

 

Después de la ola de las habilidades blandas, nos empezó a llegar otra ola: las habilidades STEM, el acrónimo anglosajón de Science, Technology, Engineering y Maths. En un horizonte tecnologizado y dominado por la IA, ese modelo deslumbró al sistema educativo a lo largo y ancho del mundo. Su brillo, sin embargo, duró menos de una década. Terminamos dándonos cuenta de que no era otra cosa que un refinamiento de la visión mecanicista del trabajo humano. En un informe de 2025, el Foro Económico Mundial retorna a los equilibrios perdidos, con gran sentido de pragmatismo.

 

En efecto, si revisamos los detalles del informe The Future of Jobs Report 2025 (ver ACÁ), observamos que las mal denominadas habilidades blandas vuelven a encabezar el rankin, compartiendo de tú a tú con las consideradas habilidades duras. Así lo podemos leer en su página 40: “el cuadrante superior derecho destaca las habilidades que ya son fundamentales en las organizaciones actuales y se prevé que sigan creciendo rápidamente. Habilidades como la IA y el big data (D); el pensamiento analítico (B); el pensamiento creativo (B); la resiliencia (B), la flexibilidad (B) y la agilidad (D); y la alfabetización tecnológica (D) no solo se consideran cruciales ahora, sino que se prevé que adquieran una importancia aún mayor”. Entre paréntesis, indiqué el carácter de cada una: dura (D) o blanda (B). Como se ve, las llamadas habilidades blandas superan ya o, como mínimo, igualan a las llamadas STEM.


Un poco más conciliador este informe, aunque sigue hablando de soft y de hard skills. Nuestro punto es que esa es una visión anacrónica, anclada en la visión taylorista del trabajo humano. De lo soft, ya he dicho que pienso. De lo hard, sea repetir que se trata de habilidades instrumentales periféricas, circunstanciales, que utilizan una pequeñísima parte de la capacidad del ser humano (funcionar, operar, memorizar, razonar…), justos aquellas en las que la IA nos barrerá en pocos años del escenario. En lugar de centrarnos en lo que nos hace verdaderamente humanos: nuestras capacidades esenciales: sentir, imaginar, soñar, desear, amar, afiliarse, trascender…, todas las cuales implican al ser humano de manera profunda e integral. ¡Cuán difícil es superar el paradigma mecanicista que soporta el modelo económico igual, economicista como he dicho.


Ramiro Restrepo González

Febrero de 2026



[1]     Byun-Chul Han. Capitalismo y pulsión de muerte. P. 148. Ver ACÁ.

domingo, 22 de febrero de 2026

NO MÁS REPRESAS

 

En junio de 2018, publiqué una nota titulada ¿Más Hidroituangos? (ver en este mismo blog), a raíz de la grave contingencia constructiva que vivió dicho megaproyecto en abril de ese año. Invito a leerla o releerla. Hoy está en el centro del debate otra presa (represa, si lo prefiere); en este caso, Urrá, por las gravísimas inundaciones que han tenido lugar en su área de influencia. Un desastre multicausal, pero que tiene actores principales conocidos. Piense, por un momento, qué sensaciones tendría si todas sus arterias son pinzadas de trecho en trecho, a lo largo de todo su cuerpo. Ni más ni menos, es lo que hemos hecho con nuestros sistemas fluviales en el mundo.

 

Vienen a mi memoria, de manera inevitable, la cultura y la forma de habitar el territorio de la etnia zenú, que pobló todo lo que hoy conocemos como la depresión Momposina, territorio de Urrá precisamente, en la convergencia de los ríos Magdalena, Cauca, San Jorge y Cesar (y la cuenca asociada del río Sinú), parte de la cual es la subregión conocida como La Mojana, en el norte colombiano. Esta zona, por sus características hidrológicas y geográficas, es altamente cambiante, entre paisajes de ciénaga y paisajes de sabana, que se alternan de manera dinámica a lo largo del año. Lo sorprendente de esta cultura precolombina es que “…pudo controlar el ritmo de inundaciones y sequías al que se ve sometida esta geografía, y demostró con ello que no solo es posible habitar la Depresión Momposina, sino que este también parece ser un territorio capaz de sostener, en armónico equilibrio, una cultura estable sin mayor disturbio”, según constata un grupo de investigadores de la Universidad de Antioquia, liderado por César Olmos-Severiche (ver ACÁ). Nada de lo cual resulta posible hoy, vergonzosamente, ante la mirada impotente de los mismos zenúes, que siguen siendo la segunda etnia indígena más numerosa del país, pero sometida y atropellada por lo que hemos convenido en denominar progreso.

 

La gran paradoja de eso que seguimos llamando progreso es que la inmensa red de miles de kilómetros de canales, artesanalmente construidos por los zenúes, superaron largamente en eficiencia y eficacia la sofisticada ingeniería de la represa Urrá y la compleja legislación que regula su operación, dentro del aún más complejo sistema eléctrico colombiano. La respuesta, sorprendentemente, es bien simple para mí: quizás solo ha sido que la soberbia occidental se ha revestido de ciencia y tecnología, pero ha olvidado lo más elemental: entender las lógicas de la vida y de la naturaleza, en lo que los zenúes, por su inteligencia y humildad, resultaron superiores, al habitar ese mismo territorio, sumido hoy en un caos de inundaciones y pérdidas.

 

La población de hoy no es comparable con la de los zenúes y, por lo tanto, no lo son las demandas energéticas, por supuesto. Por eso, construir presas ha sido, sin duda, la opción más económica y eficiente para responder a una creciente demanda energética, dentro de lo que el estado de la ciencia y la tecnología nos han podido ofrecer hasta ahora, con sus riesgos y costos socioambientales asociados, que no resultan menores. En ese sentido, Urrá, Hidroituango y otras, es decir, las casi 40 centrales hidroeléctricas grandes que se han construido en el país, han sido opciones necesarias. Satanizarlas es algo que me parece históricamente injusto. Pero… ¿siguen siendo necesarias hoy, incluso viables, cuando el panorama tecnocientífico ha cambiado radicalmente? Más aún: ¿cuándo los costos socioambientales de tales proyectos empiezan a ser prohibitivos e inmanejables? Basta observar el inventario de desastres ocasionados por “accidentes” de presas a lo largo del mundo y de los años. Y, de otro lado, ¿siguen siendo necesarias y viables, cuando las variables ambientales han cambiado igualmente de manera tan dramática? Tengamos en cuenta que febrero, en todo el registro histórico de la región, ha sido un mes seco, con promedios de pluviosidad de 121,49 m3/s; pero este febrero comenzó con registros de 1537 m3/s; es decir, ya no estamos hablando de un incremento en la pluviosidad; estamos ante una nueva realidad: un punto de inflexión, irreversible por demás, en las dinámicas hidrológicas, consecuencia del cambio climático. Y esta realidad, puntos de inflexión, sí no la afrontaron nuestros queridos antepasados zenúes. De suerte que estamos ante nuevas realidades ambientales y tecnológicas, que nos obligan, pero a su vez nos permiten, repensar nuestro modelo energético.

 

El señor Juan Acevedo, presidente de la hidroeléctrica Urrá, respondía, con sinceridad que le reconozco, a una entrevista de la emisora La W (escuchar ACÁ), horas antes de verse obligado a renunciar a su cargo: “nosotros hemos tenido un manejo responsable del embalse”, dijo, y se desgranó con propiedad en el marco técnicojurídico que lo respalda. Yo quiero creerle al señor Acevedo, aún a pesar de los informes de la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales que dicen lo contrario. Pero eso es accesorio, en mi opinión. También sabemos que, en los inicios de la industria aeronáutica, los pilotos lograban aterrizar visualmente sus avioncitos con aceptable grado de aproximación; y que hoy, con toda la aviónica disponible a bordo para controlar el vuelo, sus descendientes se estrellan con impresionante exactitud. Estamos ante realidades que nos sobrepasan sencillamente; tecnológicas, en el caso de los pilotos; ambientales, en el caso de las represas. Las soluciones tecnológicas que adoptamos en el pasado, en este caso las hidroeléctricas, están quedando inferiores a esas nuevas realidades, es decir, están quedando en el pasado. Por eso mi invitación: NO MÁS PRESAS. La hice hace ya 8 años y la reitero hoy, con renovados argumentos.

 

¿Qué necesitamos? UNA TRANSICIÓN INTELIGENTE. Justo como la que se hizo del carbón hacia la generación hidroeléctrica. Es decir, ojalá no se construyan más presas; ni en el país, ni en el planeta. Por el contrario: ojalá empiecen a demolerse, y empecemos a apostar decididamente por nuevas alternativas. Así está sucediendo ya en el mundo. No soy ingeniero ni experto en asuntos energéticos, para afirmarlo; pero soy un observador crítico y documentado. Por eso, ofrezco datos… y reflexión crítica:

 

Desmantelamiento de presas en el mundo:

 

Los datos ya se acumulan abrumadoramente. Veamos algunos pocos:

 

“Un informe recién publicado contabiliza al menos 239 presas eliminadas en 17 países europeos en 2021” (ver ACÁ), marcando un récord histórico, así como una tendencia creciente. Y el mismo informe ofrece una razón bien poderosa para hacerlo: “Una disminución del 93% de los peces migratorios de agua dulce en Europa (Índice Planeta Vivo) requiere medidas urgentes y la eliminación de estos obstáculos no solo es necesaria para la vida silvestre, sino también para un futuro más saludable de nuestras sociedades”.

 

Según American Rivers (ver ACÁ), entre 1912 y 2024 (112 años), se han removido 2240 presas en los Estados Unidos (un promedio de 20 por año).

 

Y un dato final, global: “Durante el último medio siglo (1950-2016), se han eliminado progresivamente 3869 presas (incluidas presas de fecha de desmantelamiento desconocida) en ríos o arroyos en todo el mundo” (ver ACÁ). Esto refleja un promedio de 58 presas/año.

 

En conclusión: hoy se desmantelan, en el mundo, un promedio de 58 presas por año y se construyen menos de 50. Por eso bien señala un artículo de Jacques Leslie: “Se acerca el fin de la era de las grandes represas”. Y complementa: “No habrá otra 'revolución de las presas' que iguale la escala de la construcción de presas de alta intensidad experimentada a principios y mediados del siglo XX”. Ver ACÁ. Y las razones abundan: los altos costos, los riesgos socioambientales asociados, la creciente oposición pública, el auge de las energías alternativas, entre las principales. Pero hay una razón más poderosa. Veamos.

 

Transición energética en el mundo:

 

Un reciente libro de James Arbib y Tony Seba, titulado Stellar (marzo de 2025, ver ACÁ), nos aporta la ESTOCADA FINAL para las grandes presas: en los últimos 10 años, el costo de la energía solar ha caído un 80 %, el de la eólica un 55 % y el de las baterías un 90 % (P. 75); y, en los próximos 10 años decrecerán: un 70 % adicional la solar, un 50 % la eólica y un 80 % las baterías, según sus proyecciones (P. 76). Nada qué hacer. Las grandes presas quedarán como monumentos faraónicos y prehistóricos, que inevitablemente entrarán en un costoso proceso de marchitamiento final y la transición energética se impondrá rápidamente por la simple fuerza bruta del mercado.

 

A modo de reflexión final:

 

Estamos en un punto de INFLEXIÓN HISTÓRICA y, en buena medida, aún no lo hemos comprendido. En momentos así, solo la imaginación sobrevive. Todo lo demás quedará sepultado. Hemos entrado en una nueva era civilizatoria, en la que las nuevas tecnologías y, sobre todo, UN NUEVO TIPO DE PENSAMIENTO (una nueva forma de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza) definirán nuestro futuro. En esta perspectiva, el legado de nuestros pueblos ancestrales, incluido el legado del ingenioso pueblo zenú, tendrán un importante mensaje qué darnos.

 

Ramiro Restrepo González

Febrero de 2026


RELATO Y REALIDAD

 

Toda nuestra vida diaria está dominada por relatos, sin que seamos siempre conscientes de ello. La razón es simple: el ser humano es un animal simbólico, un concepto acuñado por el filósofo y sociólogo polaco Ernst Cassirer (ver ACÁ). “Poéticamente el hombre habita esta tierra”, decía Heidegger, en Hölderlin y la esencia de la poesía (ver ACÁ). Es decir, el ser humano necesita construir o adoptar una interpretación de la realidad, para habitar cómodamente en ella. Y la cruda observación social nos dice que la enorme mayoría de los seres humanos no elabora, sino que adopta una interpretación, un relato hecho por otros, en una curiosa transaccionalidad en la que unos seres humanos declinan el esfuerzo de hacerse cargo de su destino y otros capitalizan ese vacío, por oportunismo o por imposición, a favor de sus propios intereses. Es la coyuntura donde nace la manipulación social, como arma al servicio de intereses de terceros, que resultan ser de todo tipo.

 

Ya lo decía Orwell en su novela 1984 (ver ACÁ): “El que controla el pasado —decía el slogan del Partido—, controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado” (p. 44). “¿Y si el pasado y el mundo exterior sólo existen en nuestra mente y, siendo la mente controlable, también puede controlarse el pasado y lo que llamamos la realidad?” (p. 94). Hoy lo vemos en los medios de comunicación a flor de piel y será más omnipresente en nuestras vidas con la invasión de los enjambres de IA.

 

Un caso cotidiano nos sirve de ejemplo: el asesinato de la señora Renne Nicolle Good, en una operación antiinmigración del ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas) el 7 de enero de 2026, en la ciudad de Minneapolis. En sus causas, fue un hecho ocasionado por un relato (Make America Great Again) que atribuye a la inmigración todos los males de la nación: el desempleo, la pérdida de identidad, la delincuencia, etc. Paradójicamente, en una nación forjada por inmigrantes y esta vez en cabeza de una víctima que era ciudadana estadounidense. Según el relato oficial, “como mínimo, esa mujer fue muy muy irrespetuosa con las fuerzas del orden”, según dijo Trump a los periodistas a bordo del Air Force One (ver ACÁ). Todo ello, a pesar de que el New York Times, en un minucioso análisis de los videos del hecho, demuestra todo lo contrario (ver ACÁ). Es, pues, un relato oficial, que se impone por la fuerza de las armas, al servicio de claros intereses económicos, en el que la verdad resulta siendo otra víctima más.

 

Si algo tan evidente documentalmente es distorsionado por un relato repetido con toda fuerza desde el poder, imagine usted qué no ocurre con asuntos más complejos como el cambio climático, la seguridad ciudadana, la minería, la guerra, la desigualdad social, la confrontación geopolítica entre potencias voraces, la depredación del medio ambiente y un infinito y más que tóxico etcétera. Más, en un mundo dominado por las redes sociales, las bodegas de influenciadores mercenarios, la censura, el ruido, la polarización ideológica, los enjambres de IA… y el bajo nivel cultural del ciudadano medio. Se aplica, sencillamente y con todo rigor, el sabio aforismo de nuestros abuelos: “en río revuelto, ganancia de pescadores” (léase poderosos).

 

Vemos, así, la guerra de relatos en torno a temas cruciales de nuestra vida diaria: Venezuela, Gaza, la inmigración, las elecciones parlamentarias y presidenciales, la agenda mundial de desarrollo, etc. Y, en medio de todo, poco se plantea la conexión profunda que guardan el poder (como ejercicio de dominación), la política (como su gran escenario), la economía (como su objetivo central) y el relato (como su vehículo y entramado invisible). Todos estos elementos están profundamente interconectados. Por lo que, como bien lo afirma Orwell, el relato no resulta siendo otra cosa que un arma social y política de dominación.

 

Eso explica por qué, a raíz de los sucesos de Minneapolis, Barbara McQuade, exfiscal de Estados Unidos y profesora de derecho en la Universidad de Michigan, concluyera: “Parece que la idea general es controlar la narrativa e insinuar a la opinión pública que ella estaba equivocada y ellos tenían razón” (Ver ACÁ).

 

Lo anterior no significa que los relatos, un buen relato, no sean algo importante, quizás indispensable, en el desarrollo de toda sociedad. De hecho, buena parte del bajo nivel de desarrollo de todos los países de África y Latinoamérica se explica justamente por la carencia de poderosos relatos de país. Pero una cosa es un relato de nación, como principio de identidad de cada pueblo, y otra muy diferente es el uso de relatos en la disputa por el poder político o económico (en el fondo, cara y sello de la misma moneda) de un determinado grupo, partido o país. Cosas bien diferentes son un relato como identidad cultural e inspiración nacional, por un lado, y un relato como arma de dominación política y económica entre facciones, por otro lado. Es decir, una cosa es un relato sobre el bien común y que convoque a la cooperación; y otra bien diferente es un relato sobre intereses particulares y construido para competir y dominar. El primero inspira, integra y cohesiona; el segundo divide, polariza y confronta. Saturan ya los relatos sectarios; brilla por su ausencia una épica del bien común (bello adjetivo, derivado del sustantivo griego πος -epos- = narrativa, relato).

 

He ahí, en la inspiración de relatos colectivos, al servicio del bien común, la principal tarea y la falencia más protuberante que enfrentan los liderazgos contemporáneos. Así lo consigna Pawel Zerka, investigador senior del European Council on Foreign Relations (ECFR), en nota de prensa sobre la actual coyuntura geopolítica de Europa: “[…] el momento exige una narrativa clara y coherente. Sin embargo, los líderes europeos no han sabido proporcionarla” (ver ACÁ. Subrayas del original). Infortunadamente, pues, vemos a nuestros líderes actuales más proclives a imponer relatos sectarios y polarizantes; relatos que, lejos de convocar y cohesionar las sociedades, las fragmentan, dividen y confrontan.

 

Ramiro Restrepo González

Febrero de 2026

domingo, 15 de febrero de 2026

LA HONESTIDAD DEL PENSAMIENTO DE TRUMP

 

Debo reconocer que, contra todas mis expectativas, el equipo del presidente Donal Trump piensa y es honesto. Y no es una broma de mal gusto. He llegado a esa conclusión, después de escuchar el discurso que su Secretario de Estado, Marco Rubio, hijo de inmigrantes cubanos que ahora no parece recordar, pronunció en la Conferencia de Munich este pasado 15 de febrero. Su pensamiento es meridianamente claro y su honestidad es prácticamente ingenua y hasta primitiva.

 

En un apretadísimo resumen, ¿qué dijo Rubio, en un discurso que, en mi versión, tiene 11 páginas a un espacio? Esta es mi síntesis, y usaré muchas comillas, para ser lo más fiel posible a sus palabras.

§  Que la antigua URSS, ahora quizás solo Rusia, es “un imperio malvado”; y que los palestinos, que luchan por una tierra que les fue arrebatada a plomo por los israelitas, son unos “bárbaros”. Argumentos ad hominem, que buscan invisibilizar a quien piensa diferente.

§  Que nos hemos embarcado en “una peligrosa ilusión”: a) “que todas las naciones serían ahora democracias liberales”; b) que “el comercio (libre y global) y los negocios sustituirían a la nacionalidad”; c) que “el orden mundial basado en normas […] sustituiría el interés nacional”; d) y que, ahora, “todos seríamos ciudadanos del mundo”. En pocas palabras: que el ideal expresado en esos postulados básicos, que resumen los más elevados sueños que haya acariciado la civilización humana (democracia liberal, libre comercio, orden mundial, ciudadanía global…), “era una idea absurda”.

§  La salida, por lo tanto, es que “los Estados Unidos de América volverán a asumir la tarea de renovación y restauración”. Y ello supone, al menos, las siguientes CINCO ACCIONES: a) desconocer las instituciones internacionales, pues erróneamente “hemos encargado al exterior nuestra soberanía a instituciones internacionales”; b) corregir la “desindustrialización”, pues perdimos “la soberanía de nuestra cadena de suministro” y eso “fue una tontería”: economías cerradas, aranceles agresivos, guerras comerciales serán la respuesta correcta; c) frenar la “migración masiva” que “fue y sigue siendo una crisis que está transformando y desestabilizando las sociedades de todo occidente” (y lo dice un hijo de inmigrantes, repito); d) entender que el cambio climático es una gran mentira y que “para apaciguar a una secta climática, nos hemos impuesto políticas energéticas que están empobreciendo a nuestra población”, lo cual debe ser corregido; y e) para terminar: que “no podemos anteponer el llamado orden mundial (el bien común) a los intereses vitales de nuestros pueblos y nuestras naciones (bien particular)”. America First, dixit Trump, como en los mejores tiempos de Julio César. Vea el discurso completo en traducción oficial ACÁ.

 

De suerte que me ratifico: el equipo del presidente Trump, contra toda apariencia y expectativa, piensa y es honesto. Su pensamiento, por supuesto, es de una simplicidad ingenua y asombrosa. Es, diría, primitivo. Y de una honestidad total: no será consciente de su asombroso simplismo, pero no duda en exponerlo con total ingenuidad ante un público tan calificado como el que lo escuchó en Munich. Como dice el proverbio latino: Roma locuta, causa finita: Roma ha hablado, asunto terminado. Quizás por eso, un suspiro de alivio, reconocido por el moderador, recorrió la sala al saber que, por lo menos, no fue en plan de guerra.  Por ahora… De un ser humano primitivo, cualquier cosa puede esperarse, menos sensatez y sabiduría. 

 

Ramiro Restrepo González

Febrero de 2026

viernes, 6 de febrero de 2026

ESPIRITUALIDAD SIN RELIGIÓN

 

Lo normal es que tengamos fijada en nuestra mente, de manera inconsciente e incuestionada, una ecuación muy simple: religión = espiritualidad. Nada más nocivo y contrario a la esencia de ambos conceptos. La religión, en términos muy simples, se refiere a creencias, relatos, rituales, rezos, normas y jerarquías, generalmente revestidas de una buena dosis de temor y castigo y, en no pocos casos, de altas dosis de fanatismo. Nada más contrario a la naturaleza de la espiritualidad.

                                                                                                

Así lo dejaba siempre claro el sacerdote jesuita indio Antony de Mello: “A pesar de toda su santidad, el Maestro daba una cierta impresión de oponerse a la religión. Esto era algo que desconcertaba siempre a los discípulos, los cuales, a diferencia del Maestro, equiparaban religión y espiritualidad” (¿Quién puede hacer que amanezca?, p. 200). Y complementa, en otro apartado del mismo libro: “…se puede practicar la espiritualidad sin poner jamás los pies en un templo” (Ídem, p. 128).

 

Lo más interesante del asunto es que ya es observable una tendencia creciente en la sociedad contemporánea a mantener viva la fe personal, abandonando simultáneamente toda práctica de religiosidad confesional. Así lo documenta Mathew Blanton, candidato a PHD en sociología de la Universidad de Texas, en su investigación doctoral. En lo relativo a Latinoamérica, su investigación concluye, citando a varios autores: “Aunque la religiosidad institucional está disminuyendo, la religiosidad personal se mantiene fuerte y, en algunos casos, incluso está creciendo” (Institucional Decline and Resilient Belief: Understanding Secularization in Latin America, p. 19. Ver ACÁ). Aunque matiza por regiones: “Este patrón contrasta marcadamente con las tendencias en Europa Occidental y Estados Unidos, donde el declive institucional suele estar vinculado a la disminución de la religiosidad personal” (Ídem, p. 20). Es decir, tanto la religiosidad como la espiritualidad están en declive en estas dos últimas regiones.

 

La investigación de Blanton se basó en encuestas a más de 200.000 personas, en 17 países latinoamericanos, lo que la hace bastante representativa. En entrevista complementaria, nos aporta datos adicionales: “el número de latinoamericanos que declaran no tener afiliación religiosa aumentó del 7 % en 2004 a más del 18 % en 2023. La proporción de personas que dicen no tener afiliación religiosa creció en 15 de los 17 países, y se duplicó con creces en siete”, siendo ya del 21 % la media de latinoamericanos que dicen no tener afiliación religiosa alguna en la actualidad, y “el porcentaje de personas que nunca acuden a la iglesia aumentó del 18 % al 25 %” (Sí a Dios, pero no a la Iglesia: así es el cambio religioso para muchos latinoamericanos. The Conversation, diciembre 9 de 2925. Ver ACÁ).

 

La pregunta que sigue pendiente es bien simple, entonces: ¿es esa creciente “religiosidad personal”, como la denomina Blanton, lo que podríamos denominar “espiritualidad”? No creo que pueda concluirse, sin investigaciones específicas, que no he encontrado. Lo que sí puede intuirse es que, en buena medida, sea un conjunto heterogéneo de creencias asociadas a realidades trascendentes como la existencia de un ser superior, la santidad como ideal de perfección humana, etc., acompañadas o no de prácticas, rituales o fetiches diversos. No siendo descartable que alguna porción de dicha población sí esté orientándose hacia modelos de espiritualidad civil, es decir, no confesional.

 

Aun así, persistiría una última pregunta: ¿qué entender entonces por espiritualidad? De Mello, en otro de sus textos, nos ofrece una respuesta certera: “Despertarse es la espiritualidad, porque sólo despiertos podemos entrar en la verdad y descubrir qué lazos nos impiden la libertad. Esto es la iluminación” (La iluminación es la espiritualidad, p. 5, subrayado del original. Ver ACÁ). Para este jesuita, ya fallecido, la enorme mayoría de las personas vivimos “dormidas”, durante buena parte de nuestras vidas: es decir, sin penetrar en lo profundo de nuestra interioridad, conociéndonos con honestidad y valentía, para liberarnos así de todas las ataduras que nos impiden VER con claridad las conexiones y realidades trascendentes de la vida. Buena razón le acompañaba al lúcido Marx, cuando afirmó que “la religión es el opio del pueblo” (Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, p. 1. Ver ACÁ), porque ayudaba a mantener a los pueblos adormecidos.  Despertar nos permitiría encontrar ese nuestro vínculo profundo con la deriva evolutiva y, por ese camino, con la totalidad de la que somos parte, para imprimirle a nuestra existencia un sentido igualmente trascendente. En otras palabras, la espiritualidad florece allí donde las personas alcanzan niveles superiores de consciencia y sensibilidad. Algo que no ha sido capaz de brindarles ninguna religión confesional.

 

Algo, sí, queda meridianamente claro, entonces, en de Mello: religión no es espiritualidad. La religión, si se quiere, resulta siendo una metodología sumamente efectiva de adormecimiento y conformidad. Por lo menos, para mí, es la evidencia empírica incuestionable que nos deja la historia.

 

Paz en la tumba del iluminado Anthony, y paz igualmente en nuestros corazones, cuando decidamos seguir su camino y hacer de nuestra vida algo más que un simple compendio de anécdotas, convencionalismos y resignadas conformidades.

 

Ramiro Restrepo González

Enero de 2026 

EL VALOR DE LO INÚTIL

 

¿Se ha puesto usted a pensar para qué, ¡carajo!, sirve el velocímetro en una motocicleta? Si a nadie de los que las conducen he visto que le importe un rábano su velocímetro… Y, bueno, esta pregunta inicial, que suena a broma, es más seria de lo que parece. ¿Ha pensado usted cuántas cosas y asuntos son considerados inútiles por nuestra cultura, en este caso la cultura del motociclista? Y valga una digresión acá, porque el asunto es precisamente cultural. ¿Cree usted que, en el caso del motociclista, se puede hablar de “su” cultura? Recordemos que cultura es una derivación del verbo latino colere, que significa cultivar; es decir, que culto es un ser humano cultivado, no un ser humano en obra negra, colombianismo para aludir al estado rústico y primitivo de algo, como parecen ser casi todos nuestros motociclistas. Termino la digresión. ¿Se le ha ocurrido pensar, incluso, que el calificativo de inútil responde a una especie de purga cultural, al estilo de los regímenes totalitarios, en los que el pensamiento, en sus mejores expresiones, ha sido y sigue siendo marginado y excluido?; ¿se ha detenido a ponderar cuánto valor desperdicia usted y desperdicia nuestra sociedad, en esa arbitraria clasificación de bienes y asuntos, entre útiles e inútiles?; en resumen: ¿se ha detenido usted, en su vida, a apreciar el valor de lo inútil?

 

Denominamos útil todo bien, asunto o suceso que responde a un propósito utilitario, es decir, orientado a resolver un problema práctico o satisfacer una necesidad funcional; y, a todo aquello que no tiene ese propósito, por lo menos evidente, lo enviamos a las “tinieblas exteriores” bajo el despectivo apelativo de inútil. Pero, en rigor, es algo simplemente no utilitario. Y, en realidad, lo no utilitario abarca, tanto bienes, asuntos o sucesos banales, como otros sumamente valiosos.

 

Oscar Wilde dedicó un título bastante revelador al ensayo más culto, erudito y refinado que le conozco: La importancia de no hacer nada. En él, aborda la cultura griega como la mejor expresión de la crítica artística, en tanto un arte en sí mismo. “…los griegos —nos dice— inventaron la crítica de arte del mismo modo que inventaron la crítica de todo lo demás. Después de todo, ¿qué es lo que más debemos a los griegos? Sólo el espíritu crítico” (Ver ACÁ). Pero, en nuestra cultura, se tiene como inútil el arte y, mucho más, la crítica (artística, literaria, política, social…); el pensamiento crítico es mirado como políticamente incorrecto, algo incómodo, a ser evitado en lo posible. Efectivamente, son asuntos no utilitarios. Pero cuál de los dos más valioso. Vaya, si debemos empezar justo por revalorizar el espíritu crítico, para hacer frente a esta era de decadencia contemporánea del espíritu.

 

Bien vale la pena que exploremos otros ejemplos, menos prosaicos y dolorosos que el del velocímetro de nuestro inefable e inculto motociclista, para que nos ayudemos a repensar el asunto. La siguiente es mi lista corta de inutilezas contemporáneas valiosas (con la venia de la RAE). Las voy a clasificar en tres pequeños grupos: cotidianas, lucrativas y existenciales.

 

Cotidianas

 

Acá encuentro un amplísimo repertorio, pero listo mis 3 favoritas:

 

El saludo

Como expresión de la cortesía. Al amigo y aun al desconocido. En el trato con otros y aun con la naturaleza. Es la expresión más elemental del reconocer la existencia del otro, de lo otro, otorgándoles con ello legitimidad de interlocutores. “Más que inteligencia, necesitamos amabilidad y cortesía. Sin estas cualidades, la vida será violenta y todo se perderá”, anota Chaplin en el Discurso final de “El Gran Dictador” (ver la fuente en su autobiografía ACÁ).

 

La puntualidad

Aunque casi siempre perderá su tiempo, justo esperando a los impuntuales, sigo considerando que es una de esas pequeñas utopías que nos permiten poner a prueba que la coherencia funciona. O, mejor, que unas sociedades coherentes serían mucho más funcionales y productivas; y, por lo tanto, mejores lugares para vivir. ¿Ha pensado cuánto dinero le cuesta a cualquier sociedad la impuntualidad de sus habitantes?

 

La honestidad

En una sociedad caracterizada por el “ser pillo, paga”, ser honesto es ya una quijotada, al punto que se la asocia con falta de inteligencia. Póngala a prueba en una sencilla situación cotidiana: la cajera del supermercado se equivoca con los vueltos; es frecuente; si es en contra del cliente, viene el reclamo inmediato; y ¿si es a favor? ¿procedemos a alertar y retornar lo recibido en exceso? La honestidad, por eso, es otra osadía, que pone a prueba la utopía de que una sociedad confiable será una sociedad ganadora, a diferencia de esa perdedora sociedad de desconfiados que hemos construido y tolerado, cuando no usufructuado de manera cómplice.

 

Cortesía, puntualidad y honestidad. Tres opciones no utilitarias, pero suficientes para construir confianza pública, el bien común más valioso y escaso en las sociedades contemporáneas. Es el valor de lo inútil. Y podríamos hablar del valor de otras inutilezas: la amistad, el ejercicio físico, el sueño… Valiosas formas de “perder” el tiempo.

 

Lucrativas

 

Sí. Fue precisamente Walt Disney el encargado de demostrarnos que el ocio es todo un neg-ocio (del latín nec = no y otio = ocio; o sea, literalmente, negocio se ha entendido como el no-ocio). Simpática paradoja, con la que Disney evidenció que lo no utilitario no es tan inútil como lo ha condenado a aparecer nuestra cultura. Disney, pues, es un imperio basado en el negocio del ocio. Veamos algunos ejemplos similares:

 

El aviturismo

 

Observar aves bien puede considerarse una de tantas opciones de ocio no utilitario. Pero, con una población de observadores de aves estimada en 60 millones de personas en el mundo, el aviturismo es ya una actividad que, según la BBC, le reporta a los Estados Unidos alrededor de US$ 35.000 millones anuales, algo similar al PIB de un país como Costa Rica (ver ACÁ). Colombia, con más de 1900 especies registradas, un 20 % del estimado mundial, se consolida ya como líder mundial en esta actividad (ver ACÁ).

 

La lectura

 

¿Cuántas utilidades produce un ejecutivo leyendo una novela, un ensayo, un papel científico? Suena ridícula la pregunta, porque evidencia el pobre rasero utilitarista de nuestra cultura, al asignarle un papel inmensamente marginal a esta actividad milenaria. Sin embargo, es bueno recordar que la industria editorial representa alrededor del 3,0 % del PIB mundial, casi comparable con lo que generan industrias como la aérea (3,9 %), el doble que la publicitaria (1,5 %) y ligeramente inferior a la automotriz (3,6 %). Nada despreciable. Y ello no incluye el PIB generado por el impacto que la lectura produce en quienes leemos habitualmente. Es la tara hereditaria del economicismo puro y miope, la que nos impide valorarla en su justa medida. Me pregunto: ¿qué tanto leen un ejecutivo o un político contemporáneos?; y, como la respuesta es casi obvia, repregunto: ¿esa falta casi absoluta de lectura en nuestros dirigentes no está acaso en la raíz del fatal impacto que vienen teniendo sus decisiones?

 

Existenciales

 

Las llamo así, porque tocan los fundamentales de nuestra existencia. Estas son mis cuatro favoritas:

 

El silencio

 

El hacer nada. El acallamiento de toda voz exterior, por supuesto. Es el prerrequisito. Pero, más allá de eso, es el acallamiento de nuestras voces interiores: del cuerpo, de la mente, del espíritu. Es la nada. Es dejar que nuestra realidad fluya y flote en el vacío y se pueda, por fin, escuchar a sí misma. Desde su esencia misma, desde su impulso más primigenio. No escucharemos voces. Pero, si somos constantes en el ejercicio, empezaremos a ver; y a ver con una mirada diferente. Algunos lo llaman meditación y abundan guías para hacerlo. Sí, ya ha adivinado: el silencio es un hábito que debe ser recuperado. Tanto más, en una sociedad caracterizada por el ruido. ¿Cuánto produce? Nada y todo. Nada, desde la valoración utilitarista dominante; todo, desde el punto de vista de la calidad de vida de cada ser humano. Que, justo al disfrutar de una mayor calidad de vida, será más íntegro, más asertivo, más presente mentalmente; y, como resultado, más productivo para esa sociedad utilitarista que lo reclama.

 

La lentitud

 

Indisolublemente ligada al silencio, exige hacer la pausa en el activismo insulso de nuestra vida diaria. Ya escribió Byung Chul Han acerca de La sociedad del cansancio (ver o descargar ACÁ). Una sociedad embarcada en una carrera loca por el éxito, la productividad, el crecimiento del PIB… en fin: por esa caricatura que llaman progreso. Una sociedad en la que, como dice Honoré, el “objetivo es embutir el mayor número de cosas por hora” (ver o descargar ACÁ). La lentitud, como estilo de vida, es la visión opuesta: seguir y respetar los ritmos de la vida, como única fuente del auténtico bienestar. Y, como consecuencia, de la auténtica productividad. Por eso, la moderna tendencia de la filosofía de la lentitud lo que se propone es recuperar los equilibrios perdidos. Bien se pregunta Honoré, en el artículo citado: “¿Tiene realmente sentido leer a Proust aplicando las técnicas de la lectura rápida, hacer el amor en la mitad de tiempo o cocinar todas las comidas en el microondas?”. ¿Qué produce la lentitud?: no más dinero rápido, sino mejores seres humanos: con tiempo, presencia plena y visión limpia de la realidad; mejores sociedades, mejores decisiones…mejores resultados finalmente.

 

El ensayo

 

Una sociedad hipercompetitiva, que penaliza el fracaso, cancela también el ensayo como vía de aprendizaje. Porque ensayar es el arte de equivocarse. Equivocarse con sentido o propósito. Como la evolución misma: un proceso milenario de ensayo-error-ensayo… Y olvidamos que somos el hijo mayor de la deriva evolutiva, es decir, que somos el ensayo más riesgoso del proceso evolutivo. Somos un ensayo y nos da temor ensayar. ¡Vaya paradoja! O, peor: nos da miedo equivocarnos. Por una sola razón: lo difícil que nos resulta asumir nuestros errores, por falta de humildad y de actitud curiosa de aprendizaje. Así, por la ruta del orgullo y el miedo, cancelamos la aventura del descubrir. ¡Qué mal negocio!

 

La utopía

 

De Tomás Moro (1478-1535), heredamos este formidable concepto. Literalmente significa “algo fuera de lugar”: en griego, ο (ú) = no, y τόπος (topos) = lugar. La utopía es, así, la hija mayor del pensamiento crítico: algo políticamente incorrecto, socialmente incómodo, fuera de lugar. Es el pensamiento crítico destilado en impertinencia. Al respecto, lúcida remembranza de Sócrates hacía Byung Chul Han en su discurso de aceptación del Premio Princesa de Asturias (ver ACÁ): “La función del filósofo —según Sócrates— consistiría en agitar a los atenienses y despertarlos, en criticarlos, irritarlos y recriminarlos” (La apología de Sócrates. Platón). Todo, para permitir que surjan utopías: sueños poderosos de un futuro diferente y posible. Frente a ello, nuestras sociedades siguen optando por la conformidad, crudamente retratada por León de Greiff en su poema Villa de la Candelaria (escrito justo frente a la iglesia La Candelaria y la Bolsa de Valores de la ciudad de Medellín, en el año 1910; ver ACÁ): “Vano el motivo/desta prosa:/nada.../Cosas de todo día./Sucesos banales./Gente necia,/local y chata y roma./Gran tráfico/en el marco de la plaza./Chismes./Catolicismo./Y una total inopia en los cerebros...”.


Ramiro Restrepo González

Febrero de 2026