sábado, 22 de agosto de 2026

¿QUIÉN NOS GOBIERNA?

 

A pesar de que ya sabemos que las IDEOLOGÍA son esas libertinas del pensamiento, entre el mythos y el lógos, entre el relato y la razón; y que todo “ISMO”, como aquel que distingue a toda ideología, es una ABERRACIÓN COGNITIVA; y que, en nombre de las ideologías, han muerto violentamente miles y miles de seres humanos… A pesar de todo eso, las ideologías siguen penetrando silenciosa y seductoramente nuestra piel, buscando instalarse en nuestro torrente sanguíneo y regular la mejor parte de nuestro metabolismo mental.

 

Conviene, entonces, que hagamos un alto y nos formulemos unas cuantas preguntas. La pregunta central: ¿gobernamos nuestras vidas u otros han empezado subrepticiamente a gobernarlas? Propongo el siguiente mínimo cuestionario, para hacérnoslo periódicamente, y que puede ampliarse ad libitum por cada uno de nosotros:

§  ¿Pensamos o nos piensan?

§  ¿Opinamos o adherimos?

§  ¿Buscamos o seguimos?

§  ¿Intuimos o creemos?

§  ¿Vivimos o nos viven?

 

El asunto no es inocente ni de poca monta. En juego está la cuestión de quién está al mando de nuestra propia vida. Si soy AUTÉNTICO en lo que pienso, decido y hago, o si soy una simple MARIONETA movilizada por hilos desconocidos. Por supuesto que saberse una marioneta no le sonará agradable a ninguno de nosotros, pero nos resultará seductora y silenciosamente cómodo, a condición quizás de que no nos demos cuenta o no nos lo recuerden con frecuencia. Por el contrario, ser auténtico tiene un alto costo en esfuerzo, renuncias, conflictos y sacrificios, lo que nos exigirá lucidez, coraje y persistencia, que no siempre estaremos dispuestos a aportar.

 

Lo novedoso de nuestra sociedad contemporánea es que antes era por lo menos más fácil aquello de elegir deliberadamente ser auténtico y, en lugar de tener  un alto costo, podía atraernos respeto y reconocimiento; e igualmente, si alguno de nuestros contemporáneos decidía, muchas veces inconscientemente, “dejarse llevar”, eso tampoco parecía tener un alto costo; pero hoy hay una trampa silenciosa de una efectividad contundente y el costo se ha elevado sustancialmente en ambos casos. Denominaría este fenómeno como la TRAMPA DE LA ATENCIÓN SECUESTRADA (hijacked attention) que, con la irrupción de la IA y la tecnología en nuestras vidas, se ha vuelto un destino difícil de eludir. Empecemos por lo más práctico, para evidenciarlo: nuestras actividades diarias; para luego dar una mirada al mundo de nuestras ideas y pensamientos.

 

En efecto, basta que observemos un día completo de vigilia en nuestras vidas: nos daremos cuenta enseguida de que prácticamente no ha quedado un minuto del día a nuestra disposición. Todo el tiempo habremos estado respondiendo a estímulos externos, tales como interlocutores diversos, llamadas, correos, mensajes electrónicos, noticieros, eventos televisivos, redes sociales, amigos, familiares, compañeros, jefes, tareas, pendientes, entregables, reuniones, compromisos financieros, y un infernal etcétera que nos llevará exhaustos a la cama cada noche. Pronto nos daremos cuenta de que nada de eso lo hemos decidido nosotros; nos hemos limitado a responder reactivamente a decisiones que han tomado otros.

 

Nuestra atención ha estado secuestrada todo el tiempo, sin que quizás lo hayamos notado. Luego la solución, liberarla, es simple, pero exige una buena dosis de coraje como toda liberación. Basta que digamos ¡basta! Y la ruta es muy simple. Yo la he buscado y he luchado por seguirla desde hace años y observo que puede resumirse en tres pasos, pero cada quien encontrará su ruta si se propone buscarla.

 

PASO 1:

Empecé preguntándome cuánto de lo que ocupa cada uno de mis días ha sido planeado previamente por mí. ¿No mucho o casi nada? Por esa razón, hace años hago una sencilla agenda de PRIORIDADES para cada día, desde la noche anterior. Al iniciar cada nuevo día, empiezo por la prioridad uno, hasta que la avalancha de estímulos externos me obligue a hacer las primeras concesiones del día. Tan pronto puedo, retomo el control y voy a la prioridad dos; y así sucesivamente, persistiendo siempre.

 

PASO 2:

Luego, observando que muchos estímulos externos son solicitudes que, se supone, deben ser ejecutadas por mí, empecé a poner PLAZOS. Así, en lugar de proceder de inmediato, empecé a ordenarlas en un plan de prioridades futuras, negociando plazos con mis interlocutores, cuando resultaba pertinente y posible.

 

Paso 3:

Empecé finalmente a conjugar el verbo RENUNCIAR. Observaba que muchos estímulos que recibía no ameritaban atención. Empecé a dejarlos de lado deliberadamente, haciéndoselo saber, si fuere necesario, a la persona que había provocado dicho estímulo. La clave resultaba simple: responder a cada estímulo tiene un costo, de suerte que no es difícil hacer un rápido cálculo de costo-beneficio. Ah, y ¡claro!, renuncié a las redes sociales, desde antes de  haberme inscrito en ninguna de ella.

 

Al poco tiempo, encontré que resultaba cada vez más fácil retomar el CONTROL DE MI RUTINA. Pero luego me di cuenta de que era solo el comienzo. Retomar el control de mis actividades no equivalía a retomar el CONTROL DE MI PENSAMIENTO. Había sido un logro importante, pero no la cima. Entonces empecé a hacerme preguntas más elaboradas. Les ofrezco un pequeño abanico de las opciones que he ido encontrado y que ustedes pueden complementar.

 

¿Tengo evidencia empírica o científica para pensar esto que pienso? ¿Por qué he asumido que esto es así, sin solicitar o buscar  una sustentación razonable? ¿Tiene esto que ser así o existen muchas otras opciones que aún no conozco? ¿Si me produce temor abandonar una idea, he indagado por qué me produce temor? ¿Y, si me entusiasma en exceso una idea o una propuesta, baso mi elección en el entusiasmo o en los argumentos? ¿En el fondo de mí, estoy seguro de tener claras convicciones personales sobre lo que digo y opino? ¿Conozco las razones que han llevado a otras personas a pensar de manera diferente o incluso contraria a mí? ¿Es posible que dos maneras de pensar diferentes sobre algo convivan armónicamente e incluso se enriquezcan mutuamente? ¿Tengo claro que cambiar mi forma de pensar o mis gustos y preferencias sobre algo puede ser una refrescante vía para crecer personalmente? Como se ve, este mismo cuestionario aplica también para los gustos y preferencias personales; no dejen de hacerlo.

 

Sin darme cuenta, había iniciado la ruta del PENSAMIENTO CRÍTICO. Y encontré que el pensamiento crítico no es un conjunto de ideas, sino una MANERA DE PENSAR: incisiva, perspicaz, mayéutica, con la tenacidad de un taladro que penetra la roca. La cuestión es que solo el pensamiento crítico, como manera de pensar, conduce al pensamiento propio y auténtico. Entonces, avanzado en el proceso, descubrí lo fácil que resultaba irse liberando de las ideologías y empezar a vivir de las propias ideas y depurar y afinar gradualmente los propios gustos y preferencias. Así empecé a ser, cada vez más claramente, en el lenguaje de la tradición, un librepensador y una persona absolutamente heterodoxa en los gustos y preferencias.

 

Habiendo ganado un razonable grado de autonomía en nuestras actividades y pensamiento, podremos ahora observar el desarrollo de lo que sucede en el mundo con distancia, relativa imparcialidad y sentido crítico. Ello, por supuesto, habrá implicado un silencioso cambio en nuestra manera de relacionarnos con los demás. Ya no seremos los adeptos leales o los eternos contradictores de todo, sino los interlocutores comprensivos, dialogantes y aportantes, que tanto dan como reciben, en el simbiótico proceso de crecer en compañía. Tolerantes de las diferencias y siempre abiertos a enriquecernos en el intercambio con lo divergente y lo novedoso. No habremos terminado aún el camino, sin embargo; aunque nos habremos puesto en la posición adecuada para encarar la última etapa: el  VIAJE AL INTERIOR DE NOSOTROS MISMOS, para hacernos las preguntas fundamentales de la vida. Abordaré esta etapa en posteriores notas.

 

Ramiro Restrepo González

Julio de 2026

UN MUNDO DE VENTRÍLOCUOS

 

¿Quién no recuerda a las simpáticas marionetas Kini y Lalo, en las hábiles manos del fallecido comediante Carlos Donoso? Las marionetas, esos elementales muñecos de trapo, en unas manos geniales como las de Donoso, cobran vida, personalidad y carácter. Opacan incluso a quien les da vida. Y ese es precisamente el arte de un buen ventrílocuo: desaparecer, para que aparezca y brille la marioneta. Toda nuestra atención estará puesta en la marioneta y alrededor de esta girará todo el espectáculo. Donoso, en ese arte, lo hizo magistralmente.

 

Si lo observa bien, es justo lo que nos está ocurriendo con la inteligencia artificial (IA, en adelante). Solo que, en esta oportunidad, tal parece que hemos venido eligiendo masivamente el rol de marionetas. Sorpréndanos o no. En mi caso, preferiré siempre quedarme con el papel de Donoso.

 

Vemos, en efecto, cómo ya prolifera todo tipo de contenidos totalmente escritos o producidos por agentes de IA: libros completos por centenares, discursos de políticos las 24 horas del día, tesis de grado por doquier, proyectos de todo  tipo, noticias de todos los canales, investigaciones científicas publicadas aun en revistas indexadas, etc. Parece no haber límite. E infinidad de personas (autores, políticos, universitarios, técnicos, ejecutivos, periodistas, investigadores…) están recitando, publicando, distribuyendo y presentando como propias (¡!) todas esas producciones de la IA, al mejor estilo de Kini y Lalo. ¿Y quién no le cree a la marioneta, cuando el ventrílocuo alcanza los niveles de calidad que ya empieza a mostrar la IA, con su infinidad de agentes y chatbots?

 

Para que nos formemos una idea del fenómeno, tomemos nota de que ya Amazon, en 2024, y ante la avalancha de libros generados por IA, se vio obligada a poner un tope a la publicación de libros en su plataforma. Sorpréndase: el tope que fijó fue de 3 libros diarios por autor. Ver ACÁ. ¡Para Ripley! Conozco el oficio de escribir y confieso que toparme frontalmente con estas realidades de nuestra vida contemporánea me generan estupor, por decir lo menos. En Europa ocurre igual. Así lo reportan los  medios: “El sector editorial es ahora mismo un valle inquietante en el que cuesta distinguir entre seres humanos e inteligencias artificiales que, a simple vista, parecen sospechosamente humanas” (ver ACÁ. Subrayado del original). Y problemas de similar gravedad están viviendo las empresas, las revistas serias, la comunidad científica y todo el público objetivo de tales publicaciones. ¿Empezamos a tener marionetas bestsellers?

 

O, si se quiere otro ejemplo, el fraude masivo que se presentó con el software de IA Territorium, para supervisar el examen de ingreso a la UNAM en México. Así lo reportó la National Public Radio (NPR) de Washington: “La universidad más prestigiosa de México se enfrenta a una crisis de fraude tras un examen de admisión en línea —el primero de su tipo— que arrojó resultados tan inusuales que un análisis sugiere que casi la mitad de los aspirantes podrían haber hecho trampa”. Y no es la primera universidad en tener un incidente similar serio con fraudes por uso de IA (ya son la U. de A., en Colombia; Sheffield y Glasgow en Reino Unido; Princeton y Stanford en USA, entre las conocidas). ¿Será la primera generación de marionetas profesionales?

 

No se trata de demonizar la IA. Sería como haber demonizado a Carlos Donoso y a todos sus colegas. La pregunta es: ¿qué uso estamos dispuestos a hacer de esta, la tecnología más disruptiva que nosotros mismos hemos puesto en nuestras propias manos? Porque Donoso, terminada la función, acomodaba a Kini y a Lalo en su maleta de titiritero, aún a regañadientes de Lalo, y seguía su vida de ciudadano dueño de su propio destino. Pero nosotros ¿acaso hemos decidido venderle el alma al diablo por un plato de lentejas?, ¿por monetizar espacios, figuración, fama y circulación? Todo parece indicar que es lo que está ocurriendo.

 

El resultado más perverso que avizoro es que vamos a terminar viviendo una ficción cognitiva en el más crudo caso de endogamia. En efecto, la IA, hasta ahora, no crea conocimiento nuevo en absoluto, aunque soy consciente de que es una postura rebatida y polémica. En mi concepto, solo combina conocimiento preexistente; o, cuando más, acelera la producción humana de conocimiento nuevo; solo que sus bases de datos son tan gigantescas, que inevitablemente todo lo que genera produce la sensación de novedad. Pero no hay tal cosa como creación artificial de conocimiento, sin que podamos descartar que así llegue a ser en el futuro. Así lo comparte el filósofo y teólogo Ricardo L. Falla, citando a la filósofa Shannon Vallor: “…la tecnología no comprende el mundo; refleja e interpola patrones preexistentes acumulados en el pasado” (ver ACÁ). Y doy un argumento de fondo, para respaldar mi posición: la única fuente de conocimiento nuevo es la capacidad de preguntar. Y la IA, hasta hoy, no ha desarrollado la capacidad de preguntar, ni ninguna de las capacidades que le son inseparables: la duda, la curiosidad, el asombro, la perspicacia, el pensamiento crítico y disruptivo.

 

Por lo pronto, estamos entonces ante un fenómeno cognitivo de carácter endogámico masivo. Que, como todo proceso endogámico, termina produciendo efectos devastadores en la descendencia. En este caso, en el conocimiento; y, lo que es más grave, en nuestra capacidad de pensar. Ya se empiezan a evidenciar síntomas preocupantes. Estamos dejando de pensar. Justo como las marionetas.

 

Un tímido consuelo empieza a llegarnos de la Unión Europea, con su Ley de Inteligencia Artificial (AI Act), que acaba de iniciar su progresiva entrada en vigor (ver ACÁ). De esa manera, empezamos a ver respuestas adaptativas por parte de todas las tecnológicas, aunque bastante débiles aún, según los primeros análisis de expertos.

 

De esa manera, Anthropic acaba de anunciar que todos los textos procesados por Claude llevarán una marca de agua que los identifique. Pero, aunque es un buen comienzo, tiene una falencia que el mismo Anthropic ya reconoció: así un texto sea producido por una persona, si lo somete, por ejemplo, a revisión ortográfica de Claude, llevará dicha marca de agua. De suerte que continuará vigente la ambigüedad sobre el origen mismo del contenido. Y esto “es de nuevo algo crucial, porque que un texto tenga esa marca indica que ha sido procesado por Claude, no que necesariamente lo ha escrito Claude” (ver ACÁ).

 

También ha empezado a implementarse el estándar técnico C2PA (Coalición para la Procedencia y Autenticidad del Contenido). Este estándar permite dejar huella, mediante la creación de metadata, del ciclo de vida de un documento, imagen, video, audio o cualquier material u objeto digital. Mediante esta metadata, el usuario puede conocer el origen y transformaciones que dicho material ha sufrido desde su creación. Aunque suene ideal, es un estándar que tiene muchos agujeros según los expertos, al igual que la marca  de agua, por lo que una línea roja final clara entre el contenido humano y el artificial seguirá esperando.

 

Mientras tanto, hemos ingresado, quizás sin percibirlo conscientemente, en una nube cognitiva, en la que nada es blanco o negro, auténtico o artificial; todo es gris. Y lo grave al final es que nuestra capacidad de pensar se torne gris igualmente. Mientras tanto, seguiremos viendo grandes masas de marionetas entregándose entusiasmadas en las manos seductoras del ventrílocuo de moda. Y se robarán toda la atención del circo, como Kini y Lalo. Por eso, como lapidariamente afirma el filósofo español Eduardo Infante, en su novela Salvar a Sócrates (ver ACÁ), “en la era de la IA, pensar se ha convertido en un acto de resistencia” (ver ACÁ). ¡Pobre sapiens!

 

Ramiro Restrepo González

Agosto de 2026 

miércoles, 5 de agosto de 2026

ESPECULAR SIN PRODUCIR

 

He repetido incansablemente en este blog que el modelo economicista vigente tiene un solo objetivo: maximizar rendimientos. No generar empleo, que le resulta un mal a veces inevitable; no contribuir al desarrollo sostenible, pues lo percibe erróneamente como un costo; no producir más, si hay alternativas más rentables. En pocas palabras: lo que importa es el dinero por el dinero. Ya lo decía Milton Friedman desde 1970: “Existe una única responsabilidad social de la empresa: utilizar sus recursos y emprender actividades destinadas a aumentar sus beneficios”. Y, si para aumentar los beneficios, la visión economicista encuentra alternativas mejores que producir, pues las considerará legítimas y preferibles. Así, hemos llegado a hacer dinero a partir del dinero: lo denominamos la economía especulativa, para diferenciarla de la economía real que es con la que estamos más familiarizados. La novedad es que la economía especulativa siempre fue una actividad marginal. Pero, ahora, ES LA ECONOMÍA. Lo que era nuestra economía real (agricultura, industria, comercio, servicios esenciales…) se ve cada vez más raquítica, cada vez más asfixiada por la falta de inversiones que huyen hacia grupos de inversión, en el mejor de los casos, o hacia paraísos fiscales en el peor y cada vez más apetecido destino.

 

Ya lo advertía recientemente Heather Boushey, Economista Jefe del Centro de Washington para el Crecimiento Equitativo: “Está claro que nuestra economía está diseñada para crear un puñado de multimillonarios y un billonario […] Ya no se trata de crear oportunidades y estabilidad para la mayoría” (Ver ACÁ).

 

Vale la pena revisar algunas tendencias que ya resultan preocupantes, que se han ido instalando silenciosamente en nuestro horizonte económico:

 

Hace algunos años (2009), el filósofo catalán Jordi Pigem lo advertía en uno de sus libros, pero sonaba un poco teórico entonces, y quizás alarmista: “Más del 98 % de las transacciones monetarias que se efectúan hoy en el mundo no corresponden a la economía real, sino a dinero ávido de beneficios a corto plazo que circula por mundos abstractos, desligados de los bienes reales y de criterios éticos, sociales o ecológicos” (Buena crisis, página 27, ver ACÁ).

 

Más recientemente, la reconocida economista Mariana Mazzucato, producto de una investigación en la que analizaron “los registros financieros de las 300 mayores empresas no financieras cotizadas en bolsa de Europa durante los últimos 25 años”, según informan, llegó a conclusiones demoledoras (ver ACÁ):

§  “Las compañías obtienen cada vez más ingresos actuando como agentes financieros —cobrando intereses por bonos o deuda pública, percibiendo dividendos y concediendo préstamos a sus propios clientes— en lugar de hacerlo como productoras”.

§  “Cuando los beneficios de las mayores empresas europeas se destinan cada vez más a la recompra de acciones, al pago de dividendos y a activos financieros en lugar de a la producción y la innovación, el resultado es un coste social creciente derivado de una asignación ineficiente del capital”.

§  Los trabajadores han pagado el precio de esta continua acumulación financiera. La participación de las rentas del trabajo en la economía real (excluyendo los sectores financiero, de seguros, inmobiliario y público) es hoy menor que en el año 2000 y sigue disminuyendo”.

 

Damisa Moyo, periodista económica de Project Syndicate, nos ofrece por su lado alguna información complementaria:

§  En 2025, “el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmó una orden ejecutiva que les permite a los planes de pensiones […] invertir en activos alternativos como capital riesgo, deuda privada, infraestructura, bienes raíces, materias primas y criptomonedas” (ver ACÁ).

§  “Las acciones de empresas como Robinhood, Coinbase, Palantir y Tesla tienen períodos de tenencia promedio inferiores a un mes, lo que indica que muchos inversores están especulando con movimientos de precios a corto plazo” (Ídem).

 

Y las consecuencias, para la economía y la sociedad, son apenas obvias:

§  Un creciente riesgo sistémico para la estabilidad del sistema. Eso fue exactamente lo que ocasionó el crac de 2008: un colapso causado por los excesos cometidos en años de inversión especulativa (las entonces denominadas hipotecas basura).

§  Una creciente marginalización del empleo, la producción, el emprendimiento y el bienestar colectivo.

§  Una ampliación insostenible de las brechas sociales en las que grandes mayorías de la población se ven cada vez más excluidas de los logros de una publicitada prosperidad que solo beneficia a gigantescos pulpos financieros.

 

La misma periodista Moyo lo deja claro: “El capital que, de otro modo, podría destinarse a avances en atención sanitaria, infraestructura y otros sectores vitales, se desvía hacia operaciones bursátiles a corto plazo y juegos financieros” (Ídem).

 

Esa fue precisamente la visión del señor Friedman, fundador ideológico del neoliberalismo: una economía al servicio de sí misma, desprovista de todo compromiso social y ambiental. Lo que sorprende es que, 55 años después, sigamos pensando o tolerando igual manera de pensar. O quizás peor: que solo estemos asistiendo a un refinamiento de esa visión economicista, ahora en su versión de capitalismo digital.

 

Como bien anota el antropólogo español Ignacio Martínez, codirector de los yacimientos de Atapuerca, en reciente entrevista para Ethic: “Lo único que realmente pone en peligro nuestra humanidad es la dictadura del beneficio a cualquier costa, esos fondos de inversión despiadados capaces de sacrificarlo todo por un 3% más” (ver ACÁ).

 

Ramiro Restrepo González

Julio de 2026

TENEMOS LÍMITES

 

El modelo económico que heredamos de la Revolución Industrial nos instaló culturalmente en una visión de crecimiento ilimitado. Así, toda empresa y todo ejecutivo se ven autoexigidos a superar cada año sus metas de producción, ventas y rentabilidad neta (el insoportable EBITDA). Pero el nostálgico sueño de Adam Smith, de que una sociedad económicamente próspera alcanzaría el bienestar general por simple lógica económica, sigue en eso: en un sueño, después de 300 años de economicismo y más de un siglo de la muerte del señor Smith.

 

Y, ya en 1972, debimos empezar a tomar consciencia, de la mano del Club de Roma, de que el crecimiento ilimitado es una visión inviable y suicida. Ese año se publicó precisamente su informe Los límites del crecimiento (ver ACÁ). Este informe ha tenido 3 actualizaciones, con base en el curso real de los acontecimientos, tendencias y proyecciones ajustadas: en 2004, a los 30 años (ver ACÁ); en 2020; y, con motivo de sus 50 años, en 2022 (ver ACÁ). Todas ellas han confirmado y agravado las conclusiones del primer estudio, la central de las cuales es la insostenibilidad de una visión de crecimiento ilimitado.

 

En esa época, la publicación de este informe causó la natural controversia de una profecía contraevidente para el pensamiento de la época. Hoy es una evidencia científica, por lo que ya no es momento de profecías, sino de consecuencias, ante una sintomatología desoída negligentemente por más de medio siglo de economicismo puro y duro. Veamos las evidencias que hoy nos aporta la ciencia.

 

Los límites planetarios

 

El Stockholm Resilience Institute, en 2009, publicó un informe conocido como Planetary Boundaries (Fronteras Planetarias), detrás del cual está el respaldo de 28 reconocidos científicos, liderados por Johan Rockström. Este informe ha tenido ya tres actualizaciones (2015, 2023 y 2025; ver ACÁ). Las grandes conclusiones de estos informes son 3:

§  Nuestro planeta tiene límites claros, que el informe concreta en nueve.

§  Cada año, hemos venido acercándonos y traspasando cada uno de estos límites.

§  A 2025, ya habíamos traspasado peligrosamente 7 de esos 9 límites planetarios.

 

En resumen: HOY ESTAMOS AL BORDE DEL COLAPSO. Y, ante tal realidad, no se requiere ser un profeta y ni siquiera un científico, para darnos cuenta de las causas y consecuencias:

§  La causa raíz: nuestro modo de habitar este planeta es demencial. Y demencial es nuestro modelo economicista de crecimiento, que es el motor que ha alimentado dicho modo de habitar, visibilizado en lo que conocemos como la sociedad de consumo.

§  Las consecuencias: empezamos a padecer un entorno planetario cada vez más hostil para la vida y el bienestar, con una cascada de manifestaciones: climas extremos, contaminación multifuente, escasez hídrica severa, pérdida de biodiversidad, desertificación, desastres naturales, nuevas enfermedades y pandemias, conflictos por recursos, hambrunas…

 

Los límites humanos

 

Fácilmente olvidamos, producto de nuestra soberbia, que nosotros mismos somos seres altamente vulnerables, con límites igualmente muy sensibles. En su edición de octubre de 2009, National Geographic hizo un crudo inventario de los 9 límites biológicos del cuerpo humano. Son ellos:

§  Cuando la temperatura corporal alcanza los 42 °C, es imposible revertir la hipertermia y ésta será fatal.

§  A 4 oC en el agua, el cuerpo colapsa pasados 30 minutos, salvo un chaleco salvavidas que actúe como retardante.

§  En un edificio o mina en llamas, los adultos aguantan hasta 10 minutos a 150 °C y los niños sucumben pronto en un coche a 50 °C.

§  A gran altitud, la mayoría pierde la conciencia. Con pulmones más grandes y más glóbulos rojos, los montañeses lo toleran un poco mejor.

§  A más de 18 metros de profundidad en el agua, la mayoría de las personas se desvanece antes de 2 minutos. El mejor buzo libre llegó hasta 86 metros (las Fosas Marianas llegan hasta los 11.035 metros).

§  Sin respirar, usualmente se fallece antes de 2 minutos. Con entrenamiento, hay gente que contiene la respiración casi 11 minutos.

§  En caso de pérdida de sangre, se puede sobrevivir después de derramar 30 %. Con 40 %, se requiere una transfusión inmediata.

§  Si se pierde un 30 % del peso corporal por inanición, la muerte es inminente, aunque quizás una enfermedad actúe antes que el hambre.

§  Si no se remplaza el litro de agua que más o menos se pierde a diario, el cuerpo colapsa en poco más de una semana.

 

Y estamos hablando solo de nuestros límites biológicos, sin penetrar en el todavía poco conocido, complejo y asaz azaroso terreno de nuestros límites sicológicos. Solo esta pequeña muestra resulta suficiente para confrontarnos con nuestra más absoluta vulnerabilidad.

 

Otra frontera la constituyen los límites mínimos, ya no máximos, de las condiciones materiales y sociales para llevar una vida digna como seres humanos: vivienda, educación, salud, alimentación, protección, etc., los cuales empiezan a ganar protagonismo en la agenda pública por fortuna.

 

De ahí que resulte de una sencillez pedagógica y una solidez conceptual contundentes el modelo de Economía Donnut (economía rosquilla) ideado por la economista de Oxfort Kate Raworth (ver ACÁ). En esencia, como toda rosquilla, tiene un borde superior y uno inferior a su alrededor. Son los límites, máximos y mínimos, que todo modelo de desarrollo debe respetar. Son esos límites: a) superiores: los 9 límites ambientales o planetarios máximos ya mencionados; b) y mínimos: los 12 límites sociales mínimos requeridos para asegurar una vida digna. Este es el diagrama:

Fuente: Foro Económico Mundial

 

Es de un homo sapiens auténtico respetar los límites: del planeta, de la vida y de la condición humana. No hacerlo, como hemos venido haciéndolo sistemática y colectivamente, es de un homo demens. Así ha sido siempre. La diferencia sustancial estriba en que el ser humano contemporáneo ha extraviado colectivamente el rumbo y su tiempo se agota para retornar a las lógicas de la vida y de la evolución. Tenemos que tomar urgente consciencia de que nuestro estilo de vida y nuestro modelo económico son insostenibles, como bien lo expresa Boff: “[...] hay una aguda patología inherente al sistema que actualmente domina y explota el mundo: la pobreza, la desigualdad social, el agotamiento de la Tierra y el fuerte desequilibrio del sistema-vida”. Y complementa en el mismo escrito: “Para salir de esta situación trágica estamos llamados, de una manera muy real, a reinventarnos como especie” (ver ACÁ).

 

Ramiro Restrepo González

Junio de 2026

miércoles, 22 de julio de 2026

CAMBIEMOS DE METÁFORA

 

La historia de la humanidad ha sido la historia del poder. Y, más precisamente, del poder ejercido como dominación. Eso explica, por ejemplo, que todos nuestros deportes, especialmente los más emblemáticos, pongan en escena cuatro elementos muy simbólicos: a) las figuras de poder, como metáfora de los ejércitos; b) la cancha, como representación del campo de batalla; c) el juego, como representación de la batalla; d) y el más simbólico de todos, lenguaje, que resulta toda una refinada alegoría bélica. Así, en el juego, habrá ataque, defensa, repliegues tácticos, etc. Y, al final de cada partida, siempre habrá ganadores y vencidos, dominadores y dominados.

 

EL FÚTBOL: LA METÁFORA DE LA GUERRA

 

En la era actual, el ajedrez pasó, de ser el deporte rey en la Edad Media, a ser un modesto deporte de nicho, que ni ha logrado colarse en los Juegos Olímpicos hasta ahora. Por el contrario, el fútbol, nacido apenas en 1863, se volvió rápidamente el deporte de masas por excelencia y hoy domina la conversación ciudadana y los medios de comunicación masivos. Se ha vuelto, digamos, LA GRAN METÁFORA de una sociedad hipercompetitiva, en la que unos tienen que ser sacrificados, para que otros resulten glorificados. Así, el fútbol es hoy LA GRAN METÁFORA DE LA GUERRA y la polarización, de la confrontación de intereses, visiones, bloques e ideologías. Así lo describe muy acertadamente la nota editorial de El Colombiano (Colombia) con motivo de la iniciación del torneo Mundial de Fútbol: “El fútbol le da a cada nación la ilusión perfectamente igualitaria de que puede ganarle a cualquier otra” (ver ACÁ). Y así lo corrobora Rubén Conde, un investigador predoctoral español: “En el plano social, un Mundial funciona como el simulacro perfecto de un conflicto mundial. Los equipos operan como ejércitos regulares respaldados por banderas, himnos y fronteras” (ver ACÁ). Es que eso son las metáforas: sublimaciones de una guerra y una victoria siempre deseadas.

 

Me pregunto: ¿no es hora de que cambiemos de metáfora? Y quisiera arriesgar algunas razones para hacerlo y alguna propuesta que considero un excelente sustituto.


RAZONES PARA CAMBIAR

 

Mis razones para hacerlo son básicamente dos: por un lado, los desafueros y secuelas masivas que ya nos ha dejado el fútbol, como metáfora de la guerra; y, por otro lado, el cambio de paradigmas que está ocurriendo en la sociedad y la cultura contemporáneas.

 

Mi primera razón: los desafueros y secuelas masivas del fútbol. Ya presentan cifras abrumadoras, ocasionadas por todos sus excesos:

§  La tasa de lesiones, tanto en el fútbol profesional como, más aún, en el fútbol aficionado.

§  Las muertes, ocasionadas por múltiples causas. Las más visibles: avalanchas en los estadios, eventos súbitos durante los entrenamientos y enfrentamientos entre aficionados.

§  Y no olvidemos que ya, en julio de 1969, El Salvador y Honduras se enzarzaron en una guerra de seis días, denominada precisamente la Guerra del Fútbol, en razón de que el detonante fueron los disturbios provocados por el partido de las dos selecciones nacionales en su clasificación al Mundial de México 1970.

 

Es de anotar que las anteriores causas comportan todas un altísimo subregistro estadístico. Pero, aun así, se sabe que compiten con las cifras derivadas del narcotráfico y el consumo de drogas ilícitas; siendo, además, una de las grandes causas habituales de perturbación del orden público y la convivencia ciudadana. Y ello sin hablar de la forma silenciosa como el fútbol moldea la cultura ciudadana, permeándola de polarización, confrontación violenta y espíritu guerrerista. Nada más combativo, en efecto, que un fanático del fútbol.

 

Mi segunda razón: el cambio de paradigmas que está ocurriendo en nuestra cultura y nuestra sociedad. En efecto, estamos migrando del paradigma de la competición al paradigma de la cooperación. Al punto, que ya conceptos clásicos de la economía —dogmas para el economicismo dominante—, como la COMPETITVIDAD y su indicador, el PIB, son conceptos que se consideran obsoletos y están ya, hoy día, en vías de sustitución.

 

Valga una pausa, para señalar que este giro, del paradigma de la competición al paradigma de la cooperación, se nos presenta hoy como una urgencia civilizatoria, y no como ese viejo sueño que siempre pudo aplazarse. La hipercompetitividad, ahora llevada al frenesí por las grandes tecnológicas, con sus modelos de inteligencia artificial, nos ha puesto de frente contra el posible colapso del planeta y de nuestra propia especie. Ya, por ejemplo, los sistemas eléctricos de grandes regiones están siendo llevados al límite por los centros de datos; pero eso es solo un ejemplo incidental, de algo absolutamente más profundo. Estamos realmente ad portas del dilema final: o consciencia o colapso. Y así coinciden cada vez más voces sensatas, como la del filósofo de las ciencias español Antonio Diéguez: “La aparición de una superinteligencia artificial no alineada con los intereses y valores morales humanos ha venido a incorporarse recientemente a todos los viejos temores [...] Nunca fueron mayores los peligros porque nunca fue tan potente la tecnología para propiciar nuestra destrucción” (subrayados del original) Ver ACÁ.

 

Es decir, o replanteamos radicalmente los paradigmas sobre los que se han fundamentado nuestro estilo de vida y nuestro modo de producción, o confrontaremos nuestra insostenibilidad como civilización. No seríamos el primer imperio (el del capitalismo digital) en sucumbir, en la historia de la humanidad. Pero si parece que somos el primero en condiciones de reaccionar a tiempo y corregir el rumbo.

 

¿Y cuáles serían los elementos del nuevo paradigma civilizatorio? Ya emergen por todos los frentes de la actividad humana. Los sintetizo en dos: a) una nueva manera de relacionarnos con la naturaleza, que nos permita recuperar sus ritmos (armónicos y lentos) y sus ciclos (continuos y regenerativos); y b) una nueva visión del trabajo humano, expresado en la economía, que ponga de nuevo la economía al servicio del ser humano y de la vida y no a la inversa, como ha ocurrido hasta ahora.

 

Leonardo Boff lo expresa con gran lucidez: “Actualmente se confrontan dos paradigmas: el del poder y el del cuidado. El del poder actual como dominación caracteriza la modernidad. Fue con este poder que se sometieron los pueblos, muchos hechos esclavos, la naturaleza despiadadamente explotada, la materia, la vida y la propia Tierra hoy con poca sostenibilidad. El paradigma del cuidado renuncia al poder como dominación y establece una relación amigable con la naturaleza y respeta la Tierra como la Gran Madre y Gaia” (ver ACÁ). En pocas palabras, abandonar la visión de la economía como maximización de rendimientos, cosas, bienes y dinero. Y migrar a una economía del cuidado, de personas; una economía a escala humana (Max-Neef, ver ACÁ), una economía del bien común (Mazzucato, ver ACÁ).

 

POSIBLE NUEVA METÁFORA

 

Cualquier nueva metáfora tiene que reunir, al menos, tres condiciones: a) expresar claramente la estrecha relación de interdependencia del ser humano con la naturaleza; b) escenificar las nuevas relaciones de cooperación, solidaridad, fraternidad y comensalidad, entre los seres humanos, en oposición a las viejas relaciones de competitividad y dominación; y c) tener una alta carga simbólica y lúdica, que convoque desde el corazón.

 

En esa línea, no dudo en que mi favorita es LA DANZA. Desde las ancestrales y folclóricas danzas del fuego, la cosecha y la fecundidad, hasta las propuestas contemporáneas de la armonía, el disfrute del buen vivir y la identidad cultural de los pueblos y las generaciones.

 

Obsérvese que en la danza no se compite, se fluye. No se triunfa, se celebra. No se vence, se comparte. No hay jerarquías, hay roles e interpretaciones. Así, el campo de batalla es sustituido por una pista lúdica; los adversarios, por parejas y compañeros; el tronador bramido de las barras, por el armónico fondo  musical y el rítmico golpeteo sobre el tablado; así, el fanatismo ciego cede finalmente su paso al más placentero disfrute de los acordes, las cadencias y los ritmos.

 

Y, mientras el fútbol tiene el mismo monótono formato, cambiando escasamente de colores e insignias, la danza tiene infinidad de expresiones: clásica, flamenca, folclórica, popular, ballet, ancestral, ceremonial, religiosa… Casi que cada danza para cada circunstancia, lugar y cultura. Pero el mismo espíritu de armonía compartida y de celebración de la vida.

 

Se me dirá que la danza no tiene la misma fuerza, que no despierta la misma pasión del fútbol. Sin duda. Es que, en estadios superiores de consciencia, a los que la humanidad se prepara para ascender, el paradigma de la pasión cambia igualmente, así como la carcajada y el ruido son sustituidos por la sonrisa y la serena alegría de la vida. Es el advenimiento del hombre nuevo: el que nace de ese adolescente paleolítico que hemos sido, para adentrarnos en la madurez del sapiens, que aún no hemos llegado a ser. Es un cambio radical de paradigmas, que apenas comenzamos a comprender.

 

Sin duda, hay otras cuantas alternativas con perfil para sustituir al fútbol.  Será la dinámica histórica la que marque la opción o las opciones que terminen imponiéndose, un cambio que ya avizora su punto de inflexión en un horizonte no lejano. Por el momento, empecemos por decirle no a la guerra y a sus tóxicas metáforas.

 

Ramiro Restrepo González

Junio de 2026 

LOS DUEÑOS DEL ENCHUFE

 

La tendencia dominante a la concentración de la riqueza ha generado un fenómeno inédito en la sociedad global contemporánea: la concentración del poder en poquísimas manos, con una capacidad de influencia global determinante en todas las esferas de la actividad humana. Para ilustrarlo en esta nota, me centraré en tres de esas gigantescas constelaciones de oligopolios que ya dominan el escenario internacional, incluidos el político y el geopolítico. Son ellos las conocidas BIG 10, en el terreno del consumo masivo; las BIG 4 ampliadas, en el terreno tecnológico-digital; y las BIG FINANCE en el terreno del capital.

 

Las BIG 10 del consumo masivo

 

Son bastante silenciosas, con ayuda de dos estrategias que les han resultado muy efectivas: a) bajo perfil político y b) buen marketing de sostenibilidad. Son, como su nombre lo dice, 10 conglomerados multinacionales, que ya controlan el 80 % de lo que llega a nuestras mesas y a nuestro uso diario, en los cinco continentes. Cada una es una estrella, alrededor de la cual se aglutina un conjunto de empresas (planetas), cada una de ellas especializada en sus productos.

 

Son todas muy conocidas, pero no siempre visibilizadas como conjunto y como poder global. Son, en orden de ventas: Nestlé, PepsiCo, Procter & Gamble, JBS Foods, Unilever, Anheuser-Busch InBev, Tyson Foods, Coca-Cola, L’Oréal y Brithish American Tobaco. Algunas le sonarán desconocidas. Pero sus marcas y productos sí le son familiares hace años con seguridad. Resultan todo un laberinto de letra menuda, que el consumidor prefiere ahorrarse mirando directamente a la góndola. Ver más detalles ACÁ.

 

Su influencia publicitaria especialmente, y educativa con mayor razón, es formidable y suavemente seductora, marcadamente en el público infantil. Y su influencia política se evidencia en hechos como el registrado en Colombia: se necesitaron 11 proyectos de ley para que finalmente la lógica de la salud se impusiera al lobby de las multinacionales tabacaleras y pudiéramos por fin disfrutar de los beneficios de la prohibición del consumo de tabaco y cigarrillo en áreas públicas. Para no mencionar el sonado litigio internacional que las grandes tabacaleras mantienen contra el gobierno de Australia desde 2011, por haber impuesto este una cajetilla genérica para todas las marcas de cigarrillos (ver detalles ACÁ).

 

Las BIG FINANCE

 

Son grandes conglomerados financieros, que operan a nivel global. Así, influyen y controlan la ruta de miles de compañías en el mundo, de manera silenciosa, desde sus juntas directivas. Es el poder silencioso del dinero. Los cinco primeros son, en su orden: Blackrock, Vanguard Group, Fidelity Investments, State Street Global y J. P. Morgan Chase.

 

Nuevamente le parecerán desconocidos algunos de estos o de los siguientes cinco. Pero seguramente usted conoce bien a algunos. Debemos saber, por ejemplo, que Blackrock, a través de diversas figuras jurídicas, tiene invertidas en Colombia las siguientes cifras: a) en acciones de grandes compañías, 5.1 billones de pesos; b) en proyectos de infraestructura carreteable, 3.5 billones; y c) en compra de deuda pública, US$ 118 millones. No es ningún actor secundario, aunque Colombia es uno de sus destinos de inversión menores. Baste comparar: el PIB colombiano fue de unos US$ 457 mil millones (léase millardos, en la nomenclatura latina); y la capitalización bursátil de Blackrock es de US$ 186.4 billones (en la nomenclatura sajona), es decir, equivale al 40,4 % del PIB colombiano. Por eso, cuando nuestro país desea introducir reformas fiscales, ambientales o sociales, será un actor complicado de manejar en la mesa o en los tribunales internacionales de arbitraje. Ver ACÁ.

 

Las BIG 4 ampliadas

 

La broma comenzó con el simpático acrónimo GAFA (Google, Alpabeth, Facebook y Amazon). Ahora se ha extendido a Microsoft, Meta, Tesla, Nvidia, etc. Son el oligopolio que controla el desarrollo y el mercado de la revolución digital.

 

A quien dude de la perversa influencia social y cultural de sus productos, le bastará que consulte un poco acerca del impacto de las redes sociales y el uso adictivo de las pantallas. Y, a quien dude de su influencia económica y política, bástele mirar un solo dato: ya la capitalización bursátil de las seis tecnológicas más grandes (Nvidia, Apple, Google, Microsoft, Amazon y TSMC) “alcanza los 19 billones de euros, por encima del PIB anual de la UE (17,8 billones)”, según reporta el diario español InfoLibre (ver ACÁ). No gratuitamente vemos lo que ha venido ocurriendo en los Estados Unidos, donde Donald Trump ha eliminado toda regulación de gobernanza, seguridad y ética para facilitar los desarrollos de este oligopolio. De suerte que no nos engañemos: el costo de mantenernos hiperconectados se ha salido de las manos del razonable control de gobiernos y sociedades y empieza a rayar en lo prohibitivo. Más información ACÁ.

 

Unas conclusiones mínimas:

 

1.

Que la concentración de la riqueza y el poder global han llegado a tales cotas, que ya empezamos a transitar, de las dictaduras nacionales, a los totalitarismos globales. Baste saber que ya 69 de las mayores entidades económicas globales, entre las 100 primeras, son empresas y no Estados nacionales. Y la tendencia sigue su curso en favor de las empresas y en desmedro de las sociedades.

 

2.

Que el siglo XXI, en consecuencia, está empezando a ser gobernado por empresas, en sustitución de los Estados de corte westfaliano. Y no estamos preparados para ello. La ONU es una organización política de Estados, pero no una organización económica soberana de empresas. Y, mientras esta transición no se aclare, seguiremos a merced de los plutócratas, sin duda. El Foro Económico Mundial, de corte empresarial, ha sido solo una institución de transición en este proceso. Esa es justo la causa raíz de la profunda crisis de gobernanza que enfrenta Naciones Unidas: su irrelevancia geopolítica. De facto, ha sido sustituida silenciosa pero efectivamente por el poder de las plutocracias emergentes.

 

3.

Que el bien común queda seriamente comprometido, en medio de la feroz puja de oligopolios todopoderosos. ¿Qué será de la policrisis social y planetaria que vive la humanidad, por ejemplo, con el cambio climático y la inequidad rampante?, ¿a nadie le interesará?, ¿asistiremos impotentes al saqueo de los últimos recursos restantes del planeta?, ¿presenciaremos impávidos un colapso ya visible en el horizonte de pocas generaciones?, ¿se requiere acaso, con urgencia, un nuevo Breton Woods, que ponga orden, de nuevo, en un espacio global común radicalmente diferente al de la posguerra?

 

Mientras tanto, y cada que usted sienta la urgente necesidad de desconectarse de una realidad cada vez más ajena, agobiante y ruidosa, en ese mundo hiperconectado que nos han construido como cárcel, no deje de preguntarse: ¿QUIÉNES SON LOS VERDADEROS DUEÑOS DEL ENCHUFE? Entonces entenderá que otros han usurpado su libertad e hipotecado su futuro.

 

Ramiro Restrepo González

Julio de 2026