viernes, 5 de junio de 2026

LA OBSESIÓN CON EL FINAL

 

Los seres humanos hemos alimentado atávicamente una cierta obsesión con el final: de la vida, del mundo, de cada obra que emprendemos, de cada calendario que agotamos. Veamos:

§  El apóstol Juan le dedicó el Apocalipsis (ver especialmente su capítulo 20); un nombre que, contra toda apariencia, no significa final, sino revelación (ἀπό —apó— = lejos de; y καλύπτειν —calíptein— = cubrir, ocultar; es decir, apocalipsis es poner lejos o retirar aquello que oculta algo). Se refería Juan a la revelación final, la del capítulo 20 justamente.

§  La humanidad (bueno… Europa, que eso dizque era la humanidad en esa época) protagonizó una espera colectiva del fin del mundo al llegar el año 1000 de nuestra era.

§  En menor medida, pero muy simpáticamente, el fenómeno se repitió al llegar el reciente año 2000. ¿Recuerdan el Y2K y todas las histerias apocalípticas asociadas a ese simple final de milenio?

§  Y ya abunda en la literatura el planteamiento de que nuestra civilización se ha puesto en ruta de colapso. El astrofísico Stephen Hawking le dedicó tiempo y esfuerzo hasta desarrollar su propio modelo teórico.

 

No gratuitamente hemos visto surgir con notable fuerza movimientos como los Preppers, también conocidos como preparacionistas. Son personas que se organizan en grupos de vecinos y en comunidades digitales, con una meta común: estar logística y sicológicamente preparados para el final, es decir, para el gran desastre: una crisis nuclear, el choque de un asteroide, una pandemia u otro. Los vemos, así, construyendo búnkeres y almacenando enlatados, medicinas clave, mapas, herramientas de supervivencia y toda esa parafernalia. Igualmente los vemos realizando simulacros y entrenamientos periódicamente. Tienen, además, sus propios sistemas de alarma colectiva. Como tales, son un fenómeno global, incluso los vemos en Colombia, pero su gran fortaleza son los Estados Unidos, sin duda. Personalmente me parecen una caricatura cultural, pero constituyen una tendencia contemporánea a tener en cuenta (ver información relacionada ACÁ, ACÁ y ACÁ).

 

Una referencia más seria merece toda nuestra atención y reconocimiento. Más conocida como el Arca de Noé, con toda razón, es el Banco Mundial de Semillas de Svalbard. Iniciado en 1990, en alianza entre el gobierno noruego y la FAO, acaba de recibir merecidamente el premio Princesa de Asturias 2026 a la Cooperación Internacional. ¡De celebrar, precisamente en un momento geopolítico en el que la cooperación internacional ha saltado por los aires! Esta iniciativa fue el detonante de lo que hoy es el Tratado Internacional sobre los Recursos Filogenéticos para la Alimentación y la Agricultura, promovido por la FAO (ver ACÁ).

 

Este curioso banco es una construcción semisubterránea de más de 1000 m2 de área, precisamente en el archipiélago noruego de Svalbard, y es el banco de semillas más grande del mundo (ver imagen y detalles ACÁ). Ubicado en una zona de hielo ártico, su refrigeración está casi asegurada, en caso de fallo eléctrico, por las bajísimas temperaturas ambientales. La zona es, además, de bajo riesgo sísmico y alejada de muchas amenazas cotidianas actuales. El banco cuenta hoy con unos 4,5 millones de muestras de semillas de todo el mundo, incluido Colombia, y cada muestra, que incluye unas 500 semillas, ha sido almacenada una vez sellada herméticamente en una bolsa de aluminio.

 

Esta iniciativa, ¡sospechó lo correcto!, ha sido pensada para preservar y salvaguardar la biodiversidad vegetal, en caso de una gran catástrofe, como ya ocurrió puntualmente en el caso de Siria, cuando la guerra destruyó totalmente su almacén nacional de semillas en Alepo; semillas que habían sido especialmente adaptadas para terrenos áridos, y que el banco de Svalbard permitió reponerlas, pues ya tenía copias de las mismas. Pero… ¿y si se tratase de una catástrofe global? Svalbard se convertiría, entonces, en la verdadera Arca de Noé.

 

Las más variadas especulaciones sobre las amenazas de destrucción masiva planetaria, incluso escenarios de prospectiva serios, empezando por el que dejó planteado Hawking, pueden concretarse en cuatro amenazas globales como las más aceptadas:

§  Una guerra nuclear, nada improbable.

§  Un cambio climático extremo y prolongado, que ya está en curso.

§  El desarrollo biotecnológico fuera de control (patógenos letales, guerra biológica, IA autónoma…).

§  Un gran evento extraplanetario: la caída de un gran asteroide, similar o mayor al que cayó en el Golfo de México hace 66 millones de años o un superevento Miyake.

 

Cada una de estas amenazas puede representar la desaparición de la especie humana o de una significativa parte de la vida sobre este planeta. Lo curioso de observar es que tres de ellas son de origen antropogénico, es decir, están siendo generadas por nosotros mismos. Y solo la cuarta, quizás la menos probable, tiene origen extraplanetario. La realidad cruda, sin embargo, es que hoy más que nunca antes, la espada de Damocles de la extinción pesa sobre nosotros.

 

Desde la ciencia, hay ya sesudos estudios y modelaciones matemáticas sobre los escenarios futuros del planeta. Uno de los más recientes que conozco apareció en arXiv recientemente, suscrito por la astrobióloga española Celia Blanco y otros. Según reseñan, “Las simulaciones se basan en los diez escenarios futuros de 1000 años de Haqq-Misra et al. (2025), parametrizados con tasa de crecimiento, reservas de recursos, tasa de agotamiento, profundidad del colapso, retraso en la recuperación, fracción de recuperación y tasa de riesgo existencial” (ver ACÁ el texto del artículo). Y su conclusión es clara: “El destino a largo plazo de una civilización, al parecer, depende menos de la suerte que del diseño”.

 

La pregunta, entonces, es si el diseño sociotécnico de nuestra civilización actual es sostenible en el tiempo. Y esto torna menos fantasioso el debate. La realidad claramente nos dice que hay dos preocupantes desbalances en la civilización contemporánea: a) el primero de ellos, entre la dinámica del avance tecnológico y la dinámica de los avances sociales (cultura, gobernanza, ética, contrato social…), lo cual nos coloca ante un desarrollo tecnológico claramente fuera de control; b) y, el segundo, entre la dinámica del modelo económico vigente y la biocapacidad del planeta, que el primero amenaza ya con agotar.

 

Por lo tanto, nuestro futuro  depende exactamente de cómo gestionemos estos desbalances en el futuro cercano. Y la constatación, a hoy, es que, no solo no los hemos venido gestionando adecuadamente, sino que estamos navegando en dirección a agravarlos cada día.

 

Como vemos, no es solo una obsesión atávica, sino una especie de pulsión de muerte, como diría Freud, que nos seduce como seducían las sirenas a Ulises y, en este caso, lo está haciendo colectivamente. La realidad metafísica (espiritual, religiosa o como guste) es que el telón de fondo que anima toda esta trama no es otro que nuestra obsesión fatal con el ineludible final nuestra propia existencia.

 

¿Necesitamos embriagarnos de final? ¿O podremos sobreponernos y tomar el timón de nuestro destino como especie y como planeta? Más parece que la vida tiene sentido, por encima de la abrumadora realidad de nuestra torpeza colectiva y de nuestra pequeñez y finitud como seres humanos. Pero ese desafío nos exige un DESPERTAR DE LA CONSCIENCIA porque, como bien titula Jordi Pigem su último libro (ver ACÁ), nuestro dilema es simple: CONCIENCIA O COLAPSO.

 

Ramiro Restrepo González

Mayo de 2026 

UNA SOCIEDAD ANÓMICA

 

Tratándose de una palabreja que usamos poco, conviene empezar recordando su sencillo origen etimológico. En griego clásico, νόμος (nómos) significa ley, norma; y la “a” inicial es, igualmente en griego, un prefijo privativo. De suerte que anomia es un estado de cosas sin ley. La RAE complementa con una acepción traída de las ciencias humanas, y la define además como un “conjunto de situaciones que derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación”.

 

La anomia es, así, un fenómeno silencioso, pero observable a pie de calle sin mayor esfuerzo. Y es, para mí, la variable menos visible, pero de las más decisivas en la decadencia contemporánea. Una especie de fuerza corrosiva del contrato social y de la convivencia ciudadana basada en él.

 

Podemos hacer fácilmente un inventario de sus polimorfas manifestaciones. En primer lugar, las más cotidianas: cruzar la calzada con el semáforo en rojo, no respetar el carril de circulación, colarse en las filas, pagar redes de intermediarios en los trámites ciudadanos, evadir impuestos… Pasando, luego, por las más sofisticadas: los paraísos fiscales, la piratería de marca, la ciberdelincuencia, las redes de corrupción, las fake news… Para, finalmente, llegar a las manifestaciones más estructurales: la crisis generalizada de confianza pública, la inoperancia del sistema judicial, la decadencia de las formas democráticas, la precariedad de los modelos de gobernanza… Como vemos, la anomia es una especie de espíritu maligno, que se ha instalado en nuestra sociedad contemporánea, invadiendo todos los rincones y niveles de la actividad humana. Hemos terminado, así, cumpliendo la vieja sentencia de la colonia, que consagró el virrey Antonio de Mendoza: “aquí se obedece, pero no se cumple”; simpática sentencia actualizada en el folclórico dicho caribeño: “aquí ese decreto no pegó” (costeñismo que significa que las personas no aceptaron ni asimilaron algún decreto o norma y que, por tal motivo, nadie los cumple).

 

Conviene dar una mirada a las posibles causas del fenómeno, para encontrar allí la raíz de posibles acciones. En mi opinión, se trata, no solo de un fenómeno polimorfo, sino policausal. Apuntaría al menos a las siguientes seis fuentes causales.

 

La desvalorización de lo público. Ha habido sociedades particularmente sensibles al cuidado de lo público, del bien común (la polis griega, la Pacha Mama de nuestras sociedades ancestrales, nuestra Casa Común de la ONU y Francisco). La nuestra, marcada por un individualismo feroz, le ha dado la espalda al bien común. Es la conocida “tragedia de los comunes”, de la que nos habla Garrett Hardin (La tragedia de los comunes, publicado originalmente en Science, 1968, vol. 162; ver ACÁ). Un ejemplo de actualidad: el cambio climático (un bien común altamente sensible) no será manejable mientras no haya compromisos vinculantes de sacrificar beneficios individuales derivados de actividades generadoras de gases de efecto invernadero GEI, que es lo que no se ha podido lograr en las innumerables Conferencias de las Partes COP sobre el clima.

 

La secularización. El proceso que ha marcado la gradual pérdida de protagonismo de las religiones en la organización de muchas sociedades. Como bien lo afirma la filósofa catalana, Victoria Camps: “Con la secularización, nada ha sustituido lo que hacía la religión para vincular a las personas con un sentido moral (Silverio, Pedro. Entrevista a Victoria Camps, filósofa catalana. Ethic, octubre 27 de 2025. Ver ACÁ). A su manera, aunque con un alto costo humano, las religiones cumplían este importantísimo papel social. Y tímidas iniciativas como el Proyecto por una Ética Civil Mundial, liderado por el fallecido teólogo Hans Küng, no han logrado aún el respaldo político necesario, a pesar del reconocimiento oficial de Naciones Unidas.

 

La decadencia institucional. Cada vez las instituciones se quedan más cortas para responder a las expectativas ciudadanas, por un lado; y, por otro, la institucionalidad pública ha sido cooptada, en gran medida, por redes mafiosas corruptas, que la ciudadanía percibe a golpe de escándalos. Al respecto, uno de los últimos reportes del Latinobarómetro (Informe 2024, pp. 57-59. Ver ACÁ) nos ofrece las siguientes cifras: salvo la iglesia católica (61 % de confianza pública), ninguna institución llega al 50 %. Ejemplos: Fuerzas Armadas (43 %), presidente (37 %), partidos políticos (17 %), Congreso (24 %), poder judicial (28 %). Y, la más desastrosa: la confianza interpersonal (15 %). Y, sin confianza pública, jamás habrá cohesión social posible ni sentido normativo alguno que vincule al ciudadano con un contrato social.  

 

La ruina del sistema educativo. Justo la institucionalidad responsable de formar personas y ciudadanos. Pero hay dos factores que han determinado su ruina:

                          

Por un lado, el deterioro severo de su calidad, al punto que recientemente la Secretaría de Educación del Departamento de Antioquia, en Colombia (Ver ACÁ), debió reconocer que 4 de cada 10 bachilleres no pasaron el umbral de lectura en las pruebas del Icfes (Instituto Colombiano para la Evaluación de la Educación). Y esa es una dolorosa realidad global, más que local.

 

Y las pruebas PISA (Programme for International Student Assessment) de la OCDE, con las cuales se evalúa la efectividad del sistema educativo en el mundo; que, en mi concepto, constituyen la antinomia de lo que es el desarrollo humano; en efecto, se centran en competencias (lectora, matemática y científica), es decir, habilidades meramente funcionales y mecanicistas, olvidando la esencia del ser humano: su sensibilidad y su consciencia; por ello, PISA no incluye asuntos tan vitales hoy como la estética, la ética, el desarrollo emocional, la solidaridad, la cultura… En resumen: solo incluye lo que nos hace máquinas, no humanos. Y las máquinas no conocen de  leyes y normas.

 

Un sistema judicial inútil por diseño. Justo la institucionalidad responsable de aplicar las leyes y normas en la sociedad, sancionando sus desviaciones. Hablo de la justicia, entendida en su reducidísima concepción de conformidad con la norma. Basta mirar los índices de impunidad. Son su prueba ácida. Según el Índice de Impunidad Global 2024 (Universidad de las Américas, Puebla. Índice Global de Impunidad 2024. P. 107. Ver ACÁ), Colombia registra un 37.76 %, y ello sin tener en cuenta la “impunidad estadística” que registra el informe, por falta de información o reporte de los países. La lectura inversa resulta igualmente elocuente: significa que la efectividad del sistema judicial en Colombia es, como máximo, de un escaso 62,24 %. Sin embargo, cifras oficiales de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia de Colombia ubican la impunidad, entre 2010 y 2023, en un 93.99 % (ver ACÁ). De ahí lo acertado del decir popular: “Así, ‘ser pillo, paga’”. Y anotaría una causa más, quizás la raíz de todas.

 

Un sistema económico perverso. En efecto, el economicismo decadente y aún dominante (neoliberalismo, capitalismo digital y ahora tecnofeudalismo), con su mandato supremo de la maximización de beneficios, ha entronizado la mano invisible del mercado, trayendo consecuencias nefastas: el desmantelamiento del Estado, un individualismo exacerbado con rasgos de sicopatía crecientes y la cancelación de toda expectativa de justicia ambiental y social. Es decir, los agentes del orden económico vigente han sido los únicos ganadores (y, en mi concepto, sus artífices encubiertos) de un orden social anómico y disfuncional al bien común.

 

En resumen: sociedades sin fundamentación humana, sin sólidos referentes vitales e institucionales que sirvan de guía, sin cohesión ciudadana, y formadas por grandes masas de individuos lanzados a sortear las afugias de la vida en medio de la ley de la selva de una economía voraz.

 

Vuelvo a la pregunta inicial: ¿hay algo que se pueda hacer, para intentar sanar una sociedad anómica? Estoy convencido de que la respuesta es afirmativa. Pero no me satisface la respuesta convencional más aceptada, que propone la educación como estrategia. Es, a mi modo de ver, la respuesta políticamente correcta.

 

Propongo que se considere una interesante pista que nos dio el materialismo histórico hace ya 180 años. No es la respuesta, pero es una pista. Según la tesis central de este enfoque, el pensamiento y la cultura se forjan a partir de las condiciones materiales bajo las cuales las sociedades resuelven sus problemas de supervivencia. “¿Qué demuestra la historia del pensamiento, sino que la producción intelectual se transforma con la producción material?”, afirmaba Marx (El manifiesto comunista, p. 61. Ver ACÁ). Esta ruta nos trae a primer plano el trabajo humano y las condiciones sociales en las que este se desarrolla. En otras palabras, nos dice que poco diferente a un pensamiento y una cultura anómicos podemos esperar de un modelo de desarrollo economicista depredador como el vigente. Lo visionario de Marx fue haberlo advertido en los inicios de la era industrial. En ello, coincido.

 

En lo que no coincido con el respetable señor Marx es en que el espíritu humano (autoconsciencia, sensibilidad, pensamiento…) sea un material pasivo y moldeable por las circunstancias (condiciones materiales del trabajo humano, según Marx). El pensamiento, al igual que las fuerzas sociales y materiales, es otra fuerza, y quizás más poderosa. El pensamiento es el más poderoso fermento de la evolución. De suerte que es en la interacción dinámica de todas estas fuerzas, mediadas por el pensamiento, especialmente por el pensamiento crítico, como creo que se forja la cultura, en tanto pensamiento colectivo que es.

 

En conclusión:

 

Si se quiere ser pragmático, no hay ruta diferente, en mi personal opinión: sustituir, transformar o ver colapsar el modelo económico vigente, anclado en el comprar-tirar-comprar para maximizar rendimientos, y echar a andar transiciones audaces. Lo demás vendrá en cascada. Creo, además, que ya está ocurriendo. La traumática experiencia que están representando las actuales condiciones materiales, en las que el trabajo humano ocurre, están produciendo y, a la vez, están confrontando cambios rápidos de la cultura política de las sociedades. En otras palabras: la amarga experiencia de un sistema disfuncional está despertando consciencias y sensibilidades, que no demorarán en expresarse abiertamente y ganar protagonismo en el diálogo social y político. Esa nueva consciencia y esa nueva sensibilidad están empezando a ser los catalizadores de la gran transición que estamos iniciando. Se escuchan dolores de parto crecientes en la confusa sintomatología contemporánea.

 

Ramiro Restrepo González

Enero de 2026

viernes, 22 de mayo de 2026

¿CRECIMIENTO ECONÓMICO CERO?

 

La historia de la humanidad, en términos económicos, ha transcurrido entre eras de abundancia (más de lo necesario) y eras de escasez (menos de lo necesario), y solo en situaciones excepcionales ha transcurrido bajo el signo de la suficiencia (justo lo necesario). Y ambos modelos, abundancia y escasez, han convivido en el tiempo, bien en diferentes grupos sociales, o aún dentro de un mismo conglomerado social.

 

Desde el inicio de la era industrial (1712), nos embarcamos en una larga era de abundancia creciente, hasta llegar a los excesos e inequidades de la actual sociedad de consumo. A tal punto, que llegamos a alimentar la ilusión del crecimiento económico sin límites y así lo consagramos en conceptos, casi dogmas, como el PIB y la competitividad. ¿Está llegando esta era a su fin?, ¿se acerca, cada vez más claramente, una era de crecimiento cero o, más aún, de decrecimiento? Usted podrá inclinarse por una u otra hipótesis. Pero lo que sí está claro ya es que ha llegado la hora de dar el debate y, quizás, de prepararse.

 

Hipótesis uno: seguiremos creciendo y más aún

 

Toda la ortodoxia y la institucionalidad económicas del mundo contemporáneo están construidas sobre el imperativo del crecimiento, como si se tratara de una ley natural similar a la gravedad. Solo se discute cuánto crecer.

 

En los últimos años, han surgido incluso nuevos profetas de una era de prosperidad económica jamás imaginada, que ya estaría en curso. Sus gurús, como era de esperarse, provienen de los sectores de la alta tecnología. Los pontífices de Silicon Valey son los primeros y ya suficientemente conocidos. Por tal motivo, pondré el foco en otras áreas de la tecnología menos visibilizadas. Son ellas la energía y la industria agropecuaria. La primera es el motor de toda la economía; y la segunda responde actualmente por las dos terceras partes del empleo mundial. ¿Y qué está sucediendo en estas dos áreas?

 

En el sector de la energía, los costos de las renovables han venido cayendo de manera abrumadora. Veamos las cifras: en los últimos 10 años, el costo de la energía solar ha caído un 80 %, el de la eólica un 55 % y el de las baterías un 90 %. Y, en los próximos 10 años decrecerán: un 70 % adicional la solar, un 50 % la eólica y un 80 % las baterías”. Son las proyecciones que nos ofrecen los futurólogos James Arbib y Tony Seba en su última obra Stellar (ver ACÁ, págs. 76-77, y ACÁ). El horizonte, pues, y más si sumamos la probable llega de la energía de fusión nuclear comercial (ver información ACÁ), es de energía casi gratuita e ilimitada.

 

Y, si aceptamos la tesis de que la plataforma energética ha sido la pieza fundamental en el engranaje económico y en el diseño de cada era civilizatoria, es claro que estamos ante un cambio absolutamente revolucionario. Algo comparable con el desarrollo de la electricidad en la segunda revolución industrial (1870-1914). En ello, a los señores Arbib y Seba y a toda la comunidad científica detrás de la energía de fusión nuclear, les asiste toda la razón.

 

En el sector agroindustrial, las cosas son igualmente revolucionarias, aunque menos publicitadas hasta ahora. Hace pocos años, en efecto, la investigación ha venido dando forma a lo que ya se conoce como la fermentación de precisión (ver ACÁ). Como todos sabemos, la fermentación es un proceso milenario aplicado en la producción de unos pocos productos de consumo: quesos, yogures, cervezas, pan, etc. La novedad es que, ahora, hemos encontrado la tecnología para sustituir los agentes naturales de la fermentación como la levadura, las bacterias y los hongos. Es lo que llamamos la fermentación de precisión, asistida por tecnología digital e IA. Ello ha permitido entrar a producir casi cualquier producto agropecuario como carnes (aves, vacunos, peces), lácteos, hortalizas, frutas, etc. Es decir, prácticamente toda la cadena alimentaria.

 

Y una precisión fundamental: no se trata de carnes, lácteos u otros productos, en versiones artificiales. La fermentación es un proceso natural. Por lo tanto, la totalidad de las características organolépticas y nutricionales se reproducen con total fidelidad. Incluso, mejorándolas, al poder suprimir en el proceso cualquier patógeno potencial, así como mejorar texturas y sabores. Lo que esta tecnología plantea es tan revolucionario como el desarrollo de la agricultura hace 10.000 años. De hecho, ya se habla del final de la agricultura y de la ganadería como las conocemos, con todas sus industrias asociadas: avicultura, porcicultura, piscicultura… Y ya no son asuntos de laboratorio, como que empiezan a proliferar las startups de esta tecnología, ya autorizadas para producir comercialmente (para mayor información, leer este documento ACÁ).

 

La consecuencia, según los teóricos e investigadores de esta línea, es que está a nuestras puertas una era de abundancia, basada en la creación, a diferencia de la era de escasez y extracción de la que venimos. De tal suerte que el pronóstico de crecimiento sería aún más optimista frente a lo que ya nos ha traído la revolución industrial.

 

Hipótesis dos: la era del crecimiento ha llegado a su fin

 

Otra corriente, que tiene no pocos antecedentes y fundamentos. A diferencia del anterior escenario, de fundamentación tecnológica, este otro escenario se basa en criterios biofísicos y demográficos. Veamos.

 

En primer lugar, es una evidencia científica que la biocapacidad de nuestro planeta ha venido menguando en las últimas décadas, producto de un modelo económico de maximización de rendimientos que ya consume más biomasa que la que el planeta es capaz de regenerar en el mismo periodo. Es decir, nuestro planeta viene, hace décadas, en situación deficitaria creciente en términos de biocapacidad (ver ACÁ). En términos prácticos, nos estamos quedando sin recursos para alimentar la infernal máquina de consumo que hemos construido. Y, sin recursos, no hay economía posible. La escasez crítica de recursos (hídricos, forestales, de suelo, de biodiversidad…) empieza ya a lastrar la economía global; y la tecnología solo está agravando la situación, como es el caso de los altísimos consumos hídrico y energético que los centros de datos están representando para apalancar la revolución digital. No en balde tantas guerras: son, en su gran mayoría, guerras por recursos escasos. De este horizonte ya nos advertía proféticamente el Club de Roma desde los años 70 del siglo anterior (ver ACÁ y ACÁ), con su estudio pionero Los límites del crecimiento.

 

En segundo lugar, la población mundial ha iniciado, por primera vez en siglos, un ciclo de contracción y envejecimiento que le ofrecerá a la economía, no solo menos consumidores, sino menores tasas de consumo per cápita. Las cifras ya son rotundas. Colombia, desde 2023, registra una tasa de reposición poblacional negativa, lo que significa que el número de muertes supera ya el número de nacimientos (la tasa de nacimientos por mujer fue de 1.6 en 2024, frente a la tasa de reposición poblacional necesaria de 2.1. Ver ACÁ). Similar situación se vive en el mundo, con algunas excepciones en África. Los efectos en reducción global de la población se irán filtrando gradualmente en las próximas décadas. Pero el fenómeno tiene raíces culturales, económicas y políticas tan profundas, que puede darse por una macrotendencia irreversible.

 

Así, el escenario que nos espera es bien simple: menos recursos, menos consumidores, menores tasas de consumo. El resultado aritmético es obvio: menguantes tasas de crecimiento económico (del PIB), hasta llegar a cero o volverse negativas. Lo contundente es que estas variables biofísicas y demográficas ya están en marcha. La revolución tecnológica de la energía y la industria agropecuaria están igualmente en marcha, pero están por verse aún sus resultados tangibles y, cuando menos, se verán severamente opacadas en sus potenciales resultados.

 

Por lo pronto, yo me alineo con la hipótesis de una sensible contracción económica global en las próximas décadas, lo que considero saludable. Será la pausa perfecta y obligada para repensar el modelo económico y nuestra cultura de consumo y pensar colectivamente en migrar a un modelo de suficiencia y sostenibilidad. Una economía humana para humanos, por fin.

 

Ramiro Restrepo González

Mayo de 2026

LA INFINITA PEQUEÑEZ HUMANA

 

En días recientes, los medios nos han informado que, en 2026, la pequeña sonda Voyager 1 (ver información oficial ACÁ) alcanzará una distancia del planeta Tierra equivalente a 1 día-luz (ver noticia ACÁ). Fue lanzada al espacio en septiembre 5 de 1977; es decir, le habrá tomado exactamente 50 años, poco más de media vida humana, alcanzar esta pequeñísima distancia cósmica de nosotros. Por contraste, recordemos que la estrella Próxima Centauri, en el sistema Alfa Centauri, la más próxima a nuestro sol, está a 4,24 años-luz, es decir, a una distancia 1544 veces superior. Y ni qué hablar de la estrella más distante conocida, Eärendel, situada a 12.900 millones de años-luz. Voyager 1, sin embargo, ha sido la mayor aventura humana en el espacio, lo que pone de presente nuestra sobrecogedora e insignificante pequeñez como criaturas.

 

Voyager 1 ya nos había sorprendido en 1990 cuando, a su paso por Júpiter, sus cámaras captaron en las profundidades del espacio un diminuto puntito azul pálido (así lo bautizó la prensa de la época; ver información oficial ACÁ), que correspondía a nuestro planeta. Recuerdo y conservo esa imagen por la sobrecogedora emoción que me produjo: ¡4.056 millones de seres humanos, la población global para ese año, trabados en guerras, violencia, hambre, sufrimiento y frustrados sueños de libertad y desarrollo, en un puntito apenas reconocible en la oscura inmensidad del universo!

 

Después del inevitable asombro que estas experiencias lejanas me producen, no dejo de esbozar una lenta y prolongada sonrisa compasiva, al observar, en el día a día de nuestra sociedad, la soberbia, la prepotencia y los alardes de poder que casi todos los seres humanos nos lanzamos a diario unos a otros, como individuos, o como colectivos, o desde ambas efímeras tribunas.

 

Razón les asiste a quienes han hablado de los legendarios golpes a la soberbia humana, especialmente occidental, provenientes casi todos de la ciencia. El primero llegaría con Eratóstenes de Cirene, el polímata griego del siglo III a. c., quien recogió la primera evidencia precientífica de la redondez de la tierra y de la naturaleza heliocéntrica del sistema solar. Debió asimilar la especie humana esa primera humillación de aceptar que el universo no giraba a su alrededor, sino que apenas éramos un pequeño accidente más, en una arquitectura que rebasaba nuestra imaginación. Todavía, sin embargo, fue necesario esperar 19 siglos (¡!) hasta ver quemar vivo en la plaza pública a Giordano Bruno, para que el heliocentrismo empezara a abrirse paso en la dura y soberbia cerviz de Occidente.

 

En época cercana a Bruno, 1550, el cristianismo occidental se vio obligado a aceptar, en la Junta de Valladolid, que los indígenas también tenían alma (esa especie de sustancia espiritual e inmortal que habita cada ser humano, según algunas religiones). Hasta ese momento, solo se les otorgaba el estatus social de animales. Apóstol de esta causa, más humanística que científica, pero cuya aceptación también costó sufrimiento y muerte, fue el fraile dominico Bartolomé de las Casas. El soberbio hombre occidental debió aceptar, entonces, que aborígenes y negros era iguales a él en dignidad y humanidad. Todavía, sin embargo, veríamos caer bajo las balas fanáticas, y por el mismo motivo, al líder negro Martin Luther King Jr., poco más de 4 siglos después.

 

Un tercer golpe nos llegaría en 1859, cuando Charles Darwin publicó El origen de las especies, en el cual expuso su teoría de la evolución, uno de cuyos postulados centrales es que todos los seres vivos (humanos, animales, plantas y microorganismos) tenemos un ancestro común, quizás una bacteria, una arquea o el hipotético y anónimo LUCA (Last Universal Common Ancestor). Es decir, que los humanos nunca tuvimos el exótico privilegio de nacer en la cuna dorada de un Edén bíblico, directamente moldeados por las manos de un alfarero divino, sino que somos hijos y formamos parte del maravilloso tejido de la vida, que ha evolucionado y florecido por siglos sobre este frágil planeta.

 

Y seguramente nuestra incorregible soberbia siga recibiendo golpes certeros en el futuro cercano, como toparnos con la cruda realidad de que una red de agentes de inteligencia artificial nos haga irrelevantes frente a la mayor parte de las tareas en las que hemos apoyado nuestros diferenciadores de homo habilis y animal racional (Aristóteles). O que, a la vuelta de la esquina, nos encontremos con la evidencia de que ni somos la única ni resultamos la especie más inteligente, en este abigarrado universo de galaxias, estrellas y planetas.

 

Ya no me preocupa cuántos golpes más nos esperan como especie. Me preocupa preguntarme qué hemos aprendido de los que ya hemos recibido. Y tal parece que poco o nada. No parecemos darnos cuenta de que, a golpes, la historia ha venido invitándonos a centrarnos en lo que constituye la esencia de nuestra condición de seres humanos: nuestra inmensa vulnerabilidad y pequeñez. Cuando asumamos esta, nuestra auténtica condición, consciente y deliberadamente, entenderemos que es nuestra única y verdadera fortaleza. Que la empatía, la mansedumbre, el goce, la contemplación… y muchas otras capacidades humanas profundas, todas ellas nacidas de la consciencia de nuestra propia fragilidad, son las que verdaderamente nos diferencian de todos los demás seres del universo y, sobre todo, son las que nos diferenciarán profundamente de las máquinas. Esa es la gran paradoja humana: nuestra debilidad es justo nuestra mayor fortaleza, pero solo cuando la hayamos asumido en consciencia y libertad. Como anota Debashis: “Cuando no tenemos nada que defender, nos volvemos verdaderamente invencibles” (Página 168, ver ACÁ).

 

Ramiro Restrepo González

Enero de 2026

miércoles, 6 de mayo de 2026

¿QUÉ ENTENDEMOS POR DESARROLLO?

 

Hoy, como pocas veces en la historia, la humanidad se debate entre dos opciones básicas de entender el desarrollo:

 

De un lado, la visión que aún se mantiene como la opción dominante: el modelo economicista. Lo llamo economicista, porque su prioridad suprema es la riqueza económica. Su ley fundamental es la competencia y sus indicadores básicos son: la competitividad y el PIB. Su rasgo fundacional es una visión lineal de los procesos económicos: extraer, procesar, distribuir, consumir y desechar. Como tal, no es un modelo de desarrollo sino de crecimiento, si somos rigurosos. Y ha demostrado ser exitoso en eso: en producir crecimiento de la riqueza, un pensamiento cerradamente crematístico.

 

De otro lado, la visión emergente: el modelo de desarrollo sostenible. Lo llamamos sostenible porque, además de generar capital económico, se preocupa además por asegurar, en el proceso mismo, la generación de capital natural y de capital social, no como adendas (la vieja filantropía, ya anacrónica) sino como parte estructural del modelo. Es decir, es un concepto integral: riqueza económica, social y natural. Su ley fundamental es la cooperación —solidaridad, participación— y sus indicadores básicos son la equidad económica, el bienestar humano y social, y la salud de los ecosistemas naturales. La coloquialmente conocida como Comisión Stiglitz llevó estos indicadores a lo que podríamos llamar una visión ampliada del PIB, que ya se está implementando lentamente en la Unión Europea (ver ACÁ y ACÁ). Su rasgo fundacional, por tanto, no es el pensamiento lineal y depredador, sino el pensamiento complejo y regenerativo. De este modelo, sí podemos predicar con propiedad que produce desarrollo. Contra toda resistencia y escepticismo, está demostrando empírica y ampliamente tener un potencial de éxito superior al modelo economicista.

 

Debemos ser conscientes del contexto civilizatorio en el que esta disyuntiva de opciones se nos plantea. Para ello, basta preguntarse por los resultados que el modelo economicista ha producido. Yo elijo los siguientes, como los más protuberantes:

 

Ha generado un crecimiento sostenido de la riqueza de todos los países, lo que ha permitido elevar el nivel de vida de la población, que no necesariamente su calidad de vida.

 

El problema subyacente es que la distribución de la riqueza ha sido cada vez más inequitativa, produciendo ya unos niveles de concentración inmorales en una pequeña élite global. Basten dos cifras: a) “La riqueza conjunta de los cinco milmillonarios más ricos del mundo se ha duplicado con creces desde el inicio de la década actual, mientras que la riqueza acumulada del 60 % de la humanidad se ha reducido”, según informe presentado por Oxfam en la reunión del Foro Económico Mundial de Davos en 2024 (ver ACÁ).

 

Desde el punto de vista ambiental, los resultados no son menos desastrosos: “En los últimos 50 años (1970-2020), el tamaño medio de las poblaciones de fauna silvestre analizadas se ha reducido en un 73 %, según las mediciones del Índice Planeta Vivo (IPV)” del Fondo Mundial para la Vida Silvestre WEF (ver ACÁ).

 

En resumen: un modelo económico que produce riqueza para unos pocos, marginando a gigantescas y crecientes masas de población de los beneficios del “progreso” y que, de paso, destruye los ecosistemas y recursos naturales, por su voracidad productiva y su simplista pensamiento lineal de extraer-producir-distribuir-consumir y desechar.

 

Sé que se alzan muchas voces en defensa de muchos supuestos logros. Sí, el mundo ha avanzado en muchos aspectos. Y hasta los marginados reciben sus migajas, expresadas en subsidios y ayudas al desarrollo. Pero una realidad es contundente: en un análisis integral, el mundo, el planeta, la sociedad global, NO SON MEJORES HOY. Un dato resulta contundente y lo repito y recuerdo: según el Stockholm Resilience Centre, ya hemos traspasado, de manera demente e irresponsable, SIETE de los NUEVE límites planetarios (ver ACÁ). Es decir, nos estamos colocando peligrosamente al borde del colapso planetario como especie. Y esto es ciencia, no tremendismo apocalíptico. ¿La causa?: un modelo económico, el economicista, que ya ha traspasado todos los límites naturales del sistema Tierra. El dilema, entonces, es simple: o presenciar activa o pasivamente el colapso o cambiar nuestro modelo económico y nuestros estilos de vida de manera radical. Como bien titula Jordi Pigem su último libro: Conciencia o colapso (ver ACÁ).

 

Repetidamente me he preguntado, sin embargo: ¿por qué no se escuchan y atienden todas las alarmas?, ¿por qué no se impone rápidamente un modelo económico que sí produce desarrollo, no solo crecimiento, y que empíricamente está demostrando ser superior al modelo economicista vigente, aún en el terreno económico? Y he logrado encontrar algunas respuestas, que el lector seguramente complementará de manera prolija:

 

UNO: hay demasiados intereses particulares asegurados e involucrados en el modelo vigente, que se rehúsan a enfrentar un cambio que, como todo cambio, se presume incierto. Como sabiamente decía Martin Luther King, en su Carta desde la Cárcel de Birmingham: “Desgraciadamente, es un hecho histórico incontrovertible que los grupos privilegiados prescinden muy rara vez, espontáneamente, de sus privilegios” (ver ACÁ).

 

DOS: el modelo ha producido una cultura marcada por el individualismo, la competencia, la velocidad, el dinero, el éxito personal, el consumo y un largo y tóxico etcétera, que tomará tiempo y esfuerzo superar. No hemos entendido que ese modelo nos embarcó en una carrera de ratas en la que, aún si ganas, sigues siendo una rata (K. Blanchard). En resumen: el economicismo, ahora capitalismo digital, ha moldeado una visión del mundo y un tipo de pensamiento que son absolutamente contrarios a las leyes de la vida y de la naturaleza. Cambiar esto no va a ser fácil, porque implica el derrumbe de infinidad de paradigmas y de intereses individuales y mezquinos.

 

TRES: la persistente escasez de liderazgos. No nos bastan ya esos seres humanos luminosos, pero esporádicos, que hemos tenido (Gandhi, Luther King Jr., Mujica, Francisco, Boff, Mangabeira, el ya olvidado Schweitzer, etc.). Han sido los pioneros, que han marcado el camino. Pero, ahora, necesitamos formar masa crítica; y, para ello, se requerirá seguramente una nueva generación. Con la actual, y con el sistema educativo vigente, no soy optimista.

 

Todo cambio, para desencadenarse, necesita tres componentes: a) un revolucionario desarrollo tecnológico; b) una grave crisis; c) y un nuevo tipo de pensamiento. Observo que han ocurrido justo en ese orden; y que solo se configura un nuevo orden cuando se ha completado el ciclo: desarrollo tecnológico, crisis desatada por este y un nuevo tipo de pensamiento como respuesta.

 

Ahora bien, los desarrollos tecnológicos ya están sucediendo y a gran velocidad. ¿Pero quién los gobernará? Con o sin ellos, pienso que terminaremos en una crisis y aprendiendo de ella, como ha ocurrido repetidamente en la historia de la civilización. Quizás, desde esas profundidades, surja el nuevo tipo de pensamiento que la civilización requiere con urgencia para asegurar su pervivencia en el tiempo.

 

Un ejemplo concreto ilustra bien lo expresado hasta acá. Lo presentaré en tres cortos apartados, para concluir esta nota:

 

UNO:

Un grupo empresarial antioqueño, que se posicionó como emblema industrial de Antioquia y del país, a punta de pensamiento de vanguardia en sostenibilidad, innovación, calidad y servicio, sufrió una radical transformación durante el segundo trimestre de 2024. Una toma hostil, por parte de otros dos grupos de inversión, que desencadenó todo un proceso de transformación. Veamos la cara A (amable), la que se entrega a los medios masivos de comunicación. Y veamos la cara B (bochornosa), que permanece en la penumbra.

 

DOS: la cara A

§  El incremento en ventas, en 2025 con respecto a 2024, fue del 10.7 %, es decir, 5 puntos porcentuales reales por encima de inflación.

§  La utilidad neta ajustada —la que va al bolsillo de los nuevos flamantes propietarios mayoritarios— tuvo un incremento, 2025 versus 2024, del 126,6 %, equivalentes a 1,7 billones de pesos que, con el descuento de los gastos de reestructuración, quedó en 1,2 billones. Negocio redondo …

§  Como ven, un modelo economicista a pleno vapor. ¿A costa de qué? Veamos lo que no nos cuentan.

 

TRES: la cara B

§  Un agresivo adelgazamiento de la estructura: alrededor de 1200 empleados debieron salir entonces “voluntariamente” de la organización. Entre ellos, 650 situados en zonas económicamente vulnerables del país como el departamento del Cauca y la zona de Santa Marta. Y no precisamente por falta de rentabilidad de las unidades productivas en las que trabajaban; solo por simplificación productiva.

§  El cierre del laboratorio de investigación y desarrollo en nutrición, salud y bienestar más reconocido del país; un centro de producción científica que, en alianza con la academia, financiaba becas e investigaciones específicas en salud y nutrición, generando una contribución significativa al desarrollo científico del país, a la par que innovación para la compañía.

§  La reducción a su mínima expresión de su fundación empresarial, cercenando así la proyección social, que fue baluarte del Grupo por décadas. Cualquier parecido con el señor Trump no es coincidencia.

§  Y quedan por fuera del inventario, por falta de información, el grave deterioro del clima laboral interno, así como la fuerte pérdida de confianza en el segmento de consumidores informados que, por desafortunada realidad, no abundan en el país.

§  Como ven, un modelo interesante de desarrollo sostenible en construcción, que se ve arrasado por una toma hostil de voraces grupos de inversión. Es el choque perfecto de las dos visiones de desarrollo de que hablamos.

 

Bueno, y a eso llamamos progreso. Ustedes se formarán sus opiniones y llegarán a sus propias conclusiones. Pero, sobre todo, sabrán mejor qué opción de desarrollo asumir.

 

Ramiro Restrepo González

Marzo de 2026