¿CRECIMIENTO ECONÓMICO CERO?
La historia
de la humanidad, en términos económicos, ha transcurrido entre eras de
abundancia (más de lo necesario) y eras de escasez (menos de lo necesario), y
solo en situaciones excepcionales ha transcurrido bajo el signo de la
suficiencia (justo lo necesario). Y ambos modelos, abundancia y escasez, han convivido
en el tiempo, bien en diferentes grupos sociales, o aún dentro de un mismo
conglomerado social.
Desde el
inicio de la era industrial (1712), nos embarcamos en una larga era de
abundancia creciente, hasta llegar a los excesos e inequidades de la actual
sociedad de consumo. A tal punto, que llegamos a alimentar la ilusión del
crecimiento económico sin límites y así lo consagramos en conceptos, casi
dogmas, como el PIB y la competitividad. ¿Está llegando esta era a su fin?, ¿se
acerca, cada vez más claramente, una era de crecimiento cero o, más aún, de
decrecimiento? Usted podrá inclinarse por una u otra hipótesis. Pero lo que sí
está claro ya es que ha llegado la hora de dar el debate y, quizás, de
prepararse.
Hipótesis
uno: seguiremos creciendo y más aún
Toda la
ortodoxia y la institucionalidad económicas del mundo contemporáneo están
construidas sobre el imperativo del crecimiento, como si se tratara de una ley
natural similar a la gravedad. Solo se discute cuánto crecer.
En los
últimos años, han surgido incluso nuevos profetas de una era de prosperidad
económica jamás imaginada, que ya estaría en curso. Sus gurús, como era de
esperarse, provienen de los sectores de la alta tecnología. Los pontífices de
Silicon Valey son los primeros y ya suficientemente conocidos. Por tal motivo,
pondré el foco en otras áreas de la tecnología menos visibilizadas. Son ellas
la energía y la industria agropecuaria. La primera es el motor de toda la
economía; y la segunda responde actualmente por las dos terceras partes del
empleo mundial. ¿Y qué está sucediendo en estas dos áreas?
En el sector
de la energía, los costos de las renovables han venido cayendo de manera
abrumadora. Veamos las cifras: en los últimos 10 años, el costo de la energía
solar ha caído un 80 %, el de la eólica un 55 % y el de las baterías un 90 %.
Y, en los próximos 10 años decrecerán: un 70 % adicional la solar, un 50 % la
eólica y un 80 % las baterías”. Son las proyecciones que nos ofrecen los futurólogos
James Arbib y Tony Seba en su última obra Stellar (ver ACÁ,
págs. 76-77, y ACÁ).
El horizonte, pues, y más si sumamos la probable llega de la energía de fusión
nuclear comercial (ver información ACÁ), es
de energía casi gratuita e ilimitada.
Y, si aceptamos la tesis de que la plataforma energética ha
sido la pieza fundamental en el engranaje económico y en el diseño de cada era
civilizatoria, es claro que estamos ante un cambio absolutamente
revolucionario. Algo comparable con el desarrollo de la electricidad en la
segunda revolución industrial (1870-1914). En ello, a los señores Arbib y Seba
y a toda la comunidad científica detrás de la energía de fusión nuclear, les
asiste toda la razón.
En el
sector agroindustrial, las cosas son igualmente revolucionarias, aunque menos publicitadas
hasta ahora. Hace pocos años, en efecto, la investigación ha venido dando forma
a lo que ya se conoce como la fermentación de precisión (ver ACÁ). Como todos sabemos, la fermentación es un proceso
milenario aplicado en la producción de unos pocos productos de consumo: quesos,
yogures, cervezas, pan, etc. La novedad es que, ahora, hemos encontrado la
tecnología para sustituir los agentes naturales de la fermentación como la
levadura, las bacterias y los hongos. Es lo que llamamos la fermentación de
precisión, asistida por tecnología digital e IA. Ello ha permitido entrar a
producir casi cualquier producto agropecuario como carnes (aves, vacunos,
peces), lácteos, hortalizas, frutas, etc. Es decir, prácticamente toda la
cadena alimentaria.
Y una
precisión fundamental: no se trata de carnes, lácteos u otros productos, en
versiones artificiales. La fermentación es un proceso natural. Por lo tanto, la
totalidad de las características organolépticas y nutricionales se reproducen
con total fidelidad. Incluso, mejorándolas, al poder suprimir en el proceso
cualquier patógeno potencial, así como mejorar texturas y sabores. Lo que esta
tecnología plantea es tan revolucionario como el desarrollo de la agricultura
hace 10.000 años. De hecho, ya se habla del final de la agricultura y de la
ganadería como las conocemos, con todas sus industrias asociadas: avicultura,
porcicultura, piscicultura… Y ya no son asuntos de laboratorio, como que
empiezan a proliferar las startups de esta tecnología, ya autorizadas para
producir comercialmente (para mayor información, leer este documento ACÁ).
La
consecuencia, según los teóricos e investigadores de esta línea, es que está a
nuestras puertas una era de abundancia, basada en la creación, a diferencia de
la era de escasez y extracción de la que venimos. De tal suerte que el
pronóstico de crecimiento sería aún más optimista frente a lo que ya nos ha
traído la revolución industrial.
Hipótesis
dos: la era del crecimiento ha llegado a su fin
Otra
corriente, que tiene no pocos antecedentes y fundamentos. A diferencia del
anterior escenario, de fundamentación tecnológica, este otro escenario se basa
en criterios biofísicos y demográficos. Veamos.
En primer
lugar, es una evidencia científica que la biocapacidad de nuestro planeta ha
venido menguando en las últimas décadas, producto de un modelo económico de
maximización de rendimientos que ya consume más biomasa que la que el planeta
es capaz de regenerar en el mismo periodo. Es decir, nuestro planeta viene,
hace décadas, en situación deficitaria creciente en términos de biocapacidad
(ver ACÁ). En términos prácticos, nos estamos quedando
sin recursos para alimentar la infernal máquina de consumo que hemos
construido. Y, sin recursos, no hay economía posible. La escasez crítica de
recursos (hídricos, forestales, de suelo, de biodiversidad…) empieza ya a
lastrar la economía global; y la tecnología solo está agravando la situación,
como es el caso de los altísimos consumos hídrico y energético que los centros
de datos están representando para apalancar la revolución digital. No en balde
tantas guerras: son, en su gran mayoría, guerras por recursos escasos. De este
horizonte ya nos advertía proféticamente el Club de Roma desde los años 70 del
siglo anterior (ver ACÁ y ACÁ), con su
estudio pionero Los límites del crecimiento.
En segundo
lugar, la población mundial ha iniciado, por primera vez en siglos, un ciclo de
contracción y envejecimiento que le ofrecerá a la economía, no solo menos
consumidores, sino menores tasas de consumo per cápita. Las cifras ya son
rotundas. Colombia, desde 2023, registra una tasa de reposición poblacional
negativa, lo que significa que el número de muertes supera ya el número de
nacimientos (la tasa de nacimientos por mujer fue de 1.6 en 2024, frente a la
tasa de reposición poblacional necesaria de 2.1. Ver ACÁ). Similar situación se vive en el mundo, con
algunas excepciones en África. Los efectos en reducción global de la población
se irán filtrando gradualmente en las próximas décadas. Pero el fenómeno tiene
raíces culturales, económicas y políticas tan profundas, que puede darse por
una macrotendencia irreversible.
Así, el
escenario que nos espera es bien simple: menos recursos, menos consumidores,
menores tasas de consumo. El resultado aritmético es obvio: menguantes tasas de
crecimiento económico (del PIB), hasta llegar a cero o volverse negativas. Lo
contundente es que estas variables biofísicas y demográficas ya están en
marcha. La revolución tecnológica de la energía y la industria agropecuaria
están igualmente en marcha, pero están por verse aún sus resultados tangibles
y, cuando menos, se verán severamente opacadas en sus potenciales resultados.
Por lo
pronto, yo me alineo con la hipótesis de una sensible contracción económica
global en las próximas décadas, lo que considero saludable. Será la pausa
perfecta y obligada para repensar el modelo económico y nuestra cultura de
consumo y pensar colectivamente en migrar a un modelo de suficiencia y
sostenibilidad. Una economía humana para humanos, por fin.
Ramiro
Restrepo González
Mayo de
2026
