LA SERENDIPIA
Esta nota
es un homenaje. Y, por extraño que parezca, es un homenaje a una palabra: a la
palabra SERENDIPIA. Me ha parecido que es toda una joya del idioma, que bien se
lo merece: por su sonoridad, su cadencia, su armonía, su significado y su
linaje que se pierde entre las brumas del pasado y la leyenda.
Serendipia
es una palabra de origen persa y, más
específicamente, de la familia del sánscrito. Su significado original
viene de la palabra sánscrita Siṃhaladvīpa
(Siṃhala
= león + dvīpa = isla). Así denominaban los persas a la antigua isla
de Ceilán, hoy Sri Lanka, al sureste de la India.
También podemos leer y disfrutar un corto y maravilloso
cuento persa, titulado precisamente Los tres príncipes de Serendip. Puede encontrarlo ACÁ. Narra un pasaje de la vida de los tres hijos
del gran arquitecto del Shá de Persia, quienes competían entre sí, intentando
demostrar cuál poseía la mayor y más aguda inteligencia. Pero la soberbia que
movía su competencia terminó involucrándolos en un gran lío que, no solo los
llevó a la cárcel, sino a enfrentar la pena de muerte. Una casualidad los salvó
a último momento, quedando finalmente como héroes, por lo que el Emir de
Kandahar, a donde habían llegado en su viaje, los nombró ministros. Así, “la
casualidad los salvó y aprendieron a ser mucho más prudentes a la hora de
manifestar su inteligencia ante los demás”, concluye el cuento. Pues, como
agrega, es de sabios ser prudente, en efecto y, gracias a la prudencia, “la
sabiduría tiene su premio”.
Ya en
épocas más cercanas (1754), el escritor y político británico Horace Walpole
legitimó la palabra serendipity en el idioma inglés, para referirse a
cualquier tipo de hallazgo, producto del azar o la casualidad, sin haber sido
buscado deliberadamente. El señor
Walpole dedujo este significado más del cuento que de la etimología misma de la
palabra. Y así ha llegado hasta nuestros días, si bien no es una palabra de uso
frecuente. La siguiente es la definición de serendipia que nos obsequia el
diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (RAE) (obsérvese que
española es la Academia, no el idioma, que yo prefiero seguir llamando
castellano): “Hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual”.
Como vemos, serendipia es una palabra con linaje; o, si se
quiere, con prosapia. Y su leyenda sigue creciendo con el paso de los días. Son
ya incontables y célebres las serendipias que se han producido, por ejemplo, en
el campo de la investigación y el desarrollo científico. Bien vale un somero
inventario:
§
La más mediática de todas ellas ha sido el viagra. En
efecto, su hallazgo casual ocurrió en los laboratorios de Pfizer, al adelantar
pruebas clínicas con el sildenafilo, un vasodilatador que constituye su
principio activo, dentro del proceso de desarrollo de un tratamiento para la
angina de pecho y la hipertensión arterial. En el curso de dichas pruebas
clínicas, los voluntarios presentaron los conocidos y apetecidos efectos
secundarios que todos conocemos. Había nacido el viagra.
§
La más revolucionaria de todas: la penicilina. Alexander
Fleming, el investigador británico, dejó olvidada una placa de bacterias
destapada en su laboratorio y, al retomar el experimento posteriormente, notó
que un manto de moho (penicilium notatum) había matado a las bacterias.
Había nacido (1928) el primer antibiótico de la historia, la penicilina,
cambiando radicalmente la historia de la medicina.
§
La más imprescindible en la vida cotidiana: el microondas.
El ingeniero Percy Spencer (1945) trabajaba con radares y, de pronto, notó que
una barra de chocolate que llevaba en su bolsillo se había derretido. Probó con
otros alimentos y terminó concluyendo que la radiación de los magnetrones,
corazón tecnológico de todo radar, era lo que calentaba los alimentos. Había
nacido uno de los electrodomésticos más usados hoy en el mundo.
§
Pero podrían enumerarse muchísimas otras serendipias: el
teflón, la sacarina, el vidrio de seguridad, el velcro, el marcapasos, el LSD,
etc.
En suma, la investigación científica no es un proceso lineal
y de precisión, como suele mirarse. Comporta una alta dosis de azar. Pero toda
la investigación tiene un piso común que son los padres de todas las
serendipias: la curiosidad y el asombro, esos impulsos vitales que movilizan
nuestra búsqueda insaciable, y que nos llevan a hurgar la realidad interior y
exterior a nosotros mismos. Es la piedra filosofal del conocimiento, del saber
y, en último término, de la sabiduría.
Ahora entendemos mejor por qué la palabra serendipia
despierta mí admiración. No solo por ser una joya lingüística, con una historia
de leyenda. Observemos, en efecto, que la serendipia no ocurre por azar (a
causa de) sino al azar (en condiciones de), es decir, ocurre por nuestra
curiosidad y capacidad de asombro, en un ejercicio a través del cual, no solo
desentrañamos los misterios de la realidad, sino que nos hacemos más humanos. En
otras palabras, ocurre por nuestra deliberada y apasionada búsqueda de ser
nosotros mismos, por lo que la palabra serendipia está vinculada con el proyecto
sapiens como ninguna otra en la vasta extensión del logos.
Aunque confieso que, por momentos, me produce angustia pensar
que, como sapiens, o somos un buen apunte de humor negro, o somos una
serendipia del proceso evolutivo.
Y debo confesar finalmente que fue toda una serendipia haber
encontrado esta palabra en el diccionario, hace ya unos cuantos años.
Ramiro Restrepo González
Septiembre de 2026
