viernes, 6 de noviembre de 2026

RELIGIÓN Y GEOPOLÍTICA

 

Hay dos Estados que han sabido manejar con el mejor y más sofisticado arte ese confuso maridaje entre religión y política, al más refinado estilo del cardenal Richelieu (Armand Jean du Plessis, 1585–1642). Son ellos la República Islámica de Irán y el Estado de la Ciudad del Vaticano. Veamos:

 

§  El Estado de Irán es una teocracia, no lo discute nadie. El Estado Vaticano también lo es, y curiosamente nadie o muy pocos lo señalan.

§  El Estado de Irán es una dictadura, no lo discute nadie. El Estado Vaticano también lo es, pero nadie parecería darse por enterado.

§  Irán es una república poblada por musulmanes; y, siendo el islam la religión más numerosa actualmente, no es exclusiva de Irán, sino que tiene presencia global, aunque poco se le reconoce. La Ciudad del Vaticano es, a su vez, un país poblado por católicos; y, siendo esta la segunda religión más numerosa, no es exclusiva de El Vaticano y también tiene presencia global, lo cual sí se acepta sin reticencias.

§  Al Estado de Irán se le acusa de guerrerista y de graves violaciones a los derechos humanos, y eso pocos lo discuten. El Estado Vaticano arrastra a sus espaldas los horrores humanitarios de la Santa Inquisición, de las Cruzadas y del papel protagónico que el papa Pío V jugó en la batalla de Lepanto (1571), al frente de la Liga Santa y en contra de la armada del imperio otomano; y, ahora, la vergüenza de los masivos casos de pederastia; todo ello tampoco tiene discusión, histórica por lo menos. Pero pocos se atreven a nombrarlo.

 

Se pregunta uno: ¿cuál es entonces la diferencia? Al uno lo persiguen, satanizan, bombardean y amenazan, mientras al otro lo aplauden y le rinden pleitesía. Nadie imaginaría, por ejemplo, a un estadounidense como primer ministro de Irán; pero sí tenemos a un estadounidense ocupando el solio de Pedro. Y ahí es donde queda al desnudo la hipocresía, tanto de las religiones institucionalizadas como de la geopolítica global, al servicio de los intereses hegemónicos de las potencias, pero que logra traducirse en fanática o ingenua ceguera de la población civil, a uno y otro lado. Las explicaciones, sin embargo, son bien simples:

§  Irán tiene una enorme riqueza petrolera, que el Vaticano no posee.

§  Irán ocupa una posición geoestratégica crítica (observe solamente el termómetro geopolítico que ha resultado ser el estrecho de Ormuz), y el Vaticano no disfruta de similar condición.

§  Irán es un país alineado, es decir, aliado de unas potencias geoeconómicas y de otras no, mientras el Vaticano se ha logrado mantener camuflado en una falsa neutralidad política para proteger su innegable fragilidad.

 

¡Elemental, mi querido Watson!, como solía repetir el inolvidable Sherlock Holmes. Las religiones han sido y siguen siendo actores geopolíticos, claramente conscientes del poder que toda ideología comporta, y no han dudado en usarlo para su propio beneficio.

 

“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22, 21), fue sin embargo la prescripción del Nazareno, que nuestros inefables e incoherentes pontífices —de todos los bandos, valga precisar— olvidaron fácilmente, seducidos por los halagos del poder económico y político. Y vaya si lo han usado y abusado de él, al mejor estilo del Cardenal Richelieu.

 

Ramiro Restrepo González

Mayo de 2026

SEAMOS WOKE SIN MIEDO…

 

Mi anterior nota en este blog (¿ERES WOKE?, octubre 22 de 2026) ofrece algunos alcances del concepto anglosajón woke (del verbo wake = despertar). Esta segunda nota profundiza en él y en su relación con la libertad humana y con el panorama político contemporáneo.

 

“Despertarse es la espiritualidad, porque sólo despiertos podemos entrar en la verdad y descubrir qué lazos nos impiden la libertad. Esto es la iluminación”, escribe sabiamente Anthony de Mello en su opúsculo La iluminación es la espiritualidad (ver ACÁ, p. 5).

 

Despertar es ese momento maravilloso del emerger de la consciencia a la autoconsciencia, cuando la evolución llega al sapiens: ese momento en el que la consciencia alcanza un punto evolutivo crítico que le permite al ser humano volver la mirada sobre sí mismo (reflexión). Es entonces cuando ocurre el darse cuenta esencial de la condición humana, de ese Dasein (ser-ahí) heideggeriano que hemos llegado a ser. Una consciencia despierta (autoconsciencia) es la que nos permite hacernos cargo de nuestro devenir, situándonos por encima de los imperativos del instinto, la supervivencia y el entorno.

 

Nace así la libertad, como hija primogénita de la autoconsciencia. Y este fenómeno existencial tiene al menos tres consecuencias primigenias:

§  Poder mirarnos a nosotros mismos, re-conocernos, encarar nuestros miedos e incubar nuestros sueños; emprender nuestro viaje interior y asumir deliberada y apasionadamente nuestro ser-ahí y nuestro devenir.

§  Poder mirar a nuestro entorno: a los otros, a la naturaleza, a nuestros hermanos menores en la deriva evolutiva, al cosmos… Y hacerlo con una nueva y penetrante mirada, para descubrirnos como parte de un magnificente entramado de relaciones.

§  Finalmente, conectarnos con la deriva evolutiva de la que somos hijos y descubrir que todo obedece a una fuerza trascendente, que moviliza los tejidos del universo/cosmos —totalidad/belleza—. Es entonces cuando terminamos descubriendo el sentido de nuestra existencia. Es la iluminación, como dice De Mello.

 

Por supuesto que la libertad también nos permite muchísimas otras opciones, todas derivadas de las tres anteriores. Un par de ejemplos: a) sospecho que ser el primer bípedo en caminar erguido obedeció más a un grito de libertad que a un pequeño salto evolutivo, al que todavía no logramos adaptarnos bien; b) y la opción más paradójica de todas: la libertad nos permite renunciar a ella, sin exigirnos explicaciones. Quizás, por ello, haya sido la opción predilecta de las mayorías hasta hoy. Es decir, la libertad misma es una elección libre.

 

Lo primero con lo que nos confronta la libertad, a partir de ese inmenso abanico de opciones que nos abre, es la incertidumbre. En la superficie de nuestras rutinas, incertidumbre frente a los desafíos de la supervivencia, del futuro, de un entorno que percibimos caótico y hostil; y, un poco menos superficialmente, frente a la muerte. En lo profundo de nosotros mismos, la incertidumbre vive agazapada en forma de preguntas más fundamentales: ¿qué somos?, ¿para qué existimos?, ¿qué sentido tiene nuestra vida? Bien concluía Ortega y Gasset en Unas lecciones de metafísica: “[…] por lo visto, la situación del hombre, la vida, es desorientación, es estar perdido” (ver ACÁ, p. 6). Es el origen de lo que Kierkegaard denominó la angustia existencial, como ethos primigenio del ser humano.

 

Y es en este punto donde se abre la caja de oro que Zeus le obsequió a Pandora, después de ser creada por Hefestos, a pedido de su padre Zeus, para vengarse de los hombres por haberles robado el fuego a los dioses a manos Prometeo. Cuando Pandora cedió a la tentación de abrir la caja, contra la prohibición de Zeus, salieron de ella “todas las desgracias que arruinan la vida de los seres humanos: la fealdad y la mentira, la tristeza y la angustia, el odio furibundo, el trabajo inútil que agota y no sirve de nada, la peste que mata a hombres y bestias…”. Y se propagaron por toda la tierra, en lo que fue la venganza de los dioses.

 

Rememorar mínimamente el mito griego hace sentido, en la medida en que conecta perfectamente con el hilo de este escrito. La incertidumbre, esa nuestra Caja de Pandora, despierta en nosotros todas las fuentes de desgracia, especialmente el miedo a lo desconocido y el odio a lo diferente. Pero bien sabemos que el miedo paraliza y el odio aísla. Termina así el ser humano enconchándose en el statu quo y en la soledad de su aislamiento; y reduciendo sus relaciones con el entorno, con los demás, a la obsesiva búsqueda de seguridad (statu quo) y discriminación (soledad). La seguridad y la discriminación resultan siendo así las hijas primogénitas de la incertidumbre. Y es así como el ser humano termina sacrificando su libertad, como sacrificio ritual a los dioses, en procura de apaciguar su ira o de redimir su falta. Pero, como sabiamente anotaba Benjamin Franklin, “quienes renuncian a una libertad esencial para obtener un poco de seguridad temporal, no merecen ni libertad ni seguridad” (ver ACÁ).

 

La seguridad es hija de nuestro miedo primigenio a navegar en la incertidumbre. Por eso hay que dejar claro que la seguridad es de los cobardes y la libertad será siempre de los valientes. La libertad es una aventura, una odisea, individual y colectiva. La seguridad es la renuncia al viaje, por temor a las tormentas. La libertad será siempre la promesa de todas las conquistas posibles, una poderosa visión de futuro. La seguridad será siempre la materialización de todas las renuncias, una sombría invitación al negacionismo. Así, seguridad y libertad se levantan como el dilema existencial fundamental del ser humano y de las sociedades.

 

Freud fue lúcido en su análisis de este dilema, especialmente en su cruce de cartas con Einstein (ver ACÁ) y, más a fondo, en su texto El malestar en la cultura (ver ACÁ). Bauman lo resume bien en su texto Estado de crisis: para Freud, “la ‘civilización’ (sinónimo de orden creado y gestionado por el hombre) es un equilibrio entre seguridad y libertad; no una cooperación entre ambos conceptos, sino un juego de suma cero en el que lo se gana en uno de ellos se pierde en el otro” (ver ACÁ, p. 86, paréntesis nuestros). Y, como bien anota Freud en su carta de respuesta a Einstein, ambas —libertad y seguridad— son necesarias en el proceso de la vida, por lo que un sano equilibrio parecería la ruta acertada: libertad responsable y seguridad moderada.

 

En lo que discrepo de muchas lecturas que se hacen de Freud es en que este, aparentemente, les daría un tratamiento de igualdad a ambos conceptos. Pienso que las lógicas de la evolución nos invitan a pensar lo contrario. En el supuesto de que libertad y seguridad fueran iguales, la evolución se detendría, cuando la evidencia científica nos ha demostrado que avanza, incluso con intencionalidad, según la Ley de Complejidad-Consciencia de Teilhard de Chardin (ver El fenómeno humano). Por lo que, para mí, la seguridad siempre deberá estar subordinada y al servicio de la libertad y de eso trata precisamente el concepto de seguridad humana, bien diferente de los conceptos de seguridad nacional, pública y ciudadana, tan de moda hoy en los movimientos antiwoke.

 

Para concluir, digamos entonces que la libertad nace del impulso innato de expansión de la consciencia, mientras que la seguridad nace del instinto, también innato y legítimo, de conservación y supervivencia. Así, la libertad, responsablemente ejercida, será siempre la mejor conquista de nuestros sueños. Y la seguridad, obsesivamente buscada, será siempre la peor expresión de nuestros miedos.

 

Lo que ocurre hoy en el mundo, cuando presenciamos un giro notorio hacia regímenes autocráticos, mal denominados de ultraderecha, es un uso abusivo del poder, para imponer modelos de seguridad y orden obsesivos, lejanos del concepto de seguridad humana, y a costa de la libertad y sus mejores conquistas ciudadanas, cuando no a costa de graves y masivas violaciones de derechos humanos. Por supuesto que esto no es una invitación a girar hacia regímenes libertarios (en su sentido más antiguo de ácratas), mal denominados de extrema izquierda, pues su prédica de la libertad sin límites ha demostrado sumir a las sociedades en el caos.

 

Pero sí es una invitación a recuperar los equilibrios y la sensatez perdidos, frente a esta corriente autocrática y retrógrada; una invitación a  que ¡seamos woke sin miedo! Como ya lo sentencia el aforismo gringo de moda: “¡Make America Woke Again!”. No olvidemos que, en el fondo de la caja de Pandora, y sin que nadie lo advirtiera, Hefestos depositó también LA ESPERANZA.

 

RAMIRO RESTREPO GONZÁLEZ

Octubre de 2026

jueves, 22 de octubre de 2026

¿ERES WOKE?

 

Una curiosa forma de denominar las corrientes de pensamiento progresistas, instaurada por los centros de poder retrógrados en el mundo, ha sido en los años recientes la llamada corriente ANTIWOKE, que ha servido de punta de lanza a toda una batalla o contrarrevolución cultural global. Este fenómeno bien amerita alguna mínima ilustración y reflexión, antes de que normalicemos este estropicio del lenguaje y esta distorsión perversa de la historia y la realidad.

 

El origen de la palabra woke (despertar, estar alerta) se remonta a la década de 1930 y se atribuye al novelista William Melvin Kelley haberla acuñado (ver ACÁ y ACÁ). Por años, se usó en la comunidad negra estadounidense como un eslogan político en su larga lucha contra el supremacismo racial. En décadas más recientes, su uso se amplió a otras minorías y derechos: el feminismo, la diversidad sexual, la paz, la equidad, la justicia social, el cambio climático... Al final, llegó a simbolizar el conjunto de reivindicaciones progresistas de la sociedad contemporánea. Es entonces cuando los sectores conservadores y políticamente retrógrados consideraron incómodo el término y empezaron a darle una connotación despectiva, para descalificar a sus adversarios políticos. Lo que nació, pues, como expresión y símbolo de justas reivindicaciones sociales y políticas, se ha distorsionado en una caricatura del progresismo humanista.

 

Y esa distorsión, que ha sido la bandera de la batalla cultural de los sectores conservadores, que hoy están políticamente al alza en el mundo, ha venido cobrando múltiples expresiones bastante similares a la que ya le conocimos a la Santa Inquisición de la iglesia católica en la alta Edad Media. Recordemos la bula Ad abolendam, del papa Lucio III, que dio origen a la Inquisición. Su solo nombre (Con el fin de abolir) bien nos dice de qué se trata. Toda inquisición es eso: una castración civilizatoria, una ablación más que una abolición, y ese es el espíritu de la actual batalla cultural conservadora y retrógrada. Para ilustrarlo, veamos un rápido inventario de sus más representativas iniciativas abolicionistas o, más propiamente, ablacionistas: esos sus sacrificios rituales al dios Pasado.

 

La paz

 

El 15 de octubre de 2026, por orden del presidente Abelardo de la Espriella, fueron retiradas unas 30 obras de arte del Museo Nacional de Colombia, relacionadas con el feminismo, la diversidad sexual y la firma del Acuerdo de Paz. La pieza más simbólica de todas, a mi modo de ver, fue el conocido Balígrafo: obra del artista colombiano Reinhard Dienes; justo un bolígrafo hecho a partir del casquillo de una bala de fusil calibre 50, con el cual se firmó el Acuerdo de Paz de la Habana en 2016. Su inscripción es toda una declaración progresista: “Las balas escribieron nuestro pasado. La educación escribirá nuestro futuro” (ver ACÁ). Y esa es una primera conclusión clara: la agenda conservadora nos promete una esplendorosa vuelta al pasado. Su miopía histórica consiste precisamente en eso: en omitir la contundente realidad de que nuestras sociedades vivirán en el futuro y jamás regresarán al pasado. Por eso las llamo, con propiedad, fuerzas retrógradas. Siempre será prudente y conveniente contar con marineros que mantengan la vista hacia atrás del barco; lo riesgoso comienza cuando, además, ponemos el timón entre sus manos.

 

Un muy oportuno recordatorio histórico nos ha hecho Ana Bejarano en su nota dominical de este 18 de octubre: “El 30 de junio de 1937 Joseph Goebbels ordenó a Adolf Ziegler, presidente de la Cámara del Reich para las Bellas Artes, que seleccionara y confiscara obras de arte consideradas ‘degradadas’” (ver ACÁ). Recuerda Bejarano que esa orden terminó en la confiscación de entre 16.000 y 20.000 obras de arte, que luego “llevaron por todo el país para ridiculizar, estigmatizar y maltratar esas creaciones con el fin de promover sus mensajes antisemitas, antifeministas y antigays”. Repito: los líderes retrógrados (extrema derecha, los llaman también) se repiten en eso: su obsesión con regresarnos a lo más oscuro del pasado.

 

El cambio climático

 

Ya el señor Trump ordenó, al iniciar su segundo mandato, el retiro de los Estados Unidos del Acuerdo de París, el mayor acuerdo global en la lucha contra el cambio climático (ver ACÁ). Y lo celebró públicamente con euforia, recurriendo al clásico eslogan “Drill, baby, drill” (“Perfora, nena, perfora”), que alude a su suicida decisión de retornar a los combustibles fósiles (ver ACÁ). Ahora, la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, patea el tablero en la cumbre más reciente de líderes de la Unión Europea, al proponer diluir la regulación vigente sobre el mercado de carbono. Su argumento: “el sistema daña la competitividad de sus empresas” (ver ACÁ). Argumento demostradamente sofístico, pero políticamente efectista y atractivo para la voracidad de un empresariado que siempre ha privilegiado sus intereses particulares sobre los colectivos.

 

La deforestación

 

En septiembre 28 de 2026, la FAO publicó su resumen de El estado de los bosques en el mundo de 2026 (ver ACÁ). Su conclusión final la resume bien el periódico El País, de España: “Hay una buena noticia y una mala sobre el estado de los bosques en el mundo. La buena es que la deforestación se redujo un 15% en 2025 con respecto a 2024: la mayor caída registrada en esta década. La mala es que un cambio de prioridades políticas podría echar por tierra parte de lo conseguido” (ver ACÁ). Y es que así lo hemos experimentado en años recientes. Durante el gobierno de Lula, la Amazonía registró los más bajos niveles de deforestación, desde que se tienen registros al respecto; por el contrario, con el gobierno del señor Bolsonaro padre, experimentó, según reporta la DW (ver ACÁ), un incremento desde 6.207 km2 por año (última medición previa a su gobierno, 2015) hasta 13.038 km2 (última medición en su mandato, 2021). Y casi sobra decir quiénes fueron sus beneficiarios: la minería, marcadamente ilegal, y la ganadería expansiva. Así se ponen en juego activos críticos de la humanidad, en aras de una ideología retrógrada, y al servicio de intereses particulares, muchos de ellos oscuros. Ahora su delfín político amenaza con volver a esos tiempos.

 

La seguridad

 

Pocos asuntos logran hoy un consenso tan amplio como la inseguridad generalizada en la que vivimos. Gran paradoja contemporánea es que esta sensación generalizada de inseguridad coexista con la supuesta era de mayor prosperidad de la humanidad, según la califican todas las fuerzas ideológicas retrógradas. Y gran paradoja, por demás, la forma como estas fuerzas responden a dicha percepción de inseguridad: con represión (seguridad ciudadana la denominan) de todas las expresiones sociales, muchas veces explosivas y violentas, pero no por ello menos justificadas y legítimas. Vale la pena reflexionar sobre las causas de dicha inseguridad y sobre las “soluciones” con las que se ha respondido típicamente desde el ala antiwoke.

 

Las causas

 

Desde mi punto de vista, son dos macrocausas: a) la profunda y creciente inequidad producida por un sistema económico construido sobre la base de maximizar los beneficios privados, generando depredación ambiental y marginación social sistemáticamente; y b) la pugna feroz por la hegemonía mundial entre las potencias, que ha llevado a romper todas las reglas de un orden mundial que permitía el diálogo civilizado.

 

No habrá paz, mientras el modelo económico vigente no se reformule, para permitir niveles razonables de equidad social y sostenibilidad ambiental; y no habrá paz, mientras no tengamos un sistema de gobernanza global que tenga jurisdicción real sobre los países y capacidad controlar sus excesos. De “ejercer el poder con límites: de eso se tratan las democracias”, nos recuerda la especialista española Miriam González Durántez (ver ACÁ). Reformar el modelo económico vigente y reformar profundamente Naciones Unidas, especialmente su antidemocrático Consejo de Seguridad, son los dos asuntos duros de la agenda global contemporánea, que ya se abren paso tímidamente en multitud de centros de pensamiento progresistas del mundo. Son dos caras de la misma moneda que, al igual que sus soluciones, será necesario implementar en paralelo. Con la agenda antiwoke en el poder, jamás serán posibles.

 

Las “soluciones”

 

Todas las soluciones que se han ensayado (megacárceles, estatutos de seguridad, restricción de derechos civiles y políticos, uso de las fuerzas del orden, restricciones a la libre expresión y a la protesta ciudadana, etc.) seguirán siendo inútiles y costosas. Y la razón es simple: responden a un diagnóstico  equivocado. Nuestros gobernantes, especialmente los de ideología conservadora, no han entendido que el problema no es de seguridad nacional o de SEGURIDAD CIUDADANA, como lo diagnostican, sino de SEGURIDAD HUMANA (ver ACÁ, ACÁ y ACÁ). Y, sin unos niveles razonables de seguridad humana, no solo no habrá paz, sino que todo ejército resultará inútil y costoso para imponerla.

 

En la base de todo (inseguridad, supuesto progreso, seguridad, paz…), subyace, además, la baja cultura política de nuestras sociedades y la aún más baja capacidad de pensamiento complejo. Y los problemas complejos requieren cultura política y pensamiento complejo para ser entendidos y abordados con algún pronóstico de éxito. Mientras tanto, seguiremos en manos de “soluciones” simplistas: efectistas, sí, pero epidérmicas, inútiles y costosas.

 

Ramiro Restrepo González

Octubre de 2026

FINAL DEL RÉSPICE POLUM

 

A partir de la firma del tratado Urrutia-Thompson (2014), por el cual se “cicatrizaba” la herida de la separación de Panamá, en las relaciones binacionales con la joven potencia expansionista estadounidense, “los gobiernos colombianos asumieron una posición de subordinación incondicional a Estados Unidos, país que ya se perfilaba como nueva potencia regional”, según reseña  el historiador César Bermúdez (ver ACÁ).

 

Esa subordinación geopolítica se materializó en la doctrina denominada Respice Polum (Mira hacia el polo —norte—), formulada durante el mandato del presidente Marco Fidel Suárez (1918-1921), y que regiría las relaciones internacionales de Colombia a lo largo de casi todo el siglo XX. Pues, si bien, a partir de los años 80, se dio paso a una mayor apertura, la relación binacional con los Estados Unidos ha seguido siendo hasta hoy el eje estructurante del comercio y las relaciones internacionales de nuestro país. Diversas misiones estadounidenses consolidaron esta influencia en la educación, la economía, las telecomunicaciones y todas las esferas de la política pública colombiana. Y lo hicieron, además, recogiendo de manera funesta la benéfica influencia europea previa.

 

Ahora, finalmente, estamos asistiendo al  natural declive definitivo de la influencia estadounidense en el concierto de naciones, lo cual nos incluye sin duda, y el presente gobierno no podrá cambiar lo que es una tendencia global. Es el final del Respice Polum, como lo hemos conocido. Vendrá ahora el Respice Alios (Mira a los otros), aunque no sepamos bien a quién  o a quiénes. Las señales son suficientemente claras y las concreto en al menos cinco.

 

Primera señal: la decadencia de Estados Unidos

 

La primera y más importante de todas. Los Estados Unidos iniciaron hace unos años su declive —definitivo, a mi modo de ver— como potencia geopolítica y geoeconómica. Son ya una infinidad las señales que lo confirman:

§  En los últimos 10 años (2016-2025), el crecimiento de su PIB ha mostrado un promedio del 2,43 %, lo cual contrasta con un promedio mundial del 2,82 % para el mismo período, un proyectado 3 % para 2026 (FMI), y un 5,75 % de China (2015-2024). Los Estados Unidos representan hoy el 15 % del PIB mundial lo que, entre otras cosas, le otorga poder de veto en organismos como el FMI; pero, según Piketty, ese porcentaje caerá al 10 % en una o dos décadas, perdiendo de paso dicho poder de veto (ver ACÁ).

§  El florecimiento tecnológico, industrial y económico de los Estados Unidos, que se vio apalancado por un torrente inmigratorio de personas altamente calificadas —los mejores cerebros de su época—, ve ahora con preocupación una creciente fuga de cerebros, como jamás la imaginó. Así lo reconocen ya sus legisladores: “El problema de la fuga de cerebros se ha convertido en una importante preocupación económica para los legisladores estatales y locales en las últimas décadas” (ver ACÁ). Y esta tendencia se agudiza cada vez más, producto de varios factores: recortes severos a la financiación pública para programas, proyectos y centros de investigación, agresiva política antiinmigración, cancelación masiva de becas, intervención ideológica en los procesos de publicación, etc. Todo ello ha convertido a China y Europa en los centros de atracción mundial de las mejores mentes de la humanidad.

§  La fractura unilateral del orden multilateral y la imposición unilateral de barreras comerciales han tornado a los Estados Unidos en un socio poco confiable en el concierto de naciones. De su condición de árbitro en las relaciones internacionales, ha pasado a ocupar el puesto de mal perdedor, consciente de su desventaja, pero incapaz de asumirla.

§  Y agreguemos a ello una decadencia cultural que ya brilla por lo cursi de relatos nacionalistas como MAGA, y un sueño americano convertido en la peor pesadilla para millones de ciudadanos estadounidenses y de inmigrantes confiados.

 

Segunda señal: el ascenso de China

 

Ya señalé el soberbio ritmo de crecimiento del PIB de China. Como van las tendencias, será cuestión de una década, para verla posicionarse como la primera potencia económica mundial (ver diferentes pronósticos ACÁ, ACÁ, ACÁ y ACÁ). Aunque es de anotar que, por paridad de poder adquisitivo (PPA), el PIB chino ya es superior al de Estados Unidos hace algunos años.

 

Una razón central de este relevo geoeconómico global estriba en que el crecimiento económico de los Estados Unidos se ha apalancado en el consumo, una variable siempre efímera e inestable, mientras que el de China se ha apalancado en la inversión, una variable estable y multiplicadora (ver ACÁ).

 

Otros datos resultan contundentes: a) en transición energética, China ya es líder mundial indiscutido (ver ACÁ y ACÁ), mientras los Estados Unidos se aferran, de manera suicida, a los combustibles fósiles (ver ACÁ y ACÁ); b) la Oficina de Propiedad Intelectual de la República Popular China (CNIPA) ya triplica en registros anuales a la Oficina de Patentes y Marcas de los Estados Unidos (USPTO) (ver ACÁ); c) China casi duplica, en graduación anual de doctores (PhD), a Estados Unidos, especialmente en áreas de ciencias básicas, matemáticas, ingenierías y tecnología (ver ACÁ). Y así podríamos seguir el inventario de ventajas competitivas.

 

Tercera señal: el ascenso de India

 

Lo primero es señalar que India ya es, desde 2023, el país más poblado del planeta: 1478 millones de habitantes, frente a 1412 de China. Además de eso, ya tiene tecnología espacial, armamento y tecnología nucleares; y es parte, junto con China, del bloque comercial BRICS, cuyo PIB conjunto representa el 40 % del PIB mundial. Ahora adelanta, además, una agresiva política para pasar, de ser un proveedor de mano de obra barata en el desarrollo de software y el procesamiento de datos, a convertirse en un actor relevante en tecnología digital e inteligencia artificial.

 

Cuarta señal: el ascenso musulmán

 

Empecemos por decir que ya el islam es la primera religión, con un estimado de 2000 millones de fieles, casi la cuarta parte de la población mundial, lo que se compara con los 1422 millones de fieles católicos. Y, mientras el catolicismo escasamente logra mantener sus cifras, el islam ha venido hace algunos años en plena expansión. Algunos se consuelan señalando que el cristianismo sigue siendo la religión mayoritaria, con sus 2600 millones de fieles, pero eso no deja de ser una entelequia estadística, toda vez que, bajo ese rótulo genérico, se encuentran enfoques tan dispares como evangélicos, ortodoxos, anglicanos, católicos y decenas de otras confesiones.

 

Y, en el terreno geopolítico, una estéril guerra, de más de seis meses, se ha encargado de demostrar, además, que el utilitarismo gringo se estrella torpemente contra el muro infranqueable del integrismo islámico, y que lo único que mantiene a las partes en pie de guerra es la incapacidad de encarar la vergüenza de la derrota por la contraparte estadounidense. El pulso que Lepanto inclinó a favor de Occidente en el siglo XVI podría estar inclinándose esta vez a favor del Oriente milenario.

 

Quinta señal: el surgimiento de bloques de contrapoder

 

Hace 20 años (2006), vimos surgir el bloque de los BRIC, una alianza de Brasil, Rusia, India y China. Luego serían los BRICS, con la adhesión de Suráfrica en 2010. Y hoy, aunque conservan su acrónimo, ya son un bloque de 11 países (ver su portal oficial ACÁ).

 

Este pequeño bloque (por el número de socios) representa ya el 40 % de la economía mundial, medido en paridad de poder adquisitivo (PPA) y cerca de un tercio en términos de valor de mercado. Y ya tienen su propio banco, el Nuevo Banco de Desarrollo del BRICS (NBD BRICS), cuyo objetivo es ser un actor relevante dentro de la banca multilateral (BM, BID, CAF, BAfD, BCIE y otros). Pero esos tecnicismos no ocultan la clara realidad de que estas potencias emergentes y sus aliados están representando ya un contrapoder geoeconómico significativo en el complejo ajedrez del poder mundial.

 

No la tiene fácil, pues, la vieja visión del Respice Polum, para hacer valer la rabiosa proclama neocolonial del señor Trump —“Hacemos lo que queremos en el hemisferio (occidental), porque pertenece a EE. UU” (ver ACÁ)—, que ha repetido obscenamente en todos los escenarios posibles.

 

El imperio romano, todo parece indicar, se disolvió silenciosamente. Pero, esta vez, todo parece augurar que el imperio estadounidense caerá ruidosa y violentamente. Cuestión de estilos. Y quizás no debamos esperar algo mejor de la sociedad del consumo y el espectáculo.

 

Ramiro Restrepo González

Agosto de 2026

martes, 6 de octubre de 2026

LA IA NO ES EL PROBLEMA

 

Es comprensible la preocupación global que existe en torno a la irrupción masiva de una IA agéntica o multiagéntica (tipo enjambre) fuera del control humano y social. Yo mismo me declaro profundamente preocupado frente a los desastres que se ven venir en un futuro inminente. Pero he llegado a la conclusión de que la IA no es el problema y de que centrarnos exclusivamente en ella está desviando nuestra atención de lo verdaderamente fundamental; de lo que, para mí, constituye la causa raíz del problema.

 

Y esa causa raíz es bien conocida pero poco re-conocida: el modelo economicista de desarrollo, en cuyo marco se ha desarrollado la IA, y que se nos salió de las manos mucho antes que la IA. Este modelo, como bien sabemos, se centra en la maximización de rendimientos económicos y en la apropiación individual de la riqueza generada.

 

La razón para que esta sea la causa raíz es simple.  Como este modelo de maximización y apropiación individual de rendimientos es el que gobierna nuestras sociedades, ningún actor individual estará dispuesto a asumir solo la inaplazable obligación de regular o ralentizar el desarrollo de la IA, para evitar una catástrofe inminente. De hacerlo, la competencia lo relegaría a la irrelevancia, lo cual no resulta aceptable para nadie. El dilema es simple: frenar y quedar por fuera o seguir adelante y afrontar las consecuencias. Es la vívida realidad detrás del conocido dilema del prisionero (ver ACÁ). Así lo han expresado con meridiana claridad los líderes del sector, al pedir que sea el gobierno el que asuma la tarea legislativa en materia de gobernanza digital (ver ACÁ y ACÁ). A estos llamados se sumaron muchos líderes mundiales en la reciente Asamblea General de Naciones Unidas (ver ACÁ).

 

Pero, como se reporta en estas dos fuentes citadas, las grandes potencias (Estados Unidos, China1, India, Rusia y otras) callan o rechazan abiertamente cualquier intento de regulación o ralentización, por la sencilla razón de que, así como los actores de la industria tienen sus manos atadas por la competencia entre ellos, las potencias también tienen atadas sus propias manos a la pugna que libran por la hegemonía mundial. Es la dinámica de las relaciones entre actores que buscan maximizar beneficios en un entorno competitivo, como lo escenifica muy bien el citado dilema del prisionero. La prueba empírica de ello es que la Unión Europea, que no es presa de ese dilema, al no estar en la puja por la hegemonía mundial, es la única región importante  del planeta que se ha podido el lujo de regular a fondo la IA (ver ACÁ). Aun así, observemos cómo la legislación europea debió ser drásticamente simplificada desde su versión inicial, mediante la Ley Omnibús de IA (ver ACÁ), debido a la presión de los actores económicos.

 

De suerte que hemos inventado un modelo económico de desarrollo que ha encadenado nuestras manos a un destino inevitable: la catástrofe social y planetaria global. Y ese sí es el problema de fondo. El modelo economicista de desarrollo ha moldeado sociedades hipercompetitivas que, ante su incapacidad para cooperar, resultan condenadas a cumplir la sentencia bíblica: “¡Muera Sansón con todos los filisteos!” (Jueces, 17-30).

 

La IA, como cualquier tecnología anterior, lo único que necesita es regulación y cultura de consumo, para asegurar que todos sus beneficios se disfruten sin generar mayores externalidades que, en este caso, ya amenazan con resultar catastróficas; pero regulación y cultura requieren cooperación más intervención estatal, ingredientes que no parecen resultar viables en el escenario hipercompetitivo que hemos construido.

 

Sin embargo, si bien las soluciones para salir de este impasse no son simples, persiste la urgencia de diseñarlas e incorporarlas gradualmente en planes de transición que resulten viables. Las preguntas son, entonces: a) ¿cuáles soluciones? y b) ¿cómo adoptarlas?

 

Sobre la primera pregunta, me atrevo a resaltar dos líneas maestras de acción, las cuales ya forman parte, tímidamente, de la agenda de movilización ciudadana en el mundo y de algunos centros de pensamiento globales.

 

1.    Economía solidaria para todos

 

La economía solidaria ha sido la gran marginada hasta ahora, y no gratuitamente, como una economía de pobres para pobres. Un techo de cristal que ha llegado el momento de romper. De manera más amplia, la denominamos ahora la economía del bien común (EBC), neocorriente teórica iniciada quizás por Felber (2010) y enriquecida por Mazzucato, Ostrom, Zamagni, Bruni, y muchos otros. De manera muy simple, puede definirse como una visión económica que promueve “un sistema económico alternativo fundado en la dignidad humana, la solidaridad, la cooperación, la responsabilidad ecológica, etc.” (ver ACÁ). A diferencia de la visión economicista clásica, fundada en el interés particular de los agentes económicos, la economía del bien común se funda en el interés general y en la gestión de los bienes comunes, sociales y naturales.

 

Una visualización muy pedagógica del concepto la tenemos en la Matriz del Bien Común de Christian Felber, en la cual se interrelacionan las partes interesadas o stakeholders con los valores esenciales del bien común. Puede encontrarla ACÁ. Es, como podemos ver, una vía alternativa del desarrollo, entre el capitalismo de libre mercado y las economías centralmente planificadas, ambos de corte economicista, es decir, modelos económicos que privatizan beneficios y socializan pérdidas. La economía del bien común, por el contrario, es un concepto más afín al desarrollo sostenible y a la Economía Rosquilla (Donut Economics) de Kate Raworth, en los que se socializan los beneficios y se comparten las pérdidas solidariamente.

 

2.    Límites a la libre empresa

 

Pocos conceptos han sido defendidos tan vigorosa, si no fanáticamente, como la libertad de empresa, al punto de considerarse sacrílego el menor intento de limitarla. Y esta libertad, a diferencia de la libertad de expresión, que sí es un bien común, pertenece a la esfera privada de cada agente económico. Por lo tanto, debe estar subordinada al bien común. Su sacralización ha terminado precisamente atentando contra los bienes comunes y, por lo tanto, ha llegado también la hora de comenzar a imponerle límites sociales y naturales, para garantizar su sano y equilibrado ejercicio. Y no se trata solo de penalizar los escándalos corporativos que estallan por todos lados, todos los días. Es que el ejercicio de la libertad de empresa, así sacralizada, ya está sobrepasando los límites del bien común, aunque lo hayamos normalizado. Y los ejemplos pululan por doquier. Seis ejemplos sencillos bastan para evidenciarlo:

§  El sistemático uso y deterioro del espacio público aledaño a las empresas, sin pagar por hacerlo, con el fin de realizar operaciones de cargue, descargue, estacionamiento y logística.

§  Las emisiones y vertimientos contaminantes, sin pagar compensación alguna.

§  El manejo de cuentas y depósitos bancarios en paraísos fiscales: “Casi el 50% de la inversión de empresas colombianas en el exterior se fue para países señalados de paraísos fiscales”, titulaba un periódico local recientemente, reseñando de paso la tendencia creciente de esta práctica (ver ACÁ).

§  El trabajo precario, forzado y esclavo. Paradójicamente, en la era de mayor prosperidad económica, tenemos la mayor población esclava de la historia, violando toda normatividad legal y todo límite de dignidad humana. La ONG Free the Slaves estima en 50 millones la población esclava en el mundo de hoy (ver ACÁ).

§  La evasión y la elusión fiscales no penalizadas superan hoy en Colombia los 80 billones de pesos, es decir, poco más del 5 % del PIB, algo que supera ligeramente la inversión que el país hace en educación.

§  La comunicación comercial culturalmente depredadora: cosificación de la mujer, discriminación étnica, información engañosa, letra menudísima en los empaques, mensajes de advertencia intencionadamente inaudibles en las cuñas radiales.

§  Y ni para qué hablar de corrupción (ver ACÁ el lánguido 37 % de Colombia en el ranquin mundial de transparencia) y siga usted con un larguísimo etcétera.

 

Son todos estos ejemplos de los excesos que deben ser puestos dentro de límites. Pero muchísimos otros. Dentro de estos límites a la libre empresa, es hora de regular, por ejemplo, lo relativo a la compensación directiva para imponerle límites (ver nota anterior en este blog y leer ACÁ). Las cifras ya no son moralmente sostenibles. Una muestra resulta representativa: según reportó recientemente Europa Press, “los consejeros con carácter ejecutivo de las empresas cotizadas que forman parte del índice Ibex 35 tuvieron una retribución en 2025 que supuso, de media, 67 veces el sueldo medio de los empleados de esas empresas” (ver ACÁ. Los resaltados son del original). Obsérvese, además, que el punto mínimo de comparación es el “sueldo medio”, no el salario mínimo legal. Claro: ejecutivos superpagos, al servicio de un voraz modelo de maximización de rendimientos.

 

3.    Intervención estatal

 

Pienso que solo así, limitando el bien particular y promoviendo el bien común, es decir, actuando sobre los dos polos de la tensión social y planetaria, podremos recuperar los equilibrios perdidos que, ahora, con la irrupción de la IA en nuestras vidas diarias, ya constituyen una amenaza existencial y planetaria perentoria.

 

Y esta es precisamente la tarea que le corresponde a los Estados. Pero es una tarea que, siendo esencial, empezaron a abandonar, a medida que iban siendo secuestrados por las élites del poder económico, para ponerlos a su servicio. Y esta realidad aun supera los notables esfuerzos de algunos países y gobernantes, que tienen claro su papel. Un ejemplo admirable ha sido el presidente Lula de Brasil. En su reciente discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas (septiembre de 2026) fue claro y lúcido al respecto: “Hemos adoptado —dijo— un modelo económico basado en la distribución de la renta, la creación de empleo y el aumento de los salarios. Estamos comprometidos con la mejora de la productividad, la expansión del crédito y la construcción de una sólida red de protección social”. Así mismo, hay infinidad de empresarios y ciudadanos sensibles, conscientes y coherentes en sus actuaciones. Infortunadamente, este tipo de posiciones políticas, gerenciales y ciudadanas siguen siendo minoritarias.

 

Así las cosas, solo nos queda una instancia posible: la ciudadanía, ese constituyente primario al que siempre es necesario apelar en horas de crisis. Y esta es una de ellas. De lo contrario, estaremos ante una disyuntiva doblemente fatal: a) una tecnología de IA cada vez más fuera de control, que terminará trastrocando las pocas reglas y seguridades que quedan en pie; o b) una IA que termine siendo el gran distractor del siglo, el anestésico social definitivo, que desvíe nuestra atención de la verdadera causa raíz de todo este maremágnum; o ambas. En todos los casos, seguiremos “en rumbo de colisión”, como lúcidamente pronosticaba Max-Neff (ver ACÁ).

 

Es, entonces, la hora de la ciudadanía: una ciudadanía consciente y dispuesta a tomar el control de su propio destino civilizatorio, a través del activismo político organizado y global. ¡La causa está servida! ¿Llegarán los comensales?

 

1   Conviene precisar que China tiene su propia legislación sobre IA desde el año 2022 (ver ACÁ). Pero China tiene tres diferenciales muy importantes, aparte de que dicha ley fue hecha a su medida: a) es juez y parte: legisla y es la dueña de la tecnología, directa o indirectamente; b) es una potencia en ascenso, con una clara estrategia de largo plazo; c) su cultura no es confrontacional como la occidental.

 

Ramiro Restrepo González

Septiembre de 2026