¿EXISTE EL LIBRE ALBEDRÍO?
Si de algo se precia el ser humano es de la libertad.
Por ella se han librado guerras y se han pagado costos altísimos en vidas,
sufrimiento y lucha. Por algo es el emblema presente en casi todos los himnos
nacionales y en la épica menuda de toda nación. Hablamos de liberalismo
económico, de libre empresa, del libre desarrollo de la personalidad, etc. Hay
todo un relato colectivo que rinde culto a este supuesto bien de las personas y
las sociedades: la libertad.
Pero… ¿y si no somos tan libres como creemos? O, peor,
¿si no somos para nada libres en nuestras vidas? Voces serias ya lo sostienen
hoy día. Más vale escucharlas. Y ya no son solo filósofos nihilistas como
Nietzsche o Schopenhauer. Son científicos: biólogos y neurólogos.
Robert Sapolsky es un
conocido profesor de ciencias biológicas y neurológicas de la Universidad de
Stanford y así lo afirma categóricamente: “…existe una sensación de elección, de
múltiples posibilidades de futuro. Sin embargo, la elección que acabas
tomando es el resultado de todo lo que sucedió antes, del tipo de
persona que has terminado siendo por todas las circunstancias que te
han rodeado” (ver ACÁ). Y esas circunstancias son la
genética, la familia, la educación, el contexto social… en resumen, y
parodiando a Ortega y Gasset, para Sapolsky, “yo soy mis circunstancias”.
Según
Sapolsky y muchos otros (Libet, Harris…), el libre albedrío, la libertad, es
una ilusión en el terreno individual: “…todo lo que hacemos, ya
sea algo bueno o despreciable, trascendental o banal, puede explicarse sin
aludir a la dichosa libertad” (ver ACÁ). Un poco deprimente, ¿verdad?
Igual ocurre en el plano social y político. ¿Son realmente libres los
ciudadanos, aún en medio de sociedades democráticas? Muchísimas señales nos
indican que no; o que, por lo menos, no tanto como suponemos. Dos ejemplos
bastan:
La llamada trampa de la pobreza que, solo excepcionalmente, algunos
ciudadanos afortunados logran cruzar; ¿son la excepción que confirma la regla? Recomiendo
leer o releer una de mis anteriores notas al respecto, en este mismo blog: El
paraíso de la inequidad (ver ACÁ). Allí está ampliamente documentado este fenómeno,
para concluir que “Esta —la pobreza— no
es gratuita, natural ni tolerable. Ha sido ocasionada deliberada y
sistemáticamente por los poderosos, para construir su prosperidad a costa
del bien común (depredación natural) y del bienestar de las inmensas mayorías
humanas (inequidad)”.
La libertad de expresión es otro buen ejemplo. Veamos la punta del
iceberg: el Informe Sombra 2025, de la ONG Voces del Sur, divulgado por
la FLIP, retrata así el panorama: “En
2025, la libertad de prensa en América Latina atravesó un retroceso estructural
marcado por la consolidación de formas de silenciamiento cada vez más
complejas. La Red Voces del Sur (Red VDS) documentó 2.484 alertas que afectaron
a 3.230 víctimas en 17 países de la región, una cifra inferior a la del 2024
que no representa una mejora, sino una reconfiguración de la violencia hacia
mecanismos menos visibles —especialmente en el ámbito digital, judicial e
institucional— sumado al avance de la autocensura y las ‘zonas de silencio’”
(ver ACÁ). Pero es solo la punta del iceberg. Seamos
honestos: en nuestras sociedades, aún en las democráticas, hay silenciosos
mecanismos de control del pensamiento crítico y disidente, que aseguran la
conformidad ciudadana con un orden dado. Ni que hablar de la manipulación
informativa (fake news, IA, “bodegas”…) ni de los Estados totalitarios.
Sencillamente, la libertad de expresión es una quimera, y romper esa barrera
siempre tendrá un alto costo social y político para quien lo intente.
Por todo ello, a decir verdad, encuentro bastante sensata la posición de
quienes niegan el libre albedrío, como Sapolsky y otros. Es que hemos asumido
que la libertad es un don, algo dado y puesto a nuestra disposición
libérrimamente. Y personalmente pienso que no es así. La libertad es una
conquista. Como lo ha sido para muchísimos pueblos oprimidos, en el plano
político. Pero, en el plano ciudadano, pocos están dispuesto a conquistarla, por
inconsciencia o por el costo social y político que implica.
Y, en el plano personal, en nuestro fuero interno, es igual que en el
plano político: si no luchas por la libertad, si no la conquistas, serás una
persona sometida al destino de tus circunstancias. Y ese es el cómodo camino
elegido por la enorme mayoría de las personas; para colmo, sin que sean
conscientes de ello, pues viven cómodamente adormecidas.
Despertar, entonces, es el comienzo. Y el camino
del despertar es la deliberación, el estar presentes en el aquí y ahora: el más
práctico y trascendental ejercicio de expansión de la consciencia y afinamiento
de nuestra sensibilidad. Solo por ese camino podrá asumirse progresivamente el
comando de nuestro propio destino. Y entonces, sí, surgirá la libertad como
opción, como promesa de futuro. Es la conquista de sí mismo, como principio de
cualquier proyecto de vida trascendente. “[…] sólo despiertos
podemos entrar en la verdad y descubrir qué lazos nos impiden la libertad”, nos
advierte Anthony de Mello en La iluminación es la espiritualidad (ver ACÁ). Igual
razonamiento lleva a Debashis a afirmar que “La libertad es un estado de conciencia (sic)” (página 231, ver ACÁ). Concluyo, entonces, de manera muy
simple: el libre albedrío no existe; es una conquista; siempre posible, pero
pocas veces anhelada, luchada y alcanzada.
Ramiro
Restrepo González
Mayo de
2026

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