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martes, 22 de septiembre de 2026

¿EXISTE EL LIBRE ALBEDRÍO?

 

Si de algo se precia el ser humano es de la libertad. Por ella se han librado guerras y se han pagado costos altísimos en vidas, sufrimiento y lucha. Por algo es el emblema presente en casi todos los himnos nacionales y en la épica menuda de toda nación. Hablamos de liberalismo económico, de libre empresa, del libre desarrollo de la personalidad, etc. Hay todo un relato colectivo que rinde culto a este supuesto bien de las personas y las sociedades: la libertad.

 

Pero… ¿y si no somos tan libres como creemos? O, peor, ¿si no somos para nada libres en nuestras vidas? Voces serias ya lo sostienen hoy día. Más vale escucharlas. Y ya no son solo filósofos nihilistas como Nietzsche o Schopenhauer. Son científicos: biólogos y neurólogos.

 

Robert Sapolsky es un conocido profesor de ciencias biológicas y neurológicas de la Universidad de Stanford y así lo afirma categóricamente: “…existe una sensación de elección, de múltiples posibilidades de futuro. Sin embargo, la elección que acabas tomando es el resultado de todo lo que sucedió antes, del tipo de persona que has terminado siendo por todas las circunstancias que te han rodeado” (ver ACÁ). Y esas circunstancias son la genética, la familia, la educación, el contexto social… en resumen, y parodiando a Ortega y Gasset, para Sapolsky, “yo soy mis circunstancias”.

 

Según Sapolsky y muchos otros (Libet, Harris…), el libre albedrío, la libertad, es una ilusión en el terreno individual: “…todo lo que hacemos, ya sea algo bueno o despreciable, trascendental o banal, puede explicarse sin aludir a la dichosa libertad” (ver ACÁ). Un poco deprimente, ¿verdad?

 

Igual ocurre en el plano social y político. ¿Son realmente libres los ciudadanos, aún en medio de sociedades democráticas? Muchísimas señales nos indican que no; o que, por lo menos, no tanto como suponemos. Dos ejemplos bastan:

 

La llamada trampa de la pobreza que, solo excepcionalmente, algunos ciudadanos afortunados logran cruzar; ¿son la excepción que confirma la regla? Recomiendo leer o releer una de mis anteriores notas al respecto, en este mismo blog: El paraíso de la inequidad (ver ACÁ). Allí está ampliamente documentado este fenómeno, para concluir que “Esta —la pobreza— no es gratuita, natural ni tolerable. Ha sido ocasionada deliberada y sistemáticamente por los poderosos, para construir su prosperidad a costa del bien común (depredación natural) y del bienestar de las inmensas mayorías humanas (inequidad)”.

 

La libertad de expresión es otro buen ejemplo. Veamos la punta del iceberg: el Informe Sombra 2025, de la ONG Voces del Sur, divulgado por la FLIP, retrata así el panorama: “En 2025, la libertad de prensa en América Latina atravesó un retroceso estructural marcado por la consolidación de formas de silenciamiento cada vez más complejas. La Red Voces del Sur (Red VDS) documentó 2.484 alertas que afectaron a 3.230 víctimas en 17 países de la región, una cifra inferior a la del 2024 que no representa una mejora, sino una reconfiguración de la violencia hacia mecanismos menos visibles —especialmente en el ámbito digital, judicial e institucional— sumado al avance de la autocensura y las ‘zonas de silencio’” (ver ACÁ). Pero es solo la punta del iceberg. Seamos honestos: en nuestras sociedades, aún en las democráticas, hay silenciosos mecanismos de control del pensamiento crítico y disidente, que aseguran la conformidad ciudadana con un orden dado. Ni que hablar de la manipulación informativa (fake news, IA, “bodegas”…) ni de los Estados totalitarios. Sencillamente, la libertad de expresión es una quimera, y romper esa barrera siempre tendrá un alto costo social y político para quien lo intente.

 

Por todo ello, a decir verdad, encuentro bastante sensata la posición de quienes niegan el libre albedrío, como Sapolsky y otros. Es que hemos asumido que la libertad es un don, algo dado y puesto a nuestra disposición libérrimamente. Y personalmente pienso que no es así. La libertad es una conquista. Como lo ha sido para muchísimos pueblos oprimidos, en el plano político. Pero, en el plano ciudadano, pocos están dispuesto a conquistarla, por inconsciencia o por el costo social y político que implica.

 

Y, en el plano personal, en nuestro fuero interno, es igual que en el plano político: si no luchas por la libertad, si no la conquistas, serás una persona sometida al destino de tus circunstancias. Y ese es el cómodo camino elegido por la enorme mayoría de las personas; para colmo, sin que sean conscientes de ello, pues viven cómodamente adormecidas.

 

Despertar, entonces, es el comienzo. Y el camino del despertar es la deliberación, el estar presentes en el aquí y ahora: el más práctico y trascendental ejercicio de expansión de la consciencia y afinamiento de nuestra sensibilidad. Solo por ese camino podrá asumirse progresivamente el comando de nuestro propio destino. Y entonces, sí, surgirá la libertad como opción, como promesa de futuro. Es la conquista de sí mismo, como principio de cualquier proyecto de vida trascendente. “[…] sólo despiertos podemos entrar en la verdad y descubrir qué lazos nos impiden la libertad”, nos advierte Anthony de Mello en La iluminación es la espiritualidad (ver ACÁ). Igual razonamiento lleva a Debashis a afirmar que “La libertad es un estado de conciencia (sic)” (página 231, ver ACÁ). Concluyo, entonces, de manera muy simple: el libre albedrío no existe; es una conquista; siempre posible, pero pocas veces anhelada, luchada y alcanzada.

 

Ramiro Restrepo González

Mayo de 2026

domingo, 7 de septiembre de 2025

TRASPASAR LÍMITES: ¿AVENTURA O IRRESPONSABILIDAD?

La humanidad, en su inherente y legítimo afán de trascendencia, ha buscado siempre retarse a sí misma, llevándose a superar todo tipo de límites. En muchos casos, ello la ha conducido a aventuras maravillosas, que nos han abierto muchas posibilidades. Los ejemplos abundan: la conquista espacial, la conquista del Everest y de las Fosas Marianas (los límites geográficos máximos), el desarrollo de medicamentos revolucionarios como la penicilina, los anestésicos y otros. Pero, en muchos otros casos, ese afán de trascendencia la ha conducido a traspasar los límites de la responsabilidad, individual y colectiva. Los ejemplos abundan también: el uso de alucinógenos, la experimentación en organismos vivos, la bomba atómica y muchos otros.

En los tiempos de hoy, vemos nuevos y peligrosos intentos de llevar la experiencia del límite, más allá de todo protocolo de seguridad, es decir, de forma totalmente irresponsable, y con el agravante de que ya se plantean a gran escala. Tres ejemplos resultan ilustrativos:

Primero: la edición genética

Una técnica, entre muchísimas asociadas a la ingeniería biológica (CRIPR o clustered regularly interspaced short palindromic repeats, como se le conoce), que nos conduce a lo que ya se conoce como biomejoramiento. Esta técnica, que permite modificar la programación genética de un individuo, ofrece gigantescos beneficios potenciales en erradicación temprana, aún en estado fetal, de malformaciones, enfermedades y características no deseables de un ser vivo. Pero también tiene, hoy, todos los riesgos inherentes, aún no suficientemente conocidos y controlados. El médico chino He Jiankui, mediante edición genética, curó en 2018 el VIH congénito en dos gemelas, que aún no habían nacido. Tremenda, pero irresponsable hazaña, que le costó tres años de prisión[1]. Este año la ONG de investigación Kheiron Biotech, de Argentina, clonó varios ejemplares equinos del campeón de Polo Pureza, con el fin de mantener la racha de premios, según reseña el medio digital Nature Briefing (septiembre de 2025). Y los ejemplos siguen. ¿Hasta dónde es ético, y por tanto responsable, avanzar en esta ruta, sin las seguridades mínimas? ¿Es legítimo todo lo tecnológicamente posible?

Segundo: los deportes mejorados

Según reporta el diario digital The Conversation [2], “En mayo de 2026, se celebrarán en Las Vegas los Enhanced Games o Juegos Mejorados. Los atletas competirán en las modalidades de natación (50 m libres, 100 m libres, 50 m mariposa y 100 m mariposa); atletismo (100 m lisos y 110 m vallas) y halterofilia (arrancada y dos tiempos). Lo llamativo de esta cita deportiva es que, desde la organización, se incentiva el uso de sustancias dopantes, amparándose en que los atletas estarán sujetos a un exhaustivo control médico para asegurar su estado de salud y minimizar los riesgos asociados a la utilización de esas sustancias”.

Las autoridades mundiales del deporte ya se han pronunciado abiertamente en contra. Pero estos juegos ocurrirán y sentarán un peligroso precedente. ¿Hasta dónde vamos a llevar la metáfora del crecimiento, de la maximización de rendimientos, que ha sido el santo grial del modelo económico vigente, ya claramente obsoleto y en decadencia? Al biomejoramiento humano, sueño transhumanista, ahora le agregamos un nuevo desvarío, algo así como inventarnos el fracking en humanos.

Sentido de aventura, sí. Capacidad de soñar, incluso en utopías, sí. Coraje y osadía para explorar más allá de nuestras estrechas fronteras, sí. Pero, por favor, no perdamos el sentido de nuestra pequeñez y fragilidad; y, sobre todo, no perdamos el sentido de nuestra naturaleza esencial, que es el que siempre marcará los límites de todo emprendimiento humano.

Tercero: la guerra “inteligente”

El mejor laboratorio de desarrollo tecnológico, en la historia de la humanidad, ha sido la guerra. No gratuitamente: la tecnología ha sido un medio de dominación (de la naturaleza y de otros) al servicio del poder, cuyos equilibrios se dirimen en las guerras.

Y ese laboratorio está traspasando nuevas fronteras en la guerra entre Rusia y Ucrania. Así lo reportaba el medio digital Xatata [3]: “La escena tuvo lugar hace pocas semanas y fue un hecho sin precedentes en la historia militar. Las fuerzas ucranianas anunciaron que habían logrado capturar a soldados rusos sin emplear infantería humana” (subrayados propios). Es decir, drones equipados con inteligencia artificial habían definido, organizado y ejecutado la operación, de manera totalmente autónoma.

Esta guerra marca un punto de inflexión en la historia bélica. Las armas autónomas empiezan a hacer casi innecesarios a soldados y comandantes. Ahora serán simples artefactos tecnológicos los que tomarán decisiones de vida o muerte, captura o liberación de los propios seres humanos.

¿Cuáles son los protocolos de verificación y seguridad que nos asegurarán que tales decisiones autónomas están alineadas con la ética humana? (si es que se puede hablar de ética en un campo de batalla). La pregunta se torna dramática, cuando vemos múltiples señales del precario desarrollo que la inteligencia artificial ofrece aún, a pesar de tanto tecnófilo que pulula en la opinión pública. Por ejemplo, recientemente el Center for AI Safety de la Unión Europea nos reportó (agosto, 2025) que la tasa de alucinación de ChatGPT-4.0 era del 15,8 %, aparte de un preocupante panorama de riesgos, cada vez más evidentes [4]. La amenaza de que una potencia tecnológica (pública o privada) paralice totalmente un país, dejando inoperativa toda su infraestructura (bancaria, de salud, gubernamental, informativa, aérea, logística…) está sencillamente a la vuelta de la esquina. Recientemente, por ejemplo, el avión que transportaba a la presidente de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, debió aterrizar de emergencia por un sabotaje ruso a su sistema de GPS [5].

RamiroR.

Septiembre 2025


[1]    https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC6724388/,

[2]    https://theconversation.com/los-juegos-del-dopaje-libre-las-vegas-acogera-en-2026-la-cita-mas-peligrosa-de-la-historia-del-deporte-261696.

[3]    https://www.xataka.com/magnet/cada-vez-hay-soldados-guerra-ucrania-no-hacen-falta-maquinas-se-coordinan-deciden-cuando-atacar

[4]    https://safe.ai/ai-risk.

[5]    https://cnnespanol.cnn.com/2025/09/01/mundo/avion-von-der-leyen-presunta-interferencia-rusa-trax.