martes, 22 de septiembre de 2026

LA SERENDIPIA

 

Esta nota es un homenaje. Y, por extraño que parezca, es un homenaje a una palabra: a la palabra SERENDIPIA. Me ha parecido que es toda una joya del idioma, que bien se lo merece: por su sonoridad, su cadencia, su armonía, su significado y su linaje que se pierde entre las brumas del pasado y la leyenda.

 

Serendipia es una palabra de origen persa y, más  específicamente, de la familia del sánscrito. Su significado original viene de la palabra sánscrita Sihaladvīpa (Sihala = león + dvīpa = isla). Así denominaban los persas a la antigua isla de Ceilán, hoy Sri Lanka, al sureste de la India.

 

También podemos leer y disfrutar un corto y maravilloso cuento persa, titulado precisamente Los tres príncipes de Serendip. Puede encontrarlo ACÁ. Narra un pasaje de la vida de los tres hijos del gran arquitecto del Shá de Persia, quienes competían entre sí, intentando demostrar cuál poseía la mayor y más aguda inteligencia. Pero la soberbia que movía su competencia terminó involucrándolos en un gran lío que, no solo los llevó a la cárcel, sino a enfrentar la pena de muerte. Una casualidad los salvó a último momento, quedando finalmente como héroes, por lo que el Emir de Kandahar, a donde habían llegado en su viaje, los nombró ministros. Así, “la casualidad los salvó y aprendieron a ser mucho más prudentes a la hora de manifestar su inteligencia ante los demás”, concluye el cuento. Pues, como agrega, es de sabios ser prudente, en efecto y, gracias a la prudencia, “la sabiduría tiene su premio”.

 

Ya en épocas más cercanas (1754), el escritor y político británico Horace Walpole legitimó la palabra serendipity en el idioma inglés, para referirse a cualquier tipo de hallazgo, producto del azar o la casualidad, sin haber sido buscado deliberadamente.  El señor Walpole dedujo este significado más del cuento que de la etimología misma de la palabra. Y así ha llegado hasta nuestros días, si bien no es una palabra de uso frecuente. La siguiente es la definición de serendipia que nos obsequia el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (RAE) (obsérvese que española es la Academia, no el idioma, que yo prefiero seguir llamando castellano): “Hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual”.

 

Como vemos, serendipia es una palabra con linaje; o, si se quiere, con prosapia. Y su leyenda sigue creciendo con el paso de los días. Son ya incontables y célebres las serendipias que se han producido, por ejemplo, en el campo de la investigación y el desarrollo científico. Bien vale un somero inventario:

 

§  La más mediática de todas ellas ha sido el viagra. En efecto, su hallazgo casual ocurrió en los laboratorios de Pfizer, al adelantar pruebas clínicas con el sildenafilo, un vasodilatador que constituye su principio activo, dentro del proceso de desarrollo de un tratamiento para la angina de pecho y la hipertensión arterial. En el curso de dichas pruebas clínicas, los voluntarios presentaron los conocidos y apetecidos efectos secundarios que todos conocemos. Había nacido el viagra.

 

§  La más revolucionaria de todas: la penicilina. Alexander Fleming, el investigador británico, dejó olvidada una placa de bacterias destapada en su laboratorio y, al retomar el experimento posteriormente, notó que un manto de moho (penicilium notatum) había matado a las bacterias. Había nacido (1928) el primer antibiótico de la historia, la penicilina, cambiando radicalmente la historia de la medicina.

 

§  La más imprescindible en la vida cotidiana: el microondas. El ingeniero Percy Spencer (1945) trabajaba con radares y, de pronto, notó que una barra de chocolate que llevaba en su bolsillo se había derretido. Probó con otros alimentos y terminó concluyendo que la radiación de los magnetrones, corazón tecnológico de todo radar, era lo que calentaba los alimentos. Había nacido uno de los electrodomésticos más usados hoy en el mundo.

 

§  Pero podrían enumerarse muchísimas otras serendipias: el teflón, la sacarina, el vidrio de seguridad, el velcro, el marcapasos, el LSD, etc.

 

En suma, la investigación científica no es un proceso lineal y de precisión, como suele mirarse. Comporta una alta dosis de azar. Pero toda la investigación tiene un piso común que son los padres de todas las serendipias: la curiosidad y el asombro, esos impulsos vitales que movilizan nuestra búsqueda insaciable, y que nos llevan a hurgar la realidad interior y exterior a nosotros mismos. Es la piedra filosofal del conocimiento, del saber y, en último término, de la sabiduría.

 

Ahora entendemos mejor por qué la palabra serendipia despierta mí admiración. No solo por ser una joya lingüística, con una historia de leyenda. Observemos, en efecto, que la serendipia no ocurre por azar (a causa de) sino al azar (en condiciones de), es decir, ocurre por nuestra curiosidad y capacidad de asombro, en un ejercicio a través del cual, no solo desentrañamos los misterios de la realidad, sino que nos hacemos más humanos. En otras palabras, ocurre por nuestra deliberada y apasionada búsqueda de ser nosotros mismos, por lo que la palabra serendipia está vinculada con el proyecto sapiens como ninguna otra en la vasta extensión del logos.

 

Aunque confieso que, por momentos, me produce angustia pensar que, como sapiens, o somos un buen apunte de humor negro, o somos una serendipia del proceso evolutivo.

 

Y debo confesar finalmente que fue toda una serendipia haber encontrado esta palabra en el diccionario, hace ya unos cuantos años.

 

Ramiro Restrepo González

Septiembre de 2026

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