UN MUNDO
DE VENTRÍLOCUOS
¿Quién no
recuerda a las simpáticas marionetas Kini y Lalo, en las hábiles manos del
fallecido comediante Carlos Donoso? Las marionetas, esos elementales muñecos de
trapo, en unas manos geniales como las de Donoso, cobran vida, personalidad y
carácter. Opacan incluso a quien les da vida. Y ese es precisamente el arte de
un buen ventrílocuo: desaparecer, para que aparezca y brille la marioneta. Toda
nuestra atención estará puesta en la marioneta y alrededor de esta girará todo
el espectáculo. Donoso, en ese arte, lo hizo magistralmente.
Si lo
observa bien, es justo lo que nos está ocurriendo con la inteligencia
artificial (IA, en adelante). Solo que, en esta oportunidad, tal parece que hemos
venido eligiendo masivamente el rol de marionetas. Sorpréndanos o no. En mi
caso, preferiré siempre quedarme con el papel de Donoso.
Vemos, en
efecto, cómo ya prolifera todo tipo de contenidos totalmente escritos o producidos por agentes
de IA: libros completos por centenares, discursos de políticos las 24 horas del
día, tesis de grado por doquier, proyectos de todo tipo, noticias de todos los canales,
investigaciones científicas publicadas aun en revistas indexadas, etc. Parece
no haber límite. E infinidad de personas (autores, políticos, universitarios,
técnicos, ejecutivos, periodistas, investigadores…) están recitando,
publicando, distribuyendo y presentando como propias (¡!) todas esas producciones de la IA,
al mejor estilo de Kini y Lalo. ¿Y quién no le cree a la marioneta, cuando el
ventrílocuo alcanza los niveles de calidad que ya empieza a mostrar la IA, con
su infinidad de agentes y chatbots?
Para que
nos formemos una idea del fenómeno, tomemos nota de que ya Amazon, en 2024, y
ante la avalancha de libros generados por IA, se vio obligada a poner un tope a
la publicación de libros en su plataforma. Sorpréndase: el tope que fijó fue de
3 libros diarios por autor. Ver ACÁ. ¡Para Ripley! Conozco el oficio de escribir y
confieso que toparme frontalmente con estas realidades de nuestra vida
contemporánea me generan estupor, por decir lo menos. En Europa ocurre igual.
Así lo reportan los medios: “El sector editorial es
ahora mismo un
valle inquietante en el que cuesta distinguir entre seres humanos e
inteligencias artificiales que, a simple vista, parecen sospechosamente humanas”
(ver ACÁ. Subrayado del original). Y problemas de similar gravedad
están viviendo las empresas, las revistas serias, la comunidad científica y
todo el público objetivo de tales publicaciones. ¿Empezamos a tener marionetas bestsellers?
O, si se
quiere otro ejemplo, el fraude masivo que se presentó con el software de
IA Territorium, para supervisar el examen de ingreso a la UNAM en México. Así
lo reportó la National Public Radio (NPR) de Washington: “La universidad más prestigiosa de
México se enfrenta a una crisis de fraude tras un examen de admisión en línea
—el primero de su tipo— que arrojó resultados tan inusuales que un análisis
sugiere que casi la mitad de los aspirantes podrían haber hecho trampa”. Y no
es la primera universidad en tener un incidente similar serio con fraudes por
uso de IA (ya son la U. de A., en Colombia; Sheffield y Glasgow en Reino Unido;
Princeton y Stanford en USA, entre las conocidas). ¿Será la primera generación
de marionetas profesionales?
No se trata
de demonizar la IA. Sería como haber demonizado a Carlos Donoso y a todos sus
colegas. La pregunta es: ¿qué uso estamos dispuestos a hacer de esta, la
tecnología más disruptiva que nosotros mismos hemos puesto en nuestras propias
manos? Porque Donoso, terminada la función, acomodaba a Kini y a Lalo en su
maleta de titiritero, aún a regañadientes de Lalo, y seguía su vida de
ciudadano dueño de su propio destino. Pero nosotros ¿acaso hemos decidido
venderle el alma al diablo por un plato de lentejas?, ¿por monetizar espacios,
figuración, fama y circulación? Todo parece indicar que es lo que está
ocurriendo.
El resultado
más perverso que avizoro es que vamos a terminar viviendo una ficción cognitiva
en el más crudo caso de endogamia. En efecto, la IA, hasta ahora, no crea
conocimiento nuevo en absoluto, aunque soy consciente de que es una postura
rebatida y polémica. En mi concepto, solo combina conocimiento preexistente; o,
cuando más, acelera la producción humana de conocimiento nuevo; solo que sus
bases de datos son tan gigantescas, que inevitablemente todo lo que genera
produce la sensación de novedad. Pero no hay tal cosa como creación artificial
de conocimiento, sin que podamos descartar que así llegue a ser en el futuro. Así
lo comparte el filósofo y teólogo Ricardo L. Falla, citando a la filósofa
Shannon Vallor: “…la tecnología no comprende el mundo; refleja
e interpola patrones preexistentes acumulados en el pasado” (ver ACÁ). Y doy
un argumento de fondo, para respaldar mi posición: la única fuente de
conocimiento nuevo es la capacidad de preguntar. Y la IA, hasta hoy, no ha desarrollado
la capacidad de preguntar, ni ninguna de las capacidades que le son inseparables:
la duda, la curiosidad, el asombro, la perspicacia, el pensamiento crítico y
disruptivo.
Por lo pronto,
estamos entonces ante un fenómeno cognitivo de carácter endogámico masivo. Que,
como todo proceso endogámico, termina produciendo efectos devastadores en la
descendencia. En este caso, en el conocimiento; y, lo que es más grave, en
nuestra capacidad de pensar. Ya se empiezan a evidenciar síntomas preocupantes.
Estamos dejando de pensar. Justo como las marionetas.
Un tímido
consuelo empieza a llegarnos de la Unión Europea, con su Ley de Inteligencia
Artificial (AI Act), que acaba de iniciar su progresiva entrada en vigor (ver ACÁ). De esa manera, empezamos a ver
respuestas adaptativas por parte de todas las tecnológicas, aunque bastante
débiles aún, según los primeros análisis de expertos.
De esa manera,
Anthropic acaba de
anunciar que todos los textos procesados por Claude llevarán una marca de agua
que los identifique. Pero, aunque es un buen comienzo, tiene una falencia que
el mismo Anthropic ya reconoció: así un texto sea producido por una persona, si
lo somete, por ejemplo, a revisión ortográfica de Claude, llevará dicha marca
de agua. De suerte que continuará vigente la ambigüedad sobre el origen mismo
del contenido. Y esto “es
de nuevo algo crucial, porque que un texto tenga esa marca indica que ha sido
procesado por Claude, no que necesariamente lo ha escrito Claude” (ver ACÁ).
También ha
empezado a implementarse el estándar técnico C2PA (Coalición para la Procedencia
y Autenticidad del Contenido). Este estándar permite dejar huella, mediante la
creación de metadata, del ciclo de vida de un documento, imagen, video, audio o
cualquier material u objeto digital. Mediante esta metadata, el usuario puede
conocer el origen y transformaciones que dicho material ha sufrido desde su
creación. Aunque suene ideal, es un estándar que tiene muchos agujeros según
los expertos, al igual que la marca de
agua, por lo que una línea roja final clara entre el contenido humano y el
artificial seguirá esperando.
Mientras
tanto, hemos ingresado, quizás sin percibirlo conscientemente, en una nube
cognitiva, en la que nada es blanco o negro, auténtico o artificial; todo es
gris. Y lo grave al final es que nuestra capacidad de pensar se torne gris
igualmente. Mientras tanto, seguiremos viendo grandes masas de marionetas
entregándose entusiasmadas en las manos seductoras del ventrílocuo de moda. Y
se robarán toda la atención del circo, como Kini y Lalo. Por eso, como
lapidariamente afirma el filósofo español Eduardo Infante, en su novela Salvar
a Sócrates (ver ACÁ), “en la era de la IA, pensar se ha convertido en un
acto de resistencia” (ver ACÁ). ¡Pobre sapiens!
Ramiro
Restrepo González
Agosto de 2026

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