miércoles, 5 de agosto de 2026

ESPECULAR SIN PRODUCIR

 

He repetido incansablemente en este blog que el modelo economicista vigente tiene un solo objetivo: maximizar rendimientos. No generar empleo, que le resulta un mal a veces inevitable; no contribuir al desarrollo sostenible, pues lo percibe erróneamente como un costo; no producir más, si hay alternativas más rentables. En pocas palabras: lo que importa es el dinero por el dinero. Ya lo decía Milton Friedman desde 1970: “Existe una única responsabilidad social de la empresa: utilizar sus recursos y emprender actividades destinadas a aumentar sus beneficios”. Y, si para aumentar los beneficios, la visión economicista encuentra alternativas mejores que producir, pues las considerará legítimas y preferibles. Así, hemos llegado a hacer dinero a partir del dinero: lo denominamos la economía especulativa, para diferenciarla de la economía real que es con la que estamos más familiarizados. La novedad es que la economía especulativa siempre fue una actividad marginal. Pero, ahora, ES LA ECONOMÍA. Lo que era nuestra economía real (agricultura, industria, comercio, servicios esenciales…) se ve cada vez más raquítica, cada vez más asfixiada por la falta de inversiones que huyen hacia grupos de inversión, en el mejor de los casos, o hacia paraísos fiscales en el peor y cada vez más apetecido destino.

 

Ya lo advertía recientemente Heather Boushey, Economista Jefe del Centro de Washington para el Crecimiento Equitativo: “Está claro que nuestra economía está diseñada para crear un puñado de multimillonarios y un billonario […] Ya no se trata de crear oportunidades y estabilidad para la mayoría” (Ver ACÁ).

 

Vale la pena revisar algunas tendencias que ya resultan preocupantes, que se han ido instalando silenciosamente en nuestro horizonte económico:

 

Hace algunos años (2009), el filósofo catalán Jordi Pigem lo advertía en uno de sus libros, pero sonaba un poco teórico entonces, y quizás alarmista: “Más del 98 % de las transacciones monetarias que se efectúan hoy en el mundo no corresponden a la economía real, sino a dinero ávido de beneficios a corto plazo que circula por mundos abstractos, desligados de los bienes reales y de criterios éticos, sociales o ecológicos” (Buena crisis, página 27, ver ACÁ).

 

Más recientemente, la reconocida economista Mariana Mazzucato, producto de una investigación en la que analizaron “los registros financieros de las 300 mayores empresas no financieras cotizadas en bolsa de Europa durante los últimos 25 años”, según informan, llegó a conclusiones demoledoras (ver ACÁ):

§  “Las compañías obtienen cada vez más ingresos actuando como agentes financieros —cobrando intereses por bonos o deuda pública, percibiendo dividendos y concediendo préstamos a sus propios clientes— en lugar de hacerlo como productoras”.

§  “Cuando los beneficios de las mayores empresas europeas se destinan cada vez más a la recompra de acciones, al pago de dividendos y a activos financieros en lugar de a la producción y la innovación, el resultado es un coste social creciente derivado de una asignación ineficiente del capital”.

§  Los trabajadores han pagado el precio de esta continua acumulación financiera. La participación de las rentas del trabajo en la economía real (excluyendo los sectores financiero, de seguros, inmobiliario y público) es hoy menor que en el año 2000 y sigue disminuyendo”.

 

Damisa Moyo, periodista económica de Project Syndicate, nos ofrece por su lado alguna información complementaria:

§  En 2025, “el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmó una orden ejecutiva que les permite a los planes de pensiones […] invertir en activos alternativos como capital riesgo, deuda privada, infraestructura, bienes raíces, materias primas y criptomonedas” (ver ACÁ).

§  “Las acciones de empresas como Robinhood, Coinbase, Palantir y Tesla tienen períodos de tenencia promedio inferiores a un mes, lo que indica que muchos inversores están especulando con movimientos de precios a corto plazo” (Ídem).

 

Y las consecuencias, para la economía y la sociedad, son apenas obvias:

§  Un creciente riesgo sistémico para la estabilidad del sistema. Eso fue exactamente lo que ocasionó el crac de 2008: un colapso causado por los excesos cometidos en años de inversión especulativa (las entonces denominadas hipotecas basura).

§  Una creciente marginalización del empleo, la producción, el emprendimiento y el bienestar colectivo.

§  Una ampliación insostenible de las brechas sociales en las que grandes mayorías de la población se ven cada vez más excluidas de los logros de una publicitada prosperidad que solo beneficia a gigantescos pulpos financieros.

 

La misma periodista Moyo lo deja claro: “El capital que, de otro modo, podría destinarse a avances en atención sanitaria, infraestructura y otros sectores vitales, se desvía hacia operaciones bursátiles a corto plazo y juegos financieros” (Ídem).

 

Esa fue precisamente la visión del señor Friedman, fundador ideológico del neoliberalismo: una economía al servicio de sí misma, desprovista de todo compromiso social y ambiental. Lo que sorprende es que, 55 años después, sigamos pensando o tolerando igual manera de pensar. O quizás peor: que solo estemos asistiendo a un refinamiento de esa visión economicista, ahora en su versión de capitalismo digital.

 

Como bien anota el antropólogo español Ignacio Martínez, codirector de los yacimientos de Atapuerca, en reciente entrevista para Ethic: “Lo único que realmente pone en peligro nuestra humanidad es la dictadura del beneficio a cualquier costa, esos fondos de inversión despiadados capaces de sacrificarlo todo por un 3% más” (ver ACÁ).

 

Ramiro Restrepo González

Julio de 2026

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