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martes, 6 de octubre de 2026

LA IA NO ES EL PROBLEMA

 

Es comprensible la preocupación global que existe en torno a la irrupción masiva de una IA agéntica o multiagéntica (tipo enjambre) fuera del control humano y social. Yo mismo me declaro profundamente preocupado frente a los desastres que se ven venir en un futuro inminente. Pero he llegado a la conclusión de que la IA no es el problema y de que centrarnos exclusivamente en ella está desviando nuestra atención de lo verdaderamente fundamental; de lo que, para mí, constituye la causa raíz del problema.

 

Y esa causa raíz es bien conocida pero poco re-conocida: el modelo economicista de desarrollo, en cuyo marco se ha desarrollado la IA, y que se nos salió de las manos mucho antes que la IA. Este modelo, como bien sabemos, se centra en la maximización de rendimientos económicos y en la apropiación individual de la riqueza generada.

 

La razón para que esta sea la causa raíz es simple.  Como este modelo de maximización y apropiación individual de rendimientos es el que gobierna nuestras sociedades, ningún actor individual estará dispuesto a asumir solo la inaplazable obligación de regular o ralentizar el desarrollo de la IA, para evitar una catástrofe inminente. De hacerlo, la competencia lo relegaría a la irrelevancia, lo cual no resulta aceptable para nadie. El dilema es simple: frenar y quedar por fuera o seguir adelante y afrontar las consecuencias. Es la vívida realidad detrás del conocido dilema del prisionero (ver ACÁ). Así lo han expresado con meridiana claridad los líderes del sector, al pedir que sea el gobierno el que asuma la tarea legislativa en materia de gobernanza digital (ver ACÁ y ACÁ). A estos llamados se sumaron muchos líderes mundiales en la reciente Asamblea General de Naciones Unidas (ver ACÁ).

 

Pero, como se reporta en estas dos fuentes citadas, las grandes potencias (Estados Unidos, China1, India, Rusia y otras) callan o rechazan abiertamente cualquier intento de regulación o ralentización, por la sencilla razón de que, así como los actores de la industria tienen sus manos atadas por la competencia entre ellos, las potencias también tienen atadas sus propias manos a la pugna que libran por la hegemonía mundial. Es la dinámica de las relaciones entre actores que buscan maximizar beneficios en un entorno competitivo, como lo escenifica muy bien el citado dilema del prisionero. La prueba empírica de ello es que la Unión Europea, que no es presa de ese dilema, al no estar en la puja por la hegemonía mundial, es la única región importante  del planeta que se ha podido el lujo de regular a fondo la IA (ver ACÁ). Aun así, observemos cómo la legislación europea debió ser drásticamente simplificada desde su versión inicial, mediante la Ley Omnibús de IA (ver ACÁ), debido a la presión de los actores económicos.

 

De suerte que hemos inventado un modelo económico de desarrollo que ha encadenado nuestras manos a un destino inevitable: la catástrofe social y planetaria global. Y ese sí es el problema de fondo. El modelo economicista de desarrollo ha moldeado sociedades hipercompetitivas que, ante su incapacidad para cooperar, resultan condenadas a cumplir la sentencia bíblica: “¡Muera Sansón con todos los filisteos!” (Jueces, 17-30).

 

La IA, como cualquier tecnología anterior, lo único que necesita es regulación y cultura de consumo, para asegurar que todos sus beneficios se disfruten sin generar mayores externalidades que, en este caso, ya amenazan con resultar catastróficas; pero regulación y cultura requieren cooperación más intervención estatal, ingredientes que no parecen resultar viables en el escenario hipercompetitivo que hemos construido.

 

Sin embargo, si bien las soluciones para salir de este impasse no son simples, persiste la urgencia de diseñarlas e incorporarlas gradualmente en planes de transición que resulten viables. Las preguntas son, entonces: a) ¿cuáles soluciones? y b) ¿cómo adoptarlas?

 

Sobre la primera pregunta, me atrevo a resaltar dos líneas maestras de acción, las cuales ya forman parte, tímidamente, de la agenda de movilización ciudadana en el mundo y de algunos centros de pensamiento globales.

 

1.    Economía solidaria para todos

 

La economía solidaria ha sido la gran marginada hasta ahora, y no gratuitamente, como una economía de pobres para pobres. Un techo de cristal que ha llegado el momento de romper. De manera más amplia, la denominamos ahora la economía del bien común (EBC), neocorriente teórica iniciada quizás por Felber (2010) y enriquecida por Mazzucato, Ostrom, Zamagni, Bruni, y muchos otros. De manera muy simple, puede definirse como una visión económica que promueve “un sistema económico alternativo fundado en la dignidad humana, la solidaridad, la cooperación, la responsabilidad ecológica, etc.” (ver ACÁ). A diferencia de la visión economicista clásica, fundada en el interés particular de los agentes económicos, la economía del bien común se funda en el interés general y en la gestión de los bienes comunes, sociales y naturales.

 

Una visualización muy pedagógica del concepto la tenemos en la Matriz del Bien Común de Christian Felber, en la cual se interrelacionan las partes interesadas o stakeholders con los valores esenciales del bien común. Puede encontrarla ACÁ. Es, como podemos ver, una vía alternativa del desarrollo, entre el capitalismo de libre mercado y las economías centralmente planificadas, ambos de corte economicista, es decir, modelos económicos que privatizan beneficios y socializan pérdidas. La economía del bien común, por el contrario, es un concepto más afín al desarrollo sostenible y a la Economía Rosquilla (Donut Economics) de Kate Raworth, en los que se socializan los beneficios y se comparten las pérdidas solidariamente.

 

2.    Límites a la libre empresa

 

Pocos conceptos han sido defendidos tan vigorosa, si no fanáticamente, como la libertad de empresa, al punto de considerarse sacrílego el menor intento de limitarla. Y esta libertad, a diferencia de la libertad de expresión, que sí es un bien común, pertenece a la esfera privada de cada agente económico. Por lo tanto, debe estar subordinada al bien común. Su sacralización ha terminado precisamente atentando contra los bienes comunes y, por lo tanto, ha llegado también la hora de comenzar a imponerle límites sociales y naturales, para garantizar su sano y equilibrado ejercicio. Y no se trata solo de penalizar los escándalos corporativos que estallan por todos lados, todos los días. Es que el ejercicio de la libertad de empresa, así sacralizada, ya está sobrepasando los límites del bien común, aunque lo hayamos normalizado. Y los ejemplos pululan por doquier. Seis ejemplos sencillos bastan para evidenciarlo:

§  El sistemático uso y deterioro del espacio público aledaño a las empresas, sin pagar por hacerlo, con el fin de realizar operaciones de cargue, descargue, estacionamiento y logística.

§  Las emisiones y vertimientos contaminantes, sin pagar compensación alguna.

§  El manejo de cuentas y depósitos bancarios en paraísos fiscales: “Casi el 50% de la inversión de empresas colombianas en el exterior se fue para países señalados de paraísos fiscales”, titulaba un periódico local recientemente, reseñando de paso la tendencia creciente de esta práctica (ver ACÁ).

§  El trabajo precario, forzado y esclavo. Paradójicamente, en la era de mayor prosperidad económica, tenemos la mayor población esclava de la historia, violando toda normatividad legal y todo límite de dignidad humana. La ONG Free the Slaves estima en 50 millones la población esclava en el mundo de hoy (ver ACÁ).

§  La evasión y la elusión fiscales no penalizadas superan hoy en Colombia los 80 billones de pesos, es decir, poco más del 5 % del PIB, algo que supera ligeramente la inversión que el país hace en educación.

§  La comunicación comercial culturalmente depredadora: cosificación de la mujer, discriminación étnica, información engañosa, letra menudísima en los empaques, mensajes de advertencia intencionadamente inaudibles en las cuñas radiales.

§  Y ni para qué hablar de corrupción (ver ACÁ el lánguido 37 % de Colombia en el ranquin mundial de transparencia) y siga usted con un larguísimo etcétera.

 

Son todos estos ejemplos de los excesos que deben ser puestos dentro de límites. Pero muchísimos otros. Dentro de estos límites a la libre empresa, es hora de regular, por ejemplo, lo relativo a la compensación directiva para imponerle límites (ver nota anterior en este blog y leer ACÁ). Las cifras ya no son moralmente sostenibles. Una muestra resulta representativa: según reportó recientemente Europa Press, “los consejeros con carácter ejecutivo de las empresas cotizadas que forman parte del índice Ibex 35 tuvieron una retribución en 2025 que supuso, de media, 67 veces el sueldo medio de los empleados de esas empresas” (ver ACÁ. Los resaltados son del original). Obsérvese, además, que el punto mínimo de comparación es el “sueldo medio”, no el salario mínimo legal. Claro: ejecutivos superpagos, al servicio de un voraz modelo de maximización de rendimientos.

 

3.    Intervención estatal

 

Pienso que solo así, limitando el bien particular y promoviendo el bien común, es decir, actuando sobre los dos polos de la tensión social y planetaria, podremos recuperar los equilibrios perdidos que, ahora, con la irrupción de la IA en nuestras vidas diarias, ya constituyen una amenaza existencial y planetaria perentoria.

 

Y esta es precisamente la tarea que le corresponde a los Estados. Pero es una tarea que, siendo esencial, empezaron a abandonar, a medida que iban siendo secuestrados por las élites del poder económico, para ponerlos a su servicio. Y esta realidad aun supera los notables esfuerzos de algunos países y gobernantes, que tienen claro su papel. Un ejemplo admirable ha sido el presidente Lula de Brasil. En su reciente discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas (septiembre de 2026) fue claro y lúcido al respecto: “Hemos adoptado —dijo— un modelo económico basado en la distribución de la renta, la creación de empleo y el aumento de los salarios. Estamos comprometidos con la mejora de la productividad, la expansión del crédito y la construcción de una sólida red de protección social”. Así mismo, hay infinidad de empresarios y ciudadanos sensibles, conscientes y coherentes en sus actuaciones. Infortunadamente, este tipo de posiciones políticas, gerenciales y ciudadanas siguen siendo minoritarias.

 

Así las cosas, solo nos queda una instancia posible: la ciudadanía, ese constituyente primario al que siempre es necesario apelar en horas de crisis. Y esta es una de ellas. De lo contrario, estaremos ante una disyuntiva doblemente fatal: a) una tecnología de IA cada vez más fuera de control, que terminará trastrocando las pocas reglas y seguridades que quedan en pie; o b) una IA que termine siendo el gran distractor del siglo, el anestésico social definitivo, que desvíe nuestra atención de la verdadera causa raíz de todo este maremágnum; o ambas. En todos los casos, seguiremos “en rumbo de colisión”, como lúcidamente pronosticaba Max-Neff (ver ACÁ).

 

Es, entonces, la hora de la ciudadanía: una ciudadanía consciente y dispuesta a tomar el control de su propio destino civilizatorio, a través del activismo político organizado y global. ¡La causa está servida! ¿Llegarán los comensales?

 

1   Conviene precisar que China tiene su propia legislación sobre IA desde el año 2022 (ver ACÁ). Pero China tiene tres diferenciales muy importantes, aparte de que dicha ley fue hecha a su medida: a) es juez y parte: legisla y es la dueña de la tecnología, directa o indirectamente; b) es una potencia en ascenso, con una clara estrategia de largo plazo; c) su cultura no es confrontacional como la occidental.

 

Ramiro Restrepo González

Septiembre de 2026

sábado, 22 de agosto de 2026

UN MUNDO DE VENTRÍLOCUOS

 

¿Quién no recuerda a las simpáticas marionetas Kini y Lalo, en las hábiles manos del fallecido comediante Carlos Donoso? Las marionetas, esos elementales muñecos de trapo, en unas manos geniales como las de Donoso, cobran vida, personalidad y carácter. Opacan incluso a quien les da vida. Y ese es precisamente el arte de un buen ventrílocuo: desaparecer, para que aparezca y brille la marioneta. Toda nuestra atención estará puesta en la marioneta y alrededor de esta girará todo el espectáculo. Donoso, en ese arte, lo hizo magistralmente.

 

Si lo observa bien, es justo lo que nos está ocurriendo con la inteligencia artificial (IA, en adelante). Solo que, en esta oportunidad, tal parece que hemos venido eligiendo masivamente el rol de marionetas. Sorpréndanos o no. En mi caso, preferiré siempre quedarme con el papel de Donoso.

 

Vemos, en efecto, cómo ya prolifera todo tipo de contenidos totalmente escritos o producidos por agentes de IA: libros completos por centenares, discursos de políticos las 24 horas del día, tesis de grado por doquier, proyectos de todo  tipo, noticias de todos los canales, investigaciones científicas publicadas aun en revistas indexadas, etc. Parece no haber límite. E infinidad de personas (autores, políticos, universitarios, técnicos, ejecutivos, periodistas, investigadores…) están recitando, publicando, distribuyendo y presentando como propias (¡!) todas esas producciones de la IA, al mejor estilo de Kini y Lalo. ¿Y quién no le cree a la marioneta, cuando el ventrílocuo alcanza los niveles de calidad que ya empieza a mostrar la IA, con su infinidad de agentes y chatbots?

 

Para que nos formemos una idea del fenómeno, tomemos nota de que ya Amazon, en 2024, y ante la avalancha de libros generados por IA, se vio obligada a poner un tope a la publicación de libros en su plataforma. Sorpréndase: el tope que fijó fue de 3 libros diarios por autor. Ver ACÁ. ¡Para Ripley! Conozco el oficio de escribir y confieso que toparme frontalmente con estas realidades de nuestra vida contemporánea me generan estupor, por decir lo menos. En Europa ocurre igual. Así lo reportan los  medios: “El sector editorial es ahora mismo un valle inquietante en el que cuesta distinguir entre seres humanos e inteligencias artificiales que, a simple vista, parecen sospechosamente humanas” (ver ACÁ. Subrayado del original). Y problemas de similar gravedad están viviendo las empresas, las revistas serias, la comunidad científica y todo el público objetivo de tales publicaciones. ¿Empezamos a tener marionetas bestsellers?

 

O, si se quiere otro ejemplo, el fraude masivo que se presentó con el software de IA Territorium, para supervisar el examen de ingreso a la UNAM en México. Así lo reportó la National Public Radio (NPR) de Washington: “La universidad más prestigiosa de México se enfrenta a una crisis de fraude tras un examen de admisión en línea —el primero de su tipo— que arrojó resultados tan inusuales que un análisis sugiere que casi la mitad de los aspirantes podrían haber hecho trampa”. Y no es la primera universidad en tener un incidente similar serio con fraudes por uso de IA (ya son la U. de A., en Colombia; Sheffield y Glasgow en Reino Unido; Princeton y Stanford en USA, entre las conocidas). ¿Será la primera generación de marionetas profesionales?

 

No se trata de demonizar la IA. Sería como haber demonizado a Carlos Donoso y a todos sus colegas. La pregunta es: ¿qué uso estamos dispuestos a hacer de esta, la tecnología más disruptiva que nosotros mismos hemos puesto en nuestras propias manos? Porque Donoso, terminada la función, acomodaba a Kini y a Lalo en su maleta de titiritero, aún a regañadientes de Lalo, y seguía su vida de ciudadano dueño de su propio destino. Pero nosotros ¿acaso hemos decidido venderle el alma al diablo por un plato de lentejas?, ¿por monetizar espacios, figuración, fama y circulación? Todo parece indicar que es lo que está ocurriendo.

 

El resultado más perverso que avizoro es que vamos a terminar viviendo una ficción cognitiva en el más crudo caso de endogamia. En efecto, la IA, hasta ahora, no crea conocimiento nuevo en absoluto, aunque soy consciente de que es una postura rebatida y polémica. En mi concepto, solo combina conocimiento preexistente; o, cuando más, acelera la producción humana de conocimiento nuevo; solo que sus bases de datos son tan gigantescas, que inevitablemente todo lo que genera produce la sensación de novedad. Pero no hay tal cosa como creación artificial de conocimiento, sin que podamos descartar que así llegue a ser en el futuro. Así lo comparte el filósofo y teólogo Ricardo L. Falla, citando a la filósofa Shannon Vallor: “…la tecnología no comprende el mundo; refleja e interpola patrones preexistentes acumulados en el pasado” (ver ACÁ). Y doy un argumento de fondo, para respaldar mi posición: la única fuente de conocimiento nuevo es la capacidad de preguntar. Y la IA, hasta hoy, no ha desarrollado la capacidad de preguntar, ni ninguna de las capacidades que le son inseparables: la duda, la curiosidad, el asombro, la perspicacia, el pensamiento crítico y disruptivo.

 

Por lo pronto, estamos entonces ante un fenómeno cognitivo de carácter endogámico masivo. Que, como todo proceso endogámico, termina produciendo efectos devastadores en la descendencia. En este caso, en el conocimiento; y, lo que es más grave, en nuestra capacidad de pensar. Ya se empiezan a evidenciar síntomas preocupantes. Estamos dejando de pensar. Justo como las marionetas.

 

Un tímido consuelo empieza a llegarnos de la Unión Europea, con su Ley de Inteligencia Artificial (AI Act), que acaba de iniciar su progresiva entrada en vigor (ver ACÁ). De esa manera, empezamos a ver respuestas adaptativas por parte de todas las tecnológicas, aunque bastante débiles aún, según los primeros análisis de expertos.

 

De esa manera, Anthropic acaba de anunciar que todos los textos procesados por Claude llevarán una marca de agua que los identifique. Pero, aunque es un buen comienzo, tiene una falencia que el mismo Anthropic ya reconoció: así un texto sea producido por una persona, si lo somete, por ejemplo, a revisión ortográfica de Claude, llevará dicha marca de agua. De suerte que continuará vigente la ambigüedad sobre el origen mismo del contenido. Y esto “es de nuevo algo crucial, porque que un texto tenga esa marca indica que ha sido procesado por Claude, no que necesariamente lo ha escrito Claude” (ver ACÁ).

 

También ha empezado a implementarse el estándar técnico C2PA (Coalición para la Procedencia y Autenticidad del Contenido). Este estándar permite dejar huella, mediante la creación de metadata, del ciclo de vida de un documento, imagen, video, audio o cualquier material u objeto digital. Mediante esta metadata, el usuario puede conocer el origen y transformaciones que dicho material ha sufrido desde su creación. Aunque suene ideal, es un estándar que tiene muchos agujeros según los expertos, al igual que la marca  de agua, por lo que una línea roja final clara entre el contenido humano y el artificial seguirá esperando.

 

Mientras tanto, hemos ingresado, quizás sin percibirlo conscientemente, en una nube cognitiva, en la que nada es blanco o negro, auténtico o artificial; todo es gris. Y lo grave al final es que nuestra capacidad de pensar se torne gris igualmente. Mientras tanto, seguiremos viendo grandes masas de marionetas entregándose entusiasmadas en las manos seductoras del ventrílocuo de moda. Y se robarán toda la atención del circo, como Kini y Lalo. Por eso, como lapidariamente afirma el filósofo español Eduardo Infante, en su novela Salvar a Sócrates (ver ACÁ), “en la era de la IA, pensar se ha convertido en un acto de resistencia” (ver ACÁ). ¡Pobre sapiens!

 

Ramiro Restrepo González

Agosto de 2026