RELATO Y REALIDAD
Toda nuestra vida diaria está dominada por relatos,
sin que seamos siempre conscientes de ello. La razón es simple: el ser humano
es un animal simbólico, un concepto acuñado por el filósofo y sociólogo polaco
Ernst Cassirer (ver ACÁ). “Poéticamente
el hombre habita esta tierra”, decía Heidegger, en Hölderlin y la esencia de
la poesía (ver ACÁ). Es
decir, el ser humano necesita construir o adoptar una interpretación de la
realidad, para habitar cómodamente en ella. Y la cruda observación social nos
dice que la enorme mayoría de los seres humanos no elabora, sino que adopta una
interpretación, un relato hecho por otros, en una curiosa transaccionalidad en
la que unos seres humanos declinan el esfuerzo de hacerse cargo de su destino y
otros capitalizan ese vacío, por oportunismo o por imposición, a favor de sus
propios intereses. Es la coyuntura donde nace la manipulación social, como arma
al servicio de intereses de terceros, que resultan ser de todo tipo.
Ya lo decía Orwell en su novela 1984 (ver ACÁ):
“El que controla el
pasado —decía el slogan del Partido—, controla también el futuro. El que
controla el presente, controla el pasado” (p. 44). “¿Y si el pasado y el mundo
exterior sólo existen en nuestra mente y, siendo la mente controlable, también
puede controlarse el pasado y lo que llamamos la realidad?” (p. 94). Hoy lo
vemos en los medios de comunicación a flor de piel y será más omnipresente en
nuestras vidas con la invasión de los enjambres de IA.
Un caso
cotidiano nos sirve de ejemplo: el asesinato de la señora Renne Nicolle Good, en
una operación antiinmigración del ICE (Servicio de Control de Inmigración y
Aduanas) el 7 de enero de 2026, en la ciudad de Minneapolis. En sus causas, fue
un hecho ocasionado por un relato (Make America Great Again) que
atribuye a la inmigración todos los males de la nación: el desempleo, la
pérdida de identidad, la delincuencia, etc. Paradójicamente, en una nación
forjada por inmigrantes y esta vez en cabeza de una víctima que era ciudadana
estadounidense. Según el relato oficial, “como mínimo, esa mujer fue muy muy
irrespetuosa con las fuerzas del orden”, según dijo Trump a los periodistas a
bordo del Air Force One (ver ACÁ). Todo ello, a pesar de que el New York Times, en un
minucioso análisis de los videos del hecho, demuestra todo lo contrario (ver ACÁ). Es, pues, un relato oficial, que se impone por la
fuerza de las armas, al servicio de claros intereses económicos, en el que la
verdad resulta siendo otra víctima más.
Si algo tan
evidente documentalmente es distorsionado por un relato repetido con toda
fuerza desde el poder, imagine usted qué no ocurre con asuntos más complejos
como el cambio climático, la seguridad ciudadana, la minería, la guerra, la
desigualdad social, la confrontación geopolítica entre potencias voraces, la
depredación del medio ambiente y un infinito y más que tóxico etcétera. Más, en
un mundo dominado por las redes sociales, las bodegas de influenciadores mercenarios,
la censura, el ruido, la polarización ideológica, los enjambres de IA… y el
bajo nivel cultural del ciudadano medio. Se aplica, sencillamente y con todo
rigor, el sabio aforismo de nuestros abuelos: “en río revuelto, ganancia de
pescadores” (léase poderosos).
Vemos, así, la
guerra de relatos en torno a temas cruciales de nuestra vida diaria: Venezuela,
Gaza, la inmigración, las elecciones parlamentarias y presidenciales, la agenda
mundial de desarrollo, etc. Y, en medio de todo, poco se plantea la conexión
profunda que guardan el poder (como ejercicio de dominación), la política (como
su gran escenario), la economía (como su objetivo central) y el relato (como su
vehículo y entramado invisible). Todos estos elementos están profundamente interconectados.
Por lo que, como bien lo afirma Orwell, el relato no resulta siendo otra cosa
que un arma social y política de dominación.
Eso
explica por qué, a raíz de los sucesos de Minneapolis, Barbara McQuade,
exfiscal de Estados Unidos y profesora de derecho en la Universidad de
Michigan, concluyera: “Parece que la idea general es controlar la narrativa
e insinuar a la opinión pública que ella estaba equivocada y ellos tenían
razón” (Ver ACÁ).
Lo anterior no
significa que los relatos, un buen relato, no sean algo importante, quizás
indispensable, en el desarrollo de toda sociedad. De hecho, buena parte del
bajo nivel de desarrollo de todos los países de África y Latinoamérica se
explica justamente por la carencia de poderosos relatos de país. Pero una cosa
es un relato de nación, como principio de identidad de cada pueblo, y otra muy
diferente es el uso de relatos en la disputa por el poder político o económico
(en el fondo, cara y sello de la misma moneda) de un determinado grupo, partido
o país. Cosas bien diferentes son un relato como identidad cultural e
inspiración nacional, por un lado, y un relato como arma de dominación política
y económica entre facciones, por otro lado. Es decir, una cosa es un relato
sobre el bien común y que convoque a la cooperación; y otra bien diferente es
un relato sobre intereses particulares y construido para competir y dominar. El
primero inspira, integra y cohesiona; el segundo divide, polariza y confronta. Saturan
ya los relatos sectarios; brilla por su ausencia una épica del bien común (bello
adjetivo, derivado del sustantivo griego ἔπος -epos-
= narrativa, relato).
He
ahí, en la inspiración de relatos colectivos, al servicio del bien común, la
principal tarea y la falencia más protuberante que enfrentan los liderazgos
contemporáneos. Así lo consigna Pawel Zerka, investigador senior del European
Council on Foreign Relations (ECFR), en nota de prensa sobre la actual
coyuntura geopolítica de Europa: “[…] el momento exige una narrativa clara y
coherente. Sin embargo, los líderes europeos no
han sabido proporcionarla” (ver ACÁ.
Subrayas del original).
Infortunadamente, pues, vemos a nuestros líderes actuales más proclives a
imponer relatos sectarios y polarizantes; relatos que, lejos de convocar y
cohesionar las sociedades, las fragmentan, dividen y confrontan.
Ramiro
Restrepo González
Febrero
de 2026

No hay comentarios:
Publicar un comentario