domingo, 22 de febrero de 2026

RELATO Y REALIDAD

 

Toda nuestra vida diaria está dominada por relatos, sin que seamos siempre conscientes de ello. La razón es simple: el ser humano es un animal simbólico, un concepto acuñado por el filósofo y sociólogo polaco Ernst Cassirer (ver ACÁ). “Poéticamente el hombre habita esta tierra”, decía Heidegger, en Hölderlin y la esencia de la poesía (ver ACÁ). Es decir, el ser humano necesita construir o adoptar una interpretación de la realidad, para habitar cómodamente en ella. Y la cruda observación social nos dice que la enorme mayoría de los seres humanos no elabora, sino que adopta una interpretación, un relato hecho por otros, en una curiosa transaccionalidad en la que unos seres humanos declinan el esfuerzo de hacerse cargo de su destino y otros capitalizan ese vacío, por oportunismo o por imposición, a favor de sus propios intereses. Es la coyuntura donde nace la manipulación social, como arma al servicio de intereses de terceros, que resultan ser de todo tipo.

 

Ya lo decía Orwell en su novela 1984 (ver ACÁ): “El que controla el pasado —decía el slogan del Partido—, controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado” (p. 44). “¿Y si el pasado y el mundo exterior sólo existen en nuestra mente y, siendo la mente controlable, también puede controlarse el pasado y lo que llamamos la realidad?” (p. 94). Hoy lo vemos en los medios de comunicación a flor de piel y será más omnipresente en nuestras vidas con la invasión de los enjambres de IA.

 

Un caso cotidiano nos sirve de ejemplo: el asesinato de la señora Renne Nicolle Good, en una operación antiinmigración del ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas) el 7 de enero de 2026, en la ciudad de Minneapolis. En sus causas, fue un hecho ocasionado por un relato (Make America Great Again) que atribuye a la inmigración todos los males de la nación: el desempleo, la pérdida de identidad, la delincuencia, etc. Paradójicamente, en una nación forjada por inmigrantes y esta vez en cabeza de una víctima que era ciudadana estadounidense. Según el relato oficial, “como mínimo, esa mujer fue muy muy irrespetuosa con las fuerzas del orden”, según dijo Trump a los periodistas a bordo del Air Force One (ver ACÁ). Todo ello, a pesar de que el New York Times, en un minucioso análisis de los videos del hecho, demuestra todo lo contrario (ver ACÁ). Es, pues, un relato oficial, que se impone por la fuerza de las armas, al servicio de claros intereses económicos, en el que la verdad resulta siendo otra víctima más.

 

Si algo tan evidente documentalmente es distorsionado por un relato repetido con toda fuerza desde el poder, imagine usted qué no ocurre con asuntos más complejos como el cambio climático, la seguridad ciudadana, la minería, la guerra, la desigualdad social, la confrontación geopolítica entre potencias voraces, la depredación del medio ambiente y un infinito y más que tóxico etcétera. Más, en un mundo dominado por las redes sociales, las bodegas de influenciadores mercenarios, la censura, el ruido, la polarización ideológica, los enjambres de IA… y el bajo nivel cultural del ciudadano medio. Se aplica, sencillamente y con todo rigor, el sabio aforismo de nuestros abuelos: “en río revuelto, ganancia de pescadores” (léase poderosos).

 

Vemos, así, la guerra de relatos en torno a temas cruciales de nuestra vida diaria: Venezuela, Gaza, la inmigración, las elecciones parlamentarias y presidenciales, la agenda mundial de desarrollo, etc. Y, en medio de todo, poco se plantea la conexión profunda que guardan el poder (como ejercicio de dominación), la política (como su gran escenario), la economía (como su objetivo central) y el relato (como su vehículo y entramado invisible). Todos estos elementos están profundamente interconectados. Por lo que, como bien lo afirma Orwell, el relato no resulta siendo otra cosa que un arma social y política de dominación.

 

Eso explica por qué, a raíz de los sucesos de Minneapolis, Barbara McQuade, exfiscal de Estados Unidos y profesora de derecho en la Universidad de Michigan, concluyera: “Parece que la idea general es controlar la narrativa e insinuar a la opinión pública que ella estaba equivocada y ellos tenían razón” (Ver ACÁ).

 

Lo anterior no significa que los relatos, un buen relato, no sean algo importante, quizás indispensable, en el desarrollo de toda sociedad. De hecho, buena parte del bajo nivel de desarrollo de todos los países de África y Latinoamérica se explica justamente por la carencia de poderosos relatos de país. Pero una cosa es un relato de nación, como principio de identidad de cada pueblo, y otra muy diferente es el uso de relatos en la disputa por el poder político o económico (en el fondo, cara y sello de la misma moneda) de un determinado grupo, partido o país. Cosas bien diferentes son un relato como identidad cultural e inspiración nacional, por un lado, y un relato como arma de dominación política y económica entre facciones, por otro lado. Es decir, una cosa es un relato sobre el bien común y que convoque a la cooperación; y otra bien diferente es un relato sobre intereses particulares y construido para competir y dominar. El primero inspira, integra y cohesiona; el segundo divide, polariza y confronta. Saturan ya los relatos sectarios; brilla por su ausencia una épica del bien común (bello adjetivo, derivado del sustantivo griego πος -epos- = narrativa, relato).

 

He ahí, en la inspiración de relatos colectivos, al servicio del bien común, la principal tarea y la falencia más protuberante que enfrentan los liderazgos contemporáneos. Así lo consigna Pawel Zerka, investigador senior del European Council on Foreign Relations (ECFR), en nota de prensa sobre la actual coyuntura geopolítica de Europa: “[…] el momento exige una narrativa clara y coherente. Sin embargo, los líderes europeos no han sabido proporcionarla” (ver ACÁ. Subrayas del original). Infortunadamente, pues, vemos a nuestros líderes actuales más proclives a imponer relatos sectarios y polarizantes; relatos que, lejos de convocar y cohesionar las sociedades, las fragmentan, dividen y confrontan.

 

Ramiro Restrepo González

Febrero de 2026

No hay comentarios: