domingo, 22 de febrero de 2026

NO MÁS REPRESAS

 

En junio de 2018, publiqué una nota titulada ¿Más Hidroituangos? (ver en este mismo blog), a raíz de la grave contingencia constructiva que vivió dicho megaproyecto en abril de ese año. Invito a leerla o releerla. Hoy está en el centro del debate otra presa (represa, si lo prefiere); en este caso, Urrá, por las gravísimas inundaciones que han tenido lugar en su área de influencia. Un desastre multicausal, pero que tiene actores principales conocidos. Piense, por un momento, qué sensaciones tendría si todas sus arterias son pinzadas de trecho en trecho, a lo largo de todo su cuerpo. Ni más ni menos, es lo que hemos hecho con nuestros sistemas fluviales en el mundo.

 

Vienen a mi memoria, de manera inevitable, la cultura y la forma de habitar el territorio de la etnia zenú, que pobló todo lo que hoy conocemos como la depresión Momposina, territorio de Urrá precisamente, en la convergencia de los ríos Magdalena, Cauca, San Jorge y Cesar (y la cuenca asociada del río Sinú), parte de la cual es la subregión conocida como La Mojana, en el norte colombiano. Esta zona, por sus características hidrológicas y geográficas, es altamente cambiante, entre paisajes de ciénaga y paisajes de sabana, que se alternan de manera dinámica a lo largo del año. Lo sorprendente de esta cultura precolombina es que “…pudo controlar el ritmo de inundaciones y sequías al que se ve sometida esta geografía, y demostró con ello que no solo es posible habitar la Depresión Momposina, sino que este también parece ser un territorio capaz de sostener, en armónico equilibrio, una cultura estable sin mayor disturbio”, según constata un grupo de investigadores de la Universidad de Antioquia, liderado por César Olmos-Severiche (ver ACÁ). Nada de lo cual resulta posible hoy, vergonzosamente, ante la mirada impotente de los mismos zenúes, que siguen siendo la segunda etnia indígena más numerosa del país, pero sometida y atropellada por lo que hemos convenido en denominar progreso.

 

La gran paradoja de eso que seguimos llamando progreso es que la inmensa red de miles de kilómetros de canales, artesanalmente construidos por los zenúes, superaron largamente en eficiencia y eficacia la sofisticada ingeniería de la represa Urrá y la compleja legislación que regula su operación, dentro del aún más complejo sistema eléctrico colombiano. La respuesta, sorprendentemente, es bien simple para mí: quizás solo ha sido que la soberbia occidental se ha revestido de ciencia y tecnología, pero ha olvidado lo más elemental: entender las lógicas de la vida y de la naturaleza, en lo que los zenúes, por su inteligencia y humildad, resultaron superiores, al habitar ese mismo territorio, sumido hoy en un caos de inundaciones y pérdidas.

 

La población de hoy no es comparable con la de los zenúes y, por lo tanto, no lo son las demandas energéticas, por supuesto. Por eso, construir presas ha sido, sin duda, la opción más económica y eficiente para responder a una creciente demanda energética, dentro de lo que el estado de la ciencia y la tecnología nos han podido ofrecer hasta ahora, con sus riesgos y costos socioambientales asociados, que no resultan menores. En ese sentido, Urrá, Hidroituango y otras, es decir, las casi 40 centrales hidroeléctricas grandes que se han construido en el país, han sido opciones necesarias. Satanizarlas es algo que me parece históricamente injusto. Pero… ¿siguen siendo necesarias hoy, incluso viables, cuando el panorama tecnocientífico ha cambiado radicalmente? Más aún: ¿cuándo los costos socioambientales de tales proyectos empiezan a ser prohibitivos e inmanejables? Basta observar el inventario de desastres ocasionados por “accidentes” de presas a lo largo del mundo y de los años. Y, de otro lado, ¿siguen siendo necesarias y viables, cuando las variables ambientales han cambiado igualmente de manera tan dramática? Tengamos en cuenta que febrero, en todo el registro histórico de la región, ha sido un mes seco, con promedios de pluviosidad de 121,49 m3/s; pero este febrero comenzó con registros de 1537 m3/s; es decir, ya no estamos hablando de un incremento en la pluviosidad; estamos ante una nueva realidad: un punto de inflexión, irreversible por demás, en las dinámicas hidrológicas, consecuencia del cambio climático. Y esta realidad, puntos de inflexión, sí no la afrontaron nuestros queridos antepasados zenúes. De suerte que estamos ante nuevas realidades ambientales y tecnológicas, que nos obligan, pero a su vez nos permiten, repensar nuestro modelo energético.

 

El señor Juan Acevedo, presidente de la hidroeléctrica Urrá, respondía, con sinceridad que le reconozco, a una entrevista de la emisora La W (escuchar ACÁ), horas antes de verse obligado a renunciar a su cargo: “nosotros hemos tenido un manejo responsable del embalse”, dijo, y se desgranó con propiedad en el marco técnicojurídico que lo respalda. Yo quiero creerle al señor Acevedo, aún a pesar de los informes de la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales que dicen lo contrario. Pero eso es accesorio, en mi opinión. También sabemos que, en los inicios de la industria aeronáutica, los pilotos lograban aterrizar visualmente sus avioncitos con aceptable grado de aproximación; y que hoy, con toda la aviónica disponible a bordo para controlar el vuelo, sus descendientes se estrellan con impresionante exactitud. Estamos ante realidades que nos sobrepasan sencillamente; tecnológicas, en el caso de los pilotos; ambientales, en el caso de las represas. Las soluciones tecnológicas que adoptamos en el pasado, en este caso las hidroeléctricas, están quedando inferiores a esas nuevas realidades, es decir, están quedando en el pasado. Por eso mi invitación: NO MÁS PRESAS. La hice hace ya 8 años y la reitero hoy, con renovados argumentos.

 

¿Qué necesitamos? UNA TRANSICIÓN INTELIGENTE. Justo como la que se hizo del carbón hacia la generación hidroeléctrica. Es decir, ojalá no se construyan más presas; ni en el país, ni en el planeta. Por el contrario: ojalá empiecen a demolerse, y empecemos a apostar decididamente por nuevas alternativas. Así está sucediendo ya en el mundo. No soy ingeniero ni experto en asuntos energéticos, para afirmarlo; pero soy un observador crítico y documentado. Por eso, ofrezco datos… y reflexión crítica:

 

Desmantelamiento de presas en el mundo:

 

Los datos ya se acumulan abrumadoramente. Veamos algunos pocos:

 

“Un informe recién publicado contabiliza al menos 239 presas eliminadas en 17 países europeos en 2021” (ver ACÁ), marcando un récord histórico, así como una tendencia creciente. Y el mismo informe ofrece una razón bien poderosa para hacerlo: “Una disminución del 93% de los peces migratorios de agua dulce en Europa (Índice Planeta Vivo) requiere medidas urgentes y la eliminación de estos obstáculos no solo es necesaria para la vida silvestre, sino también para un futuro más saludable de nuestras sociedades”.

 

Según American Rivers (ver ACÁ), entre 1912 y 2024 (112 años), se han removido 2240 presas en los Estados Unidos (un promedio de 20 por año).

 

Y un dato final, global: “Durante el último medio siglo (1950-2016), se han eliminado progresivamente 3869 presas (incluidas presas de fecha de desmantelamiento desconocida) en ríos o arroyos en todo el mundo” (ver ACÁ). Esto refleja un promedio de 58 presas/año.

 

En conclusión: hoy se desmantelan, en el mundo, un promedio de 58 presas por año y se construyen menos de 50. Por eso bien señala un artículo de Jacques Leslie: “Se acerca el fin de la era de las grandes represas”. Y complementa: “No habrá otra 'revolución de las presas' que iguale la escala de la construcción de presas de alta intensidad experimentada a principios y mediados del siglo XX”. Ver ACÁ. Y las razones abundan: los altos costos, los riesgos socioambientales asociados, la creciente oposición pública, el auge de las energías alternativas, entre las principales. Pero hay una razón más poderosa. Veamos.

 

Transición energética en el mundo:

 

Un reciente libro de James Arbib y Tony Seba, titulado Stellar (marzo de 2025, ver ACÁ), nos aporta la ESTOCADA FINAL para las grandes presas: en los últimos 10 años, el costo de la energía solar ha caído un 80 %, el de la eólica un 55 % y el de las baterías un 90 % (P. 75); y, en los próximos 10 años decrecerán: un 70 % adicional la solar, un 50 % la eólica y un 80 % las baterías, según sus proyecciones (P. 76). Nada qué hacer. Las grandes presas quedarán como monumentos faraónicos y prehistóricos, que inevitablemente entrarán en un costoso proceso de marchitamiento final y la transición energética se impondrá rápidamente por la simple fuerza bruta del mercado.

 

A modo de reflexión final:

 

Estamos en un punto de INFLEXIÓN HISTÓRICA y, en buena medida, aún no lo hemos comprendido. En momentos así, solo la imaginación sobrevive. Todo lo demás quedará sepultado. Hemos entrado en una nueva era civilizatoria, en la que las nuevas tecnologías y, sobre todo, UN NUEVO TIPO DE PENSAMIENTO (una nueva forma de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza) definirán nuestro futuro. En esta perspectiva, el legado de nuestros pueblos ancestrales, incluido el legado del ingenioso pueblo zenú, tendrán un importante mensaje qué darnos.

 

Ramiro Restrepo González

Febrero de 2026


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