PENSAR EL DESPUÉS DE LA TORMENTA…
Sin duda alguna, 2026 se perfila como un año tormentoso:
Cambio climático, con una estela de desastres ya fuera de control y
sin voluntad política aparente para enfrentarlo.
Inteligencia artificial, con agobiantes dilemas éticos e importantes
impactos socioeconómicos, aún no resueltos ni controlables.
Sustitución del sistema multilateral, en un orden
mundial basado en reglas, por un transaccionalismo monopólico, ventajoso, imprevisible
y agresivo.
Y un concierto de guerras in crescendo alrededor del mundo:
Ucrania, Gaza, Yemen, Sudán, Congo, Myanmar, el Sahel, para solo mencionar las
más relevantes.
Ya, solos, estos
cuatro escenarios son algo así como los cuatro jinetes del apocalipsis de Juan.
Y ahora viene a sobreagregarse la reciente invasión militar de los EE. UU. a
Venezuela, en una operación que forma parte de una intervención mayor en
toda la región. Así lo declara formalmente la reciente National Security
Strategy (ver ACÁ):
“Estados Unidos debe tener preeminencia en el
hemisferio occidental como condición para nuestra seguridad y prosperidad,
una condición que nos permita afirmarnos con confianza donde y cuando sea necesario
en la región” (p. 17, subrayado nuestro). Es la esencia de lo que el mismo
texto denomina el “Corolario Trump” (p. 15), algo así como un anexo a la
anacrónica doctrina Monroe.
He ahí lo complejo de la
situación sobreviniente: una dictadura abominable, la del maduro-chavismo, que
aún no termina; y una potencia que la usa como pretexto para invadir un país
soberano, pasando por encima del derecho internacional, de organismos
multilaterales como el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y la OEA, de
tratados vinculantes… Todo con el fin de imponer sus objetivos de dominación.
Inaceptable situación por donde se la mire: ni dictaduras (paradójicamente en
aumento en el mundo) ni invasiones imperiales;
ninguna de ellas resulta ya admisible. Todo el andamiaje civilizatorio,
construido con esfuerzo y conquistado con sangre en dos guerras mundiales, ha
quedado, de repente, hecho añicos.
Y todo viene a ocurrir
justo en un año en el que se jugará, en las urnas, el futuro político próximo
de varios países de la región: empezando por los EE. UU., con sus legislativas
de noviembre; y siguiendo con las presidenciales de Brasil, Perú y Colombia.
Como he dicho, desde el
primer párrafo, 2026 es ya un año suficientemente tormentoso. Frente a
realidades tan crudas y obligantes, desde este modesto Blog, hacemos un
llamado a la reflexión serena, despolarizada y con visión de futuro. Sobre
todo, un llamado a que, desde un plano de consciencia elevado, alcancemos a ver más allá de la tormenta y
trabajemos, con redoblado esfuerzo, por construir ese futuro diferente que
todos nos merecemos: en paz, equidad y armonía (entre nosotros y con la
naturaleza).
La dirigencia, pública y privada, de nuestras
sociedades está al frente de retos decisivos. No es hora de movilizar
ejércitos, sino liderazgos. Liderazgos que eleven la consciencia y sean capaces
de ver más allá de la tormenta: humildes y perspicaces, para examinar sus
causas; con suficiente valor, para colocar el bien común por encima de
mezquinos intereses políticos, económicos u organizacionales; inspiradores de
una nueva manera de relacionarnos entre todos y de todos con la naturaleza; con
autoridad moral, para inspirar una dimensión trascendente de la vida de las
personas y de la convivencia de los pueblos.
Líderes, en fin, que nos
ayuden a mantener viva la esperanza cierta de que, después de ese cuarto
movimiento de Relámpagos y tormenta, vendrá ese sorpresivo quinto
movimiento de Alegría y sentimientos de agradecimiento después de la
tormenta, con los que el inolvidable Beethoven nos iluminó en su sexta
sinfonía, La Pastoral.
Ramiro Restrepo González
Enero de 2026
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