miércoles, 14 de enero de 2026

PENSAR EL DESPUÉS DE LA TORMENTA…

 

Sin duda alguna, 2026 se perfila como un año tormentoso:

Cambio climático, con una estela de desastres ya fuera de control y sin voluntad política aparente para enfrentarlo.

Inteligencia artificial, con agobiantes dilemas éticos e importantes impactos socioeconómicos, aún no resueltos ni controlables.

Sustitución del sistema multilateral, en un orden mundial basado en reglas, por un transaccionalismo monopólico, ventajoso, imprevisible y agresivo.

Y un concierto de guerras in crescendo alrededor del mundo: Ucrania, Gaza, Yemen, Sudán, Congo, Myanmar, el Sahel, para solo mencionar las más relevantes.

 
Ya, solos, estos cuatro escenarios son algo así como los cuatro jinetes del apocalipsis de Juan. Y ahora viene a sobreagregarse la reciente invasión militar de los EE. UU. a Venezuela, en una operación que forma parte de una intervención mayor en toda la región. Así lo declara formalmente la reciente National Security Strategy (ver ACÁ): “Estados Unidos debe tener preeminencia en el hemisferio occidental como condición para nuestra seguridad y prosperidad, una condición que nos permita afirmarnos con confianza donde y cuando sea necesario en la región” (p. 17, subrayado nuestro). Es la esencia de lo que el mismo texto denomina el “Corolario Trump” (p. 15), algo así como un anexo a la anacrónica doctrina Monroe.

He ahí lo complejo de la situación sobreviniente: una dictadura abominable, la del maduro-chavismo, que aún no termina; y una potencia que la usa como pretexto para invadir un país soberano, pasando por encima del derecho internacional, de organismos multilaterales como el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y la OEA, de tratados vinculantes… Todo con el fin de imponer sus objetivos de dominación. Inaceptable situación por donde se la mire: ni dictaduras (paradójicamente en aumento en el mundo) ni invasiones imperiales; ninguna de ellas resulta ya admisible. Todo el andamiaje civilizatorio, construido con esfuerzo y conquistado con sangre en dos guerras mundiales, ha quedado, de repente, hecho añicos.

Y todo viene a ocurrir justo en un año en el que se jugará, en las urnas, el futuro político próximo de varios países de la región: empezando por los EE. UU., con sus legislativas de noviembre; y siguiendo con las presidenciales de Brasil, Perú y Colombia.

Como he dicho, desde el primer párrafo, 2026 es ya un año suficientemente tormentoso. Frente a realidades tan crudas y obligantes, desde este modesto Blog, hacemos un llamado a la reflexión serena, despolarizada y con visión de futuro. Sobre todo, un llamado a que, desde un plano de consciencia elevado, alcancemos a ver más allá de la tormenta y trabajemos, con redoblado esfuerzo, por construir ese futuro diferente que todos nos merecemos: en paz, equidad y armonía (entre nosotros y con la naturaleza).

La dirigencia, pública y privada, de nuestras sociedades está al frente de retos decisivos. No es hora de movilizar ejércitos, sino liderazgos. Liderazgos que eleven la consciencia y sean capaces de ver más allá de la tormenta: humildes y perspicaces, para examinar sus causas; con suficiente valor, para colocar el bien común por encima de mezquinos intereses políticos, económicos u organizacionales; inspiradores de una nueva manera de relacionarnos entre todos y de todos con la naturaleza; con autoridad moral, para inspirar una dimensión trascendente de la vida de las personas y de la convivencia de los pueblos.

Líderes, en fin, que nos ayuden a mantener viva la esperanza cierta de que, después de ese cuarto movimiento de Relámpagos y tormenta, vendrá ese sorpresivo quinto movimiento de Alegría y sentimientos de agradecimiento después de la tormenta, con los que el inolvidable Beethoven nos iluminó en su sexta sinfonía, La Pastoral.

Ramiro Restrepo González
Enero de 2026

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