viernes, 6 de noviembre de 2026

SEAMOS WOKE SIN MIEDO…

 

Mi anterior nota en este blog (¿ERES WOKE?, octubre 22 de 2026) ofrece algunos alcances del concepto anglosajón woke (del verbo wake = despertar). Esta segunda nota profundiza en él y en su relación con la libertad humana y con el panorama político contemporáneo.

 

“Despertarse es la espiritualidad, porque sólo despiertos podemos entrar en la verdad y descubrir qué lazos nos impiden la libertad. Esto es la iluminación”, escribe sabiamente Anthony de Mello en su opúsculo La iluminación es la espiritualidad (ver ACÁ, p. 5).

 

Despertar es ese momento maravilloso del emerger de la consciencia a la autoconsciencia, cuando la evolución llega al sapiens: ese momento en el que la consciencia alcanza un punto evolutivo crítico que le permite al ser humano volver la mirada sobre sí mismo (reflexión). Es entonces cuando ocurre el darse cuenta esencial de la condición humana, de ese Dasein (ser-ahí) heideggeriano que hemos llegado a ser. Una consciencia despierta (autoconsciencia) es la que nos permite hacernos cargo de nuestro devenir, situándonos por encima de los imperativos del instinto, la supervivencia y el entorno.

 

Nace así la libertad, como hija primogénita de la autoconsciencia. Y este fenómeno existencial tiene al menos tres consecuencias primigenias:

§  Poder mirarnos a nosotros mismos, re-conocernos, encarar nuestros miedos e incubar nuestros sueños; emprender nuestro viaje interior y asumir deliberada y apasionadamente nuestro ser-ahí y nuestro devenir.

§  Poder mirar a nuestro entorno: a los otros, a la naturaleza, a nuestros hermanos menores en la deriva evolutiva, al cosmos… Y hacerlo con una nueva y penetrante mirada, para descubrirnos como parte de un magnificente entramado de relaciones.

§  Finalmente, conectarnos con la deriva evolutiva de la que somos hijos y descubrir que todo obedece a una fuerza trascendente, que moviliza los tejidos del universo/cosmos —totalidad/belleza—. Es entonces cuando terminamos descubriendo el sentido de nuestra existencia. Es la iluminación, como dice De Mello.

 

Por supuesto que la libertad también nos permite muchísimas otras opciones, todas derivadas de las tres anteriores. Un par de ejemplos: a) sospecho que ser el primer bípedo en caminar erguido obedeció más a un grito de libertad que a un pequeño salto evolutivo, al que todavía no logramos adaptarnos bien; b) y la opción más paradójica de todas: la libertad nos permite renunciar a ella, sin exigirnos explicaciones. Quizás, por ello, haya sido la opción predilecta de las mayorías hasta hoy. Es decir, la libertad misma es una elección libre.

 

Lo primero con lo que nos confronta la libertad, a partir de ese inmenso abanico de opciones que nos abre, es la incertidumbre. En la superficie de nuestras rutinas, incertidumbre frente a los desafíos de la supervivencia, del futuro, de un entorno que percibimos caótico y hostil; y, un poco menos superficialmente, frente a la muerte. En lo profundo de nosotros mismos, la incertidumbre vive agazapada en forma de preguntas más fundamentales: ¿qué somos?, ¿para qué existimos?, ¿qué sentido tiene nuestra vida? Bien concluía Ortega y Gasset en Unas lecciones de metafísica: “[…] por lo visto, la situación del hombre, la vida, es desorientación, es estar perdido” (ver ACÁ, p. 6). Es el origen de lo que Kierkegaard denominó la angustia existencial, como ethos primigenio del ser humano.

 

Y es en este punto donde se abre la caja de oro que Zeus le obsequió a Pandora, después de ser creada por Hefestos, a pedido de su padre Zeus, para vengarse de los hombres por haberles robado el fuego a los dioses a manos Prometeo. Cuando Pandora cedió a la tentación de abrir la caja, contra la prohibición de Zeus, salieron de ella “todas las desgracias que arruinan la vida de los seres humanos: la fealdad y la mentira, la tristeza y la angustia, el odio furibundo, el trabajo inútil que agota y no sirve de nada, la peste que mata a hombres y bestias…”. Y se propagaron por toda la tierra, en lo que fue la venganza de los dioses.

 

Rememorar mínimamente el mito griego hace sentido, en la medida en que conecta perfectamente con el hilo de este escrito. La incertidumbre, esa nuestra Caja de Pandora, despierta en nosotros todas las fuentes de desgracia, especialmente el miedo a lo desconocido y el odio a lo diferente. Pero bien sabemos que el miedo paraliza y el odio aísla. Termina así el ser humano enconchándose en el statu quo y en la soledad de su aislamiento; y reduciendo sus relaciones con el entorno, con los demás, a la obsesiva búsqueda de seguridad (statu quo) y discriminación (soledad). La seguridad y la discriminación resultan siendo así las hijas primogénitas de la incertidumbre. Y es así como el ser humano termina sacrificando su libertad, como sacrificio ritual a los dioses, en procura de apaciguar su ira o de redimir su falta. Pero, como sabiamente anotaba Benjamin Franklin, “quienes renuncian a una libertad esencial para obtener un poco de seguridad temporal, no merecen ni libertad ni seguridad” (ver ACÁ).

 

La seguridad es hija de nuestro miedo primigenio a navegar en la incertidumbre. Por eso hay que dejar claro que la seguridad es de los cobardes y la libertad será siempre de los valientes. La libertad es una aventura, una odisea, individual y colectiva. La seguridad es la renuncia al viaje, por temor a las tormentas. La libertad será siempre la promesa de todas las conquistas posibles, una poderosa visión de futuro. La seguridad será siempre la materialización de todas las renuncias, una sombría invitación al negacionismo. Así, seguridad y libertad se levantan como el dilema existencial fundamental del ser humano y de las sociedades.

 

Freud fue lúcido en su análisis de este dilema, especialmente en su cruce de cartas con Einstein (ver ACÁ) y, más a fondo, en su texto El malestar en la cultura (ver ACÁ). Bauman lo resume bien en su texto Estado de crisis: para Freud, “la ‘civilización’ (sinónimo de orden creado y gestionado por el hombre) es un equilibrio entre seguridad y libertad; no una cooperación entre ambos conceptos, sino un juego de suma cero en el que lo se gana en uno de ellos se pierde en el otro” (ver ACÁ, p. 86, paréntesis nuestros). Y, como bien anota Freud en su carta de respuesta a Einstein, ambas —libertad y seguridad— son necesarias en el proceso de la vida, por lo que un sano equilibrio parecería la ruta acertada: libertad responsable y seguridad moderada.

 

En lo que discrepo de muchas lecturas que se hacen de Freud es en que este, aparentemente, les daría un tratamiento de igualdad a ambos conceptos. Pienso que las lógicas de la evolución nos invitan a pensar lo contrario. En el supuesto de que libertad y seguridad fueran iguales, la evolución se detendría, cuando la evidencia científica nos ha demostrado que avanza, incluso con intencionalidad, según la Ley de Complejidad-Consciencia de Teilhard de Chardin (ver El fenómeno humano). Por lo que, para mí, la seguridad siempre deberá estar subordinada y al servicio de la libertad y de eso trata precisamente el concepto de seguridad humana, bien diferente de los conceptos de seguridad nacional, pública y ciudadana, tan de moda hoy en los movimientos antiwoke.

 

Para concluir, digamos entonces que la libertad nace del impulso innato de expansión de la consciencia, mientras que la seguridad nace del instinto, también innato y legítimo, de conservación y supervivencia. Así, la libertad, responsablemente ejercida, será siempre la mejor conquista de nuestros sueños. Y la seguridad, obsesivamente buscada, será siempre la peor expresión de nuestros miedos.

 

Lo que ocurre hoy en el mundo, cuando presenciamos un giro notorio hacia regímenes autocráticos, mal denominados de ultraderecha, es un uso abusivo del poder, para imponer modelos de seguridad y orden obsesivos, lejanos del concepto de seguridad humana, y a costa de la libertad y sus mejores conquistas ciudadanas, cuando no a costa de graves y masivas violaciones de derechos humanos. Por supuesto que esto no es una invitación a girar hacia regímenes libertarios (en su sentido más antiguo de ácratas), mal denominados de extrema izquierda, pues su prédica de la libertad sin límites ha demostrado sumir a las sociedades en el caos.

 

Pero sí es una invitación a recuperar los equilibrios y la sensatez perdidos, frente a esta corriente autocrática y retrógrada; una invitación a  que ¡seamos woke sin miedo! Como ya lo sentencia el aforismo gringo de moda: “¡Make America Woke Again!”. No olvidemos que, en el fondo de la caja de Pandora, y sin que nadie lo advirtiera, Hefestos depositó también LA ESPERANZA.

 

RAMIRO RESTREPO GONZÁLEZ

Octubre de 2026

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