SEAMOS WOKE SIN MIEDO…
Mi anterior
nota en este blog (¿ERES WOKE?, octubre 22 de 2026) ofrece algunos
alcances del concepto anglosajón woke (del verbo wake = despertar).
Esta segunda nota profundiza en él y en su relación con la libertad humana y
con el panorama político contemporáneo.
“Despertarse es la espiritualidad, porque sólo despiertos
podemos entrar en la verdad y descubrir qué lazos nos impiden la libertad. Esto
es la iluminación”, escribe sabiamente Anthony de Mello en su opúsculo La iluminación
es la espiritualidad (ver ACÁ,
p. 5).
Despertar es ese momento maravilloso del emerger de la
consciencia a la autoconsciencia, cuando la evolución llega al sapiens:
ese momento en el que la consciencia alcanza un punto evolutivo crítico que le
permite al ser humano volver la mirada sobre sí mismo (reflexión). Es entonces
cuando ocurre el darse cuenta esencial de la condición humana, de ese Dasein
(ser-ahí) heideggeriano que hemos llegado a ser. Una consciencia despierta
(autoconsciencia) es la que nos permite hacernos cargo de nuestro devenir,
situándonos por encima de los imperativos del instinto, la supervivencia y el
entorno.
Nace así la libertad, como hija primogénita de la
autoconsciencia. Y este fenómeno existencial tiene al menos tres consecuencias
primigenias:
§
Poder mirarnos a nosotros mismos,
re-conocernos, encarar nuestros miedos e incubar nuestros sueños; emprender nuestro
viaje interior y asumir deliberada y apasionadamente nuestro ser-ahí y nuestro devenir.
§
Poder mirar a nuestro entorno: a los
otros, a la naturaleza, a nuestros hermanos menores en la deriva evolutiva, al
cosmos… Y hacerlo con una nueva y penetrante mirada, para descubrirnos como
parte de un magnificente entramado de relaciones.
§
Finalmente, conectarnos con la deriva
evolutiva de la que somos hijos y descubrir que todo obedece a una fuerza
trascendente, que moviliza los tejidos del universo/cosmos —totalidad/belleza—. Es
entonces cuando terminamos descubriendo el sentido de nuestra existencia. Es la
iluminación, como dice De Mello.
Por supuesto que la libertad también nos permite muchísimas
otras opciones, todas derivadas de las tres anteriores. Un par de ejemplos: a)
sospecho que ser el primer bípedo en caminar erguido obedeció más a un grito de
libertad que a un pequeño salto evolutivo, al que todavía no logramos adaptarnos
bien; b) y la opción más paradójica de todas: la libertad nos permite renunciar
a ella, sin exigirnos explicaciones. Quizás, por ello, haya sido la opción
predilecta de las mayorías hasta hoy. Es decir, la libertad misma es una
elección libre.
Lo primero con lo que nos confronta la libertad, a partir de
ese inmenso abanico de opciones que nos abre, es la incertidumbre. En la
superficie de nuestras rutinas, incertidumbre frente a los desafíos de la
supervivencia, del futuro, de un entorno que percibimos caótico y hostil; y, un
poco menos superficialmente, frente a la muerte. En lo profundo de nosotros
mismos, la incertidumbre vive agazapada en forma de preguntas más fundamentales:
¿qué somos?, ¿para qué existimos?, ¿qué sentido tiene nuestra vida? Bien concluía
Ortega y Gasset en Unas lecciones de metafísica: “[…] por lo visto, la situación del hombre, la
vida, es desorientación, es estar perdido” (ver ACÁ, p. 6). Es el origen de
lo que Kierkegaard denominó la angustia existencial, como ethos
primigenio del ser humano.
Y es en este punto donde se abre la caja de oro que Zeus le
obsequió a Pandora, después de ser creada por Hefestos, a pedido de su padre Zeus,
para vengarse de los hombres por haberles robado el fuego a los dioses a manos
Prometeo. Cuando Pandora cedió a la tentación de abrir la caja, contra la
prohibición de Zeus, salieron de ella “todas las desgracias que arruinan la
vida de los seres humanos: la fealdad y la mentira, la tristeza y la angustia,
el odio furibundo, el trabajo inútil que agota y no sirve de nada, la peste que
mata a hombres y bestias…”. Y se propagaron por toda la tierra, en lo que fue
la venganza de los dioses.
Rememorar mínimamente el mito griego hace sentido, en la
medida en que conecta perfectamente con el hilo de este escrito. La
incertidumbre, esa nuestra Caja de Pandora, despierta en nosotros todas las
fuentes de desgracia, especialmente el miedo a lo desconocido y el odio a lo
diferente. Pero bien sabemos que el miedo paraliza y el odio aísla. Termina así
el ser humano enconchándose en el statu quo y en la soledad de su
aislamiento; y reduciendo sus relaciones con el entorno, con los demás, a la obsesiva
búsqueda de seguridad (statu quo) y discriminación (soledad). La
seguridad y la discriminación resultan siendo así las hijas primogénitas de la
incertidumbre. Y es así como el ser humano termina sacrificando su libertad,
como sacrificio ritual a los dioses, en procura de apaciguar su ira o de
redimir su falta. Pero, como sabiamente anotaba Benjamin Franklin, “quienes renuncian a una
libertad esencial para obtener un poco de seguridad temporal, no merecen ni
libertad ni seguridad” (ver ACÁ).
La seguridad es hija de nuestro miedo primigenio a navegar
en la incertidumbre. Por eso hay que dejar claro que la seguridad es de los
cobardes y la libertad será siempre de los valientes. La libertad es una
aventura, una odisea, individual y colectiva. La seguridad es la renuncia al
viaje, por temor a las tormentas. La libertad será siempre la promesa de todas
las conquistas posibles, una poderosa visión de futuro. La seguridad será
siempre la materialización de todas las renuncias, una sombría invitación al
negacionismo. Así, seguridad y libertad se levantan como el dilema existencial
fundamental del ser humano y de las sociedades.
Freud fue lúcido en su análisis de este dilema, especialmente
en su cruce de cartas con Einstein (ver ACÁ) y, más a fondo, en su texto El malestar en la
cultura (ver ACÁ).
Bauman lo resume bien en su texto Estado de crisis: para Freud,
“la ‘civilización’ (sinónimo de orden creado y gestionado por el hombre) es un
equilibrio entre seguridad y libertad; no una cooperación entre ambos
conceptos, sino un juego de suma cero en el que lo se gana en uno de ellos se
pierde en el otro” (ver ACÁ,
p. 86, paréntesis nuestros). Y, como bien anota Freud
en su carta de respuesta a Einstein, ambas —libertad y seguridad— son necesarias en el proceso de la vida, por lo
que un sano equilibrio parecería la ruta acertada: libertad responsable y
seguridad moderada.
En lo que discrepo de
muchas lecturas que se hacen de Freud es en que este, aparentemente, les daría
un tratamiento de igualdad a ambos conceptos. Pienso que las lógicas de la
evolución nos invitan a pensar lo contrario. En el supuesto de que libertad y
seguridad fueran iguales, la evolución se detendría, cuando la evidencia
científica nos ha demostrado que avanza, incluso con intencionalidad, según la
Ley de Complejidad-Consciencia de Teilhard de Chardin (ver El fenómeno
humano). Por lo que, para mí, la seguridad siempre deberá estar subordinada
y al servicio de la libertad y de eso trata precisamente el concepto de
seguridad humana, bien diferente de los conceptos de seguridad nacional,
pública y ciudadana, tan de moda hoy en los movimientos antiwoke.
Para concluir, digamos
entonces que la libertad nace del impulso innato de expansión de la
consciencia, mientras que la seguridad nace del instinto, también innato y
legítimo, de conservación y supervivencia. Así, la libertad, responsablemente
ejercida, será siempre la mejor conquista de nuestros sueños. Y la seguridad,
obsesivamente buscada, será siempre la peor expresión de nuestros miedos.
Lo que ocurre hoy en el
mundo, cuando presenciamos un giro notorio hacia regímenes autocráticos, mal
denominados de ultraderecha, es un uso abusivo del poder, para imponer modelos
de seguridad y orden obsesivos, lejanos del concepto de seguridad humana, y a
costa de la libertad y sus mejores conquistas ciudadanas, cuando no a costa de
graves y masivas violaciones de derechos humanos. Por supuesto que esto no es
una invitación a girar hacia regímenes libertarios (en su sentido más antiguo
de ácratas), mal denominados de extrema izquierda, pues su prédica de la
libertad sin límites ha demostrado sumir a las sociedades en el caos.
Pero sí es una
invitación a recuperar los equilibrios y la sensatez perdidos, frente a esta
corriente autocrática y retrógrada; una invitación a que ¡seamos
woke sin miedo! Como ya lo sentencia el aforismo gringo de moda: “¡Make America Woke Again!”. No olvidemos que, en el
fondo de la caja de Pandora, y sin que nadie lo advirtiera, Hefestos depositó también
LA ESPERANZA.
RAMIRO RESTREPO GONZÁLEZ
Octubre de 2026

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