¿ERES WOKE?
Una curiosa forma de denominar las corrientes de pensamiento progresistas, instaurada por los centros de poder retrógrados en el mundo, ha sido en los años recientes la llamada corriente ANTIWOKE, que ha servido de punta de lanza a toda una batalla o contrarrevolución cultural global. Este fenómeno bien amerita alguna mínima ilustración y reflexión, antes de que normalicemos este estropicio del lenguaje y esta distorsión perversa de la historia y la realidad.
El origen
de la palabra woke (despertar, estar alerta) se remonta a la década de
1930 y se atribuye al novelista William Melvin Kelley haberla acuñado (ver ACÁ y
ACÁ). Por años, se usó en la comunidad negra estadounidense como un eslogan
político en su larga lucha contra el supremacismo racial. En décadas más
recientes, su uso se amplió a otras minorías y derechos: el feminismo, la
diversidad sexual, la paz, la equidad, la justicia social, el cambio climático...
Al final, llegó a simbolizar el conjunto de reivindicaciones progresistas de la
sociedad contemporánea. Es entonces cuando los sectores conservadores y
políticamente retrógrados consideraron incómodo el término y empezaron a darle
una connotación despectiva, para descalificar a sus adversarios políticos. Lo
que nació, pues, como expresión y símbolo de justas reivindicaciones sociales y
políticas, se ha distorsionado en una caricatura del progresismo humanista.
Y esa
distorsión, que ha sido la bandera de la batalla cultural de los sectores
conservadores, que hoy están políticamente al alza en el mundo, ha venido
cobrando múltiples expresiones bastante similares a la que ya le conocimos a la
Santa Inquisición de la iglesia católica en la alta Edad Media. Recordemos la
bula Ad abolendam, del papa Lucio III, que dio origen a la Inquisición.
Su solo nombre (Con el fin de abolir) bien nos dice de qué se trata.
Toda inquisición es eso: una castración civilizatoria, una ablación más que una
abolición, y ese es el espíritu de la actual batalla cultural conservadora y
retrógrada. Para ilustrarlo, veamos un rápido inventario de sus más
representativas iniciativas abolicionistas o, más propiamente, ablacionistas:
esos sus sacrificios rituales al dios Pasado.
La paz
El 15 de
octubre de 2026, por orden del presidente Abelardo de la Espriella, fueron
retiradas unas 30 obras de arte del Museo Nacional de Colombia, relacionadas
con el feminismo, la diversidad sexual y la firma del Acuerdo de Paz. La pieza
más simbólica de todas, a mi modo de ver, fue el conocido Balígrafo: obra del
artista colombiano Reinhard Dienes; justo un bolígrafo hecho a partir del
casquillo de una bala de fusil calibre 50, con el cual se firmó el Acuerdo de
Paz de la Habana en 2016. Su inscripción es toda una declaración progresista: “Las balas escribieron nuestro
pasado. La educación escribirá nuestro futuro” (ver ACÁ). Y esa es una primera conclusión clara: la agenda conservadora nos
promete una esplendorosa vuelta al pasado. Su miopía histórica consiste precisamente
en eso: en omitir la contundente realidad de que nuestras sociedades vivirán en
el futuro y jamás regresarán al pasado. Por eso las llamo, con propiedad,
fuerzas retrógradas. Siempre será prudente y conveniente contar con marineros
que mantengan la vista hacia atrás del barco; lo riesgoso comienza cuando,
además, ponemos el timón entre sus manos.
Un muy oportuno
recordatorio histórico nos ha hecho Ana Bejarano en su nota dominical de este
18 de octubre: “El 30 de junio de 1937 Joseph Goebbels ordenó a Adolf Ziegler,
presidente de la Cámara del Reich para las Bellas Artes, que seleccionara y
confiscara obras de arte consideradas ‘degradadas’” (ver ACÁ). Recuerda Bejarano que esa orden terminó en la confiscación de entre
16.000 y 20.000 obras de arte, que luego “llevaron por todo el país para
ridiculizar, estigmatizar y maltratar esas creaciones con el fin de promover
sus mensajes antisemitas, antifeministas y antigays”. Repito: los líderes
retrógrados (extrema derecha, los llaman también) se repiten en eso: su
obsesión con regresarnos a lo más oscuro del pasado.
El
cambio climático
Ya el señor
Trump ordenó, al iniciar su segundo mandato, el retiro de los Estados Unidos
del Acuerdo de París, el mayor acuerdo global en la lucha contra el cambio
climático (ver ACÁ). Y lo celebró públicamente con euforia,
recurriendo al clásico eslogan “Drill, baby, drill” (“Perfora, nena, perfora”),
que alude a su suicida decisión de retornar a los combustibles fósiles (ver ACÁ). Ahora, la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, patea el tablero
en la cumbre más reciente de líderes de la Unión Europea, al proponer diluir la
regulación vigente sobre el mercado de carbono. Su argumento: “el sistema daña la competitividad de sus
empresas” (ver ACÁ). Argumento demostradamente sofístico, pero políticamente efectista y
atractivo para la voracidad de un empresariado que siempre ha privilegiado sus
intereses particulares sobre los colectivos.
La
deforestación
En
septiembre 28 de 2026, la FAO publicó su resumen de El estado de los bosques
en el mundo de 2026 (ver ACÁ). Su conclusión final la resume bien el
periódico El País, de España: “Hay una buena noticia y una mala sobre el estado de los bosques en el
mundo. La buena es que la deforestación se redujo un 15% en 2025 con respecto a 2024: la mayor caída registrada
en esta década. La mala es que un cambio de prioridades políticas podría echar
por tierra parte de lo conseguido” (ver ACÁ). Y es que así lo hemos experimentado en años recientes. Durante el
gobierno de Lula, la Amazonía registró los más bajos niveles de deforestación,
desde que se tienen registros al respecto; por el contrario, con el gobierno
del señor Bolsonaro padre, experimentó, según reporta la DW (ver ACÁ), un incremento desde 6.207 km2 por año (última medición
previa a su gobierno, 2015) hasta 13.038 km2 (última medición en su
mandato, 2021). Y casi sobra decir quiénes fueron sus beneficiarios: la
minería, marcadamente ilegal, y la ganadería expansiva. Así se ponen en juego
activos críticos de la humanidad, en aras de una ideología retrógrada, y al
servicio de intereses particulares, muchos de ellos oscuros. Ahora su delfín
político amenaza con volver a esos tiempos.
La seguridad
Pocos asuntos
logran hoy un consenso tan amplio como la inseguridad generalizada en la que vivimos.
Gran paradoja contemporánea es que esta sensación generalizada de inseguridad
coexista con la supuesta era de mayor prosperidad de la humanidad, según la
califican todas las fuerzas ideológicas retrógradas. Y gran paradoja, por
demás, la forma como estas fuerzas responden a dicha percepción de inseguridad:
con represión (seguridad ciudadana la denominan) de todas las expresiones
sociales, muchas veces explosivas y violentas, pero no por ello menos
justificadas y legítimas. Vale la pena reflexionar sobre las causas de dicha
inseguridad y sobre las “soluciones” con las que se ha respondido típicamente
desde el ala antiwoke.
Las causas
Desde mi punto
de vista, son dos macrocausas: a) la profunda y creciente inequidad producida
por un sistema económico construido sobre la base de maximizar los beneficios
privados, generando depredación ambiental y marginación social sistemáticamente;
y b) la pugna feroz por la hegemonía mundial entre las potencias, que ha
llevado a romper todas las reglas de un orden mundial que permitía el diálogo
civilizado.
No habrá paz,
mientras el modelo económico vigente no se reformule, para permitir niveles
razonables de equidad social y sostenibilidad ambiental; y no habrá paz,
mientras no tengamos un sistema de gobernanza global que tenga jurisdicción
real sobre los países y capacidad controlar sus excesos. De “ejercer el poder con límites: de
eso se tratan las democracias”, nos recuerda la especialista española Miriam
González Durántez (ver ACÁ). Reformar el modelo económico vigente y reformar
profundamente Naciones Unidas, especialmente su antidemocrático Consejo de
Seguridad, son los dos asuntos duros de la agenda global contemporánea, que ya
se abren paso tímidamente en multitud de centros de pensamiento progresistas
del mundo. Son dos caras de la misma moneda que, al igual que sus soluciones, será
necesario implementar en paralelo. Con la agenda antiwoke en el poder, jamás
serán posibles.
Las
“soluciones”
Todas las
soluciones que se han ensayado (megacárceles, estatutos de seguridad,
restricción de derechos civiles y políticos, uso de las fuerzas del orden,
restricciones a la libre expresión y a la protesta ciudadana, etc.) seguirán
siendo inútiles y costosas. Y la razón es simple: responden a un diagnóstico equivocado. Nuestros gobernantes,
especialmente los de ideología conservadora, no han entendido que el problema
no es de seguridad nacional o de SEGURIDAD CIUDADANA, como lo diagnostican,
sino de SEGURIDAD HUMANA (ver ACÁ, ACÁ y ACÁ). Y, sin unos niveles razonables de seguridad humana,
no solo no habrá paz, sino que todo ejército resultará inútil y costoso para
imponerla.
En la base de todo (inseguridad, supuesto progreso,
seguridad, paz…), subyace, además, la baja cultura política de nuestras
sociedades y la aún más baja capacidad de pensamiento complejo. Y los problemas
complejos requieren cultura política y pensamiento complejo para ser entendidos
y abordados con algún pronóstico de éxito. Mientras tanto, seguiremos en manos
de “soluciones” simplistas: efectistas, sí, pero epidérmicas, inútiles y
costosas.
Ramiro Restrepo González
Octubre de 2026

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