RELIGIÓN Y GEOPOLÍTICA
Hay dos
Estados que han sabido manejar con el mejor y más sofisticado arte ese confuso
maridaje entre religión y política, al más refinado estilo del cardenal
Richelieu (Armand Jean du Plessis, 1585–1642). Son ellos la República Islámica de Irán y el
Estado de la Ciudad del Vaticano. Veamos:
§ El Estado de Irán es una teocracia,
no lo discute nadie. El Estado Vaticano también lo es, y curiosamente nadie o
muy pocos lo señalan.
§ El Estado de Irán es una dictadura,
no lo discute nadie. El Estado Vaticano también lo es, pero nadie parecería darse
por enterado.
§ Irán es una república poblada por
musulmanes; y, siendo el islam la religión más numerosa actualmente, no es
exclusiva de Irán, sino que tiene presencia global, aunque poco se le reconoce.
La Ciudad del Vaticano es, a su vez, un país poblado por católicos; y, siendo
esta la segunda religión más numerosa, no es exclusiva de El Vaticano y también
tiene presencia global, lo cual sí se acepta sin reticencias.
§ Al Estado de Irán se le acusa de
guerrerista y de graves violaciones a los derechos humanos, y eso pocos lo
discuten. El Estado Vaticano arrastra a sus espaldas los horrores humanitarios
de la Santa Inquisición, de las Cruzadas y del papel protagónico que el papa
Pío V jugó en la batalla de Lepanto (1571), al frente de la Liga Santa y en
contra de la armada del imperio otomano; y, ahora, la vergüenza de los masivos
casos de pederastia; todo ello tampoco tiene discusión, histórica por lo menos.
Pero pocos se atreven a nombrarlo.
Se pregunta
uno: ¿cuál es entonces la diferencia? Al uno lo persiguen, satanizan,
bombardean y amenazan, mientras al otro lo aplauden y le rinden pleitesía.
Nadie imaginaría, por ejemplo, a un estadounidense como primer ministro de
Irán; pero sí tenemos a un estadounidense ocupando el solio de Pedro. Y ahí es
donde queda al desnudo la hipocresía, tanto de las religiones
institucionalizadas como de la geopolítica global, al servicio de los intereses
hegemónicos de las potencias, pero que logra traducirse en fanática o ingenua
ceguera de la población civil, a uno y otro lado. Las explicaciones, sin
embargo, son bien simples:
§ Irán tiene una enorme riqueza
petrolera, que el Vaticano no posee.
§ Irán ocupa una posición geoestratégica
crítica (observe solamente el termómetro geopolítico que ha resultado ser el
estrecho de Ormuz), y el Vaticano no disfruta de similar condición.
§ Irán es un país alineado, es decir,
aliado de unas potencias geoeconómicas y de otras no, mientras el Vaticano se
ha logrado mantener camuflado en una falsa neutralidad política para proteger
su innegable fragilidad.
¡Elemental, mi querido Watson!, como solía repetir el inolvidable
Sherlock Holmes. Las religiones han sido y siguen siendo actores geopolíticos,
claramente conscientes del poder que toda ideología comporta, y no han dudado
en usarlo para su propio beneficio.
“Dad al
César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22, 21), fue sin
embargo la prescripción del Nazareno, que nuestros inefables e incoherentes
pontífices —de todos los bandos, valga precisar— olvidaron fácilmente, seducidos por
los halagos del poder económico y político. Y vaya si lo han usado y abusado de
él, al mejor estilo del Cardenal Richelieu.
Ramiro
Restrepo González
Mayo de
2026

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