viernes, 6 de noviembre de 2026

RELIGIÓN Y GEOPOLÍTICA

 

Hay dos Estados que han sabido manejar con el mejor y más sofisticado arte ese confuso maridaje entre religión y política, al más refinado estilo del cardenal Richelieu (Armand Jean du Plessis, 1585–1642). Son ellos la República Islámica de Irán y el Estado de la Ciudad del Vaticano. Veamos:

 

§  El Estado de Irán es una teocracia, no lo discute nadie. El Estado Vaticano también lo es, y curiosamente nadie o muy pocos lo señalan.

§  El Estado de Irán es una dictadura, no lo discute nadie. El Estado Vaticano también lo es, pero nadie parecería darse por enterado.

§  Irán es una república poblada por musulmanes; y, siendo el islam la religión más numerosa actualmente, no es exclusiva de Irán, sino que tiene presencia global, aunque poco se le reconoce. La Ciudad del Vaticano es, a su vez, un país poblado por católicos; y, siendo esta la segunda religión más numerosa, no es exclusiva de El Vaticano y también tiene presencia global, lo cual sí se acepta sin reticencias.

§  Al Estado de Irán se le acusa de guerrerista y de graves violaciones a los derechos humanos, y eso pocos lo discuten. El Estado Vaticano arrastra a sus espaldas los horrores humanitarios de la Santa Inquisición, de las Cruzadas y del papel protagónico que el papa Pío V jugó en la batalla de Lepanto (1571), al frente de la Liga Santa y en contra de la armada del imperio otomano; y, ahora, la vergüenza de los masivos casos de pederastia; todo ello tampoco tiene discusión, histórica por lo menos. Pero pocos se atreven a nombrarlo.

 

Se pregunta uno: ¿cuál es entonces la diferencia? Al uno lo persiguen, satanizan, bombardean y amenazan, mientras al otro lo aplauden y le rinden pleitesía. Nadie imaginaría, por ejemplo, a un estadounidense como primer ministro de Irán; pero sí tenemos a un estadounidense ocupando el solio de Pedro. Y ahí es donde queda al desnudo la hipocresía, tanto de las religiones institucionalizadas como de la geopolítica global, al servicio de los intereses hegemónicos de las potencias, pero que logra traducirse en fanática o ingenua ceguera de la población civil, a uno y otro lado. Las explicaciones, sin embargo, son bien simples:

§  Irán tiene una enorme riqueza petrolera, que el Vaticano no posee.

§  Irán ocupa una posición geoestratégica crítica (observe solamente el termómetro geopolítico que ha resultado ser el estrecho de Ormuz), y el Vaticano no disfruta de similar condición.

§  Irán es un país alineado, es decir, aliado de unas potencias geoeconómicas y de otras no, mientras el Vaticano se ha logrado mantener camuflado en una falsa neutralidad política para proteger su innegable fragilidad.

 

¡Elemental, mi querido Watson!, como solía repetir el inolvidable Sherlock Holmes. Las religiones han sido y siguen siendo actores geopolíticos, claramente conscientes del poder que toda ideología comporta, y no han dudado en usarlo para su propio beneficio.

 

“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22, 21), fue sin embargo la prescripción del Nazareno, que nuestros inefables e incoherentes pontífices —de todos los bandos, valga precisar— olvidaron fácilmente, seducidos por los halagos del poder económico y político. Y vaya si lo han usado y abusado de él, al mejor estilo del Cardenal Richelieu.

 

Ramiro Restrepo González

Mayo de 2026

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