FINAL DEL RÉSPICE POLUM
A partir de
la firma del tratado Urrutia-Thompson (2014), por el cual se “cicatrizaba” la
herida de la separación de Panamá, en las relaciones binacionales con la joven
potencia expansionista estadounidense, “los gobiernos colombianos asumieron una
posición de subordinación incondicional a Estados Unidos, país que ya se
perfilaba como nueva potencia regional”, según reseña el historiador César Bermúdez (ver ACÁ).
Esa
subordinación geopolítica se materializó en la doctrina denominada Respice
Polum (Mira hacia el polo —norte—), formulada durante el mandato del
presidente Marco Fidel Suárez (1918-1921), y que regiría las relaciones
internacionales de Colombia a lo largo de casi todo el siglo XX. Pues, si bien,
a partir de los años 80, se dio paso a una mayor apertura, la relación
binacional con los Estados Unidos ha seguido siendo hasta hoy el eje
estructurante del comercio y las relaciones internacionales de nuestro país.
Diversas misiones estadounidenses consolidaron esta influencia en la educación,
la economía, las telecomunicaciones y todas las esferas de la política pública
colombiana. Y lo hicieron, además, recogiendo de manera funesta la benéfica
influencia europea previa.
Ahora,
finalmente, estamos asistiendo al
natural declive definitivo de la influencia estadounidense en el
concierto de naciones, lo cual nos incluye sin duda, y el presente gobierno no podrá
cambiar lo que es una tendencia global. Es el final del Respice Polum,
como lo hemos conocido. Vendrá ahora el Respice Alios (Mira a los otros),
aunque no sepamos bien a quién o a quiénes.
Las señales son suficientemente claras y las concreto en al menos cinco.
Primera
señal: la decadencia de Estados Unidos
La primera
y más importante de todas. Los Estados Unidos iniciaron hace unos años su
declive —definitivo, a mi modo de ver— como potencia geopolítica y geoeconómica. Son
ya una infinidad las señales que lo confirman:
§ En los últimos 10 años (2016-2025),
el crecimiento de su PIB ha mostrado un promedio del 2,43 %, lo cual contrasta
con un promedio mundial del 2,82 % para el mismo período, un proyectado 3 %
para 2026 (FMI), y un 5,75 % de China (2015-2024). Los Estados Unidos
representan hoy el 15 % del PIB mundial lo que, entre otras cosas, le otorga
poder de veto en organismos como el FMI; pero, según Piketty, ese porcentaje
caerá al 10 % en una o dos décadas, perdiendo de paso dicho poder de veto (ver ACÁ).
§ El florecimiento tecnológico,
industrial y económico de los Estados Unidos, que se vio apalancado por un torrente
inmigratorio de personas altamente calificadas —los mejores cerebros de su época—, ve ahora con preocupación una
creciente fuga de cerebros, como jamás la imaginó. Así lo reconocen ya sus
legisladores: “El problema de la fuga de cerebros se ha convertido en una
importante preocupación económica para los legisladores estatales y locales en
las últimas décadas” (ver ACÁ). Y esta tendencia se agudiza cada vez más,
producto de varios factores: recortes severos a la financiación pública para
programas, proyectos y centros de investigación, agresiva política antiinmigración,
cancelación masiva de becas, intervención ideológica en los procesos de
publicación, etc. Todo ello ha convertido a China y Europa en los centros de
atracción mundial de las mejores mentes de la humanidad.
§ La fractura unilateral del orden
multilateral y la imposición unilateral de barreras comerciales han tornado a
los Estados Unidos en un socio poco confiable en el concierto de naciones. De
su condición de árbitro en las relaciones internacionales, ha pasado a ocupar
el puesto de mal perdedor, consciente de su desventaja, pero incapaz de
asumirla.
§ Y agreguemos a ello una decadencia
cultural que ya brilla por lo cursi de relatos nacionalistas como MAGA, y un
sueño americano convertido en la peor pesadilla para millones de ciudadanos
estadounidenses y de inmigrantes confiados.
Segunda
señal: el ascenso de China
Ya señalé
el soberbio ritmo de crecimiento del PIB de China. Como van las tendencias,
será cuestión de una década, para verla posicionarse como la primera potencia
económica mundial (ver diferentes pronósticos ACÁ, ACÁ, ACÁ y ACÁ). Aunque es de anotar que, por paridad de
poder adquisitivo (PPA), el PIB chino ya es superior al de Estados Unidos hace
algunos años.
Una razón
central de este relevo geoeconómico global estriba en que el crecimiento
económico de los Estados Unidos se ha apalancado en el consumo, una variable
siempre efímera e inestable, mientras que el de China se ha apalancado en la
inversión, una variable estable y multiplicadora (ver ACÁ).
Otros datos
resultan contundentes: a) en transición energética, China ya es líder mundial
indiscutido (ver ACÁ y ACÁ), mientras los Estados Unidos se aferran, de
manera suicida, a los combustibles fósiles (ver ACÁ y ACÁ); b) la Oficina de Propiedad Intelectual de la
República Popular China (CNIPA) ya triplica en registros anuales a la Oficina
de Patentes y Marcas de los Estados Unidos (USPTO) (ver ACÁ); c) China casi duplica, en graduación anual de
doctores (PhD), a Estados Unidos, especialmente en áreas de ciencias básicas,
matemáticas, ingenierías y tecnología (ver ACÁ). Y así podríamos seguir el inventario de
ventajas competitivas.
Tercera
señal: el ascenso de India
Lo primero
es señalar que India ya es, desde 2023, el país más poblado del planeta: 1478
millones de habitantes, frente a 1412 de China. Además de eso, ya tiene
tecnología espacial, armamento y tecnología nucleares; y es parte, junto con
China, del bloque comercial BRICS, cuyo PIB conjunto representa el 40 % del PIB
mundial. Ahora adelanta, además, una agresiva política para pasar, de ser un
proveedor de mano de obra barata en el desarrollo de software y el procesamiento
de datos, a convertirse en un actor relevante en tecnología digital e
inteligencia artificial.
Cuarta
señal: el ascenso musulmán
Empecemos
por decir que ya el islam es la primera religión, con un estimado de 2000
millones de fieles, casi la cuarta parte de la población mundial, lo que se
compara con los 1422 millones de fieles católicos. Y, mientras el catolicismo
escasamente logra mantener sus cifras, el islam ha venido hace algunos años en
plena expansión. Algunos se consuelan señalando que el cristianismo sigue
siendo la religión mayoritaria, con sus 2600 millones de fieles, pero eso no
deja de ser una entelequia estadística, toda vez que, bajo ese rótulo genérico,
se encuentran enfoques tan dispares como evangélicos, ortodoxos, anglicanos,
católicos y decenas de otras confesiones.
Y, en el
terreno geopolítico, una estéril guerra, de más de seis meses, se ha encargado
de demostrar, además, que el utilitarismo gringo se estrella torpemente contra
el muro infranqueable del integrismo islámico, y que lo único que mantiene a
las partes en pie de guerra es la incapacidad de encarar la vergüenza de la
derrota por la contraparte estadounidense. El pulso que Lepanto inclinó a favor
de Occidente en el siglo XVI podría estar inclinándose esta vez a favor del
Oriente milenario.
Quinta
señal: el surgimiento de bloques de contrapoder
Hace 20
años (2006), vimos surgir el bloque de los BRIC, una alianza de Brasil, Rusia,
India y China. Luego serían los BRICS, con la adhesión de Suráfrica en 2010. Y
hoy, aunque conservan su acrónimo, ya son un bloque de 11 países (ver su portal
oficial ACÁ).
Este
pequeño bloque (por el número de socios) representa ya el 40 % de la economía
mundial, medido en paridad de poder adquisitivo (PPA) y cerca de un tercio en
términos de valor de mercado. Y ya tienen su propio banco, el Nuevo Banco de
Desarrollo del BRICS (NBD BRICS), cuyo objetivo es ser un actor relevante dentro
de la banca multilateral (BM, BID, CAF, BAfD, BCIE y otros). Pero esos
tecnicismos no ocultan la clara realidad de que estas potencias emergentes y
sus aliados están representando ya un contrapoder geoeconómico significativo en
el complejo ajedrez del poder mundial.
No la tiene
fácil, pues, la vieja visión del Respice Polum, para hacer valer la
rabiosa proclama neocolonial del señor Trump —“Hacemos lo
que queremos en el hemisferio (occidental), porque pertenece a EE. UU” (ver ACÁ)—, que ha repetido obscenamente en
todos los escenarios posibles.
El imperio
romano, todo parece indicar, se disolvió silenciosamente. Pero, esta vez, todo parece
augurar que el imperio estadounidense caerá ruidosa y violentamente. Cuestión
de estilos. Y quizás no debamos esperar algo mejor de la sociedad del consumo y
el espectáculo.
Ramiro
Restrepo González
Agosto
de 2026

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