domingo, 6 de septiembre de 2026

LAS OBSESIONES DE ELON MUSK

 

Todo parece indicar que, en Musk, nos enfrentamos a un narcisista extremo o, eventualmente, a un sicópata en toda regla. Al respecto, anota el criminólogo Vicente Garrido: “Un mundo donde Elon Musk es el modelo a seguir es música celestial para la mentalidad del psicópata” (ver ACÁ). No gratuitamente vemos que Elon Musk trabaja hasta 120 horas a la semana (ver ACÁ), persiguiendo tres obsesiones: a) el riesgo climático, para lo cual ha creado o adquirido compañías como Tesla Motors, Boring co. y Tesla Energy, antes Solarcity; b) el riesgo de dependencia de un solo planeta, y para ello existen SpaceX —Space Exploration Technologies Corp.— y Starlink; y c) el riesgo de obsolescencia de la especie humana, para lo cual creó Neuralink y xAI, esta última, después de haber cofundado y abandonado OpenAI y ahora en proceso de fusión con SpaceX.

 

Son obsesiones que se enmarcan dentro de una corriente muy afín a la élite tecnológica: el largoplacismo. Una corriente de pensamiento derivada del transhumanismo (ver ACÁ), que se resume en “la importancia de salvaguardar y mejorar el futuro a largo plazo de la humanidad” (ver ACÁ). Una supuesta especie de solidaridad intergeneracional. Hasta ahí, suena interesante, y hasta puede pasar desapercibido su alcance. Pero veamos en detalle.

 

LA OBSESIÓN 1: RIESGO CLIMÁTICO

 

Realmente es una crisis, más que un riesgo, que ya nubla el horizonte de la especie humana y del planeta. ¿Pero qué nos ofrece Musk?

 

Solarcity contribuye a atenderlo, sin duda, pero es uno de los actores más secundarios en esta neoindustria, y no un protagonista, como bien podría serlo en manos del primer billonario de la historia, si fuera coherente con sus obsesiones.

 

La movilidad eléctrica de Tesla, por su parte, resulta ambivalente. Aunque la percepción mayoritaria, y publicitariamente inducida, es la de que el auto eléctrico resulta ambientalmente más amigable, el análisis de la cadena de valor completa muestra que es una percepción, por lo menos, polémica o debatible, por varias  razones: a) su manufactura consume tantos  recursos como uno de gasolina y emite un 30 % más de GEI; b) contamina más, ya que la fabricación y descarte de las baterías le agregan una altísima dosis de emisiones (GEI);  c) las baterías tienen otros impactos socioambientales conflictivos (minería de litio, metales pesados…), que no tienen los coches de gasolina (ver ACÁ). De suerte que, en la cadena de valor completa (“from cradle to grave” o “from cradle to cradle”), el transporte en estos vehículos es solo una de esas llamadas “soluciones de última milla”, de bajo impacto, y quizás más publicitada que real. Baste la estimación de los expertos, según la cual, los autos eléctricos solo empiezan a brindarnos una ventaja neta en emisiones después de 40 o 50.000 km de recorrido, según las diversas circunstancias de manejo, topografía, modelo, mantenimiento, etc.

 

Finalmente, los túneles de alta velocidad, que Boring Co. construye, no dejan de ser otra fantasía; cuando más, apta para experimentos de distancias cortas o medias y para élites privilegiadas. Y, en cualquier caso, no serán una solución masiva planetaria para el transporte en un horizonte demasiado lejano.

 

LAS OTRAS DOS OBSESIONES

 

Son la dependencia de un solo planeta y el riesgo de obsolescencia humana. Empecemos por este último. El riesgo de obsolescencia humana no deja de ser, o una obsesión de tipo paranoide —la evolución es suficientemente sabia al respecto—, o un típico efecto Pigmalión, en el que el mismo sujeto que profetiza convierte sus propósitos en una profecía autocumplida; es decir, sería nuestro  torpe manejo de la tecnología la que le daría a esta el control, tornándonos obsoletos.

 

Y la dependencia de un solo planeta, campo en el que opera SpaceX, con su sueño de migración extraplanetaria, es una aventura digna de emprenderse con visión de largo plazo, pero no para figurar entre las prioridades humanas actuales. Por el contrario, puede generarnos más riesgos que beneficios, como ya está ocurriendo con Starlink. Como se sabe, los réditos de la salida a bolsa de SpaceX están siendo invertidos por Musk en potenciar la red satelital de Starlink.

 

Pero debe conocerse que esta compañía ya tiene 10 000 satélites en órbita terrestre, el 66 % de todo el hardware global de comunicación satelital. Y, ahora, con el nuevo aire financiero, planea llegar hasta los 75 000, siendo su meta próxima llegar al millón. ¿Imaginan ustedes el caos celestial? O, si se quiere otro ejemplo, ya presenciamos cómo un cohete Falcon 9 de SpaceX (26 toneladas vacío) se estrelló contra la luna en agosto de 2026, después de vagar un año sin control por el espacio. Así, ver caer chatarra espacial sobre el vecindario no será una curiosidad noticiosa dentro de muy pocos años, sino una terrible realidad cotidiana. O ver interferencias en los sistemas de información que nos provee la infraestructura espacial —críticas muchas de ellas, en el funcionamiento de sistemas estratégicos altamente sensibles—. No en balde, la física y experta en sistemas de seguridad espacial Laura Grego nos advierte: “La mayoría de la gente no sabe que hemos creado un sistema que es, esencialmente, un sistema apocalíptico. Y podemos desmantelarlo. Simplemente no lo hemos hecho” (ver ACÁ).

 

Omite el señor Musk las graves interferencias que su megalomanía espacial está ocasionando a la astronomía, aparte de los riesgos de colisión para la navegación orbital y aún para la aviación comercial, poniendo a la humanidad al borde de lo que se conoce como el síndrome de Kessler (avalancha espacial, por choque de residuos tecnológicos en cadena).

 

Ese es el gran error del largoplacismo: pensar en un futuro de la humanidad que podrá llegar dentro de 2-3 siglos, en el mejor de los casos, mientras en el presente nos acercamos al colapso planetario, por exceder todos sus límites, y vemos peligrar la pervivencia de la especie, en medio de sociedades cada vez más convulsas. Todo ello ocasionado por las gigantescas externalidades que el modelo económico actual genera y por los riesgos e impactos que un desarrollo tecnológico sin control implica y cuyos casi únicos beneficiarios están siendo precisamente las élites tecnológicas.

 

Esa es la gran paradoja: por un lado, sabemos que contamos con la tecnología necesaria y suficiente para asegurar un PRESENTE justo, equitativo, solidario y sostenible, solo faltándonos la voluntad política para lograrlo o, por lo menos, para encaminarnos decididamente hacia él; pero, de otro lado, empleamos esa voluntad política frenéticamente en diseñar un futuro quimérico pero rentable para sus protagonistas y que, como vamos, no van a ver ni nuestros descendientes.

 

Y aquí es donde se le cae la máscara al señor Musk. Nada de amor por la humanidad, ni de solidaridad intergeneracional. Musk es un narciso, sicópata en opinión de muchos expertos: un ser humano privado de empatía e inundado de ambiciones desmedidas. Él mismo lo confiesa: a) “La debilidad fundamental de la civilización occidental es la empatía” (ver ACÁ), “La empatía suicida es como una enfermedad autoinmune —dice Musk—; el cuerpo se ataca a sí mismo”, según citan Tarnoff y Slobodian (ACÁ); b) “A cualquiera que haya ofendido, solo quiero decirle que reinventé los coches eléctricos y voy a enviar gente a Marte en un cohete. ¿Creían que también iba a ser un tipo tranquilo y normal?” (ver ACÁ).

 

Las ambiciones de Musk, que comparte con toda la élite tecnológica, son el poder y el dinero, dos caras de la misma moneda, en esta sociedad monetizada y mercantilizada. Si se explora la infancia de Musk, su familia disfuncional y las torturas que sufrió de niño, en su familia y en la escuela, se entenderá fácilmente que es un ser humano que creció privado (sospecho que biológicamente) de la capacidad de sentir emociones complejas. Y el vacío interior que esto le genera a cualquier ser humano, ha buscado obsesivamente sepultarlo con dinero, poder, figuración y control.

 

Es el desafortunado perfil de esa élite de llamados tecnobros (ver ACÁ) que se han tomado la agenda política de medio mundo, para infortunio de muchos, el mismo Musk incluido.

 

Ramiro Restrepo González

Junio de 2026

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