LAS OBSESIONES
DE ELON MUSK
Todo parece
indicar que, en Musk, nos enfrentamos a un narcisista extremo o, eventualmente,
a un sicópata en toda regla. Al respecto, anota el criminólogo Vicente Garrido:
“Un mundo donde Elon Musk es el
modelo a seguir es música celestial para la mentalidad del psicópata” (ver ACÁ). No gratuitamente vemos que Elon Musk trabaja hasta 120 horas a la semana (ver ACÁ), persiguiendo tres obsesiones: a) el riesgo
climático, para lo cual ha creado o adquirido compañías como Tesla Motors,
Boring co. y Tesla Energy, antes Solarcity; b) el riesgo de dependencia de un
solo planeta, y para ello existen SpaceX —Space Exploration Technologies
Corp.— y Starlink; y c) el riesgo de obsolescencia de la especie humana,
para lo cual creó Neuralink y xAI, esta última, después de haber cofundado y
abandonado OpenAI y ahora en proceso de fusión con SpaceX.
Son
obsesiones que se enmarcan dentro de una corriente muy afín a la élite tecnológica:
el largoplacismo. Una corriente de pensamiento derivada del
transhumanismo (ver ACÁ), que se resume en “la importancia de
salvaguardar y mejorar el futuro a largo plazo de la humanidad” (ver ACÁ). Una supuesta
especie de solidaridad intergeneracional. Hasta ahí, suena interesante, y hasta
puede pasar desapercibido su alcance. Pero veamos en detalle.
LA
OBSESIÓN 1: RIESGO CLIMÁTICO
Realmente es
una crisis, más que un riesgo, que ya nubla el horizonte de la especie humana y
del planeta. ¿Pero qué nos ofrece Musk?
Solarcity
contribuye a atenderlo, sin duda, pero es uno de los actores más secundarios en
esta neoindustria, y no un protagonista, como bien podría serlo en manos del
primer billonario de la historia, si fuera coherente con sus obsesiones.
La
movilidad eléctrica de Tesla, por su parte, resulta ambivalente. Aunque la percepción
mayoritaria, y publicitariamente inducida, es la de que el auto eléctrico resulta
ambientalmente más amigable, el análisis de la cadena de valor completa muestra
que es una percepción, por lo menos, polémica o debatible, por varias razones: a) su manufactura consume tantos recursos como uno de gasolina y emite un 30 %
más de GEI; b) contamina más, ya que la fabricación y descarte de las baterías
le agregan una altísima dosis de emisiones (GEI); c) las baterías tienen otros impactos socioambientales
conflictivos (minería de litio, metales pesados…), que no tienen los coches de
gasolina (ver ACÁ). De suerte que, en la cadena de valor
completa (“from cradle to grave” o “from cradle to cradle”), el
transporte en estos vehículos es solo una de esas llamadas “soluciones de
última milla”, de bajo impacto, y quizás más publicitada que real. Baste la estimación
de los expertos, según la cual, los autos eléctricos solo empiezan a brindarnos
una ventaja neta en emisiones después de 40 o 50.000 km de recorrido, según las
diversas circunstancias de manejo, topografía, modelo, mantenimiento, etc.
Finalmente,
los túneles de alta velocidad, que Boring Co. construye, no dejan de ser otra
fantasía; cuando más, apta para experimentos de distancias cortas o medias y
para élites privilegiadas. Y, en cualquier caso, no serán una solución masiva
planetaria para el transporte en un horizonte demasiado lejano.
LAS
OTRAS DOS OBSESIONES
Son la
dependencia de un solo planeta y el riesgo de obsolescencia humana. Empecemos
por este último. El riesgo de obsolescencia humana no deja de ser, o una
obsesión de tipo paranoide —la evolución es suficientemente sabia al respecto—,
o un típico efecto Pigmalión, en el que el mismo sujeto que profetiza convierte
sus propósitos en una profecía autocumplida; es decir, sería nuestro torpe manejo de la tecnología la que le daría
a esta el control, tornándonos obsoletos.
Y la
dependencia de un solo planeta, campo en el que opera SpaceX, con su sueño de
migración extraplanetaria, es una aventura digna de emprenderse con visión de largo
plazo, pero no para figurar entre las prioridades humanas actuales. Por el
contrario, puede generarnos más riesgos que beneficios, como ya está ocurriendo
con Starlink. Como se sabe, los réditos de la salida a bolsa de SpaceX están
siendo invertidos por Musk en potenciar la red satelital de Starlink.
Pero debe
conocerse que esta compañía ya tiene 10 000 satélites en órbita terrestre, el
66 % de todo el hardware global de comunicación satelital. Y, ahora, con
el nuevo aire financiero, planea llegar hasta los 75 000, siendo su meta próxima
llegar al millón. ¿Imaginan ustedes el caos celestial? O, si se quiere otro
ejemplo, ya presenciamos cómo un cohete Falcon 9 de SpaceX (26 toneladas vacío)
se estrelló contra la luna en agosto de 2026, después de vagar un año sin
control por el espacio. Así, ver caer chatarra espacial sobre el vecindario no
será una curiosidad noticiosa dentro de muy pocos años, sino una terrible
realidad cotidiana. O ver interferencias en los sistemas de información que nos
provee la infraestructura espacial —críticas muchas de ellas, en el
funcionamiento de sistemas estratégicos altamente sensibles—. No en balde, la
física y experta en sistemas de seguridad espacial Laura Grego nos advierte: “La mayoría de la gente no
sabe que hemos creado un sistema que es, esencialmente, un sistema
apocalíptico. Y podemos desmantelarlo. Simplemente no lo hemos
hecho” (ver ACÁ).
Omite el
señor Musk las graves interferencias que su megalomanía espacial está
ocasionando a la astronomía, aparte de los riesgos de colisión para la
navegación orbital y aún para la aviación comercial, poniendo a la humanidad al
borde de lo que se conoce como el síndrome de Kessler (avalancha espacial, por
choque de residuos tecnológicos en cadena).
Ese es el
gran error del largoplacismo: pensar en un futuro de la humanidad que podrá
llegar dentro de 2-3 siglos, en el mejor de los casos, mientras en el presente nos
acercamos al colapso planetario, por exceder todos sus límites, y vemos
peligrar la pervivencia de la especie, en medio de sociedades cada vez más
convulsas. Todo ello ocasionado por las gigantescas externalidades que el
modelo económico actual genera y por los riesgos e impactos que un desarrollo
tecnológico sin control implica y cuyos casi únicos beneficiarios están siendo precisamente
las élites tecnológicas.
Esa es la
gran paradoja: por un lado, sabemos que contamos con la tecnología necesaria y
suficiente para asegurar un PRESENTE justo, equitativo, solidario y
sostenible, solo faltándonos la voluntad política para lograrlo o, por lo
menos, para encaminarnos decididamente hacia él; pero, de otro lado, empleamos esa
voluntad política frenéticamente en diseñar un futuro quimérico pero rentable
para sus protagonistas y que, como vamos, no van a ver ni nuestros
descendientes.
Y aquí es
donde se le cae la máscara al señor Musk. Nada de amor por la humanidad, ni de
solidaridad intergeneracional. Musk es un narciso, sicópata en opinión de
muchos expertos: un ser humano privado de empatía e inundado de ambiciones
desmedidas. Él mismo lo confiesa: a) “La debilidad fundamental de la
civilización occidental es la empatía” (ver ACÁ), “La empatía
suicida es como una enfermedad autoinmune —dice Musk—; el cuerpo se ataca a sí
mismo”, según citan Tarnoff y Slobodian (ACÁ); b) “A
cualquiera que haya ofendido, solo quiero decirle que reinventé los coches
eléctricos y voy a enviar gente a Marte en un cohete. ¿Creían que también iba a
ser un tipo tranquilo y normal?” (ver ACÁ).
Las
ambiciones de Musk, que comparte con toda la élite tecnológica, son el poder y
el dinero, dos caras de la misma moneda, en esta sociedad monetizada y
mercantilizada. Si se explora la infancia de Musk, su familia disfuncional y
las torturas que sufrió de niño, en su familia y en la escuela, se entenderá
fácilmente que es un ser humano que creció privado (sospecho que
biológicamente) de la capacidad de sentir emociones complejas. Y el vacío
interior que esto le genera a cualquier ser humano, ha buscado obsesivamente
sepultarlo con dinero, poder, figuración y control.
Es el
desafortunado perfil de esa élite de llamados tecnobros (ver ACÁ) que se han tomado la agenda política de medio
mundo, para infortunio de muchos, el mismo Musk incluido.
Ramiro
Restrepo González
Junio de
2026

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