lunes, 6 de julio de 2026

INTUICIÓN VERSUS EVIDENCIA

 

Sin que quizás lo notemos, el 99.9 % de nuestras decisiones las tomamos de manera instintiva o, en el mejor de los casos, intuitiva. Y todo ello, a pesar de que ya llevamos casi 5 siglos de pensamiento científico, desde cuando el Renacimiento abrió el espacio al protagonismo de la razón y del individuo en la cultura occidental. Eso significa que la evidencia, como guía, apenas ha prevalecido durante menos del 0.2 % de la historia del pensamiento humano. Y, si concedemos que la fecha de nacimiento del pensamiento científico se remonta a la Grecia de Tales, Anaxímenes y Anaximandro, ese porcentaje apenas ascendería al 0.8 %. De suerte que no: la humanidad no ha guiado su pensamiento y su vida con base en la evidencia científica. Los ha guiado con base en grandes intuiciones maestras que, además, mantienen su plena vigencia. El racionalismo ha sido un accidente, quizás una aventura interesante y necesaria, aunque limitada y peligrosa, del pensamiento humano; pero solo eso.

 

El racionalismo introdujo un método que potenció, pero a la vez empobreció terriblemente, el pensamiento humano: su lógica cartesiana del “pienso luego existo”, causa-efecto, como base de toda conclusión científicamente válida, es la explicación subyacente a esta paradoja. Un pensamiento simplista, lineal y más bien superficial y miope. Muy útil en el tratamiento de problemas cuantitativos, visibles y concretos. Sirvió, así, para detonar la revolución industrial, de corte mecanicista. Concebimos entonces el mundo como un complicado engranaje de causalidades lineales que bastaba conocer para controlar. Todo fue un cuento de hadas, maravilloso y de final rápido, aunque quizás no tan feliz como se esperó.

 

Obsérvese, además, que toda la tecnociencia, construida sobre el racionalismo, solo está en capacidad de abordar cerca del 5 % del universo, es decir, la denominada materia bariónica. Ya se sabe, por ejemplo, que las lógicas de la física clásica no aplican a la física cuántica. Apenas nos hemos asomado tímidamente al infinito mundo, y nuestras ópticas no podrán ya ser iguales.

 

Ahora el mundo se nos revela como una realidad compleja, no simple; incierta, no predecible; ambigua, no causal; y volátil, no tan estructurada y estática. Ya la física, en su frontera de exploración cuántica, ha empezado por ponernos de frente con un primer postulado: la indeterminación o incertidumbre. ¿Es el fin de la evidencia?, ¿es el retorno a la intuición como línea maestra del pensamiento humano?, ¿o es algo nuevo?

 

Pero no es solo en el terreno del pensamiento científico de frontera. Es igualmente en todos los terrenos: social, político, ambiental, cultural... En todos ellos, el mundo, la realidad cotidiana, se nos revela como volátil, compleja, incierta y ambigua. No nos quedan sino la reflexión serena o la insoportable angustia. Quizás, por ello, ante tan agudo dilema, las grandes mayorías se refugian en las más diversas ideologías, y lo hacen con el afán ansioso del náufrago.

 

Entre los grandes mitos fundacionales de la civilización (μύθος = mythos) y las grandes evidencias del racionalismo científico (λόγος = lógos), las ideologías campean como libertinas seductoras, hechizando masas y manteniéndolas dóciles y despreocupadas.

 

Entre el mythos y el lógos, alguna vez levantó su voz la alquimia (al- khīmiyā), hija no reconocida de un frustrado romance entre Oriente y Occidente. A veces me pregunto: a) ¿ha sido esa la causa de la persistente pugna política y del ancestral choque cultural entre ambas regiones?; b) ¿es la mecánica cuántica el retorno, ahora, a esa visión alquímica del mundo, desde una perspectiva superior?; ¿se avecina una integración entre Oriente y Occidente, por lo menos cultural y en un nuevo plano civilizatorio?

 

Mi opinión es que el paradigma racionalista agotó sus posibilidades; y que, por lo tanto, todos los sistemas económicos y políticos fundamentados exclusivamente en él tienen sus “días” contados. Han agotado su horizonte de capacidad para comprender e interactuar con lo que llamamos la realidad. Por doquier, vemos emerger nuevos paradigmas, que empiezan a conformar una nueva visión del mundo. Y ese no es el terreno de las evidencias, sino de las grandes intuiciones maestras, como todas las que han regido el destino de la civilización humana. Es, por lo tanto, hora propicia para reconectar con el pasado (los grandes mitos, las culturas ancestrales…), a partir de una nueva mirada: una nueva mitología, para fundar una nueva era. Suenan acordes de diana de un pensamiento más equilibrado entre evidencia e intuición. El precio de no hacerlo, en el umbral de la explosión tecnológica digital, resultaría impagable.

 

Ramiro Restrepo González

Mayo de 2026

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