INTUICIÓN VERSUS EVIDENCIA
Sin que
quizás lo notemos, el 99.9 % de nuestras decisiones las tomamos de manera
instintiva o, en el mejor de los casos, intuitiva. Y todo ello, a pesar de que
ya llevamos casi 5 siglos de pensamiento científico, desde cuando el
Renacimiento abrió el espacio al protagonismo de la razón y del individuo en la
cultura occidental. Eso significa que la evidencia, como guía, apenas ha
prevalecido durante menos del 0.2 % de la historia del pensamiento humano. Y,
si concedemos que la fecha de nacimiento del pensamiento científico se remonta
a la Grecia de Tales, Anaxímenes y Anaximandro, ese porcentaje apenas
ascendería al 0.8 %. De suerte que no: la humanidad no ha guiado su pensamiento
y su vida con base en la evidencia científica. Los ha guiado con base en
grandes intuiciones maestras que, además, mantienen su plena vigencia. El
racionalismo ha sido un accidente, quizás una aventura interesante y necesaria,
aunque limitada y peligrosa, del pensamiento humano; pero solo eso.
El
racionalismo introdujo un método que potenció, pero a la vez empobreció
terriblemente, el pensamiento humano: su lógica cartesiana del “pienso luego
existo”, causa-efecto, como base de toda conclusión científicamente válida, es
la explicación subyacente a esta paradoja. Un pensamiento simplista, lineal y más
bien superficial y miope. Muy útil en el tratamiento de problemas cuantitativos,
visibles y concretos. Sirvió, así, para detonar la revolución industrial, de
corte mecanicista. Concebimos entonces el mundo como un complicado engranaje de
causalidades lineales que bastaba conocer para controlar. Todo fue un cuento de
hadas, maravilloso y de final rápido, aunque quizás no tan feliz como se
esperó.
Obsérvese,
además, que toda la tecnociencia, construida sobre el racionalismo, solo está
en capacidad de abordar cerca del 5 % del universo, es decir, la denominada
materia bariónica. Ya se sabe, por ejemplo, que las lógicas de la física
clásica no aplican a la física cuántica. Apenas nos hemos asomado tímidamente
al infinito mundo, y nuestras ópticas no podrán ya ser iguales.
Ahora el
mundo se nos revela como una realidad compleja, no simple; incierta, no
predecible; ambigua, no causal; y volátil, no tan estructurada y estática. Ya
la física, en su frontera de exploración cuántica, ha empezado por ponernos de
frente con un primer postulado: la indeterminación o incertidumbre. ¿Es el fin
de la evidencia?, ¿es el retorno a la intuición como línea maestra del
pensamiento humano?, ¿o es algo nuevo?
Pero no es
solo en el terreno del pensamiento científico de frontera. Es igualmente en todos
los terrenos: social, político, ambiental, cultural... En todos ellos, el
mundo, la realidad cotidiana, se nos revela como volátil, compleja, incierta y
ambigua. No nos quedan sino la reflexión serena o la insoportable angustia.
Quizás, por ello, ante tan agudo dilema, las grandes mayorías se refugian en
las más diversas ideologías, y lo hacen con el afán ansioso del náufrago.
Entre los
grandes mitos fundacionales de la civilización (μύθος = mythos) y las grandes evidencias del
racionalismo científico (λόγος = lógos),
las ideologías campean como libertinas seductoras, hechizando masas y
manteniéndolas dóciles y despreocupadas.
Entre el
mythos y el lógos, alguna vez levantó su voz la alquimia (al- khīmiyā),
hija no reconocida de un frustrado romance entre Oriente y Occidente. A veces
me pregunto: a) ¿ha sido esa la causa de la persistente pugna política y del
ancestral choque cultural entre ambas regiones?; b) ¿es la mecánica cuántica el
retorno, ahora, a esa visión alquímica del mundo, desde una perspectiva
superior?; ¿se avecina una integración entre Oriente y Occidente, por lo menos
cultural y en un nuevo plano civilizatorio?
Mi opinión
es que el paradigma racionalista agotó sus posibilidades; y que, por lo tanto,
todos los sistemas económicos y políticos fundamentados exclusivamente en él
tienen sus “días” contados. Han agotado su horizonte de capacidad para
comprender e interactuar con lo que llamamos la realidad. Por doquier, vemos
emerger nuevos paradigmas, que empiezan a conformar una nueva visión del mundo.
Y ese no es el terreno de las evidencias, sino de las grandes intuiciones maestras,
como todas las que han regido el destino de la civilización humana. Es, por lo
tanto, hora propicia para reconectar con el pasado (los grandes mitos, las
culturas ancestrales…), a partir de una nueva mirada: una nueva mitología, para
fundar una nueva era. Suenan acordes de diana de un pensamiento más equilibrado
entre evidencia e intuición. El precio de no hacerlo, en el umbral de la
explosión tecnológica digital, resultaría impagable.
Ramiro
Restrepo González
Mayo de
2026

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