EL FINAL
DEL RACIONALISMO
Al francés
René Descartes (1596-1650) se le atribuye haber puesto los fundamentos del
racionalismo occidental contemporáneo, especialmente en su conocida obra El
discurso del método. Por eso se le considera el primer pensador de la
modernidad. Y un logro sí debemos atribuirle: liberar el pensamiento de las
ataduras dogmáticas de la escolástica y la religión. En eso, contribuye a
desarrollar el naciente individualismo del Renacimiento, que le tocó vivir,
aunque traicionándolo en el fondo, al despojarlo de la visión trascendente de
la vida y del ser humano. Pero, sin duda, sienta las bases para el desarrollo
del racionalismo tecnocientífico posterior.
No me voy a
detener en inventariar los avances que el racionalismo ha aportado al
desarrollo del pensamiento y del conocimiento, especialmente de la ciencia,
como la conocemos, y de la tecnología, como consecuencia, porque son evidentes
y profusamente documentados. Pero sí me quiero enfocar en sus limitaciones y,
sobre todo, en el agotamiento que empieza a evidenciar, habida cuenta de que
sus efectos colaterales adversos ya empiezan a ser mayores que sus claros y pregonados
beneficios.
Las
limitaciones del racionalismo
El método
cartesiano se apoya en cuatro reglas fundamentales y a eso dedica Descartes su Discurso
del método: a) no a aceptar nada como verdadero sin evidencia clara; b)
dividir las dificultades en sus partes elementales, para hallar la solución; c)
ordenar los pensamientos, yendo de lo simple a lo complejo; y d) revisar todo
el proceso de principio a fin, para llevar a la evidencia (ver al respecto la
obra citada, especialmente en su segunda parte).
Podemos
identificar limitaciones en todas ellas, especialmente en las tres primeras,
que son las sustanciales, pues la cuarta es procedimental. Veamos, como
ejemplo, lo que nos dice sobre la segunda regla: “[…] dividir cada una
de las dificultades a examinar en tantas partes como fuera posible y necesario
para su mejor solución” (Op. cit.). De esa manera, al analizar cada parte de la
dificultad, iremos sumando observaciones y hallazgos para construir la
solución, según la regla tres, que nos indica ir de lo simple a lo complejo.
Es, pues, por definición, un modelo analítico, que disecciona la realidad, como
un cadáver, para llegar a la solución.
La lógica racional de Descartes es impecable. Pero su
impecabilidad se limita a los sistemas simples y mecánicos, en los cuales las
partes —una a una cada parte—, son el componente esencial, y pueden ser
analizadas individual y separadamente. Pero resulta radicalmente insuficiente
para abordar problemas en los sistemas complejos, en los que las partes
individuales pasan a segundo plano y el protagonismo lo toma la dinámica de las
interacciones entre todas las partes del sistema, porque el más pequeño cambio
en una de las partes las afecta a todas. Así lo expresa lúcidamente Erwin
László en entrevista para Millennium Alliance for Humanity and Biosphere, de Stanford:
“Sabemos
que todas las cosas están conectadas; es algo que está quedando muy claro
actualmente en la ciencia cuántica. Esto no podía sostenerse bajo los términos
de la ciencia clásica, en la que todo se percibe como algo mecánico —donde las
conexiones son finitas y existen elementos ajenos a dicha conexión—, pero el
universo no es un mecanismo; no es tal cosa, ni es como solíamos imaginarlo”.
Ver ACÁ.
Pensamiento lineal y pensamiento complejo
Así las cosas, a un sistema simple aplica perfectamente la
lógica de descomponer en partes (segunda regla), para luego ir de lo más simple
a lo más complejo (tercera regla). Pero, en un sistema complejo, ninguna parte
es separable, por su intrincada interdependencia con todas las demás. Se impone
lo que denominamos, hace décadas, el pensamiento sistémico, o pensamiento
complejo como lo llamó Morin. Quizás fue esta la razón que llevó al biólogo
evolutivo Richard Lewontin a hacer la sincera confesión de que “parece
imposible hacer ciencia sin metáforas” (ACÁ).
El razonamiento anterior explica bien, no solo que el racionalismo
haya terminado siendo la causa raíz detrás de la policrisis social y planetaria
que la humanidad confronta actualmente, sino que deja al desnudo la total
incompetencia de este paradigma tecnocientífico para encarar la abrumadora
complejidad de tal policrisis. Así lo señala lúcidamente Leonardo Boff: “esta tragedia
ecosocial es fruto de un tipo de razón que degeneró en racionalismo (despotismo
de la razón) y se tradujo en técnicas, por un lado, benéficas para nuestra vida
moderna y, por el otro, tan mortales que pueden destruir todo lo que hemos
construido en milenios de historia, amenazando las bases ecológicas que
sustentan el sistema-vida” (Ver ACÁ). Con sensatez y sentido del humor, El Roto —la
microsección gráfica de opinión de El País, de España— anotaba recientemente:
“El progreso nos sacó de las cavernas y nos llevará de nuevo a ellas” (Ver ACÁ).
Un nuevo tipo de pensamiento
Contra toda evidencia convencional, el racionalismo es, pues,
un tipo de pensamiento superficial, lineal y plano, que agota sus posibilidades
en los sistemas simples y predecibles de causa-efecto. Se habrá refinado
al extremo, pero sus modelos y fórmulas
han terminado siendo más complicados que complejos. Se le escaparán siempre
realidades a las que solo el pensamiento complejo tiene acceso. Los sistemas
complejos no son predecibles, pues sus lógicas no son racionales sino cuánticas,
biológicas y humanas. La realidad contemporánea nos exige, por tanto,
incursionar en fronteras de pensamiento profundo, de naturaleza compleja y biosistémica,
no suficientemente exploradas aún. Y, hasta ahora, va quedando claro que hay
dos caminos prometedores: el pensamiento crítico y la razón cordial (de cor-cordis,
en latín clásico = corazón; es la razón sensible).
Ya físicos teóricos, como David Gross, Premio Nobel 2004 por
sus hallazgos en física de partículas, lo dejó claro en sus escritos más
recientes. En entrevista para el Diario AS (España, Grupo Prisa, sección de
ciencia), así lo expresa, en la pluma de la redactora Laura Marti: “Para alguien acostumbrado a trabajar
con probabilidades y sistemas complejos, el mundo actual empieza a
parecerse menos a un problema científico y más a un sistema inestable” (Ver
ACÁ) (resaltado del original).
Y
un mundo incierto solo resulta abordable desde el pensamiento crítico y la
razón cordial. Desde el pensamiento crítico, para desentrañar los paradigmas
subyacentes en pugna y pensar creativamente transiciones inteligentes y audaces.
Y, desde la razón cordial, para compenetrarse con las lógicas de la vida
(biología) y de la trascendencia (humanidad), liberarlas de las ataduras del
racionalismo y facilitar que se expresen en todo su esplendor y potencia
transformadora, para conferirle sentido a las transiciones.
Necesitamos
una nueva civilización humana, que por fin alcance unos niveles de paz
razonables, recupere los equilibrios sociales y planetarios perdidos, y
reoriente la economía al servicio de la vida y el bienestar (la economía del
bien común de Felber y Mazzucato). Y ello solo será posible por esta sencilla
pero ardua ruta del pensamiento crítico y la razón cordial. Gratitud en el
final de la edad dorada del racionalismo, pero su tiempo ya pasó y debemos
colocarlo en el punto justo de la historia humana y de la sociedad
posindustrial. Seguirle dando protagonismo lastra nuestro presente y compromete
nuestro futuro.
Ramiro
Restrepo González
Junio de 2026

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