lunes, 6 de julio de 2026

EL FINAL DEL RACIONALISMO

 

Al francés René Descartes (1596-1650) se le atribuye haber puesto los fundamentos del racionalismo occidental contemporáneo, especialmente en su conocida obra El discurso del método. Por eso se le considera el primer pensador de la modernidad. Y un logro sí debemos atribuirle: liberar el pensamiento de las ataduras dogmáticas de la escolástica y la religión. En eso, contribuye a desarrollar el naciente individualismo del Renacimiento, que le tocó vivir, aunque traicionándolo en el fondo, al despojarlo de la visión trascendente de la vida y del ser humano. Pero, sin duda, sienta las bases para el desarrollo del racionalismo tecnocientífico posterior.

 

No me voy a detener en inventariar los avances que el racionalismo ha aportado al desarrollo del pensamiento y del conocimiento, especialmente de la ciencia, como la conocemos, y de la tecnología, como consecuencia, porque son evidentes y profusamente documentados. Pero sí me quiero enfocar en sus limitaciones y, sobre todo, en el agotamiento que empieza a evidenciar, habida cuenta de que sus efectos colaterales adversos ya empiezan a ser mayores que sus claros y pregonados beneficios.

 

Las limitaciones del racionalismo

 

El método cartesiano se apoya en cuatro reglas fundamentales y a eso dedica Descartes su Discurso del método: a) no a aceptar nada como verdadero sin evidencia clara; b) dividir las dificultades en sus partes elementales, para hallar la solución; c) ordenar los pensamientos, yendo de lo simple a lo complejo; y d) revisar todo el proceso de principio a fin, para llevar a la evidencia (ver al respecto la obra citada, especialmente en su segunda parte).

 

Podemos identificar limitaciones en todas ellas, especialmente en las tres primeras, que son las sustanciales, pues la cuarta es procedimental. Veamos, como ejemplo, lo que nos dice sobre la segunda regla: “[…] dividir cada una de las dificultades a examinar en tantas partes como fuera posible y necesario para su mejor solución” (Op. cit.). De esa manera, al analizar cada parte de la dificultad, iremos sumando observaciones y hallazgos para construir la solución, según la regla tres, que nos indica ir de lo simple a lo complejo. Es, pues, por definición, un modelo analítico, que disecciona la realidad, como un cadáver, para llegar a la solución.

 

La lógica racional de Descartes es impecable. Pero su impecabilidad se limita a los sistemas simples y mecánicos, en los cuales las partes —una a una cada parte—, son el componente esencial, y pueden ser analizadas individual y separadamente. Pero resulta radicalmente insuficiente para abordar problemas en los sistemas complejos, en los que las partes individuales pasan a segundo plano y el protagonismo lo toma la dinámica de las interacciones entre todas las partes del sistema, porque el más pequeño cambio en una de las partes las afecta a todas. Así lo expresa lúcidamente Erwin László en entrevista para Millennium Alliance for Humanity and Biosphere, de Stanford: “Sabemos que todas las cosas están conectadas; es algo que está quedando muy claro actualmente en la ciencia cuántica. Esto no podía sostenerse bajo los términos de la ciencia clásica, en la que todo se percibe como algo mecánico —donde las conexiones son finitas y existen elementos ajenos a dicha conexión—, pero el universo no es un mecanismo; no es tal cosa, ni es como solíamos imaginarlo”. Ver ACÁ.

 

Pensamiento lineal y pensamiento complejo

 

Así las cosas, a un sistema simple aplica perfectamente la lógica de descomponer en partes (segunda regla), para luego ir de lo más simple a lo más complejo (tercera regla). Pero, en un sistema complejo, ninguna parte es separable, por su intrincada interdependencia con todas las demás. Se impone lo que denominamos, hace décadas, el pensamiento sistémico, o pensamiento complejo como lo llamó Morin. Quizás fue esta la razón que llevó al biólogo evolutivo Richard Lewontin a hacer la sincera confesión de que “parece imposible hacer ciencia sin metáforas” (ACÁ).

 

El razonamiento anterior explica bien, no solo que el racionalismo haya terminado siendo la causa raíz detrás de la policrisis social y planetaria que la humanidad confronta actualmente, sino que deja al desnudo la total incompetencia de este paradigma tecnocientífico para encarar la abrumadora complejidad de tal policrisis. Así lo señala lúcidamente Leonardo Boff: “esta tragedia ecosocial es fruto de un tipo de razón que degeneró en racionalismo (despotismo de la razón) y se tradujo en técnicas, por un lado, benéficas para nuestra vida moderna y, por el otro, tan mortales que pueden destruir todo lo que hemos construido en milenios de historia, amenazando las bases ecológicas que sustentan el sistema-vida” (Ver ACÁ). Con sensatez y sentido del humor, El Roto —la microsección gráfica de opinión de El País, de España— anotaba recientemente: “El progreso nos sacó de las cavernas y nos llevará de nuevo a ellas” (Ver ACÁ).

 

Un nuevo tipo de pensamiento

 

Contra toda evidencia convencional, el racionalismo es, pues, un tipo de pensamiento superficial, lineal y plano, que agota sus posibilidades en los sistemas simples y predecibles de causa-efecto. Se habrá refinado al  extremo, pero sus modelos y fórmulas han terminado siendo más complicados que complejos. Se le escaparán siempre realidades a las que solo el pensamiento complejo tiene acceso. Los sistemas complejos no son predecibles, pues sus lógicas no son racionales sino cuánticas, biológicas y humanas. La realidad contemporánea nos exige, por tanto, incursionar en fronteras de pensamiento profundo, de naturaleza compleja y biosistémica, no suficientemente exploradas aún. Y, hasta ahora, va quedando claro que hay dos caminos prometedores: el pensamiento crítico y la razón cordial (de cor-cordis, en latín clásico = corazón; es la razón sensible).

 

Ya físicos teóricos, como David Gross, Premio Nobel 2004 por sus hallazgos en física de partículas, lo dejó claro en sus escritos más recientes. En entrevista para el Diario AS (España, Grupo Prisa, sección de ciencia), así lo expresa, en la pluma de la redactora Laura Marti: “Para alguien acostumbrado a trabajar con probabilidades y sistemas complejos, el mundo actual empieza a parecerse menos a un problema científico y más a un sistema inestable” (Ver ACÁ) (resaltado del original).

 

Y un mundo incierto solo resulta abordable desde el pensamiento crítico y la razón cordial. Desde el pensamiento crítico, para desentrañar los paradigmas subyacentes en pugna y pensar creativamente transiciones inteligentes y audaces. Y, desde la razón cordial, para compenetrarse con las lógicas de la vida (biología) y de la trascendencia (humanidad), liberarlas de las ataduras del racionalismo y facilitar que se expresen en todo su esplendor y potencia transformadora, para conferirle sentido a las transiciones.

 

Necesitamos una nueva civilización humana, que por fin alcance unos niveles de paz razonables, recupere los equilibrios sociales y planetarios perdidos, y reoriente la economía al servicio de la vida y el bienestar (la economía del bien común de Felber y Mazzucato). Y ello solo será posible por esta sencilla pero ardua ruta del pensamiento crítico y la razón cordial. Gratitud en el final de la edad dorada del racionalismo, pero su tiempo ya pasó y debemos colocarlo en el punto justo de la historia humana y de la sociedad posindustrial. Seguirle dando protagonismo lastra nuestro presente y compromete nuestro futuro.

 

Ramiro Restrepo González

Junio de 2026 

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