miércoles, 22 de julio de 2026

CAMBIEMOS DE METÁFORA

 

La historia de la humanidad ha sido la historia del poder. Y, más precisamente, del poder ejercido como dominación. Eso explica, por ejemplo, que todos nuestros deportes, especialmente los más emblemáticos, pongan en escena cuatro elementos muy simbólicos: a) las figuras de poder, como metáfora de los ejércitos; b) la cancha, como representación del campo de batalla; c) el juego, como representación de la batalla; d) y el más simbólico de todos, lenguaje, que resulta toda una refinada alegoría bélica. Así, en el juego, habrá ataque, defensa, repliegues tácticos, etc. Y, al final de cada partida, siempre habrá ganadores y vencidos, dominadores y dominados.

 

EL FÚTBOL: LA METÁFORA DE LA GUERRA

 

En la era actual, el ajedrez pasó, de ser el deporte rey en la Edad Media, a ser un modesto deporte de nicho, que ni ha logrado colarse en los Juegos Olímpicos hasta ahora. Por el contrario, el fútbol, nacido apenas en 1863, se volvió rápidamente el deporte de masas por excelencia y hoy domina la conversación ciudadana y los medios de comunicación masivos. Se ha vuelto, digamos, LA GRAN METÁFORA de una sociedad hipercompetitiva, en la que unos tienen que ser sacrificados, para que otros resulten glorificados. Así, el fútbol es hoy LA GRAN METÁFORA DE LA GUERRA y la polarización, de la confrontación de intereses, visiones, bloques e ideologías. Así lo describe muy acertadamente la nota editorial de El Colombiano (Colombia) con motivo de la iniciación del torneo Mundial de Fútbol: “El fútbol le da a cada nación la ilusión perfectamente igualitaria de que puede ganarle a cualquier otra” (ver ACÁ). Y así lo corrobora Rubén Conde, un investigador predoctoral español: “En el plano social, un Mundial funciona como el simulacro perfecto de un conflicto mundial. Los equipos operan como ejércitos regulares respaldados por banderas, himnos y fronteras” (ver ACÁ). Es que eso son las metáforas: sublimaciones de una guerra y una victoria siempre deseadas.

 

Me pregunto: ¿no es hora de que cambiemos de metáfora? Y quisiera arriesgar algunas razones para hacerlo y alguna propuesta que considero un excelente sustituto.


RAZONES PARA CAMBIAR

 

Mis razones para hacerlo son básicamente dos: por un lado, los desafueros y secuelas masivas que ya nos ha dejado el fútbol, como metáfora de la guerra; y, por otro lado, el cambio de paradigmas que está ocurriendo en la sociedad y la cultura contemporáneas.

 

Mi primera razón: los desafueros y secuelas masivas del fútbol. Ya presentan cifras abrumadoras, ocasionadas por todos sus excesos:

§  La tasa de lesiones, tanto en el fútbol profesional como, más aún, en el fútbol aficionado.

§  Las muertes, ocasionadas por múltiples causas. Las más visibles: avalanchas en los estadios, eventos súbitos durante los entrenamientos y enfrentamientos entre aficionados.

§  Y no olvidemos que ya, en julio de 1969, El Salvador y Honduras se enzarzaron en una guerra de seis días, denominada precisamente la Guerra del Fútbol, en razón de que el detonante fueron los disturbios provocados por el partido de las dos selecciones nacionales en su clasificación al Mundial de México 1970.

 

Es de anotar que las anteriores causas comportan todas un altísimo subregistro estadístico. Pero, aun así, se sabe que compiten con las cifras derivadas del narcotráfico y el consumo de drogas ilícitas; siendo, además, una de las grandes causas habituales de perturbación del orden público y la convivencia ciudadana. Y ello sin hablar de la forma silenciosa como el fútbol moldea la cultura ciudadana, permeándola de polarización, confrontación violenta y espíritu guerrerista. Nada más combativo, en efecto, que un fanático del fútbol.

 

Mi segunda razón: el cambio de paradigmas que está ocurriendo en nuestra cultura y nuestra sociedad. En efecto, estamos migrando del paradigma de la competición al paradigma de la cooperación. Al punto, que ya conceptos clásicos de la economía —dogmas para el economicismo dominante—, como la COMPETITVIDAD y su indicador, el PIB, son conceptos que se consideran obsoletos y están ya, hoy día, en vías de sustitución.

 

Valga una pausa, para señalar que este giro, del paradigma de la competición al paradigma de la cooperación, se nos presenta hoy como una urgencia civilizatoria, y no como ese viejo sueño que siempre pudo aplazarse. La hipercompetitividad, ahora llevada al frenesí por las grandes tecnológicas, con sus modelos de inteligencia artificial, nos ha puesto de frente contra el posible colapso del planeta y de nuestra propia especie. Ya, por ejemplo, los sistemas eléctricos de grandes regiones están siendo llevados al límite por los centros de datos; pero eso es solo un ejemplo incidental, de algo absolutamente más profundo. Estamos realmente ad portas del dilema final: o consciencia o colapso. Y así coinciden cada vez más voces sensatas, como la del filósofo de las ciencias español Antonio Diéguez: “La aparición de una superinteligencia artificial no alineada con los intereses y valores morales humanos ha venido a incorporarse recientemente a todos los viejos temores [...] Nunca fueron mayores los peligros porque nunca fue tan potente la tecnología para propiciar nuestra destrucción” (subrayados del original) Ver ACÁ.

 

Es decir, o replanteamos radicalmente los paradigmas sobre los que se han fundamentado nuestro estilo de vida y nuestro modo de producción, o confrontaremos nuestra insostenibilidad como civilización. No seríamos el primer imperio (el del capitalismo digital) en sucumbir, en la historia de la humanidad. Pero si parece que somos el primero en condiciones de reaccionar a tiempo y corregir el rumbo.

 

¿Y cuáles serían los elementos del nuevo paradigma civilizatorio? Ya emergen por todos los frentes de la actividad humana. Los sintetizo en dos: a) una nueva manera de relacionarnos con la naturaleza, que nos permita recuperar sus ritmos (armónicos y lentos) y sus ciclos (continuos y regenerativos); y b) una nueva visión del trabajo humano, expresado en la economía, que ponga de nuevo la economía al servicio del ser humano y de la vida y no a la inversa, como ha ocurrido hasta ahora.

 

Leonardo Boff lo expresa con gran lucidez: “Actualmente se confrontan dos paradigmas: el del poder y el del cuidado. El del poder actual como dominación caracteriza la modernidad. Fue con este poder que se sometieron los pueblos, muchos hechos esclavos, la naturaleza despiadadamente explotada, la materia, la vida y la propia Tierra hoy con poca sostenibilidad. El paradigma del cuidado renuncia al poder como dominación y establece una relación amigable con la naturaleza y respeta la Tierra como la Gran Madre y Gaia” (ver ACÁ). En pocas palabras, abandonar la visión de la economía como maximización de rendimientos, cosas, bienes y dinero. Y migrar a una economía del cuidado, de personas; una economía a escala humana (Max-Neef, ver ACÁ), una economía del bien común (Mazzucato, ver ACÁ).

 

POSIBLE NUEVA METÁFORA

 

Cualquier nueva metáfora tiene que reunir, al menos, tres condiciones: a) expresar claramente la estrecha relación de interdependencia del ser humano con la naturaleza; b) escenificar las nuevas relaciones de cooperación, solidaridad, fraternidad y comensalidad, entre los seres humanos, en oposición a las viejas relaciones de competitividad y dominación; y c) tener una alta carga simbólica y lúdica, que convoque desde el corazón.

 

En esa línea, no dudo en que mi favorita es LA DANZA. Desde las ancestrales y folclóricas danzas del fuego, la cosecha y la fecundidad, hasta las propuestas contemporáneas de la armonía, el disfrute del buen vivir y la identidad cultural de los pueblos y las generaciones.

 

Obsérvese que en la danza no se compite, se fluye. No se triunfa, se celebra. No se vence, se comparte. No hay jerarquías, hay roles e interpretaciones. Así, el campo de batalla es sustituido por una pista lúdica; los adversarios, por parejas y compañeros; el tronador bramido de las barras, por el armónico fondo  musical y el rítmico golpeteo sobre el tablado; así, el fanatismo ciego cede finalmente su paso al más placentero disfrute de los acordes, las cadencias y los ritmos.

 

Y, mientras el fútbol tiene el mismo monótono formato, cambiando escasamente de colores e insignias, la danza tiene infinidad de expresiones: clásica, flamenca, folclórica, popular, ballet, ancestral, ceremonial, religiosa… Casi que cada danza para cada circunstancia, lugar y cultura. Pero el mismo espíritu de armonía compartida y de celebración de la vida.

 

Se me dirá que la danza no tiene la misma fuerza, que no despierta la misma pasión del fútbol. Sin duda. Es que, en estadios superiores de consciencia, a los que la humanidad se prepara para ascender, el paradigma de la pasión cambia igualmente, así como la carcajada y el ruido son sustituidos por la sonrisa y la serena alegría de la vida. Es el advenimiento del hombre nuevo: el que nace de ese adolescente paleolítico que hemos sido, para adentrarnos en la madurez del sapiens, que aún no hemos llegado a ser. Es un cambio radical de paradigmas, que apenas comenzamos a comprender.

 

Sin duda, hay otras cuantas alternativas con perfil para sustituir al fútbol.  Será la dinámica histórica la que marque la opción o las opciones que terminen imponiéndose, un cambio que ya avizora su punto de inflexión en un horizonte no lejano. Por el momento, empecemos por decirle no a la guerra y a sus tóxicas metáforas.

 

Ramiro Restrepo González

Junio de 2026 

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