UNA SOCIEDAD ANÓMICA
Tratándose de una palabreja que usamos poco, conviene
empezar recordando su sencillo origen etimológico. En griego clásico, νόμος (nómos)
significa ley, norma; y la “a” inicial es, igualmente en griego, un
prefijo privativo. De suerte que anomia es un estado de cosas sin ley. La RAE
complementa con una acepción traída de las ciencias humanas, y la define además
como un “conjunto de situaciones que derivan de la carencia de normas sociales
o de su degradación”.
La anomia es, así, un fenómeno
silencioso, pero observable a pie de calle sin mayor esfuerzo. Y es, para mí, la variable menos visible, pero de las más decisivas en
la decadencia contemporánea. Una especie de fuerza corrosiva del contrato
social y de la convivencia ciudadana basada en él.
Podemos hacer fácilmente un inventario de sus
polimorfas manifestaciones. En primer lugar, las más cotidianas: cruzar la
calzada con el semáforo en rojo, no respetar el carril de circulación, colarse
en las filas, pagar redes de intermediarios en los trámites ciudadanos, evadir
impuestos… Pasando, luego, por las más sofisticadas: los paraísos fiscales, la
piratería de marca, la ciberdelincuencia, las redes de corrupción, las fake
news… Para, finalmente, llegar a las manifestaciones más estructurales: la
crisis generalizada de confianza pública, la inoperancia del sistema judicial,
la decadencia de las formas democráticas, la precariedad de los modelos de
gobernanza… Como vemos, la anomia es una especie de espíritu maligno, que se ha
instalado en nuestra sociedad contemporánea, invadiendo todos los rincones y
niveles de la actividad humana. Hemos terminado, así, cumpliendo la vieja
sentencia de la colonia, que consagró el virrey Antonio de Mendoza: “aquí se
obedece, pero no se cumple”; simpática sentencia actualizada en el folclórico
dicho caribeño: “aquí ese decreto no pegó” (costeñismo que significa que las
personas no aceptaron ni asimilaron algún decreto o norma y que, por tal
motivo, nadie los cumple).
Conviene dar una mirada a las posibles causas del
fenómeno, para encontrar allí la raíz de posibles acciones. En mi opinión, se
trata, no solo de un fenómeno polimorfo, sino policausal. Apuntaría al menos a
las siguientes seis fuentes causales.
La desvalorización de lo público. Ha habido sociedades particularmente sensibles al
cuidado de lo público, del bien común (la polis griega, la Pacha Mama de
nuestras sociedades ancestrales, nuestra Casa Común de la ONU y Francisco). La
nuestra, marcada por un individualismo feroz, le ha dado la espalda al bien
común. Es la conocida “tragedia de los comunes”, de la que nos habla Garrett
Hardin
(La
tragedia de los comunes, publicado originalmente en Science, 1968, vol.
162; ver ACÁ). Un ejemplo de actualidad: el cambio climático (un
bien común altamente sensible) no será manejable mientras no haya compromisos
vinculantes de sacrificar beneficios individuales derivados de actividades
generadoras de gases de efecto invernadero GEI, que es lo que no se ha podido
lograr en las innumerables Conferencias de las Partes COP sobre el clima.
La secularización. El proceso que
ha marcado la gradual pérdida de protagonismo de las religiones en la organización
de muchas sociedades. Como bien lo afirma la filósofa catalana, Victoria Camps:
“Con la secularización, nada ha sustituido lo que hacía la
religión para vincular a las personas con un sentido moral (Silverio, Pedro.
Entrevista a Victoria Camps, filósofa catalana. Ethic, octubre 27 de 2025. Ver ACÁ). A su manera, aunque con un alto costo humano, las
religiones cumplían este importantísimo papel social. Y tímidas iniciativas
como el Proyecto por una Ética Civil Mundial, liderado por el fallecido teólogo
Hans Küng, no han logrado aún el respaldo político necesario, a pesar del
reconocimiento oficial de Naciones Unidas.
La
decadencia institucional. Cada vez las instituciones se quedan más
cortas para responder a las expectativas ciudadanas, por un lado; y, por otro,
la institucionalidad pública ha sido cooptada, en gran medida, por redes
mafiosas corruptas, que la ciudadanía percibe a golpe de escándalos. Al
respecto, uno de los últimos reportes del Latinobarómetro (Informe 2024, pp. 57-59. Ver ACÁ) nos ofrece las siguientes cifras: salvo la iglesia
católica (61 % de confianza pública), ninguna institución llega al 50 %.
Ejemplos: Fuerzas Armadas (43 %), presidente (37 %), partidos políticos (17 %),
Congreso (24 %), poder judicial (28 %). Y, la más desastrosa: la confianza
interpersonal (15 %). Y, sin confianza pública, jamás habrá cohesión social
posible ni sentido normativo alguno que vincule al ciudadano con un contrato
social.
La ruina del sistema educativo. Justo la institucionalidad responsable de formar
personas y ciudadanos. Pero hay dos factores que han determinado su ruina:
Por un lado, el deterioro severo de su calidad, al
punto que recientemente la Secretaría de Educación del Departamento de
Antioquia, en Colombia (Ver ACÁ), debió
reconocer que 4 de cada 10 bachilleres no pasaron el umbral de lectura en las
pruebas del Icfes
(Instituto Colombiano para la Evaluación de la Educación). Y esa es una dolorosa realidad global, más que
local.
Y las pruebas PISA (Programme for International Student
Assessment) de la OCDE, con las cuales
se evalúa la efectividad del sistema educativo en el mundo; que, en mi
concepto, constituyen la antinomia de lo que es el desarrollo humano; en
efecto, se centran en competencias (lectora, matemática y científica), es
decir, habilidades meramente funcionales y mecanicistas, olvidando la esencia
del ser humano: su sensibilidad y su consciencia; por ello, PISA no incluye
asuntos tan vitales hoy como la estética, la ética, el desarrollo emocional, la
solidaridad, la cultura… En resumen: solo incluye lo que nos hace máquinas, no
humanos. Y las máquinas no conocen de
leyes y normas.
Un sistema judicial inútil por diseño. Justo la institucionalidad responsable de aplicar
las leyes y normas en la sociedad, sancionando sus desviaciones. Hablo de la
justicia, entendida en su reducidísima concepción de conformidad con la norma.
Basta mirar los índices de impunidad. Son su prueba ácida. Según el Índice de
Impunidad Global 2024 (Universidad de las Américas, Puebla. Índice Global de
Impunidad 2024. P. 107. Ver ACÁ), Colombia
registra un 37.76 %, y ello sin tener en cuenta la “impunidad estadística” que
registra el informe, por falta de información o reporte de los países. La
lectura inversa resulta igualmente elocuente: significa que la efectividad del
sistema judicial en Colombia es, como máximo, de un escaso 62,24 %. Sin
embargo, cifras oficiales de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia de
Colombia ubican la impunidad, entre 2010 y 2023, en un 93.99 % (ver ACÁ). De ahí lo
acertado del decir popular: “Así, ‘ser pillo, paga’”. Y anotaría una causa más,
quizás la raíz de todas.
Un sistema económico perverso. En efecto, el economicismo decadente y aún dominante
(neoliberalismo, capitalismo digital y ahora tecnofeudalismo), con su mandato
supremo de la maximización de beneficios, ha entronizado la mano invisible del
mercado, trayendo consecuencias nefastas: el desmantelamiento del Estado, un
individualismo exacerbado con rasgos de sicopatía crecientes y la cancelación
de toda expectativa de justicia ambiental y social. Es decir, los agentes del
orden económico vigente han sido los únicos ganadores (y, en mi concepto, sus
artífices encubiertos) de un orden social anómico y disfuncional al bien común.
En resumen: sociedades sin
fundamentación humana, sin sólidos referentes vitales e institucionales que
sirvan de guía, sin cohesión ciudadana, y formadas por grandes masas de
individuos lanzados a sortear las afugias de la vida en medio de la ley de la
selva de una economía voraz.
Vuelvo a la pregunta
inicial: ¿hay algo que se pueda hacer, para intentar sanar una sociedad anómica?
Estoy convencido de que la respuesta es afirmativa. Pero no me satisface la
respuesta convencional más aceptada, que propone la educación como estrategia.
Es, a mi modo de ver, la respuesta políticamente correcta.
Propongo que se considere
una interesante pista que nos dio el materialismo histórico hace ya 180 años.
No es la respuesta, pero es una pista. Según la tesis central de este enfoque,
el pensamiento y la cultura se forjan a partir de las condiciones materiales
bajo las cuales las sociedades resuelven sus problemas de supervivencia. “¿Qué demuestra
la historia del pensamiento, sino que la producción intelectual se transforma
con la producción material?”, afirmaba Marx (El manifiesto comunista, p. 61.
Ver ACÁ). Esta ruta nos trae a primer
plano el trabajo humano y las condiciones sociales en las que este se
desarrolla. En otras palabras, nos dice que poco diferente a un pensamiento y
una cultura anómicos podemos esperar de un modelo de desarrollo economicista
depredador como el vigente. Lo visionario de Marx fue haberlo advertido en los
inicios de la era industrial. En ello, coincido.
En lo que no coincido
con el respetable señor Marx es en que el espíritu humano (autoconsciencia,
sensibilidad, pensamiento…) sea un material pasivo y moldeable por las
circunstancias (condiciones materiales del trabajo humano, según Marx). El
pensamiento, al igual que las fuerzas sociales y materiales, es otra fuerza, y
quizás más poderosa. El pensamiento es el más poderoso fermento de la
evolución. De suerte que es en la interacción dinámica de todas estas fuerzas,
mediadas por el pensamiento, especialmente por el pensamiento crítico, como
creo que se forja la cultura, en tanto pensamiento colectivo que es.
En conclusión:
Si se quiere ser
pragmático, no hay ruta diferente, en mi personal opinión: sustituir,
transformar o ver colapsar el modelo económico vigente, anclado en el comprar-tirar-comprar
para maximizar rendimientos, y echar a andar transiciones audaces. Lo demás
vendrá en cascada. Creo, además, que ya está ocurriendo. La traumática
experiencia que están representando las actuales condiciones materiales, en las
que el trabajo humano ocurre, están produciendo y, a la vez, están confrontando
cambios rápidos de la cultura política de las sociedades. En otras palabras: la
amarga experiencia de un sistema disfuncional está despertando consciencias y
sensibilidades, que no demorarán en expresarse abiertamente y ganar protagonismo
en el diálogo social y político. Esa nueva consciencia y esa nueva sensibilidad
están empezando a ser los catalizadores de la gran transición que estamos
iniciando. Se escuchan dolores de parto crecientes en la confusa sintomatología
contemporánea.
Ramiro Restrepo
González
Enero de 2026

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