viernes, 5 de junio de 2026

UNA SOCIEDAD ANÓMICA

 

Tratándose de una palabreja que usamos poco, conviene empezar recordando su sencillo origen etimológico. En griego clásico, νόμος (nómos) significa ley, norma; y la “a” inicial es, igualmente en griego, un prefijo privativo. De suerte que anomia es un estado de cosas sin ley. La RAE complementa con una acepción traída de las ciencias humanas, y la define además como un “conjunto de situaciones que derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación”.

 

La anomia es, así, un fenómeno silencioso, pero observable a pie de calle sin mayor esfuerzo. Y es, para mí, la variable menos visible, pero de las más decisivas en la decadencia contemporánea. Una especie de fuerza corrosiva del contrato social y de la convivencia ciudadana basada en él.

 

Podemos hacer fácilmente un inventario de sus polimorfas manifestaciones. En primer lugar, las más cotidianas: cruzar la calzada con el semáforo en rojo, no respetar el carril de circulación, colarse en las filas, pagar redes de intermediarios en los trámites ciudadanos, evadir impuestos… Pasando, luego, por las más sofisticadas: los paraísos fiscales, la piratería de marca, la ciberdelincuencia, las redes de corrupción, las fake news… Para, finalmente, llegar a las manifestaciones más estructurales: la crisis generalizada de confianza pública, la inoperancia del sistema judicial, la decadencia de las formas democráticas, la precariedad de los modelos de gobernanza… Como vemos, la anomia es una especie de espíritu maligno, que se ha instalado en nuestra sociedad contemporánea, invadiendo todos los rincones y niveles de la actividad humana. Hemos terminado, así, cumpliendo la vieja sentencia de la colonia, que consagró el virrey Antonio de Mendoza: “aquí se obedece, pero no se cumple”; simpática sentencia actualizada en el folclórico dicho caribeño: “aquí ese decreto no pegó” (costeñismo que significa que las personas no aceptaron ni asimilaron algún decreto o norma y que, por tal motivo, nadie los cumple).

 

Conviene dar una mirada a las posibles causas del fenómeno, para encontrar allí la raíz de posibles acciones. En mi opinión, se trata, no solo de un fenómeno polimorfo, sino policausal. Apuntaría al menos a las siguientes seis fuentes causales.

 

La desvalorización de lo público. Ha habido sociedades particularmente sensibles al cuidado de lo público, del bien común (la polis griega, la Pacha Mama de nuestras sociedades ancestrales, nuestra Casa Común de la ONU y Francisco). La nuestra, marcada por un individualismo feroz, le ha dado la espalda al bien común. Es la conocida “tragedia de los comunes”, de la que nos habla Garrett Hardin (La tragedia de los comunes, publicado originalmente en Science, 1968, vol. 162; ver ACÁ). Un ejemplo de actualidad: el cambio climático (un bien común altamente sensible) no será manejable mientras no haya compromisos vinculantes de sacrificar beneficios individuales derivados de actividades generadoras de gases de efecto invernadero GEI, que es lo que no se ha podido lograr en las innumerables Conferencias de las Partes COP sobre el clima.

 

La secularización. El proceso que ha marcado la gradual pérdida de protagonismo de las religiones en la organización de muchas sociedades. Como bien lo afirma la filósofa catalana, Victoria Camps: “Con la secularización, nada ha sustituido lo que hacía la religión para vincular a las personas con un sentido moral (Silverio, Pedro. Entrevista a Victoria Camps, filósofa catalana. Ethic, octubre 27 de 2025. Ver ACÁ). A su manera, aunque con un alto costo humano, las religiones cumplían este importantísimo papel social. Y tímidas iniciativas como el Proyecto por una Ética Civil Mundial, liderado por el fallecido teólogo Hans Küng, no han logrado aún el respaldo político necesario, a pesar del reconocimiento oficial de Naciones Unidas.

 

La decadencia institucional. Cada vez las instituciones se quedan más cortas para responder a las expectativas ciudadanas, por un lado; y, por otro, la institucionalidad pública ha sido cooptada, en gran medida, por redes mafiosas corruptas, que la ciudadanía percibe a golpe de escándalos. Al respecto, uno de los últimos reportes del Latinobarómetro (Informe 2024, pp. 57-59. Ver ACÁ) nos ofrece las siguientes cifras: salvo la iglesia católica (61 % de confianza pública), ninguna institución llega al 50 %. Ejemplos: Fuerzas Armadas (43 %), presidente (37 %), partidos políticos (17 %), Congreso (24 %), poder judicial (28 %). Y, la más desastrosa: la confianza interpersonal (15 %). Y, sin confianza pública, jamás habrá cohesión social posible ni sentido normativo alguno que vincule al ciudadano con un contrato social.  

 

La ruina del sistema educativo. Justo la institucionalidad responsable de formar personas y ciudadanos. Pero hay dos factores que han determinado su ruina:

                          

Por un lado, el deterioro severo de su calidad, al punto que recientemente la Secretaría de Educación del Departamento de Antioquia, en Colombia (Ver ACÁ), debió reconocer que 4 de cada 10 bachilleres no pasaron el umbral de lectura en las pruebas del Icfes (Instituto Colombiano para la Evaluación de la Educación). Y esa es una dolorosa realidad global, más que local.

 

Y las pruebas PISA (Programme for International Student Assessment) de la OCDE, con las cuales se evalúa la efectividad del sistema educativo en el mundo; que, en mi concepto, constituyen la antinomia de lo que es el desarrollo humano; en efecto, se centran en competencias (lectora, matemática y científica), es decir, habilidades meramente funcionales y mecanicistas, olvidando la esencia del ser humano: su sensibilidad y su consciencia; por ello, PISA no incluye asuntos tan vitales hoy como la estética, la ética, el desarrollo emocional, la solidaridad, la cultura… En resumen: solo incluye lo que nos hace máquinas, no humanos. Y las máquinas no conocen de  leyes y normas.

 

Un sistema judicial inútil por diseño. Justo la institucionalidad responsable de aplicar las leyes y normas en la sociedad, sancionando sus desviaciones. Hablo de la justicia, entendida en su reducidísima concepción de conformidad con la norma. Basta mirar los índices de impunidad. Son su prueba ácida. Según el Índice de Impunidad Global 2024 (Universidad de las Américas, Puebla. Índice Global de Impunidad 2024. P. 107. Ver ACÁ), Colombia registra un 37.76 %, y ello sin tener en cuenta la “impunidad estadística” que registra el informe, por falta de información o reporte de los países. La lectura inversa resulta igualmente elocuente: significa que la efectividad del sistema judicial en Colombia es, como máximo, de un escaso 62,24 %. Sin embargo, cifras oficiales de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia de Colombia ubican la impunidad, entre 2010 y 2023, en un 93.99 % (ver ACÁ). De ahí lo acertado del decir popular: “Así, ‘ser pillo, paga’”. Y anotaría una causa más, quizás la raíz de todas.

 

Un sistema económico perverso. En efecto, el economicismo decadente y aún dominante (neoliberalismo, capitalismo digital y ahora tecnofeudalismo), con su mandato supremo de la maximización de beneficios, ha entronizado la mano invisible del mercado, trayendo consecuencias nefastas: el desmantelamiento del Estado, un individualismo exacerbado con rasgos de sicopatía crecientes y la cancelación de toda expectativa de justicia ambiental y social. Es decir, los agentes del orden económico vigente han sido los únicos ganadores (y, en mi concepto, sus artífices encubiertos) de un orden social anómico y disfuncional al bien común.

 

En resumen: sociedades sin fundamentación humana, sin sólidos referentes vitales e institucionales que sirvan de guía, sin cohesión ciudadana, y formadas por grandes masas de individuos lanzados a sortear las afugias de la vida en medio de la ley de la selva de una economía voraz.

 

Vuelvo a la pregunta inicial: ¿hay algo que se pueda hacer, para intentar sanar una sociedad anómica? Estoy convencido de que la respuesta es afirmativa. Pero no me satisface la respuesta convencional más aceptada, que propone la educación como estrategia. Es, a mi modo de ver, la respuesta políticamente correcta.

 

Propongo que se considere una interesante pista que nos dio el materialismo histórico hace ya 180 años. No es la respuesta, pero es una pista. Según la tesis central de este enfoque, el pensamiento y la cultura se forjan a partir de las condiciones materiales bajo las cuales las sociedades resuelven sus problemas de supervivencia. “¿Qué demuestra la historia del pensamiento, sino que la producción intelectual se transforma con la producción material?”, afirmaba Marx (El manifiesto comunista, p. 61. Ver ACÁ). Esta ruta nos trae a primer plano el trabajo humano y las condiciones sociales en las que este se desarrolla. En otras palabras, nos dice que poco diferente a un pensamiento y una cultura anómicos podemos esperar de un modelo de desarrollo economicista depredador como el vigente. Lo visionario de Marx fue haberlo advertido en los inicios de la era industrial. En ello, coincido.

 

En lo que no coincido con el respetable señor Marx es en que el espíritu humano (autoconsciencia, sensibilidad, pensamiento…) sea un material pasivo y moldeable por las circunstancias (condiciones materiales del trabajo humano, según Marx). El pensamiento, al igual que las fuerzas sociales y materiales, es otra fuerza, y quizás más poderosa. El pensamiento es el más poderoso fermento de la evolución. De suerte que es en la interacción dinámica de todas estas fuerzas, mediadas por el pensamiento, especialmente por el pensamiento crítico, como creo que se forja la cultura, en tanto pensamiento colectivo que es.

 

En conclusión:

 

Si se quiere ser pragmático, no hay ruta diferente, en mi personal opinión: sustituir, transformar o ver colapsar el modelo económico vigente, anclado en el comprar-tirar-comprar para maximizar rendimientos, y echar a andar transiciones audaces. Lo demás vendrá en cascada. Creo, además, que ya está ocurriendo. La traumática experiencia que están representando las actuales condiciones materiales, en las que el trabajo humano ocurre, están produciendo y, a la vez, están confrontando cambios rápidos de la cultura política de las sociedades. En otras palabras: la amarga experiencia de un sistema disfuncional está despertando consciencias y sensibilidades, que no demorarán en expresarse abiertamente y ganar protagonismo en el diálogo social y político. Esa nueva consciencia y esa nueva sensibilidad están empezando a ser los catalizadores de la gran transición que estamos iniciando. Se escuchan dolores de parto crecientes en la confusa sintomatología contemporánea.

 

Ramiro Restrepo González

Enero de 2026

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