viernes, 5 de junio de 2026

LA OBSESIÓN CON EL FINAL

 

Los seres humanos hemos alimentado atávicamente una cierta obsesión con el final: de la vida, del mundo, de cada obra que emprendemos, de cada calendario que agotamos. Veamos:

§  El apóstol Juan le dedicó el Apocalipsis (ver especialmente su capítulo 20); un nombre que, contra toda apariencia, no significa final, sino revelación (ἀπό —apó— = lejos de; y καλύπτειν —calíptein— = cubrir, ocultar; es decir, apocalipsis es poner lejos o retirar aquello que oculta algo). Se refería Juan a la revelación final, la del capítulo 20 justamente.

§  La humanidad (bueno… Europa, que eso dizque era la humanidad en esa época) protagonizó una espera colectiva del fin del mundo al llegar el año 1000 de nuestra era.

§  En menor medida, pero muy simpáticamente, el fenómeno se repitió al llegar el reciente año 2000. ¿Recuerdan el Y2K y todas las histerias apocalípticas asociadas a ese simple final de milenio?

§  Y ya abunda en la literatura el planteamiento de que nuestra civilización se ha puesto en ruta de colapso. El astrofísico Stephen Hawking le dedicó tiempo y esfuerzo hasta desarrollar su propio modelo teórico.

 

No gratuitamente hemos visto surgir con notable fuerza movimientos como los Preppers, también conocidos como preparacionistas. Son personas que se organizan en grupos de vecinos y en comunidades digitales, con una meta común: estar logística y sicológicamente preparados para el final, es decir, para el gran desastre: una crisis nuclear, el choque de un asteroide, una pandemia u otro. Los vemos, así, construyendo búnkeres y almacenando enlatados, medicinas clave, mapas, herramientas de supervivencia y toda esa parafernalia. Igualmente los vemos realizando simulacros y entrenamientos periódicamente. Tienen, además, sus propios sistemas de alarma colectiva. Como tales, son un fenómeno global, incluso los vemos en Colombia, pero su gran fortaleza son los Estados Unidos, sin duda. Personalmente me parecen una caricatura cultural, pero constituyen una tendencia contemporánea a tener en cuenta (ver información relacionada ACÁ, ACÁ y ACÁ).

 

Una referencia más seria merece toda nuestra atención y reconocimiento. Más conocida como el Arca de Noé, con toda razón, es el Banco Mundial de Semillas de Svalbard. Iniciado en 1990, en alianza entre el gobierno noruego y la FAO, acaba de recibir merecidamente el premio Princesa de Asturias 2026 a la Cooperación Internacional. ¡De celebrar, precisamente en un momento geopolítico en el que la cooperación internacional ha saltado por los aires! Esta iniciativa fue el detonante de lo que hoy es el Tratado Internacional sobre los Recursos Filogenéticos para la Alimentación y la Agricultura, promovido por la FAO (ver ACÁ).

 

Este curioso banco es una construcción semisubterránea de más de 1000 m2 de área, precisamente en el archipiélago noruego de Svalbard, y es el banco de semillas más grande del mundo (ver imagen y detalles ACÁ). Ubicado en una zona de hielo ártico, su refrigeración está casi asegurada, en caso de fallo eléctrico, por las bajísimas temperaturas ambientales. La zona es, además, de bajo riesgo sísmico y alejada de muchas amenazas cotidianas actuales. El banco cuenta hoy con unos 4,5 millones de muestras de semillas de todo el mundo, incluido Colombia, y cada muestra, que incluye unas 500 semillas, ha sido almacenada una vez sellada herméticamente en una bolsa de aluminio.

 

Esta iniciativa, ¡sospechó lo correcto!, ha sido pensada para preservar y salvaguardar la biodiversidad vegetal, en caso de una gran catástrofe, como ya ocurrió puntualmente en el caso de Siria, cuando la guerra destruyó totalmente su almacén nacional de semillas en Alepo; semillas que habían sido especialmente adaptadas para terrenos áridos, y que el banco de Svalbard permitió reponerlas, pues ya tenía copias de las mismas. Pero… ¿y si se tratase de una catástrofe global? Svalbard se convertiría, entonces, en la verdadera Arca de Noé.

 

Las más variadas especulaciones sobre las amenazas de destrucción masiva planetaria, incluso escenarios de prospectiva serios, empezando por el que dejó planteado Hawking, pueden concretarse en cuatro amenazas globales como las más aceptadas:

§  Una guerra nuclear, nada improbable.

§  Un cambio climático extremo y prolongado, que ya está en curso.

§  El desarrollo biotecnológico fuera de control (patógenos letales, guerra biológica, IA autónoma…).

§  Un gran evento extraplanetario: la caída de un gran asteroide, similar o mayor al que cayó en el Golfo de México hace 66 millones de años o un superevento Miyake.

 

Cada una de estas amenazas puede representar la desaparición de la especie humana o de una significativa parte de la vida sobre este planeta. Lo curioso de observar es que tres de ellas son de origen antropogénico, es decir, están siendo generadas por nosotros mismos. Y solo la cuarta, quizás la menos probable, tiene origen extraplanetario. La realidad cruda, sin embargo, es que hoy más que nunca antes, la espada de Damocles de la extinción pesa sobre nosotros.

 

Desde la ciencia, hay ya sesudos estudios y modelaciones matemáticas sobre los escenarios futuros del planeta. Uno de los más recientes que conozco apareció en arXiv recientemente, suscrito por la astrobióloga española Celia Blanco y otros. Según reseñan, “Las simulaciones se basan en los diez escenarios futuros de 1000 años de Haqq-Misra et al. (2025), parametrizados con tasa de crecimiento, reservas de recursos, tasa de agotamiento, profundidad del colapso, retraso en la recuperación, fracción de recuperación y tasa de riesgo existencial” (ver ACÁ el texto del artículo). Y su conclusión es clara: “El destino a largo plazo de una civilización, al parecer, depende menos de la suerte que del diseño”.

 

La pregunta, entonces, es si el diseño sociotécnico de nuestra civilización actual es sostenible en el tiempo. Y esto torna menos fantasioso el debate. La realidad claramente nos dice que hay dos preocupantes desbalances en la civilización contemporánea: a) el primero de ellos, entre la dinámica del avance tecnológico y la dinámica de los avances sociales (cultura, gobernanza, ética, contrato social…), lo cual nos coloca ante un desarrollo tecnológico claramente fuera de control; b) y, el segundo, entre la dinámica del modelo económico vigente y la biocapacidad del planeta, que el primero amenaza ya con agotar.

 

Por lo tanto, nuestro futuro  depende exactamente de cómo gestionemos estos desbalances en el futuro cercano. Y la constatación, a hoy, es que, no solo no los hemos venido gestionando adecuadamente, sino que estamos navegando en dirección a agravarlos cada día.

 

Como vemos, no es solo una obsesión atávica, sino una especie de pulsión de muerte, como diría Freud, que nos seduce como seducían las sirenas a Ulises y, en este caso, lo está haciendo colectivamente. La realidad metafísica (espiritual, religiosa o como guste) es que el telón de fondo que anima toda esta trama no es otro que nuestra obsesión fatal con el ineludible final nuestra propia existencia.

 

¿Necesitamos embriagarnos de final? ¿O podremos sobreponernos y tomar el timón de nuestro destino como especie y como planeta? Más parece que la vida tiene sentido, por encima de la abrumadora realidad de nuestra torpeza colectiva y de nuestra pequeñez y finitud como seres humanos. Pero ese desafío nos exige un DESPERTAR DE LA CONSCIENCIA porque, como bien titula Jordi Pigem su último libro (ver ACÁ), nuestro dilema es simple: CONCIENCIA O COLAPSO.

 

Ramiro Restrepo González

Mayo de 2026 

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