LA
OBSESIÓN CON EL FINAL
Los seres
humanos hemos alimentado atávicamente una cierta obsesión con el final: de la
vida, del mundo, de cada obra que emprendemos, de cada calendario que agotamos.
Veamos:
§ El apóstol Juan le dedicó el
Apocalipsis (ver especialmente su capítulo 20); un nombre que, contra toda
apariencia, no significa final, sino revelación (ἀπό —apó— = lejos de; y καλύπτειν
—calíptein— = cubrir, ocultar; es decir, apocalipsis es poner lejos o retirar
aquello que oculta algo). Se refería Juan a la revelación final, la del capítulo 20 justamente.
§ La humanidad (bueno… Europa, que eso
dizque era la humanidad en esa época) protagonizó una espera colectiva del fin
del mundo al llegar el año 1000 de nuestra era.
§ En menor medida, pero muy simpáticamente,
el fenómeno se repitió al llegar el reciente año 2000. ¿Recuerdan el Y2K y todas
las histerias apocalípticas asociadas a ese simple final de milenio?
§ Y ya abunda en la literatura el
planteamiento de que nuestra civilización se ha puesto en ruta de colapso. El
astrofísico Stephen Hawking le dedicó tiempo y esfuerzo hasta desarrollar su
propio modelo teórico.
No gratuitamente
hemos visto surgir con notable fuerza movimientos como los Preppers,
también conocidos como preparacionistas. Son personas que se organizan en
grupos de vecinos y en comunidades digitales, con una meta común: estar
logística y sicológicamente preparados para el final, es decir, para el gran
desastre: una crisis nuclear, el choque de un asteroide, una pandemia u otro.
Los vemos, así, construyendo búnkeres y almacenando enlatados, medicinas clave,
mapas, herramientas de supervivencia y toda esa parafernalia. Igualmente los
vemos realizando simulacros y entrenamientos periódicamente. Tienen, además,
sus propios sistemas de alarma colectiva. Como tales, son un fenómeno global,
incluso los vemos en Colombia, pero su gran fortaleza son los Estados Unidos,
sin duda. Personalmente me parecen una caricatura cultural, pero constituyen
una tendencia contemporánea a tener en cuenta (ver información relacionada ACÁ, ACÁ y ACÁ).
Una
referencia más seria merece toda nuestra atención y reconocimiento. Más conocida
como el Arca de Noé, con toda razón, es el Banco Mundial de Semillas de
Svalbard. Iniciado en 1990, en alianza entre el gobierno noruego y la FAO,
acaba de recibir merecidamente el premio Princesa de Asturias 2026 a la
Cooperación Internacional. ¡De celebrar, precisamente en un momento geopolítico
en el que la cooperación internacional ha saltado por los aires! Esta
iniciativa fue el detonante de lo que hoy es el Tratado Internacional sobre los
Recursos Filogenéticos para la Alimentación y la Agricultura, promovido por la
FAO (ver ACÁ).
Este
curioso banco es una construcción semisubterránea de más de 1000 m2
de área, precisamente en el archipiélago noruego de Svalbard, y es el banco de
semillas más grande del mundo (ver imagen y detalles ACÁ). Ubicado en una zona de hielo ártico, su
refrigeración está casi asegurada, en caso de fallo eléctrico, por las
bajísimas temperaturas ambientales. La zona es, además, de bajo riesgo sísmico
y alejada de muchas amenazas cotidianas actuales. El banco cuenta hoy con unos
4,5 millones de muestras de semillas de todo el mundo, incluido Colombia, y
cada muestra, que incluye unas 500 semillas, ha sido almacenada una vez sellada
herméticamente en una bolsa de aluminio.
Esta
iniciativa, ¡sospechó lo correcto!, ha sido pensada para preservar y
salvaguardar la biodiversidad vegetal, en caso de una gran catástrofe, como ya
ocurrió puntualmente en el caso de Siria, cuando la guerra destruyó totalmente
su almacén nacional de semillas en Alepo; semillas que habían sido
especialmente adaptadas para terrenos áridos, y que el banco de Svalbard
permitió reponerlas, pues ya tenía copias de las mismas. Pero… ¿y si se tratase
de una catástrofe global? Svalbard se convertiría, entonces, en la verdadera
Arca de Noé.
Las más
variadas especulaciones sobre las amenazas de destrucción masiva planetaria,
incluso escenarios de prospectiva serios, empezando por el que dejó planteado
Hawking, pueden concretarse en cuatro amenazas globales como las más aceptadas:
§ Una guerra nuclear, nada improbable.
§ Un cambio climático extremo y
prolongado, que ya está en curso.
§ El desarrollo biotecnológico fuera
de control (patógenos letales, guerra biológica, IA autónoma…).
§ Un gran evento extraplanetario: la
caída de un gran asteroide, similar o mayor al que cayó en el Golfo de México
hace 66 millones de años o un superevento Miyake.
Cada una de
estas amenazas puede representar la desaparición de la especie humana o de una
significativa parte de la vida sobre este planeta. Lo curioso de observar es
que tres de ellas son de origen antropogénico, es decir, están siendo generadas
por nosotros mismos. Y solo la cuarta, quizás la menos probable, tiene origen
extraplanetario. La realidad cruda, sin embargo, es que hoy más que nunca
antes, la espada de Damocles de la extinción pesa sobre nosotros.
Desde la
ciencia, hay ya sesudos estudios y modelaciones matemáticas sobre los
escenarios futuros del planeta. Uno de los más recientes que conozco apareció
en arXiv recientemente, suscrito por la astrobióloga española Celia Blanco y
otros. Según reseñan, “Las simulaciones se basan en los
diez escenarios futuros de 1000 años de Haqq-Misra et al. (2025),
parametrizados con tasa de crecimiento, reservas de recursos, tasa de
agotamiento, profundidad del colapso, retraso en la recuperación, fracción de
recuperación y tasa de riesgo existencial” (ver ACÁ el texto del artículo). Y su conclusión es clara: “El destino a largo plazo de
una civilización, al parecer, depende menos de la suerte que del diseño”.
La
pregunta, entonces, es si el diseño sociotécnico de nuestra civilización actual
es sostenible en el tiempo. Y esto torna menos fantasioso el debate. La
realidad claramente nos dice que hay dos preocupantes desbalances en la
civilización contemporánea: a) el primero de ellos, entre la dinámica del
avance tecnológico y la dinámica de los avances sociales (cultura, gobernanza, ética,
contrato social…), lo cual nos coloca ante un desarrollo tecnológico claramente
fuera de control; b) y, el segundo, entre la dinámica del modelo económico
vigente y la biocapacidad del planeta, que el primero amenaza ya con agotar.
Por
lo tanto, nuestro futuro depende
exactamente de cómo gestionemos estos desbalances en el futuro cercano. Y la
constatación, a hoy, es que, no solo no los hemos venido gestionando
adecuadamente, sino que estamos navegando en dirección a agravarlos cada día.
Como vemos,
no es solo una obsesión atávica, sino una especie de pulsión de muerte, como
diría Freud, que nos seduce como seducían las sirenas a Ulises y, en este caso,
lo está haciendo colectivamente. La realidad metafísica (espiritual, religiosa
o como guste) es que el telón de fondo que anima toda esta trama no es otro que
nuestra obsesión fatal con el ineludible final nuestra propia existencia.
¿Necesitamos
embriagarnos de final? ¿O podremos sobreponernos y tomar el timón de nuestro
destino como especie y como planeta? Más parece que la vida tiene sentido, por
encima de la abrumadora realidad de nuestra torpeza colectiva y de nuestra pequeñez
y finitud como seres humanos. Pero ese desafío nos exige un DESPERTAR DE LA
CONSCIENCIA porque, como bien titula Jordi Pigem su último libro (ver ACÁ),
nuestro dilema es simple: CONCIENCIA O COLAPSO.
Ramiro
Restrepo González
Mayo de 2026

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