viernes, 22 de mayo de 2026

¿CRECIMIENTO ECONÓMICO CERO?

 

La historia de la humanidad, en términos económicos, ha transcurrido entre eras de abundancia (más de lo necesario) y eras de escasez (menos de lo necesario), y solo en situaciones excepcionales ha transcurrido bajo el signo de la suficiencia (justo lo necesario). Y ambos modelos, abundancia y escasez, han convivido en el tiempo, bien en diferentes grupos sociales, o aún dentro de un mismo conglomerado social.

 

Desde el inicio de la era industrial (1712), nos embarcamos en una larga era de abundancia creciente, hasta llegar a los excesos e inequidades de la actual sociedad de consumo. A tal punto, que llegamos a alimentar la ilusión del crecimiento económico sin límites y así lo consagramos en conceptos, casi dogmas, como el PIB y la competitividad. ¿Está llegando esta era a su fin?, ¿se acerca, cada vez más claramente, una era de crecimiento cero o, más aún, de decrecimiento? Usted podrá inclinarse por una u otra hipótesis. Pero lo que sí está claro ya es que ha llegado la hora de dar el debate y, quizás, de prepararse.

 

Hipótesis uno: seguiremos creciendo y más aún

 

Toda la ortodoxia y la institucionalidad económicas del mundo contemporáneo están construidas sobre el imperativo del crecimiento, como si se tratara de una ley natural similar a la gravedad. Solo se discute cuánto crecer.

 

En los últimos años, han surgido incluso nuevos profetas de una era de prosperidad económica jamás imaginada, que ya estaría en curso. Sus gurús, como era de esperarse, provienen de los sectores de la alta tecnología. Los pontífices de Silicon Valey son los primeros y ya suficientemente conocidos. Por tal motivo, pondré el foco en otras áreas de la tecnología menos visibilizadas. Son ellas la energía y la industria agropecuaria. La primera es el motor de toda la economía; y la segunda responde actualmente por las dos terceras partes del empleo mundial. ¿Y qué está sucediendo en estas dos áreas?

 

En el sector de la energía, los costos de las renovables han venido cayendo de manera abrumadora. Veamos las cifras: en los últimos 10 años, el costo de la energía solar ha caído un 80 %, el de la eólica un 55 % y el de las baterías un 90 %. Y, en los próximos 10 años decrecerán: un 70 % adicional la solar, un 50 % la eólica y un 80 % las baterías”. Son las proyecciones que nos ofrecen los futurólogos James Arbib y Tony Seba en su última obra Stellar (ver ACÁ, págs. 76-77, y ACÁ). El horizonte, pues, y más si sumamos la probable llega de la energía de fusión nuclear comercial (ver información ACÁ), es de energía casi gratuita e ilimitada.

 

Y, si aceptamos la tesis de que la plataforma energética ha sido la pieza fundamental en el engranaje económico y en el diseño de cada era civilizatoria, es claro que estamos ante un cambio absolutamente revolucionario. Algo comparable con el desarrollo de la electricidad en la segunda revolución industrial (1870-1914). En ello, a los señores Arbib y Seba y a toda la comunidad científica detrás de la energía de fusión nuclear, les asiste toda la razón.

 

En el sector agroindustrial, las cosas son igualmente revolucionarias, aunque menos publicitadas hasta ahora. Hace pocos años, en efecto, la investigación ha venido dando forma a lo que ya se conoce como la fermentación de precisión (ver ACÁ). Como todos sabemos, la fermentación es un proceso milenario aplicado en la producción de unos pocos productos de consumo: quesos, yogures, cervezas, pan, etc. La novedad es que, ahora, hemos encontrado la tecnología para sustituir los agentes naturales de la fermentación como la levadura, las bacterias y los hongos. Es lo que llamamos la fermentación de precisión, asistida por tecnología digital e IA. Ello ha permitido entrar a producir casi cualquier producto agropecuario como carnes (aves, vacunos, peces), lácteos, hortalizas, frutas, etc. Es decir, prácticamente toda la cadena alimentaria.

 

Y una precisión fundamental: no se trata de carnes, lácteos u otros productos, en versiones artificiales. La fermentación es un proceso natural. Por lo tanto, la totalidad de las características organolépticas y nutricionales se reproducen con total fidelidad. Incluso, mejorándolas, al poder suprimir en el proceso cualquier patógeno potencial, así como mejorar texturas y sabores. Lo que esta tecnología plantea es tan revolucionario como el desarrollo de la agricultura hace 10.000 años. De hecho, ya se habla del final de la agricultura y de la ganadería como las conocemos, con todas sus industrias asociadas: avicultura, porcicultura, piscicultura… Y ya no son asuntos de laboratorio, como que empiezan a proliferar las startups de esta tecnología, ya autorizadas para producir comercialmente (para mayor información, leer este documento ACÁ).

 

La consecuencia, según los teóricos e investigadores de esta línea, es que está a nuestras puertas una era de abundancia, basada en la creación, a diferencia de la era de escasez y extracción de la que venimos. De tal suerte que el pronóstico de crecimiento sería aún más optimista frente a lo que ya nos ha traído la revolución industrial.

 

Hipótesis dos: la era del crecimiento ha llegado a su fin

 

Otra corriente, que tiene no pocos antecedentes y fundamentos. A diferencia del anterior escenario, de fundamentación tecnológica, este otro escenario se basa en criterios biofísicos y demográficos. Veamos.

 

En primer lugar, es una evidencia científica que la biocapacidad de nuestro planeta ha venido menguando en las últimas décadas, producto de un modelo económico de maximización de rendimientos que ya consume más biomasa que la que el planeta es capaz de regenerar en el mismo periodo. Es decir, nuestro planeta viene, hace décadas, en situación deficitaria creciente en términos de biocapacidad (ver ACÁ). En términos prácticos, nos estamos quedando sin recursos para alimentar la infernal máquina de consumo que hemos construido. Y, sin recursos, no hay economía posible. La escasez crítica de recursos (hídricos, forestales, de suelo, de biodiversidad…) empieza ya a lastrar la economía global; y la tecnología solo está agravando la situación, como es el caso de los altísimos consumos hídrico y energético que los centros de datos están representando para apalancar la revolución digital. No en balde tantas guerras: son, en su gran mayoría, guerras por recursos escasos. De este horizonte ya nos advertía proféticamente el Club de Roma desde los años 70 del siglo anterior (ver ACÁ y ACÁ), con su estudio pionero Los límites del crecimiento.

 

En segundo lugar, la población mundial ha iniciado, por primera vez en siglos, un ciclo de contracción y envejecimiento que le ofrecerá a la economía, no solo menos consumidores, sino menores tasas de consumo per cápita. Las cifras ya son rotundas. Colombia, desde 2023, registra una tasa de reposición poblacional negativa, lo que significa que el número de muertes supera ya el número de nacimientos (la tasa de nacimientos por mujer fue de 1.6 en 2024, frente a la tasa de reposición poblacional necesaria de 2.1. Ver ACÁ). Similar situación se vive en el mundo, con algunas excepciones en África. Los efectos en reducción global de la población se irán filtrando gradualmente en las próximas décadas. Pero el fenómeno tiene raíces culturales, económicas y políticas tan profundas, que puede darse por una macrotendencia irreversible.

 

Así, el escenario que nos espera es bien simple: menos recursos, menos consumidores, menores tasas de consumo. El resultado aritmético es obvio: menguantes tasas de crecimiento económico (del PIB), hasta llegar a cero o volverse negativas. Lo contundente es que estas variables biofísicas y demográficas ya están en marcha. La revolución tecnológica de la energía y la industria agropecuaria están igualmente en marcha, pero están por verse aún sus resultados tangibles y, cuando menos, se verán severamente opacadas en sus potenciales resultados.

 

Por lo pronto, yo me alineo con la hipótesis de una sensible contracción económica global en las próximas décadas, lo que considero saludable. Será la pausa perfecta y obligada para repensar el modelo económico y nuestra cultura de consumo y pensar colectivamente en migrar a un modelo de suficiencia y sostenibilidad. Una economía humana para humanos, por fin.

 

Ramiro Restrepo González

Mayo de 2026

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