lunes, 22 de junio de 2026

NO MÁS FILANTROPÍA

 

La filantropía nace en la segunda mitad del siglo XIX. Y es bueno recordar las causas y dinámicas sociales que le dieron origen. Para ese momento, en Europa había iniciado, poco más de un siglo atrás, lo que luego se denominó la revolución industrial. Para casi todo el mundo pasó desapercibido que dicha revolución, si bien había iniciado un ciclo de prosperidad económica excepcional, los dividendos de dicha prosperidad habían empezado a distribuirse de manera terriblemente inequitativa. Así, Europa, en cuestión de un siglo, conoció la pauperización creciente de grandes masas de ciudadanos. Nacieron los cinturones de miseria en la Londres de la época y en las demás capitales europeas; no había aún sistemas de protección social que morigeraran la situación y las condiciones físicas del trabajo eran bastante precarias y agobiantes. Esas condiciones dieron origen a una realidad social explosiva y conflictiva (huelgas, inseguridad pública, hambre, pobreza…), y se hacía urgente reaccionar. Así, aparte de la represión, surgieron infinidad de iniciativas tratando de responder a lo que entonces se conoció como “la cuestión social”. Veamos:

§  Surgió el sindicalismo en Austria e Inglaterra, a partir de 1860, para reivindicar derechos y condiciones dignas de trabajo.

§  Nació el cooperativismo en Inglaterra, como propuesta alternativa al sistema de producción industrial dominante. Y lo hizo en 1844, coincidiendo justo con la publicación del Manifiesto Comunista de Marx, que precisamente está dedicado a todos los trabajadores del mundo.

§  Se sentaron las bases de los sistemas de protección social en Alemania, hacia 1880, de la mano del canciller alemán Otto von Bismarck.

§  Se fundaron las primeras cajas de compensación familiar en Francia, hacia 1891, de la mano de empresarios preocupados por la situación social de sus trabajadores.

§  Y nació finalmente la filantropía, como esa estrategia de los dueños del capital para distribuir ayudas a los más necesitados.

§  Así, muchas otras iniciativas, algunas de las cuales fueron efímeras.

 

El asunto de fondo es que la revolución industrial instauró un modelo económico sobre unos principios de inequidad social y depredación natural, que siguen sin resolverse hasta hoy. Y, sí, todas esas iniciativas sirvieron como barrera de contención a la conflictividad social inducida por dicho modelo. Pero una advertencia es necesario hacer a esta altura: NINGUNA DE ESAS INICIATIVAS SE ENFOCÓ EN RESOLVER LAS CAUSAS ESTRUCTURALES del fenómeno. Solo sirvieron para mitigar sus efectos.

 

Así que las preguntas que siguen sin respuesta se han multiplicado y se han vuelto más acuciantes, mientras casi todas esas respuestas iniciales agotaron su potencial o están en franca crisis: ¿qué peso tiene hoy socialmente el sindicalismo?, ¿qué participación ha logrado el cooperativismo en la economía mundial?, y, por supuesto, ¿para qué carajo ha servido la filantropía sino para mantener la pobreza y la dependencia? Quizás la única iniciativa que supera todos los anteriores interrogantes es la de los sistemas de protección social. Estos lograron una legitimación legal y constitucional suficiente, representan un porcentaje importante de la economía, han alcanzado unos niveles de cobertura significativos y, aun en medio de su fragilidad y crisis crónica, siguen aportando mejoras tangibles en la calidad de vida de infinidad de personas.

 

Y, de todas esas iniciativas, la filantropía es la que sale más mal librada. Porque ha terminado sirviendo más para esquivar cargas tributarias, que para resolver problemáticas sociales; y eso sin contar la infinidad de manejos turbios que proliferan a su alrededor.

 

Sé que muchos encontrarán difícil aceptar que la filantropía debe abandonarse cuanto antes, teniendo a la vista la inmensa vulnerabilidad de grandes masas de seres humanos sumidos en el hambre, las guerras o la pobreza. Yo mismo me resisto a pensar que, frente a esa infinidad de seres humanos, hermanos nuestros, no se haga nada.

 

Pero ahí es justo donde debemos abrir la puerta al concepto correcto: la ayuda humanitaria, alineada con el derecho internacional humanitario. Para esas situaciones justamente se acuñó este concepto, totalmente ajeno a la filantropía. Para atender situaciones de vulnerabilidad emergentes, pero solo en su etapa crítica inicial. En el entendido que dicha fase inicial deberá verse continuada por otra fase de rehabilitación, hasta lograr que las personas recuperen su autonomía individual y familiar, y puedan volver a hacerse cargo de sí mismas.

 

Igual a lo que sucede con un herido en una guerra o un accidente: el área de emergencias clínicas lo estabilizará y deberá dejarlo en condiciones de reanudar una vida normal o de pasar al área de hospitalización para, posteriormente, recibir el alta definitiva. Nada de esto sucede con la filantropía. Con la filantropía, si lo mira bien, lo que se hace es dejar al paciente accidentado en urgencias de manera indefinida. Por eso, la filantropía ha sido incapaz de generar rehabilitación y autonomía. A cambio, ha generado sistemáticamente relaciones viciosas de dependencia y de reproducción de la pobreza.

 

De suerte que AYUDA HUMANITARIA, SÍ; FILANTROPÍA, NO. Y, de por medio, bienvenida una revisión crítica a fondo del modelo economicista que heredamos de la era industrial. Mientras no se sustituya por un modelo económico a escala humana (Max-Neef), seguiremos viendo desfilar crecientes masas de seres humanos desposeídos y vulnerables. Y esa sí es la verdadera causa estructural del problema, que no hemos tenido la lucidez y el valor de encarar colectivamente.

 

Ramiro Restrepo González

Mayo de 2026

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