miércoles, 6 de mayo de 2026

¿QUÉ ENTENDEMOS POR DESARROLLO?

 

Hoy, como pocas veces en la historia, la humanidad se debate entre dos opciones básicas de entender el desarrollo:

 

De un lado, la visión que aún se mantiene como la opción dominante: el modelo economicista. Lo llamo economicista, porque su prioridad suprema es la riqueza económica. Su ley fundamental es la competencia y sus indicadores básicos son: la competitividad y el PIB. Su rasgo fundacional es una visión lineal de los procesos económicos: extraer, procesar, distribuir, consumir y desechar. Como tal, no es un modelo de desarrollo sino de crecimiento, si somos rigurosos. Y ha demostrado ser exitoso en eso: en producir crecimiento de la riqueza, un pensamiento cerradamente crematístico.

 

De otro lado, la visión emergente: el modelo de desarrollo sostenible. Lo llamamos sostenible porque, además de generar capital económico, se preocupa además por asegurar, en el proceso mismo, la generación de capital natural y de capital social, no como adendas (la vieja filantropía, ya anacrónica) sino como parte estructural del modelo. Es decir, es un concepto integral: riqueza económica, social y natural. Su ley fundamental es la cooperación —solidaridad, participación— y sus indicadores básicos son la equidad económica, el bienestar humano y social, y la salud de los ecosistemas naturales. La coloquialmente conocida como Comisión Stiglitz llevó estos indicadores a lo que podríamos llamar una visión ampliada del PIB, que ya se está implementando lentamente en la Unión Europea (ver ACÁ y ACÁ). Su rasgo fundacional, por tanto, no es el pensamiento lineal y depredador, sino el pensamiento complejo y regenerativo. De este modelo, sí podemos predicar con propiedad que produce desarrollo. Contra toda resistencia y escepticismo, está demostrando empírica y ampliamente tener un potencial de éxito superior al modelo economicista.

 

Debemos ser conscientes del contexto civilizatorio en el que esta disyuntiva de opciones se nos plantea. Para ello, basta preguntarse por los resultados que el modelo economicista ha producido. Yo elijo los siguientes, como los más protuberantes:

 

Ha generado un crecimiento sostenido de la riqueza de todos los países, lo que ha permitido elevar el nivel de vida de la población, que no necesariamente su calidad de vida.

 

El problema subyacente es que la distribución de la riqueza ha sido cada vez más inequitativa, produciendo ya unos niveles de concentración inmorales en una pequeña élite global. Basten dos cifras: a) “La riqueza conjunta de los cinco milmillonarios más ricos del mundo se ha duplicado con creces desde el inicio de la década actual, mientras que la riqueza acumulada del 60 % de la humanidad se ha reducido”, según informe presentado por Oxfam en la reunión del Foro Económico Mundial de Davos en 2024 (ver ACÁ).

 

Desde el punto de vista ambiental, los resultados no son menos desastrosos: “En los últimos 50 años (1970-2020), el tamaño medio de las poblaciones de fauna silvestre analizadas se ha reducido en un 73 %, según las mediciones del Índice Planeta Vivo (IPV)” del Fondo Mundial para la Vida Silvestre WEF (ver ACÁ).

 

En resumen: un modelo económico que produce riqueza para unos pocos, marginando a gigantescas y crecientes masas de población de los beneficios del “progreso” y que, de paso, destruye los ecosistemas y recursos naturales, por su voracidad productiva y su simplista pensamiento lineal de extraer-producir-distribuir-consumir y desechar.

 

Sé que se alzan muchas voces en defensa de muchos supuestos logros. Sí, el mundo ha avanzado en muchos aspectos. Y hasta los marginados reciben sus migajas, expresadas en subsidios y ayudas al desarrollo. Pero una realidad es contundente: en un análisis integral, el mundo, el planeta, la sociedad global, NO SON MEJORES HOY. Un dato resulta contundente y lo repito y recuerdo: según el Stockholm Resilience Centre, ya hemos traspasado, de manera demente e irresponsable, SIETE de los NUEVE límites planetarios (ver ACÁ). Es decir, nos estamos colocando peligrosamente al borde del colapso planetario como especie. Y esto es ciencia, no tremendismo apocalíptico. ¿La causa?: un modelo económico, el economicista, que ya ha traspasado todos los límites naturales del sistema Tierra. El dilema, entonces, es simple: o presenciar activa o pasivamente el colapso o cambiar nuestro modelo económico y nuestros estilos de vida de manera radical. Como bien titula Jordi Pigem su último libro: Conciencia o colapso (ver ACÁ).

 

Repetidamente me he preguntado, sin embargo: ¿por qué no se escuchan y atienden todas las alarmas?, ¿por qué no se impone rápidamente un modelo económico que sí produce desarrollo, no solo crecimiento, y que empíricamente está demostrando ser superior al modelo economicista vigente, aún en el terreno económico? Y he logrado encontrar algunas respuestas, que el lector seguramente complementará de manera prolija:

 

UNO: hay demasiados intereses particulares asegurados e involucrados en el modelo vigente, que se rehúsan a enfrentar un cambio que, como todo cambio, se presume incierto. Como sabiamente decía Martin Luther King, en su Carta desde la Cárcel de Birmingham: “Desgraciadamente, es un hecho histórico incontrovertible que los grupos privilegiados prescinden muy rara vez, espontáneamente, de sus privilegios” (ver ACÁ).

 

DOS: el modelo ha producido una cultura marcada por el individualismo, la competencia, la velocidad, el dinero, el éxito personal, el consumo y un largo y tóxico etcétera, que tomará tiempo y esfuerzo superar. No hemos entendido que ese modelo nos embarcó en una carrera de ratas en la que, aún si ganas, sigues siendo una rata (K. Blanchard). En resumen: el economicismo, ahora capitalismo digital, ha moldeado una visión del mundo y un tipo de pensamiento que son absolutamente contrarios a las leyes de la vida y de la naturaleza. Cambiar esto no va a ser fácil, porque implica el derrumbe de infinidad de paradigmas y de intereses individuales y mezquinos.

 

TRES: la persistente escasez de liderazgos. No nos bastan ya esos seres humanos luminosos, pero esporádicos, que hemos tenido (Gandhi, Luther King Jr., Mujica, Francisco, Boff, Mangabeira, el ya olvidado Schweitzer, etc.). Han sido los pioneros, que han marcado el camino. Pero, ahora, necesitamos formar masa crítica; y, para ello, se requerirá seguramente una nueva generación. Con la actual, y con el sistema educativo vigente, no soy optimista.

 

Todo cambio, para desencadenarse, necesita tres componentes: a) un revolucionario desarrollo tecnológico; b) una grave crisis; c) y un nuevo tipo de pensamiento. Observo que han ocurrido justo en ese orden; y que solo se configura un nuevo orden cuando se ha completado el ciclo: desarrollo tecnológico, crisis desatada por este y un nuevo tipo de pensamiento como respuesta.

 

Ahora bien, los desarrollos tecnológicos ya están sucediendo y a gran velocidad. ¿Pero quién los gobernará? Con o sin ellos, pienso que terminaremos en una crisis y aprendiendo de ella, como ha ocurrido repetidamente en la historia de la civilización. Quizás, desde esas profundidades, surja el nuevo tipo de pensamiento que la civilización requiere con urgencia para asegurar su pervivencia en el tiempo.

 

Un ejemplo concreto ilustra bien lo expresado hasta acá. Lo presentaré en tres cortos apartados, para concluir esta nota:

 

UNO:

Un grupo empresarial antioqueño, que se posicionó como emblema industrial de Antioquia y del país, a punta de pensamiento de vanguardia en sostenibilidad, innovación, calidad y servicio, sufrió una radical transformación durante el segundo trimestre de 2024. Una toma hostil, por parte de otros dos grupos de inversión, que desencadenó todo un proceso de transformación. Veamos la cara A (amable), la que se entrega a los medios masivos de comunicación. Y veamos la cara B (bochornosa), que permanece en la penumbra.

 

DOS: la cara A

§  El incremento en ventas, en 2025 con respecto a 2024, fue del 10.7 %, es decir, 5 puntos porcentuales reales por encima de inflación.

§  La utilidad neta ajustada —la que va al bolsillo de los nuevos flamantes propietarios mayoritarios— tuvo un incremento, 2025 versus 2024, del 126,6 %, equivalentes a 1,7 billones de pesos que, con el descuento de los gastos de reestructuración, quedó en 1,2 billones. Negocio redondo …

§  Como ven, un modelo economicista a pleno vapor. ¿A costa de qué? Veamos lo que no nos cuentan.

 

TRES: la cara B

§  Un agresivo adelgazamiento de la estructura: alrededor de 1200 empleados debieron salir entonces “voluntariamente” de la organización. Entre ellos, 650 situados en zonas económicamente vulnerables del país como el departamento del Cauca y la zona de Santa Marta. Y no precisamente por falta de rentabilidad de las unidades productivas en las que trabajaban; solo por simplificación productiva.

§  El cierre del laboratorio de investigación y desarrollo en nutrición, salud y bienestar más reconocido del país; un centro de producción científica que, en alianza con la academia, financiaba becas e investigaciones específicas en salud y nutrición, generando una contribución significativa al desarrollo científico del país, a la par que innovación para la compañía.

§  La reducción a su mínima expresión de su fundación empresarial, cercenando así la proyección social, que fue baluarte del Grupo por décadas. Cualquier parecido con el señor Trump no es coincidencia.

§  Y quedan por fuera del inventario, por falta de información, el grave deterioro del clima laboral interno, así como la fuerte pérdida de confianza en el segmento de consumidores informados que, por desafortunada realidad, no abundan en el país.

§  Como ven, un modelo interesante de desarrollo sostenible en construcción, que se ve arrasado por una toma hostil de voraces grupos de inversión. Es el choque perfecto de las dos visiones de desarrollo de que hablamos.

 

Bueno, y a eso llamamos progreso. Ustedes se formarán sus opiniones y llegarán a sus propias conclusiones. Pero, sobre todo, sabrán mejor qué opción de desarrollo asumir.

 

Ramiro Restrepo González

Marzo de 2026

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