¿QUÉ ENTENDEMOS POR DESARROLLO?
Hoy, como pocas veces en la historia, la humanidad se
debate entre dos opciones básicas de entender el desarrollo:
De un lado, la visión que aún se mantiene como la
opción dominante: el modelo economicista. Lo llamo economicista, porque
su prioridad suprema es la riqueza económica. Su ley fundamental es la
competencia y sus indicadores básicos son: la competitividad y el PIB. Su rasgo
fundacional es una visión lineal de los procesos económicos: extraer, procesar,
distribuir, consumir y desechar. Como tal, no es un modelo de desarrollo sino
de crecimiento, si somos rigurosos. Y ha demostrado ser exitoso en eso: en producir
crecimiento de la riqueza, un pensamiento cerradamente crematístico.
De otro lado, la visión emergente: el modelo de
desarrollo sostenible. Lo llamamos sostenible porque, además de generar
capital económico, se preocupa además por asegurar, en el proceso mismo, la generación
de capital natural y de capital social, no como adendas (la vieja filantropía,
ya anacrónica) sino como parte estructural del modelo. Es decir, es un concepto
integral: riqueza económica, social y natural. Su ley fundamental es la
cooperación —solidaridad, participación— y sus indicadores básicos son la
equidad económica, el bienestar humano y social, y la salud de los ecosistemas
naturales. La coloquialmente conocida como Comisión Stiglitz llevó estos indicadores
a lo que podríamos llamar una visión ampliada del PIB, que ya se está
implementando lentamente en la Unión Europea (ver ACÁ y ACÁ). Su rasgo
fundacional, por tanto, no es el pensamiento lineal y depredador, sino el
pensamiento complejo y regenerativo. De este modelo, sí podemos predicar con
propiedad que produce desarrollo. Contra toda resistencia y escepticismo, está
demostrando empírica y ampliamente tener un potencial de éxito superior al
modelo economicista.
Debemos ser conscientes del contexto civilizatorio en
el que esta disyuntiva de opciones se nos plantea. Para ello, basta preguntarse
por los resultados que el modelo economicista ha producido. Yo elijo los
siguientes, como los más protuberantes:
Ha generado un crecimiento sostenido de la riqueza de
todos los países, lo que ha permitido elevar el nivel de vida de la población,
que no necesariamente su calidad de vida.
El problema subyacente es que la distribución de la riqueza
ha sido cada vez más inequitativa, produciendo ya unos niveles de concentración
inmorales en una pequeña élite global. Basten dos cifras: a) “La riqueza
conjunta de los cinco milmillonarios más ricos del mundo se ha duplicado con
creces desde el inicio de la década actual, mientras que la riqueza acumulada
del 60 % de la humanidad se ha reducido”, según informe presentado por Oxfam en
la reunión del Foro Económico Mundial de Davos en 2024 (ver ACÁ).
Desde el punto de vista ambiental, los resultados no
son menos desastrosos: “En los últimos 50 años (1970-2020), el tamaño medio de
las poblaciones de fauna silvestre analizadas se ha reducido en un 73 %, según
las mediciones del Índice Planeta Vivo (IPV)” del Fondo Mundial para la Vida
Silvestre WEF (ver ACÁ).
En resumen: un modelo económico que produce riqueza
para unos pocos, marginando a gigantescas y crecientes masas de población de
los beneficios del “progreso” y que, de paso, destruye los ecosistemas y
recursos naturales, por su voracidad productiva y su simplista pensamiento
lineal de extraer-producir-distribuir-consumir y desechar.
Sé que se alzan muchas voces en defensa de muchos
supuestos logros. Sí, el mundo ha avanzado en muchos aspectos. Y hasta los
marginados reciben sus migajas, expresadas en subsidios y ayudas al desarrollo.
Pero una realidad es contundente: en un análisis integral, el mundo, el
planeta, la sociedad global, NO SON MEJORES HOY. Un dato resulta
contundente y lo repito y recuerdo: según el Stockholm Resilience Centre, ya
hemos traspasado, de manera demente e irresponsable, SIETE de los NUEVE límites
planetarios (ver ACÁ). Es decir, nos
estamos colocando peligrosamente al borde del colapso planetario como especie.
Y esto es ciencia, no tremendismo apocalíptico. ¿La causa?: un modelo
económico, el economicista, que ya ha traspasado todos los límites naturales
del sistema Tierra. El dilema, entonces, es simple: o presenciar activa o
pasivamente el colapso o cambiar nuestro modelo económico y nuestros estilos de
vida de manera radical. Como bien titula Jordi Pigem su último libro: Conciencia
o colapso (ver ACÁ).
Repetidamente me he preguntado, sin embargo: ¿por qué
no se escuchan y atienden todas las alarmas?, ¿por qué no se impone rápidamente
un modelo económico que sí produce desarrollo, no solo crecimiento, y que
empíricamente está demostrando ser superior al modelo economicista vigente, aún
en el terreno económico? Y he logrado encontrar algunas respuestas, que el lector
seguramente complementará de manera prolija:
UNO: hay demasiados
intereses particulares asegurados e involucrados en el modelo vigente, que se
rehúsan a enfrentar un cambio que, como todo cambio, se presume incierto. Como
sabiamente decía Martin Luther King, en su Carta desde la Cárcel de Birmingham:
“Desgraciadamente, es un hecho histórico incontrovertible que los grupos
privilegiados prescinden muy rara vez, espontáneamente, de sus privilegios”
(ver ACÁ).
DOS: el modelo ha
producido una cultura marcada por el individualismo, la competencia, la
velocidad, el dinero, el éxito personal, el consumo y un largo y tóxico
etcétera, que tomará tiempo y esfuerzo superar. No hemos entendido que ese
modelo nos embarcó en una carrera de ratas en la que, aún si ganas, sigues
siendo una rata (K. Blanchard). En resumen: el economicismo, ahora capitalismo
digital, ha moldeado una visión del mundo y un tipo de pensamiento que son
absolutamente contrarios a las leyes de la vida y de la naturaleza. Cambiar
esto no va a ser fácil, porque implica el derrumbe de infinidad de paradigmas y
de intereses individuales y mezquinos.
TRES: la persistente
escasez de liderazgos. No nos bastan ya esos seres humanos luminosos, pero
esporádicos, que hemos tenido (Gandhi, Luther King Jr., Mujica, Francisco,
Boff, Mangabeira, el ya olvidado Schweitzer, etc.). Han sido los pioneros, que
han marcado el camino. Pero, ahora, necesitamos formar masa crítica; y, para
ello, se requerirá seguramente una nueva generación. Con la actual, y con el
sistema educativo vigente, no soy optimista.
Todo cambio, para desencadenarse, necesita tres
componentes: a) un revolucionario desarrollo tecnológico; b) una grave crisis;
c) y un nuevo tipo de pensamiento. Observo que han ocurrido justo en ese
orden; y que solo se configura un nuevo orden cuando se ha completado el ciclo:
desarrollo tecnológico, crisis desatada por este y un nuevo tipo de pensamiento
como respuesta.
Ahora bien, los desarrollos tecnológicos ya están
sucediendo y a gran velocidad. ¿Pero quién los gobernará? Con o sin ellos,
pienso que terminaremos en una crisis y aprendiendo de ella, como ha ocurrido
repetidamente en la historia de la civilización. Quizás, desde esas
profundidades, surja el nuevo tipo de pensamiento que la civilización requiere
con urgencia para asegurar su pervivencia en el tiempo.
Un ejemplo concreto ilustra bien lo expresado hasta
acá. Lo presentaré en tres cortos apartados, para concluir esta nota:
UNO:
Un grupo empresarial antioqueño, que se posicionó como
emblema industrial de Antioquia y del país, a punta de pensamiento de
vanguardia en sostenibilidad, innovación, calidad y servicio, sufrió una
radical transformación durante el segundo trimestre de 2024. Una toma hostil,
por parte de otros dos grupos de inversión, que desencadenó todo un proceso de
transformación. Veamos la cara A (amable), la que se entrega a los
medios masivos de comunicación. Y veamos la cara B (bochornosa), que
permanece en la penumbra.
DOS: la cara A
§ El incremento en ventas, en 2025 con respecto a 2024, fue del 10.7 %, es
decir, 5 puntos porcentuales reales —por encima de inflación—.
§ La utilidad neta ajustada —la que va al bolsillo de los nuevos flamantes
propietarios mayoritarios— tuvo un incremento, 2025 versus 2024, del 126,6 %,
equivalentes a 1,7 billones de pesos que, con el descuento de los gastos de
reestructuración, quedó en 1,2 billones. Negocio redondo …
§ Como ven, un modelo economicista a pleno vapor. ¿A costa de qué? Veamos
lo que no nos cuentan.
TRES: la cara B
§ Un agresivo adelgazamiento de la estructura: alrededor de 1200 empleados
debieron salir entonces “voluntariamente” de la organización. Entre ellos, 650
situados en zonas económicamente vulnerables del país como el departamento del
Cauca y la zona de Santa Marta. Y no precisamente por falta de rentabilidad de
las unidades productivas en las que trabajaban; solo por simplificación
productiva.
§ El cierre del laboratorio de investigación y desarrollo en nutrición,
salud y bienestar más reconocido del país; un centro de producción científica
que, en alianza con la academia, financiaba becas e investigaciones específicas
en salud y nutrición, generando una contribución significativa al desarrollo
científico del país, a la par que innovación para la compañía.
§ La reducción a su mínima expresión de su fundación empresarial,
cercenando así la proyección social, que fue baluarte del Grupo por décadas.
Cualquier parecido con el señor Trump no es coincidencia.
§ Y quedan por fuera del inventario, por falta de información, el grave
deterioro del clima laboral interno, así como la fuerte pérdida de confianza en
el segmento de consumidores informados que, por desafortunada realidad, no
abundan en el país.
§ Como ven, un modelo interesante de desarrollo sostenible en
construcción, que se ve arrasado por una toma hostil de voraces grupos de
inversión. Es el choque perfecto de las dos visiones de desarrollo de que
hablamos.
Bueno, y a eso llamamos progreso. Ustedes se formarán
sus opiniones y llegarán a sus propias conclusiones. Pero, sobre todo, sabrán
mejor qué opción de desarrollo asumir.
Ramiro Restrepo González
Marzo de 2026

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