¿PAZ A LA FUERZA?
Me asombra
profundamente ver la marcada tendencia de los sectores tradicionalistas y conservadores
a imponer proyectos de paz, recurriendo a métodos de fuerza: leyes, ejércitos,
policías, represión y hasta violencia de Estado declarada y abierta. La
seguridad democrática, en la Colombia de Uribe, con sus 7837 ejecuciones
extrajudiciales; la lucha antiterrorista, encabezada por los EE. UU. de Trump,
con más de 600.000 inmigrantes deportados violentamente; el control
territorial, en El Salvador de Bukele, con la tasa carcelaria más alta del
mundo (1600 presos por cada 100 mil habitantes, seguido de Cuba con 800); y,
así, muchísimos otros. Llamo conservadores a estos proyectos políticos, que más
popularmente son conocidos como de derecha, porque, en mi concepto, son
simplemente visiones políticas retardatarias y retrógradas, aferradas a la
nostalgia de un supuesto orden pasado, fundamentadas en visiones simplistas,
planas y miopes de la realidad.
Por otro
lado, pienso que esa división entre derechas e izquierdas es ya más que
obsoleta. Ya, en el siglo pasado, Ortega y Gasset afirmaba que "Ser de la izquierda o de la derecha es una de
las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil" (ver
ACÁ).
Simplemente hay tendencias políticas retardatarias, centradas en la seguridad,
y tendencias políticas progresistas, centradas en la libertad. Ver, al
respecto, otra de mis notas en este blog: De Bukele a Mujica.
La paz a la
fuerza, el emblema de las fuerzas conservadoras y retardatarias, más que un soberbio
oxímoron, es una ingenua falacia populista. Es la paz romana del si vis
pacem, para bellum (si quieres la paz, prepara la guerra). Facilismo de
superficie, que persigue la fiebre en las sábanas, por su absoluta carencia de
pensamiento crítico, complejo y profundo. Un pensamiento miope, que ignora la
complejidad de las dinámicas sociales, económicas, humanas y políticas. Un
pensamiento que ataca los síntomas de la inseguridad, pero que resulta incapaz
de comprender sus causas dinámicas y estructurales: unos niveles de inequidad insoportables
y unos niveles de educación y desarrollo humano precarios. Un pensamiento
político que, paradójicamente, está teniendo hoy una creciente aceptación, que
se va confirmando en los resultados electorales a lo largo y ancho del planeta.
En efecto, así lo confirma el Democracy Report 2026 del V-Dem Democracy
Institute sueco: “El 74% de la población mundial (6 mil millones de personas) vive
actualmente en regímenes autocráticos”, siendo esta una tendencia creciente en
las décadas recientes (ver ACÁ).
Cabe
preguntarse cuáles pueden ser las causas subyacentes que hay debajo de esta
tendencia y de esta preferencia por la seguridad, en aras de las libertades y
los derechos civiles. Yo encuentro, al menos tres causas dominantes:
Causa 1:
El facilismo
del corto plazo. Esta propuesta de paz a la fuerza viene siempre acompañada de
resultados tangibles y vistosos en el corto plazo, que aplacan la ansiedad del
electorado. Un ejemplo paradigmático fue el del expresidente Uribe en Colombia.
Así reseñaron algunos medios digitales, lo que algunos pocos recuerdan: “En su primera campaña electoral, Uribe Vélez ofreció acabar con la
guerrilla en seis meses de presidencia” (ver ACÁ y
ACÁ). No obstante, todos sabemos que no fue hasta dos gobiernos posteriores
cuando se logró firmar un acuerdo de paz, que el señor Uribe nunca aceptó,
además, pero que logró desmovilizar a buena parte de la guerrilla mayoritaria:
las FARC; aunque otra buena parte continuó alzada en armas, a más de 15 años
del segundo mandato del señor de la guerra. El problema es que la memoria del
electorado es frágil y su fanatismo es testarudo y perdurable. El señor Uribe
produjo una efímera y pasajera sensación de seguridad, pero le dejó al país una
herida, aún abierta, de 7837 ejecuciones extrajudiciales, según ha reportado la
Comisión de Paz (ver ACÁ). Y su promesa fue solo populismo tropical al viento, sin ningún
resultado sostenible en el tiempo.
Causa 2:
Las causas
asociadas a la seguridad y la violencia de Estado despiertan los apetitos más
instintivos y primarios de un electorado con baja cultura política y bajísimos
niveles de desarrollo humano: la sed de venganza, los odios y el espíritu de
supremacía moral, todos los cuales nublan la mente de la población, para
intentar siquiera comprender las complejas dinámicas de los procesos sociales y
de la violencia. Termina imponiéndose entonces el pensamiento plano, lineal,
cortoplacista y miope, con su facilismo aplastante.
Causa 3:
La
voracidad del capital, cada vez más oligopólico, ante cuyo curso infernal, todo
lo que suene a derechos y libertades civiles resulta contrario y, por lo tanto,
se convierte en objetivo político a remover. Resulta, así, la paz a la fuerza
siendo la estrategia expedita y favorita de los regímenes políticos favorables
al libre mercado, a los cuales les resultan más funcionales sociedades pasivas
y obedientes.
Son, para
mí, tres causas estrechamente interconectadas, suficientes para explicar la
autocratización dominante y creciente de las sociedades contemporáneas. Un
fenómeno que, en mi apreciación, constituye la gran paradoja de nuestras
sociedades actuales: entender cómo, en la era de la información, algo así como la
era de la segunda Ilustración, terminamos hipotecando nuestras libertades y
derechos fundamentales, en aras de una efímera ilusión de seguridad y
tranquilidad.
Ramiro
Restrepo González
Marzo de
2026

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