martes, 21 de abril de 2026

SOMOS UNA CULTURA PORNOGRÁFICA

 

Hemos asumido una visión muy simplista de la pornografía; en gran medida, estimulada por los mismos sicólogos de profesión. Así, la hemos reducido a la explicitud de nuestra sexualidad, bien gráfica o actuada. Es, sin duda, una definición correcta, pero absolutamente pobre y carente de profundidad conceptual.

 

Más importante que la desnudez explícitamente exhibida de nuestro cuerpo y de nuestra sexualidad es la desnudez de nuestra intimidad; ya no solo física, sino interior: de nuestros deseos, fantasías, miedos y pasiones más profundos.

 

Y, dolorosamente, esta última modalidad de pornografía es la que se ha ido instalando silenciosamente en nuestra sociedad, arraigando profundamente en nuestra cultura. Al punto de poder decir que hoy vivimos plenamente inmersos en una cultura profundamente pornográfica, sin quizás darnos cuenta de ello.

 

Baste constatar que, durante las 24 horas del día, miles de millones de seres humanos vierten transparente e ingenuamente sus deseos, fantasías, miedos y pasiones, aún los más morbosos, en todas las redes sociales: en mensajes, diálogos, imágenes, videos y datos. En una palabra, desnudan inocente o intencionadamente su intimidad, en un exhibicionismo que ya resulta abiertamente obsceno, aparte de torpe y gratuito.

 

Es una conducta normalizada y masivamente incorporada, que tiene sus claras explicaciones, a mi modo de ver. La principal que le atribuyo tiene ver con el bajísimo desarrollo interior de quienes así se desnudan a diario en las redes sociales. Las personas no encuentran más salida a su vacío interior y a su angustia existencial, de los que generalmente no son conscientes, que exhibirse socialmente, para desesperadamente intentar obtener una mínima dosis aceptación y validación social, así sea en el disfrute morboso y cómplice de un “me gusta”.

 

Ha muerto, así, en nuestra cultura, todo trasfondo simbólico, intimista, ritual, romántico, estético y espiritual. Es el ramplón exhibicionismo de nuestros instintos más primarios, que castran toda profundidad, imaginación y poesía. Bienvenida esa cultura de mente “chata, roma y fría”, que denunciaba ya el poeta De Greiff hace más de un siglo. Bien ida y olvidada sea la cultura de “la vida profunda” de Porfirio Barba Jacob. Demos paso a la vida frívola y a la pornográfica cultura del morboso “me gusta”. La decadencia tiene y deja su impronta. Además, se impone, no por sus propias lógicas, sino por el omnímodo poder de las grandes corporaciones, especialmente las tecnológicas, que moldean la cultura, para ponerla dócilmente al servicio de sus megalómanos intereses económicos. Y no reaccionamos. Padecemos, así, impotentes, la mayor depredación civilizatoria conocida desde el imperio romano.

 

Estamos asistiendo masivamente a la ficción de Bentham con su panóptico, que Foucault se encargó de teorizar (Vigilar y castigar, 1975); o a la materialización del Estado totalitario de vigilancia, que Orwell noveló en la Oceanía ficticia de 1984, publicada en 1949. No gratuitamente hablamos hoy del capitalismo de vigilancia (Shoshana Zuboff: La era del capitalismo de la vigilancia, 2021). Las ficciones terminan ocurriendo. Ese Estado-cárcel, en el que la torre central de vigilancia, de la cárcel de Bentham, ha sido sustituida por la internet y su brazo armado, las redes sociales; y en la que los ciudadanos nos sentimos sigilosamente vigilados las 24 horas del día. Solo que, ahora, los carceleros somos nosotros mismos y la cárcel ha sido sustituida por una nueva ficción. Ahora la cárcel es una realidad y la libertad una ficción.

 

Así lo retrata Iñaki Domínguez en Ethic (ver ACÁ): “Vivimos en una sociedad de la vigilancia, donde nuestras vidas personales son cada vez más transparentes, dejando totalmente al descubierto nuestros datos, actividades y hechos privados”. Para luego concluir: “La sociedad de la transparencia es, ¿cómo no?, una sociedad pornográfica, donde nada se oculta”.

 

Ya empezamos a sufrir las consecuencias macrosociales; que, entre muchísimas otras, podría resumir en cinco:

La masiva BANALIZACIÓN de absolutamente todo, que está dando lugar a crecientes dosis de cinismo, ramplonería y generalizada disolución de los valores más elementales de una vida digna y civilizada.

La POLARIZACIÓN dominante en las relaciones sociales, causada por la tendencia de los algoritmos a favorecer los extremos y exacerbar la adicción y las pasiones más primarias.

La VIOLENCIA que domina ya la conversación pública.

Y la consecuencia más grave de todas, en mi opinión: el ADORMECIMIENTO general de grandes masas de seres humanos, que se verán privadas, así, literalmente castradas, de toda posibilidad de desarrollo interior y de acceso a niveles superiores de consciencia civilizatoria.

 

En resumen: la configuración de UNA SOCIEDAD DECADENTE, justo en el momento más crítico del planeta y de nuestra especie. Cabría recordar, así, la simpática y socorrida frase del comediante mexicano Roberto Gómez Bolaños, en su personaje el Chavo del Ocho: “Y, ahora, ¿quién podrá defendernos?”.

 

Ramiro Restrepo González

Marzo de 2026 

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