SOMOS UNA
CULTURA PORNOGRÁFICA
Hemos
asumido una visión muy simplista de la pornografía; en gran medida, estimulada
por los mismos sicólogos de profesión. Así, la hemos reducido a la explicitud
de nuestra sexualidad, bien gráfica o actuada. Es, sin duda, una definición
correcta, pero absolutamente pobre y carente de profundidad conceptual.
Más
importante que la desnudez explícitamente exhibida de nuestro cuerpo y de nuestra
sexualidad es la desnudez de nuestra intimidad; ya no solo física, sino
interior: de nuestros deseos, fantasías, miedos y pasiones más profundos.
Y,
dolorosamente, esta última modalidad de pornografía es la que se ha ido
instalando silenciosamente en nuestra sociedad, arraigando profundamente en
nuestra cultura. Al punto de poder decir que hoy vivimos plenamente inmersos en
una cultura profundamente pornográfica, sin quizás darnos cuenta de ello.
Baste
constatar que, durante las 24 horas del día, miles de millones de seres humanos
vierten transparente e ingenuamente sus deseos, fantasías, miedos y pasiones,
aún los más morbosos, en todas las redes sociales: en mensajes, diálogos,
imágenes, videos y datos. En una palabra, desnudan inocente o intencionadamente
su intimidad, en un exhibicionismo que ya resulta abiertamente obsceno, aparte
de torpe y gratuito.
Es una conducta
normalizada y masivamente incorporada, que tiene sus claras explicaciones, a mi
modo de ver. La principal que le atribuyo tiene ver con el bajísimo desarrollo
interior de quienes así se desnudan a diario en las redes sociales. Las
personas no encuentran más salida a su vacío interior y a su angustia existencial,
de los que generalmente no son conscientes, que exhibirse socialmente, para —desesperadamente— intentar obtener una mínima dosis aceptación
y validación social, así sea en el disfrute morboso y cómplice de un “me
gusta”.
Ha muerto,
así, en nuestra cultura, todo trasfondo simbólico, intimista, ritual, romántico,
estético y espiritual. Es el ramplón exhibicionismo de nuestros instintos más
primarios, que castran toda profundidad, imaginación y poesía. Bienvenida esa
cultura de mente “chata, roma y fría”, que denunciaba ya el poeta De Greiff
hace más de un siglo. Bien ida y olvidada sea la cultura de “la vida profunda”
de Porfirio Barba Jacob. Demos paso a la vida frívola y a la pornográfica
cultura del morboso “me gusta”. La decadencia tiene y deja su impronta.
Además, se impone, no por sus propias lógicas, sino por el omnímodo poder de
las grandes corporaciones, especialmente las tecnológicas, que moldean la
cultura, para ponerla dócilmente al servicio de sus megalómanos intereses
económicos. Y no reaccionamos. Padecemos, así, impotentes, la mayor depredación
civilizatoria conocida desde el imperio romano.
Estamos
asistiendo masivamente a la ficción de Bentham con su panóptico, que Foucault
se encargó de teorizar (Vigilar y castigar, 1975); o a la
materialización del Estado totalitario de vigilancia, que Orwell noveló en la Oceanía
ficticia de 1984, publicada en 1949. No gratuitamente hablamos hoy del
capitalismo de vigilancia (Shoshana Zuboff: La era del capitalismo de la
vigilancia, 2021). Las ficciones terminan ocurriendo. Ese Estado-cárcel, en
el que la torre central de vigilancia, de la cárcel de Bentham, ha sido sustituida
por la internet y su brazo armado, las redes sociales; y en la que los
ciudadanos nos sentimos sigilosamente vigilados las 24 horas del día. Solo que,
ahora, los carceleros somos nosotros mismos y la cárcel ha sido sustituida por
una nueva ficción. Ahora la cárcel es una realidad y la libertad una ficción.
Así lo
retrata Iñaki Domínguez en Ethic (ver ACÁ): “Vivimos en una sociedad de la vigilancia, donde nuestras vidas
personales son cada vez más transparentes, dejando totalmente al descubierto
nuestros datos, actividades y hechos privados”. Para luego concluir: “La sociedad de la transparencia es, ¿cómo no?, una sociedad pornográfica,
donde nada se oculta”.
Ya empezamos a sufrir las consecuencias macrosociales; que, entre
muchísimas otras, podría resumir en cinco:
La masiva BANALIZACIÓN
de absolutamente todo, que está dando lugar a crecientes dosis de cinismo,
ramplonería y generalizada disolución de los valores más elementales de una
vida digna y civilizada.
La POLARIZACIÓN
dominante en las relaciones sociales, causada por la tendencia de los
algoritmos a favorecer los extremos y exacerbar la adicción y las pasiones más
primarias.
La VIOLENCIA
que domina ya la conversación pública.
Y la
consecuencia más grave de todas, en mi opinión: el ADORMECIMIENTO
general de grandes masas de seres humanos, que se verán privadas, así,
literalmente castradas, de toda posibilidad de desarrollo interior y de acceso
a niveles superiores de consciencia civilizatoria.
En resumen:
la configuración de UNA SOCIEDAD DECADENTE, justo en el momento más
crítico del planeta y de nuestra especie. Cabría recordar, así, la simpática y
socorrida frase del comediante mexicano Roberto Gómez Bolaños, en su personaje
el Chavo del Ocho: “Y, ahora, ¿quién podrá defendernos?”.
Ramiro Restrepo González
Marzo de 2026

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