viernes, 22 de mayo de 2026

LA INFINITA PEQUEÑEZ HUMANA

 

En días recientes, los medios nos han informado que, en 2026, la pequeña sonda Voyager 1 (ver información oficial ACÁ) alcanzará una distancia del planeta Tierra equivalente a 1 día-luz (ver noticia ACÁ). Fue lanzada al espacio en septiembre 5 de 1977; es decir, le habrá tomado exactamente 50 años, poco más de media vida humana, alcanzar esta pequeñísima distancia cósmica de nosotros. Por contraste, recordemos que la estrella Próxima Centauri, en el sistema Alfa Centauri, la más próxima a nuestro sol, está a 4,24 años-luz, es decir, a una distancia 1544 veces superior. Y ni qué hablar de la estrella más distante conocida, Eärendel, situada a 12.900 millones de años-luz. Voyager 1, sin embargo, ha sido la mayor aventura humana en el espacio, lo que pone de presente nuestra sobrecogedora e insignificante pequeñez como criaturas.

 

Voyager 1 ya nos había sorprendido en 1990 cuando, a su paso por Júpiter, sus cámaras captaron en las profundidades del espacio un diminuto puntito azul pálido (así lo bautizó la prensa de la época; ver información oficial ACÁ), que correspondía a nuestro planeta. Recuerdo y conservo esa imagen por la sobrecogedora emoción que me produjo: ¡4.056 millones de seres humanos, la población global para ese año, trabados en guerras, violencia, hambre, sufrimiento y frustrados sueños de libertad y desarrollo, en un puntito apenas reconocible en la oscura inmensidad del universo!

 

Después del inevitable asombro que estas experiencias lejanas me producen, no dejo de esbozar una lenta y prolongada sonrisa compasiva, al observar, en el día a día de nuestra sociedad, la soberbia, la prepotencia y los alardes de poder que casi todos los seres humanos nos lanzamos a diario unos a otros, como individuos, o como colectivos, o desde ambas efímeras tribunas.

 

Razón les asiste a quienes han hablado de los legendarios golpes a la soberbia humana, especialmente occidental, provenientes casi todos de la ciencia. El primero llegaría con Eratóstenes de Cirene, el polímata griego del siglo III a. c., quien recogió la primera evidencia precientífica de la redondez de la tierra y de la naturaleza heliocéntrica del sistema solar. Debió asimilar la especie humana esa primera humillación de aceptar que el universo no giraba a su alrededor, sino que apenas éramos un pequeño accidente más, en una arquitectura que rebasaba nuestra imaginación. Todavía, sin embargo, fue necesario esperar 19 siglos (¡!) hasta ver quemar vivo en la plaza pública a Giordano Bruno, para que el heliocentrismo empezara a abrirse paso en la dura y soberbia cerviz de Occidente.

 

En época cercana a Bruno, 1550, el cristianismo occidental se vio obligado a aceptar, en la Junta de Valladolid, que los indígenas también tenían alma (esa especie de sustancia espiritual e inmortal que habita cada ser humano, según algunas religiones). Hasta ese momento, solo se les otorgaba el estatus social de animales. Apóstol de esta causa, más humanística que científica, pero cuya aceptación también costó sufrimiento y muerte, fue el fraile dominico Bartolomé de las Casas. El soberbio hombre occidental debió aceptar, entonces, que aborígenes y negros era iguales a él en dignidad y humanidad. Todavía, sin embargo, veríamos caer bajo las balas fanáticas, y por el mismo motivo, al líder negro Martin Luther King Jr., poco más de 4 siglos después.

 

Un tercer golpe nos llegaría en 1859, cuando Charles Darwin publicó El origen de las especies, en el cual expuso su teoría de la evolución, uno de cuyos postulados centrales es que todos los seres vivos (humanos, animales, plantas y microorganismos) tenemos un ancestro común, quizás una bacteria, una arquea o el hipotético y anónimo LUCA (Last Universal Common Ancestor). Es decir, que los humanos nunca tuvimos el exótico privilegio de nacer en la cuna dorada de un Edén bíblico, directamente moldeados por las manos de un alfarero divino, sino que somos hijos y formamos parte del maravilloso tejido de la vida, que ha evolucionado y florecido por siglos sobre este frágil planeta.

 

Y seguramente nuestra incorregible soberbia siga recibiendo golpes certeros en el futuro cercano, como toparnos con la cruda realidad de que una red de agentes de inteligencia artificial nos haga irrelevantes frente a la mayor parte de las tareas en las que hemos apoyado nuestros diferenciadores de homo habilis y animal racional (Aristóteles). O que, a la vuelta de la esquina, nos encontremos con la evidencia de que ni somos la única ni resultamos la especie más inteligente, en este abigarrado universo de galaxias, estrellas y planetas.

 

Ya no me preocupa cuántos golpes más nos esperan como especie. Me preocupa preguntarme qué hemos aprendido de los que ya hemos recibido. Y tal parece que poco o nada. No parecemos darnos cuenta de que, a golpes, la historia ha venido invitándonos a centrarnos en lo que constituye la esencia de nuestra condición de seres humanos: nuestra inmensa vulnerabilidad y pequeñez. Cuando asumamos esta, nuestra auténtica condición, consciente y deliberadamente, entenderemos que es nuestra única y verdadera fortaleza. Que la empatía, la mansedumbre, el goce, la contemplación… y muchas otras capacidades humanas profundas, todas ellas nacidas de la consciencia de nuestra propia fragilidad, son las que verdaderamente nos diferencian de todos los demás seres del universo y, sobre todo, son las que nos diferenciarán profundamente de las máquinas. Esa es la gran paradoja humana: nuestra debilidad es justo nuestra mayor fortaleza, pero solo cuando la hayamos asumido en consciencia y libertad. Como anota Debashis: “Cuando no tenemos nada que defender, nos volvemos verdaderamente invencibles” (Página 168, ver ACÁ).

 

Ramiro Restrepo González

Enero de 2026

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