LA INFINITA PEQUEÑEZ HUMANA
En días recientes, los medios nos han informado que, en 2026, la pequeña
sonda Voyager 1 (ver información oficial ACÁ) alcanzará una distancia del planeta Tierra
equivalente a 1 día-luz (ver noticia ACÁ). Fue lanzada
al espacio en septiembre 5 de 1977; es decir, le habrá tomado exactamente 50
años, poco más de media vida humana, alcanzar esta pequeñísima distancia cósmica
de nosotros. Por contraste, recordemos que la estrella Próxima Centauri, en el
sistema Alfa Centauri, la más próxima a nuestro sol, está a 4,24 años-luz, es
decir, a una distancia 1544 veces superior. Y ni qué hablar de la estrella más
distante conocida, Eärendel, situada a 12.900 millones de años-luz. Voyager 1,
sin embargo, ha sido la mayor aventura humana en el espacio, lo que pone de
presente nuestra sobrecogedora e insignificante pequeñez como criaturas.
Voyager 1 ya nos había sorprendido en 1990 cuando, a su paso por
Júpiter, sus cámaras captaron en las profundidades del espacio un diminuto
puntito azul pálido (así lo bautizó la prensa de la época; ver información
oficial ACÁ), que
correspondía a nuestro planeta. Recuerdo y conservo esa imagen por la
sobrecogedora emoción que me produjo: ¡4.056 millones de seres humanos, la
población global para ese año, trabados en guerras, violencia, hambre,
sufrimiento y frustrados sueños de libertad y desarrollo, en un puntito apenas
reconocible en la oscura inmensidad del universo!
Después del inevitable asombro que estas experiencias
lejanas me producen, no dejo de esbozar una lenta y prolongada sonrisa
compasiva, al observar, en el día a día de nuestra sociedad, la soberbia, la
prepotencia y los alardes de poder que casi todos los seres humanos nos lanzamos
a diario unos a otros, como individuos, o como colectivos, o desde ambas efímeras
tribunas.
Razón les asiste a quienes han hablado de los
legendarios golpes a la soberbia humana, especialmente occidental, provenientes
casi todos de la ciencia. El primero llegaría con Eratóstenes de Cirene, el
polímata griego del siglo III a. c., quien recogió la primera evidencia precientífica
de la redondez de la tierra y de la naturaleza heliocéntrica del sistema solar.
Debió asimilar la especie humana esa primera humillación de aceptar que el
universo no giraba a su alrededor, sino que apenas éramos un pequeño accidente
más, en una arquitectura que rebasaba nuestra imaginación. Todavía, sin
embargo, fue necesario esperar 19 siglos (¡!) hasta ver quemar vivo en la plaza
pública a Giordano Bruno, para que el heliocentrismo empezara a abrirse paso en
la dura y soberbia cerviz de Occidente.
En
época cercana a Bruno, 1550, el cristianismo occidental se vio obligado a
aceptar, en la Junta de Valladolid, que los indígenas también tenían alma (esa
especie de sustancia espiritual e inmortal que habita cada ser humano, según
algunas religiones). Hasta ese momento, solo se les otorgaba el estatus social
de animales. Apóstol de esta causa, más humanística que científica, pero cuya
aceptación también costó sufrimiento y muerte, fue el fraile dominico Bartolomé
de las Casas. El soberbio hombre occidental debió aceptar, entonces, que aborígenes
y negros era iguales a él en dignidad y humanidad. Todavía, sin embargo,
veríamos caer bajo las balas fanáticas, y por el mismo motivo, al líder negro
Martin Luther King Jr., poco más de 4 siglos después.
Un
tercer golpe nos llegaría en 1859, cuando Charles Darwin publicó El origen
de las especies, en el cual expuso su teoría de la evolución, uno de cuyos
postulados centrales es que todos los seres vivos (humanos, animales, plantas y
microorganismos) tenemos un ancestro común, quizás una bacteria, una arquea o
el hipotético y anónimo LUCA (Last Universal Common Ancestor). Es decir,
que los humanos nunca tuvimos el exótico privilegio de nacer en la cuna dorada
de un Edén bíblico, directamente moldeados por las manos de un alfarero divino,
sino que somos hijos y formamos parte del maravilloso tejido de la vida, que ha
evolucionado y florecido por siglos sobre este frágil planeta.
Y
seguramente nuestra incorregible soberbia siga recibiendo golpes certeros en el
futuro cercano, como toparnos con la cruda realidad de que una red de agentes
de inteligencia artificial nos haga irrelevantes frente a la mayor parte de las
tareas en las que hemos apoyado nuestros diferenciadores de homo habilis
y animal racional (Aristóteles). O que, a la vuelta de la esquina, nos
encontremos con la evidencia de que ni somos la única ni resultamos la especie
más inteligente, en este abigarrado universo de galaxias, estrellas y planetas.
Ya no
me preocupa cuántos golpes más nos esperan como especie. Me preocupa
preguntarme qué hemos aprendido de los que ya hemos recibido. Y tal parece que
poco o nada. No parecemos darnos cuenta de que, a golpes, la historia ha venido
invitándonos a centrarnos en lo que constituye la esencia de nuestra condición
de seres humanos: nuestra inmensa vulnerabilidad y pequeñez. Cuando asumamos
esta, nuestra auténtica condición, consciente y deliberadamente, entenderemos
que es nuestra única y verdadera fortaleza. Que la empatía, la mansedumbre, el
goce, la contemplación… y muchas otras capacidades humanas profundas, todas
ellas nacidas de la consciencia de nuestra propia fragilidad, son las que
verdaderamente nos diferencian de todos los demás seres del universo y, sobre
todo, son las que nos diferenciarán profundamente de las máquinas. Esa es la
gran paradoja humana: nuestra debilidad es justo nuestra mayor fortaleza, pero
solo cuando la hayamos asumido en consciencia y libertad. Como anota Debashis: “Cuando no tenemos nada que defender, nos volvemos verdaderamente
invencibles” (Página 168, ver ACÁ).
Ramiro
Restrepo González
Enero
de 2026

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