martes, 21 de abril de 2026

EL FRENESÍ ES EL VACÍO

 

Hoy vivimos en la cultura del clic. El pensamiento se ha reducido a lo que conocimos con el nombre inicial de un tweet. Las relaciones se vaciaron de sentimientos y se fundieron en la efímera emoción primaria de un “me gusta”. El frenesí se impuso sobre la lentitud. Amordazamos el silencio, la soledad, la lentitud. Y, con ello, el pensar, el disfrutar, el sentir...el ser. Solo nos ha quedado espacio para funcionar y hacerlo de manera cada vez más frenética. Hemos aceptado silenciosamente la dictadura de una sociedad orgásmica, que ha cancelado, por la vía rápida —valga la redundancia—, toda posibilidad de vivir a plenitud, deliberada, serena e intencionadamente; en una palabra: sabiamente.

 

“Hoy se eliminan todos los rituales y todas las ceremonias porque son un obstáculo para la aceleración de la circulación de información, de comunicación y de capital” (Byung-Chul Han, Capitalismo y pulsión de muerte, p. 110). Y una sociedad, despojada del ropaje simbólico de los rituales, será siempre una sociedad sin profundidad, sin norte y sin sentido. Nuestra civilización se ha degradado, así, hasta llegar a un modo de pensamiento y de lenguaje plano, lineal, digital, solo apto para funcionar, en el marco de lo que el mismo Chul Han llama “la sociedad del rendimiento”. Sin apenas percibirlo, hemos instrumentalizado la vida y la existencia humana. Nos recuerda ello al “hombre unidimensional”, que Marcuse vislumbró desde los años 60: “Los esclavos de la sociedad industrial desarrollada son esclavos sublimados, pero son esclavos, porque la esclavitud está determinada no por la obediencia, ni por la rudeza del trabajo, sino por el status de instrumento y la reducción del hombre al estado de cosa (Herbert Marcuse, El hombre unidimensional, p. 63).


Pienso que esa obediencia decidida y ciega del ser humano contemporáneo al frenesí del rendimiento no es más que un atajo existencial para huir de la angustia de enfrentarse a sí mismo y evadir las preguntas más fundamentales de la existencia: ¿quién soy?, ¿por qué y para qué estoy aquí?, ¿cuál es el sentido de mi existencia?


La gran paradoja es que esa carrera loca contra sí mismo termina mal: en el agotamiento crónico que conocemos en lenguaje anglosajón como burnout. Así lo reporta una reciente encuesta de la estadounidense Eagle Hill Consulting, contratada con Ipsos. “Más del 50 % de la fuerza laboral estadounidense está experimentando agotamiento crónico (burnout)”, reportaba recientemente el New Jersey Business Magazine (ver ACÁ). Entre los hallazgos de esta encuesta, sobresalen grandes pérdidas en eficiencia personal, servicio al cliente, capacidad de innovación y rotación de personal, entre otras. La pérdida más importante, sin embargo, no aparece en los resultados de la encuesta: la irreparable pérdida de la paz interior.


Hemos terminado esclavizados de fuerzas externas, que nos presionan hasta vaciarnos, en función de objetivos ajenos y baladíes, cuyo único atractivo, y falaz, es ocultarnos a la vista ese nuestro insoportable vacío interior. Y, cuando ya caemos exhaustos, nos encontramos de frente con la cruda realidad: somos unos prófugos de nosotros mismos que, en esa huida loca y frenética, hemos terminado perdiendo lo poco que teníamos: la esperanza. Es entonces cuando solo queda una salida: el suicidio. Y llama la atención que las más altas tasas de suicidio en el mundo las ocupan reiteradamente las sociedades más prósperas (justo las del máximo rendimiento) y las sociedades más precarias. Ambas puestas al límite de lo tolerable: los excesos extremos y las carencias extremas (ver AÇA el reporte de la International Association for Suicide Prevention).


En medio de todo, se nos escapa la sabiduría de nuestros pueblos ancestrales andinos, la sabiduría del sumak kawsay: del buen vivir y del buen convivir. Ese vivir en paz: consigo mismo, con los otros, con lo otro y con el todo superior del universo. La plenitud existencial de la suficiencia, que no de la codiciada abundancia, lejos de groseros excesos y ofensivas carencias. El justo y pacífico encuentro entre el desear y el poseer, entre el querer y el ser, entre el ahora y el entonces. Presencialidad consciente en el disfrute de la vida, siguiendo sus ritmos, avatares y sorpresas. No sería mucho pedir, a esta altura del desarrollo tecnocientífico al que hemos llegado como especie. Pero, de manera suicida, hemos decidido o aceptado mansamente que ese desarrollo se ponga al servicio de esclavizarnos y no de servirnos.


En este contexto, resuenan potentes las reflexiones de Carl Honoré, en su opúsculo Elogio de la lentitud (ver ACÁ):

“[…] nuestra obsesión por hacer más y más en cada vez menos tiempo, ha llegado demasiado lejos. Se ha convertido en una adicción”.

“Es inevitable que una vida apresurada se convierta en superficial”.

“Rápido equivale a atareado, controlador, agresivo, apresurado, analítico, estresado, superficial, impaciente y activo; es decir, la cantidad prima sobre la calidad. Lento es lo contrario: sereno, cuidadoso, receptivo, silencioso, intuitivo, pausado, paciente y reflexivo”.

“La paradoja es que la lentitud no siempre significa ser lento [...] Ser lento significa que uno controla los ritmos de su vida y decide qué celeridad conviene en un determinado contexto”.


Pero, a pesar de las evidencias, optamos por seguir en esa especie de carrera de ratas en la que, aun ganando —como dice Blanchard— sentimos que, al final, seguimos siendo ratas (y perdón a las adorables raticas). Es entonces el frenesí. Es entonces el vacío. Clic…

 

Ramiro Restrepo González

Marzo de 2026


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