¿LA GENERACIÓN DE LA DECADENCIA?
Desde hace
algunos años, he estado expuesto a experiencias con jóvenes emprendedores, en
procesos de formación en liderazgo. Y debo confesar que ha sido para mí una
experiencia absolutamente maravillosa: encontrarme cara a cara con generaciones
nuevas, llenas de vitalidad, de fe en propósitos superiores y de una búsqueda
genuina de una vida interior profunda y plena. Ha sido, pues, algo que me ha
llenado de alegre esperanza sobre el futuro de la especie y de mi país.
Pero no se
me oculta la otra cara, opaca y preocupante: la de esas inmensísimas masas
—porque son eso: masas grises e informes— de jóvenes inmersos en estilos de
vida intrascendentes, exhibicionistas, ruidosos y de una visión absolutamente
primitiva del mundo. Sus “modelos” visibles se han autodenominado de mil
maneras: infuencers, streamers, youtubers, instragramers,
tiktokers, celebrities y un interminable etcétera, cada uno con
su millonaria cauda de seguidores. Constituyen la basura y el lastre de la
civilización contemporánea. Puro smog cultural, que ya está resultando
asfixiante. Dos ejemplos criollos y recientes pueden ilustrarlo
suficientemente.
El señor Yeferson Cossio
Este señor es lo que denominan genéricamente un “creador de
contenido”. Esta definición carece de un calificativo indispensable: se trata,
en realidad, de contenido basura: escandaloso, llamativo, morboso, para deleite
de esas grandes masas de “cretinos digitales”, como los llama el
neurocientífico Michel Desmurget (ver ACÁ).
En este contexto, el señor Cossio hizo la ruta
Bogotá-Madrid, con la aerolínea Avianca, el pasado 11 de marzo de 2026. Estando
en ruta, este creador de contenido basura activó lo que coloquialmente se
conoce como un peo químico (stink bomb), causando un notable disturbio
en cabina. Ante esta situación, Avianca procedió a cancelar el contrato de
transporte del señor Cossio y a interponer acciones legales, que le podrían
representar sanciones económicas, por parte del Ministerio de Transporte, cercanas
a los col$ 10 millones. No sería la primera vez. Ya, en abril de 2025, la
Superintendencia de Industria y Comercio había confirmado una sanción por
publicidad engañosa al señor Cossio, por un monto de col$ 813 millones (ver ACÁ).
Una stink bomb —valga el detalle— “es
un producto de broma diseñado para liberar un olor extremadamente
desagradable, simulando la flatulencia, a menudo utilizando compuestos de
azufre como el sulfuro de amonio o el butanotiol”; lo que, obviamente, debió generar
incomodidad extrema en los pasajeros y la tripulación, así como un seguro
desorden al interior de la cabina, que pudo poner en riesgo la seguridad de
todos. La posterior excusa del señor Cossio, de que se trató de una activación
accidental del elemento, no lo exime por supuesto. Portar ese tipo de objetos y
sustancias está explícitamente prohibido en las reglamentaciones IATA y de
Avianca específicamente (ver ACÁ y ACÁ). Detalles
estos que, por supuesto, no tienen espacio en la supina ignorancia de un influencer.
El señor Luis Fernando Villa
Otro influenciador, conocido como Westcol, quien
recientemente saltó a las primeras páginas de los diarios, por su entrevista al
presidente colombiano en funciones, anunciando de paso su próxima entrevista al
expresidente Uribe (¿será que el poder también vuelve cretinos a quienes lo
ejercen?).
Entre otras
sandeces, así declaró desenfadadamente a los medios: “Yo no estudié y estoy melo” (ver ACÁ). Melos (μέλος) es una palabra griega que significa canción, de
donde se derivan melodía, compositor y otras. Pero esto no significa nada, en
la microscópica mente de un influencer, quien ni debe imaginar que, en
griego, se cocinó la civilización occidental que él depreda. Melo, en la jerga basura de este sector de la
juventud colombiana, es sinónimo de muy
bueno, excelente, perfecto o "bacano". Y, claro,
sin estudiar, el señor Westcol se siente “bacano”. Es que, para sentir
incomodidad con la ignorancia, se necesitan dos ingredientes que este cretino
no llegará a tener jamás: a) una consciencia desarrollada, para humildemente
aceptar nuestra gigantesca pequeñez e ignorancia; y b) una mente inquieta,
curiosa, atormentada por infinidad de preguntas frente a todo; son las mentes
que aprenden.
1.
Detrás de este fenómeno juvenil están, por supuesto, los
voraces intereses de las grandes tecnológicas; en este caso, las plataformas de
streaming y similares, que monetizan la estupidez humana: las necesidades
de reconocimiento y atención de gigantescas y crecientes masas de ciudadanos,
especialmente jóvenes, dispuestas a pagar por obtener un placebo que mitigue su
radical desorientación existencial, su insoportable vacío interior y el agobio
de llevar a cuestas una vida sin sentido ni propósito. Así, la cultura ha
devenido en aturdimiento; la civilización, en espectáculo; y el futuro, en “ya
veremos…”.
2.
Es, en medio de este océano de mierda, por donde navega una
corriente juvenil, fresca y diferente: por su capacidad de preguntarse, por su
consciencia sensible y abierta a nuevas realidades posibles, por su deseo de
construir una poderosa visión del mundo, de país y de sus propias vidas. Tengo
la certidumbre de que es la corriente mayoritaria (mainstream, como
gustan decir los anglosajones). Solo que la mierda es más ruidosa, escandalosa
e incómoda, como la stink bomb del señor Cossio, por lo que nos genera
una falsa sensación de mayoría. Pero la imbecilidad nunca ha sido la corriente
guía de la evolución ni de la civilización.
3.
La pregunta de fondo, sin embargo, persiste y no tiene que
ver con la juventud; que, en el mejor de los casos, es síntoma y no causa. Esa
pregunta es sencilla y rotunda: ¿está entrando nuestra civilización global en
una era de decadencia, como ha habido tantas otras a lo largo de la historia? ¿En
una era de oscuridad, como la llaman Arbib y Seba (ver ACÁ)? Nada es
seguro y confiemos en que no será así. Pero el riesgo es más elevado que nunca
antes en la era industrial, es decir, en los últimos tres siglos; y la
sintomatología ya resulta preocupante. Basta leer los “signos de los tiempos”,
de los que hablaba el Nazareno de Belén (Mateo 16,2). En este oscuro e incierto
panorama, inspira esperanza la profética frase de Leonardo Boff: “no tememos a la
oscura noche, porque amamos las estrellas” (ver ACÁ).
Ramiro Restrepo González
Abril de 2026

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