lunes, 6 de abril de 2026

¿LA GENERACIÓN DE LA DECADENCIA?

 

Desde hace algunos años, he estado expuesto a experiencias con jóvenes emprendedores, en procesos de formación en liderazgo. Y debo confesar que ha sido para mí una experiencia absolutamente maravillosa: encontrarme cara a cara con generaciones nuevas, llenas de vitalidad, de fe en propósitos superiores y de una búsqueda genuina de una vida interior profunda y plena. Ha sido, pues, algo que me ha llenado de alegre esperanza sobre el futuro de la especie y de mi país.

 

Pero no se me oculta la otra cara, opaca y preocupante: la de esas inmensísimas masas —porque son eso: masas grises e informes— de jóvenes inmersos en estilos de vida intrascendentes, exhibicionistas, ruidosos y de una visión absolutamente primitiva del mundo. Sus “modelos” visibles se han autodenominado de mil maneras: infuencers, streamers, youtubers, instragramers, tiktokers, celebrities y un interminable etcétera, cada uno con su millonaria cauda de seguidores. Constituyen la basura y el lastre de la civilización contemporánea. Puro smog cultural, que ya está resultando asfixiante. Dos ejemplos criollos y recientes pueden ilustrarlo suficientemente.

 

El señor Yeferson Cossio

 

Este señor es lo que denominan genéricamente un “creador de contenido”. Esta definición carece de un calificativo indispensable: se trata, en realidad, de contenido basura: escandaloso, llamativo, morboso, para deleite de esas grandes masas de “cretinos digitales”, como los llama el neurocientífico Michel Desmurget (ver ACÁ).

 

En este contexto, el señor Cossio hizo la ruta Bogotá-Madrid, con la aerolínea Avianca, el pasado 11 de marzo de 2026. Estando en ruta, este creador de contenido basura activó lo que coloquialmente se conoce como un peo químico (stink bomb), causando un notable disturbio en cabina. Ante esta situación, Avianca procedió a cancelar el contrato de transporte del señor Cossio y a interponer acciones legales, que le podrían representar sanciones económicas, por parte del Ministerio de Transporte, cercanas a los col$ 10 millones. No sería la primera vez. Ya, en abril de 2025, la Superintendencia de Industria y Comercio había confirmado una sanción por publicidad engañosa al señor Cossio, por un monto de col$ 813 millones (ver ACÁ).

 

Una stink bomb —valga el detalle— “es un producto de broma diseñado para liberar un olor extremadamente desagradable, simulando la flatulencia, a menudo utilizando compuestos de azufre como el sulfuro de amonio o el butanotiol”; lo que, obviamente, debió generar incomodidad extrema en los pasajeros y la tripulación, así como un seguro desorden al interior de la cabina, que pudo poner en riesgo la seguridad de todos. La posterior excusa del señor Cossio, de que se trató de una activación accidental del elemento, no lo exime por supuesto. Portar ese tipo de objetos y sustancias está explícitamente prohibido en las reglamentaciones IATA y de Avianca específicamente (ver ACÁ y ACÁ). Detalles estos que, por supuesto, no tienen espacio en la supina ignorancia de un influencer.

 

El señor Luis Fernando Villa

 

Otro influenciador, conocido como Westcol, quien recientemente saltó a las primeras páginas de los diarios, por su entrevista al presidente colombiano en funciones, anunciando de paso su próxima entrevista al expresidente Uribe (¿será que el poder también vuelve cretinos a quienes lo ejercen?).

 

Entre otras sandeces, así declaró desenfadadamente a los medios: “Yo no estudié y estoy melo” (ver ACÁ). Melos (μέλος) es una palabra griega que significa canción, de donde se derivan melodía, compositor y otras. Pero esto no significa nada, en la microscópica mente de un influencer, quien ni debe imaginar que, en griego, se cocinó la civilización occidental que él depreda. Melo, en la jerga basura de este sector de la juventud colombiana, es sinónimo de muy bueno, excelente, perfecto o "bacano". Y, claro, sin estudiar, el señor Westcol se siente “bacano”. Es que, para sentir incomodidad con la ignorancia, se necesitan dos ingredientes que este cretino no llegará a tener jamás: a) una consciencia desarrollada, para humildemente aceptar nuestra gigantesca pequeñez e ignorancia; y b) una mente inquieta, curiosa, atormentada por infinidad de preguntas frente a todo; son las mentes que aprenden.


Reflexiones:

 

1.

Detrás de este fenómeno juvenil están, por supuesto, los voraces intereses de las grandes tecnológicas; en este caso, las plataformas de streaming y similares, que monetizan la estupidez humana: las necesidades de reconocimiento y atención de gigantescas y crecientes masas de ciudadanos, especialmente jóvenes, dispuestas a pagar por obtener un placebo que mitigue su radical desorientación existencial, su insoportable vacío interior y el agobio de llevar a cuestas una vida sin sentido ni propósito. Así, la cultura ha devenido en aturdimiento; la civilización, en espectáculo; y el futuro, en “ya veremos…”.


2.

Es, en medio de este océano de mierda, por donde navega una corriente juvenil, fresca y diferente: por su capacidad de preguntarse, por su consciencia sensible y abierta a nuevas realidades posibles, por su deseo de construir una poderosa visión del mundo, de país y de sus propias vidas. Tengo la certidumbre de que es la corriente mayoritaria (mainstream, como gustan decir los anglosajones). Solo que la mierda es más ruidosa, escandalosa e incómoda, como la stink bomb del señor Cossio, por lo que nos genera una falsa sensación de mayoría. Pero la imbecilidad nunca ha sido la corriente guía de la evolución ni de la civilización.


3.

La pregunta de fondo, sin embargo, persiste y no tiene que ver con la juventud; que, en el mejor de los casos, es síntoma y no causa. Esa pregunta es sencilla y rotunda: ¿está entrando nuestra civilización global en una era de decadencia, como ha habido tantas otras a lo largo de la historia? ¿En una era de oscuridad, como la llaman  Arbib y Seba (ver ACÁ)? Nada es seguro y confiemos en que no será así. Pero el riesgo es más elevado que nunca antes en la era industrial, es decir, en los últimos tres siglos; y la sintomatología ya resulta preocupante. Basta leer los “signos de los tiempos”, de los que hablaba el Nazareno de Belén (Mateo 16,2). En este oscuro e incierto panorama, inspira esperanza la profética frase de Leonardo Boff: “no tememos a la oscura noche, porque amamos las estrellas” (ver ACÁ).

 

Ramiro Restrepo González

Abril de 2026

No hay comentarios: