domingo, 22 de marzo de 2026

¿Y SI APAGAN EL MUNDO?

 

“Un pequeño número de grandes empresas tecnológicas con sede en Estados Unidos controlan ahora una gran proporción de la infraestructura mundial de computación en la nube, es decir, la red global de servidores remotos que almacenan, gestionan y procesan todas nuestras aplicaciones y datos”. Amazon Web Services (AWS), Microsoft Azure y Google Cloud entre las principales, según reportó recientemente el periódico español El Confidencial (ver ACÁ, resaltado del original).

 

Lo anterior significa que, en manos de un potencia decadente, está literalmente el funcionamiento del mundo. ¿Imagina usted lo que significaría un apagón de la nube? Un sistema bancario bloqueado, un sistema de transporte (aéreo, terrestre y marítimo) paralizado, unos sistemas comerciales colapsados, unas redes de comunicación en ceros, un sistema de salud cerrado; y siga usted el inventario de lo que ocurriría, siguiendo la cascada posterior al colapso de los primeros grandes sistemas digitales globales (bancario, logístico, comercial, de comunicaciones y de salud). Y ya hemos registrado los primeros episodios: parciales y controlables, pero sintomáticos y significativos. Un ejemplo reciente tuvo lugar en la madrugada del domingo 8 de marzo de 2026, cuando un dron Shahid-136 bombardeó un centro de datos de Amazon Web Services en Emiratos Árabes Unidos, provocando un incendio que obligó a cortar la electricidad y, por lo tanto, el funcionamiento de los servicios de internet en su zona de influencia, incluidos algunos países africanos; todo ello, en el marco del conflicto que Irán sostiene con EE. UU. e Israel (ver ACÁ). Así concluye el diario El Confidencial con lo que considera la primera gran lección de esta guerra: “El conflicto ha dejado una estampa inédita: la de un ejército, el iraní, atacando deliberadamente centros de datos. El episodio revela que, al igual que puertos o centrales eléctricas, estas infraestructuras ahora son blancos de guerra” (ver ACÁ).

 

No gratuitamente, el CEO de Anthropic, Dario Amodei, se negó a cerrar un acuerdo con el Pentágono, que exigía rebajar los estándares de seguridad de Claude, la IA de Anthropic, para poder usarla en aplicaciones militares (armas autónomas) y de cibervigilancia ciudadana (ver ACÁ y ACÁ). Pero, entonces, el acuerdo lo cerraron los oportunistas e inescrupulosos de OpenAI. Y, mientras tanto, seguimos sin estándares vinculantes de gobernanza de la IA.

 

Rememora el mito del famoso botón rojo ubicado en los despachos de los presidentes de los EE. UU. y de la URSS, durante la guerra fría, para activar la guerra atómica, en caso de una confrontación abierta. Realmente se refería al teléfono rojo, instalado en los despachos de los dos presidentes, a raíz de la crisis de los misiles en Cuba, en 1963, con el fin de evitar malentendidos que pudieran desencadenar eventos como ese, de consecuencias mayúsculas. Ahora tenemos un nuevo botón rojo, pero esta vez real, y en manos de los grandes oligopolios de la tecnología digital, “los tres grandes”, de cuyo mal uso, accidental o deliberado, puede depender que el mundo contemporáneo se apague en un segundo y, con él, millones de vidas.

 

De otro lado, por años, se nos ha hablado del evento Miyake (ver corto documental ACÁ), como aquel evento producido por una explosión solar extrema, que desencadenaría un apagón de todos los sistemas eléctricos en la tierra y, consecuencialmente, un apagón digital y de todos los sistemas que le son dependientes, como ya los he indicado parcialmente.

 

Ahora, un hipotético pero posible evento Miyake futuro se ve potenciado por la aparición del enorme riesgo que la concentración oligopólica de las redes globales digitales, especialmente de la IA y la computación en la nube, supone para la humanidad.

 

El mayor riesgo subyacente a la penetración absoluta de la tecnología digital en todos los rincones del funcionamiento de nuestras sociedades es precisamente ese: si su acceso se ve interrumpido, nuestras sociedades se paralizan irremediable e instantáneamente. Nada permite el regreso, en tiempos razonables, a la operación manual, como pudo haber ocurrido en los momentos iniciales de la digitalización masiva de las operaciones. Y ese riesgo es hoy más real que nunca antes y puede materializarse por diversos motivos: geopolíticos, accidentales o ciberdelincuenciales. Literalmente, pendemos de un hilo (óptico, láser, eléctrico…). Recordemos que las guerras del futuro se librarán frente a un teclado o mediante comandos de voz dirigidos a sistemas “inteligentes”. Si, en la guerra Rusia-Ucrania, los drones remplazaron a los soldados, en las guerras del futuro, el código remplazará a los drones. Ya no se necesitará atacar centros estratégicos (logísticos, informáticos, energéticos, militares…); simplemente bastará silenciarlos y a prudente distancia. Anteriormente, los muertos eran un paso previo a la victoria; ahora serán una consecuencia posterior.

 

Es una de las razones por las que la soberanía digital es hoy un imperativo político de primer nivel. Permitiría la descentralización planetaria de los grandes sistemas digitales, hoy concentrados en una pequeña élite oligopólica, de claro sesgo geopolítico, por sus voraces intereses económicos. No gratuitamente, fue un asunto de primer plano en la agenda del encuentro de Davos de este año (ver ACÁ). La descentralización distribuiría también riesgos, diversificaría sistemas de protección y ciberdefensa, acercaría a los tomadores de decisiones a las contingencias y problemas y, sobre todo, reduciría significativamente el riesgo de un colapso total.

 

Ramiro Restrepo González

Febrero de 2026


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