domingo, 22 de marzo de 2026

SAPIENS, UNA ESPECIE EXTRAVIADA

 

En su primera lección de metafísica, Ortega y Gasset es claro: “…la situación del hombre –esto es, su vida– consiste en una radical desorientación. No, pues, que el hombre, dentro de su vida, se encuentre desorientado parcialmente en este o el otro orden, en sus negocios o en su caminar por un paisaje, o en la política […] una desorientación total, radical; es decir, no que al hombre le acontezca desorientarse, perderse en su vida, sino que, por lo visto, la situación del hombre, la vida, es desorientación, es estar perdido – y por eso existe la metafísica” (Ortega y Gasset, J. Unas lecciones de metafísica. P. 6, ver ACÁ).

 

Al sapiens, pues, no lo diferencian de sus hermanos menores en la deriva evolutiva (plantas, animales y los mismos elementos del universo) asuntos tan aceptados como la consciencia. Ya sabemos que, a través de absolutamente todos los seres, ellos y nosotros, se expresa la consciencia, como fuerza cósmica. Esa es una realidad sobre la que la ciencia misma nos ofrece cada vez mayor certidumbre (ver ACÁ).

 

Lo que realmente nos diferencia es nuestra radical desorientación, nuestro existencial extravío. Y, si se da un paso más, la posibilidad de darnos cuenta de nuestro propio extravío, que es en lo que consiste la autoconsciencia, esa sí, nuestro sello distintivo como sapiens, al menos cuando nos acompaña. Porque, a diferencia de la consciencia, que ocurre naturalmente (en nosotros, en las plantas, en los animales y en el cosmos), la autoconsciencia solo ocurre cuando la provocamos de manera deliberada. Y, cuando la provocamos y somos capaces de autodirigirla; es entonces, y solo entonces, cuando iniciamos nuestro proceso de desarrollo como sapiens; desarrollo humano lo denominamos. Por eso es necesario decirlo con claridad: la mayoría de los seres humanos, durante la mayor parte de sus vidas, no viven como humanos, no ejercen como tales, pues escasas veces despiertan en sí mismos esa esfera de la autoconsciencia. Ya lo decía el lúcido Antony de Mello: “sólo despiertos podemos entrar en la verdad y descubrir qué lazos nos impiden la libertad. Esto es la iluminación” (ver ACÁ).

 

Pero el primer paso de iluminación que produce la autoconsciencia es la angustia. El sentirnos perdidos, pendiendo del vacío y sin respuesta a las preguntas más fundamentales de la vida: ¿para qué la libertad?, ¿cuál es el sentido de la vida?, etc. Ya lo decía Fernando González, “el filósofo de Otraparte”, en su Libro de los viajes o de las presencias: “El hombre es ñudo, pleito enredado, un sucediéndose, y al comenzar la agonía se hace consciente de ello, pero sin saber nada, y por eso la agonía es el horror inefable…” (ver ACÁ).

 

Sin embargo, la angustia, la agonía, no es algo malo que nos sucede. Es, más bien, nuestro ritual de paso, de iniciación en la esfera de lo auténticamente humano. Así lo constata Arjomendi: “La angustia es la manera en que comprendemos nuestra indeterminación en el mundo, pues debemos dilucidar de dónde hemos sido arrojados y a dónde nos proyectamos, cuál es nuestro fundamento y cuál nuestra finalidad” (Arash Arjomandi. El principio de certidumbre. P. 15, ver ACÁ).

 

En ese lapso de angustia y agonía, atravesamos el desierto de nuestras propias búsquedas, hasta escuchar el llamado. Así vemos que ocurrió en muchos seres humanos, cuya iluminación posterior nos acompaña hasta hoy: San Agustín, con su vida disoluta de juventud, similar a la de Marx o Rousseau; o, más recientemente, la errática juventud de Byung-Chul Han, el pensador contemporáneo. Es que sentirse perdido es el paso cero para descubrir el rumbo, el sentido de la vida. El problema radica en que la mayor parte de las personas se sienten ubicadas e incluso viven “instaladas” en su modus vivendi, “dormidas”, como diría De Mello, sin percatarse de que están perdidas. Hasta que ocurre ese momento alfa, como en el Apocalipsis de Juan: la revelación. Lo llamo “momento alfa”, por el tipo de ondas que produce nuestro cerebro (alfa y theta, especialmente) en estados de calma profunda, relajación y meditación. Justo los momentos propicios para ver diáfanamente y, sobre todo, para cambiar profundamente nuestra mirada sobre el ser y el mundo.

 

Entonces, sí, es la epifanía (del griego πιφνεια: πι = sobre, por encima de, y φνεια = aparición). Es la aparición, por encima de la cotidianeidad y de nuestra prosaica condición humana, de lo que Teilhard de Chardin denominaba el fenómeno humano, esa deriva evolutiva de complejidad-consciencia, expresada a través de nuestra frágil y errática forma de vivir y comprender la realidad. Entonces, sentiremos que “el hombre es junco sembrado en tierra y que se eleva al cielo”, como bellamente escribiera Fernando González (ver ACÁ, p. 48).

 

Mientras ello no ocurra en nosotros y desde nosotros, seremos sapiens, como especie, pero extraviados en el universo, en la evolución y en nuestra historia. Y, extraviados, todos nuestros actos y palabras se convierten en extravíos, como los que nos han terminado llevando al estado global de policrisis social y ambiental en el que nos encontramos.

 

Ramiro Restrepo González

Febrero de 2026

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