SAPIENS, UNA ESPECIE EXTRAVIADA
En su primera lección de metafísica,
Ortega y Gasset es claro: “…la situación del hombre –esto es, su vida– consiste
en una radical desorientación. No, pues, que el hombre, dentro de su vida, se
encuentre desorientado parcialmente en este o el otro orden, en sus negocios o
en su caminar por un paisaje, o en la política […] una desorientación total,
radical; es decir, no que al hombre le acontezca desorientarse, perderse en su
vida, sino que, por lo visto, la situación del hombre, la vida, es
desorientación, es estar perdido – y por eso existe la metafísica” (Ortega y Gasset, J. Unas lecciones de metafísica. P. 6, ver ACÁ).
Al sapiens, pues, no lo diferencian de sus
hermanos menores en la deriva evolutiva (plantas, animales y los mismos elementos
del universo) asuntos tan aceptados como la consciencia. Ya sabemos que, a
través de absolutamente todos los seres, ellos y nosotros, se expresa la
consciencia, como fuerza cósmica. Esa es una realidad sobre la que la ciencia
misma nos ofrece cada vez mayor certidumbre (ver ACÁ).
Lo que realmente nos diferencia es nuestra radical desorientación,
nuestro existencial extravío. Y, si se da un paso más, la posibilidad de darnos
cuenta de nuestro propio extravío, que es en lo que consiste la
autoconsciencia, esa sí, nuestro sello distintivo como sapiens, al menos
cuando nos acompaña. Porque, a diferencia de la consciencia, que ocurre naturalmente
(en nosotros, en las plantas, en los animales y en el cosmos), la
autoconsciencia solo ocurre cuando la provocamos de manera deliberada. Y,
cuando la provocamos y somos capaces de autodirigirla; es entonces, y solo
entonces, cuando iniciamos nuestro proceso de desarrollo como sapiens;
desarrollo humano lo denominamos. Por eso es necesario decirlo con claridad: la
mayoría de los seres humanos, durante la mayor parte de sus vidas, no viven
como humanos, no ejercen como tales, pues escasas veces despiertan en sí mismos
esa esfera de la autoconsciencia. Ya lo decía el lúcido Antony de Mello: “sólo despiertos
podemos entrar en la verdad y descubrir qué lazos nos impiden la libertad. Esto
es la iluminación” (ver ACÁ).
Pero el primer paso de iluminación que produce la
autoconsciencia es la angustia. El sentirnos perdidos, pendiendo del vacío y
sin respuesta a las preguntas más fundamentales de la vida: ¿para qué la
libertad?, ¿cuál es el sentido de la vida?, etc. Ya lo decía Fernando González,
“el filósofo de Otraparte”, en su Libro de los viajes o de las presencias:
“El
hombre es ñudo, pleito enredado, un sucediéndose, y al comenzar la agonía se
hace consciente de ello, pero sin saber nada, y por eso la agonía es el horror
inefable…” (ver ACÁ).
Sin embargo, la angustia, la agonía, no es algo malo
que nos sucede. Es, más bien, nuestro ritual de paso, de iniciación en la
esfera de lo auténticamente humano. Así lo constata Arjomendi: “La angustia es
la manera en que comprendemos nuestra indeterminación en el mundo, pues debemos
dilucidar de dónde hemos sido arrojados y a dónde nos proyectamos, cuál es
nuestro fundamento y cuál nuestra finalidad” (Arash Arjomandi. El principio
de certidumbre. P.
15, ver ACÁ).
En ese
lapso de angustia y agonía, atravesamos el desierto de nuestras propias
búsquedas, hasta escuchar el llamado. Así vemos que ocurrió en muchos seres
humanos, cuya iluminación posterior nos acompaña hasta hoy: San Agustín, con su
vida disoluta de juventud, similar a la de Marx o Rousseau; o, más
recientemente, la errática juventud de Byung-Chul Han, el pensador
contemporáneo. Es que sentirse perdido es el
paso cero para descubrir el rumbo, el sentido de la vida. El problema radica en
que la mayor parte de las personas se sienten ubicadas e incluso viven
“instaladas” en su modus vivendi, “dormidas”, como diría De Mello, sin
percatarse de que están perdidas. Hasta que ocurre ese momento alfa, como en el
Apocalipsis de Juan: la revelación. Lo llamo “momento alfa”, por el tipo de
ondas que produce nuestro cerebro (alfa y theta, especialmente) en estados de
calma profunda, relajación y meditación. Justo los momentos propicios para ver
diáfanamente y, sobre todo, para cambiar profundamente nuestra mirada sobre el
ser y el mundo.
Entonces, sí, es la epifanía (del griego ἐπιφάνεια: ἐπι = sobre, por encima de, y φάνεια =
aparición). Es la aparición, por encima de la cotidianeidad y de nuestra
prosaica condición humana, de lo que Teilhard de Chardin denominaba el fenómeno
humano, esa deriva evolutiva de complejidad-consciencia, expresada a través de
nuestra frágil y errática forma de vivir y comprender la realidad. Entonces,
sentiremos que “el hombre es junco sembrado en tierra y que se eleva al cielo”,
como bellamente escribiera Fernando González (ver ACÁ, p. 48).
Mientras ello no ocurra
en nosotros y desde nosotros, seremos sapiens, como especie, pero
extraviados en el universo, en la evolución y en nuestra historia. Y,
extraviados, todos nuestros actos y palabras se convierten en extravíos, como
los que nos han terminado llevando al estado global de policrisis social y
ambiental en el que nos encontramos.
Ramiro Restrepo González
Febrero de 2026

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