viernes, 6 de febrero de 2026

EL VALOR DE LO INÚTIL

 

¿Se ha puesto usted a pensar para qué, ¡carajo!, sirve el velocímetro en una motocicleta? Si a nadie de los que las conducen he visto que le importe un rábano su velocímetro… Y, bueno, esta pregunta inicial, que suena a broma, es más seria de lo que parece. ¿Ha pensado usted cuántas cosas y asuntos son considerados inútiles por nuestra cultura, en este caso la cultura del motociclista? Y valga una digresión acá, porque el asunto es precisamente cultural. ¿Cree usted que, en el caso del motociclista, se puede hablar de “su” cultura? Recordemos que cultura es una derivación del verbo latino colere, que significa cultivar; es decir, que culto es un ser humano cultivado, no un ser humano en obra negra, colombianismo para aludir al estado rústico y primitivo de algo, como parecen ser casi todos nuestros motociclistas. Termino la digresión. ¿Se le ha ocurrido pensar, incluso, que el calificativo de inútil responde a una especie de purga cultural, al estilo de los regímenes totalitarios, en los que el pensamiento, en sus mejores expresiones, ha sido y sigue siendo marginado y excluido?; ¿se ha detenido a ponderar cuánto valor desperdicia usted y desperdicia nuestra sociedad, en esa arbitraria clasificación de bienes y asuntos, entre útiles e inútiles?; en resumen: ¿se ha detenido usted, en su vida, a apreciar el valor de lo inútil?

 

Denominamos útil todo bien, asunto o suceso que responde a un propósito utilitario, es decir, orientado a resolver un problema práctico o satisfacer una necesidad funcional; y, a todo aquello que no tiene ese propósito, por lo menos evidente, lo enviamos a las “tinieblas exteriores” bajo el despectivo apelativo de inútil. Pero, en rigor, es algo simplemente no utilitario. Y, en realidad, lo no utilitario abarca, tanto bienes, asuntos o sucesos banales, como otros sumamente valiosos.

 

Oscar Wilde dedicó un título bastante revelador al ensayo más culto, erudito y refinado que le conozco: La importancia de no hacer nada. En él, aborda la cultura griega como la mejor expresión de la crítica artística, en tanto un arte en sí mismo. “…los griegos —nos dice— inventaron la crítica de arte del mismo modo que inventaron la crítica de todo lo demás. Después de todo, ¿qué es lo que más debemos a los griegos? Sólo el espíritu crítico” (Ver ACÁ). Pero, en nuestra cultura, se tiene como inútil el arte y, mucho más, la crítica (artística, literaria, política, social…); el pensamiento crítico es mirado como políticamente incorrecto, algo incómodo, a ser evitado en lo posible. Efectivamente, son asuntos no utilitarios. Pero cuál de los dos más valioso. Vaya, si debemos empezar justo por revalorizar el espíritu crítico, para hacer frente a esta era de decadencia contemporánea del espíritu.

 

Bien vale la pena que exploremos otros ejemplos, menos prosaicos y dolorosos que el del velocímetro de nuestro inefable e inculto motociclista, para que nos ayudemos a repensar el asunto. La siguiente es mi lista corta de inutilezas contemporáneas valiosas (con la venia de la RAE). Las voy a clasificar en tres pequeños grupos: cotidianas, lucrativas y existenciales.

 

Cotidianas

 

Acá encuentro un amplísimo repertorio, pero listo mis 3 favoritas:

 

El saludo

Como expresión de la cortesía. Al amigo y aun al desconocido. En el trato con otros y aun con la naturaleza. Es la expresión más elemental del reconocer la existencia del otro, de lo otro, otorgándoles con ello legitimidad de interlocutores. “Más que inteligencia, necesitamos amabilidad y cortesía. Sin estas cualidades, la vida será violenta y todo se perderá”, anota Chaplin en el Discurso final de “El Gran Dictador” (ver la fuente en su autobiografía ACÁ).

 

La puntualidad

Aunque casi siempre perderá su tiempo, justo esperando a los impuntuales, sigo considerando que es una de esas pequeñas utopías que nos permiten poner a prueba que la coherencia funciona. O, mejor, que unas sociedades coherentes serían mucho más funcionales y productivas; y, por lo tanto, mejores lugares para vivir. ¿Ha pensado cuánto dinero le cuesta a cualquier sociedad la impuntualidad de sus habitantes?

 

La honestidad

En una sociedad caracterizada por el “ser pillo, paga”, ser honesto es ya una quijotada, al punto que se la asocia con falta de inteligencia. Póngala a prueba en una sencilla situación cotidiana: la cajera del supermercado se equivoca con los vueltos; es frecuente; si es en contra del cliente, viene el reclamo inmediato; y ¿si es a favor? ¿procedemos a alertar y retornar lo recibido en exceso? La honestidad, por eso, es otra osadía, que pone a prueba la utopía de que una sociedad confiable será una sociedad ganadora, a diferencia de esa perdedora sociedad de desconfiados que hemos construido y tolerado, cuando no usufructuado de manera cómplice.

 

Cortesía, puntualidad y honestidad. Tres opciones no utilitarias, pero suficientes para construir confianza pública, el bien común más valioso y escaso en las sociedades contemporáneas. Es el valor de lo inútil. Y podríamos hablar del valor de otras inutilezas: la amistad, el ejercicio físico, el sueño… Valiosas formas de “perder” el tiempo.

 

Lucrativas

 

Sí. Fue precisamente Walt Disney el encargado de demostrarnos que el ocio es todo un neg-ocio (del latín nec = no y otio = ocio; o sea, literalmente, negocio se ha entendido como el no-ocio). Simpática paradoja, con la que Disney evidenció que lo no utilitario no es tan inútil como lo ha condenado a aparecer nuestra cultura. Disney, pues, es un imperio basado en el negocio del ocio. Veamos algunos ejemplos similares:

 

El aviturismo

 

Observar aves bien puede considerarse una de tantas opciones de ocio no utilitario. Pero, con una población de observadores de aves estimada en 60 millones de personas en el mundo, el aviturismo es ya una actividad que, según la BBC, le reporta a los Estados Unidos alrededor de US$ 35.000 millones anuales, algo similar al PIB de un país como Costa Rica (ver ACÁ). Colombia, con más de 1900 especies registradas, un 20 % del estimado mundial, se consolida ya como líder mundial en esta actividad (ver ACÁ).

 

La lectura

 

¿Cuántas utilidades produce un ejecutivo leyendo una novela, un ensayo, un papel científico? Suena ridícula la pregunta, porque evidencia el pobre rasero utilitarista de nuestra cultura, al asignarle un papel inmensamente marginal a esta actividad milenaria. Sin embargo, es bueno recordar que la industria editorial representa alrededor del 3,0 % del PIB mundial, casi comparable con lo que generan industrias como la aérea (3,9 %), el doble que la publicitaria (1,5 %) y ligeramente inferior a la automotriz (3,6 %). Nada despreciable. Y ello no incluye el PIB generado por el impacto que la lectura produce en quienes leemos habitualmente. Es la tara hereditaria del economicismo puro y miope, la que nos impide valorarla en su justa medida. Me pregunto: ¿qué tanto leen un ejecutivo o un político contemporáneos?; y, como la respuesta es casi obvia, repregunto: ¿esa falta casi absoluta de lectura en nuestros dirigentes no está acaso en la raíz del fatal impacto que vienen teniendo sus decisiones?

 

Existenciales

 

Las llamo así, porque tocan los fundamentales de nuestra existencia. Estas son mis cuatro favoritas:

 

El silencio

 

El hacer nada. El acallamiento de toda voz exterior, por supuesto. Es el prerrequisito. Pero, más allá de eso, es el acallamiento de nuestras voces interiores: del cuerpo, de la mente, del espíritu. Es la nada. Es dejar que nuestra realidad fluya y flote en el vacío y se pueda, por fin, escuchar a sí misma. Desde su esencia misma, desde su impulso más primigenio. No escucharemos voces. Pero, si somos constantes en el ejercicio, empezaremos a ver; y a ver con una mirada diferente. Algunos lo llaman meditación y abundan guías para hacerlo. Sí, ya ha adivinado: el silencio es un hábito que debe ser recuperado. Tanto más, en una sociedad caracterizada por el ruido. ¿Cuánto produce? Nada y todo. Nada, desde la valoración utilitarista dominante; todo, desde el punto de vista de la calidad de vida de cada ser humano. Que, justo al disfrutar de una mayor calidad de vida, será más íntegro, más asertivo, más presente mentalmente; y, como resultado, más productivo para esa sociedad utilitarista que lo reclama.

 

La lentitud

 

Indisolublemente ligada al silencio, exige hacer la pausa en el activismo insulso de nuestra vida diaria. Ya escribió Byung Chul Han acerca de La sociedad del cansancio (ver o descargar ACÁ). Una sociedad embarcada en una carrera loca por el éxito, la productividad, el crecimiento del PIB… en fin: por esa caricatura que llaman progreso. Una sociedad en la que, como dice Honoré, el “objetivo es embutir el mayor número de cosas por hora” (ver o descargar ACÁ). La lentitud, como estilo de vida, es la visión opuesta: seguir y respetar los ritmos de la vida, como única fuente del auténtico bienestar. Y, como consecuencia, de la auténtica productividad. Por eso, la moderna tendencia de la filosofía de la lentitud lo que se propone es recuperar los equilibrios perdidos. Bien se pregunta Honoré, en el artículo citado: “¿Tiene realmente sentido leer a Proust aplicando las técnicas de la lectura rápida, hacer el amor en la mitad de tiempo o cocinar todas las comidas en el microondas?”. ¿Qué produce la lentitud?: no más dinero rápido, sino mejores seres humanos: con tiempo, presencia plena y visión limpia de la realidad; mejores sociedades, mejores decisiones…mejores resultados finalmente.

 

El ensayo

 

Una sociedad hipercompetitiva, que penaliza el fracaso, cancela también el ensayo como vía de aprendizaje. Porque ensayar es el arte de equivocarse. Equivocarse con sentido o propósito. Como la evolución misma: un proceso milenario de ensayo-error-ensayo… Y olvidamos que somos el hijo mayor de la deriva evolutiva, es decir, que somos el ensayo más riesgoso del proceso evolutivo. Somos un ensayo y nos da temor ensayar. ¡Vaya paradoja! O, peor: nos da miedo equivocarnos. Por una sola razón: lo difícil que nos resulta asumir nuestros errores, por falta de humildad y de actitud curiosa de aprendizaje. Así, por la ruta del orgullo y el miedo, cancelamos la aventura del descubrir. ¡Qué mal negocio!

 

La utopía

 

De Tomás Moro (1478-1535), heredamos este formidable concepto. Literalmente significa “algo fuera de lugar”: en griego, ο (ú) = no, y τόπος (topos) = lugar. La utopía es, así, la hija mayor del pensamiento crítico: algo políticamente incorrecto, socialmente incómodo, fuera de lugar. Es el pensamiento crítico destilado en impertinencia. Al respecto, lúcida remembranza de Sócrates hacía Byung Chul Han en su discurso de aceptación del Premio Princesa de Asturias (ver ACÁ): “La función del filósofo —según Sócrates— consistiría en agitar a los atenienses y despertarlos, en criticarlos, irritarlos y recriminarlos” (La apología de Sócrates. Platón). Todo, para permitir que surjan utopías: sueños poderosos de un futuro diferente y posible. Frente a ello, nuestras sociedades siguen optando por la conformidad, crudamente retratada por León de Greiff en su poema Villa de la Candelaria (escrito justo frente a la iglesia La Candelaria y la Bolsa de Valores de la ciudad de Medellín, en el año 1910; ver ACÁ): “Vano el motivo/desta prosa:/nada.../Cosas de todo día./Sucesos banales./Gente necia,/local y chata y roma./Gran tráfico/en el marco de la plaza./Chismes./Catolicismo./Y una total inopia en los cerebros...”.


Ramiro Restrepo González

Febrero de 2026

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