viernes, 6 de febrero de 2026

ESPIRITUALIDAD SIN RELIGIÓN

 

Lo normal es que tengamos fijada en nuestra mente, de manera inconsciente e incuestionada, una ecuación muy simple: religión = espiritualidad. Nada más nocivo y contrario a la esencia de ambos conceptos. La religión, en términos muy simples, se refiere a creencias, relatos, rituales, rezos, normas y jerarquías, generalmente revestidas de una buena dosis de temor y castigo y, en no pocos casos, de altas dosis de fanatismo. Nada más contrario a la naturaleza de la espiritualidad.

                                                                                                

Así lo dejaba siempre claro el sacerdote jesuita indio Antony de Mello: “A pesar de toda su santidad, el Maestro daba una cierta impresión de oponerse a la religión. Esto era algo que desconcertaba siempre a los discípulos, los cuales, a diferencia del Maestro, equiparaban religión y espiritualidad” (¿Quién puede hacer que amanezca?, p. 200). Y complementa, en otro apartado del mismo libro: “…se puede practicar la espiritualidad sin poner jamás los pies en un templo” (Ídem, p. 128).

 

Lo más interesante del asunto es que ya es observable una tendencia creciente en la sociedad contemporánea a mantener viva la fe personal, abandonando simultáneamente toda práctica de religiosidad confesional. Así lo documenta Mathew Blanton, candidato a PHD en sociología de la Universidad de Texas, en su investigación doctoral. En lo relativo a Latinoamérica, su investigación concluye, citando a varios autores: “Aunque la religiosidad institucional está disminuyendo, la religiosidad personal se mantiene fuerte y, en algunos casos, incluso está creciendo” (Institucional Decline and Resilient Belief: Understanding Secularization in Latin America, p. 19. Ver ACÁ). Aunque matiza por regiones: “Este patrón contrasta marcadamente con las tendencias en Europa Occidental y Estados Unidos, donde el declive institucional suele estar vinculado a la disminución de la religiosidad personal” (Ídem, p. 20). Es decir, tanto la religiosidad como la espiritualidad están en declive en estas dos últimas regiones.

 

La investigación de Blanton se basó en encuestas a más de 200.000 personas, en 17 países latinoamericanos, lo que la hace bastante representativa. En entrevista complementaria, nos aporta datos adicionales: “el número de latinoamericanos que declaran no tener afiliación religiosa aumentó del 7 % en 2004 a más del 18 % en 2023. La proporción de personas que dicen no tener afiliación religiosa creció en 15 de los 17 países, y se duplicó con creces en siete”, siendo ya del 21 % la media de latinoamericanos que dicen no tener afiliación religiosa alguna en la actualidad, y “el porcentaje de personas que nunca acuden a la iglesia aumentó del 18 % al 25 %” (Sí a Dios, pero no a la Iglesia: así es el cambio religioso para muchos latinoamericanos. The Conversation, diciembre 9 de 2925. Ver ACÁ).

 

La pregunta que sigue pendiente es bien simple, entonces: ¿es esa creciente “religiosidad personal”, como la denomina Blanton, lo que podríamos denominar “espiritualidad”? No creo que pueda concluirse, sin investigaciones específicas, que no he encontrado. Lo que sí puede intuirse es que, en buena medida, sea un conjunto heterogéneo de creencias asociadas a realidades trascendentes como la existencia de un ser superior, la santidad como ideal de perfección humana, etc., acompañadas o no de prácticas, rituales o fetiches diversos. No siendo descartable que alguna porción de dicha población sí esté orientándose hacia modelos de espiritualidad civil, es decir, no confesional.

 

Aun así, persistiría una última pregunta: ¿qué entender entonces por espiritualidad? De Mello, en otro de sus textos, nos ofrece una respuesta certera: “Despertarse es la espiritualidad, porque sólo despiertos podemos entrar en la verdad y descubrir qué lazos nos impiden la libertad. Esto es la iluminación” (La iluminación es la espiritualidad, p. 5, subrayado del original. Ver ACÁ). Para este jesuita, ya fallecido, la enorme mayoría de las personas vivimos “dormidas”, durante buena parte de nuestras vidas: es decir, sin penetrar en lo profundo de nuestra interioridad, conociéndonos con honestidad y valentía, para liberarnos así de todas las ataduras que nos impiden VER con claridad las conexiones y realidades trascendentes de la vida. Buena razón le acompañaba al lúcido Marx, cuando afirmó que “la religión es el opio del pueblo” (Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, p. 1. Ver ACÁ), porque ayudaba a mantener a los pueblos adormecidos.  Despertar nos permitiría encontrar ese nuestro vínculo profundo con la deriva evolutiva y, por ese camino, con la totalidad de la que somos parte, para imprimirle a nuestra existencia un sentido igualmente trascendente. En otras palabras, la espiritualidad florece allí donde las personas alcanzan niveles superiores de consciencia y sensibilidad. Algo que no ha sido capaz de brindarles ninguna religión confesional.

 

Algo, sí, queda meridianamente claro, entonces, en de Mello: religión no es espiritualidad. La religión, si se quiere, resulta siendo una metodología sumamente efectiva de adormecimiento y conformidad. Por lo menos, para mí, es la evidencia empírica incuestionable que nos deja la historia.

 

Paz en la tumba del iluminado Anthony, y paz igualmente en nuestros corazones, cuando decidamos seguir su camino y hacer de nuestra vida algo más que un simple compendio de anécdotas, convencionalismos y resignadas conformidades.

 

Ramiro Restrepo González

Enero de 2026 

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