ESPIRITUALIDAD SIN RELIGIÓN
Lo normal es que tengamos fijada en nuestra
mente, de manera inconsciente e incuestionada, una ecuación muy simple: religión
= espiritualidad. Nada más nocivo y contrario a la esencia de ambos
conceptos. La religión, en términos muy simples, se refiere a creencias, relatos,
rituales, rezos, normas y jerarquías, generalmente revestidas de una buena
dosis de temor y castigo y, en no pocos casos, de altas dosis de fanatismo.
Nada más contrario a la naturaleza de la espiritualidad.
Así lo dejaba siempre claro el sacerdote
jesuita indio Antony de Mello: “A pesar de toda su santidad, el Maestro daba
una cierta impresión de oponerse a la religión. Esto era algo que desconcertaba
siempre a los discípulos, los cuales, a diferencia del Maestro, equiparaban
religión y espiritualidad” (¿Quién puede hacer que amanezca?, p. 200). Y
complementa, en otro apartado del mismo libro: “…se puede practicar la
espiritualidad sin poner jamás los pies en un templo” (Ídem, p. 128).
Lo más interesante del asunto es que ya es
observable una tendencia creciente en la sociedad contemporánea a mantener viva
la fe personal, abandonando simultáneamente toda práctica de religiosidad confesional. Así lo documenta Mathew Blanton, candidato a PHD en sociología de
la Universidad de Texas, en su investigación doctoral. En lo relativo a
Latinoamérica, su investigación concluye, citando a varios autores: “Aunque la
religiosidad institucional está disminuyendo, la religiosidad personal se
mantiene fuerte y, en algunos casos, incluso está creciendo” (Institucional Decline
and Resilient Belief: Understanding Secularization in Latin America, p. 19.
Ver ACÁ). Aunque
matiza por regiones: “Este patrón contrasta marcadamente con las
tendencias en Europa Occidental y Estados Unidos, donde el declive
institucional suele estar vinculado a la disminución de la religiosidad
personal” (Ídem, p. 20). Es decir, tanto la religiosidad como la espiritualidad
están en declive en estas dos últimas regiones.
La investigación de Blanton se basó en
encuestas a más de 200.000 personas, en 17 países latinoamericanos, lo que la
hace bastante representativa. En entrevista complementaria, nos aporta datos
adicionales: “el número de
latinoamericanos que declaran no tener afiliación religiosa aumentó del
7 % en 2004 a más del 18 % en 2023. La proporción de personas que
dicen no tener afiliación religiosa creció en 15 de los 17 países, y se duplicó
con creces en siete”, siendo ya del 21 % la media de
latinoamericanos que dicen no tener afiliación religiosa alguna en la
actualidad, y “el
porcentaje de personas que nunca acuden a la iglesia aumentó del 18 % al
25 %” (Sí a Dios, pero
no a la Iglesia: así es el cambio religioso para muchos latinoamericanos. The Conversation, diciembre 9 de 2925. Ver ACÁ).
La pregunta que sigue pendiente es bien
simple, entonces: ¿es esa creciente “religiosidad personal”, como la denomina
Blanton, lo que podríamos denominar “espiritualidad”? No creo que pueda
concluirse, sin investigaciones específicas, que no he encontrado. Lo que sí
puede intuirse es que, en buena medida, sea un conjunto heterogéneo de
creencias asociadas a realidades trascendentes como la existencia de un ser
superior, la santidad como ideal de perfección humana, etc., acompañadas o no
de prácticas, rituales o fetiches diversos. No siendo descartable que alguna
porción de dicha población sí esté orientándose hacia modelos de espiritualidad
civil, es decir, no confesional.
Aun así, persistiría una última pregunta:
¿qué entender entonces por espiritualidad? De Mello, en otro de sus textos, nos
ofrece una respuesta certera: “Despertarse es la espiritualidad, porque sólo
despiertos podemos entrar en la verdad y descubrir qué lazos nos impiden la
libertad. Esto es la iluminación” (La iluminación es la
espiritualidad, p. 5, subrayado del original. Ver ACÁ).
Para este jesuita, ya fallecido, la enorme mayoría de las personas vivimos
“dormidas”, durante buena parte de nuestras vidas: es decir, sin penetrar en lo
profundo de nuestra interioridad, conociéndonos con honestidad y valentía, para
liberarnos así de todas las ataduras que nos impiden VER con claridad las conexiones
y realidades trascendentes de la vida. Buena razón le acompañaba al lúcido
Marx, cuando afirmó que “la religión es el opio del pueblo” (Contribución a
la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, p. 1. Ver ACÁ),
porque ayudaba a mantener a los pueblos adormecidos. Despertar nos permitiría encontrar ese nuestro
vínculo profundo con la deriva evolutiva y, por ese camino, con la totalidad de la que somos
parte, para imprimirle a nuestra existencia un sentido igualmente trascendente.
En otras palabras, la espiritualidad florece allí donde las personas alcanzan
niveles superiores de consciencia y sensibilidad. Algo que no ha sido capaz de
brindarles ninguna religión confesional.
Algo, sí, queda meridianamente claro,
entonces, en de Mello: religión no es espiritualidad. La religión, si se
quiere, resulta siendo una metodología sumamente efectiva de adormecimiento y
conformidad. Por lo menos, para mí, es la evidencia empírica incuestionable que
nos deja la historia.
Paz en la tumba del iluminado Anthony, y paz
igualmente en nuestros corazones, cuando decidamos seguir su camino y hacer de
nuestra vida algo más que un simple compendio de anécdotas, convencionalismos y
resignadas conformidades.
Ramiro Restrepo González
Enero de 2026

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