jueves, 22 de enero de 2026

ÉRAMOS FELICES Y NO LO SABÍAMOS

 

Una de las experiencias más sorprendentes en la vida es darnos cuenta de la infinidad de cosas que nos son dadas de manera gratuita, sin que siquiera nos percatemos de ello. Solo, cuando perdemos alguna de ellas, tomamos consciencia tardía de que nuestra vida, como consecuencia, ha empezado a tornarse difícil, si no trágica o miserable. Y perderlas todas ya representaría nuestra desaparición y muerte. Cómodamente, sin embargo, vivimos instalados en el supuesto de que esas cosas estarán allí por siempre, como el paisaje; sin siquiera percatarnos, además, de que nuestras acciones diarias, tantísimas veces, están minando los cimientos que las hacen posibles. Como anota Manuel Asende, en entrevista que comentaré luego, “damos las cosas por garantizadas cuando las tenemos siempre” (Ardem Patapoutian, nobel de Medicina: “El 90% de las personas ni siquiera sabe que tiene el sentido de la propiocepción”. El País, España. Junio 8 de 2025. Ver ACÁ).

 

Quiero ilustrarlo con tres ejemplos, desde lo más cotidiano y simple, hasta algo más complejo y novedoso. Son ellos: la homeostasis, los polinizadores y las neuronas Piezo. Me disculpan algunos nombres un poco desconocidos. Veamos.

 

La homeostasis

Una palabreja de origen griego: μοιος (omóios) = similar, y στσις (stasis) = posición, estabilidad, es decir, estado de equilibrio de un sistema. En esencia, y así lo resume la RAE, la homeostasis es el “conjunto de fenómenos de autorregulación, que conducen al mantenimiento de la constancia en la composición y propiedades del medio interno de un organismo”. Un poco complicados los catedráticos de la lengua, para decirnos que homeostasis es el estado de equilibrio interno, que nos proporciona esa sensación de bienestar general de la que disfrutamos casi habitualmente. Nuestro organismo busca y produce naturalmente ese equilibrio y esa sensación. Sin embargo, generalmente no somos conscientes de ello, hasta que dicho equilibrio se rompe y nos sentimos mal. Y se rompe, muchas veces sin darnos cuenta, por nuestros propios excesos.

 

Los polinizadores

La polinización, lo sabemos, es “la transferencia de polen de una antera (órgano masculino) a un estigma (órgano femenino)” (IPBES. Plataforma Intergubernamental de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos. Ver ACÁ), (paréntesis nuestro); bien entre flores de una misma planta o entre flores de diferentes plantas, la cual permite su fecundación, fructificación y reproducción. Los polinizadores pueden ser diversos agentes, comúnmente tres: el viento (anemofilia), el agua (hidrogama) y los animales (zoopolinización). Estos últimos, los animales, responden hasta por el 87,5 % de la polinización de las angiospermas, que son la enorme mayoría de las plantas que producen flores y frutos. Y, entre los animales polinizadores, los insectos son los protagonistas, entre los que el campeón indiscutido es la abeja. Pues bien, toda esta historia como marco, para decir que los polinizadores, especialmente las abejas, responden actualmente por hasta el 75 % de la producción agrícola mundial (FAO. Why bees matter. 2018. Ver ACÁ). Sí, ¡las tres cuartas partes de nuestros alimentos!; casi podríamos decir que no nos alimentan los agricultores sino las abejas. Los polinizadores son, así, uno de los servicios ecosistémicos gratuitos más importantes, que la naturaleza nos brinda. Y estamos acabando con ellos, en la inconsciencia de su importancia para nuestra propia supervivencia: agroquímicos, deforestación, contaminación sonora y lumínica, entre otras pestes antropogénicas, tienen en serio declive globalmente a nuestros amigables polinizadores.

 
Las proteínas Piezo

Una familia de moléculas de nuestro organismo, cuyo descubrimiento le valió el Premio Nobel de Medicina 2021 al joven biólogo libanés, Ardem Patapoutian, constituye otro de esos dones gratuitos de la biología, de cuyos beneficios nos hemos mantenido cómodamente ignorantes. “Funcionan como un interruptor eléctrico, iniciando un impulso nervioso al sentir una presión”, relata Manuel Asende, en la entrevista citada a Papapoutian. Y agrega: “desde el anuncio de su existencia en 2010, la comunidad científica ha descubierto que estas proteínas Piezo son esenciales en multitud de procesos vitales, como el dolor, la presión de la sangre, la respiración, el control de la vejiga de la orina y hasta la excitación sexual”. En su conjunto, las proteínas Piezo son determinantes, además, de la buena digestión de los alimentos y de lo que llamamos el sentido de la propiocepción, otro sentido desconocido para la mayoría de las personas. Pero fundamental: es el sentido que nos permite tener control, equilibrio y movimiento de nuestro propio cuerpo, aun en la oscuridad. Pero, como bien anota el filósofo Barry Smith en reciente reseña de prensa, “atrapados frente a nuestras pantallas todo el día, a menudo ignoramos nuestros sentidos más allá del sonido y la visión. Y, sin embargo, siempre están funcionando” (Smith, B. Los humanos tenemos entre 22 y 33 sentidos, según los neurocientíficos. El Confidencial, España. Diciembre 29 de 2025. Ver ACÁ) ¿Imagina lo que significaría perder todo lo anterior?

 
En conclusión:
Vale concluir que nuestra existencia, y la calidad de nuestro
vivir, se soportan en una infinidad de servicios gratuitos que la naturaleza y
la biología nos prestan permanentemente, sin que nosotros siquiera nos
percatemos de ello. Hasta que nos falta alguno de ellos, por supuesto. Homeostasis,
polinizadores y proteínas Piezo son solo tres de ellos. Algunas lecciones se
desprenden, para mí, de esta experiencia fabulosa del darnos cuenta de lo que
tenemos:
Que conocernos a nosotros mismos es una importantísima
y ardua tarea, largamente olvidada por todos nosotros;
Que ese desconocimiento nos lleva muchas veces a
actuar de manera contraria a las leyes de la naturaleza, destruyendo las bases
que soportan nuestro propio bienestar y existir;
Que, definitivamente, no somos seres aislados, sino
que formamos parte de un entramado de relaciones y conexiones sumamente
complejo, sutil y delicado;
Que una de nuestras responsabilidades fundamentales en
la vida es el cuidado de ese complejo entramado del que somos parte.
Que definitivamente el concepto que hemos tenido de riqueza
es sumamente pobre, valga la paradoja. Nuestra verdadera riqueza ha
estado allí por milenios, en espera de que la descubramos y la aprendamos a cuidar
y a disfrutar.
 
Cerremos con una serie de preguntas, que justo
inspiraron el título de esta nota. ¿Somos acaso conscientes de que somos
felices? ¿O, quizás, necesitamos dejar de serlo, para darnos cuenta? ¿Nos damos
cuenta acaso de que lo que nos impide apreciar la felicidad es que nos pasamos
la vida deseando lo que no tenemos? ¿O hemos tenido la lucidez del inolvidable
payaso “Bebé”, para quien “felicidad es desear lo que se tiene”?.
 
Con sobrada razón, apuntaba Nazareth Castellanos, la
neurocientífica española, en reciente conferencia: “a veces lo más revolucionario no es añadir
complejidad, sino reconocer lo que siempre estuvo ahí y no supimos ver” (Ver ACÁ).
 
Una reflexión final
Entendamos
que la causa de la invisible ceguera, que ocasiona ese “no supimos ver”, es que
los seres humanos nos hemos pasado toda nuestra historia autoconsciente
explorando el mundo, viajando hacia afuera, algo así como ausentándonos cada
vez más de nosotros mismos. Lo que somos, lo que sustenta nuestra vida, nuestra
consciencia y nuestra sensibilidad, han permanecido siempre a nuestras
espaldas. Quizás la lección de todo esto es que ha llegado nuestro momento
civilizatorio de volver la vista atrás, hacia nosotros mismos, y entender que
el auténtico viaje no es hacia afuera, sino hacia adentro. Entonces, solo
entonces, nos daremos cuenta de éramos felices y no lo sabíamos.
 
Ramiro Restrepo González

Enero de 2026

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