martes, 6 de enero de 2026

LA FASCINACIÓN DEL CERO

 

Los romanos fueron excelentes en el arte de la guerra, de la política y del derecho; tres formas complementarias de ejercer el poder como dominación; y que, contra muchas creencias, son artes, no ciencias; pero fueron pésimos en el ejercicio de la filosofía y de la ciencia (dos formas, igualmente complementarias, pero de ejercer el pensar). Poder y pensar: fue esa, a mi modo de ver, la diferencia más profunda entre romanos y griegos. Quizás, por ello, la numeración romana no contemplaba el cero. En la matemática griega, tampoco existía el cero; pero en su filosofía sí era claro el concepto de la nada, del no-ser. Y así fue en Europa, hasta comienzos del siglo segundo de nuestra era.

 

Fue entonces cuando se produjo la migración gradual a la numeración indoarábiga, y la numeración romana terminaría siendo una curiosidad para crucigramistas. Para ello, fue necesario derribar la barrera cultural que existía entre la Europa cristiana y los pueblos árabes musulmanes. Leonardo de Pisa, más conocido como Fibonacci (un seudónimo derivado de la expresión Figlio de Bonacci, el apellido de su padre) fue el genio detrás de esta transición hacia 1202, que otros le atribuyen erróneamente al matemático indio Brahmagupta, algunos siglos posterior. A Fibonacci lo conocemos más por su famosa sucesión, que es igualmente fascinante. Pero muchos piensan, yo mismo, que su verdadero legado fue haber desencadenado el cambio del sistema de numeración heredado de los romanos, en la temprana Edad Media.

 

Y vaya si fue un cambio profundo. Desde el punto de vista de la ciencia, por la simplicidad, comodidad de manejo y cálculo, practicidad, sencillez pedagógica, el doble valor de sus números (intrínseco y posicional)… En fin, por infinidad de virtudes, el cero se abrió espacio en Occidente y, de paso, abrió las puertas al desarrollo de las ciencias y del pensamiento. Pero, sobre todo, el cero se impuso por haber llevado al terreno de las ciencias un concepto reservado anteriormente a la filosofía, por sus connotaciones de la nada, el vacío …el misterio. Algo así como lo que es el negro, en la escala cromática: la ausencia de color, de luz. Fue posible, así, matematizar la ley de los contrarios del griego Heráclito de Éfeso: vida-muerte, bien-mal, plenitud-vacío…, que sirve nada menos que de base a la revolución digital contemporánea: unos y ceros, presencia y ausencia de carga eléctrica (más conocida como silencio eléctrico).

 

¿Imagina usted la computación contemporánea, basada en números romanos? Suena incluso como apunte de humor. Si justo su estructura está basada en ceros y unos, estructura que, ni en la computación cuántica, desaparece. Sencillamente, no habrían sido viables, ni la una ni la otra. No es gratuito que el álgebra, la trigonometría y los algoritmos (el término es un homenaje a Al-Juarismi), entre otros desarrollos, hundan sus raíces en las culturas del Oriente medio y lejano. Recuérdese que Al-Juarismi, a quien se le atribuye el desarrollo del álgebra, fue un reconocido matemático persa, hoy Irán. Sin el cero, estas disciplinas sencillamente no habrían sido posibles. Como anota el físico Eduardo Fernández, “En cierto sentido, nuestra sociedad está edificada sobre millones de ceros que circulan por cables y chips. La paradoja es que la nada se ha convertido en el ladrillo fundamental de la civilización digital”.

 

Y el asunto tiene toda la profundidad a la que usted decida acompañarlo, desde otros puntos de vista:


Desde el punto de vista cuántico, el cero propiamente no existe, como anota el mismo físico Fernández, en la entrevista citada: “En la física cuántica, el vacío no es una nada absoluta, sino un espacio vibrante de fluctuaciones”.


Desde el punto de vista de la neurociencia, Joachim Kepler, entre otros, es de la hipótesis de que el surgimiento de la consciencia está ligado a este “vacío vibrante”; así lo consigna en un papel científico publicado en Phis.org: “Los estados conscientes pueden surgir de la capacidad del cerebro de resonar con el vacío cuántico, el campo de punto cero que impregna todo el espacio”.


Y, desde el punto de vista filosófico, un ejemplo cercano es el existencialismo francés de la posguerra, cuya piedra filosofal (aquí sí que cabe el término con toda propiedad) fue la experiencia de la vida como un absurdo, como un vacío de sentido, frente al cual el ser humano experimenta una angustia existencial. No gratuitamente, Sartre afirmaba que “la nada infesta al ser”, frente a lo cual se preguntaba: “¿por qué hay ente y no más bien nada?”. A la verdad, que Sartre llegó al fondo de la cuestión: el ser humano es nada, es un proyecto, y un proyecto que no finaliza; no un producto terminado, como parecen asumirlo en su vida diaria la inmensa mayoría de las personas. Y ese proyecto se construye justamente a partir de la búsqueda de sentido, lo cual no es nada diferente al largo y azaroso camino de la libertad. La pregunta por el sentido aparece justo en el silencio, en esa resonancia vibrante con el todo, cuando acallamos todas nuestras voces interiores y nos sumimos en el vacío, la nada de nuestra propia interioridad, de nuestro propio ser.


Vale concluir, entonces, que el cero es la presencia del sentido, de ese campo akáshico del que surge la consciencia, más que la ausencia de algo. Así nos lo recordaba Eugenio Fernández, con motivo de la celebración del Día Mundial de Fibonacci (noviembre 23): “Además de su función matemática, el cero tiene una etimología fascinante y un trasfondo cultural aún más profundo. La palabra italiana zero, usada por Fibonacci, proviene del árabe ‘ifr’, que significa ‘vacío’ o ‘nada’. A su vez, este término árabe fue una traducción del sánscrito ‘śūnya’, palabra clave en la filosofía hindú que también significa ‘vacío’, pero con un sentido más amplio: el vacío como origen de todas las cosas, una noción cargada de significado espiritual y existencial en la tradición india” (subrayados del original).


Con Fibonacci, Occidente recuperó entonces la conexión con el pensamiento griego y oriental, filosófico y científico por excelencia. Así, pudo superar la superficialidad del pensamiento romano que, de la estética y profundidad de las fiestas dionisíacas griegas (por Dionisos, el dios del caos y la energía), había decaído en la vulgaridad y frivolidad de las romanas fiestas bacanales (por Baco, el vulgar borrachín). Y pudo superar, así mismo, la oscuridad medieval, que fue la pesada herencia romana. Por eso, acierta Oscar Wilde al afirmar que “todo lo que hay de moderno en nuestras vidas se lo debemos a los griegos, y todo lo que es anacrónico es debido al medievalismo”.  Ciencia y filosofía se reconectaron, así, con la cultura occidental y empezaron a recorrer largos y sinuosos caminos, por momentos alejados, pero que hoy convergen aceleradamente gracias, quizás, a la nada. Y el cero resulta siendo, así, la nada y el todo. La esencia de lo que somos como sapiens.


Ramiro Restrepo González

Enero de 2026

 

Referencias bibliográficas usadas:

Pérez, C. "Nuestra civilización digital está edificada sobre millones de ceros", afirma Eugenio Manuel Fernández Aguilar, autor de 'Historia del cero'. Muy Interesante, noviembre 2 de 2025. Ver ACÁ.

Fernández, M. Historia del cero. Ver ACÁ.

Kepler, J. Quantum clues to consciousness: New research suggests the brain may harness the zero-point field. Diciembre 10 de 2025. Ver ACÁ.

Sartre, J. P. El ser y la nada. P. 25.

Sartre, J. P. Ser y Tiempo. P. 18.

Wilde, O. La importancia de no hacer nada. P. 12. Ver ACÁ.

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