miércoles, 14 de enero de 2026

SOÑÉ CON EL FIN DE LOS IMPERIOS

 

En la noche más plácida que haya disfrutado en mi vida, con tan intensa fruición que aún sigue acompañándome, soñé con una sociedad global sin imperios. Vi quedar atrás, en el amarillento álbum familiar de la historia humana, las imágenes de los imperios asirio, romano, persa, mongol, otomano, maya, azteca, chino, estadounidense, ruso… Un interminable repertorio de abusos, ambiciones, desmesuras, guerras y poder, detrás de un falaz ideal de desarrollo, social y ambientalmente depredador.

 

Entendí claramente que los imperios han sido hijos de la ambición y la ignorancia, las dos expresiones más claras de la inmadurez de nuestra especie. Y que, en una sociedad global, ya en su edad adulta, madura y civilizada, los imperios sencillamente se habían vuelto innecesarios. Sapiens, al fin. Con todos los problemas asociados a la supervivencia, el desarrollo y la diversidad de los pueblos, pero con un acendrado espíritu compartido de las libertades y las responsabilidades, y con un claro sentido del destino compartido como especie y como planeta.

 

Fue entonces cuando desperté, y no demoré en recordar la larga lista de compromisos que esperaban en mi agenda. Pero fue un despertar alegre, que iluminó aquel día. Porque entendí, de repente, que el despertar tiene sentido y que da sentido a la faena diaria el vivir despiertos. “Más temprano que tarde, será realidad”, me dije.

 

Ramiro Restrepo González

Enero de 2026

PENSAR EL DESPUÉS DE LA TORMENTA…

 

Sin duda alguna, 2026 se perfila como un año tormentoso:

Cambio climático, con una estela de desastres ya fuera de control y sin voluntad política aparente para enfrentarlo.

Inteligencia artificial, con agobiantes dilemas éticos e importantes impactos socioeconómicos, aún no resueltos ni controlables.

Sustitución del sistema multilateral, en un orden mundial basado en reglas, por un transaccionalismo monopólico, ventajoso, imprevisible y agresivo.

Y un concierto de guerras in crescendo alrededor del mundo: Ucrania, Gaza, Yemen, Sudán, Congo, Myanmar, el Sahel, para solo mencionar las más relevantes.

 
Ya, solos, estos cuatro escenarios son algo así como los cuatro jinetes del apocalipsis de Juan. Y ahora viene a sobreagregarse la reciente invasión militar de los EE. UU. a Venezuela, en una operación que forma parte de una intervención mayor en toda la región. Así lo declara formalmente la reciente National Security Strategy (ver ACÁ): “Estados Unidos debe tener preeminencia en el hemisferio occidental como condición para nuestra seguridad y prosperidad, una condición que nos permita afirmarnos con confianza donde y cuando sea necesario en la región” (p. 17, subrayado nuestro). Es la esencia de lo que el mismo texto denomina el “Corolario Trump” (p. 15), algo así como un anexo a la anacrónica doctrina Monroe.

He ahí lo complejo de la situación sobreviniente: una dictadura abominable, la del maduro-chavismo, que aún no termina; y una potencia que la usa como pretexto para invadir un país soberano, pasando por encima del derecho internacional, de organismos multilaterales como el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y la OEA, de tratados vinculantes… Todo con el fin de imponer sus objetivos de dominación. Inaceptable situación por donde se la mire: ni dictaduras (paradójicamente en aumento en el mundo) ni invasiones imperiales; ninguna de ellas resulta ya admisible. Todo el andamiaje civilizatorio, construido con esfuerzo y conquistado con sangre en dos guerras mundiales, ha quedado, de repente, hecho añicos.

Y todo viene a ocurrir justo en un año en el que se jugará, en las urnas, el futuro político próximo de varios países de la región: empezando por los EE. UU., con sus legislativas de noviembre; y siguiendo con las presidenciales de Brasil, Perú y Colombia.

Como he dicho, desde el primer párrafo, 2026 es ya un año suficientemente tormentoso. Frente a realidades tan crudas y obligantes, desde este modesto Blog, hacemos un llamado a la reflexión serena, despolarizada y con visión de futuro. Sobre todo, un llamado a que, desde un plano de consciencia elevado, alcancemos a ver más allá de la tormenta y trabajemos, con redoblado esfuerzo, por construir ese futuro diferente que todos nos merecemos: en paz, equidad y armonía (entre nosotros y con la naturaleza).

La dirigencia, pública y privada, de nuestras sociedades está al frente de retos decisivos. No es hora de movilizar ejércitos, sino liderazgos. Liderazgos que eleven la consciencia y sean capaces de ver más allá de la tormenta: humildes y perspicaces, para examinar sus causas; con suficiente valor, para colocar el bien común por encima de mezquinos intereses políticos, económicos u organizacionales; inspiradores de una nueva manera de relacionarnos entre todos y de todos con la naturaleza; con autoridad moral, para inspirar una dimensión trascendente de la vida de las personas y de la convivencia de los pueblos.

Líderes, en fin, que nos ayuden a mantener viva la esperanza cierta de que, después de ese cuarto movimiento de Relámpagos y tormenta, vendrá ese sorpresivo quinto movimiento de Alegría y sentimientos de agradecimiento después de la tormenta, con los que el inolvidable Beethoven nos iluminó en su sexta sinfonía, La Pastoral.

Ramiro Restrepo González
Enero de 2026

martes, 6 de enero de 2026

LO POLÍTICAMENTE CORRECTO

Lo “políticamente correcto” es un concepto que no tiene padre reconocido, pero todo parece indicar que se posicionó socialmente hacia comienzos de los años 70. Es, pues, un “hijo natural” que goza de buen prestigio. Casi se ha vuelto norma y es mal visto cuando nos expresamos de maneras que son consideradas políticamente incorrectas. Así que se nos volvió una especie de asepsia social, ya asfixiante, que se ha ido apoderando subrepticiamente de nuestro lenguaje y de lo que llaman opinión pública.
 
Voy a recurrir a tres ejemplos concretos, para desenmascarar la hipocresía, y hasta la ignorancia, que esta práctica social nos ha instalado en medio de la conversación.
 
Ejemplo 1: el lenguaje inclusivo

Es lo más políticamente correcto que conocemos. Hasta el extremo de llegar a proponer “azafato”, “azafate” y otras sandeces. ¿Sabe?: mejor diga auxiliar de vuelo, para que se evite hacer el ridículo. Porque, bajo esa lógica, terminaremos diciendo adolescenta, cirujane o inmigranta. Definitivamente, la ignorancia es atrevida, y hasta divertida. Desconocemos, a la ligera, que una cosa es el sexo y otra el género. Y que este, el género, es tan aleatorio como las culturas. En alemán, por ejemplo, la palabra niño es neutra (das Kind), sol es femenino (die Sonne) y luna, masculino (der Mond). Pero el niño seguirá siendo varón, de sexo masculino, en cualquier idioma, hasta que se demuestre lo contrario. En Esperanto, todas las palabras tienen el mismo género, que parece femenino en castellano, pues “la” es el artículo que las acompaña a todas, indistintamente del género gramatical y del sexo biológico. Igual ocurre en el latín clásico, en el que no existen los artículos determinados (el, la, los, las) ni los indeterminados (un, una, uno, unos, unas). Otra es la discusión sobre si el sexo es binario (varón-hembra) o más bien es un espectro. Pero esa discusión no es, ni gramatical, ni cultural. Es científica y pertenece al terreno de la biología.
 
Ejemplo 2: vivimos el mejor de los mundos en la historia

No se atreva a decir lo contrario, porque lo tildarán de apocalíptico, pesimista o, en el peor de los casos, de comunista, disociador y peligroso. Mostrar conformidad con un orden social y económico (absolutamente disfuncionales, por supuesto) es lo políticamente correcto, a pesar de la abrumadora evidencia estadística y científica que nos dice lo contrario. Esta evidencia la ratifica el Wold Inequality Report 2026, que se acaba de publicar:Hoy en día, el 10% más rico de la población mundial gana más que el 90% restante, mientras que la mitad más pobre de la población mundial capta menos del 10% del ingreso global total. La riqueza está aún más concentrada: el 10% más rico posee tres cuartas partes de la riqueza mundial, mientras que la mitad más pobre solo posee el 2%”. Y la tendencia, como se aprecia en las gráficas del reporte, agudiza cada vez más esta realidad.

Pero disentir del orden establecido, del statu quo, resulta anatema, blasfemo o, cuando menos, incómodo. Ello es especialmente sensible en ámbitos gubernamentales y organizacionales. ¿Censura institucional e institucionalizada? No me cabe duda, con un toque de docta hipocresía muchas veces, y de simple y supina ignorancia en otros casos

Ejemplo 3: la iglesia católica es santa e infalible

Es lo que hay que decir o, al menos, aceptar que se diga, resignada y repetidamente, para ser visto como políticamente correcto. Nada, sin embargo, resulta más falso a la luz del examen histórico, riguroso y objetivo. La iglesia católica ha sido una de las instituciones más corruptas y criminales en la historia de la sociedad occidental. No es necesario citar los conocidos casos de la “Santa” Inquisición, que inició Lucio III contra los cátaros, en la Francia de 1184; ni de las Cruzadas, iniciadas poco después. Ambos eventos fueron escenario de lo que hoy llamaríamos, con toda propiedad en el DIH, genocidios; pero, en esa época, eran meras “guerras santas”. Lo insólito es que hasta hoy siga siendo aceptado de esa manera. Y no se sostiene el hipócrita argumento de que, para esa época, las valoraciones de los hechos eran diferentes. Jesús, el hombre de Nazareth o, por lo menos, el relato inspirador de tal personaje, en cuya visión siempre se han apoyado, desnaturaliza de raíz esta falsa salida. 

Hay otros episodios menos publicitados. Citaré dos.

El primer episodio: el “presunto” asesinato de más de 12 papas. Y uso, no solo comillas, sino el adjetivo presunto, porque la opacidad de la iglesia nunca permitió la evidencia forense, ni siquiera en nuestros días. Pero ya tenemos la confesión del excapo de la mafia italiana, Antoni Raymondi, primo del cardenal Paul Marcinkus (1922-2006) quien, según Raymondi, fue el directo victimario del Papa Juan Pablo I. Así confiesa, en el libro When the bullet hits the bone (Cuando la bala impacta el hueso): “‘Estaba de pie (sic) en el pasillo frente a los aposentos del Papa cuando sirvieron el té’, escribe; y agrega que la droga hizo tan buen efecto, que su víctima no se habría movido ‘ni siquiera si hubiera habido un terremoto’”. Juan Pablo I acababa de ser envenenado a manos del cardenal Paul Marcinkus.

Y el segundo episodio:  el titular del New York Post, en la cita referenciada, habla de fraude bursátil (stock fraud), precisamente porque el cardenal Marcinkus, quien debió resignarse a morir encerrado en el Vaticano, por cargar sobre sus espaldas una circular roja de Interpol, fue el enlace vaticano de la mafia internacional que terminó en la quiebra del Banco Ambrosiano, del cual el Banco Vaticano (IOR) era el principal accionista, estando este bajo el mando del difundo Marcinkus. “La distancia entre los asuntos de Dios y de la mafia es prácticamente inexistente cuando se analiza la historia del Banco Vaticano”, escribe al respecto María Medinilla. Todo parece indicar que la inminente limpieza financiera, que pretendía llevar a cabo Juan Pablo I, fue el verdadero móvil de su asesinato. Esas son las santas credenciales de la iglesia católica, apostólica y romana, “fuera de la cual no hay salvación”

De suerte que en eso consiste lo políticamente correcto: hipocresía institucional impuesta socialmente como decencia, para mantener a la sombra la indecencia de un orden institucional y unos entramados de poder malolientes. Claro que, si tomamos la definición de La Rochefoucauld sobre la hipocresía, no nos sentiríamos tan mal: “la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud”, nos decía. Pues yo, por mi parte, renuncio a los homenajes.
 
La hipocresía es un fenómeno asfixiante que puede obedecer a múltiples propósitos: a) normalizar unas “buenas maneras” en la convivencia; b) imponer una forma de censura sutil y seductora; c) ejercer una sanción social sobre lo disonante; d) asegurar la uniformidad en aras de la cohesión social; e) o una simple forma, incorrecta y abusiva, de acorralar lo poco que queda de pensamiento crítico. Cualquiera sea la elección, resultará desagradable. Lo valiente es reconocer que no hay verdad dulce y agradable. Que la verdad siempre confrontará, interpelará, exigirá cuentas y resultará terriblemente incómoda. No importa que se exponga de manera serena y desarmada. Por eso, el pensamiento crítico, lo políticamente incorrecto, siempre estarán en el terreno de la serena verdad de las mentes lúcidas, valientes y coherentes. La verdad escandaliza a los cobardes. La verdad estará siempre reservada a los valientes.
 
Ramiro Restrepo González
Enero de 2026

 

Referencias bibliográficas usadas:

World Inequality Lab. World Inequality Report 2026. P. 12. Ver ACÁ.

Yallop, David. En nombre de dios. Ver ACÁ.

Hamilton, B. Meet the mobster who claim he helped whack Pope John Paul I over stock fraudNew York Post, octubre 19 de 2019. Ver ACÁ y ACÁ.

Medinilla, M. et al. Banco Ambrosiano y los escándalos del Vaticano: cuando Dios y la mafia se sientan a la mesa. El Economista, julio 3 de 2023. Ver ACÁ.

LA FASCINACIÓN DEL CERO

 

Los romanos fueron excelentes en el arte de la guerra, de la política y del derecho; tres formas complementarias de ejercer el poder como dominación; y que, contra muchas creencias, son artes, no ciencias; pero fueron pésimos en el ejercicio de la filosofía y de la ciencia (dos formas, igualmente complementarias, pero de ejercer el pensar). Poder y pensar: fue esa, a mi modo de ver, la diferencia más profunda entre romanos y griegos. Quizás, por ello, la numeración romana no contemplaba el cero. En la matemática griega, tampoco existía el cero; pero en su filosofía sí era claro el concepto de la nada, del no-ser. Y así fue en Europa, hasta comienzos del siglo segundo de nuestra era.

 

Fue entonces cuando se produjo la migración gradual a la numeración indoarábiga, y la numeración romana terminaría siendo una curiosidad para crucigramistas. Para ello, fue necesario derribar la barrera cultural que existía entre la Europa cristiana y los pueblos árabes musulmanes. Leonardo de Pisa, más conocido como Fibonacci (un seudónimo derivado de la expresión Figlio de Bonacci, el apellido de su padre) fue el genio detrás de esta transición hacia 1202, que otros le atribuyen erróneamente al matemático indio Brahmagupta, algunos siglos posterior. A Fibonacci lo conocemos más por su famosa sucesión, que es igualmente fascinante. Pero muchos piensan, yo mismo, que su verdadero legado fue haber desencadenado el cambio del sistema de numeración heredado de los romanos, en la temprana Edad Media.

 

Y vaya si fue un cambio profundo. Desde el punto de vista de la ciencia, por la simplicidad, comodidad de manejo y cálculo, practicidad, sencillez pedagógica, el doble valor de sus números (intrínseco y posicional)… En fin, por infinidad de virtudes, el cero se abrió espacio en Occidente y, de paso, abrió las puertas al desarrollo de las ciencias y del pensamiento. Pero, sobre todo, el cero se impuso por haber llevado al terreno de las ciencias un concepto reservado anteriormente a la filosofía, por sus connotaciones de la nada, el vacío …el misterio. Algo así como lo que es el negro, en la escala cromática: la ausencia de color, de luz. Fue posible, así, matematizar la ley de los contrarios del griego Heráclito de Éfeso: vida-muerte, bien-mal, plenitud-vacío…, que sirve nada menos que de base a la revolución digital contemporánea: unos y ceros, presencia y ausencia de carga eléctrica (más conocida como silencio eléctrico).

 

¿Imagina usted la computación contemporánea, basada en números romanos? Suena incluso como apunte de humor. Si justo su estructura está basada en ceros y unos, estructura que, ni en la computación cuántica, desaparece. Sencillamente, no habrían sido viables, ni la una ni la otra. No es gratuito que el álgebra, la trigonometría y los algoritmos (el término es un homenaje a Al-Juarismi), entre otros desarrollos, hundan sus raíces en las culturas del Oriente medio y lejano. Recuérdese que Al-Juarismi, a quien se le atribuye el desarrollo del álgebra, fue un reconocido matemático persa, hoy Irán. Sin el cero, estas disciplinas sencillamente no habrían sido posibles. Como anota el físico Eduardo Fernández, “En cierto sentido, nuestra sociedad está edificada sobre millones de ceros que circulan por cables y chips. La paradoja es que la nada se ha convertido en el ladrillo fundamental de la civilización digital”.

 

Y el asunto tiene toda la profundidad a la que usted decida acompañarlo, desde otros puntos de vista:


Desde el punto de vista cuántico, el cero propiamente no existe, como anota el mismo físico Fernández, en la entrevista citada: “En la física cuántica, el vacío no es una nada absoluta, sino un espacio vibrante de fluctuaciones”.


Desde el punto de vista de la neurociencia, Joachim Kepler, entre otros, es de la hipótesis de que el surgimiento de la consciencia está ligado a este “vacío vibrante”; así lo consigna en un papel científico publicado en Phis.org: “Los estados conscientes pueden surgir de la capacidad del cerebro de resonar con el vacío cuántico, el campo de punto cero que impregna todo el espacio”.


Y, desde el punto de vista filosófico, un ejemplo cercano es el existencialismo francés de la posguerra, cuya piedra filosofal (aquí sí que cabe el término con toda propiedad) fue la experiencia de la vida como un absurdo, como un vacío de sentido, frente al cual el ser humano experimenta una angustia existencial. No gratuitamente, Sartre afirmaba que “la nada infesta al ser”, frente a lo cual se preguntaba: “¿por qué hay ente y no más bien nada?”. A la verdad, que Sartre llegó al fondo de la cuestión: el ser humano es nada, es un proyecto, y un proyecto que no finaliza; no un producto terminado, como parecen asumirlo en su vida diaria la inmensa mayoría de las personas. Y ese proyecto se construye justamente a partir de la búsqueda de sentido, lo cual no es nada diferente al largo y azaroso camino de la libertad. La pregunta por el sentido aparece justo en el silencio, en esa resonancia vibrante con el todo, cuando acallamos todas nuestras voces interiores y nos sumimos en el vacío, la nada de nuestra propia interioridad, de nuestro propio ser.


Vale concluir, entonces, que el cero es la presencia del sentido, de ese campo akáshico del que surge la consciencia, más que la ausencia de algo. Así nos lo recordaba Eugenio Fernández, con motivo de la celebración del Día Mundial de Fibonacci (noviembre 23): “Además de su función matemática, el cero tiene una etimología fascinante y un trasfondo cultural aún más profundo. La palabra italiana zero, usada por Fibonacci, proviene del árabe ‘ifr’, que significa ‘vacío’ o ‘nada’. A su vez, este término árabe fue una traducción del sánscrito ‘śūnya’, palabra clave en la filosofía hindú que también significa ‘vacío’, pero con un sentido más amplio: el vacío como origen de todas las cosas, una noción cargada de significado espiritual y existencial en la tradición india” (subrayados del original).


Con Fibonacci, Occidente recuperó entonces la conexión con el pensamiento griego y oriental, filosófico y científico por excelencia. Así, pudo superar la superficialidad del pensamiento romano que, de la estética y profundidad de las fiestas dionisíacas griegas (por Dionisos, el dios del caos y la energía), había decaído en la vulgaridad y frivolidad de las romanas fiestas bacanales (por Baco, el vulgar borrachín). Y pudo superar, así mismo, la oscuridad medieval, que fue la pesada herencia romana. Por eso, acierta Oscar Wilde al afirmar que “todo lo que hay de moderno en nuestras vidas se lo debemos a los griegos, y todo lo que es anacrónico es debido al medievalismo”.  Ciencia y filosofía se reconectaron, así, con la cultura occidental y empezaron a recorrer largos y sinuosos caminos, por momentos alejados, pero que hoy convergen aceleradamente gracias, quizás, a la nada. Y el cero resulta siendo, así, la nada y el todo. La esencia de lo que somos como sapiens.


Ramiro Restrepo González

Enero de 2026

 

Referencias bibliográficas usadas:

Pérez, C. "Nuestra civilización digital está edificada sobre millones de ceros", afirma Eugenio Manuel Fernández Aguilar, autor de 'Historia del cero'. Muy Interesante, noviembre 2 de 2025. Ver ACÁ.

Fernández, M. Historia del cero. Ver ACÁ.

Kepler, J. Quantum clues to consciousness: New research suggests the brain may harness the zero-point field. Diciembre 10 de 2025. Ver ACÁ.

Sartre, J. P. El ser y la nada. P. 25.

Sartre, J. P. Ser y Tiempo. P. 18.

Wilde, O. La importancia de no hacer nada. P. 12. Ver ACÁ.

lunes, 22 de diciembre de 2025

URGE UN SALARIO MÁXIMO LEGAL

 

A propósito de todos los debates que suscita, por esta época, el acuerdo sobre un salario mínimo legal en Colombia que, entre otras consideraciones, está en una posición media-baja en el ranquin latinoamericano, a pesar de ser Colombia la tercera o cuarta economía de la región; a propósito de esos debates, digo, conviene dirigir la mirada en otra perspectiva: su relación con los salarios máximos que se pagan en el mercado laboral.

 

Al respecto, impacta leer los resultados de un reciente reporte de Oxfam Intermón: “…el salario más alto en estas compañías (las 40 más grandes de España) es en promedio 111 veces superior a la nómina media[1]” (subrayados del original y paréntesis nuestro). Es decir, un empleado medio deberá trabajar más de UN SIGLO para percibir el ingreso que su CEO se embolsa en UN AÑO. Esta proporción sube a 3 y más siglos en el caso del salario mínimo legal. Y, en Colombia, esas proporciones alcanzan cifras macondianas.

 

Seamos honestos: estas cifras no son sorprendentes ni aberrantes; son inmorales. Corresponden a una sociedad enferma y a un modelo económico suicida. Aún sin compararlas con las de países de medio y bajo desarrollo, se encontrará que los debates sobre la remuneración mínima son, entonces, definitivamente inútiles, para corregir la inequidad. El problema no es de cifras. Constituyen la sintomatología. Pero la enfermedad es estructural y sistémica: un modelo económico disfuncional y ya abiertamente patológico.

 

Desde la revolución industrial, pero más aguda y abiertamente desde los años 70 del siglo anterior (inicios del neoliberalismo, ahora transfigurado en capitalismo digital o tecnofeudalismo, según el punto de vista), nos embarcamos en un modelo económico, cuya base fundacional es la maximización de rendimientos. Maximización sin límites: ni cuantitativos, ni éticos, que ya domina todas las esferas de la vida cotidiana de cualquier ciudadano. Maximización del dinero, de los recursos, del consumo de bienes, de nuestras necesidades y deseos, de la productividad y el rendimiento, de los beneficios, del tiempo… Hemos aceptado dócilmente, como supremo mandato social, el crecimiento sin límites, hasta llevarnos a niveles paroxísticos, en un frenesí delirante, demencial y suicida. Tenemos, así, al primer billonario de la historia (léase: un patrimonio personal de más de un millardo de dólares estadounidenses, en la usanza latina); mientras que “en 2024, más de 295 millones de personas de 53 países y territorios padecerán hambre aguda, lo que supone un aumento de casi 14 millones de personas con respecto a 2023”[2] y, si agregamos la malnutrición, superamos los 1000 millones. Con el agravante de que este dramático contraste de cifras, de riqueza y hambre, ambas excesivas y obscenas, se replica ya en todo el espectro de actividades humanas.

 

Hemos llegado, así, a una sociedad hiperbólica, de excesos, caracterizada por la inequidad, la insostenibilidad, el hartazgo y el cansancio, en la que unas élites degustan los frutos de lo que irónicamente llaman desarrollo, las grandes mayorías padecen impotentes los costos, mientras ambas se aturden y aburren terriblemente, en un frenesí de vidas sin sentido.

 

Esta cruda realidad contemporánea tiene dos caras: la individual y la colectiva. Empecemos por la individual. Yo me hago una primera pregunta: ¿tiene sentido esta carrera loca de maximización de todo, sin espacio para pensar, para contemplar, para el silencio, para el volver sobre sí mismo, para el disfrute de la naturaleza, para el encuentro tranquilo y eventualmente amoroso con el otro? ¿Nacimos para embarcarnos en una competencia loca por lograrlo todo, en el menor tiempo posible, al menor costo posible y con las mayores ganancias posibles? Por mi parte, me resisto a aceptarlo.

 

Se me hace inevitable recordar aquí un apartado del lúcido opúsculo de Ken Blanchard, Administración por Valores. Allí, ficciona un diálogo entre dos ejecutivos de alto nivel, amigos y confidentes, en el cual uno le confía al otro su trágica vida de familia y de pareja. Así transcurre el diálogo:

“Se hizo un silencio que pareció echar atrás las paredes. Barry insistió:

   ¿Cuándo fue la última vez que Leslie y tú hablaron de corazón a corazón?

Otra vez silencio.

   Me lo imaginaba - dijo Barry -. Tengo que irme. Al llegar a la puerta, se volvió, miró directamente a Tom y le dijo:

   Lo que a ti te pasa es que estás en una carrera de ratas. Pero recuerda: aun cuando ganes la carrera, siempre serás una rata”.

Lo siento por las simpáticas y traviesas raticas, dada la mala prensa que les hemos hecho inmerecidamente.

 

La contracara es la dimensión colectiva. Veamos. Ya sentenciaba Serge Latouche, profesor emérito de economía de la Universidad de París: “quien crea que un crecimiento ilimitado es compatible con un planeta limitado, o está loco o es economista. El drama es que ahora todos somos economistas”[3]. Claro: como bien lo dice Manfred Max-Neef: “La economía es un subsistema de un sistema mayor que es finito, la biósfera; y, por lo tanto, el crecimiento permanente es imposible”[4]. En conclusión: hemos desarrollado un sistema económico, y unos estilos de vida, que atentan contra las leyes físicas de la naturaleza. Estamos literalmente destruyendo el planeta y, de paso, destruyendo nuestra propia naturaleza humana. De sapiens, hemos devenido en demens. ¿Hasta cuándo será sostenible tamaña locura? Esa es la pregunta contemporánea fundamental.

 

Y esa pregunta fundamental nos lleva a otra muy pragmática y necesaria: ¿qué hacer, entonces? La respuesta, en mi apreciación personal, es de una simpleza contundente y lapidaria: poner límites. ¿A qué? A todo: al consumo, al tamaño de las empresas, a la remuneración máxima legal de los trabajadores, al igual que existen unos mínimos: de supervivencia, de remuneración mínima legal. Habrá evasiones, como las hay hoy con todo mínimo y todo máximo legales exigibles. Pero es el mínimo comienzo y avanzaremos, sin duda. Llegó la hora de poner límites: a la riqueza, a la especulación bursátil, al desperdicio… A toda esta locura. Y la vía es bien simple: empezar a legislar, con carácter vinculante, además. A nivel territorial, nacional y global. Es el principio, igualmente fundacional, del concepto de Economía Doughnut (dónut = rosquilla)[5]: el desarrollo dentro de límites, máximos de responsabilidad y sostenibilidad, y mínimos de dignidad y seguridad.

 

Es que hemos olvidado un principio elemental de la física: el planeta, la vida, todo tiene límites. Y sobrepasarlos es irresponsable, pues pone en riesgo nuestra propia vida y la del planeta. La ciencia nos informa que el año anterior ya sobrepasamos el séptimo de los 9 límites planetarios documentados[6]. En otras palabras: nos hemos colocado irresponsablemente AL BORDE DE LA EXTINCIÓN PLANETARIA. ¿Las causas? Obvias: antropogénicas todas. El perverso modelo económico y el delirante estilo de vida que echamos a andar sin medir sus consecuencias. Y seguimos parloteando tonta e irresponsablemente por las redes sociales, sin siquiera percatarnos. O, irresponsablemente llevando el planeta y la sociedad a límites intolerables, por la ambición ciega y torpe de acumular riqueza. ¿Para qué? ¿Tiene sentido? Vale preguntar: ¿cuándo se impondrán la sensatez, la mesura y el sentido natural? ¿El elemental sentido de especie y humanidad?

 

En conclusión:

 

Detrás de la tacaña, anecdótica y parroquial discusión por la cuantía de una suma de retribución mínima mensual para los trabajadores colombianos, realmente se oculta una realidad inmensamente más dramática que, si no encaramos con inteligencia y decisión en las próximas décadas, puede conducirnos al colapso de la civilización. Por el momento, estamos ya “en rumbo de colisión”. Pero, para encarar estas incómodas verdades, necesitamos líderes con talla de dirigentes, y de dirigentes de nueva cultura. Pero dudo seriamente de que los tengamos.

 

RAMIRO RESTREPO GONZÁLEZ

Diciembre de 2025



[1]    Oxfam Intermón. Las grandes empresas disparan las desigualdades. Diciembre 16 de 2025. Ver ACÁ y ACÁ.

[2]    OCHA (oficina de Naciones Unidas, para asuntos humanitarios). Informe Mundial sobre las Crisis Alimentarias (GRFC) 2025. Ver ACÁ.

[3]    Ver el documental Comprar, Tirar, Comprar. Radiotelevisión Española. Ver ACÁ.

[4]    Max-Neef. M. El mundo en rumbo de colisión. Ver ACÁ. Nota: “en ruta de colisión” fue el título original que Manfred le puso al escrito; pero sus anfitriones lo cambiaron por “en rumbo de colisión”. Por lo tanto, se puede encontrar en las dos versiones.

[5]    Raworth, K. A safe and just space for humanity. Oxfam. 2012. Ver ACÁ.

[6]    Ver abundante y demoledora información ACÁ.

DE MUJICA A BUKELE

 

El señor Nayib Armando Bukele Ortez (1981) gobierna con mano dura el pequeño país El Salvador, desde junio de 2019. Su gobierno ha transcurrido entre las brumas de la corrupción, las violaciones masivas de los derechos humanos y los pactos criminales con las maras Salvatrucha y Barrio 18 (sus facciones Sureños y Revolucionarios, específicamente). En resumen: imponiendo turbiamente mano dura y haciendo de El Salvador el país con la mayor tasa de población encarcelada del mundo.

 

Como ser humano, es un personaje más bien opaco, con baja formación académica y política, aparte de una ética difusa. Expulsado de su partido Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional FMLN (izquierda), por su Comité de Ética, migró al derechista partido GANA, con el cual llegó a la presidencia bajo el eslogan de Control Territorial, es decir, con una apuesta de seguridad nacional a sangre y fuego. En cuestión de dos años, cooptó todas las ramas del poder, en la frágil institucionalidad de El Salvador, con base en estratagemas jurídicas y políticas sin escrúpulos, que finalizaron con la ilegal interpretación, que no reforma constitucional[1], para asegurar su reelección indefinida.

 

Bukele es, así, la caricatura de la ultraderecha latinoamericana, con su mantra de patria, propiedad y seguridad. Un mantra, con tufillo populista, que lo único que ha conseguido es perpetuar los privilegios de las élites, con un alto costo en libertades y derechos humanos. El mismo mantra que repiten Milei, Noboa, Bolsonaro, Boluarte, Kast y la seguridad “democrática” en Colombia, así como muchos otros en diferentes latitudes.

 

Del lado opuesto, encontramos un progresismo encarnado en lo que podríamos denominar la izquierda moderna latinoamericana: Boric, Lula y el arquetipo de todos: Pepe Mujica. Una izquierda enfocada en las libertades y derechos humanos, la promoción de las poblaciones vulnerables y la sostenibilidad de sus territorios. El adjetivo “moderna” se me ha hecho necesario, para deslindarla de esa otra “izquierda” más bien ruidosa, populista e inepta, que también hemos visto desfilar. El lector sabrá asignarles nombres a sus voceros.

 

José Alberto Mujica Cordano, “el Pepe” (1934), gobernó con mansedumbre un país, igualmente pequeño, en el periodo 2010-2015, después de haber sido diputado, guerrillero (junto con su esposa) y preso político. Podría catalogarse como socialdemócrata, aunque él preferiría que lo rotularan como rebelde con causa. “Era un férreo crítico del sistema económico y el consumismo, que consideraba incompatibles con la libertad”[2]. “Para él, el poder era un instrumento para servir, no para servirse”[3], y a fe que fue coherente con ello: durante su mandato, no solo donó el 90 % de su salario a causas sociales, sino que redujo la pobreza de su país, de un 30 % a un 10 %. Además, “Era ateo, pero profundamente espiritual”[4]. Y todos estos rasgos hicieron de Pepe un ícono latinoamericano de ética y progresismo.

 

Tenemos, así, dos polos opuestos en nuestra política latinoamericana, los Bukele y los Mujica; que es, además, el péndulo global de todas las formas de gobierno: un péndulo que oscila entre SEGURIDAD y LIBERTAD. Y, así, vemos cómo nuestra voluble opinión pública va oscilando alternativamente entre uno y otro polos, en una ecuación que no parece encontrar el justo equilibrio, si es que lo tiene.

 

Ya lo decía Freud, reseñado por el sociólogo polaco Zigmunt Bauman: “la ‘civilización’ (sinónimo del orden creado y gestionado por el hombre) es un equilibrio entre seguridad y libertad; no una cooperación entre ambos conceptos, sino un juego de suma cero en el que lo se gana en uno de ellos se pierde en el otro” (paréntesis nuestro)[5].

 

En la última década, por lo que podemos observar, ese péndulo se ha inclinado gradual y decididamente hacia el polo de la seguridad. Así lo registra el diario El País, de España: “Las fuerzas de la derecha radical, populistas y nacionalistas han pasado de la marginalidad a la normalización y se expanden globalmente con una red organizada que desafía los consensos liberales”[6]. Lo confirma, entre nosotros, la llegada de Kast al poder, con la primera incursión de la extrema derecha en la democracia chilena posterior a la dictadura, de la que fue su ferviente admirador. Y tal parece que ese será el escenario próximo en Colombia y Venezuela.

 

Pues bien, ya empezamos a ver los resultados de este giro político hacia el conservadurismo. Veamos tres nuevos rasgos, entre otros, de las sociedades contemporáneas que, a mi modo de ver, son hijos legítimos de esa manera de ver y dirigir el mundo:

 

Un reciente informe de la Unesco[7] recapitula en cifras un declive preocupante en lo que tiene que ver con un asunto tan fundamental para la democracia, como la libertad de expresión. Estas son las cifras: a) “El índice de libertad de expresión ha caído un 10 % desde 2012”; b) “La autocensura entre los periodistas ha alcanzado niveles alarmantes globalmente”, con un incremento del 63 % en el mismo periodo; c) “Los gobiernos y grupos poderosos han intensificado su control sobre periódicos, TV, radio y medios digitales”, con un incremento del 48 % en igual periodo; d) Un reciente caso, inicuo y dramático, lo representa Francesca Albanese, líder política italiana quien, en su posición de Relatora de Naciones Unidas para los territorios palestinos, se ha visto incluida en las listas negras de Trump, lo que ha la ha excluido del sistema bancario y la ha sometido a sanciones incomprensibles para un demócrata.

 

Otro resultado preocupante y global, lo consigna así el World Inequality Report 2026: a) “La desigualdad […] ha alcanzado niveles que exigen atención urgente. Los beneficios de la globalización y el crecimiento económico han beneficiado desproporcionadamente a una pequeña minoría, mientras que gran parte de la población mundial aún enfrenta dificultades para lograr medios de vida estables”[8]; b) “Esta concentración no solo es persistente, sino que también se está acelerando [...] la desigualdad extrema de la riqueza está aumentando rápidamente”[9].


Y un último dato: el más reciente reporte climático de Naciones Unidas evidencia que definitivamente no hay voluntad política para enfrentar la catástrofe climática, por los intereses económicos que hay de por medio. Así lo reconoce crudamente Naciones Unidas, si descontamos el obligado tono conciliador con que acostumbra expresarse: “En el décimo aniversario del Acuerdo de París, el mensaje es claro: solo una reducción decisiva y acelerada de las emisiones de GEI[10] puede alinear al mundo con los objetivos del Acuerdo de París y limitar la escalada de los riesgos y daños climáticos que, ya hoy en día, son graves y afectan con mayor dureza a los más pobres y vulnerables” (subrayado nuestro)[11]. El solo título del reporte es revelador: Off the Target (Fuera del Objetivo).


Claramente son los resultados de modelos de ultraderecha en auge (por su dogmatismo economicista), que los modelos populistas fracasados (por sus rasgos de ineptitud) han contribuido a agravar. Solo, a modo de destellos esperanzadores, iluminan ejemplos de visiones progresistas y sensatas, que abren espacios a la democracia, a los derechos humanos, al bienestar social y planetario. En pocas palabras, al desarrollo humano, donde solo este puede prosperar: en libertad.


Considero, como consecuencia, que es obsoleto seguir hablando de derechas e izquierdas, conceptos heredados del foro romano, para caracterizar las diferentes posiciones del espectro político. Propongo, alternativamente, hablar de posiciones conservadoras (o conservaduristas) y de posiciones progresistas (o vanguardistas), reservando un incómodo tercer espacio a esas “anomalías políticas” de los populismos ruidosos e ineptos, que siempre serán degradaciones evitables de los dos extremos del espectro.


Las posiciones conservaduristas siempre estarán enfocadas en modelos que preserven el statu quo, protegiendo privilegios y, por lo tanto, restringiendo las libertades de las grandes mayorías; los modelos progresistas, por, el contrario, han sido decididos abanderados de las libertades, por lo que han tendido a favorecer enfoques de apertura hacia niveles superiores de participación, inclusión y democracia.


Las diferencias entre una y otra visión políticas se derivan de lo anterior, y pueden tipificarse así: a) Los conservaduristas ven el desarrollo como generación de riqueza económica; los progresistas, como generación de valor (capital social + capital natural + capital económico); b) Para los primeros, ha importado siempre la maximización de rendimientos, produciendo con ello cada vez mayor concentración de la riqueza; para los segundos, ha primado la maximización del bienestar, mejorando así la distribución del ingreso y la equidad; c) Los primeros se han centrado en retener y concentrar el poder, al servicio de unas élites; los segundos, en distribuir el poder, al servicio de las grandes mayorías.


En resumen: los conservaduristas se han orientado al control, la autoridad y la seguridad; los segundos se han orientado a la libertad, la participación y la diversidad. En dos palabras: los conservaduristas representan CRECIMIENTO y los progresistas DESARROLLO. 


Al respecto, anota el nobel de economía Amartya Sen: “El desarrollo puede concebirse, como sostenemos en este libro, como un proceso de expansión de las libertades de que disfrutan los individuos”[12]. Y complementa Manfred Max-Neef: El crecimiento no es lo mismo que el desarrollo, y el desarrollo no precisa necesariamente de crecimiento”[13].


Es decir, los conservaduristas han resultado ser siempre una traba al desarrollo. Por tanto, han funcionado menos mal en épocas de estabilidad y consolidación, cuando las sociedades se dedican más a disfrutar que ha progresar, conducta típica, además, de toda sociedad decadente. Los progresistas, por el contrario, han resultado ser el fermento del cambio y las rupturas. Por tal motivo, han funcionado mejor en épocas de cambio e inflexión como la que justo vivimos en los tiempos actuales. 


Quiero concluir esta nota con una ilustración empírica sobre el desastre que puede significar este anacronismo político de virar hacia modelos de estabilidad, cuando justo lo que los tiempos reclaman es innovación y desarrollo. El siguiente ejemplo, tomado del centro del poder mundial, del epicentro del conservadurismo contemporáneo, con el señor Trump al mando, lo retrata dramáticamente. Así lo reseña la revista Nature, en reciente edición: “Durante el primer año de la segunda presidencia de Donald Trump, su administración despidió a miles de científicos del gobierno, canceló decenas de miles de millones de dólares en subvenciones de investigación y tomó medidas para ejercer un control sin precedentes sobre las universidades al retener la financiación federal”[14]


Es uno de tantos problemas serios de los que los conservaduristas no dan muestras de ser conscientes: que la deriva evolutiva del cosmos, de la cual forma parte el progreso de la civilización humana, es un proceso irreversible e irrefrenable. Esa conveniente inconsciencia tiene su raíz en que la ciencia y el pensar siempre representarán, no solo el camino por excelencia hacia el desarrollo, sino la más seria amenaza para el poder, cuando este se ejerce como dominación y no como servicio, como control y no como liberación.

 
Ramiro Restrepo González
Diciembre de 2025



[1]    Recuérdese que 7 artículos de la constitución nacional salvadoreña, aún hoy, prohíben expresamente la reelección.

[2]    López, A. Del “presidente más pobre del mundo” a “la muerte hace de la vida una aventura”: el ideario de José Mujica en 10 frases. El País, España: mayo 13 de 2025. Ver ACÁ.

[3]    Cvitanic, F. El legado de Pepe Mujica, el presidente más humilde del mundo. The Conversation: mayo 14 de 2025. Ver ACÁ.

[4]    Rivas, F. y Díaz, G. “La muerte hace de la vida una aventura” y otros consejos de Pepe Mujica en su última entrevista con EL PAÍS. El País, España: mayo 14 de 2025. Ver ACÁ.

[5]    Bauman, Z. y Bordoni, C. Estado de crisis. P. 83. Ver ACÁ.

[6]    Rodríguez-Pina, G. Del húngaro Orbán al chileno Kast, con ayuda de Trump: la internacional ultra toma impulso. Diciembre 20 de 2025. Ver ACÁ.

[7]    Unesco. World Trends in Freedom of Expression and Media Development 2025. Ver ACÁ.

[8]    World Inequality Lab. World Inequality Report 2026. P. 12. Ver ACÁ.

[9]    Ídem, p. 12.

[10] Acrónimo de Gases de Efecto Invernadero, que son los responsables inmediatos del cambio climático.

[11] UNEP. Emissions Gap Report 2025. P. XII. Ver ACÁ.

[12] Sen, Amartya. Desarrollo y Libertad. P. 19. Ver ACÁ.

[13]  Max-Neef, M. El mundo en rumbo de colisión. Ver ACÁ.

[14] Toleffson, J. Grant cuts, arrests, lay-offs: Trump made 2025 a tumultuous year for science. Nature. Ver ACÁ y ACÁ.